Entrevista a Emilio Linder

Entre el 27 y el 31 de agosto del pasado año tuvo lugar la octava edición de la Muestra de Cine “Lo + prohibido”. Organizado por la sala madrileña Artistic Metropol,  el evento está dedicado a la reivindicación del “cine más salvaje e incomprendido”, en palabras de sus responsables, nutriéndose su programación tantos de títulos clásicos que causaron y, en muchos casos, siguen causando controversia, como de films actuales y ciclos retrospectivos en torno a un tema común. Una propuesta que, en sus ocho años de existencia, ha logrado el difícil reto de hacerse un hueco entre la oferta cultural veraniega de la capital, erigiéndose poco a poco en una cita de referencia para los cinéfilos más inquietos.

En su última edición, la Muestra “Lo + prohibido” tuvo como leitmotiv la figura de los muertos vivientes, temática en la que se inscribieron los films de inauguración y clausura, la producción venezolana prohibida en su país natal debido a su mensaje crítico con el régimen de Nicolás Maduro Infección (2019) y el clásico silente dirigido por Abel Gance Yo acuso (J’accuse, 1916), respectivamente, así como un ciclo dedicado a los films de zombis por los que es principalmente recordado el cineasta italiano Lucio Fulci. Claro que no todo fueron muertos vivientes, y a lo largo de las cinco jornadas de la muestra también hubo espacio para otros títulos sin presencia de zombis. Fue el caso de la premier en Madrid de Diablo rojo PTY (2019), la anunciada como “la primera película de terror panameña de la historia”, los documentales Deodato Holocaust (2019) y Orozco, el embalsamador (2001), o uno de los títulos más populares a nivel internacional del valenciano Juan Piquer Simón, Slugs, muerte viscosa (1988).

Precisamente, la adaptación a la gran pantalla de la novela del inglés Shaun Hutson pudo verse dentro de una sesión especial bautizada como “Emilio Linder Grindhouse”, con la que la Muestra quiso homenajear a uno de los nombres más recurrentes de la escena actoral de nuestro país durante las últimas cuatro décadas, tanto en cine como en teatro y televisión, y con el que tuvimos la oportunidad de charlar distendidamente minutos después de la finalización del pase de la citada Slugs, muerte viscosa y hacer un somero repaso de su prolífica trayectoria, en esta ocasión centrado en su andadura dentro de los márgenes del cine de género.

Ángel Mora de Artistic Metropol y Emilio Linder durante la presentación del pase de “Slugs, muerte viscosa” en la octava edición de la Muestra “Lo + prohibido”

Eres argentino. De Buenos Aires para ser más exactos. ¿Qué te trajo a España?

El año 1973 en Argentina era una muy buena época; impensable que ocurriera lo que pasó en 1976[1]. Pero los veinteañeros nos sentíamos que estábamos en el culo del mundo, porque el mundo estaba en Europa: mayo del 68, los Rolling Stones, el movimiento jipi… Estábamos todo el rato pensando en Europa. Yo entonces trabajaba en una empresa, en la que ganaba un montón de pasta, aunque para mí lo más importante era el rugby, donde estaba seleccionado por el equipo nacional argentino. Y aparte tenía un grupo musical. Un día, en una fiesta, una guiri nos regaló a un compañero del grupo y a mí dos entradas para ver a los Rolling Stones en Roma. Salimos de la fiesta a las seis de la mañana, nos fuimos a Italmar, que es una concesionaria de trasatlánticos italianos, y sacamos dos billetes para la semana siguiente para Génova. Mandé a la mierda al rugby, al trabajo, a mi novia… A todo.

