No dispares contra mí

 

Sinopsis: David, un joven estudiante de derecho, se ve envuelto en una sucesión de pequeños hechos delictivos que le conducen a encontrar el cuerpo sin vida del marido de una amiga francesa, Lucile, en el maletero del automóvil en el que huye hacia Francia. Ella se le une en su viaje.

 


Título original: No dispares contra mí
Año: 1961 (España)
Director: José María Nunes
Productores: Enrique Esteban, Germán Lorente
Guionistas: Juan Gallardo Muñoz, Germán Lorente, José María Nunes
Fotografía: Aurelio G. Larraya
Música: José Solá
Intérpretes: Ángel Aranda (David), Ángela Bravo (Mira), Fernando Cebrián (ayudante del comisario), Ramún Durán (padre de David), Marta Flores (madame de la fiesta), Federico Fontenova (Carlo), Julián Mateos (Luigi), Antonio Molino Rojo (Krovak), Gustavo Re (Juan), George Rigaud (comisario Martín), Lucile Saint Simon (Lucile), Jordi Torras (medico)…

José María Nunes (1930-2010) fue, por méritos propios, uno de los nombres clave de la denominada Escuela de Barcelona -término acuñado por Carlos Durán-. Su trayectoria en la realización se antoja tan personal como variada y atípica, con algunos títulos claramente anárquicos y a contracorriente de modas y modos. El cine de Nunes, desprovisto de una narrativa argumental, tendía a la abstracción, pretendiendo el realizador “romper el argumento para hablar de los temas que más le interesaban, tales como la libertad, el suicidio[1] y la amistad”, como afirmaba Joan M. Minguet[2]. En su trayectoria dentro del séptimo arte mantuvo ese afán de experimentar, pese a los peligros, optando por una puesta en escena arriesgada, por cargar las imágenes de significado. Él mismo consideraba como sus dos únicas películas “comerciales” No dispares contra mí (1961) y La alternativa (1962), ambas realizadas por encargo. La primera de ellas, la que aquí nos interesa, fue un título policiaco, y la segunda se encuadraba en un género tan autóctono y popular en aquellos años como el desarrollado en el mundo de los toros que, por cierto, no era algo que interesara mucho al cineasta.

La idea de No dispares contra mí surgió de los productores Germán Lorente y Enrique Esteban, socios por aquella época al frente de Este Films[3]. Ambos habían estado en Cannes y volvieron alucinados con la Nouvelle Vague. La pareja de productores pensó en hacer algo parecido en España, y consideraron a Nunes como el director idóneo, pese a aquel momento contaba en su haber con sólo con un largometraje, Mañana (1957), un trabajo de corte experimental donde ya estaban presentes esos hallazgos expresivos que mantendría a lo largo de su carrera tras las cámaras. Éste aceptó y escribió un primer tratamiento del guion, que no terminó de convencer a Lorente y Esteban, pues no lo veían muy comercial. Al director se le ocurrió solicitar ayuda a su amigo Juan Gallardo, más conocido por el seudónimo de Donald Curtis y quien por aquellos tiempos publicaba una novela a la semana en la editorial Bruguera. Nunes le pidió que le pasara las últimas que había escrito. Gallardo le dio diez, y aquél las llevó a la oficina para hacer una selección. Después de unos dos meses, se eligieron tres. A continuación, nuestro protagonista solicitó al autor que a partir de éstas hiciera una para el guion de una película. Gallardo escribió una narración ya pensando en su traslación a la pantalla, y entre él, Germán Lorente y el propio Nunes redactaron el libreto[4].

El film se llevó adelante, en palabras de Enrique Esteban, “con la intención de hacer algo que diera prestigio”[5]. Y contiene, como se ha dicho tantas veces, ciertas similitudes con aquella nueva ola francesa que estaba dando tanto que hablar en el séptimo arte, aunque Nunes reconocía que por entonces no había visto ninguna de aquellas películas. El papel del actor principal recayó en Ángel Aranda[6], y buscando una actriz que dotara a la producción de ese pretendido toque de “prestigio” se buscó en Paris[7] y Roma. En la capital italiana conocieron a la hermana de Sophia Loren, aunque terminaron contratando a la gabacha Lucile Saint Simon, quien por entonces había protagonizado junto a Mel Ferrer y Christopher Lee la adaptación que Edmond T. Gréville hiciera de Las manos de Orlac (The Hands of Orlac/Les mains d’Orlac, 1961). El repartocontó, además, con secundarios tan característicos y magníficos de nuestro cine como Julián Mateos, Antonio Molino Rojo o George Rigaud.

En sus resultados, No dispares contra mí es un film característico de la segunda fase del cine negro español, encuadrado en los presupuestos y pretensiones de las productoras de la Ciudad Condal. En su forma, podemos advertir esas características innovadoras tan propias de lo que será la Escuela de Barcelona, caso de los forzados y extraños ángulos que recogen los objetos en interiores. Como muchas otras películas del periodo dorado del policial hecho en nuestro país[8], trata la marginación social y la delincuencia juvenil. Contradiciendo lo habitual en el género, la mayoría de las secuencias transcurren de día, al contrario que, por cierto, en el referido primer film de Nunes, donde predominaba la noche. De igual modo, el personaje de Lucile Saint Simon tiene más fuerza que lo habitual en los roles femeninos en los policiacos de aquellos tiempos, algo que por otro lado será frecuente en la filmografía del director.

