7 hombres de oro

 

Sinopsis: Un grupo compuesto por siete delincuentes internacionales ha planificado el robo del siglo. Su objetivo es apoderarse de la reserva de oro del Banco Nacional de Suiza. Disfrazados de operarios del ayuntamiento, penetran por las cañerias de agua y gas y trasladan el oro a un camión situado frente a la sede bancaria. Toda la operación es dirigida por el cerebro del grupo desde un hotel de lujo próximo. No sin sobresaltos, el robo resulta un éxito, pero las complicaciones surgen justo después…

 


Título original: 7 hombres de oro/7 uomini d’oro/7 hommes en or
Año: 1965 (Italia, España, Francia)
Director: Marco Vicario
Productor: Ugo Tucci
Guionistas: Marco Vicario, Noelle Gillmor [solo acreditado en la versión francesa], Mariano Ozores [solo acreditado en la versión española]
Fotografía: Ennio Guarnieri
Música: Armando Trovajoli
Intérpretes: Rossana Podestà (Giorgia), Philippe Leroy (Albert, el profesor), Gastone Moschin (Adolf, el alemán), Gabriele Tinti (Aldo, el italiano), Giampiero Albertini (Augusto, el portugués), Dario De Grassi (Anthony, el irlandés), Manuel Zarzo (Alfonso, el español), Maurice Poli (Alfred, el francés), José Suárez (director del banco), Ennio Balbo (jefe de policía), Renzo Palmer, Alberto Bonucci (radio aficionado), Juan Luis Galiardo, Juan Cortés, Renato Terra, Giovanni Di Benedetto…

Tras dar por concluida su carrera como intérprete al tiempo que fundaba su propia productora, la Atlantica Cinematografica, Marco Vicario daba el salto a la dirección con Las horas desnudas (Le ore nude, 1964)[1], adaptación al medio del relato de Alberto Moravia “Appuntamento al mare” que en su momento levantaría no poca controversia debido a sus elevadas dosis de erotismo para los cánones de la época, lo que, entre otras cosas, motivaría que su estreno en España se produjera con más de diez años de retraso. Presentadas sus credenciales, a la hora de plasmar su siguiente película Vicario se descolgaría con un proyecto radicalmente distinto en la forma y en el fondo al que había supuesto su ópera prima. Y es que si Las horas desnudas se encuadraba en el por entonces exitoso cine de autor italiano, estando fuertemente influenciada por la obra de Michelangelo Antonioni, su segundo filmlo haría aprovechando el floreciente auge que atravesaba la industria de cine de género europeo, como demuestra el hecho de que su rodaje se llevara a cabo mediante una coproducción tripartita entre Italia, Francia y España; un cambio de parámetros productivos que encierra en sí mismo la razón de ser del producto resultante.

El planteamiento eminentemente comercial con el que fue concebida 7 hombres de oro/7 uomini d’oro/7 hommes en or (1965)es enunciado desde el mismo título escogido, y lo hace por partida doble, además. Por un lado, su referencia numérica evidencia su pertenencia a la corriente de films surgidos dentro del cine popular europeo que harían suya la formula narrativa popularizada por la hollywoodiense Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960), mientras que la denominación de sus protagonistas alude al nombre con el que la prensa local había bautizado a los perpetradores de un famoso asalto a un furgón blindado acaecido en Milán el 27 de febrero de 1958. En consonancia con este último dato, el sesgo de su propuesta se engloba dentro del denominado cine sobre “atracos perfectos” que de algún modo codificara Rififí (Rififi, 1955), si bien con métodos tecnificados y bajo un tono ligero similar en sus términos, salvando las distancias, a los que el propio Jules Dassin había empleado en su nuevo acercamiento a la temática con la coetánea Topkapi (Topkapi, 1964)[2].

Sustentado pues sobre las convenciones propias de este tipo de relatos, el principal rasgo distintivo que en principio dota de su personalidad a la propuesta se encuentra en la configuración de su banda de ladrones; esos siete hombres de oro formados por los mejores especialistas en diferentes disciplinas delictivas que comparten la particularidad de que su nombre de pila comience con la letra “a” y que su nacionalidad difiera al del resto de sus camaradas. El que todos ellos provengan de países europeos se antoja en sintonía con el contexto en el que se fraguó la película, en pleno apogeo de las coproducciones entre distintas cinematografías del Viejo continente que posibilitó el que durante un prolongado periodo de tiempo el cine europeo tratara de tú a tú a la todopoderosa industria hollywoodiense. Pero, sobre todo, la idea de un grupo de europeos aunando esfuerzos en pos de la consecución de un objetivo común conecta con el ideal propugnado por lo que con el tiempo se convertiría en la Unión Europea, entonces en pañales. Una relectura totalmente fortuita que, teniendo en cuenta que la finalidad perseguida es hacerse con los lingotes de oro almacenados en la cámara acorazada de un banco situado, para más inri, en la neutral Suiza, y que una vez realizado el golpe con éxito no faltarán las deslealtades entre los miembros de la banda en pos del beneficio propio, adquiere unas connotaciones claramente euroescépticas –aún más si cabe en vista de los últimos acontecimientos sucedidos–. Y es que, casualidades de la vida, 7 hombres de oro parece predecir con cincuenta años de adelanto la llegada del “brexit”, al ser, precisamente, el integrante británico del grupo el que desde un principio tenga planeada romper la unión con el resto de sus socios, traicionándolos.

