My Mom’s a Werewolf [vd: Mi madre es una mujer lobo]

 

Sinopsis: Leslie es una mujer que ve tristemente como Howard, su marido, prefiere pasar el tiempo con sus amigos viendo el fútbol a prestarle algo de atención y cariño. Entonces una tarde conoce a un apuesto desconocido en una tienda de animales con el que comenzará a flirtear. Pero ese tipo, que se hace llamar Harry Thropen, es en realidad un hombre lobo. Cuando éste le propine un mordisco en el pie, la vida de Leslie cambiará para siempre….

 


Título original: My Mom’s a Werewolf
Año: 1989 (Estados Unidos)
Director: Michael Fischa
Productores: Steven J. Wolfe, Marilyn Jacobs, Brian J. Smith
Guionista: Mark Pirro
Fotografía: Brian England
Música: Barry Fasman, Danna Walden
Intérpretes: Susan Blakely (Leslie Shaber), John Saxon (Harry Thropen), Tina Caspary (Jennifer Shaber), John Schuck (Howard Shaber), Diana Barrows (Stacey Pubah), Ruth Buzzi (bruja gitana)…

El cine de licántropos tuvo su máximo apogeo a principios de los años ochenta gracias al boom que generaron películas como Aullidos (The Howling, Joe Dante, 1981) o Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, John Landis, 1981), famosas por mostrar increíbles transformaciones en lobo por obra y gracia de los efectos especiales ideados por Rob Bottin y Rick Baker, respectivamente. No obstante, pese a que ese auge propició películas de indudable calidad que han perdurado en la memoria colectiva durante años –como, por ejemplo, En compañía de lobos (The Company of Wolves, Neil Jordan, 1984) o Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985), que a pesar de ser un filme de vampiros también brinda una espectacular escena licántropa-, rápidamente se vio entorpecido por otras producciones mucho más modestas que rápidamente se apuntaron a la moda del cine de hombres lobo con resultados mayoritariamente desastrosos.

Dentro de este último apartado se encontraría Mi madre es una mujer lobo (My Mom’s a Werewolf, 1989), cinta dirigida por el director de origen austriaco Michael Fischa, que ese mismo año estrenaría dos películas más: por un lado la cinta de terror casposa con un alto contenido en gore Perra bruja (Death Spa, 1989) y Crack House (1989), una tardía blaxploitation protagonizada por Jim Brown, Gregg Thomsen y Richard Roundtree. En el caso de Mi madre es una mujer lobo, más que mirar a los filmes anteriormente citados, se optó por tirar hacia derroteros cómicos, tal y como habían hecho otras películas de la época –véanse los casos de Teen Wolf (De pelo en pecho) (Teen Wolf, Rob Daniel, 1985), que obtuvo un inesperado éxito por estar protagonizada por Michael J. Fox poco antes de saltar al estrellato, o Terrorífica luna de miel (Haunted Honeymoon, Gene Wilder, 1986)-, aunque si tenemos en cuenta que quien firma el guion es Mark Pirro, director especializado en cine de serie Z y responsable de otra comedia de ribetes licántropos titulada Curse of the Queerwolf (Mark Pirro, 1988), podemos intuir que el producto resultante no va a seguir la línea de los filmes de Wilder y Daniel.

Aunque Mi madre es una mujer lobo queda lejos del humor políticamente incorrecto de Curse of the Queerwolf –en esta cinta misógina y homófoba podemos encontrar perlas como que a los hombres lobo gays se les mate clavándoles una estaca en el culo (¡!)-, sí que tienen varios paralelismos y puntos en común: en ambos casos los protagonistas quedan malditos mientras están cometiendo adulterio; tienen escenas prácticamente calcadas (tanto Susan Blakely como Michael Palazzolo, salen de sus casas medio desnudos sin darse cuenta); y en la una y en la otra se suceden pesadillas de las que les es difícil escapar. También se respira un cierto amor por el cine de ciencia ficción y de terror de antaño gracias al cameo de Forrest J. Akerman y a numerosos guiños –en Mi madre es una mujer lobo, por ejemplo, Stacy, la amiga de Jennifer, es una auténtica friki y especialista en cine fantástico, lo que da pie a que se citen títulos como El hombre invisible (The Invisible Man, James Whale, 1933), la cinta alemana First Spaceship on Venus (Kurt Maetzig, 1960) e, incluso, The Beast of Yucca Flats (Coleman Francis, 1961); mientras que en Curse of the Queerwolf se rinde homenaje a figuras como Ed Wood gracias a la presencia de Conrad Brooks -amigo y colaborador del director de Plan 9 from outer Space– en un momento del filme, o a cintas como El hombre lobo (The Wolf Man, George Waggner, 1941)[1] y Defensa (Deliverance, John Boorman, 1972), a la que se le hace una divertida alusión.

