Deep Freeze [vd/dvd: Deep Freeze (Miedo helado)]

 

Sinopsis: Una expedición científica se dirige a una base petrolífera en la Antártida. Su misión es investigar el modo en el que las perforaciones realizadas en el lugar puedan estar afectando al medio ambiente. Pero pronto descubrirán que el lugar esconde un misterio peligroso. Una criatura prehistórica ha vuelto a la vida y amenaza con acabar con todos los habitantes de la base.

 


Título original: Deep Freeze
Año: 2002 (Estados Unidos)
Director: John Carl Buechler
Productores: John Carl Buechler, James R. Rosenthal
Guionistas: Robert Boris, Dennis A. Pratt, Matthew Jason Walsh, según una historia del primero
Fotografía: Tom Calloway
Música: Ken Williams
Intérpretes: Allen Lee Haff (Curtis), Karen Nieci (Arianna), Götz Otto (Nelson), Alexandra Kamp (doctora Monica Kelsey), Howard Holcomb (Tom), Rebekah Ryan (Kate), David Millbern (profesor Ted Jacobson), David Lenneman (Update), Robert Axelrod (Lenny), Norman Cole (Munson), Billy Maddox (Clyde), Tunde Babalola (Shockley), Precious Jenkins, Brad Sergi…

La práctica totalidad de la acción de Deep Freeze [vd/dvd: Deep Freeze (Miedo helado), 2003] transcurre enclaustrada en el interior de un complejo situado en la Antártida, donde se desata una oleada de muertes relacionadas con el hallazgo en el subsuelo de un extraño organismo de origen prehistórico. La inequívoca sombra que sobre este argumento proyecta La cosa (The Thing, 1982) es de algún modo explicitada por el significativo hecho de que para ilustrar el aspecto exterior de la estación se empleen planos provenientes de la citada película dirigida por John Carpenter. Sin embargo, este no es el único espejo en el que se mira el film en cuestión. Por el contrario, junto con la base de la que fuera la segunda adaptación a la gran pantalla de la novela corta ¿Quién anda ahí? (Who Goes There?, 1939) del escritor estadounidense John W. Campbell, Deep Freeze también bebe de otro de los mayores y más influyentes clásicos del cine de ciencia ficción y terror del último cuarto del siglo XX, el cual coincide con su otro referente en ambientarse en un entorno cerrado y aislado poblado por un grupo humano limitado, aunque en este caso situado en el espacio. Me refiero, obviamente, a Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), del que, entre otros elementos, toma el que (parte de) sus personajes sean trabajadores de una gran corporación que oculta oscuras maquinaciones comerciales, y la condición parasitaria de la criatura que se erige en amenaza.

Como no es muy difícil adivinar a juzgar por semejantes antecedentes, la evolución del relato responde según lo previsto. Poco a poco, los habitantes de la base antártica irán sucumbiendo uno a uno a la naturaleza monstruosa que se ha infiltrado en sus dominios, hasta que los escasos supervivientes tomen conciencia de la verdadera naturaleza de ese enemigo que les está diezmando, optando entonces por tratar de huir del lugar. Todo de lo más rutinario, como puede apreciarse. Tanto es así, que, no por casualidad, lo más destacable del conjunto se encuentra en ciertas variaciones para con los modelos empleados, tanto del punto de vista narrativo como del argumental. En este último apartado, destaca el que el punto de partida se encuentre en la visita de una expedición científica comisionada por la ONU a lo que, en realidad, es una explotación petrolífera, para investigar el daño que las perforaciones realizadas están provocando en el casquete polar. Por más que sobre el papel tal premisa pudiera parecer fruto de la simple fusión de las de Alien, el octavo pasajero y La cosa, lo cierto es que representa la raíz sobre la que se articula un discurso de carácter ecologista.

