El Lobo Negro

 

Sinopsis: Carlos Aceves, hijo de un hacendado californiano, marcha desde Madrid a su tierra natal para luchar contra el invasor estadounidense. Una vez allí, Carlos se disfraza como un anciano inofensivo para pasar desapercibido. La única que conoce su regreso es su hermana Isabel, quien le comunica que su padre ha sido detenido, acusado de conspirar junto con otros hacendados contra las autoridades estadounidenses, habiendo sido sometido a tortura para que delatara a sus compinches. Enterado de este, Carlos asume la identidad de “El Lobo Negro”, un justiciero enmascarado que lucha en defensa de los patriotas californianos.

 


Título original: El Lobo Negro
Año: 1980 (España, México)
Director: Rafael Romero Marchent
Productor: Luis Méndez
Guionistas: Rafael Romero Marchent, Joaquín Romero Hernández [Marchent]
Fotografía: Jorge Herrero
Música: Alfonso Agullo, Eddy Guerin, Carlos Villa
Intérpretes: Fernando Allende (Carlos Aceves/“El Lobo Negro”), Esperanza Roy (Carmen), Carlos Ballesteros (coronel), Lola Forner (Isabel), Alejandro de Enciso (teniente), Francisco Jones Ivina (Martín), María Silva, Alfonso del Real (matrimonio de viajeros), Fernando Sancho (cabo Donovan), José María Caffarel (Don Diego Aceves), Roberto Camardiel (juez), Tomás Zori, Francisco Camoiras (pistoleros), ‘Dum Dum’ Pacheco (sargento), Luis Gaspar, Paul Benson, Luis Lorenzo (padrino de duelo homosexual), Arturo Alegro, Frank Braña (Teodoro García), José Luis Lespe, Julián Ugarte, José Riesgo, Barta Barri (terratenientes patriotas), Fernando Sánchez Polack, José Yepes, Alberto Solá, Ramón Reparaz…

A mediados de la década de los cincuenta del pasado siglo, Joaquín Romero Marchent se hacía cargo de la traslación a la gran pantalla de “El Coyote”, el popular personaje ideado por el escritor José Mallorquí. Dividida en dos entregas filmadas de forma conjunta y producida de forma oficiosa por México, país con gran tradición en su cinematografía de justicieros enmascarados y que aportó a la pareja protagonista, aunque en su momento su repercusión fue bastante limitada, la importancia de este proyecto desde el punto de vista histórico está fuera de toda duda. Como otros especialistas ya han señalado, su puesta en marcha plantó una primera semilla que germinaría menos de una década después de nuevo de la mano del mayor de los Romero Marchent con La venganza del Zorro/Zorro le vengeur (1962) y Cabalgando hacia la muerte (El Zorro)/L’Ombra di Zorro/L’Ombre du Zorro (1962), díptico protagonizado por el que fuera la principal influencia de la creación de Mallorquí y cuyo buen funcionamiento propiciaría, entre otras cosas, la especialización en el género en los años posteriores de su director y sus dos principales productoras, originando con ello la implantación del wéstern como corriente dentro del cine popular europeo. El resto es historia. El triunfo comercial y artístico obtenido poco después por Sergio Leone con Por un puñado de dólares/Per un pugno di dollari (1964) otorgaría carta de naturaleza al que posiblemente sea el fenómeno más genuino del cinema bis del Viejo Continente y, sin duda, el más prolífico cuantitativamente hablando: el mal llamado spaghetti wéstern.

Como quiera que no hay dos sin tres, hacia finales de los setenta, Joaquín Romero Marchent en compañía de su hermano Rafael decidió reverdecer viejos laureles, dando forma a un proyecto que, en esencia, no era sino una transposición de la adaptación de “El Coyote” que realizara más de veinte años atrás. Si bien posiblemente por razones de derechos su personaje protagonista fue bautizado con el también cánido apelativo de “El Lobo Negro”, en esencia se trataba de un evidente sosías del alter ego de Don César de Echagüe y, por ende, de “El Zorro” de Johnston McCulley; un hacendado californiano que, vestido completamente de negro y con el rostro cubierto por un antifaz para ocultar su verdadera identidad, lucha contra las tropas estadounidenses que ocupan su país. Del mismo modo, de nuevo se trataría de una producción con México, esta vez oficial, recayendo asimismo el doble papel principal en un actor azteca, en este caso Fernando Allende, completándose el resto del elenco con una impresionante pléyade de característicos de nuestro cine de género que abarca desde Esperanza Roy a Fernando Sancho, pasando por María Silva, Frank Braña, Alfonso del Real o Roberto Camardiel, entre muchos otros. Por si no hubiera bastante, para subrayar aún más las similitudes conceptuales, también las aventuras de “El Lobo Negro” se dividirían en dos películas rodadas de forma simultánea.

