El pueblo de los malditos

 

Sinopsis: De forma inexplicable, los habitantes de la tranquila localidad de Midwich pierden el conocimiento durante unas horas. De vuelta a la normalidad, se descubre que todas las mujeres de la población en edad fértil están embarazadas. Pero este no es el único hecho extraño. Cuando nueve meses más tarde las madres dan a luz, los recién nacidos comparten unos rasgos similares: son rubios, tienen unos extraños ojos, su desarrollo físico es mayor al correspondiente a su edad y poseen una inteligencia fuera de lo normal. Pocos años después, todos visten de idéntica forma, actúan como si fueran un único ente, y muestran una conducta contra el resto de habitantes de Midwich de lo más inquietante.

 


Título original: Village of the Damned
Año: 1960 (Reino Unido)
Director: Wolf Rilla
Productor: Ronald Kinnoch
Guionistas: Stirling Silliphant, Wolf Rilla, Ronald Kinnoch [acreditado como George Barclay], según la novela “Los cuclillos de Midwich” de John Wyndham
Fotografía: Geoffrey Faithfull
Música: Ron Goodwin
Intérpretes: George Sanders (Gordon Zellaby), Barbara Shelley (Anthea Zellaby), Michael Gwynn (Mayor Alan Bernard), Laurence Naismith (doctor Willers), John Phillips (general Leighton), Richard Vernon (Sir Edgar Hargraves), Jenny Laird (Sra. Harrington), Thomas Heathcote (James Pawle), Martin Stephens (David Zellaby), Richard Warner (Harrington), Sarah Long (Evelyn Harrington), Charlotte Mitchell (Janet Pawle), Pamela Buck (Milly Hughes), Rosamund Greenwood (Srta. Ogle), Susan Richards (Sra. Plumpton), Bernard Archard (vicario), Peter Vaughan (P.C. Gobby), John Stuart (profesor Smith), Keith Pyott (Dr. Carlisle), Alexander Archdale (forense), Sheila Robins (enfermera), Tom Bowman (piloto), Anthony Harrison (teniente), Diane Aubrey (secretaria), Gerald Paris (zapador), Bruno (perro), June Cowell, Linda Bateson, John Kelly, Carlo Cura, Lesley Scoble, Mark Mileham, Roger Malik, Elizabeth Munden, Peter Preidel, Teri Scoble, Peter Taylor, Howard Knight, Brian Smith, Janice Hawley, Paul Norman, Robert Marks, John Bush, Billy Lawrence (niños del pueblo)…

Por más que la edad dorada del cine fantástico británico, datada entre finales de los cincuenta y mediados de los setenta del pasado siglo, parezca estar ligada en el inconsciente colectivo a su producción terrorífica, durante dicho periodo la cinematografía de las Islas cosechó con igual ahínco la ciencia ficción. Aún es más, siendo justos, fue esta última vertiente la que de algún modo provocó el que la industria local se interesara en la realización de films de terror. Y es que, como es bien sabido, el considerado título fundacional del estilo, La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), pistoletazo de salida a las revisiones del panteón de monstruos clásicos de la Universal a las que su productora se entregó durante los siguientes años y cuya premisa, dicho sea de paso, se encuadra no por casualidad dentro de los terrenos de la ciencia ficción, surgió como un intento de la Hammer por prolongar el éxito conseguido poco tiempo antes por sus dos primeras traslaciones a la gran pantalla del doctor Quatermass creado para la televisión por Nigel Kneale.

