Masters del Universo

 

Sinopsis: amenaza del malvado Skeletor que quiere hacerse con su dominio para sembrar el terror bajo su yugo. Un grupo de luchadores por la libertad, liderados por el heroico He-Man, son transportados accidentalmente a la Tierra por una misteriosa llave cósmica. Ésta, creada por el cerrajero Gwyldor, tiene el poder de hacer todopoderoso a aquel que la posea. Una vez en la Tierra, He-Man y sus amigos se cruzarán en su camino con dos adolescentes que les ayudarán a encontrar la llave y regresar a casa. Sin embargo, Skeletor desea también hacerse con el poder la llave cósmica y enviará a nuestro mundo a sus acólitos más viles.

 


Título original: Masters of the Universe
Año: 1987 (Estados Unidos)
Director: Gary Goddard
Productores: Yoram Globus, Menahem Golan
Guionistas: David Odell, Stephen Tolkin [no acreditado]
Fotografía: Hanania Baer
Música: Bill Conti
Intérpretes: Dolph Lundgren (He-Man), Frank Langella (Skeletor), Meg Foster (Evil-Lyn), Billy Barty (Gwyldor), Courtney Cox (Julie), Robert Duncan McNeill (Kevin), Jon Cypher (Duncan/Man-At-Arms), Chelsea Field (Teela), James Tolkan (detective Lubic), Christina Pickels (hechicera del castillo Grayskull), Tony Carroll (Beast-Man), Pons Maar (Sauord), Anthony De Longis (Blade/Skeletor), Robert Towers (Karg), Barry Livinston (Charlie), Gwynne Gilford (Mrs. Winston), Walter Scott (Mr. Winston), Peter Brooks (narrador), Richard Szponder (Pigboy)…

Hoy en día, en estos tiempos que nos han tocado vivir, estamos más que acostumbrados a que la industria de Hollywood nos ofrezca películas de casi cualquier cosa sin pudor ni remilgo alguno. Actualmente, y desde hace ya bastante tiempo, tenemos toda una variedad de películas que adaptan sin complejos lo que sea. Desde personajes provenientes de las viñetas, series de dibujos animados de nuestra tierna infancia, figuras de acción con las que entreteníamos nuestros momentos de ocio hasta juegos de mesa como el “Hundir la flota”. Sin embargo, a mediados de la década de los ochenta esta práctica, tan lucrativa para los actuales estudios (sobre todo para la cuasi todopoderosa y acaparadora Disney), no era ni tan usual ni tan respetada por el cine y la crítica seria. En 1987 lo más parecido a la película que hoy nos ocupa, Masters del Universo (Masters of the Universe), hablando siempre dentro de los circuitos más comerciales, tal vez pudiéramos encontrarlo en la franquicia del Hombre de Acero, la del Superman encarnado por Christopher Reeve[1], que comenzó de la mano del grandísimo Richard Donner en 1978 (que incluso nos convenció de que un hombre podía volar), pero que en esos momentos estaba totalmente defenestrada gracias a las trasnochadas decisiones de aquellos que pusieron parte del dinero en su última entrega[2], es decir, la Cannon Films, que curiosamente también era la encargada de llevar al celuloide la adaptación de estos populares muñecos que hicieron las delicias de los pequeños de la casa. Algo, como he comentado, totalmente inusual, atrevido e innovador para el negocio del Séptimo Arte de ese momento.

Pero antes de meternos en faena con la cinta que nos ocupa, una cinta que, por otro lado, fascina y es un placer culpable para aquel que suscribe estas palabras, vamos a ponernos en situación y a contar un poco por encima la historia de estas mágicas figuras de acción que encandilaron a la chavalería de todo el mundo en esa primera mitad de la década de los ochenta (unos niños que ahora rondan los cuarenta años y que con los años han consolidado todo un mercado a su alrededor cimentado en el coleccionismo y la nostalgia). Cuenta la leyenda que la junta directiva de la popular factoría de juguetes Mattel, alma máter de la no menos famosa muñeca Barbie, se quedó con un palmo de narices ante el éxito de una línea de figuras de acción para niños que ellos mismos habían rechazado. Algunos de ellos debieron recordar con amargura ese día que Ray Wagner, CEO de Mattel, declinó la oferta de un tipo desconocido que se presentó con la oportunidad de adquirir los derechos de explotación de los personajes de una película todavía sin estrenar, una película por la que nadie daba un duro (ni siquiera el estudio que había apostado por su producción), pero que acabaría por convertirse en un fenómeno de masas y en una de esas producciones fundamentales para entender el cine de entretenimiento actual y el fenómeno blockbuster. Me refiero, por supuesto, a La guerra de las galaxias (Star Wars Episode IV: A New Hope, 1977) de George Lucas. Es evidente que nadie (o casi nadie) pudo presagiar que la primera entrega de la saga Skywalker acabaría batiendo récords de taquilla y que los beneficios de quienes apostaron por ella se iban a disparar como lo hicieron. Ésta era una apuesta arriesgada y el gato al agua se lo acabó llevando una pequeña empresa de Cincinatti llamada Kenner que demostró tener buen ojo aceptando hacerse con la licencia para fabricar los juguetes de La guerra de las galaxias. Durante el primer año, sin ni siquiera llegar a tiempo a la fecha de estreno de la película, la compañía vendió más de 42 millones de figuras de acción con las que llevar la imaginación de millones de niños a esa galaxia muy, muy lejana.

