Juzgado permanente

 

Sinopsis: Asistida por su novio y su hermano, que están haciendo la mili en el juzgado militar de Valencia, Amparo investiga la muerte en una carretera solitaria de un guardia civil y un paisano. Sugestionados por las novelas de detectives a las que tan aficionada es la chica, piensan que podría no ser un accidente como cree la policía.

 


Título original: Juzgado permanente
Año: 1953 (España)
Director: Joaquín Luis Romero Marchent
Productora: Atlante Film
Guionistas: José Casajuana, Joaquín Luis Romero Marchent
Fotografía: Federico G. Larraya
Música: Ricardo Lamote de Grignon
Intérpretes: Marisa de Leza (Victoria), Rafael Romero Marchent (Javier), Elvira Quintillá (Amparo), Julio Riscal (Germán), José María Rodero (Rafael Sanchís), Rafael Luis Calvo (Tomás), Ángel de Andrés (carterista), Antonio Almorós (Marco, el agente de policía), Joan Capri (el chófer de la banda), Antonio Picazo, Luis Induni (un amigo de Sanchis), José Ortiz de Zárate, José Rivelles, Juan Monfort, Ramón de Larrocha, José Marco, Antonio Parés, Fortunato García, José María Angelat, Irene Barroso, Antonio Díaz del Castillo, José Santamaría, Juan Fornaguera, Marcelino Ibero, Delfín Mateu, Mateo Morell…

Juzgado permanente empieza como un policial procedimental, con una llamada a la comisaria que comunica la presencia de dos cadáveres en una carretera de Valencia y el traslado de las diligencias al Juzgado Militar Permanente al pertenecer uno de los fallecidos a la Benemérita. Pero, una vez realizadas las primeras investigaciones, la trama se centra en un trío de detectives aficionados, con la particularidad de que los chicos —Javier (Rafael Romero Marchent) y Germán (Julio Riscal)— son dos quintos destinados en el Juzgado Militar y la que les lía, Amparo (Elvira Quintillá), una muchacha pizpireta aficionada a las novelas de Erle Stanley Gardner. Una nueva vuelta de tuerca nos sitúa en el seno de una banda de criminales comandada por Tomás (Rafael Luis Calvo), que van a cometer un atraco en una fábrica y uno de cuyos componentes no es otro que el paisano cuyo cadáver apareció en la carretera (José María Rodero) y que no está tan muerto como pensábamos. Como buen villano, Tomás no duda en utilizar a Victoria (Marisa de Leza), la novia de éste, para deshacerse de Javier.

Es ésta la segunda y última película de Atlante Film, cuyo debut se había producido el año anterior con Concierto mágico (Rafael J. Salvia, 1952), en la que Joaquín Luis Romero Marchent había trabajado como ayudante de dirección, como antes lo había sido de Luis Lucia y de Francisco Rovira-Beleta. Del primer proyecto de Atlante Films procede también buena parte del reparto —Rodero, Quintillá, Calvo, Capri— el operador y el músico. A partir de una sinopsis argumental del titular de la empresa, José Casajuana, Romero Marchent lleva el material a su terreno con una solvencia no exenta de algún tropiezo, pero llamativa en un director primerizo. Además, se dan aquí la mano las dos tendencias que convivirán en su filmografía a lo largo de la década: la clave genérica inspirada en las novelas de a duro —el díptico dedicado al Coyote de José Mallorquí en 1954-1955— y la comedia costumbrista con acento miserabilista, como Fulano y mengano (1956) o El hombre que viajaba despacito (1957). Julio Riscal repetirá en el segundo papel en esta última y Rafael Romero Marchent, el hermano del director, es a estas alturas todo un veterano, pues ya ha interpretado decena y media de títulos entre las que destacaremos, por su relación con el género, el universitario ingenuo de Séptima página (Ladislao Vajda, 1950).

