El wéstern en la provincia de Granada (1961-1984) (II)

Hasta que llegó su hora (C’era una volta il west, Sergio Leone, 1968) comienza con una memorable escena que trascurre durante los títulos de crédito, sin apenas diálogos, en una estación de ferrocarril bautizada como Cattle Corner. Se trata exactamente de la misma localización ferroviaria, ubicada en los llanos del municipio de La Calahorra, que utilizó Sergio Leone para el principio de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) bajo la denominación de Tucumcari, pero decorada en esta ocasión con bastantes más medios presupuestarios.

La estación de Cattle Corner en Hasta que llegó su hora, localizada en la vía férrea La Calahorra-Minas de Alquife.

El cada vez mayor nivel de producción de los exitosos wésterns del maestro italiano se tradujo en la necesidad de construir un nuevo poblado del Oeste para Hasta que llegó su hora, con el fin de que dicho decorado contara con su propia estación ferroviaria. De este modo, por iniciativa de Sergio Leone y su recién creada productora, Rafran Cinematografica, se levanta el poblado Flagstone[1] en un emplazamiento prácticamente anexo a la estación de tren La Calahorra-Ferreira, también usada por Leone -como ya vimos en la primera parte de este artículo- en una escena de El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966).

La construcción de este decorado estable supone, sin duda, uno de los mayores hitos del wéstern rodado en la provincia de Granada, pues no solo brindaría para la posteridad inolvidables secuencias de esta película, como aquella de la llegada a Flagstone de Claudia Cardinale, realizada por Sergio Leone mediante un excelso movimiento ascendente de grúa que nos muestra con detalle los edificios de la ciudad mientras acompaña la entrada en escena del personaje femenino más destacado de su filmografía; también serviría como posterior escenario para tres wésterns más, muy pocos, por otro lado, si tenemos en cuenta las infinitas posibilidades de explotación que hubiese merecido, incluida la de su mantenimiento y preservación hasta la actualidad, como sí hicieron por fortuna con algunos de los decorados almerienses.

El diseño de los edificios de la ciudad de Flagstone corrió a cargo de Carlo Leva con la ayuda de Carlo Simi, habituales colaboradores en los decorados de la anterior “trilogía del dólar” de Sergio Leone. Tan solo unas penosas ruinas del poblado se mantienen a día de hoy en este mítico enclave cinematográfico de La Calahorra, muy frecuentado no obstante por los amantes del eurowestern, al igual que ocurre con la contigua y anteriormente mencionada estación de tren real del municipio.

Henry Fonda en Hasta que llegó su hora frente al saloon de Flagstone en La Calahorra.
Comparativa del poblado Flagstone, tal y como aparece en Hasta que llegó su hora y con su aspecto actual reconvertido en granja ganadera. Esta comparativa y muchas otras similares se pueden ver en la magnífica página de Facebook de Mero García, uno de los mayores expertos actuales en localizaciones wéstern granadinas: https://www.facebook.com/westernlocation
Estado actual de uno de los edificios del decorado de Flagstone en La Calahorra. Fotografía: Francisco Arco
Plano dibujado por Carlo Leva donde se aprecia con detalle el diseño del poblado Flagstone de La Calahorra. Extraído del libro Guadix y el cine. Historia de los rodajes cinematográficos en la comarca accitana (1924-2002);Asociación para el Desarrollo Rural de la Comarca de Guadix-Ayuntamiento; 2003.

Las localizaciones granadinas de Hasta que llegó su hora se completan con una serie de secuencias clave filmadas en la segunda vía férrea más frecuentada por el cine en la provincia -véase la primera parte de este artículo-, concretamente en el trayecto que discurría desde Hernán-Valle hasta Guadix. Nos referimos a la escena de la muerte del lisiado magnate Morton (Gabriele Ferzetti), así como a la llegada al mismo lugar de Henry Fonda montado a caballo, con el muy apropiado fondo desértico de la cercana rambla del Grado. Hay que dejar constancia de que en ningún momento todas estas localizaciones mencionadas desentonan cuando aparece en pantalla el escenario natural por antonomasia del wéstern clásico estadounidense, el Monument Valley de la frontera sur de Utah con Arizona, donde Leone se permitió el lujo de rodar algunas escenas de esta película.