Como se suele decir, de los errores se aprende y a partir de este fiasco tan grande, Mattel no cejó en su empeño de crear una línea de juguetes para niños (recordemos que el mercado infantil femenino lo tenían cubierto con Barbie), adquiriendo licencias de series y productos cinematográficos de corte fantástico, sobre todo de esa ciencia ficción que la película de Lucas había puesto de moda a todos los niveles, como las de Flash Gordon o Battlestar Galactica con las que competir en un mercado en el que ellos no tenían apenas preminencia. Sobra decir que sin éxito alguno. Se suele contar que la empresa llegó a adquirir los derechos de la inconmensurable cinta de John Milius Conan, el bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982) para adaptar sus personajes a un micro universo de goma y de plástico en el que entretener a los infantes. Sin embargo, cuando los responsables de la juguetera vieron el filme protagonizado por Arnold Schwarzenegger se dieron cuenta de que el tono de la película del director de Amanecer Rojo (Red Dawn, 1984) no era el más adecuado para su target, es decir, el público infantil, y se echaron atrás rompiendo el contrato teniendo toda la línea de juguetes ya diseñada.

Otra versión de esta misma historia, la que se considera como “la versión oficial”, nos cuenta que, a pesar de que el tema de Conan pudiera ocurrir de verdad, los Masters del Universo no se originaron al teñir de rubio al cimerio creado por Robert E. Howard para convertirlo en He-Man, sino que Roger Sweet, jefe del departamento de diseño de la compañía, junto a varios colaboradores entre los cuales encontramos a Mark Taylor y Donald F. Glut, presentaron a Wagner tres posibles líneas basadas en ideas sencillas y representadas por tres prototipos moldeados a partir de una figura Big Jim. Estas tres figuras primigenias eran una especie de soldado con cabeza de tanque, un hombre del espacio con un casco muy parecido al del Boba Fett de George Lucas y un bárbaro de cierta inspiración en las ilustraciones del magnífico Frank Frazetta de Conan[3]. Siendo éste último un territorio prácticamente inexplorado (recordemos que sus principales competidores, Hasbro y Kenner, ya comercializaban con gran éxito sus líneas de figuras de G.I.Joe y Star Wars, es decir, juguete bélico y juguete espacial respectivamente), se apostó por desarrollar esa idea de la espada y brujería que, por otro lado, llevaba un tiempo haciéndose un cierto eco gracias a la popularidad del juego de rol Dungeons & Dragons creado por Gary Gygax y Dave Arneson y que llevaba ya varios años entreteniendo a los chavales como pudimos ver recreado en la serie Stranger Things (Stranger Things, 2016-2019), a imagen y semejanza de cómo jugaban el hermano mayor de Elliot y sus amigos al principio de E.T. el extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982). Llegados a este punto, no me queda más que recomendar el visionado de los magníficos documentales que el lector de la Abadía podrá encontrar en la plataforma de streaming Netflix en los que se exploran más exhaustivamente los orígenes de esta franquicia. Documentales como El poder de Grayskull: La historia completa de He-Man y los Masters del Universo (The Power of Grayskull: The Definitive History of He-Man and the Masters of the Universe, Robert McCallum, 2017) o el episodio correspondiente de The Toys That Made Us, la serie documental de Netflix que supone todo un viaje nostálgico con mucho humor entre los juguetes de nuestra infancia.

Poco sabían los responsables de Mattel que virar hacia ese terreno totalmente virgen, el de los bárbaros musculados ataviados con un simple taparrabos y pertrechados de imposibles armas blancas, iba a tener el éxito que tuvo y que, incluso cuarenta años después de la aparición de la primera figura articulada de He-Man, nuestro musculado protagonista siguiera levantando pasiones entre sus legiones de fans. Una idea sencilla, un nombre pegadizo, diseños muy bizarros, muy divertidos, que volvieron a los chavales literalmente locos. La puntilla fue la idea de crear anuncios comerciales de veinte minutos ofreciéndoselos a sus potenciales clientes, los niños, en forma de serie animación emitida en el prime time del horario infantil. Todo un acierto por parte de Filmation. Y el resto ya forma parte de la historia y de la vida de muchos de nosotros (sí, yo me incluyo). Los juguetes de He-Man, Skeletor, el Hombre de Armas y compañía representaron un lucrativo negocio que llegó a facturar cerca de cuatrocientos millones de dólares en su mejor momento.

