Drácula [vd: La leyenda del conde Drácula]

 

Sinopsis: Jonathan Harker acude al castillo del misterioso conde Drácula situado en los Cárpatos con el fin de cerrar el contrato inmobiliario de unas propiedades que el noble ha adquirido en Inglaterra. Poco a poco irá descubriendo la verdadera naturaleza de su anfitrión y los oscuros planes que esconden su operación.

 


Título original: Dracula Dracula
Año: 1973 (Reino Unido)
Director: Dan Curtis
Productor: Dan Curtis
Guionista: Richard Matheson
Fotografía:Oswald Morris
Música: Robert Cobert
Intérpretes: Jack Palance (Dracula), Simon Ward (Arthur Holmwood), Nigel Davenport (Van Helsing), Pamela Brown (Mrs Westenra), Fiona Lewis (Lucy Westenra), Penelope Horner (Mina Murray), Murray Brown (Jonathan Harker), Virginia Wetherell (novia de Dracula), Barbara Lindley (novia de Dracula), Sarah Douglas, (novia de Dracula), George Pravda (posadero), Hana Maria Pravda (posadera)…

Si por algo destaca Drácula (1897) es por la admirable amalgama de folclore, historia y ficción perfectamente planeada por Bram Stoker desde su génesis. El escritor irlandés empleó en su elaboración libros de nigromancia, historia natural, mitología, manuales médicos, tratados meteorológicos, descripciones topográficas, apuntes sobre distintas supersticiones e, incluso, transcripciones de conversaciones mantenidas con viejos lobos de mar. Desde el punto de vista literario supone la culminación de una temática a la que nutre sin fagocitarla, donde brillan ejemplos como el Tratado sobre vampiros (1751) de Augustin Calmet, El vampiro (1819) de John Polidori, Varney el vampiro (1847) de James Malcolm Rymer/Thomas Preskett Press, Carmilla (1872) de Sheridan LeFanu o El parásito (1894) de Arthur Conan Doyle.

Su gran mérito fue la actualización de un mito fascinante cuyas características varían según la época, si bien personifica preocupaciones muy humanas como el miedo a la muerte, la inmortalidad, la sexualidad, la definición de los roles humanos y la irracionalidad de los sentimientos. Drácula es un ser sobrenatural que provoca la atracción/repulsión de sus víctimas, con las que establece una perversa comunión que les lleva hasta sus rincones más oscuros. Un monstruo que oculta a una figura real muy unida a lo terrenal. Antes de matar seduce a sus presas, tiende a burlarse de los encorsetados principios sociales establecidos, ofrece inmortalidad y emancipación sexual e invita a la transgresión, reivindicando los placeres ocultos. Es una criatura tremendamente alegórica en su vertiente ética, política, social e incluso religiosa. Por ello, la novela original gracias a su amplitud y dispersión resulta un título perfecto para todo tipo de interpretaciones.

Sin embargo, su paso a la cultura popular supuso una domesticación de la base esencial, tamizando su alcance real al tener que integrarse con las limitaciones propias de cada medio. En el séptimo arte hay obras que logran trascender esos obstáculos como Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, F.W. Murnau, 1922), donde el romanticismo pictórico se une a una visión naturalista basada en la luz y la pureza, donde lo extraño y lo espectral se enfrentan con la inocencia y la ingenuidad humana. Las adaptaciones posteriores modularon desde el hieratismo teatral del Drácula (Dracula, Tod Browning, 1931) de la Universal, carente del poderío visual y la fuerza dramática de su admirable director, hasta la lectura transgresora propuesta por Hammer Films en Drácula (Horror of Dracula, Terence Fisher, 1958), donde el erotismo, la ambigüedad ética, la crítica a las convenciones sociales, la violencia e incluso la decadencia de la época se mostraban de manera incendiaria con una sugerente puesta en escena.

Cuando Dan Curtis lleva a cabo su Drácula[i] lo hace siguiendo la pauta mantenida en otras producciones suyas, ofreciendo una relectura personal de los mitos del fantástico e indagando en temas ignorados por otras versiones. El libreto corrió a cargo de Richard Matheson, autor de una de las obras más radicales sobre el vampirismo del siglo XX: la inagotable y fascinante Soy Leyenda (I am Legend, 1953). La leyenda del conde Dracula (1974)[ii] levantó polémica y fue acogido con reticencia en su momento si bien se adelantó a versiones posteriores e incluso al tratamiento que otras obras sobre la temática adoptarían a partir de entonces. El guionista profundiza en la idea del vampiro que Curtis presentó con Barnabas Collins en Dark Shadows (1966-1971) humanizando su personalidad y manteniendo un vínculo con su pasado enlazando por primera vez a Dracula con Vlad Tepes. Por otro lado introduce un elemento más endeble como es el tema de la reencarnación de su amada y por extensión el amor romántico en su acepción más resbaladiza. Esto provoca una debilidad intrínseca tan arriesgada y provocadora como discutible[iii]. Tampoco tuvo una recepción positiva la elección de Jack Palance[iv] si bien debemos indicar que su encarnación es acertada funcionando mejor en distancias medias/generales y peor cuando se delimita a los primeros planos. A modo de ejemplo traemos al respecto la opinión del estudioso David Pirie: “(…) Por alguna razón, Matheson considera necesario dotar al Conde de una motivación más o menos freudiana para sus actividades, de manera que constantemente se nos obsequia con lacrimosas imágenes de su amor perdido, subrayadas por una banda sonora repugnante. Para colmo, Palance, con su aspecto tabernario, resulta especialmente inadecuado para el papel de un aristócrata decadente e incluso, en sus mejores momentos, su lugosiana interpretación está a un mundo de distancia del personaje original (…)”.[v]Diferimos de la apreciación, aunque no le falta algo de razón en su interpretación.

