New Jack City

 

Sinopsis: Nino Brown, un traficante de droga, se hace con el control de una parte de la ciudad mientras la policía le hace frente para detener la ola de inseguridad ciudadana en las zonas más marginales.

 


Título original: New Jack City
Año: 1991 (Estados Unidos)
Director: Mario Van Peebles
Productores ejecutivos: Doug McHenry, George Jackson
Guionista: Thomas Lee Wright, Barry Michael Cooper
Fotografía: Francis Kenny
Música: Michel Colombier
Intérpretes: Wesley Snipes (Nino Brown), Ice-T (Scotty Appleton), Chris Rock (Pookie), Mario Van Peebles (Stone), Allen Payne (Gee Money), Judd Nelson (Nick Peretti), Vanessa Williams (Keisha), Tracy Camilla Johns (Uniqua), Bill Nunn (Duh Duh Duh Man), Michael Michelle (Selina Thomas)

El ocho de marzo de 1991[i] se estrenaba en Estados Unidos New Jack City, un hito en la historia del cine afroamericano que abrió una nueva ola de película dirigidas por cineastas negros que en ese mismo año alcanzó la veintena de producciones. Una maniobra comercial típica de la industria que ponía de relieve lo que se había estado desarrollando en el negocio musical la década pasada. La película funcionó de manera similar a como en su momento lo había hecho Las noches rojas de Harlem (Shaft, Gordon Parks, 1971). Se repitió el éxito comercial, el impacto mediático y cierta repercusión en determinados círculos de la crítica cinematográfica que definieron el fenómeno como “el año del renacimiento negro”.

Actualmente la historia se puede ver de otra manera. Aquel fulgurante movimiento apenas duró unas pocas temporadas, si bien fue bien aprovechado por productores, directores y actores negros para sacar adelante trabajos de clara connotación racial. Quedaron algunas películas interesantes como Los Chicos del Barrio (Boyz n the Hood, John Singleton, 1991), Redada en Harlem  (A Rage in Harlem, Bill Duke, 1991), Un paso en falso (False Movement, Carl Franklin, 1992), Juice (Ernest Dickerson, 1992) o Menace II Society (Albert y Allen Hughes, 1993),otra etiqueta para definir el nuevo fenómeno conocida como Hood Films[ii], alguna inesperada franquicia como el sleeper cómico House Party (Reginald Hudlin, 1990) y un cineasta crítico con esta nueva ola:  el siempre combativo Spike Lee (estuvo antes, durante y después del nuevo boom negro).  Tampoco debemos olvidar el regreso a la dirección de Charles Burnett con Nunca te acuestes enfadado (To Sleep with Anger, 1990), cineasta clave en la historia del cine afroamericano y reconocido recientemente por la Academia de Hollywood. Abundaron promesas perdidas tan conocidas como el finado John Singleton, el propio Mario Van Peebles, Carl Franklin, Bill Duke, los Hermanos Hughes, el clan de los Wayans, Ernest Dickerson, Reginald Hudlin o el olvidado Matty Rich que en el mejor de los casos acabaron trabajando en Hollywood o para el mercado de las series televisivas. El malditismo estuvo representado por el malogrado realizador Joseph B. Vasquez  o el rapero-actor Tupac Shakur. Lo más relevante fue la consolidación de una nueva hornada de actores y actrices  que dieron el salto definitivo al mainstream cinematográfico, principalmente Denzel Washington, Samuel L. Jackson y Wesley Snipes.

El origen de NJC se remonta a los años ochenta. Quincy Jones y Clarence Avant  habían comprado a Paramount un libreto llamado “Nicky” que el guionista  Thomas Carter había escrito para Francis Ford Coppola con el fin de integrarlo en la tercera parte de El Padrino (que en esos momentos estaba preparando) o bien desarrollarlo como proyecto independiente. Su fuente de inspiración era la controvertida figura del hampón Nicky Barnes[iii] y lo debía interpretar Eddy Murphy, quien disfrutaba de un ventajoso contrato en la Major. Por alguna razón, el proyecto se estancó y la compañía decidió vender el guion. Quincy Jones llevó se al productor George Jackson, quien fue la persona que sugirió al periodista Barry Michael Cooper[iv] para dar un nuevo enfoque más actual. Este cronista había recogido en algunos reportajes de investigación la problemática y las consecuencias que estaba teniendo la epidemia del crack en los centros urbanos. El 1 de Diciembre de 1987 publicó en Village Voice el artículo “Kids Killing Kids: New Jack City Eats Its Young”, donde recogía de manera pormenorizada la situación que se estaba viviendo en las calles de Detroit con la citada plaga.