Localización en el antiguo trayecto ferroviario que unía Hernán-Valle con Guadix, escenario de la muerte de Morton en Hasta que llegó su hora.
Henry Fonda cabalgando por la árida rambla del Grado de Hernán-Valle en Hasta que llegó su hora.

Para terminar con el recuerdo de este importante título dentro del wéstern realizado en Granada, nos gustaría mencionar la figura del malogrado actor canadiense Al Mulock, que aparece en la secuencia de créditos comentada anteriormente, pero que no pudo completarla al suicidarse durante el rodaje en el hotel Brasilia de la ciudad de Guadix donde se hospedaba el equipo. Según testimonios de la época, el actor se arrojó desde la terraza del edificio y cayó en el patio de luces, aunque, sorprendentemente, no murió en el acto, sino unas horas más tarde mientras era trasladado al hospital. Posibles problemas de depresión, drogadicción y relaciones sentimentales parecen ser los motivos desencadenantes de tan luctuoso hecho.

Al Mulock durante la secuencia de créditos de Hasta que llegó su hora filmada en La Calahorra. Tan solo unos días después se suicidaría sin llegar a completar los planos previstos para su personaje en el montaje de la película, por lo que hubo que recurrir a un doble de espaldas a la cámara.
Aspecto actual del edificio donde se encontraba el antiguo hotel Brasilia de Guadix, situado en la avenida Medina Olmos, en el que se suicidó Al Mulock. Fotografía extraida del grupo de Facebook “Fototeca Guadix”: https://www.facebook.com/groups/311759939661791

Hacia finales de la década de los sesenta ya se empezaba a notar la influencia que el entonces popular wéstern italiano ejercía en las cintas del género producidas en otras latitudes. Tal es el caso de 100 rifles (100 Rifles, Tom Gries, 1969), primera cinta del Oeste rodada en tierras granadinas con dinero procedente de un gran estudio hollywoodiense, 20th Century Fox en este caso.

Con un espectacular reparto encabezado por la sex symbol Raquel Welch, el exjugador de fútbol americano reconvertido a actor Jim Brown y Burt Reynolds, éste último en su segunda incursión por la provincia tras Joe, el implacable (Navajo Joe, Sergio Corbucci, 1966), la película se podría encuadrar perfectamente dentro de la línea del Zapata western iniciada unos años antes por la industria italiana del género, pero llevada a cabo con un despliegue de medios técnicos lógicamente muy superior. En la vía de los llanos de La Calahorra tiene lugar una recordada escena en la que Raquel Welch, como guerrillera revolucionaria camuflada, toma una sensual ducha bajo un depósito de agua del tren con el fin de despistar y embaucar al ejército enemigo. El otro escenario escogido por la zona fue la sierra de Huétor -localización estrenada por el film de Enzo G. Castellari Voy, le mato y vuelvo (Vado… l’ammazzo e torno, 1967)-, donde se construyó un rudimentario pero convincente poblado mexicano.

La escena de 100 rifles con Raquel Welch refrescándose en los llanos de La Calahorra.
El asentamiento mexicano de 100 rifles, ubicado en el Parque Natural Sierra de Huétor.

Tras la fundacional Yo soy la revolución (Quién sabe?, 1967), el siguiente wéstern revolucionario rodado en Granada sería la excelente Tepepa (Tepepa, 1969), dirigida con mano firme por Giulio Petroni, quien ya anduvo por estas tierras en sus dos anteriores cintas del subgénero, primero en De hombre a hombre (Da uomo a uomo, 1967) y después en Y por techo un cielo de estrellas (E per tetto un cielo di stelle, Giulio Petroni, 1968). Al igual que ocurría en Yo soy la revolución, este Zapata western localiza en Guadix, pero en vez de en su estación de tren como hiciera Damiano Damiani en su película, es el centro histórico de la ciudad el que adquiere gran protagonismo -con vistas detalladas de lugares emblemáticos como la iglesia de Santiago, el palacio de Peñaflor y la puerta de San Torcuato-. Especialmente ilustrativo resulta al respecto el intento frustrado de fusilamiento del líder rebelde encarnado por Tomás Milián por parte de los soldados a cargo del coronel que interpreta Orson Welles, con el desenlace de la huida del actor de origen cubano en un coche de la época que se interpone de improviso entre los fusiles y el paredón. Cabe mencionar que en el libreto del filme intervino el combativo guionista Franco Solinas, autor igualmente del guion de Yo soy la revolución.

