Península

 

Sinopsis: Cuatro años después del inicio del contagio zombi en Corea del Sur, la península se mantiene aislada. En Hong Kong, son reclutados un grupo de surcoreanos refugiados para que regresen a su país y lleven a cabo una peligrosa misión: localizar y recuperar un camión en cuyo interior alberga varios millones de dólares.

 


Título original: Busanhaeng 2: Bando
Año: 2020 (Corea del Sur)
Director: Yeon Sang-ho
Productor: Lee Dong-ha
Guionistas: Yeon Sang-ho, Ryu Yong-jae
Fotografía: Lee Hyung-deok
Música: Mowg
Intérpretes: Gang Dong-won (Jung Seok), Lee Jung-hyun (Min Jung), Lee Re (Jooni), Kwon Hae-hyo (abuelo), Kim Min-Jae (sargento Hwang), Koo Kyo-hwan (capitán Seo), Kim Do-yoon (Chul-min), Lee Ye-Won (Yu Jin), Sheblu Ahmed (Sihab), Daniel Joey Albright (soldado estadounidense McClain), Cha Si-Won (cabecilla de la mafia de Hong Kong), Pierce Conran (reportero), Geoffrey Giuliano (jefe de la mafia de Hong Kong), Christopher Gordon (soldado de la ONU), Hwang Yeon-hee (mujer taxista), Kim Kyu-baek (soldado Kim), Kim Tae-joon (esposo de Min-Jung), Milan-Devi LaBrey (presentadora programa de televisión), John D. Michaels (capitán del barco de evacuación), Bella Rahim (mayor Jane), Jang So-Yeon (hermana de Jung Seok), Moon Woo-Jin (sobrino de Jung Seok)…

El estreno el pasado 2016 de Train to Busan marcó uno de los principales hitos acaecidos en el cine fantástico durante los últimos años. En un panorama sobresaturado de películas de zombis abonadas a la repetición y el formulismo, la aparición de esta producción surcoreana supuso un soplo de aire fresco por medio de una propuesta basada en la adecuación de los lugares comunes del subgénero a las principales constantes habituales en el cine de aquel país, singularizadas por la tendencia al melodrama, la reivindicación de la familia como núcleo de su discurso y una asombrosa capacidad técnica para crear escenas de acción ciertamente espectaculares. Un enfoque novedoso, en definitiva, que fue acogido con entusiasmo por crítica y público, convirtiéndose de hecho en la sensación de la temporada dentro del ámbito del fantástico. Así lo atestiguan los premios al mejor director y efectos especiales con que se alzó en su paso por el especializado Festival de Sitges, y los casi cien millones de dólares que recaudó en todo el mundo.

Pese a tan favorable panorama, han tenido que pasar cuatro años hasta la llegada de la esperable secuela destinada a rentabilizar semejante éxito. Recibida en medio de una gran expectación, Península, que tal es su título, se ambienta en la ficción en un periodo equivalente al transcurrido en la realidad desde la realización de su predecesora, en una Corea que, tras el inicio del brote vírico, ha permanecido aislada en cuarentena a merced de los zombis. No obstante, a pesar del salto temporal, del cambio de contexto y de estar protagonizada por un grupo de personajes distintos, se trata de una continuación en el más amplio sentido de la palabra de lo expuesto en Train to Busan. De nuevo, la familia es el eje temático de una historia que vuelve a girar en torno al comportamiento humano en situaciones límites como la retratada, apostando por la solidaridad como único valor posible para no sucumbir ante nuestros instintos más primarios una vez el orden social y sus normas desaparecen, mostrando por enésima vez que en una película de este tipo la amenaza, en realidad, no son los zombis, sino que el verdadero peligro proviene de los propios humanos. Ya se sabe, aquello que escribió el filósofo inglés Thomas Hobbes en el siglo XVII: el hombre es un lobo para el hombre.

