Napoli violenta [vd: Nápoles violenta]

 

Sinopsis: El comisario Betti, famoso por sus métodos poco convencionales y contundentemente radicales para luchar con los delincuentes, llega a Nápoles para reforzar temporalmente la lucha contra la Camorra y el resto de criminalidad que está asfixiando a la ciudad, especialmente contra el clan mafioso que lidera el General. Una sucesión de casos extremadamente violentos y las investigaciones y categóricas reacciones de Betti van conformando un mosaico policial a través del cual visitaremos los más bajos fondos y lo más oscuro del corazón humano…

 


Título original: Napoli violenta
Año: 1976 (Italia)
Director: Umberto Lenzi
Productor: Fabrizio De Angelis
Guionista: Vincenzo Mannino
Fotografía: Sebastiano Celeste, Fausto Zuccoli
Música: Franco Micalizzi
Intérpretes: Maurizio Merli (comisario Betti), John Saxon (Francesco Capuano), Barry Sullivan (General), Elio Zamuto (Franco Casagrande), Silvano Tranquilli (Paolo Gervasi), Maria Grazia Spina (Esposa de Gervasi), Attilio Duse (Antinori), Massimo Deda (Gennarino), Guido Alberti (superintendente), Pino Ferrara (Don Peppino, dueño del garaje), Carlos de Carvalho (Albini), Enrico Maisto (Poli, el guardaspaldas), Tommaso Palladino (jefe mafioso), Carlo Gaddi (brigadier Silvestri), Gabriella Lepori (víctima de asalto), Franco Odoardi (De Cesare), Ivana Novak (policía infiltrado), Luciano Rossi (Quasimodo), Nino Vingelli (Don Antonio Polipo), Vittorio Sancisi (secuestrador), Domenico Di Costanzo (ladrón de bancos)…

Uno de los arquetipos que mejor definen la personalidad cinematográfica del poliziottesco es la monolítica y repetitiva figura de lo que conocemos apropiadamente en su italiano original como el commissario di ferro: un policía de cierta graduación embarcado en guerra santa como el crimen, para el que el único delincuente bueno es el delincuente muerto, el fin justifica cualquier medio y la ley es la del cañón de su pistola. El actor romano Maurizio Merli quintaesenció esa clase de roles, poniéndoles rostro en más de una decena de títulos, entre los cuales se encuentran unos cuantos de los mejores de esta corriente, digamos, los imprescindibles. Entre ellos, destacan las tres películas en las que en apenas dos años encarnó al comisario Betti: Roma violenta (Roma violenta, 1975), ésta que nos ocupa, es decir, Napoli violenta [vd: Nápoles violenta, 1976], e Italia a mano armata [vd: Italia a mano armada, 1976], estrenada apenas seis meses después que la anterior. En realidad, en muchos sentidos tanto da cuando Merli interpreta al implacable Betti o al no menos contumaz inspector Tanzi, protagonista de Roma a mano armada (Roma a mano armata, 1976) y Il cinico, l´infame, il violento [vd: El cínico, el infame, el violento, 1977], otros dos clásicos de primer orden; al comisario Mariani de, precisamente, Il commissario di ferro (1978), o al comisario Ferro de esa otra película de elocuente título: Sbirro, la tua legge è lenta… la mia… no! [vd: Tu ley es lenta, la mía no, 1979]. Si queremos, todas podrían formar parte de un mismo ciclo, en el espíritu, en la caligrafía fílmica e, incluso, en los nombres de los artesanos que una y otra vez se repiten también en sus labores técnicas.

Como todas las corrientes de cine italiano, todo comenzó en la emulación de ciertos patrones hollywoodienses de éxito, siendo en este caso la referencia fundacional el personaje de Harry Callahan. Pero como también es constante en el resto de ellas (el espagueti western, el giallo, el terror gótico, el péplum), la industria italiana siempre supo asimilar el modelo, hacerlo propio, y devolverlo trascendido o convertido en otra cosa, más fresca y audaz. Además, en el caso de la serie negra ocurre siempre que de un modo u otro conjura los fantasmas de la sociedad de su época, y sin renunciar por ello a una comercialidad si se quiere incluso populista, igual que pasó en España por ejemplo con el cine quinqui, expone en primer plano problemáticas sociales de las que normalmente se prefiere no hablar, resultando estas películas de todo menos triviales.