Sin embargo, el más de un cuarto de siglo transcurrido desde El Coyote (1954) y La justicia del Coyote (1954) a El Lobo Negro (1980) y La venganza del Lobo Negro (1980) no había sido en vano, y el contexto había cambiado sustancialmente. Si a mediados de los cincuenta el wéstern era un género a descubrir por la cinematografía europea, hacia finales de los setenta su producción se encontraba abandonada desde prácticamente mitad de la década después de algo más de tres lustros de explotación continuada. Si a ello le añadimos que el panorama cinematográfico de la época se encontraba dominado por los Tiburón (Jaws, 1975), La guerra de las galaxias (Star Wars: A New Hope, 1977), Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) y demás blockbusters estadounidenses de grandes presupuestos y costosísimos efectos especiales, parece claro que un proyecto de las características de este díptico sobre “El Lobo Negro” resultaba a todas luces algo anacrónico y, por qué no decirlo, demodé. No solo eso, sino que en contraste con las declaraciones de sus responsables en las que manifestaban que una de las principales pretensiones que perseguían con esta empresa era favorecer el renacer del wéstern y revitalizar la infraestructura cinematográfica patria[1], la realidad en cambio es tristemente distinta, y su aparición, teniendo en cuenta la identidad de los nombres implicados, casi se antoja una suerte de acta de defunción del cine de género patrio, incapaz de reinventar sus propuestas al calor del signo de los tiempos.

Ahora bien, su fracaso no solo cabe atribuírselo a lo anticuado que resulta su concepto con respecto al período en el que fue realizado; también a la pobreza que exhiben sus resultados a todos los niveles, lastrados por los propios condicionantes y circunstancias que rodearon la producción del proyecto. Algo que puede comprobarse en la entrega inaugural del ciclo. A nivel argumental, su contenido narra los orígenes del héroe enmascarado y los motivos que le llevan a actuar contra el invasor. Hasta aquí lo que cabría esperar a tenor de los antecedentes. Tanto es así que los elementos más novedosos de todo el conjunto se encuentran en que, en lugar de camuflarse en su vida civil como un petimetre al modo de “El Coyote” o “El Zorro”, “El Lobo Negro” se haga pasar por un anciano, utilizando para ello sus dotes actorales, así como el hecho de que el detonante que empuja al protagonista a tomar la identidad del enlutado justiciero sea la detención de su padre por parte del ejército estadounidense, lo que conecta dicho sea de paso con la tradicional importancia que las relaciones paternofiliales detentan en el cine de los Romero Marchent.

Pero la sencillez que, en líneas generales, presenta el relato es obstaculizado por un desarrollo episódico, al que contribuye de forma decisiva la dilatación a la que es objeto el recorrido argumental, sobrevolando la duda de si no es consecuencia de la decisión de hacer dos películas con el material que originalmente estaba pensado para realizar tan solo una. De este modo, la evolución de la historia está trufada de insertos supuestamente humorísticos que basculan entre lo chusco y bobalicón, bien sean los infantiloides momentos que protagoniza el cabo estadounidense interpretado por Fernando Sancho, o por la incorporación de Luis Lorenzo de su rol de marica loca característico en sus coetáneas colaboraciones con Mariano Ozores, pero que, a la hora de la verdad, carecen de relación alguna con el desarrollo de la trama. Una circunstancia que, no obstante, contrasta con la sobreabundancia de personajes que presenta la trama, en la mayoría de los casos nulamente desarrollados y sin mayor importancia en la sucesión de acontecimientos, como si su concurso tan solo buscara el acomodo del mayor número de rostros familiares como fuera posible. Ello propicia que, en última instancia, antes que a una película al uso, el fruto resultante acabe por asemejarse al de un piloto de una serie catódica, en el que se presenta la situación de base a desarrollar en los siguientes episodios y los personajes que en adelante poblarán la ficción, a lo que también contribuye la plana y televisiva puesta en escena de Rafael Romero Marchent, quien, además de coescribir los libretos del díptico junto a su hermano Joaquín, detentó su dirección.

José Luis Salvador Estébenez

[1] En “El cine español vuelve a la aventura” de Miguel Ángel Trenas, reportaje publicado en La Vanguardia el 25 de abril de 1980 (http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1980/04/25/pagina-55/32905617/pdf.html).

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