Sin embargo, es triste decirlo, todo tiene un principio y también un final. La línea de los Masters del Universo perdió su magia, perdió la chispa y se quedó sin el apoyo de su antaño fiel público (las modas duran lo que duran). Nos plantamos en 1987 y los chavales han ido dándole la espalda al Castillo de Grayskull, a Eternia y a sus cada vez más bizarras criaturas. Un momento delicado en el que Mattel se ve necesitada de un nuevo input y en ese momento verán con buenos ojos algo, como ya he mencionado antes, totalmente innovador para la época, es decir, la de adaptar a la gran pantalla a sus personajes. Una película basada en unos muñecos era algo inaudito para el mainstream ochentero. Ese mismo input era algo de lo que también iban necesitados los primos más famosos del cine de serie b que triunfaba en los videoclubes, Menahem Golan y Yoram Globus, gerifaltes de ese emporio construido sobre los cimientos del erotismo soft y los mamporros y que habían probado suerte en el mercado de las super producciones saliendo totalmente escaldados y prácticamente arruinados. El fiasco que supuso la última entrega de Superman, Superman IV: En busca de la Paz (Superman IV: The Quest for Peace, 1987), producida a medias con la Warner ponía todas sus esperanzas en este proyecto de los Masters del Universo que acabó en sus manos prácticamente de rebote tras su acuerdo con la major. Sinceramente, ésta es una historia, la de una debacle, muy interesante y que partía de la idea de realizar la primera adaptación cinematográfica del súper héroe más popular de la Marvel Comics, Spiderman. Una cinta de gran presupuesto que comenzaría con Tobe Hooper a los mandos, pero que acabó en agua de borrajas tras la idea de los primos de invertir todo ese dinero destinado al Hombre Araña en la producción de dos (intentos de) blockbuster con los que recaudar lo suficiente como para que el personaje creado por Steve Ditko y Stan Lee tuviera una traslación a la pantalla espectacular (dentro de los parámetros de la Cannon, por supuesto).

El proyecto de llevar al cine a los Masters del Universo se remonta a unos años antes, entre 1984 y 1985, cuando RKO Pictures y Edward R. Pressman anunciaron sus planes para llevar a buen puerto dicho proyecto con objeto de poder estrenar la película en las navidades de 1986. Todo ello bajo la producción de Howard Kazanjian y la Warner. La película contaría con un escueto presupuesto de diecinueve millones de dólares y su dirección correría a cargo del novel Gary Goddard. El joven se estrenaría como director con He-Man y compañía. Hasta el momento sólo había escrito el guion de Tarzán, el hombre mono (Tarzan, the Ape Man, 1981), enésima adaptación del personaje creado por Edgar Rice Burroughs y que contaba con la presencia de la bellísima Bo Derek (no es de extrañar puesto que su marido, John Derek, era el director) y Richard Harris en su reparto. Goddard (posiblemente, desde la humilde opinión del que suscribe estas palabras, el mejor Goddard que ha dado el cine), fan de la ciencia ficción y los cómics (declarado admirador de la figura de Jack Kirby al que se sabe que incluso consultó a la hora de encararse a los Masters del Universo con la intención de que fuera una suerte de homenaje a su Cuarto Mundo), pudo trabajar codo con codo con el artista conceptual Ralph McQuarrie, popular por sus diseños para La guerra de las galaxias, que pudo incorporarse gracias a un parón en la producción de la película de Ron Howard, Cocoon (Cocoon, 1985).

Cuando comencé con Masters del Universo, John DeCuir fue la primera persona que se incorporó para iniciar el trabajo conceptual. Tenía la esperanza de involucrar a Ralph (McQuarrie), pero estaba inmerso en la producción de Cocoon de Ron Howard en ese momento y no estaba disponible. Aproximadamente tres semanas después me llamó y me dijo: “Cocoon está en stand by. Puede que sea por una semana, puede que sea por un mes o puede que no se reanude en absoluto. ¿Todavía quieres que trabaje en Masters ya que estoy disponible? Pero si me llaman de nuevo en Cocoon, tendré que volver por obligación contractual”. Así que dije que sí, sube a bordo. Ralph se unió a nosotros, pero pudo trabajar en Masters tres semanas ya que Cocoon volvió a la preproducción activa y tuvo que regresar. Pero en estas tres semanas Ralph hizo un trabajo de diseño interesante[4].

Lamentablemente, seis meses después sus responsables paralizaron la película en una fase muy temprana de preproducción, por lo que cuando se retomó ya fue en el seno de la Cannon Films (con la ausencia de RKO y Kazanjian) y con las limitaciones y tejemanejes habituales de esta peculiar productora. Entre estos cambios, su limitado presupuesto se recortaría aún más hasta la cifra de los diecisiete millones. Hecho que implicase hacer una serie de cambios drásticos y alguna que otra reescritura del guion escrito originalmente por David Odell[5], autor del libreto de una cinta de culto como es el Cristal Oscuro (The Dark Crystal, 1982) de Jim Henson. La nueva trama trasladaría la acción del planeta Eternia al nuestro, la Tierra, puesto que resultaba más económico de rodar, así como una sustanciosa reducción de tramas y personajes que llevaría a que el producto final fuera casi calificado como una libre adaptación de los muñecos originales (de antes de la serie de Filmation).

“(Ralph) creó los primeros diseños de personajes como He-Man, Man At Arms, Teela y lo que acabaría convirtiéndose en Gwildor, el personaje que creé para reemplazar a Orko. En los tiempos previos a la animación por ordenador, la idea de dar vida a Orko o a Battle Cat en un entorno de acción real habría significado mucho trabajo de animación stop-motion y una gran cantidad de efectos prácticos. Como estábamos trabajando con un presupuesto limitado (17.000.000), la idea de tener Battle Cat y a Orko estaba fuera de discusión”[6].

