El monstruo del armario

 

Sinopsis: A veces se producen los sucesos más extraños en los lugares más tranquilos. Lugares como el pequeño pueblo universitario de Chesnut Hills, donde son varios los crímenes cometidos y nadie sabe los motivos. En el periódico Daily Globe, de San Francisco, no se le ha prestado mucha atención al suceso. Y para colmo un despiadado y ególatra reportero recoge un recorte de prensa de la basura con esa noticia para entregárselo, como si de algo que supera todos los niveles de importancia se tratase, a un ingenuo aspirante a periodista llamado Richard Clark, con tal de mofarse y librarse de él. Pero Clark está decidido a demostrarle al mundo de lo que es capaz, y se marcha en busca de la noticia con una gran provisión de chocolatinas, su dulce favorito. Lo que no puede imaginar Richard es que detrás de esa aparentemente inocua noticia se encuentra una amenaza monstruosa que pondrá en jaque al mundo entero y donde él mismo jugará un papel estelar…

 


Título original: Monster in the Closet
Año: 1986 (Estados Unidos)
Director: Bob Dahlin
Productores David Levy, Peter Bergquist
Guionista: Bob Dahlin, basada en una historia de Bob Dahlin, Peter Bergquist
Fotografía: Ronald W. McLeish
Música: Barrie Guard
Intérpretes: Donald Grant (Richard Clark), Denise DuBarry (Diane Bennett), Paul Walker (Profesor), Henry Gibson (Dr. Pennyworth), Claude Akins (Sheriff Ketchem), Howard Duff (Padre Martin), Frank Ashmore (“Scoop” Johnson), Donald Moffat (General Turnbull), Stella Stevens (Margo), Paul Dooley (Roy), Kevin Peter Hall (El monstruo)…

Bob Dahlin sólo tiene un largometraje como director, y ese es El monstruo del armario (Monster in the Closet, 1986). Una película atípica a todas luces, pues si bien supone una misiva respetuosa hacia el cine de ciencia ficción de los años cincuenta, también saluda a producciones más cercanas en el tiempo al momento en que se realizó. De esta manera, en este cóctel postmoderno se citan guiños que abarcan desde El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, Christian Nyby, 1951), La guerra de los mundos (War of the Worlds, Byron Haskin, 1953) o Surgió del fondo del mar (It Came from Beneath the Sea, Robert Gordon, 1955), hasta Psicosis[1] (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), Superman (Superman, Richard Donner, 1978) o Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977).

A ello hay que sumar un reparto de secundarios sencillamente sensacional, procedente de la filmografía de Robert Altman. Así, Henry Gibson da vida a un trasunto de Albert Einstein obsesionado con los batracios, Paul Dooley a un despistado pseudo imitador de Norman Bates, Claude Akins interpreta a un sheriff con incontinencia salival, Frank Ashmore a un odioso pero magnético depredador de fama y, por encima de todos ellos, un Donald Moffat rutilante en su papel de militar tajante, malhablado y en última instancia, cobarde como él solo. Por no mencionar las apariciones de jóvenes talentos que tiempo después desarrollaron una gran carrera artística, ya sea el caso de la niña Stacy Ferguson —luego convertida en la estrella de la música Fergie— o un jovencísimo Paul Walker como el niño superdotado protagonista.

Tal vez afea el conjunto un fotografía un tanto deslucida en algunos pasajes —por ejemplo, ese breve segmento de muerte canina protagonizado por el mismísimo John Carradine— que predispone al espectador a atender a un tipo de producción de menor estofa de la que en realidad es, y un ritmo que decae un tanto en su parte central, con ciertos pasajes en busca del monstruo un tanto repetitivos. De igual modo, es fácil detectar las artes primerizas del director, con algunos momentos un tanto sobreexpuestos, pero también se pueden encontrar esfuerzos de renombre en cuidados —y complicados— movimientos de cámara en diversos instantes. De hecho, la simpática premisa y el cariño con el que Dahlin juega con los tropos del fantástico tradicional, amén de todo lo anteriormente expuesto, consiguen formular El monstruo del armario como una muestra irresistible donde la imprevisibilidad de ciertos elementos le confieren una naturaleza única, divertida y sugerente. La trama en sí misma se guarda un giro de guion en el último tercio de la narración que da todo un nuevo significado al nombre del largometraje, y que en opinión del que suscribe ha sido poco valorado por la cada vez más necesaria igualdad sexual. Porque —cuidado spoiler— al final el monstruo sale del armario. Es decir, el engendro es homosexual y se queda prendado de las facciones duras de ese trasunto de Clark Kent que es el personaje del también periodista Richard Clark, un ingenuo y encantador Donald Grant. La manera directa, sencilla y sin hacer uso de ningún tipo de mofa en que la narración trata esta sorpresa es sencillamente de alabar.

