Queen of Blood [vd/dvd: Planeta sangriento]

 

Sinopsis: En el año 1990 se recibe en el planeta Tierra una llamada de auxilio de una misión alienígena estrellada en la superficie de Marte. Un científico viaja hacia el lugar para rescatar a la tripulación de la nave, descubriendo que la única superviviente es una mujer, quien, con sus ojos luminosos y su aspecto inhumano, resulta ser una vampira espacial con un desaforado apetito por la sangre humana.

 


Título original: Queen of Blood
Año: 1966 (Estados Unidos)
Director: Curtis Harrington
Productores: George Edwards, Samuel Z. Arkoff [sin acreditar]
Guionista: Curtis Harrington
Fotografía: Vilis Lapenieks
Música: Ronald Stein [acreditado como Leonard Morand]
Intérpretes: John Saxon (Allan Brenner), Basil Rathbone (dr. Farraday), Judi Meredith (Laura James), Dennis Hopper (Paul Grant), Florence Marly (reina alienígena), Robert Boon (comandante Anders Brockman), Don Eitner (Tony Barrata), Virgil Frye, Robert Porter, Terry Lee (operarios del panel de control), Forrest J. Ackerman (asistente de Farraday)…

En Queen of Blood [vd/dvd:Planeta sangriento, 1966] John Saxon es Allan Brenner, un astronauta con galones y pedigrí, comprometido con una chica de belleza antigua y rodeado de amigos de su misma profesión. Poco más puede decirse sobre un personaje que apenas evoluciona a lo largo de un film tan monótono como insulso. Saxon, recién entrado en la treintena en 1966, hace valer sus más de veinte películas rodadas hasta entonces aportando sobriedad al elenco de actores: su interpretación es la única decente, y él es (casi) el único en tomárselo en serio. Saxon es uno de los pocos profesionales entre tanta medianía. El otro fue Curtis Harrington, el director.

Planeta sangriento fue la tercera película de Harrington, y la segunda en llevar su firma (en la anterior Viaje al planeta prehistórico se camufló bajo el seudónimo de John Sebastian). No es una película que bruña una carrera, aunque Harrington no se arrepintió de ella. Mucho años después, sostendría que Ridley Scott se inspiró su premisa argumental (la de un alienígena hostil que asesina a una tripulación humana) para rodar Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979). Tampoco es una película pensada para perdurar, pues ha envejecido fatal, consecuencia inevitable de un presupuesto minúsculo. No en vano su productor fue Roger Corman.

Corman es todo un mundo aparte, y un género en sí mismo. Su filosofía de vida, empresarial y cinematográfica, se recoge en su autobiografía, Cómo hice cien films en Hollywood y nunca perdí un céntimo (1990). El título, por supuesto, es una boutade, una exageración interesada, pero que no anda desencaminado de la realidad: Corman fue, sobre todo, un maestro del ingenio. Sus recursos para abaratar costes deberían ser asignatura obligatoria en toda escuela de cine. En Planeta sangriento optó por una de sus tácticas habituales: compró los derechos de dos títulos de ciencia ficción soviética con medios, Mechte navstrechu (Encuentro en el espacio, Mikhail Karyukov y Otar Koberdize) y Nebo zovyot (Batalla más allá del sol, Karyukov y Aleksandr Kozyr, 1959), y los recortó a conveniencia. Corman vampirizó sus escenarios para distribuirlos entre varios de sus proyectos. El sangriento sol o los paisajes estelares que contemplamos a cámara son impostados, supervivientes de un saqueo sin contemplaciones ni escrúpulos. Poco importa que desentonen con los cutres interiores de estudio, que parezca que han sido coloreados, o que hasta se note en algunos casos que pertenecen a otra década: son de lo mejor de la película. Paradójicamente, han envejecido a un nivel superior al de las aportaciones propias de Corman/Harrington.

El productor concedió a su pupilo una semana de rodaje, lo que equivalió a una eternidad en términos Corman. El reparto no tuvo que afanarse mucho. Basil Rathbone, la gran estrella del plantel, trabajó un día y medio. Se le nota agotado y profundamente aburrido: por sus bostezos a cámara, su indolencia en la caracterización, su perenne hastío no disimulado, percibió 1500 dólares. Nada mal para un actor de saldo, en el ocaso de su carrera y vida (moriría un año después). Dennis Hopper todavía era más una estrella televisiva que un divo cinematográfico, que debía a Harrington buena parte de su reputación, merced a su trabajo protagonista en la sobresaliente Night Tide [vd/dvd: Marea nocturna, 1961). En Planeta sangriento se condujo como un ingrato: fue todo lo arisco que su mal carácter le permitió y dejó una interpretación para el olvido. Judi Meredith, la chica con la que está comprometido Saxon, apenas apunta pinceladas de empoderamiento femenino, aunque se la ve resuelta y valiente. Por su maquillaje y gestos, no obstante, se parece más a la madre, que a la novia, del personaje de Saxon.

Mención al margen merece la inquietante actriz checa Florence Marly. Su amistad con Harrington le valió el papel de la sanguinaria reina alienígena del título original. El personaje parece salido de la portada de una revista pulp, aunque la intensidad de la mirada extraviada con la que está dotada es mérito exclusivo de Marly. Al igual que otros intérpretes limitados, como Lee Van Cleef o Gloria Swanson, Florence Marly supo aprovechar al máximo sus capacidades. En Planeta sangriento ofrece un recital de miradas profundas y movimientos sinuosos que la asemejan a una serpiente peligrosa. A pesar de ser una vampiresa cósmica, su presencia tiene el don de revitalizar a una película que, hasta su aparición, languidecía en su propio tedio.

Las limitaciones presupuestarias impuestas por Corman pasaron seria factura al ritmo de Planeta sangriento. Como los recursos era prácticamente inexistentes, muchas veces los personajes relataban lo que sucedía, en lugar de que se mostrase a cámara, con la consiguiente ralentización narrativa. La técnica funciona bien en los cómics de Edgar P. Jacobs, de cuya estética puede beber Planeta sangriento (no es descabellado suponerlo, pues Jacobs, íntimo de Hergé y portadista de Tintín, fue además uno de los grandes dibujantes de Flash Gordon), pero provoca cabezadas y carcajadas en el espectador cinematográfico. El acartonamiento interpretativo da pie al caos y a la confusión, que sólo salvan las extemporáneas (y a veces cándidas o ridículas, como pasa con la epifanía final de Saxon) explicaciones de los personajes. A los escenarios se les nota el truco: no hace falta fijarse atentamente para pillar algún desconchado en el aluminio con el que se revisten las paredes de las presuntamente punteras naves y habitaciones de un futuro… que no es tan futuro.

Planeta sangriento se ambienta en 1990. En nuestro plano espacio-temporal, 1990 es el año de la independencia de Namibia y de la salida de prisión de Nelson Mandela, de la jura de Manuel Fraga como presidente de la Xunta, de la rendición de Noriega, del Mundial de Italia ganado por Alemania, o del estallido de la Guerra del Golfo. Pero en la ficción harringtoniana es una alternativa hiperindustrializada en la que el hombre campa a sus anchas por el espacio, y ha colonizado Marte. Aún ignora si se encuentra o no solo en el Universo, aunque una llamada de socorro procedente del ignoto espacio exterior parece despejar la incógnita, y mover los lentísimos engranajes de la acción de este título.

Cuando los créditos aparecen en pantalla, lo único que permanece es la intensidad de una mirada demoníaca y la perversidad de una de las vampiresas más sugestivas jamás ideadas. Lo demás se pierde, con merecimiento, en el agujero negro de la inopia.

Joaquín Torán

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