Para Italia, mientras tenía lugar el apogeo del poliziottesco, eran los “años de plomo”, con el país convulsionado por los frecuentes atentados perpetrados por grupos terroristas tanto de extrema izquierda como de extrema derecha. Finalizado el “milagro económico” que propició la recuperación del país tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, los 70 se inician con desaceleración primero y recesión después, situación que se vio todavía más agravada por la crisis internacional del petróleo. El descontento social era la tónica general, alimentado más si cabe por los galopantes niveles de corrupción política. Los índices de delincuencia en las grandes ciudades se dispararon, anticipándose a lo que pudo suponer el posterior boom de la heroína en otras sociedades, y también en la italiana. Respecto al crimen organizado en sus diferentes familias (Cosa Nostra, Camorra, etc), fue la década en la que alcanzó el punto más alto de su historia. En palabras de Salvatore Lupo, historiador experto en temas de mafia: “Mafia, Camorra y Ndrangheta pasan, desde su condición original de formas delincuenciales regionales más o menos tradicionalmente ubicadas en el oeste de Sicilia, en Nápoles y Calabria meridional, a expandir su influencia en un área mucho más amplia de territorio meridional trasplantándose a través de la red de tráficos ilícitos, lo que les une a otros grupos indígenas o inmigrantes, en el norte de Italia, adquiriendo, en suma, una dimensión y un poder sin precedentes”.

Pero no quisiera continuar si detenerme antes en hacer zoom sobre un tema que he mencionado apenas de puntillas: el de la corrupción política. Jueces, políticos, lideres financieros e incluso industriales, se ven señalados con una frecuencia inaceptable por escándalos de corrupción. Y no solo en sustípicas formas de nepotismo,  prevaricación y cohecho; no, también casos aún más graves, con conexiones densas entre las ya citadas organizaciones mafiosas y sus actividades violentas. Todo esto genera desorientación y rabia en la sociedad italiana, exacerba un descontento que con facilidad se entrega a los brazos de posiciones extremistas (los ya citados grupos, muchos de ellos armados, de extrema izquierda y derecha, de las Brigadas Rojas al neofascista Ordine Nuovo), e instaura un clima de impotencia, desesperación e ira ante el expolio y la impunidad. Un vasto segmento de la población anhela secretamente una solución, y, dadas las circunstancias, solo resulta creíble que ésta tenga que desarrollarse por fuera del sistema, tan reaccionario y subversivo como esto. Es decir, en este caso el cine de los commissari di ferro no vendría a responder (o no solo) a esa máxima que Paco Fox enunció con tanta gracia cuando dijo: “El fascismo bien entendido favorece la acción”, sino que ofrece una posibilidad de catarsis a un público que necesita desahogarse, mejor si es en un entorno controlado, ficcional y sin consecuencias. Así, las pantallas se inundan de policías al borde del estallido nervioso, fundamentalistas cruzados, armados con su ira, dispuestos a todo.

Para presentar Napoles violenta es útil, aunque no imprescindible, referirse primero a Roma violenta, por ser la primera aparición del comisario Betti. Dirigida por Mario Girolami sobre un guion de Vincenzo Mannino, es aún si cabe más radical y explícita en su loa antisistema, con un Betti desatado que incluso hace monólogos cagándose en las leyes y en la justicia oficial, o uniéndose a un grupo organizado de vigilantes urbanos, y otros detalles así de locos. En Napoles violenta, y podría decirse lo mismo de la tercera parte, Italia a mano armada, no es que nuestro héroe haya cambiado de opiniones, de hecho se comporta exactamente igual, pero las explicaciones quedan más de fondo. Por lo demás, sus dinámicas son exactamente las mismas. Son películas episódicas, en las que el comisario no lleva una sola investigación, sino varias, al mismo tiempo o en serie. La acumulación de casos, la dispersión de tanta violencia inconexa, siembran en el espectador exactamente el estado de ánimo y comprensión que se requiere para empatizar con la causa del protagonista. La ciudad se torna en zona de guerra con inocentes civiles atrapados en medio, en escenario casi apocalíptico sitiado por los ametrallamientos, las persecuciones, los robos a mano armada, la prostitución tolerada, los ríos de contrabando o las agresiones sexuales realizadas en grupo. Los delincuentes, más que hombres, son retratados como bestias movidas por instintos primarios sin filtro ni freno, y que todavía se vuelven más peligrosos cuando se asustan o se sienten amenazados, igual que los animales. Curiosamente, ese rasgo se suele reflejar a veces en los títulos de distribución internacional, como ejemplifica el caso de Milano odia: la polizia non può sparare (1974), reconvertida para el mundo anglosajón en Almost Human. La crueldad es otra característica elevada al paroxismo, con asesinatos a sangre fría de niños, de padres delante de sus hijos pequeños, violaciones de hijas delante de sus padres…