Tomás Milián a punto de ser fusilado en Tepepa. La céntrica calle de Guadix donde se rodó esta escena se llama Cuesta del Cristo de la Luz, conocida popularmente como “calle de la zeta”, debido al intrincado quiebro que hay que realizar para acceder a ella.
Orson Welles en Tepepa, presidiendo el ajusticiamiento de Tomás Milián en la plaza de Santiago de Guadix.

Otro gran ejemplo de wéstern político, pero sin relación esta vez con la Revolución mexicana, es el segundo film realizado en el poblado del Oeste de La Calahorra tras su inauguración en Hasta que llegó su hora: La muerte de un presidente/Il prezzo del potere (Tonino Valerii, 1969). Se trata, nada menos, que de una recreación fílmica del por entonces reciente asesinato de John Fitzgerald Kennedy bajo los parámetros del wéstern hispano-italiano. La película cuenta con el protagonismo del astro del género Giuliano Gemma, para entonces ya familiarizado con los terrenos de La Calahorra donde había realizado un año antes la ya citada Y por techo un cielo de estrellas. El hecho de tener tras la cámara a un eficiente director como Tonino Valerii, antiguo ayudante de Sergio Leone, otorga credibilidad a un film que quizás sea de los más atípicos argumentalmente dentro del spaghetti western. El poblado anteriormente conocido como Flagstone se convierte ahora en un Dallas casi decimonónico por obra y gracia, nuevamente, del decorador Carlo Leva, ofreciendo un aspecto diferente y más pulido del que lucía en Hasta que llegó su hora, en la cual no se escondía en ningún momento su carácter de ciudad en plena fundación.

El poblado del Oeste de La Calahorra en La muerte de un presidente.
El decorado de la ficticia estación de tren de Dallas en La muerte de un presidente, construido en el lado opuesto a donde se encontraba la estación de tren real de La Calahorra-Ferreira, a la cual pertenecía (hoy en día está derruido) el edificio que podemos ver al fondo del encuadre.

En Caza implacable (The Hunting Party, Don Medford, 1971), serían Reino Unido y Estados Unidos los países encargados de la coproducción de esta notable cinta que contiene muchos de los ingredientes violentos que explotaban las películas del filón transalpino del Oeste. Un tema clásico, visto en muchos otros films, como es “la caza del hombre”, sirve de excusa para que Candice Bergen[2] y su secuestrador, Oliver Reed, se pasen toda la película huyendo del sádico marido de la primera, interpretado por un Gene Hackman cegado en dar con su paradero a cualquier precio. Se eligen dos escenarios granadinos para cubrir el aspecto ferroviario, la habitual vía del tren de Hernán-Valle hasta Guadix y una nueva estación muy cercana a La Calahorra, la de Huéneja-Dólar, cuya aparición en esta película supone la única ocasión en la que ha quedado inmortalizada por el cine[3].

La vía férrea Guadix-Baza, a su paso por los llanos de Hernán-Valle, en Caza implacable.
Simon Oakland y Gene Hackman en la estación de Huéneja-Dólar, rebautizada como “Ruger” para Caza implacable.

Sergio Leone vuelve a Granada para dirigir su quinto wéstern, ¡Agáchate, maldito! (Giù la testa, 1970), el menos valorado por los aficionados dentro del género, si bien atesora no pocos momentos de interés y esa apreciación tiene mucho que ver con que la película estaba en principio ideada para que el director romano ejerciera en ella solamente el rol de productor. Peter Bogdanovich y Sam Peckinpah fueron los dos cineastas que rechazaron hacerse cargo de este proyecto que Leone se vio finalmente obligado a dirigir, apuntándose en esta ocasión al carro del Zapata western de clara orientación izquierdista, no en vano la corriente había surgido en gran parte por la influencia del Mayo francés de 1968.