Barry Michael Cooper integró en el nuevo libreto varios aspectos de la vida criminal de la ciudad del motor. Aparte de ser una de las cunas de la música negra americana y de la industria de la automoción, la floreciente economía de la urbe de Michigan atrajo lógicamente la mirada del mundo del hampa que asentó y desarrolló algunas organizaciones criminales relevantes. Un claro ejemplo fueron los “Young Boys Inc”, entramado mafioso formado por afroamericanos que controló el tráfico de heroína entre 1978 y 1982. Como grupo criminal provocó preocupación inusitada durante su periodo de actividad debido a los métodos de trabajo empleados: utilizaban las esquinas como puntos de distribución empleando a menores de edad en el tráfico de heroína, extendiendo su organización a diversos centros urbanos y utilizando una inusitada violencia para eliminar a las bandas rivales. Su reputación y metodología creó un hito en la vida criminal de las calles. Diversas disputas internas provocaron su disolución, si bien su funcionamiento y estructura fue empleado por posteriores bandas.

Sin embargo, Cooper se fijó más en los “Chambers Brothers”[v], cuatro hermanos procedentes de una zona deprimida de Arkansas que crearon su particular sueño americano en Detroit. Emprendedores natos, sin ningún escrúpulo a la hora de hacer dinero, Billy Jo, Larry, Otis y Willie Lee Chambers crearon un floreciente y vertiginoso entramado criminal gracias a la introducción del crack en la ciudad a mediados de los años ochenta. Los “Chambers” controlaron gran parte del negocio facturando más de un millón de dólares diarios. Profesionalizaron el tráfico creando un sistema empresarial en su actividad: lugares estratégicos perfectamente controlados, tarjetas identificativas para sus empleados y clientes, determinadas ofertas en el consumo y creación de incentivos en las ventas. Semejante caudal de dinero y algunas arriesgadas acciones (el control de determinados inmuebles convertidos en fortalezas para distribución y consumo de crack) puso en alerta a las autoridades de la ciudad y, lógicamente, a cuerpos de policía nacionales como la DEA, que organizaron un operativo conjunto para su desmantelamiento. La pesadilla terminó en 1988 cuando la organización criminal fue detenida[vi].

New Jack City narra el ascenso y caída de Nino Brown (un convincente Wesley Snipes), un narcotraficante que lidera el gang de los Cash Money Brothers, dueño de un imperio criminal controlado desde un bloque de edificios que actúa como auténtica fortaleza. Sus enfrentamientos con otros mafiosos por el control del negocio (italoamericanos descritos de manera muy banal), la enconada persecución policial encubierta (la presencia de Ice T resulta sorprendente)  y las repercusiones de la droga en el vecindario serán desarrolladas a lo largo de la historia. Como película no narra nada nuevo. Lo que cuenta ya se había visto antes y con mayor fortuna. La novedad era el color de la piel de los protagonistas y la introducción del crack en su propuesta argumental, aunque lejos del brutal retrato que el citado Spike Lee desarrolló en Fiebre salvaje (Jungle Fever, 1991).

NJC es una obra muy irregular.  Un diamante en bruto sin pulir donde se mezclan sin ningún rubor efectividad e ingenuidad, ideas y personajes reconocibles expuestos con tosquedad y sin los necesarios matices. Un trabajo inmaduro, primerizo, demagógico, que aspira a contar y denunciar muchas lacras y desigualdades sociales sin olvidar su armazón comercial perfectamente diseñado.  No le falta desparpajo y frescura, tiene pegada, pero sus limitaciones son nítidas. El film es un thriller criminal de claro mensaje cuyas intenciones se constatan en su muy estilizado poster: “Las drogas no es algo de blancos o negros. Es la muerte. Y no le importa una mierda el color” (diálogo expresado no por uno de los personajes afroamericanos de la función, sino por el inestable Nick Peretti, policía blanco para más señas). Discursos similares no faltan en el otro bando como espeta Nino Brown: “En la era Reagan sólo te haces rico robando. El gobierno anda haciendo cosas raras. Hay más pobres y desheredados que nunca. Hacen como que no los ven. Los ricos son más ricos y los pobres, a la mierda. En tiempos así, la gente quiere drogas duras”. Conclusiones propias de titular de semanario[vii] tan irrebatibles en su fondo como discutibles en su exposición. Nada que ver con The Wire (The Wire, 2002-2008) para entendernos.

NJC actualiza el policiaco afroamericano de los años setenta y amplía la nueva ola del cine de gánsteres desarrollada durante los años anteriores por Brian De Palma, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola. A diferencia de otros títulos similares, la película está concebida como una obra antidroga que sin embargo cuida hasta la saciedad la estética de los hampones, quienes parecen en ocasiones una banda de funk o rap tanto por su colorido vestuario (corroborado en esas camisetas negras que lucen en sus espaldas las siglas CMB) como en su altivo comportamiento tan cool y chulesco. Son mostrados en discotecas y  ocasionales fiestas, en reuniones grupales poco formales, como oscuros benefactores del barrio o en lujosos lofts revestidos de detalles pintorescos en sus paredes.  

En contrapartida, la visión de la policía busca un equilibrio que sea atractivo para el espectador juvenil: actúan por su cuenta como un auténtico grupo organizado multiétnico ajeno a las órdenes superiores, si bien sus peleas internas son dignas de patio de colegio. En todo momento, se intenta dar una imagen donde prevalece el imperio de la ley aunque en última instancia prima la justicia urbana muy poco poética. La violencia es mostrada sin cortapisas (ejecuciones en puentes, asaltos a inmuebles, tiroteos con armas automáticas, disparos a quemarropa en la cabeza), perfectamente acondicionada por un score poblado de temas hip hop y new jack swing. Un lenguaje necesario para los pobladores de una ficción menos ambigua de lo que parece.

