El sabor de la violencia

 

Sinopsis: En una provincia oriental de América Central, a principios del siglo XX, los guerrilleros del general Guzmán emprenden un levantamiento armado contra el régimen del presidente Laragana. Para ello, deciden raptar a la hija del gobernante con el fin de canjearla por los prisioneros que éste tiene bajo su dominio.

 


Título original: Le goût de la violence/Febbre di rivolta/Haut für Haut
Año: 1961 (Francia, Italia, Alemania)
Director: Robert Hossein
Productor: Walter Ulbrich
Guionistas: Robert Hossein, Louis Martin, Claude Desailly
Fotografía: Jacques Robin
Música: André Hossein
Intérpretes: Robert Hossein (Pérez), Giovanna Ralli (María Laragana), Mario Adorf (Chamaco), Hans H. Neubert (Chico Domínguez), Madeleine Robinson (Bianca), Dany Jacquet (Isa), Relja Basic (comandante), Petar Dobric (Paco), Mate Ergovic (Diego)…

No existen muchos títulos pertenecientes al wéstern europeo dentro del arco temporal que abarca los primeros tanteos de Joaquín Luis Romero Marchent –El coyote y La justicia del Coyote, rodadas simultáneamente en 1955[1]-, y esas tempranas muestras protospaghetti rodadas en España, indudable cuna del género, como pueden ser La venganza del Zorro (1962) -dirigida también por Marchent- o la comedia El sheriff terrible/Due contro tutti (Alberto De Martino, Antonio Momplet, 1962). De ese mismo 1962 es otro pionero wéstern con aportación española, en régimen de coproducción con Estados Unidos; concretamente el primero que se llevó a cabo en Almería, Tierra brutal/The Savage Guns (Michael Carreras), así como la cinta alemana El tesoro del lago de la plata (Der Schatz im Silbersee, Harald Reinl), primer título de la saga cinematográfica sobre el popular jefe apache Winnetou. Por ello, sorprende que el film que nos ocupa, El sabor de la violencia (Le goût de la violence/Febbre di rivolta/Haut für Haut, Robert Hossein, 1961)[2], realizado un año antes que los ejemplos citados, sea a día de hoy un título tan desconocido para los aficionados al género. Y mucho más si tenemos en cuenta que es un claro precedente de la corriente posteriormente denominada como Zapata western, surgida a raíz de Yo soy la revolución (El Chuncho, quien sabe?, Damiano Damiani, 1967).

Sin embargo, el recientemente fallecido Robert Hossein fue un director que desarrolló su carrera mayormente dentro del cine negro, cuyo segundo wéstern, Una cuerda, un colt (Une corde, un Colt…, 1969), es bastante más apreciado por los amantes de las películas del Oeste con reminiscencias spaghetti. En nuestro país puede ser comprensible, dado que El sabor de la violencia conoció un estreno muy limitado en salas de cine[3], mientras que Una cuerda, un colt, además de estar encuadrada dentro de la época de fulgor del eurowestern, gozó de los reconocibles paisajes almerienses para sus localizaciones de rodaje y tuvo bastante mejor rendimiento en taquilla[4]. Sería de recibo comentar que ninguno de sus dos wésterns tiene mucho que ver con la tradición hispano-italiana del filón; algo imposible en el caso del primero, al ser previo, como decíamos, y apenas unos apuntes muy coyunturales en el caso del segundo (la música, ligeramente en la onda Morricone, las citadas localizaciones…[5]). Una cuerda, un colt, a nuestro juicio, aun siendo menos interesante que la primera, tiene un enfoque muy original, crepuscular y atípico, alejado del spaghetti; mientras que El sabor de la violencia bebe directamente de filmes como ¡Viva Zapata! (¡Viva Zapata!, Elia Kazan, 1952), sin ser del todo estrictamente un wéstern sobre la Revolución Mexicana, pese a su clara apariencia (vestuario, ambientación, intriga política…), al desarrollarse los hechos en un inconcreto país de Centroamérica.

Seguramente, la escasa tradición francesa en cuanto a realización de cintas del Oeste[6] también tenga que ver a la hora de que la película sea omitida con frecuencia dentro de algunos tratados sobre el eurowestern, situación a la que tampoco fue ajeno Joaquín Luis Romero Marchent durante muchos años. Y todo ello pese a tener en su reparto a un actor con cierto bagaje posterior dentro del género como el alemán Mario Adorf, quien ejerce aquí de rival de Robert Hossein, protagonista de la película; o a Giovanna Ralli, actriz italiana que unos años después aparecería en otro Zapata western como es Salario para matar (Il mercenario, 1968), de Sergio Corbucci. En esta ocasión nos encontramos con áridas localizaciones serbias y yugoslavas, países que fueron preferentes para los rodajes de peplums italianos, e incluso wésterns, como el mentado El tesoro del lago de la plata, además de otras similares cintas alemanas, cuando aún no había eclosionado plenamente la época de los rodajes en suelo español.

