Lux Æterna

 

Sinopsis: Charlotte Gainsbourg acepta interpretar el papel de una bruja quemada viva en la hoguera en la opera prima dirigida por Beatrice Dalle. Sin embargo, la anarquía que reina en el plató, los problemas técnicos y los desmadres psicóticos van arrastrando el rodaje hacia un caos alucinante y estroboscópico.

 


Título original: Lux Æterna
Año: 2019 (Francia)
Director: Gaspar Noé
Productores:Gary Farkas, Lucile Hadzihalilovic, Clément Lepoutre, Olivier Muller, Gaspar Noé, Anthony Vaccarello
Guionista: Gaspar Noé
Fotografía: Benoît Debie
Intérpretes: Béatrice Dalle (Béatrice), Charlotte Gainsbourg (Charlotte), Félix Maritaud (Félix), Clara Desayes (Clara 3000), Yannick Bono (Yannick), Mica Argañaraz (Mica), Loup Brankovic (Loup), Stefania Cristian (Stefania), Claude-Emmanuelle Gajan-Maull (Claude-Emmanuelle), Karl Glusman (Karl), Paul Hameline (Paul), Luka Isaac (Luka), Tom Kan (Tom), Abbey Lee (Abbey), Lola Perier (Lola)…

La última película de Gaspar Noé nace como un encargo de la fundación Yves St Laurent, dentro de su programa de apoyo al arte contemporáneo. Es curioso comprobar de nuevo como a menudo las consignas y restricciones inherentes a los encargos tienen un efecto estimulante en algunos cineastas, acentuando su instinto creativo. Aquí Noé tenía una cierta libertad artística, pero a los requisitos del encargo se añadió una dificultad suplementaria: para poder estrenarla en Cannes tuvo que trabajar contrarreloj durante pocas semanas. Quizás por todos estos factores el resultado es una obra de breve duración (apenas 50 minutos), algo que se va a revelar un enorme acierto. La película es frenética (como lo fue su rodaje); es puro nervio sin un resquicio de grasa superflua, y al haber condensado la trama de tal manera, no nos deja un momento de respiro.

Llama la atención casi desde el inicio el aspecto malicioso y, al mismo tiempo, terriblemente inspirado que respira la propuesta. Todo comienza con una relajada conversación entre las protagonistas, Beatrice Dalle y Charlotte Gainsbourg, interpretando respectivamente a una actriz que acomete su primer trabajo como directora y a la actriz que ha aceptado protagonizar su proyecto. Al transcurrir de su diálogo (en lo que se antoja una improvisación más o menos pilotada), entramos de lleno en el terreno del meta-lenguaje cinematográfico, en el que las barreras entre realidad y ficción se desdibujan de manera ambigua. ¿Hablan las actrices o los personajes? ¿Discuten sobre sus reales experiencias o sobre anécdotas guionizadas? En cualquier caso, nos va llegando información sobre el rodaje en el que están involucradas, un film (supuestamente de época) que trata el tema de la brujería femenina y su estigmatización social, que aboca inevitablemente a la hoguera purificadora. Al mismo tiempo, se nos sitúa como espectadores en un rol de «testigo» o «voyeur» del que no podremos escapar, ya que la cámara/ojo va a seguir a las actrices en puro estilo dogma «cámara en mano», y casi hasta podríamos decir en «found footage», si bien en este caso nosotros, aunque presentes en todo lo que sucede en el plató, nos vamos a mantener misteriosamente silenciosos (eso sí, siguiendo frenéticamente los eventos y tratando de no perdernos detalle de nada).

Cuando después de largos minutos de conversación entre las dos divas parecía que estábamos embarcados en una especie de «dramedy» intimista de toques cinéfilos, un asistente interrumpe bruscamente la escena y el diálogo, arrastrándonos al flujo del inminente rodaje de una secuencia del film que estaba en preparación. Y es a partir de este momento cuando abandonamos el ensueño agradable y contemplativo de las confidencias para darnos una zambullida en la frenética realidad, siguiendo paulatinamente a Beatrice o bien a Charlotte en su travesía de lo que no va a ser una jornada fácil de trabajo.

