Muere una mujer

 

Sinopsis: Javier es un vividor simpático y despreocupado que intenta conciliar sus escapadas nocturnas con su vida doméstica, ya que está casado y tiene un hijo. Mientras disfruta de un día en la playa con la familia, su mujer fallece repentinamente por un fallo cardíaco. Javier descubre días después un olor nauseabundo en el coche y, al abrir el maletero, descubre el cadáver de un vecino con el que Marisa había entablado una relación…

 


Título original: Muere una mujer
Año: 1964 (España)
Director: Mario Camus
Productora: Moncayo Films
Guionistas:Mario Camus, Carlos Saura
Fotografía: Victor Monreal
Música: Antonio Pérez Olea
Intérpretes: Alberto Closas (Javier Massana), Gisia Paradís (Elena), Mabel Karr (Marisa), Tomás Blanco (Juan de la Peña), José María Ovies (inspector), Mara Goyanes (Vicky), Francisco Guijar (Víctor), Roberto Rey (padre), Luis Torner (inspector Barroso), Florencio Calpe (Jorge Puig), Juan Cortés (el juez), Camino Delgado (María), Victor Israel, Cecilio Almenara (policías)…

Muere una mujer (1964) se abre con un número de cabaret en el que una lozana y enérgica bailarina ejecuta un endiablado número al ritmo de unas percusiones. Casi podríamos creernos en una película de Jess Franco, aunque en realidad tan solo se trata de un espejismo: tras este llamativo inicio la película discurrirá por unos derroteros bastante diferentes.

En 1964, año de producción de la película, Mario Camus era aún un director novel con tan solo dos títulos en su haber, Los farsantes (1963) y Young Sánchez (1964), aunque ya comenzaba a labrarse un prestigio que iría afianzándose en el tiempo con una serie de obras de gran calidad, caracterizadas por una mirada inteligente, elegancia en la puesta en escena y una selección de material que rara vez rayaba en la vulgaridad (aún en trabajos de encargo como los vehículos para mayor gloria de Sara Montiel o Raphael).

Uno de los rasgos más peculiares de esta su tercera película es la manera en la que se aparta de la moda de la época a la hora de abordar los relatos de intrigas criminales. Si la tendencia global era el tono uniformemente grave, la narración tensa y una estética amparada en los contrastes amenazantes del blanco y negro, aquí Camus decide encarar la historia desde un prisma bien diferente, desarticulando los mecanismos habituales del cine policíaco en una elegante pirueta que, si bien en varias ocasiones parece caer en el ejercicio de estilo, consigue en buena medida mantener el interés y establecer una película con cierta personalidad. Para ello combina una serie de elementos que, a falta de originalidad, demuestran al menos que tanto Camus como Carlos Saura (autor del guion) eran cineastas con inquietudes que estaban muy al tanto del cine que se estaba realizando en el resto de Europa y en los Estados Unidos.

Ambientando la intriga en un entorno sofisticado y burgués, se esquivan las temáticas sociales tan habituales en el cine negro hispano, optando en cambio por un suspense de estilo muy hitchcockiano, incluyendo una cierta desenvoltura que subraya constantemente su sutil sentido del humor, poco habitual en nuestra península tan habituada al humor de brocha gorda y más acorde con, digamos, el cine anglosajón. Su tratamiento estético y atmosférico es el de una alta comedia, aunque su material de base sea el de una película policiaca. Es en esta tensión constante de estilos cinematográficos donde Muere una mujer encuentra su mejor aliciente y su particular atractivo. El dinamismo que aporta esa fluidez de estilos se acentúa con la movilidad constante de la trama que alterna paulatinamente sus localizaciones entre Madrid y Barcelona, y en la que el puente aéreo juega un papel decisivo.

Otro aspecto a destacar es la parsimonia y economía con la que Camus disemina los diálogos a lo largo del metraje, concentrándose en numerosas ocasiones en secuencias de acciones sin casi una palabra ni elementos narrativos de gran relevancia. En estos momentos la película se aparta de los convencionalismos del pastiche hitchcockiano al uso para adentrarse en otro territorio más personal, más europeo, el de la mirada del cineasta sobre su material. Dicha mirada podría asimilarse a las variaciones de un músico en un concierto jazz o, para no apartarnos del terreno cinematográfico y salvando las distancias, las deliciosas digresiones de un Jacques Tati al observar a sus personajes evolucionando en el decorado.

