Los peces rojos

 

Sinopsis: En mitad de una noche inhóspita, Hugo y su prometida Ivón llegan a un hotel de Gijón acompañados del hijo de él, Carlos, pero deciden salir a ver la bahía. Pronto, ella vuelve gritando que Carlos ha caído al mar. Cuando el cadáver no aparece, la policía interviene. Tras las primeras pesquisas, los policías comienzan a sospechar que hay algo turbio en el asunto…

 


Título original: Los peces rojos
Año: 1955 (España)
Director: José Antonio Nieves Conde
Producción: Yago Films, Estela Films
Guionista: Carlos Blanco
Fotografía: Francisco Sempere
Música: Miguel Asins Arbó
Intérpretes: Arturo de Córdova (Hugo Pascal), Emma Penella (Ivón), Félix Dafauce (Don Jesús, el comisario), Pilar Soler (Magda), Félix Acaso (inspector), Manuel de Juan (conserje de hotel), María de las Rivas (tía Ángela), Montserrat Blanch (camarera 1ª), Ángel Álvarez (portero del teatro), Luis Roses (Salvador Castro, abogado), Julio Goróstegui (señor Muro, editor), Manuel Guitián (amigo del portero), Rafael Calvo Revilla (guardia civil), Antonio Moreno (regidor del teatro), Carmen Pastor (camarera 2ª), Juan Olaguivel (Mau-Mau, compañero de Magda)…

El segoviano José Antonio Nieves Conde (1915-2006) fue unos de los realizadores más eclécticos del cine español. A lo largo de su carrera tocó casi todos los géneros, si bien sobresalió, en especial, dentro del cine criminal en sus distintas vertientes. Ya su debut en la dirección, Senda ignorada (1946), puede inscribirse dentro del género, e incluso uno de sus títulos fundamentales, Surcos (1951), en principio un drama neorrealista bastante audaz para la época, presenta a su vez una interesante subtrama policial.

Los peces rojos (1955), rodada entre el melodrama Rebeldía (1954) y la intriga de espionaje La legión del silencio (1956), esta última codirigida con José María Forqué, es posiblemente su film más importante por muy diversos motivos. En él también destaca un nombre primordial como es el del guionista gijonés Carlos Blanco Hernández (1917-2013). Sus padres eran maestros, motivo por el cual, quizás, desde pequeño se sintió interesado por la literatura. Con quince años queda huérfano de madre, y a los diecisiete se muda junto a su padre a Madrid, donde les pilla la Guerra Civil. Blanco entra a servir en el bando republicano, siendo después apresado. Tras pasar en la cárcel cinco años, cuando es liberado en 1944 se le impide proseguir sus estudios de ingeniero de caminos. Buscando una salida profesional, aprovecha su pasión literaria y se presenta a un concurso de guiones, que gana con Don Beltrán de la Cueva ―que no disfrutaría filmación alguna, por lo que parece―, la cual escribe cada día sobre la mesa del Café Gijón, en el Paseo de Recoletos de Madrid.

De ese modo, entra en la industria del cine español en esa especialidad, debutando con el film Cuando llegue la noche (1946), un dramón dirigido por Jerónimo Mihura. Trabaja en algunos dramas históricos, como el muy popular Locura de amor (1948), de Juan de Orduña. Viaja a Estados Unidos, donde en 1955 la 20th Century Fox le encarga un guion de tema taurino, a protagonizar por Ava Gardner y Luis Miguel Dominguín, titulado Zaíno, pero el proyecto no ve la luz. Le surge, sin embargo, un contrato con la productora, que él rechaza para trabajar por libre, pero ninguno de los proyectos que se plantean, entre los que se encuentra una versión del Quijote con Gary Cooper, termina por materializarse, por lo que regresa a España. Su última película es la ignota Hierba salvaje (1977), al parecer un remake de su propio guion para Los ojos dejan huellas de José Luis Saenz de Heredia. Ganó la Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos dos veces, por las películas La princesa de los Ursinos (1947), de Luis Lucia, y la mencionada Los ojos dejan huellas, de la cual ya hablamos aquí. También fue galardonado con la Medalla de oro de Bellas Artes, la espiga de oro al mérito de la Seminci y el reconocimiento de la Academia de Cine en el centenario del séptimo arte.

