El lobo de Snow Hollow

 

Sinopsis: El terror se adueña de un pequeño pueblo al pie de las montañas cuando una serie de cadáveres son descubiertos tras noches de luna llena. El Sheriff John Marshall deberá averiguar quien se encuentra detrás de estos asesinatos mientras cuida de su hija adolescente, de su padre enfermo e intenta no caer de nuevo en las garras del alcohol…

 


Título original: The Wolf of Snow Hollow
Año: 2020 (Estados Unidos)
Director: Jim Cummings
Productores: Kathleen Grace, Matt Hoklotubbe, Michael J. Mc Garry, Natalie Metzger, Benjamin Wiessner, Matt Miller
Guionista: Jim Cummings
Fotografía: Natalie Kingston
Música: Ben Lovett
Intérpretes: Jim Cummings (John Marshall), Riki Lindhome (detective Julia Robson), Robert Forster (sheriff Hadley), Chloe East (Jenna Marshall), Will Madden (Paul Carnury), Annie Hamilton (Brianne Paulson), Jimmy Tatro (PJ Palfrey)…

Parece poco probable que a estas alturas una película sobre hombres lobo logre tener la misma repercusión que obtuvieron filmes clave del género, ya sea por fijar las pautas que seguirían sus predecesoras –representados por El hombre lobo (The Wolf Man, George Waggner, 1941)-, o bien gracias a unos innovadores efectos especiales que marcaron los años 80 como la edad dorada del cine sobre licántropos –sirva el caso de Aullidos (The Howling, Joe Dante, 1981), Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, John Landis, 1981) o En compañía de lobos (The Company of Wolves, Neil Jordan, 1984)-. Y no solo porque, por norma general, la licantropía se haya visto relegada básicamente a presupuestos modestos cuando se ha tratado en el cine, sino porque su premisa se ha visto agotada a lo largo de los años y el público no parece ya demasiado impresionable por este tipo de historias. De hecho, la notable El hombre lobo (The Wolfman, Joe Johnston, 2010), revisión de la cinta homónima de la Universal con un presupuesto de 150 millones de dólares y lo último en CGI, fue un rotundo fracaso y su estreno se demoró dos años porque necesitó de varios remontajes y el rodaje de escenas adicionales. No obstante, existen honrosas excepciones que, pese a no haber gozado de unas transformaciones que hayan dejado con la boca abierta al respetable o la misma trascendencia de los clásicos, sí que han logrado dar un soplo de aire fresco a la mitología licántropa. Cintas como Luna maldita (Bad Moon, Eric Red, 1996), estrenada directamente en vídeo aquí en España, el telefilm The Wolf Girl [tv/dvd: Wolf girl: La mujer lobo, Thom Fitzgerald, 2001] o la gamberra serie B Alaridos (Big Bad Wolf, Lance W. Dreesen, 2006), son solo unos pocos ejemplos de pequeñas joyas que merecen tenerse en cuenta.

En este mismo grupo podemos incluir The Wolf of Snow Hollow [tv: El lobo de Snow Hollow, 2020], segundo largometraje como director del también actor Jim Cummings. A pesar de ser gran amante del género, Cummings cuenta que tuvo más presente títulos como El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991) o Zodiac (David Fincher, 2007), que las películas anteriormente citadas. Este hecho se hace más que palpable conforme avanza el metraje y vemos el paisaje nevado donde tiene lugar la acción, acercándose a cintas como Wind River (Wind River, Taylor Sheridan, 2017) o, incluso, Fargo (Fargo, Joel y Ethan Coen, 1996), que a las películas protagonizadas por Larry Talbot y compañía. De hecho, en El lobo de Snow Hollow tan solo encontramos una mísera referencia a una película sobre hombres lobo propiamente dicha y se trata de, nada más y nada menos, que Teen Wolf (De pelo en pecho) (Teen Wolf, Rod Daniel, 1985), aquella comedia protagonizada por Michael J. Fox que, a decir verdad, tampoco tenía mucho que ver con la mitología clásica del licántropo, proponiendo que la transformación en lobo venía provocada por la entrada en la adolescencia del protagonista y no por los efectos de cualquier mordedura o plenilunio. 

El lobo de Snow Hollow nos presenta a John Marshall (Jim Cummings), un sheriff de un pequeño pueblo de montaña, que tiene que investigar unas siniestras muertes que tienen lugar cada noche de luna llena. Dichos crímenes parecen perpetrados por un animal salvaje de grandes dimensiones y tienen la peculiaridad de que a las víctimas les desaparece una parte del cuerpo. Pronto se crea la leyenda entre los lugareños de que quien se encuentra detrás de estos espantosos crímenes es un misterioso hombre lobo y Marshall comienza a tener serios problemas para poder controlar los ánimos de la gente del pueblo y de sus propios compañeros. El motivo es que John se encuentra en esos mismos instantes reemplazando a su padre enfermo, el antiguo y respetable sheriff Hadley (Robert Forster, en el último papel que desempeñó antes de su muerte), una tarea ardua y difícil, pues este desempeñó su cargo con una determinación envidiable, lo que hace que cualquier decisión que toma sea puesta en tela de juicio. Por si no fueran suficientes problemas, el sheriff también tiene que lidiar con continuas discusiones con su exmujer y con la difícil relación que mantiene con Jenna (Chloe East), su hija adolescente, cosa que acaba aumentando su estrés y provocan que recaiga en el alcoholismo, del cual llevaba años limpio gracias a rehabilitación.

Este hándicap tan manido en los thrillers es utilizado sabiamente en el film de Cummings para resaltar la debilidad masculina de su protagonista en vez de presentarlo, una vez más, como el típico antihéroe atormentado que debe hacer frente al sangriento caso de turno y a multitud de problemas personales. Aquí las imperfecciones del sheriff no están plasmadas con el atractivo de otros personajes similares – véase el caso de los detectives Rust Cohle y Marty Hart de la serie True Detective, por poner un ejemplo -, sino que su decadencia viene acompañada de un gratificante y sutil punto cómico que señala sin maniqueísmos la fragilidad machista que suele imperar en este tipo de películas. En este punto juega un papel esencial la detective Julia Robson (Riki Landhome), un personaje con ciertas reminiscencias a la policía Marge Gunderson de la citada película de los Coen, pese a que un principio no parece que su función vaya a ser determinante.

El lobo de Snow Hollow deja alguna que otra escena para el recuerdo –véase el ataque a la hija del sheriff o esa otra en la que se descubre quien se encuentra detrás de los asesinatos–, además de algunos planos de una belleza escalofriante gracias a la excelente fotografía de Natalie Kington. Si algo se le puede echar en cara a Cummings es la sensación de que el desenlace resulte algo precipitado y poco elaborado. No obstante, pese a ello, el hecho que pareciese que estuviese descubriendo quien era el licántropo de la función como si de un capítulo de Scooby-Doo se tratase, me devolvió una sonrisa en los labios y la sensación de que estaba ante otra pequeña gran película de hombres lobo que, ojalá, logre encontrar su lugar con el tiempo.  

Juan Pedro Rodríguez Lazo

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