Acción mutante

 

Sinopsis: Hastiados de un mundo que les margina por no cumplir con el canon estético, la banda armada Acción Mutante, conformada por individuos tullidos y deformes, luchan activamente contra la dictadura de las mierdas light y la superficialidad que impera en una sociedad distópica no demasiado aleja de nuestra realidad. Recién salido de presidio, Ramón Yarritu, su líder, planea lo que será su golpe maestro: el secuestro de la hija de un rico industrial el día de su boda. Aunque el plan es sencillo, la diosa Fortuna no parece acompañarlo puesto que el devenir de los acontecimientos acabará deparándole más de una sorpresa.

 


Título original: Acción Mutante/Action mutante
Año:1993 (España, Francia)
Director: Álex de la Iglesia
Productores: Pedro Almodóvar, Agustín Almodóvar
Guionistas: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría
Fotografía: Carles Busi
Música: Juan Carlos Cuello (Tema principal: Def Con Dos)
Intérpretes: Antonio Resines (Ramón Yarritu), Álex Angulo (Álex Abadie), Saturnino García (Quimicefa), Frédérique Feder (Patricia Orujo), Fernando Guillén (Orujo), Enrique San Francisco (Luis María de Ostolaza), Jaime Blanch (presentador loco), Karra Elejalde (Manitas), Juan Viadas (Juan Abadie), Ion Gabeya (Chepa), Alfonso Martínez (M.A.), Bibiana Fernández (invitada de lujo), Rosy De Palma (invitada de lujo), Féodor Atkine (Kaufmann), Felipe García Vélez (García), Paco Maestre (el abuelo), Ramón Barea (anciano ciego), Santiago Segura (Ezquiel), David Gil (Abraham), Carlos Perea (Zacarías)…

Corren tiempos extraños. Es el año 2012 y la sociedad está dominada por las mierdas light, el culto al cuerpo, un canon de belleza artificial y el entrenamiento diario en el gimnasio. Solamente faltan los selfies de postureo, el Instagram o el Tik Tok para clavar el presente que muchos de nosotros tenemos que sufrir. La banda Acción mutante es un grupo armado conformado por parapléjicos, tullidos, individuos de cordura más que cuestionable y otros parias a los que una ciudadanía “cuqui” les ha marginado, por lo que han decidido luchar contra ella. Tras una serie de infructuosos atentados, necesitan que su golpe perfecto sea el secuestro el día de su boda de la hija de un importante industrial que ha amasado una fortuna fabricando panecillos integrales. Acción mutante/Action mutante (Álex de la Iglesia, 1993) nos introduce en un mundo distópico dividido por dos facciones prácticamente irreconciliables. Por un lado, tendríamos a la plastificada realidad de las élites sociales, adoradores de la ropa de marca, las dietas purgantes y la superficialidad como forma de vida, enfrentada, por otro lado, con la oscuridad y la sordidez de las existencias de estos apátridas, los mutantes, abandonados y olvidados por la cultura de diseño.

Foto promocional de “Acción mutante” con Álex de la Iglesia y Pedro Almodóvar en el centro

