The Shadow of the Cat

 

Sinopsis: El gato de una anciana es testigo del asesinato de esta a manos del mayordomo, quien actúa en connivencia con el esposo de la mujer con el objetivo de repartirse su sustanciosa herencia. Desde ese momento, el minino pasa a convertirse en una auténtica pesadilla para los implicados en el crimen.

 


Título original: The Shadow of the Cat
Año: 1961 (Reino Unido)
Director: John Gilling
Productor: Jon Penington
Guionistas: George Baxt, John Gilling [sin acreditar]
Fotografía: Arthur Grant
Música: Mikis Theodorakis
Intérpretes: André Morell (Walter Venable), Barbara Shelley (Beth), William Lucas (Jacob), Freda Jackson (Clara, la ama de llaves), Conrad Phillips, Richard Warner (Edgar), Vanda Godsell (Louise), Alan Wheatley (inspector Rowles), Andrew Crawford (Andrew, el mayordomo), Kynaston Reeves (abuelo), Catherine Lacey (Ella)…

Pocos autores literarios han tenido tanto protagonismo en el devenir del cine de terror como Edgar Allan Poe. Por más que otros colegas del prestigio de Mary Shelley o Bram Stoker han tenido una relevancia análoga, al contrario que ellos la influencia ejercida por el genio de Boston no se ha limitado, básicamente, a uno solo de sus títulos, sino que se ha ampliado a buena parte de su bibliografía, manteniéndose además en el tiempo, como demuestra el que desde los inicios del cine silente hasta nuestros días su obra haya sido objeto de constantes traslaciones al medio. Tanto es así que rara es la década en la que alguna de estas adaptaciones no ha acabado derivando en un film de referencia dentro del género. No obstante, si hay una época en la que la producción de versiones cinematográficas del escritor vivió su particular edad de oro, tanto desde el punto de vista cuantitativo como del cualitativo, esta se encuentra en el periodo comprendido entre finales de los cincuenta y sesenta. Desde el icónico ciclo de Roger Corman hasta Historias extraordinarias (Histoires extraordinaires/Tre passi nel delirio, 1968), film coral de episodios dirigido por algunos de los auteurs europeos más populares del momento, durante este lapso temporal las películas basadas en los textos de Poe se extendieron a lo largo y ancho del planeta, dando lugar a exponentes de toda condición y pelaje.

Una de las contribuciones británica al fenómeno sería The Shadow of the Cat (1961), la cual se erige en quizás el título de terror más desconocido de cuantos orquestó la Hammer en sus años de mayor apogeo. Dicho desconocimiento está en buena parte motivado por las peculiares circunstancias del proyecto. En realidad, a nivel oficial se trata de una producción de la desconocida BHP Productions, tal y como se refleja en los títulos de crédito, donde el nombre de la Hammer no aparece por ningún lado. Sin embargo, la participación activa de la Casa del Martillo en la realización del film parece fuera de toda duda. No solo porque el rodaje tuviera lugar en los míticos estudios Bray, base de operaciones de la firma, siendo la fachada de la mansión señorial en la que transcurre la historia la misma vista en otras cintas de la casa, como pueden ser The Plague of the Zombies [tv/vd/dvd/bd: La plaga de los zombies, 1966] o La maldición del hombre lobo (The Curse of the Werewolf, 1961), con la que, significativamente, The Shadow of the Cat fue estrenada formando programa doble; sino, sobre todo, por la nutrida concurrencia de nombres asociados a la mítica productora que desempeñan puestos destacados, comenzando por la presencia de Barbara Shelley y André Morell al frente del reparto, y siguiendo por la identidad de su director y guionista, John Gilling y George Baxt, respectivamente[1].

Algo parecido ocurre también con respecto a la relación que la película guarda con la literatura de Poe. A pesar de que en los genéricos no hay alusión alguna al autor de “El escarabajo de oro”, su inspiración es evidente. Para que no quede ninguna duda, el arranque de la escena pre-créditos es un reconocimiento explícito en este sentido. Ambientada en una noche de tormenta, la secuencia nos presenta a una anciana que se encuentra en una habitación solitaria leyendo varias estrofas de “El cuervo” en voz alta. Claro que tan magistral poema no es el espejo en el que se mira el guion pergeñado por Baxt. Por el contrario, como se puede deducir a juzgar por el título del film, este se encuentra en otra de las obras mayores del escritor estadounidense, el no menos popular relato “El gato negro”[2]. Así, apenas unos instantes después de lo narrado, un individuo irrumpe en la estancia y, sin mediar palabra, comienza a golpear a la mujer en la cabeza con una especie de porra hasta dejarla sin vida, siendo la escena presenciada por Tabitha, el gato que tenía como mascota la difunta, el cual a partir de ese momento se convertirá en la pesadilla de los habitantes de la casa implicadas en el asesinato.