En el barco ligamos con dos catalanas y nos bajamos en Barcelona. Justo a los tres días era el primero de mayo de 1973 y en ese momento estábamos en Madrid visitando a unos amigos. Pues bien, saliendo de una cafetería de la Gran Vía que se llama “La sirena verde” nos vimos metidos en medio de un grupo de gente que gritaba: “¡Franco hijo de puta!” Y, de repente, pararon al lado dos lecheras de la Policía Nacional, de los grises, y nos inflaron a palos. Al día siguiente nos fuimos a vivir a Ibiza. Veníamos a la Península con el grupo a cantar y tal, pero nos volvíamos a Ibiza. Y lo que más vendía, con lo que más dinero ganabas y con lo que más ligabas era con la canción protesta, que con Franco vivo estaba prohibidísimo. Tenías que pasar las letras de las canciones al Ministerio de Información y Turismo, por la Censura, te las sellaba y no podías cantar nada más que eso. Entonces, el 20 de noviembre, la noche que murió Franco, nos pilló en Barcelona. Fue una de esas cosas inolvidables; se me ponen los pelos de punta cada vez que lo recuerdo: las Ramblas repletas de cientos de miles de personas celebrándolo con la botella de cava, y ambos lados de la calle una fila de policías con fusiles abrazándose con la gente. Esa noche empezó la Transición. Al día siguiente era otra España. De verdad te lo digo.

¿Y cuándo comienza tu carrera como actor?

Seguíamos con el grupo y decidimos venirnos a vivir a Madrid. Pero en el año 1977 había problemas en el grupo, como pasa en todos los grupos de música, aunque ganábamos mucha pasta. Y yo tenía un grupo de amigos, que la mayoría ya no están, entre los que se encontraban, entre otros, Mario Camus y Julián Mateos. Julián estaba en una serie famosísima en los setenta titulada El juglar y la reina (1978-1979). Un día me dijo que les había fallado un actor y me preguntó si me gustaría hacer el personaje de un rey. Y ahí empecé como actor.

¿Tenías nociones de actuación dramática o eres autodidacta?

Sí, había hecho algunos talleres de arte dramático, pero ahí fue cuando empecé a estudiar. No por culpa, sino gracias a la dictadura de Videla empezaron a venir para España los maestros del teatro argentino como Cristina Rota, entre muchos otros, y con ellos fue con los que me formé. Aunque la música no la he dejado nunca, a partir de ahí fue cuando me convertí en actor. Poco después estaba ya haciendo un musical famosísimo que se llamaba Satán azul; el título lo dice todo (risas). De hecho, tengo una anécdota de él, de esas casualidades, mejor dicho, causalidades, que te cambian la vida. Yo había visto a Lindsay Kemp[2] en 1976 haciendo Flowers en el teatro Martín, que ya no existe, y me había quedado flipado. Y en 1978 yo estaba haciendo Satán azul en el teatro Arniches y Lindsay Kemp estaba en el Teatro de la Comedia. Pero justo libraba el miércoles, como nosotros, por lo que no podía ir a verlo. El teatro Arniches está a espaldas del de la Zarzuela. Y en el de la Zarzuela se estrenaba un miércoles un espectáculo titulado Nureyev and Friends. El lunes anterior a aquel miércoles salíamos de hacer la función de Satán azul por la salida de artistas del Arniches, en la calle de los Madrazo, que está a veinte metros de la salida de artistas del Teatro de la Zarzuela. Y pasó una cosa que pasaba muchas veces. La puerta se abría hacia la acera, y al salir le dábamos un portazo a alguien que venía por la acera. Pero esa noche oímos como decían “Shit!” “¡Joder, nos hemos cargado a un guiri!”, pensamos. ¿Y sabes quien era? Nureyev que salía de ensayar del teatro de la Zarzuela (risas). Comenzamos a hablar y me invitó al estreno de su espectáculo ese miércoles entre cajas. Y al final del estreno, en el camerino, Rudy me presentó a Lindsay, y gracias a ese contacto empecé a asistir a las clases que estaba dando Lindsay Kemp.