La cinta se rueda entre el 9 de febrero y el 18 de abril de 1953, o sea, coincidiendo con las fallas, en exteriores de la ciudad de Valencia y la Albufera y en los decorados construidos en los estudios Orphea de Barcelona. Obtiene una clasificación oficial en Primera B y se estrena el 25 de enero de 1954 en el Palacio de la Música de Madrid, que no es mala sala, aunque sólo se proyecta durante siete días. Además, forma parte fuera de concurso de la representación española en el Festival de Venecia de ese año y Joaquín L. Romero Marchent recibe el premio “Jimeno” del Círculo de Escritores Cinematográficos a la figura revelación del año y Elvira Quintillá el de mejor actriz de reparto. El hecho de que Joaquín Romero Marchent padre sea el presidente de la asociación no parece inspirar recelo en nadie.

La abundancia de exteriores, el reportaje sobre la cremà de las fallas integrado en la trama —rodado, según testimonio propio[1], por Antonio Isasi-Isasmendi con la misma cámara Eyemo con la que filma por estas mismas fechas Relato policiaco (1954)— y algunas audacias de planificación son los valores formales más destacables de la cinta. Romero Marchent demuestra sus intenciones en la persecución en la estación de autobuses, en los planos subjetivos de Victoria cuando Tomás la abofetea, en el clímax con el ninot burlón que es su vivo retrato o en la orquestación del suspense, acaso un tanto ingenuo, de la celada durante la cacería en la Albufera.

Por desgracia, el mal estado y la escasa resolución de la copia en 16mm impiden apreciar adecuadamente los efectos fotográficos en clave baja buscados por Federico G. Larraya. Como él, buena parte del equipo —el montador Isasi, el ayudante de dirección Francisco Pérez-Dolz, o el decorador Juan Alberto Soler—, provienen del desmantelamiento de Emisora Films, así que no es raro encontrar más de un punto de contacto con Apartado de Correos 1001 (Julio Salvador, 1950). Localización aparte, la diferencia esencial con la película seminal del cine criminal barcelonés es la focalización de la historia en los investigadores aficionados, juveniles y despreocupados, liderados en todo momento por la componente femenina del trío. Su afición a las novelas de Perry Mason, que la editorial Molino viene publicando desde antes de la guerra en la Serie Amarilla de la colección “Biblioteca Oro”, nos permite situar el relato en las coordenadas de la ficción de quiosco y sirve de comentario irónico a la intromisión de lo siniestro en un entorno cotidiano. Esta amenaza solía identificarse veladamente en el cine criminal barcelonés con el maquis urbano procedente de Francia y los críticos les reprochaban habitualmente la contaminación de estereotipos estadounidenses ajenos a la idiosincrasia española. Es la única pega que le pone a Juzgado permanente, por ejemplo, Gómez Tello en la revista oficial Primer Plano, la del “indudable corte hollywoodense de algunos de los ladrones”[2].En la prensa diaria, el crítico de La Vanguardia[3] encuentra acertadísima la mezcolanza de comedia juvenil e intriga policiaca y, en cambio, el del ABC[4] incide en que cualquier otro género le hubiera ido mejor al director debutante. Se pone así de manifiesto una vez más la disonancia entre Madrid y Barcelona en el respaldo a los intentos de un noir a la española que sólo en Cataluña llegarán a constituir una alternativa genérica auténticamente industrial.

Santiago Aguilar


[1] Antonio Isasi-Isasmendi: Memorias tras la cámara. Cincuenta años de un cine español. Madrid: SGAE / Ocho y medio Libros de Cine, 2004, pág. 54.

[2] Gómez Tello: “La crítica es libre”, en Primer Plano, núm. 694, 31 de enero de 1954.

[3] H. Sáenz Guerrero: “Cinematografía: Los estrenos”, en La Vanguardia Española, 13 de enero de 1954, pág. 15.

[4] Donald: “Palacio de la música: Juzgado permanente”, en ABC, 27 de enero de 1954, pág. 31.

Un comentario en “Juzgado permanente

  1. Con esta reseña iniciamos un nuevo dossier en el que todas las semanas repasaremos diferentes exponentes realizados durante la edad dorada del cine negro español. Esperamos que sea de vuestro interés.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s