Umberto Lenzi (en el centro) y Mauruizio Merli (a la derecha) durante el rodaje de la película

Centrándonos en Napoles violenta, el guion vuelve a ser de Mannino (las tres películas del comisario Betti lo son), pero en la dirección Girolami deja paso a Umberto Lenzi por problemas de calendario, si bien retomaría al personaje en la tercera parte. Girolami me parece un profesional dotadísimo, pero entiéndaseme bien: Lenzi para mí es uno de los mejores artesanos que hicieron cine comercial en Italia en aquella época, nunca suficientemente reivindicado. Y, precisamente, Napoles violenta se ve muy beneficiada del estilo directo y preciso de Lenzi, cuya cámara sabe ponerse siempre en donde se pueda sacar más partido a las estrechas economías de las producciones en las que se trabajaba, y se mueve lo que tiene que mover para no perder detalle de la acción, que se sucede sin pausa y con un ritmo impecable. Si Roma había sido muy bien explotada en la entrega anterior de Girolami, aquí Lenzi le consigue exprimir toda su atronadora personalidad a Nápoles, la ciudad caótica, la bulliciosa (por no decir ruidosa), la apasionada y apasionante gran urbe del sur, con su infernal tráfico y sus ropas tendidas. Muchas de las escenas del film fueron rodadas en calles sin cortar, con tráfico y transeúntes reales, casi clandestinamente. En alguna escena que se mantuvo en el montaje final es posible ver la reacción sorprendida de algún viandante que se topó de improviso con el equipo de rodaje… Esto hace que los exteriores resulten muy interesantes, aparte de que todas las escenas casan muy bien con la banda sonora de Franco Micalizzi, que tiene un tema principal inolvidable, muy bien alternado con otros pasajes que rememoran los ritmos de las tarantelas.

Respecto a Maurizio Merli, estaba considerado un sosia de Franco Nero, y de hecho le iba un poco a la zaga. Si Nero había protagonizado Colmillo blanco (Zanna bianca, 1973) a las órdenes de Lucio Fulci, Merli hizo lo propio en una de sus secuelas, Zanna Bianca alla riscossa [tv/vd: Colmillo blanco al rescate, 1975], dirigida por el que había sido el responsable de la segunda unidad en la original, Tonino Ricci. Nero también había creado sus propias versiones de policía insobornable en películas como la muy recomendable El día de la lechuza (Il giorno della civetta, 1968) o Confesiones de un comisario (Confessione di un commissario di polizia al procuratore della repubblica, 1971), ambas realizadas por Damiano Damiani. Hay que admitir que cuando Merli entra en eso mismo, precisamente con Roma violenta, encuentra su registro ideal. Fue un actor capaz de transmitir a través del hieratismo; será por su manera de apretar los dientes o por su mirada autoritaria, pero consiguió construir personajes policiales di ferro en un ambiguo filo entre la determinación y la obsesión, y de un estoicismo monacal. Al lado del comisario Betti, Horatio Caine parece un frívolo; si Betti tuviera un disfraz de murciélago, se lo pondría y sería el Batman de Miller, solo que con pistola y tirando a matar. Pocas bromas, poco sentido del humor, las notas más ligeras, que las hay, siempre las ponen otros personajes secundarios. A raíz de Napoles violenta, además, iniciaría una provechosa relación con Umberto Lenzi, llegando a realizar casi seguidas ésta, Roma a mano armada, El cínico el infame el violento y Da Corleone a Brooklyn [vd: De Corleone a Brooklyn, 1979].

En Nápoles violenta todo empieza con la llegada del comisario Betti a la ciudad. El motivo que le trae allí se llega a mencionar, pero no termina de quedar muy claro: al fin y al cabo, solo es un mcguffin. En lo que es un arranque inmejorable, nada más salir de la estación de tren la camorra le manda un saludito al recién llegado en una escena de apenas diez segundos de duración, pero que deja muy claro el poder de la mafia para decidir a quién debe permitírsele seguir vivo y quién debe morir. Es sutil, fugaz, pero obvio: “¡bienvenido, comisario!”; y el submensaje es: no te hacemos nada, porque no queremos.

