Historia de lo oculto

 

Sinopsis: El espacio televisivo de investigación “60 minutos antes de la medianoche” afronta su última emisión debido a la retirada de los anunciantes y las presiones políticas. Para despedirse, el programa intentará destapar los vínculos que el presidente del gobierno mantiene con las artes ocultas mediante el testimonio de su invitado, Adrián Marcato, empresario y líder de una secta que anuncia el fin del mundo.

 


Título original: Historia de lo oculto
Año: 2020 (Argentina)
Director: Cristian Ponce
Productor: Pedro Saieg
Guionista: Cristian Ponce
Fotografía: Franco Cerana, Camilo Giordano
Música: Marcelo Cataldo
Intérpretes: Germán Baudino (Adrián Marcato), Nadia Lozano (María), Héctor Ostrofsky (Alfredo), Agustín Recondo (Jorge Federici), Lucia Arreche (Natalia), Ivan Ezquerré (Lucio), Casper Uncal (Abel), Luciano Guglielmino (Daniel Aguilar), Hernán Altamirano (Matías Linares), Raúl Omar García (brujo), Mario Lombard, Victoria Reyes (presentadores flash informativo), Cristian Salgueiro (Eduardo Alonso), Víctor Díaz (Manuel Ramírez), Lucía Cano, Hernán Bengoa, Federico Aimetta (juez Biasotti), René Mantiñan (taxista), Pedro Saieg, Gabriela Lage (madre de de María), Alex Abdeneve…

El merecido desprestigio en el que se encuentra sumida la clase política ha propiciado que sean muchos los ciudadanos que consideran a sus integrantes  poco menos que entes malignos, capaces de cometer cualquier artimaña, por retorcida y deplorable que esta sea, si ello les facilita detentar el poder. Pero, ¿qué ocurriría si realmente es así? ¿Y si nuestros gobernantes fueran auténticos brujos que se valen de sus conocimientos en las artes ocultas para alcanzar sus fines políticos? Esta es la idea sobre la que se vertebra Historia de lo oculto (2020), modesto film argentino que, con todo merecimiento, se ha convertido en una de las grandes sorpresas en la última temporada de festivales, en especial en aquellos consagrados al género fantástico.

Quizás por aquello de que la realidad supera a la ficción, Historia de lo oculto nos traslada hasta la década de los ochenta en una Argentina distópica, en la que las Malvinas forman parte del país y se han convertido en un destino turístico. En este contexto, el espacio televisivo de investigación “60 minutos antes de la medianoche” encara su última emisión tras que las presiones de los políticos y la retirada de los anunciantes se hayan llevado por delante su continuidad. Pero la intención de sus responsables es morir matando y como despedida pretenden destapar la vinculación del gobierno con oscuros sucesos relacionados con sociedades ocultistas. Para ello, junto con otros invitados, cuentan con la presencia en el plató de Adrián Marcato, un empresario muy próximo al presidente y líder de una extraña secta que anuncia el fin del mundo.

Sobre esta base, su director y guionista, el debutante Cristian Ponce, responsable de la web serie animada La frecuencia Kirlian (2017-2020), propone un thriller periodístico de política ficción conspiranoica y horror cósmico. Tan rimbombante definición habla bien a las claras de la originalidad de una película ejecutada con inteligencia e ingenio, en la que sus limitados medios son aprovechados para crear una pequeña pieza de cámara que tiene mucho de ejercicio de estilo. No en vano, ante la imposibilidad de contar con otros recursos, Ponce concentra todos sus esfuerzos en los dos únicos apartados en los que no influyen las carencias presupuestarias; esto es, el guion y la puesta en escena.

De modélica e inteligente construcción, parte de la fuerza del libreto radica en el modo en el que dosifica la información suministrada para apelar a su poder de sugerencia, construyendo un relato donde el suspense proviene de las palabras y no de la acción. Conocedor de que nada hay más poderoso que la imaginación humana, el cineasta logra captar poco a poco la atención mediante un desarrollo in crescendo en el que aporta teorías cada vez más sorprendentes y, por tanto, atractivas, desvelándose como un hábil narrador. Para ello, juega con las expectativas del espectador, demostrando un profundo conocimiento de los resortes para la creación y manejo del suspense. De este modo, durante todo el metraje la narración va abriendo las puertas a nuevas posibilidades que, finalmente, nunca son confirmadas, pero que funcionan como medio para alimentar la intriga.

