Abejas asesinas

 

Sinopsis: Tras un terrible incidente en Brasil que tiene como resultado la muerte de su marido, un investigador genetista experto en abejas, Sandra Miller regresa a los Estados Unidos para ayudar a su tío, el Dr. Sigmund Hummel, que también se dedica a investigar a las abejas, más por el lado del comportamiento. Allí conoce a John Norman, amigo y colaborador de su tío, y enseguida ambos empezarán a sentir una mutua atracción. Justo en ese mismo momento, comienzan a producirse ataques de enjambres de abejas especialmente letales e inteligentes, que pueden tener que ver con los experimentos de Miller en Brasil…

 


Título original: The Bees
Año: 1978 (México)
Director: Alfredo Zacarías
Productores: Alfredo Zacarías, Miguel Zacarías
Guionista: Alfredo Zacarías (adaptación de los diálogos al inglés de Jack Hill, no acreditado)
Fotografía: León Sánchez
Música: Richard Gillis
Intérpretes: John Saxon (John Norman), Angel Tompkins (Sandra Miller), John Carradine (Dr. Sigmund Hummel), Claudio Brook (Dr. Miller), Alicia Encinas (Alicia), Julio César Imbert (Julio), Armando Martín (Arthur), José Chávez (padre del prólogo), George Belanger (subsecretario Brennan), Delroy White (Winkler), Roger Cudney (Blankeley), Julia Yallop (Modelo), Chad Hastings (Gray), Elizabeth Wallace (secretaria)…

Aunque tampoco sería riguroso decir que todas las alteraciones que el ser humano realiza en el medio ambiente son catastróficas, la crónica de nuestras pifias es abultada y de un impacto atroz. Uno de los episodios más conocidos de esa infame serie es la introducción de abejas africanas en Brasil que tuvo lugar en la década de los cincuenta del siglo XX, y que no tardó en salirse de control. La abeja productora de miel es un animal originario de Europa, Asia y África, que fue introducido en América con éxito por españoles e ingleses a partir del siglo XVII, usando naturalmente para ello abejas europeas, la apis mellifera, también conocida como abeja doméstica. Esta abejita es un insecto apacible, que si bien no tardó en escapar de las colmenas artificiales y formar colonias silvestres, no consta que provocase trastornos en los ecosistemas americanos. Esa es la suerte que faltó en 1956 en Piracicaba, cerca de Sao Paulo, cuando el prestigioso biólogo Warwick E. Kerr, que tenía entre manos un programa para aumentar la producción de miel de la zona, consiguió llevar vivas cuarenta y ocho abejas reinas desde Tanzania de la especie apis mellifera scutellata, la conocida como abeja africana, más defensiva y belicosa[1], y las hibridó con abejas europeas, dando lugar a una familia nueva que se conoce como abeja africanizada.

Las abejas africanizadas no tardaron en convertirse en el grupo dominante en la zona. Debido a su mayor dureza y agresividad, y a falta de sus depredadores naturales, en seguida barrieron al resto de comunidades de abejas, así como a otras especies de insectos. Lenta, pero inexorablemente, estas abejas se expandieron por todo el continente, solo contenidas muy al sur por el frío de las regiones meridionales o por la impenetrable barrera natural que forma en muchos puntos el Amazonas. Esto casi les sirvió la guía de hacia dónde debían crecer, lanzándose hacia la conquista del norte. De acuerdo con su Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, la abeja africanizada ya había llegado a México en 1968, y en los años setenta comienzan a publicarse noticas sobre su presencia al sur de Estados Unidos. Un estudio a principios de los años noventa determinó que en ese momento ya era la abeja predominante en California, Arizona, Texas, Nevada y Nuevo México.

