The Beast of Yucca Flats [tv: El monstruo de Yucca Flats; dvd: La bestia de Yucca Flats]

 

Sinopsis: Un hombre se convierte en un monstruo desfigurado como resultado de exponerse a una explosión atómica.

 


Título original: The Beast of Yucca Flats
Año: 1961 (Estados Unidos)
Director: Coleman Francis
Productores: Anthony Cardoza, Coleman Francis
Guionista: Coleman Francis
Fotografía: John Cagle
Música: Irwin Nafshun, Al Remington, Gene Kauer [no acreditado]
Intérpretes: Tor Johnson (Joseph Javorsky/la bestia), Douglas Mellor (Hank Radcliffe), Barbara Francis (Lois Radcliffe), Bing Stafford (Jim Archer), Larry Aten (Joe Dobson), Linda Bielema (mujer de vacaciones), Ronald Francis (Randy Radcliffe), Alan Francis (Art Radcliffe), Anthony Cardoza, Bob Labansat, Jim Oliphant, John Morrison, Eric Tomlin, Jim Miles, George Prince, Conrad Brooks, Graham Stafford, Coleman Francis, Marcia Knight, Joseph Luis Rubin, Mary Torres…

Rodado bajo el título provisional de The Violent Sun durante varios fines de semana de 1959, aunque no estrenado hasta 1961, The Beast of Yucca Flats [tv: El monstruo de Yucca Flats; dvd: La bestia de Yucca Flats, 1961] es uno de esos films que habitualmente suelen aparecer en las oficiosas listas sobre las peores películas de la historia; un dudoso honor que le ha granjeado un estatus de culto difícilmente imaginable de haberse debido a sus más bien exiguos valores cinematográficos. Argumentalmente, su propuesta se enmarca dentro de los temas habituados en la populosa ciencia ficción estadounidense de la época. La Guerra Fría, la carrera espacial y la amenaza atómica conforman el núcleo central de una anoréxica trama poblada por unidimensionales agentes del KGB, una familia de excursionistas, dos policías de patrulla y un científico húngaro evadido del otro lado del telón de acero al que una explosión nuclear acabara transformando en la bestia asesina a la que hace referencia el nombre de la película. Precisamente, el origen de esta criatura arroja ciertas sincronías con el de un célebre personaje del mundo del cómic llevada con posterioridad a la pantalla: “El increíble Hulk”, algo que a la vista de otros antecedentes, más que obedecer a una simple coincidencia viene a recalcar la influencia que el cine de serie Z de la época ejerció sobre la obra del joven Stan Lee.

Al igual que en tantas otras películas de similares características y nivel artístico, los lamentables resultados de The Beast of Yucca Flats son el reflejo de la letal combinación de dos circunstancias: el escaso talento y pericia técnica de sus responsables, y la total falta de presupuesto con la que fue llevado a cabo. En este caso, tal situación está representada por el hecho de que su filmación se realizara sin sonido directo como método con el que abaratar costes. No contentos con ello, con el fin de facilitar la sincronización entre audio e imagen durante la post-producción, sus rectores decidieron eliminar casi por completo las escenas de diálogo. Una precaución que, sin embargo, no evitó que en algunas secuencias, como aquella del tiroteo, se produzca un evidente retardo entre el sonido de las balas y los gestos de los pistoleros que las disparan.

Consecuencia de la decisión comentada es el que los pocos diálogos que se suceden durante el metraje estén rodados de tal manera que no se pueda discernir de forma clara la mímica de los actores que intervienen, lo que dota de cierto halo de primitivismo al conjunto. A este efecto también contribuye el que el desarrollo de la historia sea confiado a un narrador externo que, con un tono entre filosófico y melancólico, se dedica a disertar acerca de los peligros del progreso y de la violencia ejercida por el hombre contra el hombre, mientras exclama frases del tipo “Un hombre corre, alguien le dispara” o “Una bandera en la Luna, ¿cómo llegó hasta allí?”. Estos pretenciosos y ridículos parlamentos son secundados por la inclusión de momentos tan pretendidamente poéticos como el absurdo plano que cierra la cinta -según parece, totalmente improvisado durante el rodaje-, en el que el moribundo monstruo atómico acaricia a un conejillo salvaje que se ha acercado hasta él.