Pero pongámonos en contexto: Festival de Sitges de 1992. Un desconocido y jovencísimo director llegado del País Vasco acude con una bobina de celuloide, de unos cinco minutos de duración, llenos de acción y violencia a raudales con el objeto de promocionar su ópera prima. El público enloquece. Ese mismo verano, en una era pre-internet, las publicaciones escritas especializadas en el séptimo arte ya hablan de una película de ciencia ficción española de inminente estreno apadrinada, nada menos, que por Pedro Almodóvar. La expectación es grande, puesto que en España este tipo de cine estaba prácticamente vetado desde que en 1984 Pilar Miró, al frente de la Dirección General de Cinematografía, promulgase una ley que sentaba las bases para erradicar un cine que consideraba de dudosa calidad con objeto de premiar al que pudiera dar visibilidad a nuestro país en el exterior. De esta forma, acabó con el cine de terror, fantástico, de aventuras, ciencia ficción, acción y erótico. Este supuesto “cine de calidad” significó un descenso abrupto de la taquilla, ya que muchos españoles dejaron de ver el cine nacional, suponiendo como consecuencia la desaparición de la práctica totalidad de la industria desarrollada a su alrededor. Todo ello lo encontramos muy bien desarrollado en el documental de recomendable visionado Sesión salvaje (2019) de Julio César Sánchez y Paco Limón. Un recorrido, más bien un tributo, por la época dorada del cine de géneros en nuestro país, desde los westerns rodados en Almería a las películas de terror, pasando por el destape y el denominado cine quinqui. Con todo esto quiero decir que desde la dorada época de los 70 del fantaterror español, en lo que se refiere a otros géneros cinematográficos distintos a las comedias madrileñas o los dramas de época centrados en la Guerra Civil o la posguerra, nuestro cine patrio era prácticamente una tabula rasa en lo referente al fantástico. Podemos mencionar algunas excepciones como El caballero del dragón (Fernando Colomo, 1985) o La grieta (Juan Piquer Simón, 1990), pero para de contar. El responsable de esta nueva brizna de esperanza, aquel que acabaría siendo punta de lanza de una nueva forma de hacer cine en España, era un chaval de Bilbao de unos veintimuchos, fan de los cómics, el terror y la ciencia ficción, llamado Álex de la Iglesia.

Licenciado en filosofía, Álex de la Iglesia se encontraba en esos primeros momentos de los noventa muy ligado al mundillo del cómic alternativo -colaborando como redactor e historietista en fanzines como el que él mismo fundaría junto a sus amigos Pedro Hilario, Biaffra y Joaquín Ágreda llamado “No, el fanzine maldito”- o los juegos de rol (él mismo también fundaría uno de los primeros clubes de nuestro país llamado “Los Pelotas” junto a sus colegas antes mencionados). En lo que se refiere a su otra pasión, el cine, su primera aproximación, de forma profesional, fue al hacer el cartel de la primera película de Enrique Urbizu, Tu novia está loca (1988). Y sin alejarnos mucho, se encargó también de la dirección artística de su peli Todo por la pasta de 1991. Ese mismo año, Álex de la Iglesia llamaría la atención de muchos con su cortometraje Mirindas asesinas, una historia de humor negro y violencia salvaje protagonizada por Álex Angulo y Saturnino García donde ya se veía la voluntad del bilbaíno por desembarazarse de los corsés narrativos del coetáneo cine patrio y que también contiene algunos de los rasgos de identidad creativa que desarrollaría posteriormente en su carrera. El cortometraje llamaría la atención de un ya endiosado Pedro Almodóvar al que, gracias a una amiga del futuro cineasta, le había llegado el guion de otro proyecto para un corto escrito por el propio Álex de la Iglesia y su habitual colaborador y amigo Jorge Guerricaechevarría (también coguionista de Mirindas Asesinas) titulado Piratas del espacio. Según el propio De la Iglesia, éste era el guion de una historia de acción sin más pretensión que entretener al espectador. Un libreto que les acabó saliendo con muchos tiroteos, dos naves y un planeta perdido. La mayor dificultad que tenía una historia como esa es que en España no se hacía ese tipo de películas y encontrar el dinero para poder llevar a cabo el proyecto era harto difícil, puesto que nadie del sector lo veía con buenos ojos.

