Cuatro en la frontera

 

Sinopsis: La policía sospecha que un cargamento de oro, fruto de un robo ocurrido en Francia, ha pasado a España ilícitamente a través de los Pirineos. Aunque se desconoce la identidad de los autores, todo indica que los hechos tuvieron lugar cerca de una masía catalana próxima a la frontera francesa.

 


Título original: Cuatro en la frontera
Año: 1957 (España)
Director: Antonio Santillán
Productor: Ignacio F. Iquino
Guionistas: Nené Cascallar, José Antonio de la Loma, Joaquina Algars
Fotografía: Pablo Ripoll
Música: Ricardo Lamotte de Grignón
Intérpretes: Claudine Dupuis (Isabelle), Danielle Godet (Aurora), Frank Latimore (Javier), Armando Moreno (José Sancho), Adriano Rimoldi (don Rafael), Miguel Ligero (Abuelo), Estanis González (José), Gérard Tichy (Julio), Julio Riscal (jornalero cantor), Juan de Landa (Félix)…

Antonio Santillán (1909-1966) fue uno de los directores más prolíficos dentro de nuestro cine de género criminal. Así lo demuestran sus primeras incursiones en la temática, mediante una serie de títulos producidos al amparo de Ignacio F. Iquino -a todas luces, el impulsor de dicho filón en España-, ejemplarmente miméticos respecto a los parámetros del cine negro hollywoodiense, aunque demasiado plegados en su discurso a la doctrina del nacionalcatolicismo​ que imponía el régimen franquista. Nos referimos a películas como Almas en peligro (1952) o El presidio (1954), en las que Santillán demuestra un más que aceptable manejo de los tropos del género, si bien la excesiva moralina malogra en gran parte el resultado de ambas propuestas. Nada extraño, por otra parte, atendiendo al modus operandi de la productora de Iquino, como se puede comprobar en una de las piezas seminales del policiaco español, dirigida en este caso por el propio capo de la firma, Brigada criminal (1950), imprescindible film de la corriente, impregnado de una exacerbada loa a las fuerzas policiales del periodo.

Por fortuna, tan discutible y peregrino proceder desaparece por completo en el clásico del noir español por excelencia de Antonio Santillán, El ojo de cristal (1956), sin duda su mejor película, pese a estar también financiada por la IFI de Ignacio F. Iquino (también acreditado como uno de los firmantes del libreto); bien fuera por estar basada en un prestigioso relato negro del escritor norteamericano Cornell Woolrich, o bien por contar con el protagonismo del actor mexicano Carlos López Moctezuma, quien acerca el film mediante su siniestra interpretación a terrenos próximos al cine de terror.

En su película inmediatamente posterior a El ojo de cristal, Cuatro en la frontera (1957), Santillán cambiaría radicalmente de tono, acometiendo la realización de otra cinta policiaca localizada en este caso en ambientes rurales, y, debido a ello, muy cercana estéticamente a las directrices del wéstern. La trama discurre en las estancias y exteriores de una masía próxima a la frontera francesa, situada en Puigcerdá, villa limítrofe con la cordillera de los Pirineos, una zona históricamente vinculada al contrabando, el estraperlo y el exilio político durante la dictadura de Franco. Curiosamente, Santillán volvería a ubicar en esta misma población fronteriza la huida de unos criminales que aspiran a llegar al país vecino en su film Senda torcida (1963), uno de los policiacos que el director catalán firmaría fuera de la factoría de Iquino.

No hay que olvidar que la frontera franco-española era también el territorio habitual de las actividades de los guerrilleros antifranquistas del maquis, con las inevitables connotaciones políticas que ello sugiere, mas no es el objetivo de Antonio Santillán profundizar en ese aspecto concreto, vetado no obstante por la férrea censura que debía pasar cualquier producción del momento[1]. Cuatro en la frontera aborda el tema del contrabando de todo tipo de mercancías en dicho paso fronterizo, que practicaban por igual humildes matuteros[2] como el personaje conocido en la película como “el Abuelo” (Miguel Ligero), o el acaudalado terrateniente don Rafael, interpretado por Adriano Rimoldi.