El, a la postre, tríptico de la Casa del Martillo dedicado a Quatermass, las también hammerianas X-The Uknown [tv/dvd: Lo desconocido, 1957] y Estos son los condenados (The Damned, 1963), The Trollenberg Terror (1958), The Earth Dies Screaming (1964) o la reivindicable The Day the Earth Caught Fire [tv: El día que la Tierra se incendió¸1961], son solo algunos destacados exponentes de una corriente que, a decir de la mayoría de los especialistas, alcanzó su cénit con Village of the Damned [tv/dvd/bd: El pueblo de los malditos, 1960], adaptación de una novela de John Wyndham, autor de la mucho más popular El día de los trífidos, objeto asimismo de una mediocre versión cinematográfica por aquellos años, y devenida con el transcurrir del tiempo en un clásico del género a nivel mundial. Además de por dar origen a una secuela pocos años después, así como un remake dirigido por John Carpenter ya a mediados de los noventa, la mejor muestra de tal consideración estriba en el carácter icónico que a día de hoy disfruta la inquietante imagen de sus infantes protagonistas, empleada con suma frecuencia para ilustrar las portadas de ensayos y estudios dedicados al género, entre otros productos. Claro que las virtudes de la película no solo se limitan a su fuerza iconográfica; también se extienden a sus logros narrativos y a su riqueza de lecturas.

A nivel conceptual, el argumento de El pueblo de los malditos se enmarca dentro de la temática de las invasiones alienígenas que coparan buena parte de la ciencia ficción anglosajona durante la década de los cincuenta como reflejo de las tensiones derivadas de la Guerra Fría entre los bloques occidental y oriental. Sin embargo, al contrario de lo que fuera norma, en esta oportunidad la amenaza no está representada por la llegada a nuestro planeta de tropas o fuerzas expedicionarias procedentes del espacio con fines conquistadores, sino que se encuentra infiltrada en el mismo corazón de la sociedad amenazada. Un planteamiento que, ni qué decir tiene, remite al de otro de los títulos mayores del género, La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956). Con él comparte su origen literario, si bien el título que nos ocupa va un paso más allá que aquel, al hacer que los elementos invasores sea un grupo de niños o, lo que es lo mismo, el símbolo por antonomasia de la comunidad que se encuentra en peligro, lo que permite aumentar el impacto de lo narrado al trastocar la imagen de inocencia que tradicionalmente se ha atribuido a los niños, elemento este del que tomaría buena nota Chicho Ibáñez Serrador para dar forma a su magistral ¿Quién puede matar a un niño? (1976).

Precisamente, el que el papel de villanos de la función recaiga en un grupo de niños da pie a la variedad de lecturas a la que se presta la película. Por ejemplo, hay quienes la han visto como una reflexión sobre la paternidad, quienes la consideran una alegoría sobre la crueldad de la infancia y la necesidad de aleccionarla sobre el bien y el mal, o quienes identifican en sus fotogramas una plasmación del temor a la aparición de una nueva generación dispuesta a demoler el modelo social imperante que acabaría por materializarse poco tiempo después en Mayo del 68. No obstante, sin menoscabo de estos y otros discursos, El pueblo de los malditos es, ante todo, un relato sobre la intolerancia y la xenofobia. Mientras en el resto del mundo la aparición de otras colonias semejantes se han saldado con su exterminio, en la pequeña localidad de Midwich en la que transcurre la historia la presencia de estos niños de extraño aspecto y conducta es observada con recelo por parte de sus convecinos, incluidos sus teóricos progenitores. Resulta de lo más revelador en este sentido la escena en la que uno de los niños “normales” del pueblo arroja un objeto contra uno de los “malditos” mientras estos pasean por la calle y que se cierra con la reprimenda que la madre de uno de los pequeños congregados da a su hijo, recordándole su prohibición expresa de que no se junte con esos niños.

Ahora bien, este rechazo al diferente no solo se da entre los habitantes de Midwich. Así, una vez conocidas las extraordinarias capacidades de los niños, las autoridades se debaten entre la posición del protagonista, un maduro científico que considera que habría que emplear su increíble potencial en beneficio de la humanidad, para lo que propone tratar de educarlos o, lo que es lo mismo, integrarlos en la sociedad, y la de un alto mando militar que aboga en cambio por recluirlos y, si es necesario, eliminarlos, ante el peligro que suponen. Como se puede comprobar, y en contra de los roles asignados de antemano, en este contexto las verdaderas víctimas de la historia son, en realidad, los niños, cuyos ataques no son sino una forma de defensa ante la hostilidad de un mundo que les rechaza debido a su peculiar naturaleza, la cual no se ajusta a los cánones de lo que se considera como normal.

