Necrológica de John Steiner

Hace apenas unos días se ha hecho pública la noticia del fallecimiento del actor John Steiner el pasado 31 de julio a los 81 años de edad, víctima de un accidente de tráfico debido a la colisión de dos vehículos en un cruce situado cerca de Pioneer Park en La Quinta, California. La noticia, confirmada por Joan Sarfitz, su socia en el negocio inmobiliario al que se había dedicado en las últimas décadas, ha supuesto una sorpresa,  ya que a pesar de su edad seguía manteniendo una actividad envidiable. Aprovechamos pues este triste motivo para efectuar una retrospectiva sobre su anterior carrera profesional, la de actor, con la que, si bien no alcanzó nunca el estatus de estrella, al menos le sirvió para dejar una impronta indeleble en el cine italiano de género, terreno en el que desarrolló mayoritariamente su labor. 

Nacido en Chester, Cheshire (Reino Unido), el 7 de enero de 1941, el joven John Steiner cursa sus estudios en escuelas de alto standing, culminando con su ingreso en la prestigiosa Royal Academy Of Dramatic Arts para formarse como actor de teatro clásico. Su recorrido intachable le proporciona ipso facto un contrato de tres años con la Royal Shakespeare Company, que allá por los 60 estaba gozando de uno de sus momentos de mayor prestigio. Esta entrada por la puerta grande en el mundo de la interpretación le garantiza asimismo un fácil acceso al cine y la televisión, donde va encadenando papeles secundarios en varias películas y series como, por ejemplo, El Santo, que lanzaría al estrellato a su protagonista Roger Moore unos años antes de ponerse el traje de 007. 

«Marat/Sade»

Su primer papel destacable se lo proporciona el muy prestigioso director teatral Peter Brook en una de sus escasas producciones cinematográficas, la alucinante Marat/Sade (1967), adaptación de una obra de teatro de Peter Weiss que la compañía de Brook había puesto en pie sobre los escenarios. En ella se plasma la puesta en escena que de los últimos días de Jean Paul Marat efectúa el mismísimo Marqués de Sade en un asilo psiquiátrico ante un ilustre público de nobles invitados. La película genera cierta controversia en su momento y garantiza al actor un importante escaparate para su trabajo, especialmente en Italia donde la cinta obtiene un gran éxito.

Con Orson Welles en «Tepepa»

Es en este momento cuando se produce un giro inesperado que dará para siempre un vuelco a la carrera de Steiner. Cuando todo parecía predestinarle a un recorrido de actor británico elitista y exigente, decide tomarse unas vacaciones en el país con forma de bota para recuperarse del intenso trabajo teatral con Brook, siguiendo a una novia del momento de la que andaba muy obsesionado. Allí mismo recibe una oferta para incorporarse al rodaje de uno de los euro-wésterns «izquierdistas» que hacían furor en la época tras la estela de títulos como Cara a cara/Faccia a faccia (1967) de Sergio Sollima o Yo soy la revolución (Quién sabe?, 1966) de Damiano Damiani. La película se llama Tepepa y, bajo la dirección de Giulio Petroni, tendrá la ocasión de codearse en el reparto nada menos que con Tomas Milian y Orson Welles. Su aspecto y su personalidad, muy british, ejercen un notable contraste con sus compañeros de reparto y estimulan un gran interés por el recién llegado. La película consigue un notable éxito de taquilla y supone su billete de entrada en Cinecittà, de cuyo perímetro y con contadas excepciones no se apartará su carrera.

Tras su debut transalpino en el film de Petroni, Steiner se impone rápidamente como uno de los rostros más recurrentes de los repartos italianos en films de todo tipo. Posee el estilo, la compostura y la capacidad interpretativa de los actores británicos más sofisticados, pero al mismo tiempo no tiene ningún reparo en arremangarse cuando llega la ocasión y lanzarse a componer personajes con brocha gorda, escudándose en su físico imponente e inconfundible y disfrutando como un chiquillo en la elaboración de esos papeles bigger than life. Así le iremos viendo convertirse en uno de los villanos por antonomasia del cine italiano: sádico, inquietante, despiadado, intrigante, homosexual, snob, cínico, maquiavélico, implacable… cada vez que algún personaje de algún guion era descrito con alguno de estos epítetos, su nombre parecía siempre encabezar la lista de los castings. Menos excesivo que un Klaus Kinski y más expresivo que un Ivan Rassimov, Steiner era el comodín perfecto para dotar de perversidad y crueldad cualquier metraje necesitado de buenos actores con presencia y carisma. 

Desgraciadamente, y a pesar de su notable bagaje profesional, no podemos decir que todas sus prestaciones gozasen del mismo nivel cualitativo. Probablemente infectado por las aguas de la serie B en las que acostumbraba a chapotear, especialmente en el tramo final de su carrera, cuando la producción italiana se estaba sumergiendo implacablemente en un fango de deplorable mediocridad, Steiner no supo escapar al ridículo en alguna que otra ocasión, no sabemos si por abandono o por no tomarse en serio un material que a veces era casi imposible de defender. Pero vayamos por partes.

