«Cristal oscuro»: el reflejo de dos caras

Durante la primera mitad de los años ochenta el cine fantástico de aventuras destinado al público infantil/juvenil vivió una auténtica edad de oro. Películas como La historia interminable (Die unendliche Geschichte, 1984, Wolfgang Petersen), Legend (Legend, 1985, Ridley Scott), Dentro del laberinto (Labyrinth, 1986, Jim Henson), La princesa prometida (The Princess Bride, 1987, Rob Reiner) o Willow (Willow, 1988, Ron Howard) son solo algunos de los representantes más populares de esta corriente, devenidos a día de hoy en auténticos films de culto para aquellos hoy treintañeros y cuarentones que tuvimos la suerte de crecer acompañados por la magia de sus imágenes. No obstante, si hay un título que merezca por encima de todos semejante consideración este es, sin duda, Cristal oscuro; una película que, al contrario que la mayoría de los exponentes señalados, no cosechó una gran repercusión en su momento de estreno, si bien sí que congregó desde el principio una nutrida legión de seguidores que no han hecho más que crecer con el transcurrir de los años, a medida que el film era redescubierto y sus cualidades reivindicadas.

Pero aunque Cristal oscuro sea un producto emblemático del cine de los ochenta, para buscar su origen tenemos que remontarnos unos cuantos años antes en el tiempo. Más concretamente, a mediados de la década de los setenta. Tras muchos esfuerzos y sacrificios, como su instalación en Gran Bretaña desde sus Estados Unidos natales en busca de oportunidades, Jim Henson se encuentra saboreando las mieles del éxito gracias a la popularidad conseguida por Barrio Sésamo y, sobre todo, Los teleñecos, los cuales por aquellas mismas fechas se encontraban planificando su primer asalto a la gran pantalla. En este contexto, Henson planea ir un paso más allá en sus propuestas. Temiendo ser encasillado como gurú del entretenimiento infantil, medita la posibilidad de rodar una película protagonizada íntegramente por marionetas que, a su vez, le permita demostrar que una historia de estas características no tiene por qué estar exclusivamente enfocada hacia los más pequeños de la casa, sino que también puede ser disfrutada por una audiencia adulta. Para tal fin, su idea pasaría por recuperar la oscuridad de los cuentos originales de los hermanos Grimm, ya que consideraba que no era sano que los niños crecieran sin experimentar la sensación de pasar miedo.

La inspiración de lo que con el tiempo se acabaría convirtiendo en Cristal oscuro le vendría mientras leía un libro de poemas de Lewis Carroll, en el que en una de sus ilustraciones, obra del legendario Sir John Tenniel, se podía ver a unos cocodrilos enjoyados y enfundados en distinguidos ropajes viviendo en un castillo, imagen este que ni qué decir tiene serviría de base para la apariencia de los skeksies, los villanos de la historia. Otras fuentes añaden, además, las reminiscencias de ambientación y tono existentes con otro trabajo previo de su principal ideólogo, llamado The Land of Gorch. Se trata de un sketch habitual de su etapa como colaborador en el mítico Saturday Night Live de la NBC, protagonizado por la familia real de un mundo de fantasía, en el que se trataban temas para adultos, tales como las relaciones sexuales, la muerte o el alcoholismo.

Sea como fuere, a pesar de la mencionada pretensión de equipararse con los cuentos de hadas clásicos, lo cierto es que el argumento de Cristal oscuro se enmarca de lleno dentro de los cauces de la fantasía épica. Ya desde su propio arranque, el narrador nos sitúa “en otro mundo, en otro tiempo, en la era de la maravilla”, remarcando el carácter legendario de una historia en la que abundan los ingredientes arquetípicos de este tipo de relatos. Sinir más lejos, tenemos el viaje iniciático emprendido por el héroe de turno, Jen, para llevar a cabo una misión más-grande-que-la-vida-misma, durante el que deberá de superar una serie de pruebas que repercutirán en su proceso de maduración; la existencia de una antigua profecía que anuncia la llegada de un elegido, marcando de este modo la sucesión de acontecimientos; o que el éxito final de la empresa dependa de que el bien que representan los protagonistas acabe triunfando sobre el mal que encarnan los villanos.