El retrato de muy diferentes escenarios granadinos es digno de mención y demuestra, una vez más, el apego que el director italiano sentía hacia esta tierra: la ubicua vía de Hernán-Valle y sus desérticas llanuras (donde los protagonistas, James Coburn y Rod Steiger, cabalgan tienéndose que apartar de los raíles debido al paso de un tren); el centro histórico de Guadix (prácticamente la misma localización, detallada más arriba, de Tepepa); la estación de tren de Gor (mostrada previamente, aunque sin llegar a enfocar al edificio, por Sergio Corbucci en Joe, el implacable); y los llanos de La Calahorra (en una escena nocturna que hace un poco difícil reconocer la ubicación exacta).

La vía de Hernán-Valle a su paso por el puente del Grao en ¡Agáchate, maldito!
La conocida como “calle de la zeta” de Guadix, anterior escenario del frustrado fusilamiento de Tomás Milián en Tepepa, fue también escogida por Sergio Leone en ¡Agáchate, maldito! para un muy similar ajusticiamiento.
Vista de la catedral de Guadix en ¡Agáchate, maldito!
La antigua azucarera de San Torcuato de Guadix en la escena del fusilamiento masivo de ¡Agáchate, maldito!
Otro momento de ¡Agáchate, maldito! en la estación de ferrocarril de Gor, situada en la línea Guadix-Baza.

Sol rojo (Soleil rouge, Terence Young[4], 1971) es otro ejemplo de wéstern no italiano -aunque dicho país tiene una pequeña aportación como coproductor- rodado con holgura de medios pero recubierto de algún modo por una similar envoltura de spaghetti. Esta película, de capital francés en su mayor parte, exhibe un reparto que quita el hipo con estrellas como Charles Bronson -en su segunda incursión granadina tras Hasta que llegó su hora-, Toshirô Mifune, Ursula Andress y Alain Delon. La inclusión del mítico actor japonés Mifune dentro de un wéstern europeo responde a la fiebre que se desató en todo el mundo en los setenta por ciertos aspectos de la cultura oriental y las artes marciales, aunque en este caso el astro japonés representa su clásico papel de samurái tantas veces visto en sus obras maestras con el director Akira Kurosawa.

Especialmente curiosa resulta la escena del film con Toshirô Mifune en paños menores en medio de unos helados riscos de Sierra Nevada, única vez que este conocido paraje granadino aparece en una cinta del Oeste. También se rueda, cómo no, una escena ferroviaria en la vía del tren de Hernán-Valle con Mifune y todo su séquito samurái, así como la llegada de Charles Bronson al decorado de la misma ficticia estación de La Calahorra que Leone había bautizado como Tucumcari para La muerte tenía un precio.

Curiosa escena de Sol rojo con Charles Bronson, Ursula Andress y Toshirô Mifune en Sierra Nevada.
Otro momento de Sol rojo con Toshirô Mifune y sus acólitos en la vía de Hernán-Valle.
Charles Bronson en Sol rojo llegando a caballo al emplazamiento de la misma estación “Tucumcari” de La Calahorra que imaginara Sergio Leone para La muerte tenía un precio. Nótese un ingenioso truco de planificación: el aprovechamiento del segundo poste de teléfono que vemos al fondo, cuya parte superior (por donde pasa el cableado) tapa casi por completo la vista del castillo de La Calahorra que inevitablemente aparece al filmar desde esa posición.

Ferdinando Baldi, director de algunos populares spaguetti westerns previos y autor con un estilo muy cercano al cómic, especialmente en sus colaboraciones con el actor y productor Tony Anthony, precisamente el protagonista de nuestro siguiente título, El justiciero ciego (Blindman, 1971), incluye también una secuencia rodada en la misma localización que hemos comentado de Sol rojo en los llanos y vía de La Calahorra. Anthony interpreta a un casi imposible pistolero ciego que, a pesar de su discapacidad, resulta asombrosamente imbatible para sus enemigos. La secuencia en cuestión es más o menos breve, pero contó con la destacada presencia en el lugar del famosobaterista de The Beatles, Ringo Starr, quien en aquel momento empezaba a hacer sus pinitos como actor tras la reciente disolución de la mítica e influyente banda.

