Tenebre

 

Sinopsis: Peter Neal es un exitoso escritor norteamericano de novelas de misterio que viaja a Roma para promocionar “Tenebre”, su último best seller. Al llegar a su hotel el detective Germani le espera para interrogarle, ya que un psicópata ha comenzado a matar a mujeres imitando los asesinatos de dicha obra. Cuando el asesino se pone en contacto con Peter, primero con una nota y luego por teléfono, éste intentará desenmascararlo con la ayuda de Anne, su secretaria, y Gianni, un ayudante. Mientras tanto el número de cadáveres va en aumento.

 


Título original: Tenebre
Año: 1982 (Italia)
Director: Dario Argento
Productores: Claudio Argento, Salvatore Argento
Guionista: Dario Argento
Fotografía: Luciano Tovoli
Música: Simonetti-Morante-Pignatelli
Intérpretes: Anthony Franciosa (Peter Neal), John Saxon (Bullmer), Daria Nicolodi (Anne), Giuliano Gemma (detective Germani), Christian Borromeo (Gianni), Mirella D’Angelo (Tilde), Veronica Lario (Jane), Ania Pieroni (Elsa), Eva Robins (chica en la playa), Carola Stagnaro (detective Altieri), John Steiner (Christiano Berti), Lara Wendel (Maria Alboretto), Isabella Amadeo (secretaria de Bullmer), Mirella Banti (Marion)…

 “Hemos eliminado lo imposible. Lo que queda, aunque improbable, debe ser la verdad.”

El detective Germani parafraseando una cita de Arthur Conan Doyle

Alerta: El siguiente texto contiene información que desvela el final de la trama, así como de El pájaro de las plumas de cristal, (L’ucello dalle piume di cristallo, Dario Argento, 1970). Se recomienda no leerlo si no se han visto las películas.

Tras el paréntesis dedicado al terror sobrenatural que habían supuesto Suspiria (Suspiria, 1977) e Inferno (Inferno, 1980), y tal vez impulsado por los malos resultados económicos de esta última a los que Argento no estaba acostumbrado (y que fueron principalmente consecuencia de problemas de distribución), el regreso del director romano al género que le brindó fama mundial, el giallo o thriller a la italiana, tenía que ser por la puerta grande. Sin embargo, los tiempos habían cambiado: la fiebre por el género hacía años que había pasado y el slasher pegaba ahora fuerte, gracias al éxito del film independiente norteamericano La noche de Halloween (Halloween, 1978)[1] y sus numerosas imitaciones. Por tanto, Tenebre fue concebida como una obra capital de tan codificado género, que exacerba sus características, las convierte en parte de la trama y hace que sus personajes sean conscientes de ellas, lo que facilita la reflexión sobre dichas características. Un súper giallo, exagerado, irónico y metalingüístico que fue considerado desde su concepción como el canto de cisne de este tipo de cine. Ya desde sus créditos iniciales Argento deja claras sus intenciones, con la novela “Tenebre” arrojada al fuego de una chimenea. Y aunque ha habido otros títulos posteriores que se amoldan a la definición de giallo, son productos fuera de contexto, como en realidad ya lo era la propia película que nos ocupa.

Aprovechando que el protagonista escribe novelas de misterio se hacen constantes alusiones extrapolables a Argento. Se habla de si elige los temas por convicción o pensando en su comercialidad, sobre la dificultad de resolver la identidad del asesino, la verosimilitud de la trama, el conservadurismo y la misoginia de la que siempre han sido acusadas este tipo de películas[2]. Los críticos y periodistas tienen gran importancia en la trama (“Les gustan tus libros, pero envidian tu éxito”, le comenta su agente a Peter, el protagonista). De hecho es un mojigato crítico, presumiblemente mediocre y sin imaginación, el asesino que imita los crímenes de la novela (“esa gente quiere tus pelotas porque ellos no las tienen”, le dice a continuación).

Y es que no faltan razones para ver Tenebre como el final de un ciclo, ya que, como hemos visto, es una película plenamente autoconsciente y referencial, que se divierte con los tópicos del género y pretende llevarlos un paso más allá, a un punto de no retorno. Cierto es que son películas que siempre proponen un diálogo con la audiencia requiriendo su complicidad, pero aquí la fórmula está llevada al extremo, hasta el punto de que los personajes en ocasiones parecen a punto de romper la cuarta pared y dirigirse directamente al espectador. El flujo de información es constante y no da respiro; no solo la sucesión de acontecimientos, sino también cada línea de diálogo, movimiento de cámara, mirada de un personaje o subrayado musical puede suponer un elemento clave en la resolución del enigma o ser simplemente una pista falsa.