En lo referente al presupuesto, cabe mencionar que, llegado a cierto momento del final del rodaje de Masters del Universo, el dinero se acabó y la producción se paralizó totalmente debido a la grave situación financiera por la que atravesó Cannon Films durante la segunda mitad de la década de los ochenta. Golan y Globus habían arriesgado demasiado con sus fallidas inversiones (súper producciones ruinosas, proyectos vendidos en Cannes a partir de un cartel que prácticamente eran inviables o la mismísima adquisición de una cadena de salas de exhibición cinematográfica) y los números (rojos) mandaban. Según el propio el propio Goddard, en declaraciones para el diario Los Angeles Times[7], el presupuesto se disparó desde esos diecisiete millones de dólares a unos veinte (otras fuentes señalan veintiséis) con lo que la Cannon llegó a considerar la idea de que la película acabase con un cartel de “continuará” justo antes del enfrentamiento final entre He-Man y Skeletor en la Sala del Trono del Castillo de Grayskull simplemente porque el desenlace del libreto escrito por Odell era económicamente inasumible. De hecho, el director afirma haber puesto incluso el dinero de su propio bolsillo para poder rodar esa escueta escaramuza entre ambos adversarios, meses después, haciendo alarde de más de una filigrana con la iluminación con objeto de que no se notase que el escenario no era el decorado original (puesto que ya se había desmantelado) y con el especialista Anthony De Longis (quien también había dado rostro a Blade, uno de los acólitos malvados de Skeletor) sustituyendo a Frank Langella bajo la máscara del carismático villano. Paralelamente, el rescate de unos 75 millones de dólares por parte de Warner a finales de 1986 posibilitó que la película se pudiera estrenar a lo largo de 1987. Aunque incluso aquí hubo discrepancias entre la Casa del Pato Lucas y la compañía de los primos judíos, ya que éstos últimos querían que fuera un estreno veraniego, mientras que Warner abogaba por estrenarla en octubre de ese mismo año para no competir con Superman IV: En busca de la Paz, la otra superproducción que ambas empresas también tenían a medias. Finalmente, Masters se acabaría estrenando el 7 de agosto, dos semanas después que la última entrega cinematográfica del último hijo de Krypton. Sobra decir que ambas fueron un estrepitoso fracaso de taquilla.

Cuando Goddard se incorporó al rodaje de Masters del Universo tras el parón citado, no sólo se encontró con la Cannon, sino también con la imposición del actor protagonista de la función. Para encarnar a He-Man, Goddard había pensado en el actor Matthew Modine, actor preminentemente de corte dramático conocido hasta ese momento por filmes como Birdy (Birdy, 1984) de Alan Parker o Desechos (Streamers, 1983) de Robert Altman (y que afortunadamente, para él, ese año 1987, podríamos verlo dándole cara al recluta Bufón en la magnífica La Chaqueta Metálica [Full Metal Jacket] del Maestro Stanley Kubrick). Sin embargo, tras el éxito de Rocky IV (Rocky IV, Silvester Stallone, 1985), los productores querían a Stallone blandiendo el espadón de He-Man. Recordemos que Sly ya hizo dos películas con Cannon, Cobra (Cobra, George P. Cosmatos, 1986) y Yo, el halcón (Over the Top, Menahem Golan, 1987), con las que ya había sangrado las arcas de la productora de los primos judíos (unos once millones de dólares cobró por ambas) reventando así el mercado y los sueldos de las estrellas de Hollywood de paso. Masters no contaba con un holgado presupuesto como para contar con la presencia de Rambo, así que se decidió contratar al que hacía de villano en el pugilístico enfrentamiento de la última entrega (hasta el momento) de Rocky Balboa, es decir, al malvado boxeador soviético Iván Drago al que ponía rostro (y espectacular físico) el sueco Dolph Lundgren. Este papel, el de He-Man, le supondría su primer papel protagonista y, tras negociar su salario por unos más asequibles (para la productora) 500.000 dólares, realizando él mismo todas las escenas de acción. Su perfil casaba perfectamente con la filosofía de la Cannon y ésta esperaba de Lundgren poder convertirlo en otro icono más del cine de acción habitual de la casa de Chuck Norris y Charles Bronson. En el interesante (y divertido) documental Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films (Boogaloo: The Wild, Untold Story of Cannon Films, 2014) el propio Stallone cuenta de cómo se mofó al enterarse de esta decisión. Él mismo expone que no se explicaba qué razón había llevado a los primos a contratar al escandinavo puesto que no sabía hablar inglés. Y esto es algo que irritó a Gary Goddard durante el rodaje de Masters puesto que el marcado acento del actor lo llevó a la tentación de doblarle en posproducción en varias ocasiones.

