A hierro muere

 

Sinopsis: Fernando es sobrino de una anciana rica. Ella le pasa una cantidad mensual como único heredero, pero le resulta insuficiente, ya que es un vividor que acumula numerosas deudas. Para arreglar la situación económica en la que se encuentra, Fernando intenta convencer a la enfermera de su anciana tía de que le ayude a deshacerse de su tía, sabiendo de la atracción que ejerce sobre la mujer.

 


Título original: A hierro muere
Año: 1962 (España, Argentina)
Director: Manuel Mur Oti
Productor: Manuel Mur Oti
Guionista: Enrique Llovet, basado en la novela A sangre fría de Luis Saslavsky
Fotografía: Manuel Berenguer
Música: Miguel Asins Arbó, Isidro B. Maiztegui
Intérpretes: Olga Zubarry (Elisa), Alberto de Mendoza (Fernando), Luis Prendes (comisario), Katia Loritz (Luisa Serrano), José Nieto, Eugenia Zúffoli (doña Sabina), José Bódalo (doctor Cáceres), Manuel Dicenta (doctor Alonso), Luis Peña (chófer)…

“(…) El melodrama es para mí más que el drama.

Es hijo del drama y nieto de la tragedia”

Manuel Mur Oti

¿Por qué he comenzado mi reseña con esta frase del propio Mur Oti? Porque a pesar de que muchos hayan calificado A hierro muere como un policiaco puro, se trata en mi opinión de un melodrama con tintes policiacos, siendo esta extraña amalgama más frecuente dentro del cine de género de lo que pensamos.

Manuel Mur Oti, al que nunca nos cansaremos de reivindicar, nos regala un relato en el que toda la historia gira alrededor de Elisa, la enfermera protagonista y ex-convicta, supuesta parte débil y manipulable por el personaje encarnado por Alberto de Mendoza. Como en otras obras del maestro Mur Oti, las mujeres dirigen la acción, mostrando solo una aparente fragilidad, y llevando las riendas del relato hasta el final -recordamos aquí las brillantes Orgullo (1955) y Cielo negro (1951), auténticas joyas imprescindibles de nuestro cine-.

Elisa (Olga Zubarry) es un personaje debilitado por la acción contrapuesta y destructiva del resentimiento y el amor. Podría haber resultado una femme fatale al uso, pero no lo es en ningún momento. De hecho, Mur Oti nos presenta al personaje a través de las palabras de las amigas de Doña Sabina: “(…) La nueva enfermera es una chica que no es ni demasiado alta, ni demasiado lista, ni demasiado guapa”. Elisa es un personaje perdedor aún antes de que comience la trama. Incluso jamás sonríe, excepto cuando está con el seductor Fernando. A nuestros ojos Mur Oti la muestra como una rebelde frente a su situación social de hija de la sirvienta-ama de llaves de la casa; una rebelde con fuerte carga de resentimiento.

Quizás podamos sentir la mano conciliadora y empática de Mur Oti sobre el personaje de Elisa, alguien que permanentemente tiene problemas porque ha hecho malas elecciones -no llegamos a conocer con detalle porqué estuvo en prisión, pero podemos intuir algo al respecto en los comentarios del comisario-, mientras carga todas las sombras en el personaje masculino interpretado por Alberto de Mendoza –que, por otra parte, y como ya demostró en El asalto (1960) o La reina del Chantecler (1962), domina este tipo de papeles de seductor sin escrúpulos-, auténtico villano de esta historia. Un amor desbordado hacia un personaje que ni siquiera se esfuerza en ocultar lo que es, un individuo sin escrúpulos que maneja y manipula a cuantos haya a su alrededor, incluida su tía y sus amigas. Desde la primera escena en la que ambos se encuentran sabemos que lo que tenga que pasar saldrá mal y que el seductor Fernando ha localizado una víctima fácil para sus manejos.

En el capítulo de secundarios tenemos al siempre correcto Luis Prendes en el papel de policía sagaz; a Julio Peña como víctima propiciatoria del complot; y la pareja madre-hijo formada por Eugenia Zuffoli (como la adinerada tía) y su hijo José Bódalo, en un breve papel como médico. Completan el reparto Ana Maria Noé, José Nieto, o la guapa Katia Loritz, en uno de sus habituales papeles de mujer despampanante que arrastra a la perdición a los hombres.

Cabe destacar asimismo la brillante y limpia fotografía del extraordinario Manuel Berenguer -que trabajó también con Mur Oti en Cielo negro, Fedra (1956), o Condenados (1953), por ejemplo-, que brilla en especial en los interiores del caserón, mostrándole como testigo mudo un tanto claustrofóbico, repleto de sombras y claroscuros, características en la fotografía del alicantino -su maestría en interiores nos la volvería a regalar en La residencia (1969) de Ibáñez Serrador-.

En cuanto a la columna musical recae en Asins Arbó e Isidro Maiztegui. Una banda Sonora que transcurre correctamente en la trama general de la película, aunque resulta quizás demasiado pomposa y recurrente en la parte dedicada a las piezas de piano que ejecuta Fernando, llegando a aturdir en ocasiones y convirtiéndose así en el elemento más flojo de un film que por otra parte, es uno de los imprescindibles de nuestro cine policiaco y de la filmografía del propio Mur Oti.

María G. Valero

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