Drácula supone un disidente acercamiento al personaje, relativamente fiel en su estructura con aspectos sumamente interesantes a la hora de interpretar la obra. La labor de síntesis de Matheson descarta personajes importantes, reelabora determinadas situaciones y elimina todo aquello que pueda parecer accesorio. Una adaptación seminal que huye del acartonamiento de la Universal a pesar de la teatralidad de algunas escenas, y a la que añade un cuidado diseño de producción que recuerda vagamente las obras de la Hammer. En este aspecto, Curtis incide en una cierta desnudez estética que acentúa el tratamiento realista que le interesa, reforzado por un elaborado diseño de producción y la magnífica fotografía de Oswald Morris.

Desaparecen personajes esenciales en otras versiones como Renfield, el doctor Seward y uno más secundario como el habitualmente invisible Quincy Morris. En el tratamiento de otros hay diferencias tangenciales. Sorprenden los modales british del neerlandés Van Helsing, que le asemejan a un émulo de Sherlock Holmes acompañado en todo momento de Arthur Holmwood a modo de inseparable Watson. Más discutible es la utilización del personaje de Mina Harker, sin la relevancia necesaria y afectada por la modificación drástica de las líneas argumentales de la novela. De hecho deviene en mera clave final para la persecución del vampiro hasta su morada. Su presencia es a veces testimonial y su vinculación con el protagonista vanamente circunstancial, por más que se incluya la memorable escena de la succión de la sangre del pecho de Drácula[vi]. Otras ausencias son resueltas con gran destreza, como la elipsis de la misteriosa travesía del velero Demeter a Inglaterra mostrada con un magnifico travelling en el que se aprecian las consecuencias del funesto viaje (recalcado posteriormente en un diálogo más explicativo y de menor impacto).

Lo mismo podemos indicar de Jonathan Harker, el cual es interpretado por Murray Brown[vii], cuya aparición vertebra la parte inicial del relato (la más parecida a la obra de Stoker), por más que su destino sea completamente ajeno a la novela. Se integra perfectamente en el guion de Matheson, cumple su función de susto final propia en el cine de género y aporta una lectura lógica a lo anteriormente narrado. Otro personaje cuyo tratamiento es bastante similar es Lucy Westenra, si bien su interpretación narrativa queda afectada al vincularla por su parecido físico con el pasado real del vampiro (mostrado en el film con un vetusto cuadro perfectamente fechado y un inoportuno flashback demasiado remilgado). Precisamente su desaparición del relato provoca un sentimiento de venganza en Drácula tan inusual como fuera de lugar, generando las escenas más endebles y dislocadas del conjunto: el airado arrebato en la cripta del cementerio, la secuencia que transcurre en el hotel de Whitby y el posterior ataque del vampiro a la mansión de los Westenra con la desmañada confrontación que allí se produce. Idas y venidas que debilitan irremediablemente el tono de la narración.

A pesar de algunos molestos recursos formales propios de los telefilmes, el resultado es estimable. Al contar con un presupuesto ligeramente superior, los valores de producción aumentaron, lo que permitió el rodaje en escenarios naturales (en Inglaterra y Yugoslavia), alcanzando una factura visual claramente superior a la habitual en el medio catódico[viii]. Al respecto son destacables las escenas ambientadas en el castillo de Drácula de lograda atmósfera sepulcral, el citado travelling que muestra la llegada del vampiro a suelo inglés, el lluvioso entierro de Lucy Westenra[ix] y la secuencia final, concluida en un hermoso plano donde se muestra en última instancia la grandeza y la miseria de Vlad Tepes. Logrados momentos de una película que marcan la mirada singular de su apreciable autor.

Fernando Rodríguez Tapia


[i] El título original es Bram Stoker’s Dracula primera de las similitudes que comparte con la versión de Francis Ford Coppola.

[ii] Título de la edición videográfica editada en España.

[iii] Similar a la versión de Coppola, que tampoco logró mejorar este aspecto.

[iv] Curiosamente Gene Colan había utilizado el semblante del actor para la popular serie de cómics publicada por Marvel La Tumba de Drácula (1972-1979).

[v] Pirie David. El vampiro en el cine. Centropress, 1977. Pág. 141.

[vi] Este aspecto es compartido por algunas escenas y presencias tomadas directamente de la novela cuya inclusión, si bien destacable, resulta forzada. El mejor ejemplo es la madre de Lucy Westenra la cual acaba siendo un lastre que desaparece sin que nos enteremos.

[vii] El actor aparecería a continuación en Las hijas de Drácula (Vampyres, Jose Ramón Larraz, 1974), que comparte además con la película de Dan Curtis la mansión de Oakley Court en Bray, escenario reconocible para los degustadores del cine de terror británico.

[viii] Aspectos que permitieron su estreno en salas en algunos países como Inglaterra.

[ix] Las escenas lluviosas aparecen con cierta regularidad en la obra de Curtis.

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