Es curioso de que todo el reparto, el último en enrolarse fuera posiblemente el actor que acabaría por darle el empaque definitivo a producto resultante. Capaz de habernos ofrecido una de las mejores encarnaciones del Conde Drácula, el éxito del Drácula (Drácula, 1979) de John Badham abrió las puertas de Hollywood a Frank Langella. Actor de procedencia teatral y de gran versatilidad sorprendió a propias y a extraños cuando aceptó ponerse bajo la piel, más bien la máscara de látex, del malvado Skeletor. El propio actor ha confesado en más de una ocasión que la razón fundamental para aceptar dicho papel fue que su hijo (que en aquellos momentos contaba con la edad de cuatro años) era uno de esos chavales a los que He-Man, los Masters del Universo y sobre todo Skeletor lo tenían encandilado. No sólo eso, sino que Langella quedó tan satisfecho, se lo pasó tan bien en el rodaje de Masters (pese a la incomodidad del maquillaje) que nunca ha tenido pudor alguno en admitir que es uno de sus papeles favoritos de toda su carrera. Su experiencia, sus tablas sobre los escenarios, así como su gusto por la épica y el drama de las obras de Shakespeare, le ayudaron a construir a uno de los malvados más memorables que nos ha dado el cine. El Skeletor de Frank Langella se encuentra a caballo entre el Darth Vader de La guerra de las galaxias, el Darkseid del Cuarto Mundo de Jack Kirby y el Doctor Muerte más clásico de la Marvel Comics. Un villano de opereta de presencia tan monumental como amenazadora. De hecho, hay una cierta sensación a medida que avanza el metraje de que la acción se vertebra alrededor de la figura del malvado de la función. Gary Goddard llegó a declarar:

Frank y yo lo pasamos en grande construyendo su personaje porque nos encontrábamos con citas de Shakespeare, citas de Moliere o de James Campbell mientras escribíamos líneas de diálogo que pudieran desarrollar de manera dramática su personaje[8]

Langella incluso fue artífice de algunas de sus líneas de diálogo. Una de la que más orgulloso está el intérprete es aquella en la que pregunta a un He-Man encadenado por la soledad del bien. ¿Acaso no es parecida a la soledad del mal? Lo que a primera vista pudiera parecer una burla por parte de su captor otorga una dimensión más profunda al antagonismo de ambos. Un nexo, un punto de convergencia entre el bien y el mal que lleva a dos individuos a ser las dos caras de la misma moneda, aisladas de todo menos de sus objetivos finales. Este concepto de la soledad del bien y la soledad del mal es algo que el mismísimo actor no ha tenido reparo en hacer uso a la hora de preparar otros papeles considerados como más serios como el del expresidente de los Estados Unidos Richard Nixon para la película Frost/Nixon (Frost/Nixon, 2008) de Ron Howard. Es realmente sorprendente encontrar la inspiración en los lugares más inesperados, así como lo que se puede llegar a aprender o las capacidades que se pueden llegar a adquirir trabajando en papeles de títulos considerados menores o para niños.

En lo que respecta al resto del reparto que participó en Masters del Universo tenemos presentes a varias caras conocidas, predominantemente por sus papeles como secundarios tanto en cine como televisión, pero que componen un reparto tan competente como equilibrado. Empezaremos por la tríada de féminas de la función que, por otro lado, desarrollaron sus carreras con mayor o menor fortuna. Capitaneando a las fuerzas del mal, siempre bajo la servidumbre del vil Skeletor, encontramos al personaje de Evil-Lyn. Para encarnar a esta malvada hechicera, lugarteniente de las fuerzas oscuras, había voluntad por parte de Gary Goddard de fichar a Sarah Douglas, aquella que diera su físico para hacer las veces de Ursa, la perversa kriptoniana que junto al General Zod (y al bruto Non) hicieron que el Hombre de Acero pasara las de Caín en Superman II (Superman II, Richard Lester, 1981). Sin embargo, no pudo llegarse a un buen acuerdo y finalmente el papel recaería en la actriz Meg Foster, mujer de rostro inquietante, además de unos bellísimos y cuasi sobrenaturales ojos azules, a la que hasta esa fecha habíamos podido haber visto en títulos tan interesantes como La selva esmeralda (The Emerald Forest, John Boorman, 1985) o Clave: Omega (The Osterman Weekend, 1983) de Sam Peckinpah. Además, sólo un año después de su soberbia interpretación en Masters, pudimos verla también en esa pequeña joya del Maestro John Carpenter titulada como Están Vivos (They Live, 1988). Cabe destacar que Foster está magnífica en la piel de Evil-Lynn ofreciéndonos un perfecto binomio entre la perversidad absoluta y la desazón de aquel que está siempre bajo la sombra de un ente superior. Su cara es capaz de mostrarnos su malicia, a la vez que puede sorprendernos con la desdicha cada vez que la voz de su amo, Skeletor, la pone en su sitio cada vez que se cree con el lujo de poder extralimitarse en sus quehaceres. Ella no es un aliado, es una esclava y deberá siempre deberá actuar bajo los designios de su amo. Como curiosidad quiero señalar que ese espectacular traje que portaba, además de pesar unos veinte kilos, estaba confeccionado a partir de fibra de vidrio, lo que hizo que Foster sufriera laceraciones y moratones desde la ingle hasta el pecho.