Junto a su hermano Agustín, Pedro Almodóvar había fundado su propia productora, El Deseo, en un principio con el objeto de financiar sus propias películas. Pero a partir de los noventa, el manchego tomó la decisión de querer producir otro tipo de películas, en un más que encomiable propósito de mecenazgo de nuevo talentos, que no necesariamente estuviesen ligados formal y estilísticamente al cine de Almodóvar. Es así como De la Iglesia y Guerricaechevarría, Guerricaechevarría y De la Iglesia, acudirían a una cita en Madrid, esperaron en un sofá de la productora más de cuatro horas a los hermanos Almodóvar y comenzaron a dar forma al proyecto. Pese a que, en origen, Piratas del espacio era un cortometraje, desde la productora se desestimó la idea básicamente por la nula rentabilidad del formato.  Se pidió una reescritura o, mejor dicho, un guion más ambicioso para un proyecto que inicialmente se planteó como una serie catódica, después pasó a ser una película para televisión para terminar convirtiéndose felizmente en el debut cinematográfico del director vasco con el título de Acción Mutante.

El presupuesto ascendía a 250 millones de pesetas pagado a pachas entre El Deseo y Ciby 2000, ilustre productora francesa acostumbrada a trabajar con directores como David Lynch, Robert Altman, Emir Kusturica o el propio Pedro Almodóvar, además de algún pico de dinero público. Lo cierto es que era un auténtico dineral para los estándares de nuestro cine y más aún en manos de noveles. Todo ello para producir una peli plagada de secundarios de carácter, pero poco conocidos por el público, a excepción de Antonio Resines y Fernando Guillem. Algo verdaderamente insólito en ese momento. El propio Álex de la Iglesia le quitaba hierro al asunto del presupuesto puesto que, pese a que sí que es cierto que la cantidad de dinero destinada a su película era importante para lo que se acostumbraba aquí, era prácticamente calderilla comparada con producciones homólogas venidas del otro lado del Atlántico. De hecho, él mismo decía que títulos como Como ser mujer y no morir en el intento (Ana Belén, 1991), que consistían en un señor y una señora hablando delante de una mesa, eran mucho más caras que su película. Y definía a Acción Mutante como una comedia salvaje con acción, maquillajes y algunos efectos especiales hecha por gente con ganas de contar una historia, pero con “pocas pelas”. 

Pero no todo era dinero. Además de la importante cantidad de dinero invertida en su realización, Acción mutante contó con un largo y durísimo trabajo de preproducción en el que, durante casi dos años, Álex de la Iglesia se dedicó a planificar el rodaje mediante storyboards dibujados por él mismo, ya que era importante que todo el mundo tuviese claro cómo tenía que ser cada plano, además de facilitar su trabajo previo con el director de fotografía, Carles Busi, con el objeto de que la estética fuera lo suficientemente dura y sucia para colmar las expectativas del director, así como la construcción de los escenarios y la experimentación con los maquillajes, prostéticos, maquetas y demás efectos especiales. Y es aquí donde se encontraron con el primer problema: en España no había demasiados técnicos especializados en ese campo. De la Iglesia se desplazó a París para conocer al equipo que hizo los efectos especiales de uno de los éxitos cinematográficos del país galo que más en consonancia estaba con sus ideas para su película, es decir, Delicatessen (Delicatessen, 1990) de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro. Olivier Gleyze, Yves Domenjoud, Jean-Baptiste Bonetto y Bernard André Le Boett se sumaron así a al equipo de artístico de la película.

Para un lector de cómics como un servidor, la primera vez que vi el debut del bilbaíno me llamaron muchísimo la atención los grandes pistolones que portan sus personajes. Armas de gran calibre muy deudoras del cómic Hard Boiled de Frank Miller y Geoff Darrow del que, tanto Álex de la Iglesia como yo, somos fans (o, al menos, lo fuimos en su momento de publicación, ya que él mismo lo mencionaba como lo mejor que había leído hasta el momento). Dichas armas fueron diseñadas tanto por De la Iglesia como por un mítico como José Luis Arrizabalaga. Lo cierto es que no sería la única influencia del cómic en la película, puesto que las breves escenas que vemos de la sociedad de ese distópico futuro, durante el prólogo amenizado con el tema de Misión: Imposible (Mission: Impossible, 1966-1973), beben mucho de lo que podemos encontrar en las páginas de este cómic. Las brutales fuerzas del orden de Acción Mutante están detalladas a imagen y semejanza de las que podemos ver en el cómic. Para el lector de la Abadía que no conozca este cómic, Hard Boiled es una de esas obras menores de Frank Miller, que no por ello tiene que ser mala sino todo lo contrario, y que narra como un aburrido vendedor de seguros descubre un día que es un ciborg asesino a sueldo de una gran corporación. El punto fuerte de este tebeo es el apartado gráfico de Geoff Darrow, una auténtica delicia de un detallismo extremo. Cada viñeta, cada splash page, es un deleite en el que perderse y descubrir nuevos detalles cada vez que las miras.