En este sentido, llama la atención que siendo una película presentada por la Troma, El monstruo del armario posea un sentido del humor blanco, sin emplear palabras malsonantes ni situaciones excesivamente viscerales ni escatológicas. Lo más potente a nivel visual es el engendro protagonista —un sensacional Kevin Peter Hall—, una mezcla explosiva entre el Rancor de El retorno del Jedi (Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983) y el xenomorfo de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979). Comparemos, por ejemplo, las dosis de hemoglobina presentes en Mutantes en la universidad (Class of Nuke ‘Em High, Lloyd Kaufman, Richard W. Haines, 1986), producción totalmente tromática estrenada en el mismo festival de Cannes de 1986 donde debutó El monstruo del armario. Mientras que en el filme de los engendros universitarios el gore fluye rampante, en el filme de Dahlin no hay ni una gota de sangre. A decir verdad, para muchos es desconcertante que el filme venga precedido de la etiqueta de la inimitable productora, pero en realidad El monstruo del armario no es una producción de la Troma.

Esto tiene su razón de ser en el problemático y dilatado desarrollo del propio largometraje. Así, El monstruo del armario nació como una idea impulsada del propio Bob Dahlin, que se alió con los productores David Levy y Peter Bergquist para materializar una loca premisa donde un mamarracho que carga su energía en los armarios se enamora de un anonadante reportero. El trabajo que habían realizado previamente con Robert Altman[2] les ayudó a confeccionar ciertos vínculos artísticos y técnicos que les sirvieron de apoyo para llevar a cabo el proyecto. Pero aunque es cierto que consiguieron cierta cantidad de dinero para empezar —alrededor de medio millón de dólares—, cuando el proceso fue adquiriendo velocidad las reservas monetarias empezó a escasear y tuvieron que buscar otras alternativas para llevar la producción adelante. Una de las principales medidas consistió en prometer a los implicados que, tan pronto como la película empezase a generar beneficios tras su distribución, serían los primeros en recibir su salario. Por delante incluso de director y productores. De este modo gran parte de los participantes se embarcaron en una producción un tanto suicida, pero al menos iban a poder trabajar en una producción cinematográfica, y eso siempre podía ayudar a establecer nuevos lazos de cara al futuro.

Diseño conceptual de William Stout

El artista William Stout, ese dibujante extraordinario enamorado de los dinosaurios, se encargó de diseñar a la bestia sobre el papel, mientras que el maestro de maquillaje Doug Beswick respaldado por un equipo formado por Kevin Brennan, Margaret Prentice y Mark Bryan Wilson, entre otros, comenzaron las labores de construcción de un traje que se las iba a hacer pasar canutas a Kevin Peter Hall. Porque un disfraz entero de látex sobre un cuerpo humano durante el sofocante verano californiano de 1983 —fecha en que se inició la filmación— no era algo muy cómodo, por así decirlo. Durante las pausas de rodaje al pobre Peter Hall tenían que extraerle la parte superior del traje y dispararle aire con varios secadores para ventilarle un tanto. El grueso de la filmación se llevó a cabo en Los Ángeles, si bien la producción realizó un viaje hasta San Francisco para ambientar los momentos finales de la narración, con la bestia caminando por la ciudad desierta. Como se puede preveer, no resultó nada fácil cortar el tráfico en las calles céntricas de la urbe para dejar salir a pasear al monstruo.

A los problemas habituales de cualquier rodaje se sumó una ambición perfeccionista de Bob Dahlin —tenemos que entenderlo, era su criatura—, quien insistía en rodar los planos varias veces hasta lograr el que consideraba perfecto. De esta manera, el rodaje se fue dilatando más y más, y el presupuesto desapareció.  Ante la falta de pago y la demora en la filmación algunos técnicos y artistas se marchaban y eran reemplazados por otros, mientras que ciertos implicados empezaban a reclamar a los productores esos beneficios prometidos.Esa filmación prevista para verano de 1983 fue expandiéndose en el tiempo, con el equipo grabando reshoots meses y meses después, con un hiato en el proceso causado por la falta de fondos. El desgraciado monstruo parecía condenado a no salir nunca del armario.

Mientras tanto, la productora neoyorquina Troma comenzaba a despuntar con sus largometrajes socarrones plagados de incorrección, violencia, nudismo y crueles exageraciones. El vengador tóxico (The Toxic Avenger, Lloyd Kaufman, 1984), uno de sus más recordados productos, cosechaba una buena carrera comercial, e intentando buscar nuevos horizontes, sus propietarios Lloyd Kaufman y Michael Herz atendieron una peculiar oferta. Habían conocido que un largometraje financiado de manera independiente se encontraba en un callejón sin salida. Tenían prácticamente la película terminada, a falta de añadir la banda sonora, unos pocos efectos especiales y editarla, pero la falta de presupuesto impedía finalizar esos aspectos. Ese largometraje que se encontraba contra la espada y la pared era El monstruo del armario, y pese a que sus artífices no estaban plenamente convencidos, aceptaron el acuerdo. Al fin y al cabo, nadie más quería apostar por ellos.