Los peces rojos ―título que alude a la obsesión que ronda la mente del protagonista, como unos peces rojos girando en una pecera― representa una singularidad dentro del cine español: es una cinta de crímenes sin crimen ―al igual que lo es Ensayo de un crimen (Ensayo de un crimen), que casualmente dirigió ese mismo año Luis Buñuel en México―; es un denso drama psicológico, de tortuosas pulsiones representadas por ese mar indómito cuyos planos se repiten a lo largo de toda la historia; ofrece un elemento tan insólito en la época como el de mostrar a un padre soltero… Y, si se me apura, inclusive revolotea sobre ella un hálito fantástico, donde la creación de un escritor parece cobrar vida y rebelarse contra él.

Se ha dicho que se trata de una cinta de crímenes sin crimen. ¿Cabría considerarla, pues, dentro del género? Sí, por supuesto, dado que todo está narrado desde el punto de vista de Hugo Pascal, un aspirante a escritor ―aunque él se anuncia como escritor, con todo lo que ello conlleva―, que tiene una pesada maleta llena de manuscritos rechazados por el hecho de acusársele de ser demasiado fantasioso ―qué cortedad de miras las de los editores, por cierto―. Dentro de la mente de Hugo, su transgresión será real, y así lo comenta en diversas ocasiones. Y el espléndido tratamiento visual que le otorga Nieves Conde[1] corresponde con las reglas estilísticas del género, arropado por la grandiosa fotografía que le confiere Francisco Sempere, habitual en la filmografía del director. Gijón es rodada de manera espléndida en esos nocturnos tormentosos, con esa pensión que recuerda mucho a la que después recrearía José Luis Garci en Volver a empezar (1982).

El rol de Hugo Pascal es aquel, pues, sobre el cual toda la película pivota, y todos los demás personajes, incluida Ivón, giran en torno a él. Está interpretado por el actor mexicano Arturo de Córdova, que en ningún momento disimula el acento ni se da explicación alguna sobre él. Acaso se le llamara por haber participado en Él (Él, 1953), también dirigida por Buñuel en México, y con la cual la presente comparte ciertos paralelismos; si bien cabe señalar que, por aquella época, el mexicano sería frecuente en nuestro cine, filmando no pocos títulos. La trama, como hemos dicho, transcurre en gran parte en Gijón, donde naciera el autor del guion. El hijo de Hugo se llamará Carlos, al igual que nuestro narrador. De ese modo, se da un curioso proceso de identificación entre el autor y la obra, tal como sucede en la propia historia. Hugo se inventa un hijo que nunca existió, lo cual, curiosamente, provoca el rechazo de su tía rica, pese a que ese es el instrumento por el cual Hugo le irá sacando un dinero que necesita, pues se dedica a la holganza, a la espera de que alguno de sus proyectos literarios cuaje.

Poco a poco, Carlos se va posesionando de la vida de Hugo. Él es consciente del constante juego al que se somete, pero, al mismo tiempo, es víctima de él. Lo peor de todo es cuando su prometida se enamore de Carlos, es decir, de alguien que no existe, pero que al mismo tiempo es una proyección de Hugo. Y cuando el escritor frustrado cuente todo a Ivón, esta no dudará en proponerle una solución tan propia de los clásicos del cine negro sostenidos por un triángulo amoroso: que lo mate. Y de ese modo, el escritor frustrado se convierte en un asesino frustrado, pues no se puede matar aquello que nunca existió.

Los decorados (del luego multipremiado Gil Parrondo) son también fundamentales a la hora de reflejar los recovecos tortuosos por los que transita nuestro protagonista. Desde ese hotel en Gijón, luminoso diríase, en contraste del tormentoso exterior, pero que sirve para representar todo el fingimiento, al lugar de espectáculo (simulación otra vez) que es el teatro donde actúa Ivón ―ella se define como «actriz», aunque no sea más que una simple chica de coro: otro engaño como eje vertebrador de la historia― o la propia casa de Hugo, en Madrid, donde tiene una habitación para Carlos, recreada minuciosamente, en la que destaca en la pared una serie de máscaras tribales ―la máscara, otro elemento de falsedad―. Sin embargo, en un momento determinado Hugo visitará el ático de su casa, lo cual viene a representar una incursión a su propio subconsciente. Conduce hacia allí un pasillo tortuoso, que Nieves Conde rueda en un plano inclinado, y ello hace rememorar un film tan emblemático sobre el mundo del subconsciente como es el posterior Repulsión (Repulsion, 1965), de Roman Polanski. Y cuando ya entra en el ático, lo vemos adornado de manera profusa, en una confusa mezcolanza, donde se distinguen marcos de cuadros vacíos, que no contienen nada.