Al cabo de un mes, o así, un día me llamó aparte Celestino Coronado, que era el regidor, y me dijo: “Oye, Emilio, ¿tendrías algún problema para salir de España? ¿Para viajar?” “No, ¿por qué?” “Se marcha Robert de Rosier de la compañía y Lindsay me ha pedido que te proponga que lo sustituyas”. Así que estuve un año de gira con Lindsay Kemp haciendo Flowers y Salomé por toda Europa. Si hubiera abierto la puerta de salida del Arniches diez segundos más tarde mi vida habría sido totalmente distinta. Para que veas lo que son las casualidades.

“Mi conejo es el mejor”

Aunque has compaginado cine, teatro y televisión, me gustaría centrarme en tu trayectoria dentro del denominado cine popular. Sin ir más lejos, tus primeros trabajos en la gran pantalla se producen dentro del denominado cine “S”, del que te convertirse en uno de sus actores más característicos. ¿Cómo eran aquellos rodajes, sobre todo teniendo en cuenta que el país en aquellos momentos estaba saliendo de una dictadura en la que todo aquello había estado prohibido?

Sí, parecía increíble todo esto de aquellos años. Las películas “S” se acabaron cuando se legalizó el “X”, el porno vamos. Yo hice siete u ocho. Tengo una anécdota de la que me acuerdo mucho. Por lo general, como películas todas estas no solían ser muy buenas. La única realmente buena que hice, un peliculón, la dirigió Ricardo Palacios. Era la historia de un rico que especulaba con las mujeres, en este caso con las empleadas domésticas que tenía en su casa. Una temática y una premisa muy buenas. Originalmente se iba a llamar Sumisión, pero el productor le dijo a Ricardo: “Con este título no la vamos a vender”. Y le puso Mi conejo es el mejor (1982) (risas).

En estos rodajes todo era fingido, por supuesto. No te podías pasar un pelo, porque la clasificaban “X” y el productor se la comía. Pero, claro, estábamos todo el día fingiendo, así que cuando terminaba el rodaje se montaban unas orgías… (risas) Qué años maravillosos aquellos. La libertad en el mejor sentido de la palabra.

Como dices, el cine “S” acabó por desembocar en el cine “X” y fueron varios los actores que pasaron de trabajar de un género a otro. En tu caso, ¿te lo propusieron?

Tengo otra anécdota que resume la respuesta a la pregunta que me has hecho. En el año 1982, cuando ya estaba legalizado el “X”, iba un día caminando por la Gran Vía y a la altura del edificio de Telefónica me cruzo con un director de arte, del que ahora no recuerdo el nombre, con el que había trabajado. Y me dice: “No sabía que habías hecho porno”. “Yo no he hecho porno”, le contesté. “No, si ya lo sé. Te lo cuento porque acabo de ver en un cine X una película de Jesús Franco en la que apareces y han metido insertos”. Y es que, además, era un cante, porque se me veía a mí y después metía un plano corto de una penetración con el pene de un negro. Al final acabamos denunciando a Jesús Franco, porque en la publicidad seguía anunciando a Emilio Linder y a todos los demás.

Emilio Linder durante la que quizás sea la escena más famosa de “Slugs, muerte viscosa”

En paralelo a tu andadura en el cine “S”, comienza también tu colaboración con el director valenciano Juan Piquer Simón, con el que rodarías media docena de películas en apenas diez años…

No me acuerdo de cómo conecté con él. El caso es que éramos amigos, incluso. Nos íbamos a cenar, de cachondeo… Rodábamos en los estudios que tenía en la calle Pradillo. Era un hombre muy majo y con mucho talento. De repente, con dos duros, con la milésima parte del presupuesto de una producción de Hollywood, hacía una película de la hostia. Un ejemplo que pongo siempre. Cuando rodamos La grieta/The Rift (1990), el submarino lo hizo él con una máquina de escribir puesta al revés y este tipo de cosas. Pues bien, ves la película y parece producida en los Estados Unidos el mes pasado. Increíble. Y además como persona era una maravilla.

Dado que sus películas miraban claramente al cine norteamericano, ¿cambiaban mucho los rodajes de Piquer Simón con respecto a lo que era habitual en una película española de la época?