Ringo Starr ejerciendo de rehén en una escena de El justiciero ciego, rodada, de nuevo, en aquel mítico “Tucumcari” de Leone en las vías de La Calahorra.

A estas alturas del relato, es por todos bien sabido que el eurowestern había entrado en declive a principios de los setenta, aunque en su primer lustro todavía se seguían facturando películas a buen ritmo y el interés del público no había decaído del todo. El spaghetti western cómico empezó, por desgracia, a reinar en las carteleras mediante burdas -y siempre inferiores- imitaciones de “los Trinidad” de Bud Spencer y Terence Hill. No es el caso exacto de Les llamaban y les llaman dos sinvergüenzas (Amico, stammi lontano almeno un palmo, Michele Lupo[5], 1972), cuyos sosias de Spencer y Hill serían supuestamente Giuliano Gemma -en su tercer y penúltimo rodaje granadino- y Luigi Montefiori/George Eastman -quien también ejerce de guionista-. En la película, no del todo fallida, también aparece la misma estación de tren ficticia de La Calahorra que ya hemos nombrado tantas veces (y que volveremos a citar irremediablemente…).

Giuliano Gemma en un ingenioso plano detalle de Les llamaban y les llaman dos sinvergüenzas con el fondo de la vía férrea de La Calahorra.
El omnipresente decorado de la ficticia estación de tren de La Calahorra, tal y como aparece en Les llamaban y les llaman dos sinvergüenzas y en la actualidad. En la fotografía reciente se pueden apreciar los restos de la demolición del edificio. Comparativa: Francisco Arco.

Eugenio Martín, sin duda el mejor director de cine nacido en Granada, dota de gran protagonismo a la estación de tren La Calahorra-Ferreira y su línea ferroviaria hasta las minas de Alquife, pues ocupan gran parte del metraje de El desafío de Pancho Villa (1972), otro Zapata western, aunque poco memorable, contaminado ya por el humor de trazo grueso imperante en el coetáneo spaghetti cómico. Al ser coproducción entre Estados Unidos, Reino Unido y España, en el elenco actoral podemos disfrutar de una primera figura como Telly Savalas, aunque ello no es suficiente motivo para elevar el interés de esta cinta que tiene como productor al tan importante como polémico Philip Yordan, guionista de, por ejemplo, un clásico del wéstern como Johnny Guitar (Johnny Guitar, Nicholas Ray, 1954), pero también muy conocido en España por su involucración en producciones realizadas a toda velocidad y, en ocasiones, usando artimañas para evadir impuestos. Al menos esta película sirvió para que el director granadino, autor de una de las mejores muestras del wéstern hispano-italiano como es El precio de un hombre (1966), rodara en los mismos escenarios de su tierra donde lo habían hecho antes tantos directores foráneos.

Telly Savalas en una escena de El desafío de Pancho Villa rodada en la estación de tren La Calahorra-Ferreira.
Clint Walker dando la orden de ataque en El desafío de Pancho Villa por la vía férrea La Calahorra-Minas de Alquife. Al fondo, se aprecia claramente la silueta del cercano castillo de La Calahorra.

El británico Peter Collinson, director de la interesante Un trabajo en Italia (The Italian Job, 1969), rueda otro wéstern de presupuesto más o menos holgado en Granada, Un hombre llamado Noon (1972), con una factura bastante correcta, destacando sobre todo la excelente fotografía de tono crepuscular obra de John Cabrera y el protagonismo de dos stars como Richard Crenna y Stephen Boyd. Pese a todo, la película figura como coproducción mayoritariamente española, en una entente financiera con Italia y Reino Unido. Luis Bacalov aporta por momentos el contrapunto spaguetti mediante el estilo de su banda sonora.

