Los culpables

 

Sinopsis: Un hombre de negocios cuya empresa está en quiebra decide fingir su propia muerte con la complicidad de su esposa y el amante de esta, un médico que se encargará de firmar el certificado de defunción. Así podrá cobrar un seguro de vida de cinco millones de pesetas, y los amantes tendrán el camino libre para casarse.

 


Título original: Los culpables
Año: 1962 (España)
Director: Josep Maria Forn
Productor ejecutivo: José Luis Infiesta
Guionistas: Luis Alcofar, Josep MariaForn, Jaime Salom, basado en la obra teatral de este último Culpables
Fotografía: Ricardo Albiñana
Música: Federico Martínez Tudó
Intérpretes: Tomás Blanco (Pablo Ibáñez), Susana Campos (Arlette), Yves Massard (dr. Andrés Plaza), Félix Fernández (comisario Ruíz), Luis Induni (Juan), Carmen Mejías (Gloria), Salvador Muñoz (juez), Florencio Calpe (director del banco), Joaquín Navales (Luis), Ana María Noé (dueña de la tienda de telas), Ena Sedeño (Madrina de Salvador), Roberto Samsó (corresponsal compañía de seguros), Consuelo de Nieva (amiga de Arlette), Juan Fernández (forense), Gérard Tichy (Salvador García), Gonzalo Medel, Alejo del Peral, Juan Torres…

La película Los culpables (1962) de Josep Maria Forn comienza con una de las secuencias más bellas del cine de la década. Un recorrido por la ciudad de Girona, lluviosa, bajo la fotografía limpia y estéticamente impecable de Ricardo Albiñana. Esos primeros planos ya nos indican la existencia de una mujer que tiene una doble vida, una pareja que se esconde bajo el techo de una alcahueta que utiliza un espacio eminentemente femenino (una mercería) para sacar un sobresueldo en una España difícil que despierta tras la larga Posguerra. Aquí encontramos una de los más atractivos antagonismos del film, el representado por la rica, bella y elegante (aunque ciertamente al margen de la moralidad vigente) Arlette, interpretado por Susana Campos, y el personaje de “la vieja”, la alcahueta dueña de la mercería, denominada así por los amantes de manera despectiva, interpretada por la estupenda Ana Mª Noé.

Y es que la ocultación es uno de los motores de la historia. Lo que se oculta da pábulo a nuevas invenciones, nuevos escondrijos para lo ilegal, para la mentira y la doble moral. La mentira y las cosas que son y parecen no ser contribuyen al engranaje de una historia que mantiene al público expectante hasta el final. Estamos ante uno de los noirs más puros del cine español. Un noir con todas las letras al que no le falta ni su femme fatale (encarnada en el personaje de Susana Campos), ni su policía “metomentodo”, interpretado por el grandísimo y, en mi opinión, poco recordado Félix Fernández, un auténtico “robaplanos” con un personaje a medida.

El centro de la historia lo constituye el propio triángulo amoroso entre el empresario sin escrúpulos Pablo Ibáñez (Tomás Blanco), su mujer (Susana Campos) y el amante de esta, el doctor Laplaza (Yves Massard). Tanto ellos como el resto de intérpretes, el citado Félix Fernández, Gérard Tichy en el papel del socio de Ibáñez, o el hombre de confianza de este en la finca, Luis Induni, están más que notables, dando a la película el aire de credibilidad y contención requerida. Mención aparte merece la banda sonora de Federico Martínez Tudó, médico y compositor de numerosas bandas sonoras para directores como Rovira-Beleta, Pérez- Dolz o el propio Forn. Una banda sonora, dicho sea de paso, de corte jazzístico, tal y como era lo habitual en las películas de la época y del género.

