No mires arriba

 

Sinopsis: Dos astrónomos descubren que en pocos meses un meteorito destruirá el planeta Tierra. Ante la falta de reacción de las autoridades, decidirán advertir a la humanidad del peligro que se avecina a través de los medios de comunicación.

 


Título original: Don’t Look Up
Año: 2021 (Estados Unidos)
Director: Adam McKay
Productores: Adam McKay, Kevin J. Messick
Guionista: Adam McKay a partir de una historia de Adam McKay & David Sirota
Fotografía: Linus Sandgren
Música: Nicholas Britell
Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Dr. Randall Mindy), Jennifer Lawrence (Kate Dibiasky), Meryl Streep (presidenta Orlean), Cate Blanchett (Brie Evantee), Rob Morgan (Dr. Teddy Oglethorpe), Jonah Hill (Jason Orlean), Mark Rylance (Peter Isherwell), Tyler Perry (Jack Bremmer), Timothée Chalamet (Yule), Ron Perlman (Benedict Drask), Ariana Grande (Riley Bina), Kid Cudi [acreditado como Scott Mescudi] (DJ Chello), Himesh Patel (Phillip)…

La mirada es muy importante. Desde siempre el ser humano se ha sentido fascinado por lo que hay sobre sus cabezas. Por lo menos en sus orígenes. Desde una puesta de sol, a la forma cambiante de una nube o una estrella moribunda. Perdimos esa capacidad hace muchos años, incluso puede que siglos. En una ocasión, en uno de mis programas de cine relacionados con el mundo del misterio, un entrevistado vinculado a la ufología, crean o no en ella, aseguraba que si no habían registrados tantos avistamientos como en el pasado era porque el ser humano ha perdido la capacidad de mirar arriba, la curiosidad de comprobar como es otra parte de su mundo que no se incluye bajo las suelas de sus zapatos.

Yo nunca he dejado de mirar arriba. Mis constantes viajes en metro hacia el trabajo, a primera hora de la mañana, o en mis paseos nocturnos, me permiten disfrutar de esos cielos incendiados, de esos algodones con forma de bestias mitológicas, de los aviones que circulan incesantemente haciéndome preguntas sobre el destino y la vida de sus viajeros. Posiblemente nuestra capacidad adaptativa a las nuevas tecnologías, el temor de ver reflejados nuestros anhelos y nuestras tristezas en el rostro de los otros, o la misma incapacidad de relacionarnos de otro modo con un ser humano que no sea a distancia, tal vez por temor a ser dañados, tal vez por la misantropía y la falta de esperanza en la raza humana, hace que nuestros ojos solo tengan un único destino. Siempre escondidos tras nuestros libros electrónicos, aislados sonoramente con los auriculares del mp3, o, simplemente, jugueteando con los móviles, leyendo las noticias, o viendo cuántos likes tenemos en Instagram o Facebook. Aunque creo que todo viene de más atrás, de cuando algún terapeuta ordenó aquello de «¡No mires atrás!». Y dejamos de aprender de nuestros errores pasados. De pronto a todos nos salieron cataratas.

Podría haber escrito una crítica al uso, pero prefiero hacer una reflexión. Aunque mis simpatías como mejor película del año están con el West Side Story (West Side Story, 2021) Spielberg, no cabe duda de que No mires arriba (Don’t Look Up, 2021) ha sido la sorpresa del 2021, y a nadie le ha sorprendido la crudeza jocosa de su verismo. Porque de eso va esta película, de esa mirada perdida, cuando ya hemos perdido la mirada inocente del niño que fuimos. Pues bien, ahora extraviamos la mirada del adulto.

El realizador, Adam McKay, tiene unos inicios en la comedia más desaforada. Todos recordamos ese risible, pero, para mí, bochornoso film que es Hermanos por pelotas (Step Brothers, 2008), y sus primeros trabajos al servicio de un actor tan imposible como Will Ferrell tras surgir de la cantera del popular Saturday Night Live. Afortunadamente, como los buenos caldos ha ganado con los años, y sin perder ese estilo de comedia característico entre la metáfora y la sátira, nos ha dado buenas muestras tirando con fuerza de su escopeta de caza y haciendo diana en la política y la economía americana. La gran apuesta (The Big Short, 2015) o El vicio del poder (Vice, 2018) son el mejor ejemplo. Pero ahora culmina esa visión ácida de la sociedad (por extensión, global) americana, y sus políticos, economistas, científicos y seudocientíficos millonarios (clichés fácilmente reconocibles). Nada se salva del cataclismo de McKay, ni los shows televisivos de los que proviene.

Esta radiografía, tan bien servida por un estupendo elenco de actores (película coral que copia el esquema del añejo género de catástrofes con un reparto plagado de estrellas), es tan triste y tan terrible, tan sardónica y tan amarga, tan tierna a veces, que no sabes si tomártela demasiado en serio. Pero sí, hay que tomársela demasiado en serio. O estamos liquidados, como sucede en esta historia de catástrofes galácticas (ahora que se pasea por nuestros cielos, esos cielos que ya nadie mira, el cometa Leonard) y apocalípticas, que se convierte rápidamente en trending topic.

¿De qué va la historia? Pues muy sencillo, de cómo tratar de convencer a una sociedad consumista, ensimismada en su ombligo y aturdida por la tecnología, de que el fin está cerca, está aquí, y no es un fake (lo que resulta paradójico cuando precisamente ese embobamiento informático ha hecho que la historia real de la humanidad haya sido falseada hasta hacerla irreconocible y peligrando nuestro futuro sin un pasado del que haya constancia no mutada).

En el aspecto interpretativo todos están brillantes, hasta la engreída e insoportable Jennifer Lawrence. Destaca especialmente Leo DiCaprio. Mi amada Cate Blanchett no sé qué ha estado haciendo con su rostro, casi irreconocible. La Presidenta y su hijo resultan tan reales y fáciles de reconocer que parece que son vecinos nuestros. Con sus despropósitos y disparates incluidos. Solo nos queda rezar. Como dice el personaje de la Lawrence: «¡Vamos a morir todos!». Tenemos un problema muy serio: ¿qué tenemos que hacer para conseguir que la gente desvíe su mirada hacia las cosas que realmente importan?

Como conclusión, en esta pugna entre el cine de toda la vida y las plataformas televisivas como Netflix (no todos lo tenemos tan claro), he de reconocer que aquí esta última (entre tanta basura que esparce) ha acertado con una película digna e inolvidable.

Sólo piensen que cuando comenzó la pandemia no era necesario usar mascarillas, y el asunto se despachaba como una cepa de gripe nueva. Algunos siguieron, y siguen mirando al suelo. Pero siempre hay algún niño oculto, curioso, con su inocente y pura mirada, que todavía busca estrellas fugaces en el firmamento. De otro modo estaríamos condenados.

Miguel Ángel Plana

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