El film localiza en las dos populares estaciones de La Calahorra, la real y “Tucumcari”, y también muestra otro edificio ferroviario en ruinas muy cercano a la población de La Calahorra que ya pudimos ver brevemente en Siete mujeres para los MacGregor (Sette donne per i Mac Gregor, Franco Giraldi, 1966)[6].El tren circula por un amplio tramo del trayecto ferroviario La Calahorra-Minas de Alquife, pasando en otro momento por el puente metálico de la rambla Fiñana, el escenario preciso donde Crenna y Boyd saltan desde un vagón en marcha -ver vídeo incluido en la nota al pie número once de la primera parte de este artículo-.

Fotocromo francés de Un hombre llamado Noon en la estación de tren La Calahorra-Ferreira. La locomotora de vapor utilizada es la popular Babwil 140-2054.
Edificio en ruinas que aparece en Un hombre llamado Noon, construido en tiempos pretéritos con la finalidad de servir como estación para la cercana población de La Calahorra.

Enzo G. Castellari vuelve por tercera y última vez a la provincia para acometer la dirección de la desastrosa Tedeum (Tedeum, 1972), cuyo acabado formal se ajusta como anillo al dedo al despectivo nombre con que se denostaba por entonces al filón humorístico italiano del Oeste, también conocido como fagioli western (otra “ingeniosa” denominación culinaria en referencia a los frijoles que solían comer los personajes). Ni los ecos religiosos y fuera de lugar del título de la película –“tedeum” es un canto litúrgico católico-, ni el protagonismo de veteranos actores hollywoodienses como Jack Palance o Lionel Stander pueden salvar semejante desaguisado. Con todo, para el objeto de nuestro estudio, el experimento nos interesa debido a la utilización de una nueva localización granadina nunca vista hasta ese momento. Se trata de un túnel[7] perteneciente a un trayecto ferroviario muy poco frecuentado por el cine[8], la vía férrea Linares-Almería a su paso por el término municipal de Fonelas. Por lo demás, Tedeum también cuenta con secuencias filmadas en la muy frecuentada vía y llanos de La Calahorra.

Jack Palance en Tedeum, saliendo del “túnel de Fonelas II” de la línea Linares-Almería a su paso por el término municipal de Fonelas.

Otro de los pocos aspectos positivos derivados de Tedeum fue que gracias a este film de Castellari el mentado túnel se eligiera como localización para otra película infinitamente mejor, Una razón para vivir y una para morir (Una ragione per vivere e una per morire, 1972), dirigida por el gran Tonino Valerii. James Coburn y Bud Spencer protagonizan este film ambientado en la guerra civil estadounidense que conjuga muy bien algunos apuntes humorísticos con otros de un poso bastante más hondo. Nuestro Rafael Azcona participa en el guion para cubrir la parte española de la coproducción. Aparte de este túnel ferroviario, se reconoce en otro segmento de la película un decorado con algo de atrezo adicional en la recurrente y ficticia estación de las vías de La Calahorra.

De nuevo el “túnel de Fonelas II” en Una razón para vivir y una para morir.
El famoso “Tucumcari” de La Calahorra según Leone, pero debidamente atrezado para Una razón para vivir y una para morir.

Nos vamos acercando al final de la segunda entrega de este artículo, con el propósito de no extendernos más de lo tolerable en este tipo de estudios que aspiran a ser más o menos exhaustivos, siempre dentro de nuestras modestas posibilidades. La inminente decadencia de este resurgimiento del wéstern a nivel mundial, acaecido durante las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo, será lo que marque la pauta en el resto de títulos a tratar en la tercera y última parte de este recorrido por rodajes en tierras granadinas.

Una película tan extraña como El bruto, el listo y el capitán (Ci risiamo, vero Provvidenza?, Alberto De Martino, 1973), la última que vamos a incluir en este artículo, que cuenta simplemente con el breve plano de un tren cruzando por el puente de la rambla Fiñana de La Calahorra como único escenario de la provincia, es buena muestra de esa decadencia del wéstern europeo a la que antes aludíamos. Por referir algunos datos de ella, nos encontramos en su reparto, de nuevo por la zona, con un Tomás Milián caracterizado casi del mismo modo que el icónico personaje “Charlot” de Charles Chaplin. En suma, un disparate al que de wéstern le queda ya poco, con una serie de coreografías y decorados pop muy imaginativos pero nada adecuados para el género. El film era una especie de secuela de la previa Ya le llaman Providencia (La vita, a volte, è molto dura, vero Provvidenza?, Giulio Petroni, 1972), otro spaguetti cómico y alocado.