Sí, sí, sí. Por ejemplo, hacía cosas que en España en aquel momento eran impensables, aunque ya se empezaba a valorar o, mejor dicho, a tener en cuenta el trabajo actoral, porque en los años setenta era básicamente que no te pasaras de la marca, pusieras cara de malo y ya estaba. En cambio Juan era todo lo contrario en ese sentido, y hacía cosas que eran habituales en las producciones estadounidenses que se rodaban por aquí, como tener personal coach de acento de inglés y de trabajo actoral. Y, si hacía falta, una mesa redonda de treinta minutos con análisis de texto. Y eso Juan lo hacía impepinablemente. En aquella época eso era un milagro.

Escena de “Leviatán/Monster Dog”. En el centro de la imagen, en segundo plano, Alice Cooper, Victoria Vera y Emilio Linder

Dentro de los márgenes del cine fantástico, también intervienes por aquellos años en Leviatán/Monster Dog (1984), película rodada en nuestro país con el protagonismo nada menos que de Alice Cooper. ¿Qué tal con él?

Se estaba desenganchando de la cocaína y una de las condiciones que había puesto durante el rodaje era tener siempre al lado de la silla de descanso una caja de Coca-Cola. Y se pasaba el día bebiendo coca colas todo el rato. Pero era muy majo. El director era italiano, aunque no recuerdo ahora mismo quién era…

Claudio Fragasso…

Claro, Claudio Fragasso. Éramos amigos. Bueno, somos amigos, que hace poco vino a Madrid a recoger un premio y estuvimos juntos. Con él hice varias películas, una de ellas un spaghetti wéstern.

La guionista Rossella Drudi, Claudio Fragasso, Emilio Linder y el productor José María Cunillés durante la sexta edición de Cutrecon en la que se homenajeó al cineasta italiano

En relación con lo que comentas, a lo largo de tu carrera has trabajado muy frecuentemente en coproducciones y películas de terceros países rodadas total o parcialmente en España…

En los ochenta se rodaban en España cantidad de películas norteamericanas e inglesas. Y en esas exigían contratar a un cupo determinado de actores españoles. Además, el caché estaba establecido y no había discusión: te pagaban mil dólares por sesión. Eso en los ochenta, el triple de ahora. Y así rodé algunas cosas que me marcaron la vida, ya que me permitió trabajar con alguno de los mejores compañeros que he tenido, como Peter O’Toole, Donald Sutherland o muchos otros. Los mejores y los más humildes. Con Peter, por ejemplo, hice Wings of Fame (1990), y cuando parábamos la toma se me acercaba y me decía: “Me parece que la he cagado”. ¡Peter O’Toole a mí…! Yo flipaba.

Y echando la vista atrás, ¿qué valoración haces de esta etapa de tu filmografía?

Muy buena. ¡Qué suerte el ganarme la vida con lo que más disfruto! Creo que no puede haber un acierto mayor en la vida. Así que no me arrepiento para nada de haberme dedicado a esto, aunque haya pasado épocas laboral y económicamente muy duras.

José Luis Salvador Estébenez


[1] Se refiere al golpe de estado acaecido el 24 de marzo de aquel año que significó la instauración en Argentina de un régimen dictatorial dirigido por una junta militar presidida inicialmente por Jorge Videla y que se prolongaría hasta diciembre de 1983.

[2] Lindsay Keith Kemp (3 de mayo de 1938- 24 de agosto de 2018) fue un bailarín, actor, profesor, mimo y coreógrafo británico. Probablemente fue mejor conocido por su producción insignia de 1974 Flowers, un espectáculo de mimo y música basado en la novela Notre Dame des Fleurs (1943) de Jean Genet, en la que interpretó el papel principal de ‘Divine’. Debido a sus temas homosexuales y la decadencia percibida, las críticas a veces eran hostiles, pero se consideraba ampliamente una sensación teatral y sensorial, y estuvo de gira por todo el mundo durante muchos años. También fue mentor de David Bowie y Kate Bush. (De la Wikipedia en inglés).

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