Muchas productoras independientes se caracterizan por unas medidas económicas muy ahorrativas, algo lógico si se pretende sufragar un largometraje sin un gran respaldo presupuestario. Ahora bien, la política de Troma era eso y mucho más, por lo que pronto empezaron los desacuerdos entre los productores ejecutivos Kaufman y Herz, y los responsables artísticos del filme. Primero, Troma trató de realizar un montaje nuevo de la obra para acercarla más a su naturaleza iconoclasta. Por supuesto, Dahlin y compañía se negaron, y David Levy en persona tuvo que viajar hasta Nueva York, a las oficinas de Troma, para asegurarse que un montaje en bruto que había confeccionado el editor —y luego director— Raja Gosnell con el aprobado de Dahlin se finalizaba tal como se había previsto. En segundo término, a los responsables se les había prometido una banda sonora orquestal, pero al final se optó por una composición en sintetizador que realizó el músico Barrie Guard en Londres. Una maniobra que desalentó a Dahlin y Levy, en ese punto los más implicados con conseguir llevar a buen puerto, de una vez por todas, El monstruo del armario. Tenían varios compositores de Los Ángeles dispuestos a elaborar una banda sonora plenamente orquestal, y aquello se desestimó por completo.

La tensión entre los dos bandos llegó hasta el punto en que prácticamente se desvincularon uno del otro durante la distribución y exhibición de la obra, que dio inicio en Cannes y continuó por varios festivales europeos con cierto reconocimiento. Por ejemplo, obtuvo sendos galardones en el Festival International de Paris du Film Fantastique et de Science-Fiction. También sirve como disyuntiva entre las dos partes que ese primer póster empleado para su pase en festivales no era del agrado de Dahlin y compañía, y por ello se encargó al laureado artista Bob Larkin, autor de preciosistas portadas para cómics de Marvel o Conan, que realizase un nuevo cartel. Y ese fue el que se empleó para su estreno comercial. Por desgracia, cuando El monstruo del armario comenzó esa andadura en los cines en 1987, su repercusión fue prácticamente nula. Era como si de alguna manera, en cinco años que habían pasado entre los primeros pasos del proyecto y su estreno, el panorama del fantástico hubiese cambiado tanto que la atractiva propuesta de Dahlin se proyectaba caducada. Spielberg se había convertido en amo y señor de las propuestas de esta índole, y largometrajes como Los cazafantasmas (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984) o Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) habían hecho avanzar los gustos del público hacia corrientes más esmeradas y dinámicas.

Después llegó la habitual salida al mercado de video, donde obtuvo la mayor parte de su audiencia. Era una situación francamente interesante la que se daba en las estanterías de esos locales, donde títulos como el presente podían tener un estreno en salas muy restringido y en cambio en formato doméstico disfrutar de un recibimiento más cálido. En este sentido, fue muy llamativo el caso de Suecia, donde la película se estrenó directamente en formato doméstico con el particular título de Spöksnubben i Skrubben. Algo que —pese a perder gran parte del sentido en la traducción— podríamos entender como El tipo fantasma del ropero, y que se convirtió en un fenómeno de culto en el país por esa maniobra desvergonzada de alterar los títulos originales para su distribución autóctona. Para rematar esta salida al mercado sueco, se realizó otra portada de la mano de no otro que nuestro excelso dibujante Blas Gallego, con la garra de la bestia, ahora verde en lugar de marrón, realizando una peineta.

No muchos recuerdan El monstruo del armario a día de hoy, y suele pasar desapercibida entre la amplia filmografía fantástica de la década de los ochenta, pero en mi opinión es una rara avis no exenta de elementos interesantes, actuaciones rimbombantes, planteamientos novedosos, y por encima de todo, una sentida carta de amor a muchos pilares de la ciencia ficción de todas las épocas.

Octavio López Sanjuán


[1] De hecho, Dahlin ganó a principios de los setenta un galardón de la Academia de las artes por un cortometraje homenaje a Alfred Hitchcock titulado Norman Nurdelpick’s Suspension (1973).

[2] En concreto, la mayor parte del proceso creativo inicial de El monstruo del armario se fraguó en las costas mediterráneas mientras Dahlin, Levy y el resto de habituales de Robert Altman se encontraban filmando Popeye (Popeye, 1980), otro largometraje de dilatado rodaje.

Un comentario en “El monstruo del armario

  1. Sirva el presente texto como aperitivo del libro que su autor, Octavio López, se encuentra en estos momentos escribiendo sobre «El monstruo del armario».

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