Breve inserto de un tren pasando por el puente metálico de la rambla Fiñana en La Calahorra, prácticamente lo único rodado en Granada que se puede distinguir en la mediocre película El bruto, el listo y el capitán. La locomotora de vapor utilizada es la popular Babwil 140-2054.

Pero que no cunda el pánico, en nuestra siguiente entrega todavía nos quedan por abordar películas como las dos últimas producciones de Sergio Leone realizadas en el poblado Flagstone de La Calahorra: la magnífica Mi nombre es Ninguno (Il mio nome è Nessuno, Tonino Valerii, 1973) y la interesante El genio (Un genio, due compari, un pollo, Damiano Damiani, 1975), aparte de un buen número de films con resultados variopintos y realizados a contracorriente durante los estertores del wéstern europeo a finales de los setenta y principios de los ochenta.

                                                                                 Francisco Arco


[1] Muy similar a Flagstaff, ciudad del estado estadounidense de Arizona, tal y como apunta Carlo Gaberscek en su recomendable libro de localizaciones Il vicino West; Editorial ‏Ribis, 2007; pág. 83.

[2] Curiosamente, Candice Bergen se metería en la piel de otro personaje al que secuestran en una película filmada en parte en el castillo de La Calahorra y sus alrededores, la excelente cinta de aventuras El viento y el león (The Wind and the Lion, John Milius, 1975), en la cual Sean Connery ejerce el rol de captor.

[3] No obstante, esta estación aparece también en el episodio A Fistful of Travellers’ Cheques de la serie británica The Comic Strip Presents. El episodio en cuestión, emitido en el año 1984, se trata de un homenaje al wéstern de Sergio Leone en clave de parodia:  https://www.dailymotion.com/video/x54suzw

[4] Terence Young, director bondiano por excelencia, ya conocía bien el paisaje granadino antes de realizar Sol rojo. No en vano, en 1957 había localizado su película La frontera del terror (Action of the Tiger) en escenarios como las calles y el castillo de La Calahorra, la costa de la ciudad de Almuñécar o Sierra Nevada.

[5] Director que, como veremos en la tercera y última parte de este artículo, volvería a La Calahorra para rodar otro spaghetti cómico, Dos granujas en el Oeste (Occhio alla penna, 1981), protagonizada por Bud Spencer.

[6] Según nos informa Antonio Aguilera, gran experto en temas ferroviarios (miembro de la asociación almeriense ASAFAL), y después de haber consultado varios documentos históricos del ferrocarril por esta zona, este edificio actualmente en ruinas se ideó en principio como una estación de tren más cercana al núcleo urbano de la localidad de La Calahorra, pero surgieron ciertos problemas con la compañía que explotaba las vecinas minas de Alquife y no se llegó a utilizar para este fin, obligando a sus habitantes a tener que desplazarse hasta la más alejada estación La Calahorra-Ferreira: http://asafal.es/

[7] Dicho túnel, después de haber consultado a otro gran experto en la historia del ferrocarril andaluz como es Rafa Arjona (responsable de la recomendable página de Facebook “El ferrocarril en Andalucía”), parece ser que aparece en varios documentos de Renfe con el apelativo concreto de “Túnel de Fonelas II”, debido a su proximidad con ese municipio y por existir, a poca distancia, otro túnel ferroviario contiguo.

[8] Con una importante excepción, la estupenda película de aventuras La India en llamas (North West Frontier, J. Lee Thompson, 1959), filmada en muy diferentes ubicaciones granadinas y que cuenta con una recordada secuencia realizada en una zona cercana a este túnel de Tedeum. Nos referimos al puente ferroviario del Anchurón, donde sus protagonistas, entre los que se encuentran Lauren Bacall, Kenneth More y Herbert Lom, deben parar el tren en el que viajan y cruzar el puente andando por unos delgados raíles que dan al vacío, tras haber sido el referido puente objeto de un sabotaje perpetrado por sus perseguidores.

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