Dentro del apartado artístico de la película, es digna de elogiar la labor de la maquilladora Paca Almanara, madre de la actriz María Adánez, que ya había trabajado en Las aventuras del Barón de Munchausen (The Adventures of Baron Munchausen, 1988) de Terry Gillian, y a Hipólito Cantero, jefe del departamento de FX que había trabajado años atrás en la Boss Films de Richard Edlund, así como para el estudio de Jim Henson en Londres. Para la ocasión, y por mediación de El Deseo, pudo participar en el rodaje de Alien 3 (Alien 3,David Fincher, 1992) y allí aprender nuevas técnicas para Acción Mutante. Incluso, gracias al hecho de haberse formado con él, pudo pedir consejo a toda una institución del maquillaje moderno como era Dick Smith, responsable de los maquillajes de El Exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973) o El Padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972). Cabe destacar la silla de Quimicefa, su unidad de locomoción de antigravedad, todo un prodigio de los efectos prácticos integrados en el rodaje sin cgi ni nada por el estilo, entre otras cosas porque simplemente no había. Completamos este apartado con la mención de otro grande como Emilio Ruiz del Río, quien en su haber cuenta con grandes producciones de la historia del cine como Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960), Cleopatra (Cleopatra, Joseph L. Mankiewicz, 1963) o Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, John Milius, 1982), entre muchas otras. Él se encargó de las maquetas, entre las que destaca la nave que hace de guarida/cuartel general del grupo armado Acción Mutante y que responde al nombre de La Virgen del Carmen, una especie de Nostromo grasienta y renqueante de iluminación rojiza y atmósfera vaporosa a causa de las innumerables fugas de gas que eructan sus agujereadas tripas. Como puede comprobarse, nombres de gente de gran bagaje que se sumaban al equipo reclutado por Álex de la Iglesia; menudo equipo para debutar. Un equipo básicamente compuesto también por amigos del director bilbaíno y que, según los comentarios de integrantes del reparto, estaba volcado al cien por cien en la película, llegando a dedicar horas y horas en extenuantes jornadas de rodaje sin perder ni el optimismo ni el buen humor.  

Y es que la dureza del rodaje es algo en lo que coinciden Fernando Guillén y Antonio Resines. El primero destaca, sobre todo, el ambiente de piña, de gente entregada a la película por encima de todas las cosas. El veterano actor contaba cómo le recogían temprano en el hotel y no volvía hasta pasadas las nueve o las diez de la noche en maratonianas jornadas de más de doce horas de trabajo. Guillén interpretaba al histriónico Orujo, el rico industrial padre de la novia secuestrada. Antonio Resines, que hacía las veces del líder de Acción Mutante y, por consiguiente, secuestrador de la hija de Orujo, era Ramón Yarritu, un tipo bastante listo, carente de escrúpulos y que tiene la mitad de la cabeza, incluyendo el rostro, desfigurada, lo cual disimula con una careta que le cubre la zona afectada. La aparición de Resines era cuanto menos curiosa en aquellos tiempos, puesto que, a pesar de que hoy día le conocemos muchos más registros, su nombre estaba vinculado a las comedias madrileñas que le vieron nacer como actor. Álex de la Iglesia lo conoció durante el rodaje de Todo por la pasta y estaba convencido de que el actor nacido en Torrelavega era capaz de trascender más allá de su faceta cómica. Algo que, con el tiempo, ha demostrado con creces. En declaraciones recientes, no sé si de broma o no, Resines comenta que él entró en la película porque Banderas no pudo y él era el siguiente Antonio de la agenda.

