Los claros motivos del deseo

 

Sinopsis: En Guadalajara, una adolescente llamada Andrea y sus amigas espían a una pareja de jóvenes mientras mantienen un escarceo amoroso. Al día siguiente, las chicas vuelven a encontrarse a los amantes en la piscina. Sus miradas burlonas y recriminatorias molestan a Javi, el novio, quien como venganza ataca a Andrea mientras se está dando un baño, propinándole un pellizco en su parte más íntima. Sin embargo, pese a la vergüenza inicial, contra todo pronóstico Andrea comienza a sentirse atraída por Javi.

 


Título original: Los claros motivos del deseo
Año: 1976 (España)
Director: Miguel Picazo
Productor: José Frade
Guionistas: Manuel López Yubero, Miguel Picazo
Fotografía: Fernando Arribas
Música: José Nieto
Intérpretes: Cristina Ramón (Andrea), Emilio Siegrist (Javi), María Luisa Ponte (tía Nieves), Julia Gutiérrez Caba (Amalia), Juan Carlos Naya (Valentín), Patricia Adriani (Chonina), Yolanda Farr (Luchy), Pilar Bardem (Irene), Clara Suñer (Pura), José Luis Alexandre (Alfonso), Mari Paz Molinero (doña Celsa), Carmen Luján (amiga de Amalia), José Franco (examinador), Alfonso Castizo (revisor), Isabel María Pérez, Mari-Neu Grau, Ana Gasber, Chiro Bermejo, Antonio Velia, Ana Farra, María Elena Flores, José María Resel, Wilfredo Casado, Blanca Vivó, Isabel Gallardo, Mercedes Ariza, Alfredo Calles, Herminia Tejela, Paco Catalá, Sergio Mendizábal, Anna Frigola…

Como no podía ser de otra forma, el cine no fue ajeno a los profundos cambios experimentados por nuestro país a raíz de la muerte del general Franco en noviembre de 1975. En un breve lapso de tiempo, la progresiva relajación de las leyes de censura, paralela al desmantelamiento del aparato franquista, propició que la cinematografía nacional volcara buena parte de su producción en la plasmación de temáticas que hasta entonces le habían estado vetadas, en especial en lo concerniente al sexo, materia tabú por excelencia durante la dictadura. Una muestra muy ilustrativa de este cambio de paradigma se encuentra en lo sucedido con Los claros motivos del deseo (1976), la cuarta de las cinco películas dirigidas por Miguel Picazo. Mientras que el 2 de marzo de 1977 el diario La Vanguardia se hacía eco del enfado del cineasta jienense tras que la Junta de Apreciación Cinematográfica hubiese prohibido la exhibición del film, al considerar que ocho de los diez rollos de los que constaba eran “pornográficos y atentatorios a la moral” (sic), tan solo una semana más tarde[1] recibía una comunicación en la que se le informaba que podía estrenarlo sin realizar cambio alguno, según rememoraba años después el propio interesado, añadiendo que fue “la primera película que pasó sin censura”[2].

A pesar de este supuesto carácter pionero y del prestigio de su realizador, responsable de una de las cimas del cine español de todos los tiempos como es La tía Tula (1964), lo cierto es que Los claros motivos del deseo no se diferencia, al menos en un principio, del aluvión de títulos realizados por aquellas fechas partiendo de similares ingredientes al calor de la mayor permisividad censora sin otra pretensión que la de saciar el apetito de un público ávido de emociones fuertes tras cuarenta años de Régimen. Al igual que en estos, su historia sobre el despertar sexual de una adolescente es prolija en detalles morbosos, entre los que se pueden citar la presencia de dos hermanos, chico y chica, atraídos por el mismo varón, o la alusión a la existencia en el pasado de una relación homosexual entre sus dos personajes masculinos principales. Claro que esta búsqueda de la escabrosidad no se queda en el terreno de lo argumental, sino que es también trasladada a la puesta en escena. No en vano, los dos puntos culminantes de la función se encuentran en el prolongado coito de la pareja protagonista en el baño de un tren y el posterior desengaño de ella, cuando se encarame totalmente desnuda al tejado del edificio donde vive el muchacho con el ademán de suicidarse. Incluso, para su estreno la publicidad se haría eco de los problemas acaecidos con la censura, anunciándola como “La película más polémica y prohibida”, con evidentes intenciones.

Es muy posible que a esta estrategia comercial también respondiera el cambio de título escogido desde el inicial Homenaje para Andrea a aquel con el que finalmente fue estrenada la película, el cual, dicho sea de paso, parece remedar probablemente no por casualidad al de la coetánea Ese oscuro objeto del deseo/Cet obscur objet du désir (1977) de Luis Buñuel. Y es que, lejos de lo que parece anunciar, si algo no queda claro en la película son los motivos del deseo que experimentan la mayoría de sus personajes. Por el contrario, la conducta de estos ilustra el grado de irracionalidad que habitualmente acompaña a un sentimiento de la naturaleza visceral de este. La mejor muestra se encuentra en Andrea, la protagonista, quien se sentirá atraída por Javi tras que el muchacho la pellizque en su parte más íntima mientras se encuentra dando un baño en una piscina pública, en una acción que simboliza de forma bastante burda el despertar de la hasta entonces dormida libido de la joven. Pero, con ser el más evidente, no se trata, ni mucho menos, del único apunte de este tipo. Lo mismo ocurre con su hermano Valentín y su tía Nieves; la asunción de su identidad homosexual provocará que el primero se enclaustre voluntariamente en el hogar familiar, mientras que la segunda, a la que da vida una, en ocasiones, sobreactuada María Luisa Ponte, vive “más sola que la soledad”, como ella misma dice, desatendida por un marido siempre ausente del que sabe con seguridad que la es infiel con otras mujeres.

