Aftershock [tv/vd: Aftershock. Después del futuro]

 

Sinopsis: En un futuro postapocalíptico, la humanidad vive entre los escombros de nuestro mundo actual. Sobre el caos se ha alzado un sistema de corte totalitario, que mantiene el control de la población superviviente a través de incursiones de paramilitares que aniquilan a aquel que presente cualquier atisbo de rebeldía. Todo sufre un vuelco cuando aparece Sabina, un ser extraterrestre que ha tomado el cuerpo de una atractiva mujer. Aunque los paramilitares a las órdenes de Oliver Quinn reciben instrucciones de capturarla para estudiarla, son los rebeldes los que dan con ella; concretamente el carismático e individualista Willie, un pandillero pendenciero y vividor que tendrá que ayudarla a sobrevivir en este entorno desolador y lleno de peligros.

 


Título original: Aftershock
Año: 1990 (Estados Unidos)
Director: Frank Harris
Productor: Roy McAree
Guionista: Michael Standing
Música: Kevin Klingler, Bob Mamet
Intérpretes: James Lew (Mr. James), Michael Standing (Gruber), Elizabeth Kaitan (Sabina), Jay Roberts Jr. (Willie), Chris DeRose (Brandt), John Saxon (Oliver Quinn), Deanna Oliver (bailarina), Russ Tamblyn (Hank Franklin), Matthias Hues (Cassidy), Michael Berryman (Queen), Chuck Jeffreys (Danny Girrard), Christopher Mitchum (coronel Slater), Richard Lynch (comandante del Este), Julie Woodside (chica rebelde), Ron Althoff, Pat McGroarty (paramilitares), Bob Schott (oponente de Queen) …

Aftershock es un film de presupuesto misérrimo en cualquiera de las escalas. Abro fuego con esta observación, no tanto por querer quitarme de encima cuanto antes lo obvio, sino porque pienso que en este caso eso es también la bisagra sobre la que se baten sus méritos, sui generis pero reales. Su look es tan crudo y su desnudez visual tan extrema (ni tan siquiera figura un director de fotografía en sus títulos de crédito), que de alguna manera indeliberada resulta un film de acción muy orgánico e interesante. Máxime, en una película de acción post-apocalíptica, seguidista de Mad Max (Mad Max, 1979, George Miller) o 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981, John Carpenter), toda su suciedad y miseria escénica le van como anillo al dedo a su futuro distópico, marcado por el cataclismo bélico y el regreso a la barbarie, y habitado por tribus urbanas como inspiradas en Los amos de la noche (The Warriors, 1979, Walter Hill).

Jamás nadie le había sacado tanto partido a la instalación industrial abandonada de Kaiser Steel en Fontana (California), un lugar habitual de rodajes de películas, la fábrica en donde se rodó el final de Terminator 2: El juicio final (Terminator 2: Judgement Day, 1991, James Cameron), y que también hemos visto en infinidad de otros títulos, como Independence Day (Independence Day, 1996, Roland Emmerich), Black Rain (Black Rain, 1989, Ridley Scott), o Mortal Kombat (Mortal Kombat, 1995, de Paul W.S. Anderson), entre otras producciones mucho más solventes que ésta. Es como un territorio fronterizo entre nuestro Hospital del Tórax antes de que se convirtiera en Parc Audiovisual de Catalunya, y si fuera posible rodar en Pripiat, en la zona de exclusión de Chernobyl. Un sitio en el que la imaginación vuela, y las pesadillas parecen cobrar facilidad para tornarse físicas. Pero no es como en Los olvidados (What the Waters Left Behind, 2017) de los hermanos Onetti, cuya integración de la ficción fílmica con la historia real de las ruinas de Epecuén es de lejos su aspecto más curioso. Aquí la Kaiser Steel es pura representación, jugando con el espacio fílmico, ora en sus escombreras convertidas en las ruinas de un mundo devastado; ora en sus naves vacías y ruinosas pero capaces de convertirse tanto en una discoteca como en un campo de refugiados; ora en sus salas de máquinas y de control, que hace tiempo que no funcionan, pero dan el pego de una tecnología retrofuturista superviviente.