Respecto a la convivencia de esta especie invasora con el ser humano, fue difícil desde el primer momento, con numerosos episodios de personas o animales que cada año necesitan asistencia médica por haber sufrido numerosas picaduras simultáneas, e incluso fallecimientos. Según las estadísticas de Estados Unidos, cada año mueren un promedio de veintidós personas a causa de efectos derivados de las picaduras de abejas, una cifra que, por ejemplo, se queda muy por detrás la víbora, que incluye entre otras familias a la famosa serpiente de cascabel, y que no todos los años es capaz de matar a diez personas. Sin duda en países tropicales y con menos antídotos los datos estén balanceados de otra forma, pero el pánico que provoca el modus operandi de estos enjambres que atacan unidos y a menudo causan desenlaces fatales ha sido una constante que ha jalonado todo el continente década tras década, generando oleadas de atención pública, páginas en periódicos y no pocas leyendas urbanas.

Esta extensa introducción vendría a explicar la moda de películas de “abejas asesinas” que explotó sobre todo en los años setenta, un momento en el que este tema estaba realmente de actualidad en los medios de comunicación y la gente andaba escuchando historias alarmantes sobre estos animales, algo parecido a lo que pasa en la actualidad con el avispón asiático[2]: inspirándose en este tema, o aprovechando su gancho, en muy poco tiempo llegaron la televisiva Abejas asesinas (Killer Bees, 1974) del siempre interesante Curtis Harrington, Abejas salvajes (The Savage Bees, 1976, de Bruce Geller) y su secuela La invasión de las abejas (Terror Out of Sky, 1978, de Lee H. Katzin), o la mejor y más conocida, El enjambre (The Swarm, 1978) de Irwin Allen.

A esta ola temática hay que unir la moda imperante de las películas catastrofistas, de las que no en vano Irwin Allen, el autor de El enjambre, era especialista. Eran años de desastres en aviones –Aeropuerto (Airport, 1970), de George Seaton-, trasatlánticos –La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972), de Ronald Neame-, rascacielos –El coloso en llamas (The Towering Inferno, 1974), de John Guillermin & Irwin Allen-, submarinos –Alerta roja: Neptuno hundido (Gray Lady Down, 1978), de David Greene-, desastres sísmicos –Terremoto (Earthquake, 1974), de Mark Robson-, meteoritos gigantes a punto de chocar con la Tierra –Meteoro (Meteor, 1979), de Ronald Neame-, virus letales –La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971), de Robert Wise-, y un infinito etcétera. Si bien es El enjambre la que más abiertamente abraza este subgénero, comulgando con su típica estructura y sus repartos corales, en mayor o menor medida en todas las demás también se perciben sus reflejos.

Y, por supuesto, no olvidemos que en 1974 se ha estrenado Tiburón (Jaws), cuya influencia se dejó notar en la aparición de decenas, sino centenares, de películas sobre animales mortíferos: Grizzly (1976, de William Girdler), Squirm: Gusanos asesinos (Squirm, 1976, de Jeff Lieberman), Perros asesinos (Dogs, 1976, de Burt Brinckerhoff), Tarántula (Kingdom of the Spiders, 1977, de John ‘Bud’ Cardos), Orca, la ballena asesina (Orca, the Killer Whale, 1977, de Michael Anderson), Piraña (Piranha, 1978, de Joe Dante), etc. En definitiva, todo confluía de manera natural para que estas películas fueran incluso inevitables. Como inevitable es… que tengo que empezar a hablar de esta Abejas asesinas (The Bees) de 1978, aunque advierto de salida que estamos ante un film terriblemente malo.