Mucho más cómoda con su licra ajustada vemos a Chelsea Field, aquella que interpretaba a Teela, la aguerrida guerrera aliada de He-Man. Personalmente, siempre me ha sorprendido que la carrera de Chelsea Field no haya llegado a mayores ya que es una de esas actrices que lo tenían prácticamente todo para poder triunfar el Hollywood, es decir, presencia en pantalla y buen oficio. Sin embargo, a la esposa del televisivo Scott Bakula la hemos podido ver en títulos tan interesantes y tan de culto como El último boy scout (The Last Boy Scout, 1991) o Dos duros sobre ruedas (Harley Davidson and the Marlboro Man, 1991). La tercera fémina en cuestión es aquella que pone su angelical rostro a Julie, la joven que junto a su novio Kevin (interpretado por Robert Duncan McNeill, quien ha desarrollado una fructífera carrera posterior como director en televisión) la deseaba Llave Cósmica de Gwyldor. Habiendo debutado en el videoclip del tema ‘Dancing in the dark’ de Bruce Springsteen, así como protagonizando el primer anuncio de tampones Tampax en el que se pronunció por vez primera la palabra ‘periodo’, la actriz Courtney Cox es quizás una de las integrantes del reparto a la que mejor le ha ido en la vida. Su personaje de Monica Geller en la popular sitcom coral de los noventa Friends (Friends, 1994-2004) la catapultó al Olimpo de la popularidad (así como debió engordar de forma desmesurada su cuenta bancaria). La reformuladora saga Scream de Wes Craven, donde la actriz daba vida a la vivaracha y dicharachera reportera Gale Weathers, realzó aún más una popularidad que con el tiempo, pesa a alguna nominación a los Globos de Oro, ha ido perdiendo fuelle. Como curiosidad, hay que mencionar que aquella que daba cara a la guardiana del castillo de Grayskull, la poderosa hechicera de Eternia, fue la británica Christina Pickels. El dato viene dado porque en Friends interpretaba el papel de madre del personaje de Cox.

Siendo una película de los Masters del Universo, hubiera sido imperdonable que durante la misma no apareciera uno de los más fieles aliados de He-Man, me refiero por supuesto al Hombre de Armas o Man-at-Arms. A este guerrero curtido en mil batallas (sus aventuras seguro que darían para una larga serie de películas) lo interpretó el televisivo Jon Cypher, secundario habitual de la pequeña pantalla y en cuyo currículum podemos ver series tan populares como Dallas (Dallas, 1978-1981), Dinastía (Dinastia, 1981-1989), Santa Bárbara (Santa Barbara, 1984-1993) o la magnífica Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues, 1981-1987). Posiblemente muchos fans no perdonaron la aparición de Orko, ese pequeño mago, un tanto patoso, que fuese creado para la serie de animación. En su lugar, puesto que así se ahorraron muchos miles de dólares en efectos especiales, tenemos al cerrajero Gwyldor interpretado por el actor de talla pequeña, pero de dilatada carrera, Billy Barty. El desastrado cerrajero al que daba vida el veterano actor (que participó en películas como El Señor de los Anillos [The Lord of the Rings, 1978] de Ralph Bakshi o Legend [Legend, 1985] de Ridley Scott) fue creado exprofeso para la cinta de Masters, así como lo fueron, salvo Beast-Man, la mayor parte de los secuaces a las órdenes de las Fuerzas del Mal. La presentación de estos mercenarios, tan evocadora a la homóloga con los cazarrecompensas en El Imperio Contraataca (Star Wars Episode V. The Empire Strikes Back, 1980), nos muestra en pantalla al citado Beast-Man (interpretado por un tal Tony Carroll cuyos dientes prostéticos eran demasiado grandes y al no poder cerrar la boca babeaba sin parar por todo el set), Karg (Robert Towers), Saurod (cuyas lentillas para este lagartoide humanoide dañaron en más de una ocasión los ojos de su actor, Pons Maar) y Blade (interpretado por el jefe de especialistas Anthony De Longis que en más de una ocasión que debido al calor y a los más de diez kilos de peso de su atuendo y tras varias horas de filmación se le hacía necesario vaciar el sudor que se acumulaba en sus botas). Acabo con el reparto señalando la participación de James Tolkan, el subdirector Strickland de Regreso al Futuro (Back to the Future, 1985), otro veterano secundario que, pese a su serio semblante, ha demostrado que funciona muy bien en la senda de la comedia. Aquí interpreta a un histriónico y pasado de vueltas detective Lubic, un papel que le viene que ni pintado.

La mención a La guerra de las galaxias no es baladí puesto que, no sólo Menahem Golan anunció Masters como la Star Wars de Cannon, sino que viene reforzada por una banda sonora compuesta por Bill Conti (nominado al Óscar de la academia por su labor en Rocky [Rocky, John G. Avildsen, 1976]) al más puro estilo John Williams, con fanfarria que recuerda enormemente a la de la famosa saga espacial de George Lucas incluida, sino también por la presencia de esos pseudo Stormtroopers (de Hacendado) que no ocultan en ningún momento sus referentes. Estas fuerzas de asalto de Skeletor, nunca vistas antes tanto en el universo muñequil como en el de la serie de animación, eran androides de combate puesto que Mattel había puesto una condición sine qua non para no hacer uso su capacidad de veto en la película. Esta no era otra que, al estar el producto destinado al mismo público infantil que disfrutaba de las figuras y los dibujos animados, He-Man no podía matar (algo a lo que Goddard se oponía, pero a lo que tuvo que claudicar). Es por ello por lo que estos soldados son de naturaleza robótica y podían ser abatidos por la bienintencionada resistencia eterniana.