Del rodaje de Acción mutante, Resines recuerda no sólo lo duro que fue, sino que, con tal de que todo pareciera real, todo era real. El hierro era hierro, la madera era madera y las hostias eran hostias de verdad, puesto que no había dinero para extras y especialistas. Explica como la pelea con los hermanos siameses Abadie, interpretados por Álex Angulo y Juan Viadas, fue totalmente real, tanto las caídas, los puñetazos o los gritos, puesto que no querían repetir las escenas muchas veces en vista de que De la Iglesia era dado a repetir tomas hasta que quedaba contento. Tampoco lo pasó bien ni con el maquillaje ni con su traje de goma de neopreno con el que rodó en el desierto de las Bardenas Reales de Navarra aguantando temperaturas extremas. El pobre sudaba la gota gorda y eso es algo que señalaba la maquilladora Paca Almanara, puesto que a Resines se le caían los prostéticos debido al sudor y tenían que secárselo con un ventilador de mano. Resines comenta que fue duro, pero también afirma que se divirtió mucho pese a las perrerías por las que De la Iglesia les hizo pasar tanto a él como al resto del reparto. De entre todas ellas, podemos destacar que Álex Angulo, ya que se tardaba alrededor de cuatro horas en quitarle el muñeco que hacía de su hermano disecado, iba con él pegado con un arnés todo el tiempo (comía incluso con él puesto), además de que estuvo colgado de verdad del árbol del ahorcado del planeta Axturias, de noche y a temperaturas extremas de bajo cero[1]. Lo subían y lo bajaban sin cesar para cambiar de plano.

Otro que lo pasó mal fue Karra Elejalde en la escena en la que es devorado por la criatura abisal que se suponía era la mascota del grupo, su gato. Para lograr que pareciese real que un muñecote de látex se comía la cabeza del actor, al equipo se le ocurrió atarle a una especie de estructura metálica con la que le zarandeaban y le metían y sacaban de la trampilla. Para más inri, como querían sangre a borbotones, Antonio Resines cuenta que tiraban sangre a cubazos a Elejalde antes de grabar, además de instalarle unos tubitos que le salpicaban la cara sin cesar, lo que a punto estuvo de provocar que se ahogara con su propia sangre de mentira. Todo ello con mangueras chorreando sustancias pringosas, a quince tipos del equipo técnico accionando palancas y dando portazos y seis compresores funcionando a la vez a todo trapo. Con tanto ruido, un nivel de estrés acústico brutal, los actores no oían nada. Otro ejemplo de cómo se las gastaba Álex de la Iglesia lo ejemplifica la escena en la que Yarritu arrastra a su prisionera, Patricia Orujo, interpretada por la actriz gala Frédérique Feder, tirándola del cabello. En principio se hizo un complejo artefacto con pelo artificial que, sin embargo, no era del gusto del director. Tras doce tomas, De la Iglesia preguntó a la actriz si podía hacer la escena con Resines arrastrándola de los pelos, pero de verdad, a lo que ésta accedió con tal de acabar. Sin embargo, no queda claro si se hizo así o no, puesto que su directora de producción, Esther García, considerada como una de las mujeres más importantes dentro del cine patrio, se opuso a ello. Por si fuera poco, que el derrumbe de la Mina Perdida, el local de García lleno de mineros locos que disparan al aire, fue real. Es decir, que a los actores y especialistas que se encontraban en el set les tiraron tierra y escombros de verdad.

