Death House [vd/dvd: La casa de la muerte]

 

Sinopsis: Derek, un veterano del Vietnam, es injustamente acusado del asesinato de la mujer de su jefe, un capo mafioso. Condenado a muerte, ingresa en el corredor de la muerte a la espera de ser ejecutado. Sin embargo, su entrada en prisión coincide con la experimentación en secreto con los reclusos del centro por parte de la CIA de un nuevo virus llamado HV8-B.

 


Título original: Death House
Año: 1988 (Estados Unidos)
Director: John Saxon
Productores: Nick Marino, Nancy Paloian
Guionistas: William Selby, David S. Freeman, Devorah Cutler [acreditada como Kate Wittcomb], Devin Frazer [sin acreditar]
Fotografía: Chuck Cirino
Música: Jorge Granda
Intérpretes: Dennis Cole (Derek Keillor), Anthony Franciosa (Vic Moretti), John Saxon (coronel Gordon Burgess), Tane McClure (Tanya Kerrington), Dino Paskas (Jimmy), Dana Lis Mason (Genelle Davis), Michael Pataki (Franco Moretti), Ron O’Neal (Tom Boyle), Newell Tarrant (Dr. Chaney), Salvatore Richichi (Tony), Rickey Pardon (Hector Morales), Frank Marino (Augie), Bill Brinsfield (John Lazzada), Frank Sarcinello Jr. (Frankie), Scott McKenna (oficial Donaldson)…

Quizás consciente del inicio de su declive profesional, cada vez más circunscrito a roles secundarios en producciones de escaso fuste en las que su participación era no pocas veces utilizada como mero gancho comercial, a mediados de los ochenta John Saxon trató de relanzar su carrera acometiendo otras funciones más allá de su faceta interpretativa. Así, en 1987 escribiría el guion de una precuela no rodada para la franquicia Pesadilla en Elm Street que, protagonizada por el teniente Thompson, su personaje en la saga, narraba los acontecimientos que desembocaron en la ejecución de Freddy Krueger a manos de los padres de Springwood y el consiguiente surgimiento del más famoso hombre del saco de la historia del cine[1].

Un año más tarde, Saxon hacía su primera y única incursión detrás de las cámaras con Death House [vd/dvd: La casa de la muerte, 1988]. A decir de varias fuentes, este inesperado debut como realizador se produjo cuando el director inicialmente previsto abandonó el proyecto en el último momento. Sin embargo, la experiencia no resultó demasiado satisfactoria. También según esas mismas fuentes señalando indeterminadas declaraciones del interesado, las presiones de los productores para que llenara el metraje de sangre y persecuciones automovilísticas impidieron que pudiera plasmar su visión de la película.

Lo cierto es que, a pesar de contar en su reparto con varios ilustres veteranos de la talla de Anthony Franciosa, Ron O’Neal, Michael Pataki o el propio Saxon, y de contar con unos medios que, en apariencia, se antojan bastante más holgados de lo que era habitual en un film de sus características, Death House es un auténtico subproducto. Tanto es así que su construcción argumental no pasa el estadio de mero pastiche resultante de aglutinar diferentes corrientes imperantes en el cine de género de la época tan variopintas como las películas sobre veteranos del Vietnam, las de mafia, las desarrolladas en cárceles y las de zombis, en este caso en su vertiente de infectados.

La mezcla de veteranos de Vietnam e infectados, unidos a la presencia de John Saxon, es muy posible que haga pensar a más de un aficionado en Virus/Apocalypse Domany (1980), coproducción hispano-italiana protagonizada por el norteamericano casi una década antes en la que un grupo de combatientes traumatizados por los horrores del conflicto desarrollan instintos caníbales a su vuelta a los Estados Unidos. Pero nada más lejos de la realidad. Por el contrario, el veterano de Death House a su regreso al ámbito civil lleva una vida más o menos normal; trabaja como chófer para un importante mafioso, al tiempo que mantiene encuentros sexuales con la esposa de este. Todo se torcerá, empero, cuando el capo descubra el idilio y ponga en marcha una estratagema que acabará con la mujer muerta y nuestro hombre en el corredor de la muerte condenado por el asesinato. Sin embargo, su entrada en presidio coincide en el tiempo con el inicio de unos experimentos secretos gubernamentales con los prisioneros de la penitenciaria que les otorga fuerza sobrehumana y una furia homicida.