«El bosque del lobo»

Tras Tepepa, John Steiner se integra rápidamente en el panorama cinematográfico, casi siempre con papeles secundarios pero relevantes, como los desarrollados en varias cintas del llamado cine de denuncia tan en boga en aquella época, como El caso está cerrado, olvídelo (L’istruttoria è chiusa, dimentichi, 1971) de Damiano Damiani o Irrumpe el monstruo en primera página (Sbatti il mostro in prima pagina, 1972) de Marco Bellocchio, sin olvidar una breve pero impactante aparición en el tramo final del singular drama de Tonino Valerii Las perversiones sexuales de una chica llamada Julio (La ragazza di nome Giulio, 1970) al lado de una turbia Silvia Dionisio. En 1970 hace una escapada a nuestro país aceptando un papel de religioso en la estimable El bosque del lobo (1970) de Pedro Olea y el año siguiente intenta un regreso profesional al Reino Unido para interpretar uno de los personajes principales de la serie televisiva Hine, aunque la experiencia resulta muy insatisfactoria y decide volverse definitivamente a Italia, instalándose en Roma y aprendiendo el idioma a toda velocidad.

Con Silvia Dionisio en «Oleada de placer»

Tras un par de roles irrelevantes en dos cintas de Ugo Liberatore, Delito en Oxford (Alba Pagana, 1970) junto a la efervescente Jane Birkin y Encuentro de amor en Bali (Incontro d’amore, 1970) al lado de la sensual Laura Antonelli, Steiner va a hacer frente a un puñado de personajes que lo van a asentar definitivamente y que establecerán su complicidad con varios realizadores con los que trabajará repetidamente a lo largo de su carrera. En Colmillo blanco/Zanna bianca (1973) de Lucio Fulci, adaptación para la pantalla grande del célebre relato de Jack London protagonizada por Franco Nero, Steiner establece su arquetipo de villano cinematográfico con una interpretación eficaz y de gran seguridad, precipitando su encasillamiento en este tipo de papeles. El propio Fulci cuenta con él para la segunda parte, La carrera del oro/Il ritorno di Zanna bianca (1974), Ruggero Deodato lo coloca de co-protagonista en la erótica y claustrofóbica Oleada de placer (Ondata di piacere, 1976) de nuevo junto a Silvia Dionisio en un papel de marido vicioso, perverso y manipulador (con el morbo añadido de que en la vida real el marido de la Dionisio era el propio Deodato), George Pan Cosmatos le da su primer papel de nazi en la densa y confusa Muerte en Roma (Rappresaglia, 1972), mientras que Roma violenta (Roma violenta, 1975) de Marino Girolami, al lado del mítico Maurizio Merli, le da el espaldarazo definitivo a nivel popular.

«Salon Kitty»

No tarda en endosar de nuevo el uniforme nazi para el estrafalario Salon Kitty (Salon Kitty, 1976) de Tinto Brass, obra maestra del kitsch que aúna la falta de escrúpulos y de sentido del ridículo en una especie de colección de perversidades que termina resultando desarmante por su carácter desprejuiciado y su aparente empaque formal, producto del buen hacer de su creador, un erotómano confeso pero también un muy notable realizador. Menos glorioso resultará en cambio el subsiguiente desfile con la esvástica de nuestro actor británico en la correosa y derivativa Las deportadas de las SS (Le deportate della sezione speciale SS, 1976) de Rino di Silvestro, uno de sus traspiés más notables donde se abandona a la sobreactuación más deplorable para regocijo de los amantes del trash y del porno nazi. El propio actor declararía tiempo después que le era imposible tomarse en serio semejante proyecto, especialmente cuando en su primer encuentro con el realizador éste le muestra un par de enormes consoladores que estaba dispuesto a utilizar para el rodaje. Entre tanto personaje llamativo y sensacionalista, es una lástima que uno de sus trabajos más sugerentes pasase totalmente desapercibido en la muy interesante La villeggiatura (1974) de Marco Leto, cinta intimista y delicada en las antípodas del cine en el que se movía habitualmente. 

Tras una nueva tentativa de regreso a su patria al lado de una despistada Joan Collins con un muy casposo refrito de El exorcista, Poseído al nacer (I Don’t Want to Be Born, 1975) de Peter Sasdy, vuelve a ponerse bajo la batuta de Lucio Fulci para una comedia desenfadada en la que interpreta a un increíble Conde Drácula homosexual, Las pícaras aventuras de Drácula (Il cavaliere Costante Nicosia demoniaco- Dracula in Brianza, 1975) y el mítico Mario Bava le da uno de sus pocos papeles «positivos» de co-protagonista como el marido comprensivo de una desquiciada Daria Nicolodi en la soberbia Shock (Shock, 1977). Otro agradecido paréntesis lo encontramos en su paseo por un cine de autor más europeo con L’amour en question (1978) del francés André Cayatte, un abogado de formación que se especializó en plasmar en la gran pantalla controvertidos temas jurídicos y que en esta ocasión presenta un intenso mano a mano entre las divas Annie Girardot y Bibi Andersson.

