Martin [tv/vd/dvd/bd: Martin; vd: El regreso de los vampiros vivientes]

 

Sinopsis: Martin es un joven retraído que va a vivir a casa de su tío abuelo Cuda en la pequeña población de Braddock, en Pensilvania, donde también reside su prima. En un ambiente decadente y opresivo da rienda suelta a sus fantasías más oscuras y retorcidas que le llevan a violar, asesinar y beber sangre de sus víctimas

 


Título original: Martin
Año: 1976 (Estados Unidos)
Director: George A. Romero
Productor: Richard P. Rubinstein
Guionista: George A. Romero
Fotografía: Michael Gornick
Música: Donald Rubinstein
Intérpretes: John Amplas (Martin Mathias), Lincoln Maazel (Tateh Cuda), Christine Forrest (Christina), Elyane Nadeau (Abbie Santini), Sara Venable (Ama de casa), Francine Middleton (víctima del tren), Roger Caine (Lewis), George A. Romero (padre Howard), Tom Savini (Arthur)…

Si bien es destacable que en los años setenta se produce una renovación en el cine de vampiros, resulta evidente que la mayoría de las propuestas se conformaron con una actualización contextual sin variar las esencias del mito. La lectura racial, la apertura sexual o la búsqueda de emociones humanas en el chupasangre convivieron con alguna que otra obra más intimista que buscaba ofrecer una lectura alegórica no siempre conseguida. Alguna película pretendió incluso otorgarle una lectura política con resultados tan discutibles como dudosamente convincentes, aunque llamaron la atención entre determinados sectores de la crítica cuando se estrenaron[i]. La adicción y la enfermedad vinculadas a los hijos de la noche empezaron a ser introducidas aunque habría que esperar algunos años para encontrar títulos relevantes en la materia. El reviniente se mueve en la resbaladiza dicotomía entre lo antiguo y lo moderno, envilecido por no encontrar su sitio en la sociedad del momento. Eso provoca que en diversas filmografías como la mexicana o la nuestra el vampiro sea en esa década una figura tan vetusta y anacrónica como delirante, incapaz de reconocer que su fecha de caducidad había pasado ya. Quizás habrá quien lo vea como un acto de rebeldía, pero el resultado estuvo más cerca de la estética kitch y camp, lo cual generó con el tiempo las evidentes notas de diversión a la hora de revalorizar muchas de estas obras.

No obstante, hubo algunos intentos de transgredir el vampirismo con rotundidad sin caer en banales lecturas pretenciosas. Precisamente vinieron de cineastas inquietos que lograron aunar sus intereses personales con la reinterpretación de la temática. Uno de ellos fue David Cronenberg con Rabia (Rabid, 1977), donde se acercaba a las opciones más extremas: una intervención de cirugía estética provocaba en una paciente la aparición de un apéndice en una de sus axilas y una incontrolable sed de sangre, provocando en sus víctimas una furia homicida y desestabilizando al propio sistema. El otro no menos radical y contundente fue George A. Romero en Martin [tv/vd/dvd/bd: Martin; vd: El regreso de los vampiros vivientes, 1977],en la que atacó directamente la esencia del mito para aportar una lectura singular que reflexiona sobre la alienación del individuo en un entorno opresivo y desencantado, donde beber sangre supone un acto de redención personal que ayuda a sobrellevar la monótona fatiga vital.

Este último título surgió en un momento de cierta inestabilidad económica para su autor[ii]. El fracaso comercial de la muy estimable The Crazies [vd: Los Crazies, 1973] llevó al cineasta a una complicada situación monetaria que le obligó a aceptar diversos trabajos alimenticios para salir adelante mientras planeaba un nuevo regreso al mundo de los muertos vivientes. Fue durante este periodo de elaboración cuando surgió la oportunidad de dirigir un nuevo film de bajo presupuesto (unos cien mil dólares provenientes de un grupo de inversores), para el cual escribió un guion donde planteaba como sería la existencia de un vampiro humano en un entorno real reconocible y sin complementos sobrenaturales. Rodada en 16 mm durante el verano de 1976 en condiciones envidiables con un pequeño equipo técnico y un gran ambiente que se trasluce en el resultado final[iii], Romero pudo exponer y clarificar todos los elementos afines que se propuso e, incluso, modificar las intenciones iniciales a medida que fue desarrollando el proyecto[iv]. El excelente casting fue un factor determinante para que la película tuviera la efectividad necesaria a parte del entorno elegido para su rodaje, el cual ejerce como un personaje más a la hora de configurar la propia iconografía del film.