Sobre el papel, el argumento puede parecer convincente e, incluso, el concepto de un grupo de zombis sembrando el terror en una cárcel atractivo, pero los resultados en pantalla son bien distintos. Parte de la culpa cabe atribuírsela a la potenciación de elementos propios del cine de explotación de la que es objeto el conjunto. Buena muestra de ello es la proliferación de apuntes morbosos y escabrosos, bien sea por las continuadas alusiones a prácticas homosexuales entre los moradores de la prisión, y que comprenden una escena en la que el jefe de los guardias viola a uno de los reclusos, o por la inclusión de diversos desnudos (femeninos) de lo más gratuitos, alguno tan forzado y surrealista como el de la siliconada protagonista, dispuesto en una escena onírica cuya toda función dramática dentro de la historia solo parece responder a la inserción de dicho plano, servido por partida doble, además, para que no quede ninguna duda.

Puede que semejante tratamiento estuviera impuesto por los productores, tal y como supuestamente mantenía Saxon. Incluso dichas exigencias podrían justificar la acumulación de momentos singulares y/o ridículos a lo largo del metraje. Pero lo que en ningún caso exculpan son las graves deficiencias a nivel formal y narrativo que acusa la película. Véase al respecto, como una vez los reos se amotinen a causa de los ataques de los infectados, el desarrollo de la cinta se compone de una sucesión de escenas inconexas a las que su debutante director se muestra incapaz de dotar de sentido de la progresión y tensión narrativa. Por no lograr, ni siquiera logra crear la sensación de amenaza que se espera de la acechante presencia de los agresivos zombis. Uno de los ejemplos que ilustra de forma más meridiana la falta de aptitudes que exhibe el novel cineasta se encuentra en aquella secuencia en la que el grupo de supervivientes tiene que pasar por un angosto pasillo bajo la amenaza de los brazos de los infectados que asoman tras las rejas de una celda por uno de los laterales -en una escena que, dicho sea de paso, calca sin demasiados disimulos uno de los momentos más icónicos de El día de los muertos (Day of the Dead, 1985)-, resuelta de la forma más anodina y carente de emoción que uno pueda imaginarse.

La puesta en escena resulta pues pobre, descuidada y carente de imaginación. No solo eso, sino que da la impresión de que la película tuvo que armarse como buenamente se pudo en la sala de edición, lo que explicaría el porqué de un montaje demasiado atropellado que repite de forma machacona ciertos recursos, como pueden ser los planos de las piernas del jefe de los guardias para visualizar los paseos del personaje por las celdas de la prisión, o la inclusión de diálogos que se superponen a planos de transición. A todo ello hay que añadirle cierta morosidad narrativa derivada de la inclusión de un largo prólogo que informa de los antecedentes del protagonista hasta su entrada en prisión totalmente innecesario y que podría haberse solventado fácilmente con unas líneas de diálogo o un pequeño flashback.

En este contexto, Saxon demuestra sin demasiado esfuerzo ser mejor actor que director con su interpretación del coronel de la CIA que pone en marcha los experimentos que transforman a los presos en zombis. Y eso, a pesar de que en todo momento el personaje en cuestión permanece en segundo plano aislado de la acción principal, tal vez por decisión propia del protagonista de Metralleta “Stein” para poder así centrarse en las labores de realización. Precisamente, el que buena parte de sus intervenciones se produzcan dentro de una camioneta donde sigue el desarrollo de los acontecimientos que se producen en el interior de la confinada prisión a través de un monitor, brinda un inesperado apunte metaficcional por cuanto la situación descrita se asemeja a la de un director de cine controlando el rodaje sentado frente al combo.

No en vano, es en detalles como este donde radican los pocos elementos de interés que se pueden extraer de un film ciertamente olvidable. En el mismo sentido hay que situar, al menos para los aficionados a la música punk, el que el tema que acompaña los títulos de crédito finales sea el “Chemical Warfire” de los míticos Dead Kennedys. Unos genéricos, por cierto, cuyo apartado de agradecimientos está encabezado por los nombres de Fred Olen Ray y David DeCoteau, lo que ratifica el tipo de film ante el que nos encontramos. Nada descabellado, por otra parte, si tenemos en cuenta que el productor de la película, el otrora pornógrafo Nick Marino, venía de financiar un par de trabajos al prolífico director de Alienator.

José Luis Salvador Estébenez


[1] Para los interesados en saber más de este guion recomiendo la lectura del siguiente artículo, en el que se explica su desarrollo argumental de forma bastante detallada: https://bloody-disgusting.com/editorials/3626443/nightmare-elm-street-began-exploring-john-saxons-wild-prequel-phantom-limbs/

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