El look industrial de Aftershock sumerge sus raíces (seguramente sin saber que lo hace) en la estética underground de punk hecho con electrónica y máquinas que representaron bandas como Throbbing Gristle o nuestros destacados Esplendor geométrico. Incluso un poco Aviador Dro, por ejemplo en los trajes de los soldados, minimalistas y rotundamente funcionales, uniformes paramilitares negros sin insignias ni parches complementados con casos del mismo color que no permiten ver la cara, como versiones de andar por casa de los stormtroopers de Star Wars, Además de visualmente muy claro (siempre sabes quienes son los malos, porque son como peones negros del ajedrez), es un ardid extremadamente práctico que permite reutilizar una y otra vez a los mismos extras, que pueden pasar por detrás moviéndose como si fueran soldados distintos, y que parezca que hay un regimiento cuando en conjunto en el mismo plano nunca salen más de cinco o seis…

Los códigos de barras es el único distintivo que llevan los oficiales a modo de galones. Códigos de barras como los que se han tatuado en los antebrazos de toda la población para controlarlos. Era una tecnología considerada muy potente en aquella época, recuerdo que incluso salieron videos VHS que se podían programar para grabar programas de la televisión leyendo códigos de barras que venían en las revistas especializadas. Pero volviendo a los símbolos, no hay banderas, ni ningún distintivo más, lo cual es curioso teniendo en cuenta que la película refleja un mundo dominado por un sistema totalitario.

Podría seguir hablando de los coches, maravillosos, Ford Mustang de principios de los 80 con los techos cortado y reemplazados por barras antivuelco acolchadas. También salen un puñado de Chevy Suburbans con ajustes de megafonía como vehículo más táctico, y camionetas con paneles variados y autobuses cortos. Las motocicletas también ocupan un lugar destacado, aunque son simplemente motos de cross Yamaha sin modificar. ¿Y las armas? Sencillas, muy contemporáneas, modificadas con algún adorno plasticoso para mantener la ilusión de diacronía, pero creíbles al fin y al cabo. En definitiva, es sorprendente hasta qué punto te lo llegas a creer, y cómo se trabaja la ilusión óptica; la cámara consigue que siempre parezca que hay más de lo que realmente comprendes que había. Una serie C (decir serie B se le quedaría grande) con sus cartas jugadas admirablemente.

Otro aspecto anonadante en un film tan terriblemente barato es su reparto, insólitamente amplio y con una asombrosa cantidad de nombres conocidos, actores incluso importantes, o al menos de caras reconocibles. Muchos tienen papeles muy cortos, pudiéndose entrever que se filmaron en una única sesión, que sin duda era a lo máximo a lo que llegaba el presupuesto o los favores debidos, dado que sospecho que hubo algo de ambas cosas. Por ejemplo es un poco decepcionante lo poco que sale Richard Lynch, que hace de uno de los mandamases del régimen fascistoide, es decir, del bando de “los malos”. Lynch es uno de mis actores favoritos de serie B especializados en villanos, y aunque aquí apenas si se le vea un par de minutos, cualquier película con él ya tiene un punto extra. Afortunadamente John Saxon tiene bastante más metraje para él solito, haciendo de principal villano de la película. Y como mano derecha tiene nada menos que a James Lew, leyenda viva del cine de acción y artes marciales, inolvidable por sus exhibiciones de kung fu, taekwondo o hapkido en películas como Golpe en la pequeña China (Big Trouble in Little China, 1986, John Carpenter), Campeón de campeones (Best of the Best, 1989, Bod Radler), Timecop (1994, Peter Hyams), Doble impacto (Double Impact, 1991, Sheldon Lettich), etcétera, y que posteriormente se ha convertido en uno de los más importantes coreógrafos marciales de Hollywood.