Pero retomemos el hilo de la historia. Tras los títulos de crédito con la escena en el cabaret se nos presenta al protagonista de nuestra historia, Javier, interpretado por el carismático Alberto Closas, una especie de «adorable canalla» que se dedica a disfrutar de la vida mientras Marisa, su rica esposa, se aburre en casa. Javier está acostumbrado a salirse con la suya utilizando su «charme» suave e irresistible ante el que las féminas siempre parecen rendirse desarmadas. Con su estilo elegante y su sentido del humor parece casi un trasunto de Cary Grant, aderezado con algún detalle peninsular y una desenvoltura de vividor curtido que trata de mantener en un plano discreto combinándola con su vida familiar, su mujer y su hijo pequeño.

La armonía doméstica se está resquebrajando porque Marisa está harta del doble juego de su marido y se dispone a darle un ultimátum para que cambie de actitud. La situación da un giro de 360° durante una rutinaria escapada a la playa cuando Marisa fallece fulminada, aparentemente por un paro cardiaco. Más adelante, Javier descubrirá el verdadero motivo: mientras buscaba una colchoneta, ella encontró en el maletero del coche el cadáver de un joven vecino con el que había iniciado una ambigua relación que no era del agrado de Javier, provocando su inesperado infarto. Pero, ¿quién colocó el cadáver en el coche? O mejor dicho, ¿quién lo asesinó?

Sin avanzar más detalles de la trama, podemos aprovechar este momento para señalar uno de los aspectos más interesantes de la película, por lo inesperado e inédito que debió resultar en las pantallas españolas de la época: el crimen en cuestión gira en torno a una relación homosexual presentada con todo descaro y sin ningún tapujo de cara al público. Las alusiones al respecto son  breves pero nada equívocas y siempre en un tono  sereno, discreto y elegantemente europeo, acorde con el planteamiento global del film. Resulta sorprendente que en 1964 la censura dejase pasar semejante argumento, sobre todo si tenemos en cuenta la presentación que se nos hace, en un revelador flashback, de Víctor, el vecino en cuestión. Objeto de deseo de hembras y varones, nuestro adonis surge de la piscina con el agua chorreando sobre su cuerpo cubierto tan solo de un diminuto bañador rojo candente que deja muy poco a la imaginación. No es de extrañar que la pobre Marisa sufra casi un primer amago de infarto ante semejante aparición a escasos metros de su tumbona.

La actriz argentina Mabel Karr interpreta el personaje de Marisa al más puro estilo de las heroínas hitchcockianas: elegante, fría y sofisticada, pero bajo cuya fachada intuimos un fuego abrasador que la arrastra hacia la pasión sexual, provocando una lucha interna de gran intensidad. El guiño al cine de Hitchcock se hace patente con la introducción del otro personaje femenino, Elena, en una escena con ambas que parece casi un juego de espejos y en la que se acentúa el carácter retórico y referencial hacia el cine del genio británico. Como en Psicosis (Psico, 1960), aquí tenemos a dos hermanas, y como en aquel film, tras la muerte de la primera será la segunda gélida actriz la que asuma el rol de co-protagonista.

Uno de los problemas que acarrea la película de Camus tiene que ver precisamente con sus pretensiones de cine moderno y europeísta, ya que los engranajes que articulan sus contenidos y sus propuestas no pueden evitar chirriar en más de una ocasión. Si bien es loable la actitud de Camus y su equipo por proponer una visión de España en sus aspectos más modernos y progresistas, no podemos evitar llevarnos las manos a la cabeza en más de una ocasión ante los rebrotes constantes de la mentalidad retrógrada y anquilosada que caracterizaba a nuestro país, a una década todavía de la llegada de la futura democracia. De esta manera, asistimos constantemente a la banalización de la actitud de Javier como un mujeriego y juerguista irredento que, precisamente por ello, tiene que resultar simpático y cómplice para el espectador, mientras que Marisa debe mantener las formas y la compostura social de manera permanente, aunque su marido no le haga ni caso (y obviamente se haya casado con ella por su fortuna). Cuando Marisa entabla una relación con el vecino sexy con la excusa de hacerse un retrato, Javier no duda en poner cartas sobre el asunto y prohíbe a su mujer seguir manteniendo contacto con el joven. ¡Hasta aquí podíamos llegar! Conceptos como la igualdad de sexos por lo visto no constaban todavía en el diccionario de los españoles, por mucho que se le dé a todo un barniz cosmopolita y moderno.