De acuerdo con su condición de reflexión sobre el género, Tenebre está concebida como si de un grandes éxitos se tratara; una recopilación de los elementos y hallazgos empleados por Argento en sus anteriores giallos. La navaja de afeitar como arma principal; las escenas de fetichismo del asesino coleccionando fotos de sus víctimas; los planos detalle de las manos enguantadas, interpretadas por Argento como una firma personal, al estilo del célebre cameo que Hitchcock realizaba en sus películas; las llamadas con la voz susurrante; el cristal roto por la presión de la cara de una víctima, como en Rojo oscuro (Profondo rosso, Dario Argento, 1975); el primerísimo primer plano del ojo del asesino, que remite a El gato de las nueve colas, (Il gatto a nove code, Dario Argento, 1971); el homicidio del parque recrea una escena muy similar de Cuatro moscas sobre terciopelo gris (Quattro mosche di velluto grigio, Dario Argento, 1971); y un largo etcétera. El propio argumento puede resultar trillado, pero ello se debe a que es un esquema que revela la esencia de cualquiera de sus giallos: un artista se ve envuelto en la investigación para desenmascarar a un asesino de sádicos métodos, lo que le arrastrará a un mundo de depravación y locura.

La intervención de John Saxon en el film no es fortuita. Es el protagonista masculino de La muchacha que sabía demasiado (La ragazza che sapeva troppo, Mario Bava, 1963), inauguración oficial del giallo cinematográfico en el que una norteamericana aficionada a las novelas de misterio viaja a Roma para pasar unos días de vacaciones que se convierten en una asfixiante pesadilla tras presenciar un crimen, algo, por otra parte, muy parecido a lo que le ocurría al protagonista de El pájaro de las plumas de cristal. Las similitudes con Tenebre son evidentes, e incluso hay una referencia explícita en una línea de diálogo: “No quiero convertir su estancia en Roma en una pesadilla, pero vamos a necesitar su ayuda”, le dice el detective Germani a un Peter recién aterrizado en la capital italiana. Saxon aporta aquí su habitual carisma en un personaje que, como otros, no es lo que aparenta, y cuyo destino es de probable asesino o inevitable víctima.

Como en anteriores thrillers de Argento el arte está presente a lo largo de toda la película, no solo como la profesión del protagonista, sino por la presencia de pinturas, esculturas, arquitectura, etc. También hay un trauma de connotaciones freudianas, cuya representación en flashbacks viene acompañada de una música infantil, de igual modo que en Rojo oscuro. La acción se desarrollada en una Roma ultramoderna que supone un entorno irreal que sigue sus propias leyes. De hecho, en ocasiones Argento ha declarado que pretendió transmitir la sensación de que acontece en el futuro, casi como si se tratara de una película de ciencia ficción. Llama la atención que, a pesar de su nombre, en la película hay mucha luz, incluso en las escenas nocturnas, ya que las tinieblas del título se refieren a las de la psique de los personajes.

La elaborada planificación es de una importancia absoluta y, como elemento narrativo que Argento utiliza con descaro para proponer su juego, en ocasiones sirve para mentir. Momentos destacables a este respecto pueden ser los planos subjetivos de acecho del asesino[3], tan utilizados en el género, que pasan a convertirse en objetivos, evidenciando su artificio; un zoom que nos indica la importancia que tiene una maleta; o cuando en el jardín de la casa en la que se acaba de cometer un asesinato, y tras salir los protagonistas de cuadro por la derecha, la cámara realiza un paneo hacia la izquierda, dando a entender que el asesino está detrás de ellos, lo que resulta ser falso. Incluso hay un brillante plano secuencia en el que la puesta en escena cobra el protagonismo absoluto. Me refiero al célebre recorrido que nos lleva desde una ventana en la que el asesino observa a su víctima, a otra por la que se cuela en la vivienda. Argento se abandona al disfrute del complicadísimo movimiento de la cámara recorriendo la fachada del espectacular edificio de estilo internacional, acompañado por la atronadora música compuesta por los miembros originales de Goblin, que, a pesar de que para entonces la formación había cambiado, volvieron a reunirse en el estudio por requerimiento del director, logrando otra de sus memorables partituras para el romano.