Ya que estamos hablando de Lew, seguiré con Chuck Jeffreys, otro artista marcial, al que también llegaron a llamar “el Eddie Murphy de marca blanca” por su parecido con el cómico, pero que destaca sobre todo por sus habilidades con el kung fú, como especialista, secundario en films de acción y coreógrafo marcial. Echen un vistazo a Muerte a medianoche (Bloodmoon, 1997, Tony Leung Siu Hung) y verán de lo que es capaz.  Y siguiendo con deportistas, no nos olvidemos del papelito que tiene también Matthias Hues, que pasó de ser campeón de pentathlón a darle también a las artes marciales, y que destaca como forzudo gracias a su estatura (1,96 cm) y su buen estado de musculatura. Pero hay más, como Michael Berryman, el inolvidable Pluto de Las colinas tienen ojos (The Hill Have Eyes,1977, Wes Craven), que aquí interpreta un psicópata travesti (tal cual lo leen). O Christ Mitchum, el hijo de Robert Mitchum. Mención especial merece Michael Standing, ya que aparte de guardar para sí otro de los muchos papeles secundarios, es el guionista del film, y por lo tanto uno de sus impulsores y alma maters.

Hablemos de los protagonistas, primero de ella, Elizabeth Kaitan. Está considerada una screen queen, no de esa primera división formada por las sempiternas Linnea Quigley, Michelle Bauer o Brinke Stevens, pero sí dentro del grupo. En realidad, esa adscripción es discutible, ya que su estilo siempre fue otro. De origen húngaro, Kaitan fue una actriz guapísima, de acuerdo, pero con un punto más dulce e inocente, que además no salía desnuda en sus películas, aunque sí apareció en bikini o similar en cintas como Slavegirls from Beyond Infinity  (1987) o Assault of the Killer Bimbos (1988). Sin embargo, seguramente la recordamos más de Viernes 13 parte VII (1988), Noche de paz noche de muerte 2 (1987) o Necromancer (1988). Ella considera que Aftershock es su mejor película, ya que encaja más con la clase de papeles que andaba buscando cuando se mudó a Los Ángeles para ser actriz. Tiene la oportunidad de hacer un papel de vis cómica, y que a pesar de su belleza para nada explota su lado sexy. Hay que decir que su personaje es el típico pez fuera del agua, más contemplativo que otra cosa (en realidad no queda claro a qué ha venido, ya que hacer, lo que se dice hacer… hace poquito), pero tiene algún detalle que está muy bien, como que cuando aparece en la Tierra (y en la película) lleva una foto de Nancy Reagan, y va vestida exactamente como ella, aunque su ropa es de un tejido metálico de otro mundo… 

Respecto a Jay Robert Jr., no tuvo mucho más recorrido, pero aquí es nada más y nada menos que nuestro héroe, arquetipo ochentero de actioner, con su pelazo a lo Lorenzo Lamas, sus pantalones ajustados y su barba de dos días, componiendo un héroe individualista, cínico pero con un punto sensible.

Frank Harris es un director justamente olvidado que tendía a trabajar una y otra vez con las mismas personas. Sin duda eso contribuyó a constituir esta extraña alineación en forma de casting, que parece acumular aportaciones interesantes por sí mismas y no tanto por lo que contribuyen a la trama. Esta es posiblemente su mejor película junto con la siguiente, Lockdown (1990), en la que volvería a repetir con gran parte de este reparto.

Rodada en 1988, aunque no consiguió distribución directa a video hasta 1990, Aftershock, subtitulada poéticamente en España como Después del futuro, aparte de las referencias ya citadas a otras películas de ciencia ficción post-apocalíptica o de nuevos bárbaros, también rememora el tono de cómic como los que publicaban aquellas revistas de Toutain, 1984, o Zona 84. El guion no tiene ningún sentido, pero el film tiene ritmo y te lleva de un lado para otro en volandas sobre las escenas de acción para que no te hagas demasiadas preguntas hasta el final, o para que no te importe demasiado a dónde te llevan. La situación social nunca se detalla, ni llegamos a saber cómo ha llegado a ser cómo es el mundo que se recrea. No queda claro el objetivo de ningún personaje, y termina dejando las cosas casi como cuando empezó. En fin, lo que cuenta es lo de menos, y parece encadenar escenas, diálogos e, incluso, personajes que son rápidamente olvidados por el propio guion. Es de esas películas que siendo sincero no sabría si recomendarles. Estoy convencido de que metido en su contexto resulta disfrutable a más no poder, e incluso admirable en sus soluciones para izarse por encima de tanta precariedad. Pero hay que entrar en ella a sabiendas de que nos internamos en el territorio del fondo de catálogo del videoclub. Solo apta para arqueólogos de esta clase de territorios.

Javier Ludeña Fernández

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