Unos lingotes de oro introducidos ilegalmente en España por los Pirineos serán el detonante para que la policía decida infiltrar a uno de sus agentes (Armando Moreno, el mismo inspector de policía de El ojo de cristal[3]) en la mentada masía de la Baja Cerdaña, camuflado como jornalero. Contra todo pronóstico, el policía con vestimenta de paisano no levanta sospecha alguna entre los trabajadores de la finca y su tiránico capataz (Juan de Landa). Sin embargo, la desconfianza de los patrones hacia un extranjero recién llegado en busca de trabajo, al que llaman Javier (Frank Latimore[4]), no hace más que aumentar, ya sea debido a sus finos modales o por el hecho de que aborde al mismo tiempo a los dos personajes femeninos que aparecen en el relato con fines amorosos: por un lado, Aurora (Danielle Godet), hermana de don Rafael y copropietaria asimismo de la finca, ejemplo de virtud y belleza pese a su prolongada soltería; y, por otro, Isabelle (Claudine Dupuis)[5], femme fatale con dudoso pasado de corista, unida en matrimonio con don Rafael por intereses meramente económicos[6].

Como se puede apreciar a tenor del argumento expuesto, Cuatro en la frontera es una película coral, con un número considerable de personajes, todos ellos bien definidos y perfectamente justificados respecto a su mayor o menor relevancia en el argumento. Es el caso del ubicuo actor de origen alemán Gérard Tichy, muy presente en el género, quien, a pesar de tener un papel relevante,  forma un binomio inseparable con su despiadado guardaespaldas, interpretado por Estanis González, que goza de bastante menos tiempo en pantalla. Incluso no chirría en exceso el rol que representa el contrapunto cómico, distendido, tan habitual en el cine clásico norteamericano, incorporado por Julio Riscal como jornalero cantarín, casi una especie de émulo de Antonio Molina, cuyas “tonadas de trabajo” adquieren un carácter irreverente desde el mismo momento que son odiadas por el despótico y explotador capataz de la hacienda. El fuerte influjo de la frontera se presenta como la única esperanza de prosperar de los personajes en aquellos duros años de hambre y privaciones, previos al posterior desarrollismo franquista. Ello queda bien patente en una de las impagables líneas de diálogo que pronuncia un acertado y otoñal Miguel Ligero en la película: “Es lo que tiene la frontera; es como una droga”. 

El amplio formato “Ifiscope” -suponemos que esta inmodesta denominación responde a otra de las típicas ocurrencias del singular, pero sin embargo imprescindible, Ignacio F. Iquino- acentúa aún más el carácter western de la película, especialmente en las secuencias rodadas en los exteriores nevados de los Pirineos. El guion cuenta con la firma de otro hombre importante del cine policiaco español, José Antonio de la Loma, presente del mismo modo como libretista en la ya citada El ojo de cristal, y director de una excelente cinta de la corriente como es Manos sucias (1957). Además, como era habitual en el cine de género español de la época, Cuatro en la frontera contó con la participación no acreditada del productor francés Marius Lesoeur (dueño de Eurociné, firma con la que Jesús Franco realizaría un buen número de películas de bajo presupuesto) y su ignota compañía Sopadec, por lo cual el film disfrutó de estreno en cines franceses. Existe también una edición en DVD de la película en el país galo con el título de De l’or dans la vallée (Rimini Editions). Sin duda, se podría considerar el film como uno de los mejores títulos de cine negro dentro de la filmografía de Antonio Santillán, o, al menos, uno de los más originales y atípicos.

Francisco Arco


[1] No obstante, hubo casos en el que los maquis se colaron en el cine negro español del periodo, como puede ser expresamente en el caso de La ciudad perdida/Terroristi a Madrid (1955) o de forma velada en A tiro limpio (1963), por solo citar dos casos.

[2] Coloquialmente, se conoce como “matutero” a la persona dedicada a introducir algún tipo de mercancía en una población sin pagar impuestos.

[3] La comparecencia de este actor en ambas películas como agente de policía, da lugar a un curioso “autoguiño” de Antonio Santillán en la película que nos ocupa, concretamente en la escena que Armando Moreno se adentra en el hall de un cine del pueblo más cercano a la masía. Entre los carteles de las películas en cartelera que se pueden observar claramente, se encuentra, como no podía ser de otro modo, el de El ojo de cristal.

[4] Actor que tan solo unos años después sería relevante dentro del wéstern europeo en general, y el español en particular, al protagonizar un díptico pionero del género basado en el célebre personaje creado por Johnston McCulley, “el Zorro”, en dos películas dirigidas por Joaquín Luis Romero Marchent: La venganza del Zorro (1962) y Cabalgando hacia la muerte/L’ombra di Zorro (1962).

[5] Conste que de Cita imposible existen dos versiones, una con la citada Claudine Dupuis y otra con la actriz española Josefina Güell interpretando este personaje. Posiblemente dicha maniobra estaba enfocada a beneficiar el estreno de la película en el extranjero, usando como reclamo la exuberancia física de la actriz francesa.

[6] A modo de curiosidad, Claudine Dupuis volvería a trabajar a las órdenes de Antonio Santillán en su reivindicable film negro Cita imposible (1958).

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