Es interesante señalar respecto a la trama que en el contexto del cine de la época constituye una rareza o, incluso, una osadía. Que el peso de la acción recaiga en una mujer y dos hombres con los que tiene relaciones amorosas resulta, cuanto menos, inusual. A tal efecto, el propio realizador ha señalado que intentando evitar la censura, que seguramente hubiera caído sobre la historia y en gran medida podría haberla alterado, cambió la nacionalidad de la protagonista (que en la obra de Salom responde al nombre de Elena y es española) y la hizo francesa, llamándola “Arlette”[1], en una idea que alude a ese extranjero libertino y corrompido, en contraste con el férreo sentido de la moral de la que por entonces se vanagloriaba de ser “la reserva espiritual de Occidente”, tan acorde con el ideario del régimen franquista. Hay que recordar que esta no era la primera ocasión en la que Forn se veía obligado a realizar modificaciones en uno de sus films con base literaria para evitar problemas con la censura. Un par de años antes en otra de sus incursiones en el cine negro, la estupenda Muerte al amanecer (1959), tuvo que convertir en un agente de seguros el personaje que en la novela original de Mario Lacruz era un agente de policía corrupto por idénticos motivos.  

La producción de la película surgió como una colaboración entre Teide (en aquellos momentos en manos del propio Forn) y Mundial Films, productora que por entonces estaba adquiriendo bastante importancia y que quiso participar en el proyecto debido al relativo éxito en taquilla de Muerte al amanecer y La vida privada de Fulano de Tal (1960), dos de los films previos del director del film. La produjeron al cincuenta por ciento con la colaboración de un curioso personaje, el doctor y cinéfilo José Luís Infiesta, radiólogo que había escrito poco tiempo antes el guion de la comedia protagonizada por Tony Leblanc y Concha Velasco Julia y el celacanto (Antonio Momplet, 1960).

Josep María Forn ya se había estrenado en el género con Yo maté (1957), la citada Muerte al amanecer o Pena de muerte (1961). Como director de cine negro/policíaco, Forn se caracteriza por el peso social que muestran sus historias, no contentándose con relatar meros relatos policíacos, sino dando el protagonismo que merece al análisis del ambiente social, tanto en el argumento como en la forma. Sus historias no son ajenas al contexto en el que se desarrollan, siendo este incluso un elemento determinante. De hecho, pocos años después dirigirá uno de los auténticos hitos del cine social en nuestro país, La piel quemada (1967), donde narra las vicisitudes de un grupo de emigrantes andaluces en la Cataluña desarrollista. En Los culpables el peso de lo social se muestra claramente, no sólo en los binomios de personajes que anteriormente citaba (señora-alcahueta, señora-enfermera, rico industrial-personal de su finca…), sino en cómo la trama planteada desde la más desvergonzada inmoralidad del industrial que desea salvarse a toda costa choca contra las profundas convicciones del médico hecho así mismo y que se encuentra en mitad de un feo asunto simplemente por amor.

Como bien señala Francesc Sánchez Barba en su libro “Brumas del franquismo”[2], la película está pensada para un público culto, aficionado a los retos deductivos. Está planificada como una larga partida de ajedrez, como un juego de muñecas rusas que van surgiendo ordenadamente planteando sobre la mesa nuevos desafíos. Prácticamente no existen en el metraje escenas de acción propiamente dichas, encontrando quizás en esta circunstancia la explicación a su tibio reconocimiento por parte del público. No obstante, el tiempo ha demostrado que Los culpables merece una posición preeminente en el noir español de la época y dentro del cine de su autor, Josep Maria Forn.

Maria G. Valero


[1] Según el testimonio del cineasta que muy amablemente nos ha trasladado su hija Sandra.

[2]Sanchez- Barba, Francesc “Brumas del Franquismo. El auge del Cine Negro Español (1950-1965)” (Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, 2007)

Un comentario en “Los culpables

  1. Hola, amigo/as,

    Estupendo aporte, como siempre.

    Cuando la vi me gustó bastante pues mantiene la intriga y el suspense sin grande dificultades gracias a un esforzado guión, aunque el final me pareció algo facilón.
    Muy buenas intepretaciones de Susana Campos y, sobre todo del gran Félix Fernández, siempre inconmensurable.

    Un abrazo.

    Iñaki

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