Un cineasta inconformista como Romero no podía ofrecer una visión complaciente y clásica del vampirismo. Su acercamiento no evita mostrar la situación político social de la época, pero sin tener que recalcarlo como había hecho con anterioridad. De alguna manera, las consecuencias de la crisis que vivía su país aparecen de manera natural y nada impostada en detalles sumamente sugerente. El sueño americano se ha desmoronado gangrenando una sociedad incapaz de comprender lo que ha pasado mientras continua con su rutina diaria para mantener la maquinaria en funcionamiento. El personaje de Cuda muestra la parte de la sociedad reaccionaria asentada en el nuevo continente pero proveniente de una Europa, aquejada de una locura fanático-religiosa imbuida en oscuras tradiciones del pasado. Su mera presencia  envenena el ambiente de su hogar y a su propia familia, a la que somete a un abuso tiránico (personificado en su propia sobrina, encarnada por Christine Forrest). Una visión individualista de su microcosmos incapaz de detectar los problemas reales que hay a su alrededor. Considera a Martin un nosferatu, manteniendo turbias creencias que esconden y ocultan viejas rencillas familiares donde supura un odio ancestral inexplicable. La religión es mostrada con ironía y sarcasmo fuera de lugar e incapaz de solventar la situación crítica del problema: el edificio que acoge las celebraciones eclesiásticas ha sufrido un incendio que le ha dejado en la ruina[v] y el sacerdote (interpretado por el propio Romero) se preocupa más de saciar sus irrelevantes necesidades físicas que de satisfacer las carencias espirituales de su comunidad. Incluso el cineasta aprovecha este elemento para ahondar en la crítica al propio medio cinematográfico con el episodio del exorcista, donde el cineasta ridiculiza sin piedad el dogmatismo del exitoso film de William Friedkin.

Frente a ese panorama gris surge una figura inquietante y extraña como Martin (un magnífico e inolvidable John Amplas). Su carácter tímido y apocado esconde una personalidad oscura y visceral: un asesino en serie que fantasea con ser un vampiro de ochenta y cuatro años. Su carácter adormecido despierta de forma vitalista cuando actúa como criatura nocturna. Su evidente incapacidad de relacionarse, la insatisfacción sexual y su mórbida timidez cambian completamente cuando ataca a sus víctimas ya sea en vagones de tren, en sus propias casas e, incluso, en la propia calle. Sus colmillos son jeringas con las que adormece a sus víctimas, a las que somete sexualmente mientras se encuentran inconscientes, para posteriormente abrirlas las venas con una cuchilla de afeitar para beber la sangre en un rito donde afloran sus más perversas fantasías. Resultan impactantes los planos en los que Martin es mostrado vestido completamente de negro con una jeringuilla entre los dientes y moviéndose con inusitada agilidad.

La forma de actuar es metódica y perfectamente estudiada: limpia sus huellas, se asea una vez realizado el acto y elimina las pruebas que le puedan delatar. Sus visiones introducidas en blanco y negro como protagonista de una ficción gótica delatan su enfermedad mental y  algún detalle de su misterioso pasado. Sus actos criminales no son muy lejanos a los que podrían realizar en esos años los tristemente célebres Ted Bundy, David Berkowitz o Henry Lee Lucas, ocultos para la sociedad hasta que fueron detenidos, encerrados y juzgados. De manera similar, Martin busca, merodea y acosa a futuras víctimas, algunas por evidente atracción y otras por repulsión ante los comentarios despectivos que hacen contra él. En esa conducta surge su condición real que le saca del lánguido estado vital. De hecho, podemos establecer un vínculo con determinados serial killers apodados por la cultura popular como vampiros como Peter Kürten (el vampiro de Düsseldorf), Karl “Fritz” Haarmann (el vampiro de Hannover), Zdzislaw Marchwicki (el vampiro de Silesia) y, más concretamente, Richard Chase (el vampiro de Sacramento), este último con curiosos paralelismos con el protagonista del film de Romero[vi].

La personalidad real de Martin busca encontrar comprensión e intenta sacarla a la luz en sus confesiones reales a un programa radiofónico que actúa como improvisado psicólogo. En ellas desnuda sus emociones más íntimas y sinceras, encontrando sin embargo el muro de la incomprensión. Su desequilibrio y su aislamiento no hallan respuesta satisfactoria, incluso cuando establece una relación con una mujer desencantada condenada a un matrimonio gris y vacío cuyo adulterio no podrá evitar el suicidio, cortándose las venas en la bañera con una cuchilla similar a la que utiliza Martin en sus ataques. Este inútil óbito provocará el abrupto final de nuestro protagonista, empalado por un enloquecido Cuda incapaz de entender y mucho menos aceptar a su peculiar sobrino.  

En Martin George A. Romero ofrece un retrato poco complaciente de la sociedad y de la propia soledad del individuo ajeno a las costumbres impuestas por ella. A diferencia de otros cineastas, el realizador de Pittsburg logra trascender el discurso sobre las restricciones del cine de género logrando una obra tan interesante, provocativa y especial que prolonga su acerada visión de un país poblado de muertos vivientes, vivos que desean estar muertos y el resto de seres que pululan por la geografía urbana inconscientes de su devenir inmediato. Un año después lo pudo corroborar con mayor impacto comercial en otra obra excelente: Zombi (Dawn of the Dead, 1978).

Fernando Rodríguez Tapia


[i] Jonathan, los vampiros nunca mueren (Jonathan, Hans W. Geissendörfer, 1970)

[ii] Lardin, Rubén. Las diez caras del miedo. Colección Serie B. Midons Editorial. Págs. 196-199.

[iii] Richard Rubinstein en tareas de producción y en un pequeño rol, Michael Gornick en la fotografía y Tom Savini a cargo de los efectos especiales e interpretando al novio de Christine.

[iv] El personaje de Martin estaba pensado para una persona mucho más mayor y la intención inicial era rodar la película en blanco y negro.

[v] Se encontró una iglesia de esas características y se aprovechó para rodar en ella. La casa de Cuda pertenecía a otro miembro del rodaje: Tony Buba.

[vi] Este terrible asesino fue el inspirador de la interesante Desbocado (Rampage, William Friedkin, 1987).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s