Se trata de una producción mexicana de Alfredo Zacarías con su productora, Panorama Films. Alfredo era hijo de Miguel Zacarías, director de cierto prestigio que había trabajado con María Félix o Libertad Lamarque en dramas considerados clásicos del cine de su país como Juana Gallo (1961) o Soledad (1947). También era primo de René Cardona. Para 1978 ya poseía una filmografía propia bastante amplia, pero en la que solo sobresalían algunos títulos al servicio del cómico Capulina. Si soy sincero, nunca he conocido a ningún fan de Capulina, cuya comicidad ha envejecido francamente mal; pero si aun así quieren probar alguno de sus largometrajes, prueben con Capulina contra las momias (a.k.a. El terror de Guanajuato, 1973), de Alfredo Zacarías o Capulina contra los monstruos (1974), de Miguel Morayta, con guion de Alfredo Zacarías), que debe de ser de lo mejor que tiene (o eso, o que mi inclinación hacia los monstruos hace que les perdone hasta cuando salen haciendo el tonto penosamente, como es el caso). A finales de los setenta, la industria cinematográfica mexicana, que llevaba mucho tiempo en decadencia, estaba en un punto crucial, viviendo una renovación que traería lo que se dio en llamar “nuevo cine mexicano” (los Arturo Ripstein, Felipe Cazals o Jaime Humberto Hermosillos), más autoral y que barrió con la mayor parte del sistema anterior que había conocido tanto el padre de Alfredo Zacarías, como él mismo en la primera parte de su carrera. Así que el cineasta tuvo que volver sus ojos hacia posibilidades internacionales, y consiguió cerrar un trato con la New World de Roger Corman; eso sí, para garantizar la exportabilidad de la película, tenía que ser de temática al gusto gringo, como esto de las abejas asesinas. La orientación internacional y el respaldo de la New World, le dieron acceso a Zacarías a un reparto internacional con estrellas. Sin lugar a dudas, es en este apartado en el que destaca le película, pues a John Saxon se une nada menos que John Carradine, más otra norteamericana, Angel Tompkins, que aquí es la chica.

John Saxon, como ha quedado claro a estas alturas de nuestro dossier, fue un profesional siempre abierto a prestar su talento interpretativo allá donde se le ofreciese un contrato, sin entrar en demasiados remilgos sobre las bondades del guion. En Abejas asesinas se le trata especialmente bien: es el protagonista, héroe noble y decidido, galán, fuerte, inteligente, y no solo tiene escenas de amor con Angel Tompkins (y despierta los celos de Alicia Encinas), sino que también tiene una escena de acción metida con calzador, en la que puede demostrar sus habilidades en la lucha cuerpo a cuerpo (al fin y al cabo, el público le reconocía por haber plantado cara a Bruce Lee).

Por su parte, John Carradine tenía ya 72 años, y no precisamente bien llevados, viéndosele frágil dentro de su holgado traje (en realidad el traje es normal: el que está delgadísimo es él). No obstante sus intervenciones son muy divertidas, se pasa toda la película con pinta de estar haciendo lo que quiere y a su propio ritmo; no sería de extrañar que sus partes de diálogo fueran incluso improvisadas, porque resultan en general más naturales que el resto. Pone un falso acento alemán muy divertido, completamente innecesario por cuestión alguna de guion. En algunas secuencias parece que se estuviera quedando dormido (o tal vez es su interpretación de “genio pensando”). En cualquier caso, lo mejor de todo es que la química entre los tres protagonistas norteamericanos funciona, John Saxon sigue a Carradine de manera maravillosa, y Tompkins  no se queda tampoco atrás. Se intuye un alto grado de complicidad, ya que el rodaje no fue especialmente duro para los estadounidenses, que estuvieron en todo momento rodeados de mexicanos, muchos de los cuales ni siquiera hablaban buen inglés, y puedo especular que dada la fama de buen carácter de Saxon, y que nadie le negó nada al abuelo Carradine, hay un buen rollo que traspasa la pantalla.