Como tampoco se trata de exigirle a Camus un rol revolucionario en cuestiones sociológicas, no debemos ser excesivamente intransigentes en este aspecto y aceptar Muere una mujer como lo que es, un interesante retrato de la España moderna y metropolitana de los años 60, del que resulta impagable hoy en día visionar las numerosas localizaciones que puntean la película, especialmente en Barcelona con el Tibidabo, los tranvías y la Costa Dorada, y que constituyen un verdadero documento visual de la época en que se rodó el film.

Para terminar esta reseña, mencionaré el trabajo interpretativo del trío de protagonistas que encabezan el reparto. Sobre Mabel Karr, su labor es correcta en un papel breve pero que funciona adecuadamente como detonante de la trama y como figura referencial meta-cinematográfica. No hace falta presentar a estas alturas a Alberto Closas, espléndido intérprete de gran presencia, personalidad y carisma que forma parte de la historia de nuestro cine y que es capaz de llevar adelante cualquier película con brío y con seguridad. Aunque aquí hace acoplo de su habitual buen hacer, no nos queda más remedio que constatar que su composición del personaje no acaba de cuajar: el intento de aportar una nota humorística y desenfadada al retrato de Javier naufraga constantemente por la inseguridad en el trazo de la dirección de actores y por el propio desarrollo del personaje. Es muy difícil para el espectador adoptar ese cinismo que nos permita aceptar el total desapego emocional de Javier con su esposa, insatisfecha y explotada mientras está viva, e ignorada cuando ha muerto ya que lo único que parece motivar la investigación de Javier es evitar su inculpación en el crimen. Más interesante resulta el personaje de Elena, cuya ambigua, morbosa y soterrada atracción por su cuñado se va desarrollando a fuego lento con el transcurrir de los eventos. A todo ello no es ajeno el delicioso trabajo interpretativo de la hoy olvidada pero siempre fascinante Gisia Paradís, actriz de vida tormentosa y cuya carrera desgraciadamente se disipó al alba de la transición. La química que se establece entre Closas y la Paradís es notable, y resulta ser uno de los elementos que fraguan el interés de la trama.

En definitiva, Muere una mujer es una estimable y personal muestra de cine negro con la que Mario Camus se adentra en el cine de género al tiempo que desarrolla su futura personalidad cinematográfica.

Naldo

Un comentario en “Muere una mujer

  1. Hola a todo/as,

    He leído por aquí y por ahí que es una cinta curiosa… lo que no quiere decir que sea ni medio buena (esto último es cosecha mía).
    Y es que en definitiva y tras haberla visto entera, se trata de un algo menos que mediocre trabajo del más tarde bastante grande Mario Camus, que guionizó junto con la ¿inestimable? ayuda de Carlos Saura. Pues bien, ¡se lucieron de verdad!
    Y es que resulta a todas luces ridícula, inverosímil, con fallos en el guión y situaciones algo bochornosas que no tienen la más mínima credibilidad.
    Sí, el gran y siempre recordado Alberto Closas está estupendo, pero es que siempre lo estaba. Pero eso no es suficiente para levantar una cinta vulgar, no en el plano técnico quizás, pero sí en el plano de narración fílmica.
    Todo se ha de aceptar porque sí y la resolución del caso no puede ser menos climática de lo sosa y traída por los pelos que es.
    En fin, que yo me la he tragado entera, pero ha sido una pérdida de tiempo.

    Un cordial saludo a todo/as y perdón si no se está de acuerdo conmigo, quizás he sido un poco durillo, pero…

    Iñaki Bilbao

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