Las motivaciones del crimen serán hacerse con la sustanciosa herencia de la fallecida, fusionando así “El gato negro” con ciertos motivos propios de los denominados “Old Dark House Mysteries”, subgénero que vivió su época de esplendor durante las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, gracias a títulos como El legado tenebroso (The Cat and the Canary, 1927) o El caserón de las sombras (The Old Dark House, 1932). La diferencia estriba en que, al contrario de lo que es condición sine qua non en este tipo de cintas, cimentadas sobre el esquema del whodunit, aquí la identidad de los homicidas es conocida en todo momento. Ello se debe al propio planteamiento que maneja la película. Y es que el terror que infunde la sola presencia del minino entre aquellos que forman parte del complot para hacerse con la herencia en litigio no parece ser tanto de los posibles ataques físicos que el animal pueda cometer a modo de represalia, como por cuanto su visión les viene a recordar el alcance de sus actos, simbolizando de algún modo su sentimiento de culpa, tal y como ocurre en el original literario en que se basa. Una posibilidad que es sugerida al menos en varias ocasiones. Una de ella se encuentra en la conversación que Beth, la sobrina de la fallecida, mantiene en el establo con el periodista que se erige en su interés amoroso la noche de su llegada a la mansión. Al repetir el comentario que la ama de llaves le había hecho sobre “los ojos acusadores de la gata”, el hombre le responderá: “Si piensan que una gata les mira con ojos acusadores puede que sea el reflejo de su propia mala conciencia”.

Según parece, en la versión original del guion de Brext el felino solo existía en la mente de los conspiradores, pero cuando Gilling se hizo cargo del proyecto decidió que fuera visible[3], eliminando cualquier viso de duda sobre su existencia, al extremo de incluir planos subjetivos de la visión de Tabitha, en los que la imagen se estira y deforma[4]. Con tal fin, el propio Gilling reescribió el libreto de forma no acreditada, si bien manteniendo cierta ambigüedad sobre el verdadero alcance de las acciones del gato. A los diálogos ya mencionados en el anterior párrafo hay que sumarle el que la teórica venganza del minino contra los asesinos de su dueña no sea ejecutada por este en primera persona (es un decir…), sino que la labor del micifuz se limita a propiciar que estos van cayendo uno tras otro por su propia culpa, en el doble sentido de la palabra. Por ejemplo, el mayordomo se ahogará en un pantano mientras le persigue, el patriarca morirá de un ataque al corazón al verlo irrumpir en su habitación o el sobrino que ha sido llamado para atraparle caerá desde la fachada de la mansión cuando intenta darle caza. La única muerte que no sigue estas coordenadas, al menos a primera vista, es el de la ama de llaves, quien cae rodando por las escaleras tras que Tabitha se la abalance desde lo alto de un mueble, si no fuera porque cuando el cuerpo de la mujer aterriza en el suelo no hay rastro alguno del supuesto agresor.

Sea como fuere, no cabe duda de que, con la eliminación del enfoque más puramente psicológico del original, la película pierde gran parte de su potencial, aunque gana a cambio en eficacia y simpatía gracias al tratamiento al que la somete la realización de Gilling. Quizás consciente de que basar la narración en el temor que un gato doméstico despierta en seres humanos hechos y derechos podía caer fácilmente en el ridículo, el director de La Cruz del Diablo (1975) la viste con una fina capa de humor negro típicamente británico que, por momentos, parece recordar a la Ealing. Algo que se hace especialmente patente en la tipología un tanto caricaturesca con la que está dibujada la fauna de arribistas que pueblan la mansión, con la excepción hecha por motivos obvios del personaje encarnado por Barbara Shelley, que en su papel de desvalida heredera originaria es la encargada de aportar cordura y sobriedad, si bien la actriz incorpora en diferentes momentos unas pinceladas de ironía que enriquecen su rol.

Con lo apuntado en el anterior párrafo no quiere decirse que Gilling desatienda la vertiente terrorífica de la propuesta, ni mucho menos. Por el contrario, en todo momento demuestra un encomiable sentido de la intriga, acertando a la hora de otorgar al conjunto de la atmósfera gótica que un relato de estas características precisa, bien apoyado por la magnífica fotografía en blanco y negro de Arthur Grant y la no menos destacable partitura compuesta por Mikis Theodorakis. Aún es más, en contraste con el soterrado tono cómico que puntea la cinta, el cineasta da cabida en su puesta en escena a varios instantes de gran brutalidad, singularizados por el asesinato inicial ya descrito, cuyo nivel de violencia, a decir de varias fuentes, motivó que el órgano censor británico tomara cartas en el asunto, obligando a los responsables de la película a recortar la escena bajo amenaza de prohibirla.

José Luis Salvador Estébenez


[1] A decir de algunas teorías, el que la Hammer no apareciera oficialmente como productora de The Shadow of the Cat se debió al acuerdo que por aquellos momentos tenía suscrito con la Columbia, el cual solo le permitía hacer una película al año con otra distribuidora distinta, cupo que había ya cumplido con la mencionada La maldición del hombre lobo.

[2] No deja de ser curioso que en esta ocasión se omitiera la inspiración de “El gato negro”, en vista de las muchas adaptaciones apócrifas que han usado el relato de Poe como mero gancho comercial, cuando en realidad su relación era bastante escasa, como puede ser el caso de Satanás (The Black Cat, 1934), Vicios prohibidos (Il tuo vizio è una stanza chiusa e solo ion e ho la chiave, 1972) o Il gatto nero (1989), por solo citar unos cuantos.

[3] Lo que provocaría multitud de inconvenientes durante la filmación debido a la dificultad que se encontró el equipo para lograr que los gatos empleados atendieran a sus órdenes y que les llevó a emplear métodos que entran directamente en la categoría de maltrato.

[4] Curiosamente, este recurso también sería empleado tan solo un año después en otra adaptación de “El gato negro”; más en concreto, en el segundo segmento de la magnífica Historias de terror (Tales of Terror, 1962) de Roger Corman.

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