A Story of David [tv: La historia de David]

 

Sinopsis: Celoso por la fama y adoración que sus súbditos profesan a David tras su victoria ante Goliat, el rey Saúl, incitado por su consejero Doeg, planea acabar con el héroe del pueblo. Sin embargo, el hijo de Saúl, Jonatán, avisa de los planes de su padre a David, quien prefiere huir de la corte antes que luchar contra su rey.

 


Título original: A Story of David
Año: 1960 (Reino Unido, Israel)
Director: Bob McNaught
Productores: George Pitcher, William Goetz [no acreditado]
Guionistas: Gerry Day, Terence Maples
Fotografía: Arthur Ibbetson
Música: Kenneth V. Jones
Intérpretes: Jeff Chandler (David), Basil Sydney (rey Saúl), Peter Arne (Doeg), David Knight (Jonatán), Barbara Shelley (Abigaíl), Donald Pleasence (Nabal), Richard O’Sullivan (Abiathar), Robert Brown (Jashobeam), David Davies (Abner), Angela Browne (Michal), John Van Eyssen (Joab), Martin Wyldeck (Hezro), Charles Carson (Ahimilech), Zena Marshall (Naomi), Alec Mango (Kudruh), Peter Madden (pastor jefe)…

Al contrario que en otras corrientes transitadas durante la época por el cine popular europeo de las que fue originadora e, incluso, precursora, tales como el cine de espías, el wéstern o el terror gótico, la aportación de la industria británica al filón de los films ambientados en el mundo antiguo, las mal llamadas películas de romanos, fue bastante escasa, por no decir inexistente. Y eso, a pesar de la edad dorada que atravesó el género durante la década de los cincuenta hasta mediados de los sesenta, primero a manos de Hollywood con sus aparatosos kolossals y, más tarde, con los más modestos péplums manufacturados desde Italia. Tanto es así que, hablando de memoria, apenas se me ocurren tres ejemplares realizados en las Islas que puedan encuadrarse en la temática, por más que dos de ellos se traten de exponentes un tanto tardíos y, sobre todo, alejados de la ortodoxia. Uno es The Viking Queen [vd/dvd: La reina vikinga, 1967], producción de la Hammer repleta de anacronismos comenzando por su título, en la que se narra los conflictivos amores entre la jefa de un tribu bretona y el gobernador romano de aquellas tierras, y la parodia histórica perteneciente a la prolífica serie de comedias “Carry On…” Cuidado con Cleopatra (Carry on Cleo, 1964).

Así las cosas, la única muestra genuina de película desarrollada en el mundo antiguo procedente del Reino Unido durante la etapa de esplendor del género  se encuentra en A Story of David [tv: La historia de David, 1960], centrada, como su nombre indica, en la figura del personaje bíblico que fuera segundo rey de Israel. Claro que, a decir verdad, el título en cuestión tampoco se encuentra libre de singularidades y anomalías. Pese a su nacionalidad oficial, el proyecto tenía su origen, en realidad, en el otro lado del Atlántico. Coproducido por el canal ABC, la idea inicial era hacer una miniserie de dos episodios de una hora de duración cada uno, que fuera emitida en televisión en los Estados Unidos y explotada en cines en formato película en el resto del mundo. El título previsto para los episodios era “David the Outlaw”para la primera parte y “David the Hunted”para la segunda. Sin embargo, la falta de patrocinios obligó a que la cadena tuviera que variar sus planes originales, reconvirtiendo la miniserie en un telefilm de poco más de hora y media de duración que, eso sí, se estrenó en salas de distintos países, entre ellos Italia, México o el propio Reino Unido.

Lógicamente, estos cambios acaban por reflejarse en el producto resultante, comenzando por un anticlimático desenlace que diríase un punto y seguido antes que una conclusión. De este modo, el recorrido argumental de la película se circunscribe a un único capítulo de la vida de su protagonista: su huida al desierto junto a un grupo de leales para escapar de la persecución de la que era objeto por parte del rey Saúl, a causa de los celos que sentía el soberano ante la popularidad alcanzada por David entre el pueblo israelí tras su victoria sobre Goliat y las tropas filisteas. A tan escueta trama se le une, además, una construcción de personajes que brilla por su ausencia, quizás por considerar sus responsables que tanto estos como los pasajes narrados debieran de ser de sobra conocidos por la audiencia. Ahora bien, puede que en tal circunstancia también influyeran las posibles motivaciones reales que se encontraban detrás de la existencia del proyecto.