Esta consciencia de saberse destinado a un público eminentemente infantil se hace patente al comprobar las curiosas empresas de marketing que Mattel organizó, además de sacar varias figuras de acción inspiradas en algunos de los personajes de la película, como un estrambótico concurso en el cual la juguetera ofrecía a los chavales la posibilidad de aparecer en la película caracterizado como Pigboy, uno de los espantosos siervos de Skeletor. El sorteo lo ganó un chico llamado Richard Szponder, de Illinois, que aparecía liderando la comitiva del villano portando su estandarte. La experiencia para el chaval fue un tanto agridulce y decepcionante, tanto por los retrasos en la producción como por las largas horas de las sesiones de maquillaje que tuvo que soportar. Sin embargo, el mayor chasco se lo llevó en cuanto pisó el set de rodaje:

Cuando vi por primera vez el set de rodaje estuve asombrado, pero también recuerdo haber pensado: “¡Esto no se parece al castillo de Grayskull!”[9]

Acabando ya con la producción de Masters del Universo, corresponde aclarar, independientemente de los resultados obtenidos, que esto era verdaderamente un proyecto de altas miras que tuvo la desgracia, por decirlo de alguna forma, de acabar en las manos de Menahem Golan y Yoram Globus. Ya he mencionado más arriba la participación en fase temprana de dos nombres como los de Ralph McQuarrie y John DeCuir. Dudo que el lector habitual de la Abadía lo desconozca, pero hablar de John DeCuir es hablar de uno de los diseñadores de producción más importantes del Séptimo Arte. Cierto es que tanto DeCuir como McQuarrie abandonaron la producción tras ese primer parón en el que la película acabó en Cannon, pero éste último fue sustituido por otro grande del medio como es William Stout. Entre los magníficos trabajos de Stout podemos encontrar sus aportaciones para Conan, el bárbaro o El regreso de los muertos vivientes (Return of the Living Dead, 1985) de Dan O’Bannon entre otros. De hecho, Stout tuvo incluso la oportunidad de enrolar al equipo artístico a Jean Giraud, el inconmensurable Moebius, que es prácticamente el responsable (con cuatro modificaciones de Stout mediante) de la apariencia de He-Man en la película. Supervisando los efectos especiales tenemos a otro individuo para nada desconocido en el sector, Richard Enlund. Ya he mencionado que la música fue llevada a cabo por Bill Conti. Y entre los nombres de todos estos magníficos profesionales destaca también el de una mujer, el de la montadora Anne V. Coates. Películas como Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1963), Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 1974) o El hombre elefante (The Elephant Man, 1980) entre muchísimas más tuvieron la fortuna de ser tocadas por las habilidosas manos de esta mujer que estuvo en activo hasta hace bien poco, 2015, participando en las labores de montaje, a sus noventa años, de la película Cincuenta Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, 2015).

La película se entrenó en la primera semana de agosto de 1987 en un total de 1.185 salas de cine en EEUU recaudando en su primer fin de semana unos 4,9 millones de dólares[10]. Sin embargo, en todo su recorrido comercial, la cinta de Goddard no logró superar los diecisiete millones de dólares de recaudación en su país de origen (faltaría sumar sus resultados a nivel mundial y los resultantes de la venta en formato doméstico) por lo que supuso otro fracaso estrepitoso para la Cannon Films, además de un clavo más en el ataúd que hacía más próxima su desaparición. Incluso las expectativas de una futurible secuela (Golan anunció a bombo y platillo en el Festival de Cannes que la película de Masters era la primera de una trilogía que protagonizaría Dolph Lundgren[11]) dieron al traste. Sin embargo, en 1989, a un año vista de que expirasen los derechos, tanto de Masters como los de Spiderman (ese proyecto que recordemos se había postergado con objeto de poder realizarlo con las ganancias de la peli de He-Man sumadas a las de la cuarta entrega de Superman) se retomaba el proyecto de nuevo. Golan y Globus (con la ayuda del dinero de Giancarlo Parretti, fugaz gerifalte de la productora en aquellos aciagos momentos) consiguieron incluso prorrogarlos un año más (lo cual propició la realización de otra cinta con un personaje Marvel en la carátula, es decir, la película del Capitán América). La intención era la de llevar de una vez por todas las aventuras del Trepamuros al cine, pero a la Cannon Style, es decir, lo más económicamente posible. Para ello reclutaron a Albert Pyun (quien llevase después al Capi a la pantalla grande como hemos comentado antes y que se convertiría en el principal enemigo de Steve Rogers por delante de los mismísimos Cráneo Rojo o Barón Zemo), el cual se comprometió a rodar simultáneamente esta película de Spiderman con la secuela de Masters del Universo. Ambas producciones compartirían sets (se rodarían en Wilmington, Carolina del Norte) además de reparto y se irían alternando quincenalmente. La idea hacía gala de lindezas como la que el actor elegido para interpretar a Peter Parker se sometería a un régimen de ocho semanas de entrenamiento para desarrollar su masa muscular. Tras las semanas correspondientes de rodaje de Masters del Universo 2 se reanudaría el rodaje de Spider-Man con un Peter Parker muscularmente más desarrollado. Sin embargo, pronto se hizo evidente que la Cannon Films no podía llevar adelante varios proyectos millonarios al mismo tiempo[12], sobre todo con pérdidas, y empezaron las dificultades económicas y los recortes de presupuesto. Poco después Mattel (a quienes debían el dinero de los derechos correspondientes de sus personajes) y Marvel Comics decidirían rescindir sus contratos con los israelíes y, de todo ello, Pyun acabaría reciclando conceptos y materiales para perpetrar ese clásico de videoclub llamado Cyborg (Cyborg, 1989) con Jean Claude Van Damme luciendo palmito y con un presupuesto de 500.000 dólares (salario del belga incluido).