Como decíamos antes, Resines y Guillén eran las caras más conocidas del reparto. El resto de los integrantes del comando Acción Mutante estaba formado por caras que, gracias a Álex de la Iglesia, comenzarían a hacer carrera y volverse cada vez más visibles en el panorama cinematográfico (e incluso en la ficción televisiva) de nuestro país. Como ya he comentado, los gemelos Abadie estaban interpretados por Juan Viadas y por el tristemente fallecido Álex Ángulo, protagonista del primer corto de Álex de la Iglesia y que alcanzaría una gran popularidad gracias al segundo largo del bilbaíno, El día de la bestia (1995). Saturnino García, quien también aparecía en Mirindas, era César Ravestein, alias Quimicefa, el científico del grupo conocido en el mundo del crimen por tener perennemente conectados en el pecho cinco kilos de amonal. Un año después, Saturnino ganaría el Goya a actor revelación por su trabajo en la muy recomendable comedia negra Justino, un asesino de la tercera edad (Santiago Aguilar & Luis Guridi, 1994). Karra Elejalde, muy popular actualmente, daba a conocerse aquí encarnando al mecánico del grupo, José Óscar Tellería, alias Manitas, completándose la singular banda con Amancio González, alias M.A. (interpretado por el gigantesco Alfonso Martínez, un tipo que ostentaba el título de hombre más alto de nuestro país) y José Montero, alias Chepa, enano jorobado y un tanto desequilibrado interpretado por el prematuramente desaparecido Ion Gabeya, otro de los principales secundarios de las primeras películas de esta hornada de directores vascos de los noventa a la que pertenecía Álex de la Iglesia y que a mí personalmente me hizo mucha gracia en una comedia tan gamberra como Gente Pez (Jorge Iglesias, 2001) y que considero como el Mallrats (Mallrats, Kevin Smith, 1995) español. El restante personaje principal, Patricia Orujo, es encarnada por Frédérique Feder, como ya se ha referido antes, si bien durante el transcurso de la película comparecen otras caras conocidas como las de Ramón Barea, los mencionados Enrique San Francisco y Jaime Blanch, Paco Maestre o Santiago Segura antes de hacerse popular en los noventa gracias a El día de la bestia o su franquicia Torrente, con un look muy lejano a esa versión edulcorada de Padre no hay más que uno (Santiago Segura, 2019) con la que ahora mismo estamos acostumbrados a verle. Quien no pudo participar finalmente por motivos de salud fue Jacinto Molina, el mítico Paul Naschy.

Con Acción Mutante, Álex de la Iglesia construye una cinta de acción con la sola pretensión de entretener. Él la definía como una comedia alocada, salvaje, donde predomina el humor, el humor negro, y muy lejos de ser una fabulación política pese a esos pequeños destellos de crítica social que despide la película con el retrato de una sociedad esclavizada e idiotizada por el culto al físico y a lo superficial que todavía, casi treinta años después, seguimos viendo a diario en los mass media y en las redes sociales. Y no sólo podemos percibir crítica social, puesto que una de las frases más recordadas de las pronunciadas por Antonio Resines, “todo el mundo es tonto o moderno”, parece hecha a medida para darle cera al cine español imperante en la época (concretamente el de su mecenas), representada por la escena de la boda, en la que convirtieron una iglesia gótica en un suntuoso salón de banquetes que parece sacado de una de las pelis de Almodóvar, donde los invitados dirianse extras de Kika (Pedro Almodóvar, 1993), no por casualidad cinta coetánea a la que nos ocupa. Subrayan esa idea los cameos de Bibiana Fernández o Rossy de Palma, secundarias habituales del manchego. Y pese a que Almodóvar no conectaba con la violencia exacerbada mostrada en la película o con algunas de las formas de dirigir de De la Iglesia (recordemos que éste no tenía experiencia previa, era un novato), no se metió por medio. No hubo injerencias por su parte y esto es algo que, pese a que ninguno de los dos volvería a cruzar sus caminos profesionalmente, Álex de la Iglesia no se cansó de comentar en entrevistas durante la promoción de la cinta. Así como tampoco se cansó de decir que quería desmarcarse de las producciones coetáneas españolas con algo a lo que el público no estaba acostumbrado y que si no se hacía en nuestro país era porque no había voluntad por parte de los que ponían la pasta. Incluso cuando le preguntaban por sus influencias y referencias, el director bilbaíno solía intentar nombrar clásicos de nuestro cine como El astronauta (Javier Aguirre, 1970) de Tony Leblanc o El verdugo (Luis García Berlanga, 1963).