Todos estos lugares comunes son acomodados bajo un esqueleto argumental sujeto al patrón del “viaje del héroe” o monomito, que el antropólogo estadounidense Joseph Campbell enumerara en su libro El héroe de las mil caras[1]. Con este nombre, Campbell hacía referencia a una estructura básica que se repite en mayor o menor medida en los mitos de la práctica totalidad de las culturas y civilizaciones del mundo, incluidos los religiosos, y cuyo desarrollo resumía en los siguientes términos: “El héroe se lanza a la aventura desde su mundo cotidiano a regiones de maravillas sobrenaturales; el héroe tropieza con fuerzas fabulosas y acaba obteniendo una victoria decisiva.” Como puede comprobarse, justo el mismo periplo que recorre Jen en la película desde que abandona el aislado poblado de los místicos donde se ha criado para dirigirse al castillo de los skeksies, donde debe realizar el encargo encomendado por su mentor antes de morir y revelado en una vieja profecía.

Quizás por ello, Cristal oscuro arroje ciertos paralelismos con otras célebres narraciones construidas sobre idénticos cimientos, como pudieran ser El señor de los anillos o Star Wars. Por ejemplo, con la trilogía de J. R. R. Tokien comparte la idea de que el personaje encargado de llevar a cabo la trascendental hazaña pertenezca a una raza secundaria, en este caso un gelfling, a lo que hay que sumar la similitud que hasta cierto punto existe en el papel desempeñado por el chambelán skeksies con Gollum; como este, en cierto momento de su periplo ayudará a los protagonistas con la secreta intención de valerse de ellos para sus verdaderos intereses. Incluso la finalidad del viaje emprendido por Jen no difiere en esencia del de Frodo en la famosa obra literaria; si este debe de arrojar al fuego de Mordor el Anillo Único, Jen debe de ir hasta la fortaleza de los skeksies, como se ha dicho, para restaurar el Cristal Oscuro, siendo ambos objetos, por exceso o por defecto, los garantes del equilibrio en sus respectivos mundos.

Más sustanciales resultan, no obstante, las correspondencias que se dan con el universo creado por George Lucas, habida cuenta de las conexiones existentes entre su equipo y el de Cristal oscuro. Cabe recordar en este sentido que su productor, Gary Kurtz, lo había sido también de las dos primeras entregas de la saga galáctica, no pudiendo ser tampoco pasada por alto la quizás nada casual circunstancia de que Frank Oz, codirector de Cristal oscuro y mano derecha habitual de Jim Henson, hubiera participado poco tiempo antes en El imperio contraataca (Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back, 1980, Irvin Kershner) dando vida a Yoda, personaje que, salvando las distancias, tendría su equivalente en el título que nos ocupa en la bruja Aughra, comenzando por su análoga forma de hablar. Otros parecidos engloban la relación maestro-alumno que Jen mantiene con el más sabio de los místicos, similar a la de Luke Skywalker y Obi-Wan en La guerra de las galaxias / Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza (Star Wars: Episode IV – A New Hope, 1977, G. Lucas); el hecho de que al fenecer tanto Obi-Wan como el maestro místico se esfumen sin dejar ni rastro; o el que Jen sea el último representante de su especie, al igual que Luke es el último de los jedi.

Parecidos al margen, lo cierto es que, en primera instancia, el argumento de Cristal oscuro puede pecar de ser demasiado simple, ya sea en su forma como en los términos en los que es formulado. Ahora bien, esta aparente sencillez en su trazado no quita para que su construcción esté plagada de numerosos simbolismos. De entre ellos, el más evidente es, obviamente, ese cristal oscuro que da título a la película, cuya reconstrucción, recordemos de nuevo, traerá el equilibrio a la tierra de Urth donde se ambienta la historia. Llegados a este punto, no deja de ser sorprendente el mensaje último que puede extraerse de una historia como la dispuesta, basada en el enfrentamiento entre el bien y el mal y planteada, además, de una forma tan maniquea, explicitada por la propia división que se establece entre personajes positivos y negativos, carente de cualquier matiz. Y es que, lejos de lo que cabría de esperar en un principio, su resolución no aboga por el prototípico triunfo del bien sobre el mal, tan característico de ese tipo de relatos. Por el contrario, en sintonía con la finalidad última de la misión encomendada a su protagonista, el desenlace nos habla de la necesidad de armonizar las dos caras que supone la dualidad entre el bien y mal inherente al ser humano, representada por el advenimiento de los urskeks, surgidos de la unión de los malvados skeksies y los pacíficos místicos, en un discurso que pone de relieve el que no nos encontramos ante una película para niños al uso.

