El tubo

 

Sinopsis: Tras subirse en el coche de un desconocido, Lisa se despierta en el interior de una estrecha tubería. En la muñeca tiene un brazalete con una cuenta atrás. La joven no sabe por qué está allí, pero pronto comprenderá que deberá llegar a sus límites de resistencia física y psicológica para sobrevivir a esta trampa claustrofóbica.

 


Título original: Méandre
Año: 2020 (Francia)
Director: Mathieu Turi
Productores: Julien Deris, David Gauquié, Eric Gendarme, Sandra Karim, Thomas Lubeau
Guionista: Mathieu Turi
Fotografía: Alain Duplantier
Música: Frédéric Poirier
Intérpretes: Gaia Weiss (Lisa), Peter Franzén (Adam), Romane Libert (Nina), Frédéric Franchitti (Adam quemado), Corneliu Dragomirescu (padre de Lisa), Eva Niewdanski (Lisa adolescente), Carl Laforêt, Henri Benard, Fabien Houssaye, Olympe Turi…

El tubo (Méandre, 2020), supone el segundo largometraje como director de Mathieu Turi, cineasta francés curtido en labores de ayudantía a las órdenes de nombres ilustres de la talla de Quentin Tarantino, Clint Eastwood o Woody Allen, entre otros. Suele decirse que la segunda película representa la confirmación de los noveles cineastas, donde deben revalidar lo (de)mostrado en su ópera prima. Una aseveración que se cumple en un sentido literal con Turi, dados los numerosos puntos en común existentes entre El tubo y Hostile, el que fuerasu debut como realizador en el formato largo el pasado 2017. Tanto es así que no es descabellado considerar al título que nos ocupa una prolongación de lo expuesto por su responsable en aquélla, tanto en la forma como en el fondo. De entrada, la concepción argumental es prácticamente idéntica. De corte minimalista, en ambos casos se articula mediante una situación central que presenta a su protagonista, una mujer, atrapada en una localización cerrada con la presencia amenazante en las proximidades de un ser monstruoso que funciona como figura metafórica de los traumas que arrastra el personaje, desarrollándose la narración entre el presente y la puntual inclusión de flashbacks destinados a reconstruir los hechos que le trastornan, y concluye con su reencuentro con el ser querido.

En este caso, la disposición principal sobre la que evoluciona el resto del relato se produce cuando, tras ser atacada por el hombre que la ha recogido mientras hacía autoestop, la protagonista despierte encerrada en un misterioso entramado de tuberías donde tendrá que superar diferentes pruebas mortales para acceder a nuevos niveles antes de que se le agote el tiempo que figura en el brazalete que porta en una muñeca. Ni qué decir tiene el enorme parecido que este punto de partida arroja con sendos hitos del cine fantástico de los albores del nuevo milenio. Me refiero, obviamente, a Cube (Cube, 1997) y Saw (Saw, 2004), dos películas en las que también sus personajes principales recuperan la consciencia en un lugar al que no saben cómo han llegado y del que para poder escapar deberán superar distintas pruebas que pondrán en riesgo su integridad física. De estos referentes, con el que guarda mayores parecidos es, sin duda, el film de Vincenzo Natali, comenzando por el look futurista con el que está diseñada la trampa mortal en la que se encuentra encerrada la protagonista.

Así las cosas, las principales diferencias entre ambas propuestas estriban en que, mientras en Cube eran acertijos matemáticos basados en la deducción los desafíos a los que tenían que enfrentarse los personajes para poder pasar de pantalla, en El tubo se trata de pruebas físicas. Un cambio de paradigma que encierra en sí mismo la diferencia cualitativa existente entre una y otra película. Frente a la tensión, angustia y sentido de la intriga que el film canadiense consigue imprimir a cada uno de sus fotogramas, la primera mitad del film de Turi lo único que origina es el tedio en la audiencia. La falta de diálogos y, sobre todo, interacción con otros personajes durante estos compases provocan que, quien más quien menos, acabe aburriéndose ante un desarrollo que se limita durante demasiados minutos a ver reptar a la protagonista de un lado a otro mientras intenta descubrir la forma de funcionar del complejo entramado en el que se encuentra enclaustrada. Tampoco consigue suscitar demasiado interés el misterio que se deduce de la situación de base sobre la que se sustenta el invento. Es decir, quién ha introducido a la mujer allí y con qué propósito. Y aunque de nuevo comparte con Cube la falta de información sobre las posibles causas, el cineasta francés va sembrando el metraje de forma tramposa de pistas falsas destinadas a hacer pensar que la heroína ha sido secuestrada por su agresor, o que, incluso, se encuentra en manos de una inteligencia alienígena a tenor del aludido entorno futurista y los ingenios robóticos que encuentra en su camino.

Sin embargo, lo peor llega una vez Turi se decide a dar explicaciones al misterio planteado. En lugar de conformarse con fabricar un survival de ciencia ficción puro y duro, el galo no es capaz de disimular una mal asimilada pretenciosidad al otorgar a la trama una interpretación alegórica de orden metafísico y trascendental. Sin entrar a valorar lo incongruente que resulta este enfoque espritual con respecto al comportamiento de un rol principal que experimenta el daño físico, ni menoscabo de las buenas intenciones del mensaje último que pretende transmitir el film, y que no es otro que animar a seguir adelante sean cual sean las circunstancias, lo cierto es que tal decisión resulta de lo más risible tal y como es servida. Y es que la calculada falta de información existente y el esquematismo del que hace gala la propuesta asemejan a tal pretensión un pegote añadido con el que dar una pátina de respetabilidad, profundidad y justificación a lo que, en esencia, no es más que una “simple” película de género. Algo tan caprichoso, en definitiva, como muchas de las decisiones de guion que se agolpan durante el metraje y que buscan impactar al espectador de forma denodada. Ello, unido a la tendencia al melodrama más desfasado que vuelve a demostrar su director, en el que confunde sensibilidad con sensiblería, dan pie para un buen número de momentos ridículos que alcanzan su cénit en un desenlace que, en lugar de emocionar como pretende, lo único que produce es vergüenza ajena. Así, si en Hostile Turi demostraba que, en realidad, el mundo es un pañuelo, El tubo finaliza con una preciosista visión del paraíso tan pedante como posiblemente solo un director francés puede imaginar.

.José Luis Salvador Estébenez

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