Ateniéndonos a la cuestión más terrenal del film, la intriga en sí misma, para un espectador avezado actual todo puede ser sospechado al poco de iniciado, no por simpleza de la construcción de su elaborado guion, sino por la experiencia implícita en mucho cine posterior que ha jugado similares cartas. Lo que importa no es el resultado, sino todo ese juego de fingimiento elaborado de principio a fin, toda esa fabulación que busca confundir lo falso con lo real. Además, determinados detalles que el espectador puede percibir como errores en la elaboración de la trama, una vez esta se va desvelando tienen una explicación concreta y necesaria.

En una escena muy audaz, que el público de la época no entendería, Ivón está conversando con su insoportable amiga Magda en el teatro, mientras detrás de ellas un mago ensaya; en un momento determinado el artista pasará un paño negro por delante de la amiga ―por delante de la cámara―, y la mujer, como por un ensalmo propio de Méliès, se transforma en un pavo que no para de gluglutear, mientras seguimos escuchando hablar a la amiga. Un nuevo pase del paño, y la mujer es de nuevo normal, pero la magia del cine nos ha enseñado su entidad real.

Por otro lado, la cuestión es que Hugo ha matado a un hijo que no tiene. Pero a ojos de él mismo es un criminal, un asesino. La obsesión llega a tal nivel que, hacia el final de la película, se traslada al lugar donde mató a Carlos, ese mirador desde donde se puede observar el mar inclemente, furioso. Tanto Ivón como los policías ―estos últimos cumpliendo el arquetipo de una investigación policial normal―, sospechan que vaya a suicidarse. Ivón llega primero a él, e intenta que se entregue a los hombres de la ley. ¿Por qué? No ha matado a nadie. Su único crimen real será una estafa a su tía, desde años pasados, y un intento nuevo de estafa al abogado, para conseguir la herencia. Pero da lo mismo. Para el propio Hugo, él es un asesino, y con la conciencia torturada de un criminal que es conducido al cadalso, se traslada hacia el coche donde los policías esperan, impertérritos, a que llegue su víctima.

En su día, por supuesto, la película fue un fracaso total, tanto de público como de crítica. Poco a poco, sin embargo, en los estudiosos de nuestro cine ha ido desarrollando un merecido culto de joya ignota y perdida. Tuvo un remake con Hotel Danubio (2003), escrito y dirigido por Antonio Giménez Rico, y protagonizado por Santiago Ramos (Hugo) y Carmen Morales (Ivonne), que tuvo también nulo éxito tanto de público como de crítica. ¿Harán falta otros tantos años para que comience a ser apreciada? No creo.

Carlos Díaz Maroto


[1] El proyecto del film interesó a Herman J. Mankiewicz, pero pidió a Blanco esperar dos años para hacerla, y no pudo ser. Así pues, Blanco optó por producir la película y buscó como director a Jack Cardiff, pero finalmente la financiación falló. Entonces le hablaron de Nieves Conde…

Un comentario en “Los peces rojos

  1. Hola, amigo/as,

    Como siempre, estupendo aporte vuestro.
    En su día, cuando la vi me pareció una buena película aunque un poco por debajo de otros trabajos de Nieves Conde.
    Técnicamente es irreprochable, con un curioso argumento, aunque creo honestamente que “el gran secreto” se ve venir de lejos, pero bueno…
    Pero como suelo decir en estos más bien escasos casos, por lo menos se agradece estas película que se rodaron en la España franquista, alejadas de las comedietas que vinieron en los años siguientes.

    Un abrazo a todo/as.

    Iñaki

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