El tercer vértice del triángulo, el formado por Saxon con Angel Tompkins, depara con sus coqueteos algunas de las escenas más simpáticas de la película. Tompkins era una actriz que venía esencialmente de la televisión estadounidense, y aquí cumple su función, que tampoco es demasiado compleja. No debe extrañar a tenor de lo expuesto que lo mejor de Abejas asesinas sean sus escenas de amable cháchara entre los protagonistas. Y es que las escenas de acción, los ataques de las abejas, son muy rutinarios y mediocres. Los efectos especiales hechos con transparencias son paupérrimos, especialmente la densa nube de humo negro que simula el enjambre en movimiento por el cielo. Cuando las abejas atacan, se encadenan repetidas veces primeros planos de personas poniendo cara de pánico, en un recurso que hemos visto posteriormente emplear en películas de la Troma. También hay secuencias de histeria de masas con gente corriendo por la calle, pero a alguien se le ha olvidado insertar detrás el matte painting de la amenaza que se supone que les persigue. O se abusan de insertos de colmenas que se reutilizan una y otra vez, sin la más mínima atención al racord. Para redondear la fiesta, a partir de cierto momento se empieza a abusar de interminables insertos de metraje prestado de documentales, algunos de una minuciosidad fuera de lugar (podemos ver a lo largo de un interminable minuto cómo se carga un avión de combustible), y otros simplemente demasiado bizarros (como las escenas de bombardeos y accidentes de aviación utilizados). A todo esto, la dirección de Zacarías es plana, sin ningún momento de brillo, la banda sonora resulta desagradable y el ritmo de la narración destaca en su penosa ausencia.

Pero lo peor de Abejas asesinas es su guion, incapaz de elegir un tema y apostar por él. ¿Son abejas africanizadas? ¿Son abejas mutadas ultra-inteligentes? ¿Son un experimento tras el cual están grandes corporaciones? ¿Están estas corporaciones a favor, o en contra? ¿Cómo se introducen las abejas en Estados Unidos? ¿Las trae el personaje de  Tompkins, el personaje de Julio Cesar Imbert, se le escapan a Carradine, ocurre todo…? La historia salta de forma inconexa de una cosa a otra, las escenas se suceden y no siempre tienen impacto o siquiera correlación con las siguientes. Desconozco si es que el guion nunca tuvo orden, si fue reescrito sobre la marcha o si, simplemente, a la hora de montar la película no tenían rodado todo lo necesario para darle coherencia. Lo que sí sé es que la historia se sigue con tanta dificultad que terminas por tirar la toalla y te deja de importar qué ocurre o por qué.

En medio de este panorama, y aparte de las ya antedichas entrañables interactuaciones entre Saxon, Carradine y Tompkins, hay una única escena que destaca en Abejas asesinas, y que precisamente tampoco tiene demasiada conexión con nada de lo demás: es su prólogo, ambientado en una granja apícola en Brasil, en el que nada menos que Claudio Brook, el mítico actor buñueliano, interpreta a un sosias del auténtico doctor Kerr de la vida real, aquí llamado Dr. Miller. La escena de ese niño que muere a causa de las abejas tras haber tratado de robar miel con su padre, la consiguiente presentación de los personajes de Brook y Tompkins (sí, ella es la mujer del Dr.Miller, que tras la muerte de éste se va a los Estados Unidos porque allí vive su tío, el personaje de Carradine; pero lo cierto es que opor lo que vemos en este prólogo y su posterior desarrollo parecen dos personajes completamente diferentes), la revuelta de los campesinos, y el escape de las abejas por su imprudencia con la inminente masacre, parecía presagiar que íbamos a ver otro tipo de película. Quizás una película de terror del montón, pero desde luego mejor que la que veremos.

Abejas asesinas es un desastre, que con todo, o precisamente por serlo, tal vez pueda ofrecer alguna diversión involuntaria, recibida en el estado de humor oportuno, y tomada dentro de esa gama de películas en las que, dentro de lo malas que son, se puede disfrutar de su impredecibilidad. Al fin y al cabo, esta clase de cine que parece hecho en medio de un extraño frenesí de lo random siempre tienen un raro regusto marginalmente surrealista.

Javier Ludeña


[1] La abeja africana se distingue en su comportamiento de la europea o común en que responde más rápidamente cuando se siente amenazada, es capaz de perseguir a su agresor aunque éste huya, y tiende a atacar formando grupos o escuadrones en lugar de individualmente. Eso la convierte en un insecto al que no es aconsejable molestar, ya que es habitual que en lugar de llevarte una única picadura, acabes teniendo un problema más serio.

[2] Y aunque la coyuntura de la industria del cine ha cambiado, y pese a la pandemia del coronavirus, también se están haciendo películas sobre estas avispas, como Angry Asian Muders Horners (2020), de Dustin Ferguson.

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