Crash

 

Sinopsis: Un hombre llamado James Ballard sufre un accidente de coche en el que también se ve afectada Helen, la conductora de otro vehículo. Ambos deben pasar un tiempo en el hospital y comienzan a sentir una extraña y poderosa atracción mutua. James se precipita así a un mundo oscuro y perverso dominado por el peligro, el sexo y la muerte.

 


Título original: Crash
Año: 1996 (Canadá)
Director: David Cronenberg
Productor: David Cronenberg
Guionista: David Cronenberg, según la novela homónima de J. G. Ballard
Fotografía: Peter Suschitzky
Música: Howard Shore
Intérpretes: James Spader (James Ballard), Holly Hunter (Helen Remington), Elias Koteas (Vaughan), Deborah Kara Unger (Catherine Ballard), Rosanna Arquette (Gabrielle), Peter MacNeill (Colin Seagrave), Yolande Julian (prostituta), Cheryl Swarts (Vera Seagrave), Judah Katz (vendedor), Nicky Guadagni (tatuadora), Ronn Sarosiak, Boyd Banks (gruista), Markus Parilo (hombre del hangar), Alice Poon (cámara), John Stoneham Jr. (Trask)…

Con motivo de sus bodas de plata, el pasado viernes regresaba a las salas comerciales españolas Crash (Crash, 1996), la traslación a la gran pantalla de la novela homónima de J. G. Ballard dirigida por David Cronenberg. Su reestreno en nuestro país ha servido para traer de nuevo a primer plano de actualidad una propuesta cuya aparición, hace veinticinco años, estuvo rodeada por la controversia y la polémica, despertando encendidas reacciones en la audiencia y, en definitiva, no dejando indiferente a nadie. Buena muestra de ello es que, al mismo tiempo que se alzaba con el premio especial del jurado del Festival de Cannes en su premier mundial y algunos críticos aplaudían su audacia y atrevimiento, muchos otros la calificaban de “pornográfica, inmunda y subversiva”, tal y como recordaba su director recientemente. Una de las respuestas más extremas en este sentido fue la protagonizada por el tabloide británico Daily Mail, que orquestó una campaña para prohibir el estreno en el Reino Unido del film[1]. En las propias páginas del diario, el crítico de la casa, Christopher Tookey, se despachaba contra ella señalando que marcaba “el punto en el que incluso una sociedad liberal debería trazar la línea”[2].

¿Y qué es lo que escandalizó tanto en su momento de Crash? En primera instancia, lo escabroso de su temática, pero, sobre todo, la explicitud con la que se representa en sus imágenes el acto sexual, algo habitualmente impensable de encontrar en lo que, en teoría, es una producción mainstream, más aun con un reparto encabezado por varios primeros espadas del cine hollywoodiense de la época, caso de James Spader, Rosanna Arquette o la oscarizada Holly Hunter. Aunque más que lo que muestra, quizás el principal problema estribaba en cómo lo muestra. A lo largo de la película, las muchas cópulas que se suceden a lo largo del metraje son mostradas desde una óptica malsana. Cuando sus practicantes no se comportan de una forma mecánica y desapasionada, situación que es recalcada por una puesta en escena que normalmente sitúa a uno de ellos de espaldas, sin que la pareja se mire siquiera a la cara, la excitación está originada por la violencia de los accidentes de tráfico y sus consecuencias, esto es, la asociación entre sexo y muerte, ritualizando ese momento por medio de la proliferación de apuntes fetichistas, bien sea con las carrocerías de los automóviles o bien con las cicatrices, heridas y prótesis que portan los cuerpos de alguno de los participantes, en unos términos que remiten de forma inequívoca a la imaginería del sadomasoquismo.

Aunque, según parece, en la década de los ochenta había rechazado su adaptación debido a lo poco que le había gustado el texto de Ballard, lo cierto es que no es difícil ver los motivos que llevaron a Cronenberg a interesarse por Crash. La historia de un grupo de individuos que experimentan una sinforofilia hacia los coches y los accidentes automovilísticos no podía estar más en sintonía con las habituales obsesiones que recorren la obra del canadiense, en especial durante su primera etapa. Ni qué decir tiene que la conexión más evidente se encuentra con su concepción de la “nueva carne”. Y es que posiblemente no puede haber nada más acorde a este concepto que unas personas de carne y hueso cuyo deseo sexual está dominado por la atracción que experimentan hacia un ingenio mecánico como son los coches. Una idea que es prolongada en numerosos detalles. De entre ellos destaca el personaje de Gabrielle, cuyos accidentes automovilísticos, aparte de marcas, han modificado su cuerpo con multitud de aparatos ortopédicos que asemejan su aspecto y caminar a los de un androide. En cualquier caso, no es el único apunte en este sentido. Durante el último tramo, Vaughan, el principal ideólogo del extraño culto, se tatúa en el pecho un volante, llevando a cabo así, aunque sea de forma simulada, “la remodelación del cuerpo humano mediante la tecnología”, que él mismo preconiza.