Argento emplea la música (y su ausencia) de forma conscientemente artificiosa y áspera, evidenciándola para jugar así con las expectativas del espectador. Normalmente el sonido de sintetizador de la banda sonora irrumpe abruptamente, aumentando la tensión, para preceder a un acto de violencia, aunque no siempre es así. Incluso hay un momento es el que el tema principal de la banda sonora pasa de parecer extradiegético a revelarse como dietético, cuando un personaje lo interrumpe de golpe al quitar un disco que no sabíamos que estaba sonando. Aunque un poco más tarde, cuando el asesino ataca, vuelve a sonar sin explicación. El director más que nunca se divierte con el lenguaje cinematográfico, utilizando todos los elementos a su disposición.

Un buen ejemplo de las intenciones de Argento con este film sería cómo repite descaradamente el celebrado punto de partida de su debut para luego darle un nuevo giro, lo que en nuestro idioma llamamos rizar el rizo. Así, como le ocurría al protagonista de El pájaro de las plumas de cristal, Gianni, tras ser testigo de un asesinato, intenta reconstruirlo en su memoria, ya que presiente que debido al shock hay algún detalle que se le escapa. Cuando por fin consigue recordar, se da cuenta de exactamente lo mismo que el periodista del debut de Argento: que la víctima era en realidad el asesino (en este caso, hasta ese momento), ya que al ver a su agresor confiesa sus crímenes. Esta vez, sin embargo, la resolución no es tan sencilla, ya que, en realidad, hay dos homicidas. Forzando la suspensión de incredulidad del espectador, Peter aprovecha los asesinatos y el acoso del psicópata para ejecutar una venganza. Así el criminal es asesinado por el creador, lo que se podría interpretar como un ajuste de cuentas de Argento contra los críticos, pero también contra sus muchos imitadores. Otra metáfora destacable es la navaja de afeitar falsa utilizada por el protagonista en los minutos finales, que evidencia un truco muy usado en el giallo para engañar al espectador, y es que todo en el cine es artificio y engaño, un juego al que la audiencia se presta cómplice del cineasta. Amén de servir también para ofrecer una última “resurrección” del asesino y un susto extra, recursos ya vistos previamente en otros giallos, pero que en 1982 resultaban ineludibles por su empleo prácticamente en todos los slashers.

El humor que suele aflorar en los primeros thrillers de Argento también aparece aquí, como ya hemos visto, aunque muy tímidamente y bastante más soterrado que en anteriores ocasiones. Un ejemplo puede ser cuando se oye en un noticiario televisivo que, aludiendo a la carta anónima en el que el asesino amenaza con matar a “el gran corruptor”, el reportero dice: “es de suponer que este calificativo puede dar lugar a que algunos hombres de negocios y políticos se ausenten de la ciudad sin pérdida de tiempo”.

Para el espectador dispuesto a dejarse llevar por la propuesta, Tenebre resulta un film fascinante, un Argento en plena forma que no da respiro, obligándole a no perder ni un detalle, ya que el flujo de información es continuo, manipulando hábil y constantemente su atención. El tipo de película que busca provocar constantemente diversas sensaciones, por lo que cuando es vista por primera vez puede que el argumento no haya quedado muy claro. Tiene un nivel técnico notable, estilo, y, como buen thriller terrorífico, da lo que promete, con generosas dosis de misterio, tensión, hemoglobina[4] y algún susto antológico; el último, cuando el detective Germani se agacha, merecería ser tan famoso como el de Carrie (Carrie, Brian de Palma, 1976) o el de Viernes 13 (Friday the 13th, Sean S. Cunningham, 1980). Algunos de los excelentes asesinatos quedan en la memoria del espectador, como el del periodista Christiano Berti y, especialmente, el de Jane, con un géiser de sangre que tiñe el blanco predominante. Todo ello hace de Tenebre una de las mejores películas de su director e, incluso, de su género.

Nacho Carrero


[1] Film, según el propio Carpenter, inspirado por el cine de Argento.

[2] Incluso la cinta se permite bromear con el tema: “Seguro que un inspector hombre correría con más rapidez”, le espeta sin reparo el detective Germani a su ayudante cuando se les escapa el criminal.

[3] Haciendo un temprano uso del del steadicam, influencia probablemente de los resultados obtenidos por su empleo en El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick 1980).

[4] Aunque hoy pueda no parecer para tanto, en su día Tenebre fue recortada para su distribución en muchos países, como Estados Unidos, Alemania o Reino Unido, por resultar demasiado explícita.

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