The Old Ways

 

Sinopsis: Cristina López, una reportera mexicano-estadounidense, vuelve a su Veracruz natal mientras prepara un artículo sobre la brujería y los curanderos sin saber que acabará convertida en el sujeto de su propia historia. Una bruja del lugar y su hijo deciden secuestrarla por una razón de peso: están convencidos de que la ha poseído un demonio y no piensan liberarla hasta que ultimen un exorcismo para destruir a esa fuerza maligna. Cueste lo que cueste. Mientras ella lucha por escapar, irá convenciéndose poco a poco de que quizá sus captores tengan algo de razón después de todo. Tanto ellos como su distante prima Miranda la acompañarán en su lucha por sobrevivir, que se transformará en una lucha por salvar su alma.

 


Título original: The Old Ways
Año: 2020 (Estados Unidos)
Director: Christopher Alender
Productores: T. Justin Ross, Christa Boarini, David Grove Churchill Viste
Guionista: Marcos Gabriel
Fotografía: Adam Lee
Música: Ben Lovett
Intérpretes: Brigitte Kali Canales (Cristina Lopez), Andrea Cortés (Miranda Flores), Julia Vera (Luz, la bruja), Sal Lopez (Javi), AJ Bowen (Carson)…

The Old Ways (2020), la opera prima de Christopher Alender, parte de una premisa harto interesante: confrontar el mundo occidental de la globalización, el desarrollo y el bienestar con ese otro ignorado y menospreciado, casi en vías de desaparición, de las tradiciones ancestrales y las creencias atávicas en fuerzas sobrenaturales. Para ello sigue las peripecias de Cristina, una reportera que vuelve a sus orígenes con la excusa de un trabajo periodístico, alrededor de la cual se centra toda la historia.

La presentación de la protagonista es bastante abrupta, ya que la descubrimos directamente en la celda austera a la que ha sido confinada y solo iremos conociendo detalles de su persona y de su pasado a través de los flashbacks que irán puntuando la primera parte del film, mientras se instala todo el proceso que nos llevará hacia el exorcismo. Alrededor de ella fluctúan tres personajes: la bruja, su hijo  y Miranda, una prima de Cristina que está ayudando a los captores si bien parece empatizar con la dura situación en la que se encuentra la chica. Todos se muestran sorprendidos de su presencia en el lugar, un recóndito paraje natural denominado La Boca y le preguntan constantemente qué razón le ha llevado hasta allí.

Cristina se presenta en principio como una mujer moderna y emancipada, que se ha hecho a sí misma y que goza de un trabajo estimulante y una vida plena, aunque poco a poco iremos descubriendo que tras esa fachada se esconde una realidad llena de fisuras, problemas emocionales y laborales, traumas del pasado y hasta una adicción a la heroína en estado avanzado. La presencia de Miranda  alimenta las esperanzas de nuestra protagonista, ya que espera convencerla de que la ayude a escapar, pero al mismo tiempo parece irritarla porque ha asumido el rol de mujer sencilla apegada a sus tradiciones y a su cultura, un rol del que ella ha huido creándose una nueva identidad. Sus constantes encuentros y discusiones dan un cierto dinamismo al conjunto y permiten ir desgranando elementos de la relación que las une.

El desarrollo de la acción, siempre supeditada a ese espacio inhóspito y amenazante de la celda, discurre de manera esquemática por los senderos habituales del cine de posesiones y tanto el guion como la dirección se someten a las pautas de este subgénero, con los consiguientes sobresaltos y efectos diseminados de manera previsible a lo largo del metraje. Es una lástima que Alender no profundice un poco más en el potencial que ofrecían las tradiciones, supersticiones y creencias aztecas sobre la brujería, el chamanismo y los rituales, ya que es un tema que no ha sido tratado a menudo por la cinematografía mundial, a excepción de la mexicana. Así, guionista y director se limitan a sobrevolar superficialmente sobre este material para hacer avanzar la trama de  manera funcional pero sin zambullirnos en ese terreno que, por desconocido, produce al mismo tiempo desconfianza, miedo y fascinación. Cuando Cristina ojea el libro manuscrito que contiene los secretos sobre los demonios y los exorcismos, nos quedamos con las ganas de explorar con más detenimiento ese universo denso, rico y abigarrado con una iconografía tan potente y sugestiva. En esos momentos en los que Alender asume su material de partida y pone el foco en los elementos que la caracterizan (la leche de cabra como elemento purificador, las máscaras rituales, la cirugía psíquica, la simbología de los animales…) es donde radican los puntos fuertes de la película y donde se encuentra más inspirado.

Como bien dije más arriba, la película parte de una confrontación de dos modos de ver el mundo muy diferentes, pero la aproximación del cineasta al contenido resulta puramente racional, casi como si Alender hubiese decidido colocarnos, público occidental, directamente al lado de Cristina. Esta tentativa de identificación se resiente por el carácter altivo y poco simpático de la protagonista y por el trabajo interpretativo excesivamente plano de la actriz Brigitte Kali Canales, cuya progresión y transformación resultan forzadas y poco creíbles. 

El film plantea varios temas e ideas que, desgraciadamente, no puede o no sabe desarrollar, perdiendo por el camino varias oportunidades de enriquecer la historia. Así la dependencia de la heroína de nuestra protagonista que, tras ser expuesta, se abandona rápidamente. O la posesión demoníaca como un estado al que se llega por contagio o contaminación, a la manera de los zombis o los vampiros, de manera literal pero también metafórica, una idea de grandes posibilidades narrativas que aquí se utiliza de manera demasiado vaga y cuya cadena de contagio exclusivamente femenina no queda lo suficientemente clara para darle más valor dramático.

Afortunadamente, The Old Ways guarda varios ases bajo la manga que hacen su visión interesante. Para empezar, Alender y su guionista, Marcos Gabriel, se las ingenian para desarrollar de manera inteligente esa confrontación original que es la piedra angular del cine de posesiones. Si habitualmente todo se reduce a un enfrentamiento entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal bajo una óptica judeocristiana, aquí se hace una hábil pirueta que multiplica dicho enfrentamiento por tres: para empezar el más evidente y actual de México contra los Estados Unidos, en segundo lugar el del progreso contra la tradición, y para terminar (y de manera más sutil pero igualmente presente, especialmente al final) el de la mujer contra el hombre. Es precisamente en ese final, inteligente y provocativo, donde The Old Ways consigue enderezarse y despertar nuestro interés, pillándonos desprevenidos y dejándonos tras los créditos con una maliciosa reflexión en el aire.

No quiero terminar esta reseña sin retomar una frase proferida de manera simple y magistral por Julia Vera en su notable composición como la bruja de nombre Luz y que efectivamente ilumina la película con su serenidad y su temple seguro: «Donde hay perdón, hay paz».

Naldo

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