A través de estos dos personajes y sus circunstancias, Picazo procede a denunciar el machismo imperante en la sociedad de la época, donde la homosexualidad era sinónimo de marginación, y la mujer estaba supeditada a la figura del hombre. Para que no quepa ninguna duda, ambas situaciones son convenientemente reflejadas a lo largo del metraje. De los varios ejemplos existentes que aluden al rechazo social del que era objeto la homosexualidad, dos de los más significativos se encuentran en la venganza que la protagonista ejecuta contra Javi como respuesta a su agresión, haciendo correr el rumor de que es “un maricón” entre los compañeros del cuartel en que su mejor amigo se encuentra cumpliendo el servicio militar, lo que propiciará que este acabe peleándose con el compañero que le pone en preaviso sobre las supuestas inclinaciones de su conocido. En un sentido bien distinto, aunque complementario, se sitúa la escena en la que, tras que Andrea le cuente con incredulidad que su hermano le ha dicho lo que es, “pero sin remedio” (sic), su madre, interpretada con su habitual buen hacer por Julia Gutiérrez Caba, le confiese, no sin apuro y resignación, que ya lo intuía, trasladando su preocupación porque dicha circunstancia “no trascienda y haya escándalo”.

En cuanto al machismo, baste comentar la secuencia en la que la protagonista se encuentra sentada frente a la zona privada del casino local junto a Luchy, una mujer madura y sexualmente liberada a la que ha conocido poco antes, y un botones les indique que no pueden estar ahí, ya que es un lugar reservado para socios, aunque, en realidad, todo parece apuntar a que el verdadero motivo es que se trata de mujeres en un territorio vedado para dicho sexo, como parece confirmar un plano previo que muestra el interior del casino, dónde solo aparecen hombres. No acaban aquí las cosas en cualquier caso, ya que, segundos más tarde, la tía de Andrea se llevará a esta a la fuerza, afeándola que se junte con esa “tiarraca”. “La gente te ve con ella y se cree que todo el monte es orégano”, le dice en una frase de lo más reveladora de la forma de pensar de aquella época. La pervivencia y prolongación de esta mentalidad es así representada por Javi, el motivo de deseo de Andrea, quien aprovecha la posición de dominancia e impunidad que le otorga el ser hombre para comportarse como un auténtico depredador que chantajea a sus víctimas para satisfacer sus apetitos sexuales, ya sea su novia o la propia Andrea. Un monstruo, en definitiva, creado por una sociedad muy concreta.

No en vano, y como ya hiciera en la mencionada La tía Tula, a través de estos elementos Picazo radiografía la sociedad provinciana del franquismo y, en especial, la represión sexual y moral a la que estaban sometidos sus integrantes, basada en gran medida en el dictar de las apariencias. Ambientada como aquella en Guadalajara, ciudad en la que, precisamente, vivía el director durante esos años, resulta significativo a este respecto el papel que juegan en la historia los viajes a Madrid que efectúan sus personajes. Será durante estos trayectos donde Javi y Andrea mantengan un contacto más directo, para finalmente iniciar su idilio en la capital, una gran urbe donde su presencia pasa totalmente desapercibida entre los anónimos viandantes. Es como si, abandonada su población, los personajes se liberaran de las ataduras que rigen su cotidianidad en ese microcosmos cerrado. Una idea que parece ser ratificada por el hecho de que, nada más apearse del tren que les lleva a casa y en el que han mantenido su primer encuentro sexual, Javi abandone su actitud cariñosa hacia Andrea y la desprecie abiertamente, revelándola que no va a dejar a su novia y que, a partir de entonces, estará obligada a verlo a escondidas “para eso” siempre que él lo ordene. En esta tesitura, el que la muchacha tome revancha subiéndose desnuda al tejado del edificio en el que vive su amante, concitando con ello el consiguiente escándalo público, adquiere el significado de una transgresión a las estrictas normas morales vigentes, con la que Andrea parece buscar evitar acabar padeciendo una situación análoga a la que se encuentran sumidos su hermano y su tía.

Es una lástima, así las cosas, que tan interesante contenido acabe viéndose eclipsado por los modos de un tratamiento que, como los personajes que pueblan su historia, es víctima de los condicionantes derivados de un momento muy preciso en la historia del cine español, y que hacen que Los claros motivos del deseo sea una película más apreciable por lo que se intuye que por lo que verdaderamente ofrece.

José Luis Salvador Estébenez


[1] Aunque posiblemente sea una forma de hablar, la fecha de resolución de la película que figura en la base de datos del ICAA es el día 17 de ese mismo mes.

[2] En El cine español según sus directores (Cátedra, Madrid, 2009) de Antonio Gregori, pág. 382.

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