Al igual que en Una cuerda, un colt, curiosamente, el hilo conductor de la trama es el secuestro de una mujer[7]. Así, Pérez (Hossein), Chamaco (Adorf) y Chico (Hans H. Neubert), un trío de guerrilleros revolucionarios, son los encargados de secuestrar a María (Ralli), la hija del despótico presidente del país, para emprender un viaje que tendrá carácter de iniciático para todos ellos. Entre otras vicisitudes, serán objeto de acoso por parte de unos aldeanos, los cuales, machete en mano, codician la abultada recompensa que han puesto por sus cabezas -en una secuencia resuelta con gran imaginación e inteligente montaje por el director, a través del despiste en un maizal, al que los perseguidos optan por prenderle fuego-; o la traición a la que es sometido el idealista personaje de Hossein por sus dos compañeros de hazañas bélicas, más interesados en el vil metal que pueden llegar a conseguir si devuelven a la chica a su hogar. Se desmoronan, de esa manera, las firmes convicciones revolucionarias de los guerrilleros. En el caso del protagonista, Pérez, el rastro de muerte y desolación que ha ido encontrando en el viaje le hará cambiar de personalidad profundamente. Incluso la mujer secuestrada, altiva y con aires de superioridad al principio de la película, experimenta una especie de síndrome de Estocolmo que no será plenamente resuelto al final de la cinta, sin duda algo abstracto, para nada del gusto de todos los públicos.

Como en todas las películas dirigidas por Robert Hossein, la música, excelente en este caso, viene firmada por su padre, André Hossein. Es la banda sonora la que acentúa más marcadamente la ambientación mexicana del film, con profusión de canciones vocales cuyo estilo se acerca inequívocamente al género de los corridos o rancheras. Se trata de una película de ritmo reposado, en ocasiones casi poético, sin rastro de la habitual violencia sádica del spaghetti, ya que, insistimos, el estilo de Hossein dista mucho del posterior wéstern italiano. No obstante, no hay que descartar que la presente cinta pudiera ser una posible influencia para el futuro subgénero transalpino. Al menos, sí debería ser reivindicada como una pieza pionera del eurowestern, por haberse anticipado en unos años a la explosión de la corriente. La competencia que tuvo Robert Hossein por estas fechas en su país tuvo que ser muy férrea; no hay que olvidar que la Nouvelle Vague se encontraba en pleno apogeo y directores como él, más interesados en el cine de género, eran considerados injustamente como realizadores menores. Nada más lejos de la realidad. Precisamente, su cine supo conjugar muy bien el espíritu de la mera evasión con propuestas de un nada desdeñable acabado formal y, lo que es aún más importante, sin renunciar a cierto grado de riesgo y experimentación.

Francisco Arco


[1] Estrenada en mayo de 1955 la primera, y en mayo de 1958 (¡!) la segunda, según afirma Rafael de España en Sin dólares no hay ataúdes. 50 ejemplos de western mediterráneo; Editorial UOC, 2019; pág. 16.

[2] También en 1961, año de estreno de El sabor de la violencia, llegó a las pantallas otra cinta europea, británica concretamente, muy cercana al wéstern, El demonio, la carne y el perdón (The Singer Not the Song, Roy Ward Baker), rodada íntegramente en España, en las provincias de Málaga y Granada.

[3] Apenas quince mil espectadores, según los datos que arroja la web del ICAA.

[4] Más de seiscientos mil espectadores, según la misma web citada en la anterior cita.

[5] No podemos dejar de citar el dato que aporta Rafael de España en Op. Cit. nota 1, pág. 141, acerca de que Sergio Leone dirigió una secuencia de Una cuerda, un colt por petición expresa de su amigo Robert Hossein. Según el mismo autor, la escena en cuestión sería aquella en la que el cacique Will Rogers cena con su numerosa familia; uno de los mejores momentos de la película, sin duda.

[6] Sin embargo, los franceses fueron pioneros del wéstern en Europa, en la época del cine silente, con títulos como El tren de la muerte, o el oro que fascina y mata (Le Railway de la mort, Jöe Hamman, 1912).

[7] Un tema que podríamos definir como recurrente y obsesivo en el cine de Hossein, ya que, además de las dos películas citadas, en Les salauds vont en enfer (1955), su debut ante las cámaras, y en Point de chute (1970), su último film como director, aparecen féminas en cautiverio que tienen importancia dentro de la trama.

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