Sin embargo, sin entrar a discutir si son o no referencias, es más que evidente que en Acción Mutante no sólo vemos lugares comunes del cine de terror y ciencia ficción, sino que podemos hablar de títulos concretos que vienen a la cabeza a medida que avanza el metraje. El más evidente sería Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) durante el segmento que transcurre en la Virgen del Carmen, puesto que la nave pesquera es una versión cañí de la Nostromo. El hecho de que el gato, esa criatura que no para de bramar, lo haga desde su trampilla en el suelo nos lleva a Posesión infernal (Evil Dead, 1981) de Sam Raimi, mientras que la inclusión de informativos y anuncios comerciales remiten a la magnífica Robocop (Robocop, Paul Verhoeven, 1987). El planeta Axturias es una suerte del yermo de Mad Max 2. El Guerrero de la carretera (Mad Max 2. The Road Warrior, George Miller, 1981) y la escena de la comida con la familia de paletos evoca a La Matanza de Texas (Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974) sin ninguna duda. Incluso hay algún plano calcado. En definitiva, Acción Mutante es una mixtura de géneros y referencias en clave de comedia negra costumbrista y con estética de cómic que sorprendió a un público para nada acostumbrado a que este tipo de producciones se hicieran en nuestro país. Aquí ya encontramos muchos de los recursos y características propias del director que iría desarrollando a lo largo de su carrera. Éstas son el gusto por el esperpento y el humor, un humor negro muy característico, la ambigüedad moral de unos protagonistas que suelen ser antihéroes, la misantropía, los repartos corales, su tendencia al exceso y la inclusión de referencias de nuestra cultura pop, desde lo más mainstream a lo considerado como más casposo. Ejemplo de ello es la utilización del tema Aires de fiesta de Karina mientras el personaje de Ion Gabeya masacra a los invitados de la boda de la hija de Orujo.

Pese a la expectativa que generó la película en el público ávido de este tipo de productos, en una época, los noventa, en la que explosionaron varias tendencias que tenían por bandera el exceso y la violencia como el gore, así como el desembarco del anime, pero del anime más violento y sexual, a rebufo del éxito de Akira (Akira, 1988) de Katsuhiro Otromo (el estudio Ghibli llegó algo más tarde), sin mencionar que estábamos a las puertas de la tarantinomanía y la importación del cine de acción de Hong Kong, Acción mutante pasó con más pena que gloria por las carteleras españolas (y eso que tuvo un gran recibimiento por su periplo por festivales) cuando se estrenó en febrero de 1993. Pero aunque puede que no llegase a recaudar lo invertido, sí que hizo de punta de lanza para una nueva forma de hacer cine en nuestro país a partir de ese momento propiciada por la aparición de una serie de directores jóvenes que estrenaron sus primeros trabajos en esa década. Tendríamos a nombres importantes como Juanma Bajo Ulloa, Julio Medem, Óscar Aibar, Daniel Calparsoro o Alejandro Amenábar conformando un periodo bastante variopinto, pero lleno de grandes títulos donde primaba la voluntad no sólo de hacer industria sino de hacer cosas distintas en nuestro cine. Álex de la Iglesia, consciente o no de la importancia de su ópera prima, saborearía las mieles del éxito con su siguiente largometraje, la popular El día de la bestia, pero esa es otra historia.

José Manuel Sarabia


[1] Álex de la Iglesia llegó a contar en la sección Brigadoon de Sitges 2014 que dejaron olvidado al actor colgado en el árbol durante dos horas mientras el equipo cenaba.

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