Otra particularidad que 7 hombres de oro mantiene con respecto al modelo empleado está relacionada con su concreción narrativa. Al contrario de lo que suele ser moneda común en los films sobre robos perfectos, donde gran parte del desarrollo argumental se ocupa de la preparación y planificación del golpe, el título que nos ocupa se inicia justo en el momento en que este se va a llevar a cabo. Tal decisión brinda al conjunto un innegable grado de inmediatez y sorpresa, refrendado por el sentido del ritmo que imprime la realización de Marco Vicario, carente de puntos muertos destacables, y acreedora a su vez de un encomiable sentido de la espectacularidad y la tensión narrativa. Un mérito que es puesto especialmente de relieve durante la primera parte de la cinta, la cual ocupa aproximadamente la hora de metraje, en la que se desgrana la ejecución de las distintas fases del robo por parte de los especialistas reunidos, mientras son dirigidos desde el exterior gracias a los adelantos de la técnica por el cerebro del grupo, apodado “El profesor”.

Lo que en manos de otro cineasta podría resultar mecánico y rutinario es desarrollado por Vicario con el enorme dinamismo que le brinda la alternancia entre las secuencias del elaborado plan de robo, consistente en acceder a la cámara acorazada a través de la red del alcantarillado[3], con escenas de lo que ocurre en el exterior mientras tanto. Fruto de la conjunción de ambos focos narrativos son momentos tan afortunados como aquel en el que la policía acude al banco a comprobar su reserva de oro, alertada por un radio aficionado que ha interceptado accidentalmente las comunicaciones de la banda. Al abrir la cámara, los agentes comprobarán que todo ha sido una falsa alarma y que los lingotes se encuentran intactos; eso es lo que parece a primera vista, ya que, en realidad, la montaña dorada se encuentra apuntalada desde su horadado interior por los ladrones, quienes previamente han sido avisados por su cabecilla de la visita de la policía. Con todo, mención aparte merecen las escenas en las que aparecen, juntos o por separado, los personajes de “El profesor” y su novia Georgia, los cuales son encarnados de forma notable por Philippe Leroy y la entonces esposa de Vicario en la vida real, una provocativa Rossana Podestà que derrocha sensualidad, sofisticación y erotismo en cada una de sus intervenciones. Auténticos protagonistas de la función, no mentimos si afirmamos que en la química y complicidad que se establece entre ambos actores, quienes no por casualidad habían coincidido previamente en Las horas desnudas, descansa buena parte de los logros de la película.

Saldado el delito con éxito, la segunda parte de la cinta transita entre los continuos engaños y traiciones que se producen en el seno de la banda por hacerse con el botín en liza, articulados mediante giros de guion que no por esperados resultan menos ingeniosos. A pesar de sus actos y conducta, Vicario se guarda de no juzgar moralmente a sus personajes, mostrándolos en todo momento desde una óptica amable y desenfadada, muy acorde al espíritu que desprende la propuesta, y que puede equipararse, salvando las distancias, a la forma con que eran expuestos los antihéroes del fumetto que estaban a punto de desembarcar en la gran pantalla. Con ello no quiere decirse que no falten los detalles sarcásticos. Véase en este sentido la masiva presencia durante el desenlace de clérigos entre la muchedumbre que trata de hacerse con uno de los lingotes de oro robados, una vez que el camión que los transportaba desparrame su carga en pleno centro de Roma ante la desesperada impotencia de los ladrones. O, más específicamente, el doble sentido que guardan las palabras que el componente del grupo originario de la católica España, al que da vida Manolo Zarzo, exclama durante el forcejeo que mantiene con un sacerdote que pretende llevarse dos lingotes: “¡Con uno vas que ardes!”, haciéndose eco de un componente irónico bien presente a lo largo de la cinta. Buena muestra de ello se encuentra durante el juego de engaños entre “El profesor” y Georgia, cuando el primero haga creer a su partenaire que el oro robado ha acabado siendo utilizado en una fundación para fabricar una aleación destinada, precisamente, a fabricar cajas de caudales.

