Tiburón blanco

 

Sinopsis: Una escapada en hidroavión a la Gran Barrera de Coral australiana se convierte en una pesadilla para unos excursionistas cuando son atacados por un gigantesco tiburón blanco. Varado en alta mar sobre un frágil bote salvavidas, el grupo tendrá que usar todo su ingenio para resistir a la monstruosa amenaza que les acecha bajo el agua.

 


Título original: Great White
Año: 2021 (Australia, Estados Unidos)
Director: Martin Wilson
Productores: Pam Collis, Neal Kingston, Michael Robertson
Guionista: Michael Boughen
Fotografía: Tony O’Loughlan
Música: Tim Count
Intérpretes: Katrina Bowden (Kaz), Aaron Jakubenko (Charlie), Kimie Tsukakoshi (Michelle), Tim Kano (Joji), Te Kohe Tuhaka (Benny), Tatjana Marjanovic (Tracy), Jason Wilder (Luke), Patrick Atchison (pasajero enfermo)…

El cartel promocional de Tiburón blanco (Great White, 2021) -o, al menos, el español-, destaca el que la película sea, y cito textualmente, “de los productores de El arrecife y de los productores ejecutivos de la saga A 47 metros”. Una información en apariencia bastante simple y sin mayor trascendencia, pero que posee sin embargo diferentes niveles de lectura. La más evidente es su primigenia condición de gancho publicitario, destinado a dotar de un mayor atractivo a la propuesta de cara a la audiencia, apelando al buen recuerdo que pueda guardar de un par de títulos que en su momento gozaron de respaldo comercial. Relacionado con lo anterior se encuentra el teórico aval y signo de distinción en un subgénero tan sobresaturado en los últimos tiempos como el de los films con escualos que se deriva de su hermanamiento con dos exponentes de cierta relevancia dentro de la temática. Pero, junto con lo ya apuntado, esconde también una inesperada declaración de principios en relación a su contenido. Y es que, a grandes rasgos, la construcción argumental de Tiburón blanco remite de forma inequívoca al de sus referidas predecesoras.

Al igual que en ellas, el grueso de la trama dispuesta pivota en torno a las peripecias en las que se ven inmersos varios personajes para sobrevivir a una situación límite, cuando se encuentren aislados en medio de la inmensidad marina en una zona poblada por tiburones. Sobre esta base, el recorrido del relato repite sin demasiadas sorpresas el modelo visto en decenas de títulos de similares características, empezando por el prólogo reservado para contentar a los más impacientes en el que se muestra el primer ataque de los jaquetones, instaurado como lugar común por la canónica Tiburón (Jaws, 1975) de Steven Spielberg. Tras este aperitivo, los siguientes compases se ocupan de presentar a los roles principales y sus circunstancias, aquí definidos con suma eficacia con apenas un par de brochazos, en lo que se erige en uno de los escasos elementos positivos que atesora el conjunto, para, una vez finalizadas las presentaciones, el resto de la historia se asiente en la situación límite descrita, en la que, a la amenaza latente que representa la cercanía de los tiburones, se le añadirán los conflictos internos que irán floreciendo entre los integrantes del grupo a medida que la coyuntura se vuelva crítica. Así hasta llegar al clímax con el definitivo enfrentamiento entre hombre y bestia, en el que los primeros deberán de superar los miedos y traumas que arrastran. Poco más.

En vista de la ausencia de aspectos novedosos[1], todo el potencial de la propuesta pasa forzosamente por el grado de inspiración de sus responsables a la hora de ejecutarla. Y ahí es donde falla de forma estrepitosa este Tiburón blanco, revelándose como un film anodino e insípido. Sin ir más lejos, si una de los principales virtudes de la primera entrega de A 47 metros (47 Meters Down, 2017) es su capacidad para, partiendo de elementos bien reconocibles, hacer de su metraje un ejemplar ejercicio de tensión narrativa carente de puntos muertos, el título que nos ocupa peca de justo lo contrario. Durante los prolegómenos, la cinta abona la creación de un clima de calma chicha que parece destinada a explotar una vez se precipiten los acontecimientos. Sin embargo, cuando esto ocurre, lejos de levantar el vuelo, la narración prosigue con el mismo ritmo plano y monótono bajo el que ha discurrido hasta el momento y que se prolonga hasta los títulos de crédito finales.

Parte de la culpa cabe atribuírsela a la labor del firmante Martin Wilson, debutante cineasta cuyo anterior crédito, si la popular imdb no miente, es la dirección de un mediometraje televisivo hace más de quince años, amén de muchos spots publicitarios, donde se ha labrado cierto prestigio. Quizás por ello no falten a lo largo de la cinta la inclusión de los típicos planos aéreos que explotan la belleza de los parajes turísticos en los que se localiza la acción y que parecen casi obligados en este tipo de films en los últimos tiempos, mostrándose en cambio el novel director incapaz de dotar de algo de tensión a las imágenes o de crear siquiera alguna secuencia impactante que consiga animar tan desvaído espectáculo. Claro que el guion con el que tiene que lidiar tampoco se lo pone fácil, ya sea por la acumulación de situaciones inverosímiles, con mención especial para ese fantástico móvil capaz de soportar en perfecto estado el naufragio de su fallecido propietario y cuyo hallazgo será determinante en la evolución de la historia, o por la simpleza del diseño de caracteres y motivaciones de una galería de personajes que en ningún caso consigue trascender el estadio de mero estereotipo, defendidos para más inri por unos actores huérfanos del menor carisma.

Ante este panorama, uno de los escasos aspectos que reviste de algo de interés dentro de la vacuidad reinante, por muy mínimo y anecdótico que este sea, radica en el alegato feminista que se puede extraer de su desenlace. Pero antes de continuar, conviene avisar que en las próximas líneas entraremos en el proceloso territorio de los spoilers, para que nadie pueda llamarsr a engaño. Así, en contraste con la imagen protectora que desarrolla el novio de una de ellas en los compases anteriores, tras que este acabe sucumbiendo en las fauces de uno de los escualos cuando trata de poner a salvo a la futura madre de su progenie, las dos indefensas supervivientes femeninas del grupo lograrán salir vencedoras del enfrentamiento con los tiburones gracias a la solidaridad y el trabajo en equipo. Resulta de lo más revelador en este sentido aquel instante en el que una de ellas está a punto de morir ahogada mientras bucea y es salvada in extremis por su compañera, quien la aporta una vital dosis de oxígeno a través de la boca, en una imagen que se asemeja a un beso entre las dos mujeres. O uno de los planos finales, en las que, ya vencido el peligro, las dos mujeres son mostradas sentadas en la orilla mirando hacia el mar enfatizando de este modo su triunfo basado en el apoyo mutuo. Un discurso de lo más usual por otra parte en el cine actual, tan dado a la entronización de lo políticamente correcto, pero que al menos en esta ocasión es servido de una forma más natural y menos forzada de lo que suele ser costumbre y, sobre todo, sin caer en la óptica panfletaria acostumbrada en muchas de sus congéneres.

José Luis Salvador Estébenez      


[1] Tanto es así que, según parece, el argumento es prácticamente idéntico al de un telefilm de 2018 titulado Territorio escualo (Frenzy), en el que varios amigos que viajan en avión para ir a bucear se estrellan en mitad del océano, terminando en un bote salvavidas donde deberán defenderse de los ataques de un grupo de tiburones blancos.

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