Volviendo al largometraje que nos ocupa, Masters del Universo es una cinta que supuso para muchos (entre los que un servidor no se incluye) una más que comprensible decepción para muchos de los aficionados a las figuras de acción o a la serie de animación de dichos personajes. Prácticamente muy poco se la película de Gary Goddard se parecía al material en el que se basaba. El hecho de que la acción transcurriese en la Tierra y no en Eternia afianzaba esa sensación. Ese es un error que otros productos posteriores, como la primera de las películas de las famosas Tortugas Ninja, por ejemplo (por ceñirnos a un producto de naturaleza semejante, es decir, a una película basada en unos muñecos -aunque originariamente fuera un cómic underground– con una serie de dibujos animados a modo de anuncio comercial de veinte minutos), no cometió. Vista con los ojos de un niño de aquella época, la película de He-Man tenía poco que envidiar a otras de sus semejantes que poblaban las estanterías de los videoclubes. Sin embargo, un ojo más analítico (pero tampoco demasiado exigente) dará cuenta de que esta es una de esas cintas en las que vale más la pena tomarse en serio las voluntades de sus responsables por llevar a buen puerto una producción que se nota que tuvo problemas con su presupuesto. El uso de la elipsis en varios momentos del metraje hace pensar que se tuvo que tirar de tijera en la sala de montaje o que dichas escenas no pudieron rodarse por carencias económicas. El primer (y último) largo de Gary Goddard contiene todos los ingredientes para triunfar que debería tener toda cinta de entretenimiento de estas características: un universo de ficción rico e interesante, acción a raudales, humor blanco (muy blanco) y un malvado de la función que se come la pantalla.

Sin embargo, y como ya he comentado antes, Masters del Universo tuvo la mala fortuna de cruzarse en el camino de los primos judíos. Personalmente no le encuentro más pegas a una película que es capaz de entretener de principio a fin. La mayor parte de los diseños, de los personajes o ese increíble matte painting con el que se nos muestra en una única ocasión el castillo de Grayskull son, al menos en la humilde opinión de aquel que suscribe estas palabras, totalmente embriagadores. Al igual que pasó con Superman IV: En busca de la Paz, esta es una cinta en la que hay que tener más en cuenta las intenciones que los resultados. Pese a sus detractores (que haberlos haylos9 la cinta de Goddard cuenta con un actual status de cinta de culto y sigue teniendo sus legiones de fans. Sinceramente, es de agradecer que en un momento donde la industria del cine caminaba por otra senda diferente a la actual hubiese auténticos visionarios capaces de llevar a cabo una locura como esta, es decir, invertir tiempo y dinero en trasladar al celuloide las aventuras de unos muñecos de plástico con los que jugaban los chavales que todavía no alcanzaban una edad de dos cifras. Solamente por ello, un servidor se lo perdona todo a esta película e incluso a sus responsables (pobres de ellos que culpa ninguna tuvieron de los actos y actitudes de los desaprensivos Golan y Globus, unos auténticos pícaros de la industria del cine).

                                                                                                        José Manuel Sarabia

[1] Además de las cuatro películas de Superman, sus responsables hicieron un peculiar experimento al estrenar la película Supergirl (Supergirl, Jeannot Szwarc, 1984), en la que se narra la llegada de la prima del hombre de acero a la Tierra y que, curiosamente, comparte guionista (así como una trama y una estructura narrativa un tanto parecidas) con Masters del Universo.

[2] En mi artículo para la Abadía dedicado a Superman IV os cuento la apasionante historia de este proyecto: https://cerebrin.wordpress.com/2020/05/05/superman-iv-en-busca-de-la-paz/

[3] En 2012, con motivo de la Comic Con de San Diego, Mattel lanzó estas figuras (conocidas por el fandom como el ‘Roger Sweet Trio’) en su línea MOTU Classics.

[4] http://jimsmash.blogspot.com/2012/03/ralph-mcquarries-masters-of-universe.html

[5] Se sabe que el guion fue reescrito por un habitual de la Cannon, Stephen Tolkin, de forma no acreditada. Tolkin fue guionista también de la posterior Capitán América (Captain America, 1990) de Albert Pyun.

[6] http://filmsketchr.blogspot.com/2012/04/mcquarrie-almost-brought-power-of.html

[7] https://www.latimes.com/archives/la-xpm-1987-03-08-ca-13282-story.html

[8] https://birthmoviesdeath.com/2017/02/04/how-playing-skeletor-prepared-frank-langella-to-play-nixon

[9] http://www.motumovie.com/2010/06/q-with-richard-szponder-pigboy.html

[10] https://catalog.afi.com/Catalog/moviedetails/57732

[11] Algo que el actor desmintió a la primera de cambio.

[12] Hablar de proyectos millonarios es un decir, puesto que para las dos películas se destinaron diez millones de dólares. Seis de ellos estaban destinados a la cinta del Trepamuros y los cuatro restantes a las aventuras de He-Man y compañía.

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