Con todo, si hay un aspecto que sobresalga dentro de Cristal oscuro por encima del resto, aquel en el que se concentran sus principales atributos, este es su espectacular diseño de producción. Los cinco años invertidos en la consecución de la película, objetivo para el que Jim Henson llegó incluso a cancelar la realización del exitoso show televisivo de Los teleñecos, intensificándose su labor tras la finalización del rodaje de El gran golpe de los teleñecos (The Great Muppet Caper, 1981, J. Henson), se deja sentir en la riqueza que arroja este apartado de muy diferentes modos. A nivel conceptual, con el derroche de imaginación y fantasía conseguida en la compleja creación del fantasioso mundo en el que se desarrolla la historia, totalmente verosímil, a lo que no es ajeno el concurso del artista Brian Fround, encargado de los diseños de los diferentes escenarios así como de la nutrida flora y fauna que en ellos habitan, capaz de transmitir con desopilante sencillez la psicología de los diferentes personajes y su papel en la historia por medio de su caracterizaciones.

Tan fantástico material es convertido en imágenes por el equipo capitaneado por Henson y Oz mediante una puesta en escena caracterizada por su virtuosismo técnico y gusto por el detalle. La incomparable maestría dispuesta en la elaboración de las diferentes criaturas que pueblan el metraje solo es comparable al extraordinario manejo demostrado a la hora de dotar vida a los personajes, hasta el punto de conseguir la nada fácil tarea de hacer olvidar en el espectador que se encuentra ante una película protagonizada por marionetas. Tal es su magia. Buena muestra del nivel obtenido se encuentra en la proliferación de secuencias que implican el concurso de múltiples personajes y elementos en escena interactuando al mismo tiempo. Véase al respecto el festín de los skeksies o la fiesta que los podlings celebran en honor de Jen y Kira, sendos prodigios de realización técnica en el manejo de marionetas que aún hoy, casi cuarenta años más tarde, siguen sorprendiendo habida cuenta de su complejidad.

La brillantez y mimo puestos en la realización de la película se antoja en consonancia con la ambición con que esta fue concebida por Henson, a tal punto de que, ante la escasa fe de la productora, decidió pagar de su propio bolsillo toda la campaña publicitaria del film. Sin embargo, tales esfuerzos no se saldarían con el éxito comercial esperado, a pesar de la buena recepción con la que Cristal oscuro sería acogida en los diferentes certámenes cinematográficos en los que fue presentado, caso del Imagfic madrileño, donde se alzaría con los premios del jurado y del público, o el de Avoriaz, en el que lograría el galardón a la mejor película, reconocimiento que repetiría en los especializados premios Saturn concedidos por la Academy of Science Fiction, Fantasy & Horror Films estadounidense. Tales laureles, empero, no lograron maquillar la incomprensión que suscitó entre el público desde un primer momento, quizás a causa de su singular enfoque, demasiado oscuro y, por tanto, adulto para el público infantil, pero al mismo tiempo demasiado infantil para el público adulto.

De este modo, ante la tibia respuesta de los espectadores asistentes a un primer pase celebrado en San Francisco, Henson realizaría diferentes cambios a su primera versión del film. Entre estas modificaciones se encontrarían la supresión de veinte minutos de metraje, además de eliminar el detalle de que las diferentes razas hablaran en lenguas distintas al resto, en busca de una mayor simplificación de la trama. Pero ni por esas. Aunque lograría alzarse como el film más taquillero de la temporada en países como Francia o Japón, Cristal oscuro se saldaría con un rendimiento comercial bastante modesto en comparación con las aspiraciones con que fue proyectado. Con un presupuesto estimado de quince millones de dólares, tan solo recaudaría cuarenta, siendo eclipsada por otro de los títulos emblemáticos del cine fantástico de los años ochenta: E.T., el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982, Steven Spielberg).

En buena lógica, todo ello acabaría por repercutir en la posterior carrera de sus responsables. Los planes de rodar una hipotética secuela que, a decir de algunas fuentes, Henson y el guionista de la presente, David Odell, se encontraban ya preparado serían abandonados. Aunque tal vez la mejor muestra llegaría cuatro años después, cuando Henson y su equipo volvieran a encargarse de otra película de aventuras y fantasía, la mencionada Dentro del laberinto, en la que, escarmentados por su experiencia previa, optarían por adoptar un tono decididamente enfocado para toda la familia. Solo el paso del tiempo ha conseguido que Cristal oscuro logre disfrutar de la consideración y reconocimiento que por méritos propios le pertenecen.

José Luis Salvador Estébenez


[1] El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito; por Joseph Campbell; traducción, Luisa Josefina Hernández. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2015. Título original: The Hero with a Thousand Faces (1949).

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