Exponentes como este ponen de relieve el grado de ambigüedad con el que se desarrolla la narración y que puede rastrearse en numerosos detalles. Sin ir más lejos, en la propia configuración que se hace de los niños, y que contrasta con lo apuntado previamente. Rubios, de ojos claros, con la piel blanquecina, casi pálida, y un desarrollo físico que, según se informa, está muy por encima a la que les corresponde por edad, son la viva encarnación del ideal ario. Una similitud que, unida al hecho de que todos vistan de forma idéntica, actúen en manada como si formaran parte de un único ser y resulten inmisericordes, les asemeja a los militantes del partido nacional socialista que sembraran el miedo y la destrucción en la Alemania de finales de los años treinta[1], y más concretamente, a su versión juvenil, las Juventudes Hitlerianas. Una representación esta que puede ser todo menos casual, a juzgar por la identidad del director del film, Wolf Rilla, cineasta y novelista teutón de ascendencia judía que había marchado junto a su familia de su país natal tras la ascensión al poder de Adolf Hitler en 1933.

Y ya que hablamos de Rilla, no podemos por menos destacar su labor, caracterizada por la eficacia de su realización, una puesta en escena sobria y austera, y un atinado pulso narrativo. Lejos de los fuegos de artificio que parecen asociados a la ciencia ficción, el alemán focaliza su trabajo en la narración de la historia que tiene entre manos, a lo cual se entrega con un encomiable sentido del suspense y la intriga, sembrando la inquietud a través de la formulación de preguntas e incógnitas sobre la que se sustenta el interés de la trama, aunque en la mayoría de los casos carezcan de respuesta, quedando a la libre interpretación del espectador. Su buen hacer queda reflejado en la antológica escena con la que se abre el film, en la que de forma sencilla, muestra la irrupción del elemento externo que viene a romper con la apacible tranquilidad de Midwich por medio de una serie de estampas cotidianas de la vida en la localidad que viste de extrañeza una vez vuelva sobre ellas y sus protagonistas aparezcan sin sentido mientras todo continúa igual a su alrededor.

Y es que, a fin de cuentas, El pueblos de los malditos no deja de ser un modélico ejemplar de Serie B bien entendida, por mucho que contara con la participación de todo un ganador del Oscar como el veterano George Sanders, recién regresado a Inglaterra tras su exitoso periplo en Hollywood. Con su consabido buen hacer, Sanders es el encargado de dar vida a Gordon Zellaby, quien será el primero en percatarse de las peculiares habilidades que poseen los niños y el único habitante de Midwich que tratará de comprenderlos y ayudarlos debido a la fascinación que siente hacia ellos por su inteligencia sobrehumana, creyéndoles incluso un nuevo eslabón del proceso evolutivo. Junto con Sanders, en el reparto también encontramos a Barbara Shelley como Anthea, la esposa de Zellaby y madre de uno de los niños. Un personaje que la actriz interpreta con la corrección y solidez que la caracterizaran, si bien el papel no le dé demasiadas oportunidades para el lucimiento, al no pasar de mero arquetipo. Y eso, a pesar de que sea testigo de los principales sucesos que revelan la auténtica maldad de los niños, bien sea cuando, siendo un bebé, su hijo le induzca a quemarse una mano tras haberle administrado un biberón demasiado caliente o, más adelante, presencie atónita cómo este y sus compañeros provoquen el choque mortal contra un muro de un automovilista que momentos antes había estado a punto de atropellar de forma accidental a uno de ellos. 

José Luis Salvador Estébenez


[1] Precisamente esa lectura con el nacionalsocialismo y la implicación de niños en la trama también se daba en otro clásico de la ci-fi británica muy desconocido, The Gamma People, de John Gilling, y donde tiene un papel destacado Walter Rilla, padre del director de la presente.

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