Ahora bien, por encima mismo de los elementos referidos, el principal mérito que atesora 7 hombres de oro, aquel al que a buen seguro se debió el enorme impacto que cosechó en su momento, es, sin duda, el singular acierto con el que capta y plasma el ambiente efervescente que se respiraba en determinado cine de la época. Desde el tema principal de la banda sonora a base de característicos dabadabadá, compuesto por Armando Trovajoli con el que se abre la cinta –y devenido en objeto de culto en el lejano Japón, donde aún hoy disfruta de periódicas reediciones discográficas– hasta su particular estética, pasando por sus modos narrativos cercanos al lenguaje del cómic, la película reproduce y aglutina con una rara armonía la frivolidad, el glamour kitsch y el estilismo pop latente en mayor o menor medida en muchos de los exponentes genéricos realizados a lo largo de la década de los sesenta en Europa. No parece deliberado, ni mucho menos, que el personaje de “El profesor” vista de una forma muy similar a como lo hacía el John Steed que popularizara Patrick Mcnee en la coetánea Los vengadores (The Avengers; 1961-1969). Y es que, ante todo y sobre todo, 7 hombres de oro es hija de un tiempo y de unas condicionantes socio-culturales muy determinadas, lo cual se hace aún más evidente vista con cincuenta años de distancia. Pero a su vez es también un título precursor en más de un sentido. Sin ir más lejos, cabe llamar la atención sobre la similitud existente entre el continuo pase de modelitos y peinados que lleva a cabo la Podestà en la presente con los realizados apenas tres años más tarde por Jane Fonda en su encarnación de la heroína del espacio Barbarella para la homónima adaptación perpetrada por su entonces esposo Roger Vadim.

Presentada fuera de concurso en la gala de clausura de la vigésimo sexta edición del Festival de Venecia, 7 hombres de oro conseguiría una aceptación casi inmediata, no solo a nivel comercial, sino también industrial. En los prestigiosos premios “Nastro d’Argento”, otorgados por el Sindicato Nacional Italiano de Periodistas de Cine, se alzó con los galardones destinados a la mejor producción y música. Por su parte, en taquilla recaudó la muy respetable cantidad de mil doscientos treinta y seis millones de liras solo en Italia, lo que alentaría a la aparición de las consabidas parodias a mayor gloria de ciertos cómicos locales, caso de la protagonizada por los insufribles Franco Franchi y Ciccio Ingrassia Come svaligiammo la banca d’Italia (1966), dirigida por Lucio Fulci a partir de un argumento de Alfonso Brescia, quien a su vez en 1979 realizaría, parapetado bajo su habitual seudónimo de Al Bradley, Sette uomini d’oro nello spazio, en realidad una de las muchas exploitations que de forma consecutiva manufacturara al rebufo del éxito obtenido por La guerra de las galaxias/Star Wars, episodio IV: Una nueva esperanza (Star Wars Episode IV: A New Hope, 1977). No obstante, la mejor muestra del impacto que supuso 7 hombres de oro está en el surgimiento dentro de la imitativa industria trasalpina de una poblada lista de émulos que, aunque en la actualidad tan olvidados como su precursor, sumaría en los tres años siguientes más de dos decenas de títulos.

José Luis Salvador Estébenez


[1] Para ser exactos, el debut como realizador de Marco Vicario se había producido, en realidad, unos pocos meses antes parapetado bajo el seudónimo de Renato Marvi con Il pelo nel mondo (1964), documental codirigido junto con quien por aquellos años era poco menos que el director oficial de la Atlantica Cinematografica, Antonio Margheriti, al que no en vano el otrora actor había producido dos de sus obras más emblemáticas: Danza macabra [dvd: Danza macabra, 1963] y El justiciero rojo (La vergine di Norimberga, 1963).

[2] Una conexión que habría sido aún más acentuada si en la presente hubiera participado el que fuera uno de los protagonistas de aquélla, Akim Tamikoff, como llegó a anunciarse en su momento.

[3] Las secuencias de exteriores del ataque al banco serían localizados en escenarios reales de Ginebra. Para conseguir el permiso que le autorizaba a poder filmar frente a un banco real, Vicario al parecer presentaría a las autoridades locales un guion falso, ya que las leyes suizas prohibían expresamente el rodaje de películas de dicha temática.

Un comentario en “7 hombres de oro

  1. Hola a todo/as,

    Muchísimas gracias por vuestro aporte.
    Aunque tiene esta película fama y consiguió un gran éxito comercial, de lo cual me alegro, a mí, viéndola hace unos quince años y por televisión, me pareció bastante simple e incluso mediocre.
    Me pareció la dirección plana y las intepretaciones y guión (sí, de Mariano Ozores) escasas y sin mordiente.
    Se ve sin problemas pero cuando la vi incluso sesteé un poquillo.
    Eso sí, el final, sin ser bueno sí que contiene ironía. Al menos le otorgo eso.

    Un abrazo.

    Iñaki

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