Y es que, atendiendo a ciertos detalles, todo parece apuntar a que el film que nos ocupa fue planteado como un aparato de propaganda y difusión sionista, en contraste con el enfoque cristiano-católico que solían tener las películas bíblicas en aquella época, tal y como muy acertadamente nos sugiere Rafael de España. Por un lado, tanto su productor, el mítico William Goetz[1], como su principal protagonista, Jeff Chandler, eran de origen judío. No solo eso, sino que en el caso del actor, cuyo auténtico nombre era Ira Grossel, su compromiso con la causa hebrea le había valido poco tiempo antes que algunos países árabes prohibieran sus películas en sus territorios tras manifestase a favor del gobierno israelí. En el mismo sentido, tampoco puede pasarse por alto que la filmación de exteriores del film tuviera lugar entre agosto y septiembre de 1960 en, precisamente, Israel, siendo la primera película de este tipo en ser rodada en aquellos parajes, para lo que contaría con la protección del ejército local con el fin de evitar posibles incidentes a causa de la conocida tensión existente en la zona. Incluso, durante su estancia allí Chandler tuvo la oportunidad de conocer personalmente a David Ben-Gurión, considerado el principal fundador del estado nacional israelí y por entonces primer ministro.

Lo apuntado en el anterior párrafo no es óbice para que la carga religiosa del conjunto sea análoga a la acostumbrada en otras películas coetáneas basadas en las sagradas escrituras, como tampoco que sus propósitos adoctrinadores resulten evidentes. Véase a este respecto el maniqueísmo con el que son representados los dos personajes enfrentados. Mientras que David es en todo momento mostrado como un dechado de virtudes, defensor de los indefensos y adorado por sus hombres, Saúl en cambio se presenta como un iracundo y traidor reyezuelo, cuyo cerebro ha sido envenenado por las fabulaciones de Doeg, uno de sus consejeros que, como él mismo recuerda en un momento determinado, no es israelita. No obstante, estos apuntes son lo más cercano a la dramatización por parte de un libreto que, más allá de esto, se limita a grandes rasgos a transcribir los hechos recogidos en el Antiguo Testamento, sin preocuparse por procurar al relato de una mínima progresión dramática y narrativa, sucediéndose en la mayoría de los casos los acontecimientos sin más lógica que la que dicta el guion.

Tampoco ayuda mucho en este sentido la discreta labor desplegada por su director, Bob McNaught, ignoto realizador británico que hacía así su tercera y última incursión como realizador. Dejando a un lado su inclusión del arquetípico número de baile exótico, su puesta en escena se revela de principio a fin en las antípodas de la habituada en el género. Ni rastro hay de las características panorámicas sobre fastuosos decorados o multitudinarias muchedumbres que fueran uno de los sellos característicos de la gramática de este tipo de films. Algo que, en primera instancia, podría achacarse a los condicionantes derivados del formato cuadrado de 1.33:1 en el que fue fotografiada la película, si no fuera por ejemplos tan significativos como el de la única batalla a la que se da cabida en el metraje, filmada por el tal McNaught de forma rápida y desde la distancia, despojándola así de la épica y emoción que cabría esperar. Por el contrario, en consonancia con el origen televisivo del proyecto, su planificación se sustenta en la proliferación de primeros planos protagonizados por verborreicos diálogos que acaban por propiciar la adopción de un ritmo narrativo literalmente soporífero.

Uno de los pocos momentos en los que el realizador rompe con el estatismo de su puesta en escena e insufla de dinamismo y movilidad a su manejo de la cámara se encuentra en el travelling lateral de aproximación con el que arranca la escena en la que comparece por primera vez Barbara Shelley, quien interpreta a Abigaíl, la que fuera una de las mujeres de David. Claro que esto lo sabemos por lo que dice la Biblia, ya que en la película solo la vemos tontear y dedicarse miraditas y sonrisas con el personaje de Chandler, quedando en suspenso el inicio de su relación, en una indicativa muestra de las lagunas argumentales que asolan el relato. A pesar de tan escuetos mimbres y de lo breve de su aparición en pantalla, tan solo tres o cuatro escenas localizadas durante la última media hora de la cinta, la actriz logra dotar de una dimensión y entidad a su personaje del que, tal como es mostrado, carece, ayudada por su natural fotogenia y carisma. El mérito es aún mayor si se la compara con la sobreactuada teatralidad con la que el veterano Basil Sydney encarna a Saúl. Por cierto, que Shelley o Sydney no son los únicos actores británicos de relieve que se dan cita en el reparto. El encargado de encarnar a Nabal, el despótico marido de Abigaíl, es un Donald Pleasence caracterizado con barba y cabellera, en la que posible sea una de las pocas ocasiones en las que pudo verse en la pantalla al alopécico actor con pelo.

José Luis Salvador Estébenez


[1] Yerno de Louis B. Mayer, William Goetz fue uno de los productores más importantes del Hollywood clásico. Entre otras cosas, fue miembro fundador de la Twentieth Century Pictures, vicepresidente de Fox y jefe de producción de Universal-International.

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