Junto a Malcolm McDowell en «Calígula»

Tinto Brass volverá a contar con él en varias ocasiones. Su segunda colaboración tendrá lugar en otra opera magna todavía más excesiva y polémica que Salon Kitty: la inconmensurable Calígula (Caligola, 1979), en la que, rodeado de un deslumbrante reparto encabezado por Malcolm McDowell, Helen Mirren, John Gielgud y Peter O’Toole, Steiner añade otro personaje a su galería de villanos, el inquietante Longinus. Es precisamente tras el rodaje de Calígula que un cierto desencanto comienza a hacer mella en la moral de Steiner. Por un lado, la llegada de la crisis del cine italiano está haciendo estragos entre la profesión, y al frenazo en seco de la hasta entonces ingente producción se suma una importante bajada de los salarios. Por otro, el actor británico no puede evitar sentirse frustrado al constatar que su carrera ha entrado en un círculo vicioso en el que no para de repetir los mismos estereotipos. No ha conseguido integrarse en el pelotón de la primera división en el gremio actoral como sí lograron otros compañeros igualmente extranjeros, caso de Tomas Milian o Klaus Kinski, y para terminar de arreglar la situación, los guiones son cada vez más mediocres y las producciones más casposas.

Entre Anthony Franciosa y John Saxon en «Tenebre»

Ante este panorama, y para evitar deslizarse hacia una muy probable precariedad laboral, decide volverse a Inglaterra para poner en pie un negocio de carpintería que gestiona durante un par de años, aunque las ofertas desde Italia se reactivan inesperadamente a mediados de los 80 proporcionándole algún que otro interesante papel, como su inolvidable aparición en Tenebre (Tenebre, 1982) de Dario Argento, el mago Simón para la mini-serie Anno Domini (Anno Domini, 1985) de Stuart Cooper), dos nuevas colaboraciones con su amigo Ruggero Deodato en Infierno en el Amazonas (Inferno in diretta, 1985) y Criatura diabólica (Camping del terrore, 1987) y un enésimo rol de alemán para Berlín interior (The Berlin affair, 1985 de Liliana Cavani). Con la llegada de los 90, John Steiner decide poner un broche final a su carrera actoral y, tras su cuarta colaboración con Tinto Brass en Los burdeles de Paprika (Paprika, 1991), abandona para siempre Italia y el mundo del cine.

Resulta curioso comprobar el exitoso giro profesional que Steiner acometió estableciéndose en California como agente inmobiliario de inmuebles de lujo, con el propio ex-actor confesando las satisfacciones que su nueva vida le había procurado y sin exprimir excesiva nostalgia por sus pasados logros cinematográficos, aunque recordaba con afecto su época italiana y siempre supo revisitar su historia con sana distancia y con sentido del humor.

Hasta siempre, John Steiner.

Naldo

3 comentarios en “Necrológica de John Steiner

  1. Hola a todo/as,

    No sabía del fallecimiento de John Steiner, actor inglés del que, sobre todo, conocía de sus trabajos en las producciones europeas, sobre todo italianas, pero también con régimen en coproducción con otros países como España y Francia.
    Repaso en mi lista de pelis vistas (que yo recuerde, claro) a lo largo de mi vida, y veo que he visto 16 películas con su presencia. Una presencia enigmática, que siempre alentaba la desconfianza hacia sus personajes, no en vano se caracterizó, al menos en las pelis que he visto con él, por su traición o abyección. Vamos, que hacía de malo, y siempre lo hacía de maravilla.
    La verdad es que, aunque la cinta no fuera especialmente buena, su presencia la hacía más interesante por cuanto él le imprimía carácter y más calidad e interés.
    En fin, gracias por hacernos saber de su fallecimiento y, por supuesto, que descanse en paz.

    Un abrazo a todo/as.

    Iñaki

    1. Hoa Iñaki,

      Gracias por tus comentarios sobre John Steiner, y como tu bien dices, su presencia siempre era bienvenida, era de esos nombres que siempre te gustaba encontrar en los repartos porque era sinónimo de algo interesante. Hay muchos actores de los que te olvidas que han salido en una película, pero de John Steiner siempre te acuerdas. Es una lástima que su carrera no le hubiese procurado roles más importantes, sobre todo al final de su carrera, tenía los recursos necesarios para llevar una película sobre sus espaldas. Es el problema de los villanos, que luego nadie confía en que puedan salir de ese nicho.

      Un saludo,

      Naldo

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