Claro que ésta no es, ni mucho menos, la única escena delirante que se da a lo largo de sus poco más de cincuenta minutos de duración. Un hombre que tras ser abatido desde un avión se incorpora desde el suelo poco tiempo después como si no hubiera pasado nada; refriegas en la que los contendientes esperan con educación y paciencia a que su rival recargue el arma; o un prólogo de sorprendentes connotaciones necrófilas rodado a posteriori del grueso de la cinta y sin conexión alguna con el resto de la trama, son solo unos pocos de los jocosos ejemplos que hacen de esta The Beast of Yucca Flats todo un paradigma de comedia involuntaria.

Como no podía ser de otra forma, la autoría de semejante engendro cinematográfico correspondería a dos singulares personajes del círculo próximo al considerado como el peor director de la historia, Ed Wood Jr. Así, su productor, Anthony Cardoza, era un soldador de profesión que gastaría su sueldo en financiar el film del mismo modo que lo había hecho pocos años antes con Night of the Ghouls (1958) del propio Wood, película en la que conocería a la futura estrella del título que nos ocupa, Tor Johnson, un antiguo luchador sueco que aparece aquí con tal sobrepeso que a duras penas puede caminar, y quien encabeza un reparto compuesto en su mayoría por familiares y amigos del equipo técnico. Por su parte, el director de la cinta, Coleman Francis, era un desconocido actor que de esta forma hacía su debut al otro lado de las cámaras. Y lo haría por todo lo alto, ya que, cual Juan Palomo, es acreditado como guionista, director, productor, montador y narrador, además de aparecer en dos anecdóticos papeles sin relevancia alguna dentro de la historia.

Aunque no este del todo claro si llegó a tener algún tipo de relación con el director de Plan 9 from Outer Space, o si quiera si llegó a tratarle personalmente –al que si es seguro que conocería sería a otros de los nombres propios del cine underground estadounidense, Russ Meyer, bajo cuyas órdenes trabajó en Beyond the Valley of the Dolls [vd: El valle de los placeres, 1970]-, lo cierto es que Francis se revela en su ópera prima como su alumno más aventajado. No solo por su similar (falta de) estilo, por la endeblez de sus guiones o por la análoga torpeza de su puesta en escena, plagada de alucinantes errores de continuidad de todo tipo; también el sesgo reflexivo con el que está diseñado el argumento de The Beast of Yucca Flats se asemeja en su absurdez a las introducciones que Wood gustaba de añadir a gran parte de sus trabajos. Lo mismo se podría decir de los referentes a los que miran ambos directores. Mientras que, como Tim Burton se encargó de mostrar en su biopic, Wood trataba de parecerse a Orson Welles, el genio cinematográfico al que trataba de imitar Francis era nada menos que Alfred Hitckcock. O al menos, eso es lo que se deduce de ciertos planos copiados literalmente de las coetáneas Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) y, más lejanamente, Psicosis (Psycho, 1960), en este caso a través del referido prólogo en el que Francis procede a mostrar todo lo que el antológico film del rey del suspense se limitaba a insinuar.  

En cualquier caso no acaban aquí las semejanzas entre uno y otro cineasta, ya que también alcanzan a sus datos biográficos. Además de compartir la existencia de insistentes rumores más o menos fundados acerca de su posible adicción a la bebida, el final de la vida de ambos se produciría en términos igual de penosos. Si Ed Wood fallecería en la más absoluta ruina, solo y olvidado por todos, la muerte de Coleman no le iría a la zaga en lo que a dramatismo se refiere. Según comenta en una entrevista su antiguo amigo y compañero Anthony Cardoza, el cuerpo de Francis sería hallado en la parte trasera de una furgoneta con una bolsa de plástico en la cabeza y una cuerda atada al cuello y sujeta por uno de sus cabos a su boca. ¿Suicidio? ¿Asesinato? Lo único cierto es que nunca llegaron a aclararse cuales fueron las verdaderas circunstancias que rodearon a tan luctuoso acontecimiento.

José Luis Salvador Estébenez

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