Pero junto con “la nueva carne”, en Crash se dan cita también otras constantes habituales en el cine del director de Una historia de violencia (A History of Violence, 2005). Está el tema de cómo la otredad va apoderándose de su protagonista, vector principal de varios de sus films, en especial de su archiconocida versión de La mosca (The Fly, 1986), y que aquí se encuentra presente en la transformación que experimentará Ballard, el papel interpretado por Spader, tras sufrir un accidente de circulación, entrando en una espiral en la que olvidará sus inhibiciones para dar rienda suelta a su lado más oscuro. Y si bien muchos autores han querido ver en su mencionada adaptación del relato de George Langelaan una metáfora sobre el SIDA, el título que nos ocupa bien podría tomarse como una alegoría de la drogadicción. Si bien la búsqueda de emociones más fuertes en la que se interna de forma progresiva su protagonista responde a las pautas habituales en un hábito de cualquier tipo, ciertos elementos apuntan a efectos asociados al consumo de sustancias estupefacientes, como puede ser el estado alterado de consciencia. Por ejemplo, mientras mira por la terraza al poco de salir del hospital, Ballard comenta a su pareja que tiene la impresión de que hay más tráfico del habitual, percepción que también confesará tener más tarde Helen, la mujer superviviente del vehículo contra el que chocó y quien también ha pasado un tiempo recuperándose de las heridas sufridas en la clínica, otorgando con ello al conjunto de una peculiar atmósfera fantastique. Es como si el choque y su subsiguiente adicción a los siniestros automovilísticos les transportara a otra dimensión, igual que les ocurre a los toxicómanos cuando están bajo el efecto de las drogas. Dicha teoría explicaría por qué las acometidas entre los autos de los miembros del culto parezcan pasar desapercibidas para el resto de conductores o que Vaughan pueda pasearse impunemente por el escenario de un accidente sin que se vislumbre la presencia de policías que puedan impedírselo.

Aunque por encima de estos y otros componentes, “el tema del film, o al menos parte de él, es la sexualidad”, según reconoce el propio Cronenberg. Al igual que en otros títulos previos del autor, el sexo funciona como ingrediente detonante y/o vertebrador del relato, aunque a diferencia de lo visto en, pongo por caso, Vinieron dentro de… (Shivers, 1975), en Crash parece haber un claro deseo por parte del director de transgredir y traspasar los límites de la visualización del sexo en pantalla en una película no adscrita a la triple X, motivo como ya se ha señalado del rechazo suscitado entre cierta audiencia por el film. Esta intención es expuesta en el segundo acto, formado básicamente por una sucesión de escenas en las que se entremezclan los accidentes automovilísticos con los encuentros sexuales. En ellos el canadiense plantea un auténtico tour de fource en el que, de forma progresiva y en crescendo, son convocadas diferentes prácticas sexuales que se salen, en algunos casos, de lo que se considera “normalidad”, y en otras están tradicionalmente vetadas para su plasmación en la pantalla: fetichismo, voyerismo, sadomasoquismo, sexo con discapacitados físicos, lesbianismo (…), y así hasta llegar hasta el máximo tabú por excelencia dentro del cine comercial: el coito entre dos hombres, con el añadido de que ninguno de los dos son homosexuales.

Y si en estas ansias provocativas radica en buena parte el atractivo y la principal virtud de Crash, también anidan no pocas de sus deficiencias. La mencionada construcción del segundo acto a base de la concatenación ad nauseam de escenas de sexo sin escenas de transición entre medias que hagan avanzar la acción deriva en un desarrollo mecánico y repetitivo que acaba por afectar al interés de la narración. En consonancia con este hecho, el discurso de la película se vuelve demasiado críptico y sobrevuela la duda de si Cronenberg está hablando de la necesidad de los individuos en la sociedad moderna de nuevos estímulos cada vez más extremos con los que llenar su vacío existencial, de la mitificación de la tecnología, de la atracción por la fama, la realidad y/o la muerte, de todo a la vez, o de justo lo contrario, quedando así al albur de la subjetiva interpretación que realice cada espectador. Da la impresión de que el cineasta acaba entregándose ensimismado a sus obsesiones
, olvidando por el camino que hay un público al que, en última instancia, debe de ir dirigida la propuesta. Crash pierde así todo su posible potencial discursivo, para convertirse en una película que se mueve en el terreno de lo sensorial, capaz de fascinar, subyugar y/o repugnar con sus imágenes de una forma primaria golpeando en lo más íntimo del espectador, aunque este sea incapaz de discernir cuál es el objetivo último de lo que está contemplando.

José Luis Salvador Estébenez


[1] Y si bien Crash consiguió estrenarse finalmente en el Reino Unido, un juez prohibió su exhibición el área de Westminster, en el centro de Londres.

[2] Citado en Mikita Brottman y Christopher Sharrett, “The End of the Road David Cronenberg’s Crash and the Fading of the West”, en Car Crash Culture, Mikita Brottman (ed.), Palgrave, Nueva York, 2001, pág. 211.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s