La espada salvaje de Krotar

 

Sinopsis: Tras ser expulsados de su tierra por las tropas del rey Krotar, Sangraal dirige a su pueblo hasta la tierra prometida. Allí habita un pueblo pacífico que les acoge con los brazos abiertos tras que les defiendan de un ataque del malvado Nanuk, servidor de la cruel diosa Rani. Como venganza, Nanuk lanza un nuevo ataque con el grueso de su ejército sobre la población, en la que aniquila a todos sus habitantes, incluida Lenna, la mujer de Sangraal. Con la ayuda de Aki, la hija del jefe de la aldea, y de Li Wo Twan, un arquero asiático, Sangraal emprende un largo camino con el objetivo de encontrar a un poderoso hechicero que pueda devolver la vida a su esposa.

 


Título original: Sangraal, la spada di fuoco
Año: 1982 (Italia)
Director: Michele Massimo Tarantini [acreditado como Michael E. Lemick]
Productor: Pino Buricchi
Guionista: Piero Regnoli sobre una historia de Michele Massimo Tarantini
Fotografía: Giancarlo Ferrando
Música: Franco Campanino
Intérpretes: Pietro Torrisi [acreditado como Peter McCoy] (Sangraal), Yvonne Fraschetti (Ati), Mario Novelli [acreditado como Anthony Freeman] (Nantuk), Hal Yamanouchi [acreditado como Al Huang] (Li Wo Twan), Xiomara Rodriguez (diosa Rani), Margareta Rance (Lenna, la esposa de Sangraal), Alex Partexano (Galeth), Massimo Pittarello (Rudak), Luciano Rossi [acreditado como Lou Kamante] (Belem), Sabrina Siani (diosa guardiana del arca de los Templarios), Omero Capanna, Ettore Martini, Emilio Messina…

El impacto mediático suscitado por la versión cinematográfica de Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982) propició a comienzos de los ochenta el surgimiento de una nueva veta dentro de la imitativa industria italiana dedicada al cine de género. Según la estimación aproximada efectuada por el especialista Michele Giordano en el artículo «Peplum y “Fantascienza”», aparecido en la Antología del cine fantástico italiano publicada en el nº 7 de Quatermass (Retroback & Séptimo Vicio & Quatermass, Granada, 2008) –pág. 44–, a lo largo de aquella década se produjeron en el país con forma de bota una veintena de títulos encuadrados en estas coordenadas y comúnmente conocidos con el nombre de fantasys. A pesar de que entre sus realizadores se encontraban algunos nombres ilustres del cine popular trasalpino, caso de Lucio Fulci, Umberto Lenzi o Ruggero Deodato, en su mayoría se trataba de auténticos subproductos concebidos sin más ambición que la de aprovecharse de la moda del momento de la forma más rápida y barata posible.

No obstante, dentro de su pobreza conceptual y a fuerza de repetir los mismos esquemas de un ejemplar a otro, los integrantes del ciclo acabaron por acuñar una suerte de estilo propio. Además de las consabidas referencias al modelo originario, entre sus rasgos característicos se contaría una impregnación de los rasgos del viejo péplum, perceptibles tanto en la configuración de sus protagonistas como en las reminiscencias bíblicas arrojadas por algunos de los ingredientes argumentales de unas propuestas plagadas de profetizados mesías destinados a liberar a su pueblo de las tiránicas garras de reyes usurpadores y/o conducirles hasta la tierra prometida. Tampoco era nada extraño, teniendo en cuenta que gran parte de los profesionales que dieron forma a esta corriente habían participado previamente en el aquí mal llamado cine de romanos. Sin ir más lejos, el que fuera uno de sus más socorridos intérpretes, Pietro Torrisi[1], había hecho sus primeras armas como actor en dos de las entregas de la saga “Los diez gladiadores”, bajo el seudónimo de Fred Hudson. Rebautizado como Peter McCoy, su debut en los terrenos de la fantasía heroica se produciría en la más temprana de estas pseudoConans, Gunan el guerrero (Gunan il guerriero, 1962), producción levantada en un tiempo récord donde el que fuera Míster Italia de 1963 compartía reparto con otro de los rostros asociados al subgénero, el de la bella Sabrina Siani.

Escasos meses más tarde, idéntico equipo pondría en marcha una especie de secuela titulada Sangraal, la spada di fuoco (1982), si bien en nuestro país la película sería estrenada con el nombre de La espada salvaje de Krotar, en un evidente intento del distribuidor español por aludir y, por tanto, beneficiarse, del éxito de cierta colección de cómics inspirada en la creación de Robert E. Howard. Tanto es así que, en realidad, el tal Krotar solo es mencionado durante el prólogo con el que se abre la cinta, sin que vuelva a aparecer o nombrársele en el resto del metraje, y mucho menos a su espada. Con todo, tampoco puede afearse al distribuidor español de caer en semejantes tácticas cuando el film también incurre en ellas, en este caso, mediante la inclusión de referencias en la misma introducción al personaje protagonista del que sería el gran éxito de la corriente en su vertiente italiana, Ator el poderoso (Ator l’invincibile, 1982) de Joe D’Amato. En este sentido, no puede pasarse por alto el involuntario simbolismo que adquiere cierta frase que el narrador pronuncia durante el prólogo: “Krotar sintió envidia de la fama de Ator”. Por lo demás, no faltan los consabidos componentes que denotan el carácter exploit del producto destinados a citar la película protagonizada por Arnold Schwarzenneger, bien sea por que el musculoso protagonista cuente con la compañía de un personaje asiático a lo Subotai, aquí encarnado por el habitual Hal Yamanouchi, o por las reminiscencias que arrojan ciertos pasajes de la banda sonora compuesta por Franco Campanino, en especial cierto tema a base de coros muy similar, salvando las distancias, a “Carmina Burana”.

Dirigida por Michele Massimo Tarantini en sustitución de Franco Prosperi, más allá de lo expuesto La espada salvaje de Krotar recorre sin excesivas sorpresas los lugares comunes del estilo –prólogo en off, destrucción del poblado del protagonista…–, a través de una estructura episódica e itinerante, en la que el héroe debe hacer frente a diversas criaturas monstruosas, aquí representadas por una tribu de neandertales y una especie de hombres-topo, en su camino hasta acabar con el villano de la función, dentro de un planteamiento que explicita el primigenio enfrentamiento entre el bien y el mal sobre el que se apoya esta clase de historias.

Si aún a costa de lo rutinario de la propuesta el visionado de la cinta resulta más o menos llevadero, lo es gracias al ritmo que imprime al conjunto la realización de Tarantini, en la que el esperable sentido de la fantasía es sustituido por una plasmación de la violencia de reminiscencias gore en varios instantes, lo que no quita para que su desarrollo resulte de lo más atropellado en el primer tercio y que la pedestre puesta en escena del primo de Sergio Martino se muestre incapaz de dotar de un mínimo de espectacularidad a las escenas de peleas y batallas a pesar de los medios que se le adivinan, dentro de la pobreza inherente al subgénero. Como quiera que no hay dos sin tres, la franquicia aún conocería una última entrega con El trono de fuego (Il trono di fuoco, 1983), en la que Prosperi volvería de nuevo a los mandos, y para cuya confección se recicló metraje de los dos films previos como método con el que abaratar costes, siguiendo un modus operandi muy extendido durante los estertores del péplum. ¿Quién dijo que la historia no se repite?

José Luis Salvador Estébenez


[1] Ironías del destino, pocos años más tarde Torrisi ejercería de doble de acción de Arnold Schwarzenneger en El guerrero rojo (Red Sonja, 1985).

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