De la banda sonora de corte jazzístico, tan propia del periodo y del género[9], se encargó José Solá, quien musicó varios de los trabajos en el cine negro de Este Films[10]. El maestro Solá aseguraba que su método ideal era trabajar con el guion, luego mirar el copión y ajustar, usando sincronías con cronómetro. En el presente trabajo la música “marca y sigue a su vez el ritmo de las imágenes que sólo en algunos momentos aminora para que los jóvenes hagan alguna reflexión”, recurriendo nuevamente a lo escrito por Francesc Sánchez Barna.

Estrenada con la categoría 2A, comercialmente la película funcionó muy bien. El director recordaba que un amigo suyo, oficial de barco, la vio anunciada en el Cairo[11]. La crítica, por lo general, aplaudió la propuesta, fijándose en los aciertos y el estilo desarrollado de su responsable, aunque no faltó quien quiso interpretar en este acercamiento al cine de género un paso atrás de Nunes después de su poética ópera prima en el largo, tal vez pensando que el cineasta dejaría sus inquietudes de autor para pasar a ser un engranaje más de la maquinaria. Muy equivocados estaban, pues éste seguiría, en su vida y en su trayectoria profesional, con su inventiva, arriesgando e ignorando los cánones estéticos impuestos por la industria, y apostando por un cine sensitivo. Nunca cedió y siempre fue fiel a sus ideales, desistiendo incluso de las subvenciones. Por supuesto, se encontraría con la miopía de la censura, incapaz de ver más allá de sus narices y comprender siquiera obras tan personales y atípicas como Sexperiences (1968) o Iconockaut (1976)[12]. José María Nunes afirmaba que el hombre cuando está condicionado y encorsetado por unas estructuras legales que no le permiten desarrollar su creatividad, no puede ser libre. Y que sólo el hombre libre puede hacer un cine que sea arte, poesía y revolución. No sólo genio y figura, también un anarquista hasta el final.

Alfonso & Miguel Romero


[1] Rodó su postrero film, Res pública, poco antes de fallecer. En este trabajo un hombre explica su suicidio como un modo de protesta por la época que le ha tocado vivir. Una nueva apología a la libertad.

[2] En su biografía Nunes: El cineasta intrepid (Editorial Portic, 2006).

[3] La productora apostó por el noir y el policiaco con no pocos títulos. Además de la aquí reseñada podemos nombrar El cerco (1955), de Miguel Iglesias, Su propio destino/Giovane canaglia (coproducida junto a la italiana Atlantica Cinematografica Produzione Films en 1958), de Giuseppe Vari, Un vaso de whisky (coproducida con PEFSA también en 1958), de Julio Coll, A sangre fría (coproducida con Urania, 1959), de Juan Bosch, o Regresa un desconocido (1961), de Enrique Esteban y Germán Lorente.

[4] Gallardo colaboraría en los libretos de algunas otras películas, caso de, por ejemplo, Nuestro hombre en Casablanca/Il nostro agente a Casablanca (1966), de Tulio Demicheli, uno de los muchos seudobonds que protagonizó Lang Jeffries.

[5] Citado por Francesc Sánchez Barna en Brumas del franquismo. El auge del cine negro español (1950-1965) (Libros Film-historia, Nº 7, 2007).

[6] Oriundo de Jaén, Ángel Aranda trabajó con algunos de los grandes directores italianos del cine de género, como Mario Bava, Sergio Leone o Sergio Corbucci. Y se alzaría como uno de los rostros más reconocibles del western mediterráneo.

[7] En París Nunes tuvo la ocasión de conocer a Godard, Truffaut y Chabrol en la oficina de George de Beuregard, que venía a ser el núcleo de la Nouvelle Vague. El productor francés era amigo de Enrique Esteban, había pasado algunas temporadas en Barcelona y había hecho alguna película en régimen de coproducción, aunque no siempre trabajara limpio, como bien se refleja en la entrada de El fugitivo de Amberes (1955) en este mismo dossier dedicado al policiaco español:  https://cerebrin.wordpress.com/2021/08/11/el-fugitivo-de-amberes/

[8] Pongamos por ejemplo Los gamberros (1954), de Juan Lladó, Sin la sonrisa de Dios (1955), de Julio Salvador, Los cobardes (1958), de Juan Carlos Thorry, Los desamparados (1960), de Antonio Santillán, o Los atracadores (1961), de Francisco Rovira Beleta, entre tantas otras.

[9] No sólo el policiaco español llenó sus bandas sonoras de jazz, dando un toque más internacional y acercándose a sus coetáneos usamericanos. De igual modo, el krimi alemán se arrimaría a estos sonidos de la mano de músicos como Peter Thomas o Martin Böttcher.

[10] Otra productora que contó repetidamente con la colaboración de Solá para musicar sus películas fue Juro Films, de un reconocido amante y connoisseur del jazz como Julio Salvador.

[11] Se lo comentaba el propio Nunes a Antonio Gregori en El cine español según sus directores (Cátedra, 2009).

[12] José María Nunes declaró para Film Historia: “Más de una vez he bajado llorando en el ascensor del Ministerio de Turismo en la Gran Vía de Madrid, donde estaba aquel grupo de subnormales que decían lo que se puede hacer y lo que no. Recuerdo bajar llorando por culpa de la censura porque no habían aceptado el guion de mi película, lloraba pero no vencido, sino des-emocionado. Y esos diez o doce censores me prohibían hacer la película, pero yo ya la tenía hecha y lloraba, pero la película estaba hecha”. http://www.publicacions.ub.edu/bibliotecadigital/cinema/filmhistoria/2010/filmhistoria/1/inter01.html

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