Como decíamos, en Mi madre es una mujer lobo, Leslie, una mujer de unos cuarenta y tantos años, decide tener una aventura con un siniestro tipo llamado Harry, pero, a diferencia a de Larry Smalbut[2], el otro protagonista infiel de Curse of the Queerwolf, no lo hace por el simple capricho de darse el gustazo de tener otra relación al margen de su matrimonio (de hecho, Larry evitaba el compromiso que tenía con su novia y aprovechaba cualquier oportunidad para salir con su amigo Richard para frecuentar burdeles o locales de striptease, cosa que desencadena su maldición después de acostarse con un travesti lobo). Leslie Shaber, la desdichada ama de casa de esta película, emprende una relación extramatrimonial tras ver frustrada como su esposo prefiere quedarse en casa con los amigos viendo el fútbol a estar con ella y dedicar un poco de tiempo a su relación.

De ese modo, Leslie vendría a representar a la típica esposa insatisfecha que debe hacer frente ella sola a todas las tareas de casa. Pero, no nos equivoquemos, porque en Mi madre es una mujer lobo tampoco vamos a asistir a una comedia en clave feminista que denuncie la situación de millones de mujeres en todo el mundo –algo que en parte se agradece, debido al aluvión actual de cintas o series de televisión que incluyen esta temática de un modo bastante esquemático y desalmado-; de hecho, tras arreglarse el asunto y liberarse de su maldición, el marido le pide perdón a su cónyuge y reconoce sus errores pero, atención, tan solo le promete ver el fútbol una vez a la semana (o quizás más, añade), a lo que Leslie accede risueña.

Por otro lado, si al inicio de la reseña aludíamos a las increíbles transformaciones que cualquier película sobre hombres lobo debía incluir en la década de los ochenta, Mi madre es una mujer lobo brilla precisamente por todo lo contrario. Para empezar, nuestra desafortunada protagonista tan solo luce un poco de pelo blanco (evidentemente pegado de manera muy chapucera sobre la piel) en sus brazos, piernas y mejillas una vez comienza a sufrir la maldición; y en el tramo final, momento en el que Leslie se enfrenta a Harry completamente transformados ambos en licántropos, aparecen caracterizados con una careta y unos guantes de goma que parecen sacados de cualquier tienda de disfraces, y convierten en un delirante esperpento lo que debería ser una cruenta lucha entre dos bestias.

Además de Susan Blakely, intérprete a la que habíamos visto en películas como Yo, el halcón (Over the Top, Menahem Golam, 1987) o en la superproducción El coloso en llamas (The Towering Inferno, John Guillermin, 1974), la participación del veterano John Saxon ayuda a otorgar cierto caché a la cinta e, incluso, la hace reflotar cada vez que hace acto de presencia en la pantalla. Sin duda, muy pocos recordarán que una vez se metió en la piel del hombre lobo seductor y manipulador Harry Thropen, y seguramente su papel solo sirvió para pagar algunas facturas, pero el actor, como era de costumbre, consiguió ser convincente a pesar de la poca calidad que atesorala película a lo largo del metraje. Quizás John Saxon no debería haber participado nunca en un film como Mi madre es una mujer lobo, pero el hecho de que lo aceptara y, a pesar de todo, lo llevara a cabo con agrado y determinación, lo convierten en un actor eterno que es capaz de brillar hasta en los desaguisados más psicotrónicos.

Juan Pedro Rodríguez Lazo


[1] En un momento del filme dicen: “incluso un hombre fuerte y heterosexual puede llegar a sentir debilidad, cuando la luna esté llena y el hombre lobo marica venga a por ti”, en clara referencia a la famosa línea de diálogo de la citada cinta de Wagner.

[2] Smalbut es un nada disimulado juego de palabras que en inglés significa “culo pequeño”.

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