Una de las diferencias respecto a Roma violenta es que aquí sí hay un enemigo principal: el General, capo camorrista que controla, tal vez él solo (en la película no salen más clanes o familias) todo el crimen organizado de la ciudad. Interpretado magnéticamente por el norteamericano Barry Sullivan, eterno secundario de lujo, no es que en ningún momento parezca que Betti esté investigando en concreto sobre él (de hecho, por el camino se cruzan, como dije antes, muchos otros casos), y ni siquiera comparten escena hasta el final. Pero el carisma de Sullivan produce una impronta tan honda en el espectador que parece que aparezca en más metraje del que en realidad lo hace.

El General sí que tiene importancia, como mínimo, en la trama protagonizada por John Saxon. El actor compatriota de Barry Sullivan hace aquí de un industrial burgués, vividor y estafador de los de corbata, que tiene tratos con la mafia, y que en un momento dado no cumple sus compromisos con el General, convirtiéndose en blanco prioritario de sus represalias. Es un personaje conceptualmente interesante, ya que oficial y aparentemente se mueve en el lado legal de la sociedad, pero en secreto es tan criminal como el resto de gentuza que sale en la película. Eso sí: sus crímenes no son violentos, él no se mancha las manos, o si lo hace, lo hace solo por la espalda. Es un personaje al que la policía debe proteger, pero al que el espectador desea que lo maten. Y si van uniendo los puntos, en efecto, representa esa corrupción de la que hablábamos muchos párrafos atrás, y que salpicaba a estratos socio-culturales que han perdido la honorabilidad. Saxon está tan bien como siempre, aunque el personaje tampoco tiene mucho jugo. Sobre su participación en la película, por cierto, Saxon recordaba sobre todo lo ruidosa que era Nápoles, cuyo jaleo se le colaba en la habitación del hotel incluso con las ventanas cerradas, y lo bien que trabajó con el resto del reparto y equipo. De hecho, volvería a coincidir con Merli y Lenzi en El cínico, el infame, el violento.

Del resto de casos con los que se topa Betti en Nápoles, los hay de una atrocidad descarnada, como el de los asaltantes del apartamento de una pareja de clase alta: lo peor, es que tras el hecho violento en sí, el marido resulta estar más preocupado por el qué dirán, que por su mujer (a la que han violado) o por recuperar sus cosas robadas. Pero nuestro héroe siempre encuentra a los criminales y les da su merecido, aunque tú le ruegues que no lo haga. Eso es interesante para conocer un poco más sobre cuales son (y cuales desde luego no son) las motivaciones del comisario en su lucha con la delincuencia. Por cierto, a raíz de este caso tiene lugar la escena del anillo y el váter, que para mí es una de las más memorables.

El más divertido e interesante del resto de casos, sin duda es el del atracador de bancos que interpreta Elio Mazzuto, que aprovecha con cinismo y alevosía la firma de su libertad condicional como cuartada. Su arco argumental da lugar a una espectacular escena de carrera en moto esquivando tanto al tráfico, los obstáculos como a los peatones, y que está filmada en cámara subjetiva, un truco económico y muy efectivo que garantiza la sensación de peligro y velocidad. También es este caso el que provoca otra de las escenas cumbres de la película, el clímax en el funicular, y el bestial asesinato de la rehén.

Pero si hay un arco argumental con auténtico peso en la trama es el de los extorsionadores de la Camorra, el niño y su padre, el mecánico que reúsa pagar a los gánsteres y sus melodramáticas y crueles consecuencias. Nápoles violenta a pesar de las sospechas que puedan recaer sobre ella por su apología del policía justiciero, presenta planteamientos muy “de izquierdas” en su manera de representar la dialéctica de lucha de clases. La burguesía democristiana, identificada con esa víctima que prefiere que no atrapen a los criminales con tal de que no haya escándalo, o por el personaje de John Saxon y sus tejemanejes, tiene su contrapartida en las personas humildes y permanentemente oprimidas del barrio pobre, a los que además se les niega ninguna esperanza de salir adelante por sí mismos. Algo que también pasa entre el lumpen, ojo: no es lo mismo un caco de baja estofa, carne de cañón, que caen en seguida, que el General, intocable en su apartamento de lujo y almorzando en los mejores restaurantes. En un momento final de debilidad el comisario Betti duda y se plantea el sentido de lo que hace; pero entonces ve algo (que no diré por no destripar el final) y se le pasa. Al fin y al cabo, alguien tiene que proteger a la gente, ¿no?

Javier Ludeña Fernández

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