En la zona intermedia se introducen los elementos que más interesan recalcar a Barry Michael Cooper y a Mario Van Peebles como concienciadores sociales. Por un lado, el personaje de Pookie (Chris Rock), camello y adicto al crack, peón en ambos bandos, cuyo infierno personal sirve para mostrar tanto el lado menos gratificante de la droga como una ingenua rehabilitación que provoca cierto sonrojo[viii]. Por el otro lado, la vieja guardia indefensa aunque implicada con el barrio es encarnada por un veterano John Doe negro (interpretado por Bill Cobbs), quien no cederá ante la presión mafiosa ni ante la sordera institucional resultando su acción personal decisiva en el clímax del relato. La galería de secundarios sigue los mismos derroteros arquetípicos.

Más discutible resulta la labor de Mario Van Peebles como narrador y en el campo formal. Su figura como cineasta entronca perfectamente con la blaxploitation setentera debido a que su padre, Melvin Van Peebles, fue uno de los directores más importantes de aquel periodo. Entendemos que tal decisión fue plenamente buscada por los productores George Jackson y Doug McHenry. En su opera prima, el cineasta se muestra un tanto inseguro empleando desde la estética videoclip (que desentona en más de un momento) al realismo urbano cámara en mano, sin olvidar la saturación cromática y las fugas de luz ochenteras logrando un batiburrillo formal poco convincente aunque muy afín al público al que va destinado la película (lo que el director denominaba como toque “New Jack”). Retengamos al menos las escenas iniciales donde se nos presenta a los protagonistas del relato, destacando esos planos cenitales sobre la ciudad mientras escuchamos un cruce de noticias en off informando sobre la situación (no muy lejana a la actual);  la vibrante persecución callejera a ritmo del tema “New Jack Hustler” (interpretado por el propio  Ice T); el sangriento ascenso de Nino Brown acompañado por la canción de Stevie Wonder “Living for the city” cantada a capella por una improvisada banda urbana; las breves apariciones de músicos como Flavor Flav o Nick Ashford; o la envenenada cita bíblica “Soy el guardián de mi hermano” empleada como eslogan casi un mantra a lo largo del film. Escasas virtudes, bien es cierto, que no han impedido convertir a New Jack City en una obra de referencia para el moderno cine afroamericano[ix].

Fernando Rodríguez Tapia


[i] En España hubo que esperar al 19 de Julio de ese año, en plena temporada veraniega.

[ii] Hood Films define al tipo de películas surgidas a finales de los años ochenta y centradas en mostrar los aspectos de la cultura urbana afroamericana y latina, especialmente en las bandas, la música, los problemas sociales, el racismo, el enfrentamiento con las fuerzas del orden, la corrupción del sistema y la inmigración. En su tipología entran dramas, comedias, thrillers, documentales, biopics musicales e, incluso, títulos de terror.

[iii] http://elpais.com/diario/2007/11/23/cine/1195772401_850215.html

[iv] http://ambrosiaforheads.com/2016/03/new-jack-city-is-turning-25-new-revelations-from-its-writer-will-blow-your-mind/

[v]  Nada que ver con la banda de soul-funk-rock angelina del mismo nombre.

[vi] http://www.nytimes.com/1988/12/18/us/detroit-drug-empire-showed-all-the-traits-of-big-business.html?pagewanted=all

[vii] https://elpais.com/diario/1991/07/18/cultura/679788006_850215.html

[viii] Este elemento se basa en las propias experiencias del director cuando trabajo en algunos centros de rehabilitación.

[ix] La idea de un remake de la película ha circulado durante años sin llegar a prosperar. Las últimas noticias al respecto se decantan más por una secuela a cargo de Malcolm Mays.

2 comentarios en “New Jack City

  1. A mi siempre me pasa, que todas las peliculas a las que han dado demasiado bombo, no me suelen gustar mucho. Y esta es un ejemplo de ello, llego (en mi caso) al Video Club y todos “alucinaban” con ella… la alquile (dos meses tarde en poder verla, siempre estaba alquilada), la vi y no me hizo demasiado chiste, no es que sea mala, pero no me dijo nada. A dia de hoy, no la volveria a ver otra vez. Eso si, me gustaban mas las de Spike Lee.

    Salu2 Varios.

  2. Hola a todo/as,

    En mi opinión, creo que la película es nteresante aunque no buena.
    El argumento no es nada nuevo, pero hay fuerza en las escenas de acción, amén de un conseguido clímax enfebrecico y malsano.
    La psicología de algunos personajes está realmente bien conseguida por lo que es más fácil para el espectador sentir lo que ve.
    Buena fotografía y entretenimiento.
    Ahora bien, podría haber sido mejor con un mejor director.

    Un cordial saludo a todo/as.

    Iñaki Bilbao

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