Un mensaje que, en cierto sentido, es anunciado en una de las primeras escenas del film, en la que una madre decide quedarse junto a su recién atacado hijo en un camarote rodeado de infectados, descartando la posibilidad de escapar de la estancia y poner a salvo su vida. Sobre esta base, Yeon Sang-Ho, responsable también de la primera parte e ideólogo de la serie, se dedica a lo largo del metraje a premiar el apoyo de sus criaturas o, por el contrario, castigar su individualismo y avaricia. Así, los principales y casi únicos personajes positivos del relato son los integrantes de una familia que, gracias a su cohesión, ha logrado sobrevivir en un entorno post-apocalíptico, mientras que los villanos son todos sin excepción una panda de egoístas guiados únicamente por la codicia. En medio de ello se sitúa el protagonista, un antiguo soldado dominado por el sentimiento de culpa por las acciones que tuvo que tomar y al que las circunstancias se le presentarán como una oportunidad para enmendar los errores del pasado y aliviar con ello su conciencia.

Este espíritu continuista con el que está encarada la película es prorrogado en el resto de sus componentes, servidos según esa concepción inherente en las secuelas surgidas al calor del éxito comercial de elevar al cuadrado los ingredientes más reconocibles del film original. En este caso, dicha pretensión queda puesta de relieve de forma bastante evidente en la permuta efectuada en el escenario argumental. Si Train to Busan se desarrollaba en el interior cerrado de un convoy ferroviario durante el estallido de la epidemia, Península se abre al exterior desenvolviendo su trama a través de las calles de una ciudad infestada de zombis. Lo mismo ocurre con los dos principales pilares sobre los que se sustenta la propuesta a nivel narrativo; esto es, la acción y el drama. Sin embargo, el problema es que en esta ocasión la potenciación de ambos ingredientes acaba llevándose por delante su conjunción y equilibrio.

Por un lado, las escenas de acción, en especial las automovilísticas, resultan hiperbólicas y exageradas, perdiendo con ello cualquier rasgo de verosimilitud, como representa la artificiosidad que exhiben los CGI empleados para ilustrar las escenas de masas de infectados, y que provocan que dichas secuencias parezcan más propias de un videojuego o, mejor dicho, de una película de dibujos animados, formato en el que, quizás no por casualidad, veló sus primeras armas como director Sang-Ho, y donde también se inscribe Seoul Station, la precuela de la saga. Por su parte, la exacerbación de la que son objeto los aspectos melodramáticos de la historia alcanza los terrenos de la parodia involuntaria, ya sea por su impostada sensibilidad sentimentaloide o por la enfatización que se realiza de estos instantes por medio de la puntual inclusión de una rimbombante música dramática. Quizás el mejor ejemplo en este sentido se encuentre en cierto instante de su desenlace, que en lugar de ser emotivo y épico como pretende, lo único que consigue es despertar la risa a causa de su forzada dilatación del tempo narrativo y excesos varios.

La película pierde así cualquier vestigio de originalidad o frescura. Frente al tratamiento innovador de su predecesora, Península acaba limitándose a un batiburrillo de clichés y estereotipos vistos con anterioridad en cientos de títulos. Tanto es así que no es difícil definirla como una especie de pastiche entre 1997: Rescate en Nueva York y la saga Mad Max, dadas las evidentes y numerosas reminiscencias que guarda con estos títulos. Con esto tampoco quiere decirse que se trate de un total desastre, por supuesto. Es entretenida y contiene algún destello aislado, caso del sentido de la maravilla que desprende la escena de la llegada del grupo de mercenarios a una ruinosa Seúl sumida en el caos. Pero el problema es otro. Su visionado avanza de una escena de acción a otra escena de acción, de un momento melodramático a otro momento melodramático, pero sin que entre medias exista algo que atraiga la implicación del espectador sobre lo que está contando o, en su defecto, incite la más mínima emoción, pese a sus denodados esfuerzos por lograrlo. O dicho de otro modo: al igual que los zombis que deambulan por sus fotogramas, Península carece de personalidad.

José Luis Salvador Estébenez

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