“Gracias a métodos de perforación ilegales han desenterrado a una especie de millones de años conservada en el hielo”, exclama Arianna, la protagonista femenina, al descubrir la respuesta al misterio de lo que acontece, sintetizando en buena parte el mensaje de la película. No en vano, el espécimen antediluviano que siembra la muerte entre los inquilinos de la base, en realidad un trilobites gigantesco, es asimilado a una respuesta de la naturaleza contra aquellos que la atacan. Tal y como dice otro de los personajes al revelar la existencia de la criatura: “Crearon este hoyo de tantos niveles atravesando el hielo hasta el mar. Pero, desgraciadamente, lo único que hicieron es destruir el medio ambiente”. Una consideración esta que poco antes es anticipada por la propia Arianna al comentar: “Creo que estos terremotos son un aviso. Geotek [la empresa petrolífera] le está dando una bofetada a la naturaleza, y si peleas con ella seguro que te gana”. Claro que hay que agradecer que este discurso no sea planteado en términos absolutos, sino que es matizado por respuestas como la que Curtis, el supervisor de sondeos, le da a Arianna después de que esta le eche en cara cómo las perforaciones erosionan la Antártida y afectan al ecosistema, provocando la muerte de especies de forma de vida acuática. “Mientras tanto los precios del petróleo suben por las nubes, la OPEP nos está pisando a todos y tu protestarás por el precio de la gasolina y lo caros que son los billetes de avión a Tahití”, se justifica, a lo que la joven solo acierta a contestar: “Touché”.

El otro aspecto sobre el que cabe llamar la atención es la puesta en escena que ofrece John Carl Buechler. En primera instancia, por las reminiscencias que guarda con el slasher, nada raro teniendo en cuenta que el cineasta había sido el responsable de la séptima entrega de la arquetípica saga Viernes 13, en el que probablemente sea el trabajo más mediático de toda su filmografía como director. Una circunstancia que es puesta de relieve en el perfil estúpido y un tanto estereotipado de sus roles, en su mayoría jóvenes, pero que, como no podía ser de otro modo, tiene su mejor muestra en las escenas de muerte, ya sea por la adopción de los más asimilados clichés del estilo –la joven pareja que perece tras hacer el amor; la típica secuencia de asesinato telegrafiada…–, como por el modo de visualizarlas, tomando el punto de vista subjetivo del agresor. Aunque en un principio tal escenificación pudiera ser vista como una maniobra destinada a evitar tener que mostrar la apariencia de la criatura prehistórica, con el consiguiente ahorro que ello supone en una producción tan modesta como la que nos ocupa, a la hora de la verdad resulta de lo más consecuente con el tratamiento que Buechler otorga a la película.

Pese a proceder del campo de los efectos especiales, el trabajo del director de Troll [vd/dvd/bd: Torok, el troll, 1986] se encuentra más cercano, salvando las distancias, al de Ridley Scott en Alien, el octavo pasajero, que al efectuado por Carpenter en La cosa. De este modo, durante gran parte del metraje la presencia del trilobites gigante es manifestada a través de planos fugaces de algunas de sus extremidades, mientras el resto del tiempo permanece en off visual durante sus ataques, redundando con ello a la creación de cierto suspense y expectación. Solo llegado el último tramo es cuando, al fin, Buechler acaba con la intriga y lo muestra a través de unos entrañables efectos especiales artesanales que, en algunos instantes, caso de aquel en el que uno de los personajes pelea contra la criatura, donde se hace evidente que es el actor el que da movimiento al inerte muñeco en el forcejeo, diríase más propio de una película del género de los años cincuenta. Y, sin embargo, es en detalles como este donde reside el encanto y la personalidad de un film dicididamente menor, pero hasta cierto punto disfrutable y en cualquier caso preferible a ciertas producciones actuales destinadas al mercado doméstico cimentadas sobre idénticos ingredientes, cuyo uso y abuso de modernos, fríos y, sobre todo, poco creíbles efectos digitales les hace perder buena parte de su gracia.

José Luis Salvador Estébenez

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