Buena prueba de este modus operandi se encuentra en cierta escena protagonizada por una miembro del equipo del programa que se encuentra vigilando el acceso a una casa que, en teoría, va a ser de vital importancia en la resolución del caso y que se mantiene en contacto telefónico cada quince minutos con la redacción del programa para informarles de su situación y de las posibles novedades que puedan producirse. Pues bien, en cierto momento alertará sobre la presencia de un coche que ha pasado varias veces por el lugar en que se encuentra. Poco después, vuelve a informar que un hombre se ha bajado del auto. Más tarde, que se encuentra frente a ella. Para cuando, al fin, desvela en tiempo real que el individuo se dirige hacia su encuentro se produce un angustiante silencio que hace temer lo peor. Sin embargo, tras unos interminables segundos la joven vuelve a ponerse al aparato para comunicar que se encuentra bien y que todo era una falsa alarma, ya que aquel hombre que parecía tan amenazante ha abandonado el lugar en compañía de una mujer con la que todo parece apuntar que había quedado.

En cualquier caso, no acaban aquí las cosas, ni mucho menos. A las excelentes dotes de Ponce como narrador, hay que añadirle, además, la lección que imparte sobre el uso del lenguaje cinematográfico. Fotografiada en su mayoría en blanco y negro y formato cuadrado, la historia es circunscrita a dos únicos espacios. Por un lado, el plató en el que se realiza en directo “60 minutos antes de la medianoche” y, por otro, el piso en el que se esconden el equipo de redacción del programa durante su emisión, desde donde trabajan a contrarreloj para conseguir las pruebas necesarias para que el invitado estrella de la noche se decida a testificar que inició al presidente en prácticas de brujería mediante las que consiguió alcanzar la jefatura de la República.

Pero pese a lo que se pudiera deducir de este estatismo escénico, que hace que, en ocasiones, diera la sensación de encontrarnos ante teatro filmado, Ponce se las apaña para, haciendo de la necesidad virtud, generar dinamismo visual mediante el juego con los formatos de pantalla y la textura de la imagen. No solo eso, sino que la elección del blanco y negro logra conferirle un aire retro al conjunto como si, en efecto, nos encontráramos cuatro décadas atrás frente al televisor viendo un programa de debate tipo La clave, a lo que no es ajeno la verosimilitud que aporta a su papel el encargado de dar vida al presentador del espacio, dentro de una reseñable recreación de época realizada con muy pocos elementos. Una fotografía bitonal que, significativamente, solo es rota en puntuales instantes con fugas al rojo o al color que coinciden con la manifestación de lo fantástico en la historia.

Del mismo modo, la sensación de urgencia e inmediatez que acompaña a los acontecimientos es contribuida por el hecho de que gran parte de la escueta duración de la cinta se desarrolle en tiempo real, durante esa hora que da nombre al programa televisivo alrededor del que se despliega la trama. En este sentido, es de destacar el papel que juega el reloj sobreimpresionado en la pantalla catódica con el tiempo que resta para la conclusión del espacio para acrecentar el suspense o, a otro nivel distinto, la genial idea, por sencilla, de que la emisión del programa salga de antena durante unos minutos cuando se encuentre a punto de finalizar, dejando la evolución de los acontecimientos en suspenso.

Y es que es tal el estado de gracia que atesora Historia de lo oculto que, incluso, lo que en principio pudieran parecer defectos, como lo confuso que durante los primeros compases resultan los hechos y las relaciones entre los personajes debido a la sobreabundancia expositiva en forma de diálogos mediante los que avanza la historia, a la hora de la verdad redundan en alimentar la intriga planteada, quien sabe si de una forma consciente por parte de su responsable. Tanto es así que el único aspecto reprochable del conjunto se encuentra en aquellos momentos localizados en el último tercio en los que la película abraza el terror puro y duro en pos de la creación de imágenes impactantes, por cuanto rompen con la sobriedad imperante en el resto del metraje.

Sea como fuera, se trata de un defecto nimio en un film en el que, a pesar de la riqueza de temas enunciados, que abarcan desde la corrupción política a la censura en los medios de comunicación, pasando por la injerencia de las grandes corporaciones empresariales, no importa tanto la conclusión o el contenido como el propio viaje. O, en otras palabras, la reivindicación del poder (y el placer) de la narración por encima de cualquier otro tipo de asidero o consideración. En esta tesitura, solo queda reconocer con fascinación la maestría con la que Ponce, cual prestidigitador, consigue manipularnos para llevarnos a su terreno y hacernos caer en la trampa sin que nos demos cuenta o, mejor dicho, seamos capaces de remediarlo.  

José Luis Salvador Estébenez

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