La pericia de Gaspar Noé consiste en haber inyectado su película con una multitud de niveles de lectura y de hilos narrativos que se tejen y entremezclan cual abigarrado tapiz que da cabida a la reflexión, al estupor, la sorpresa, la incomodidad, la irritación y hasta la sorna y la carcajada en un film de ritmo diabólico en el que no hay un momento de respiro. Al contrario, llegaremos junto a nuestras protagonistas a sufrir un agobio y desasosiego ante esa maquinaria infernal puesta en marcha por el (caótico) rodaje, desembocando en una situación que para muchos puede llegar a ser insostenible física y psicológicamente.

El marco del rodaje, bajo su apariencia inicial «cool» y desenfadada, va a acabar desvelando su verdadero rostro, el de un mundo implacable en el que se impone la ley del más fuerte y en el que en situaciones críticas todo el mundo se transforma en fieras o en seres despreciables capaces de las acciones más rastreras con tal de mantener su patético territorio y de seguir existiendo en él. Es un «sálvese quien pueda» de magnitudes épicas que, encuadrado de manera clara y evidente en el contexto del rodaje (magnificado por ese desasosegante huis-clos del estudio), se nos antoja estéril y carente de sentido, cual metáfora del cine en general y se diría casi hasta de la propia vida.

Pero Noé no aporta cinismo a su visión crítica sobre el séptimo arte. El realizador puntúa los 50 minutos de duración del film con una serie de pancartas presentando citaciones de varios de los más grandes cineastas de la historia; un recurso que se entiende como homenaje de otro de los grandes, Jean-Luc Godard, pionero en el uso de ese meta-lenguaje del que Gaspar Noé se inspira. Asimismo, recurre a pasajes de dos obras maestras que trataron el tema de la brujería (Hexen de Benjamin Christensen y Dies Irae de Carl T. Dreyer) en una especie de prólogo o introducción para subrayar que dicho tema no es tan sólo una excusa para la película que se rueda. ¿Quiénes son las brujas de la actualidad? ¿Por qué ese ensañamiento con ellas? ¿Qué es la magia y cómo se entiende hoy en día?

Afortunadamente, todo no se resume en Lux Æterna a una reflexión sesuda o intelectualoide. Al contrario, Noé parece divertirse horrores con el infierno y el suplicio en el que literalmente acaba convirtiéndose este rodaje para Beatrice Dalle, totalmente sobrepasada por la montaña de complicaciones y problemas que plagan su proyecto. El director parece haber buceado en sus propias experiencias personales como cineasta y gestor de grupos de trabajo para esbozar este pérfido retrato de un mundillo fascinante y al mismo tiempo despreciable. El humor y la ferocidad se dan la mano en la pintura de este infierno en el que los egos se inflan hasta límites insoportables, y en el que el eterno debate del cine como arte o como producto de consumo resurge de manera clara y pertinente. En cualquier caso, Noé tiene claro cuáles son sus posibilidades y disfruta utilizando todos los elementos a su alcance, multiplicando los espacios, alternando decorados y bastidores, pantallas de proyección y espacios reales, incluso recuperando ese recurso tan particular y controvertido como es el «split-screen» o pantalla partida, que aquí funciona de maravilla, ya que permite complementar la información narrativa y mantenernos en gran alerta ante lo que sucede.

Así las cosas, la llegada al Apocalipsis final en el que las luces estroboscópicas y los efectos de sonido toman el lugar de las llamas en esa hoguera postmoderna y figurada, es el reducto final al que se nos somete, una auténtica provocación que parece querer sacudirnos y zarandearnos para sacarnos de ese estupor y pasividad del moderno espectador, siempre voyeur anestesiado de una supuesta realidad y al que Noé urge a pasar al acto.

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