Eminence Hill [tv: Eminence Hill]

 

Sinopsis: El deseo de venganza contra los doce miembros del jurado que condenaron a su hermano a muerte conduce a Royce Tullis y su banda a una ciudad llena de fanáticos cristianos.

 


Título original: Eminence Hill
Año: 2019 (Estados Unidos)
Director: Robert Conway
Productores: Robert Conway, Mem Ferda, Jared Keesling, Richard Southard
Guionistas: Robert Conway, Owen Conway
Fotografía: Barry Cohen
Música: Jay Martin
Intérpretes: Barry Corbin (Noah), Dominique Swain (Gretchen), Lance Henriksen (Mason), Clint James (Royce), Owen Conway (Quincy), Anna Harr (Ruth), Charlie Motley (Carson), Louie Iaccarino (Cyrus), Camron Kotecki (Samson), Brinke Stevens (Wilhelmina), Maria Olsen (Abigail), Dustin Leighton (Dathan), Augie Duke (Jane), Katie Peabody (Miriam), Brandom Hannifin (Isaac), Amelia Haberman (Athaliah), Michael Harrelson (Mordicai), Shannyn Lambert (Silvia), Greg Lutz (Abner)…

La proliferación de plataformas y canales de televisión en los últimos años ha ayudado a aumentar la oferta de wésterns ideados para su emisión directa en la pequeña pantalla, medio en el que el género encontró acomodo en la década de los cincuenta (del pasado siglo) y donde se ha mantenido pese a que las carteleras no sean, desde hace mucho, muy proclives a estrenar películas del Oeste.

Robert Conway, más conocido por sus aportaciones en el cine de terror[1], debutó en el largometraje precisamente con un wéstern, Redemption: A Mile from Hell (2009), y regresaría al género diez años más tarde con el film que aquí nos ocupa, Eminence Hill [tv: Eminence Hill, 2019][2]. Conway, hombre orquesta en el cine independiente, dirige, escribe, produce y monta, acogiéndose en este caso a algunos arquetipos y tópicos consabidos del cine del Oeste para luego, afortunadamente, huir del más adocenado y formulario wéstern televisivo y acercarse, si no al weird western, sí a los terrenos por los que transita habitualmente su filmografía, donde los bajos instintos y la violencia tienden a adueñarse de la situación y salpicar la pantalla de sangre y muerte, al igual que ocurre tanto en sus cintas fantaterroríficas como en ese homenaje al cine de explotación propio de grindhouses y drive ins que es Exit to Hell (2013).

Acogiéndose a las normas no escritas de las exploitation movies, la portada de Eminence Hill la ocupan los actores más destacados (y/o conocidos) del reparto, aunque no sean los protagonistas principales, y son aquellos mismos también quienes encabezan los créditos: Barry Corbin[3], Lance Henriksen y Dominique Swain[4]. El veterano Corbin y la Swain (quien nos brinda escena de topless, y no es la única) tienen al menos papeles de más peso, pero el de Henriksen es poco más que un cameo con algunos diálogos. En realidad, los roles más destacados recaen sobre Owen Conway (hermano del director, habitual en la filmografía de éste y quien echa además una mano en el guion) y Charlie E. Motley, que interpretan, respectivamente, a un supuesto marshall y a un borracho pistolero que parten juntos -el segundo reclutado por el primero- en busca de un asesino despiadado y su banda[5], quienes están dando muerte a todo aquel que intervino en la detención y encarcelamiento del hermano del líder, y para colmo se han llevado con ellos secuestrada a la hija de una de sus víctimas con el propósito de venderla a los indios. Por designios del destino, este grupillo de fueras de la ley llegan sin pretenderlo a un poblado regido por una congregación religiosa que pretende estar apartada del mundo, de la corrupción del exterior, y a la que dan el nombre de Eminence Hill. Aunque lejos está de ser este un pueblo donde reine la paz, la armonía y el amor. Por el contrario, su comunidad no se diferencia mucho de la secta Templo del Pueblo de Jim Jones, no dudando en torturar y ejecutar a los extraños de la manera más brutal -una escena recuerda sobremanera a otra de 2000 Maniacs [tv/vd/dvd: 2000 maníacos, 1964] de Herschell Gordon Lewis-, siempre con delectación y, eso sí, en nombre de Dios[6].

El director nos presenta un Oeste dominado por el caos, el alcohol, la corrupción, la violencia, la venganza, el dolor y la muerte… Un territorio habitado por forajidos, borrachos, pendencieros, prostitutas y gente que, en general, no tiene ni busca futuro; donde aquel que se pretende recto ante la ley y la justicia recibe una muerte terrible como moneda de cambio. Y frente a ese infierno de lujuria, borracheras y demás placeres terrenales, tenemos a los habitantes de Eminence Hill, que resultan tan terribles o más que cualquiera de los pistoleros que imponen su ley con pólvora y plomo; se ocultan tras la palabra del Señor y son capaces de las torturas y ejecuciones más despiadadas. Incluso la joven Ruth, la inocente chiquilla que, tras matar a sus padres, Royce Tullis pretende vender a los pieles rojas, acabará asumiendo la importancia de usar las armas, de matar, sea por venganza o por pura supervivencia.

Lamentablemente, pese a los atractivos y aciertos de la cinta, ésta tiene más de un talón de Aquiles que hace que su visionado decaiga de tanto en tanto. El libreto no está todo lo trabajado que podría, y resulta incluso algo farragoso cuando se quiere poner serio, sobre todo por la parte final en la que el personaje al que da vida Charlie E. Motley se pretende filosófico y profundo. Además, ciertas interpretaciones dejan mucho que desear, y no sólo hablamos de los actores secundarios, sino también de alguno de los principales (Owen Conway no está a la altura de lo que su papel exige, por más que su hermano diga en alguna entrevista que es uno de los mejores actores que hay). Y el director, pese a la energía y ánimo que desprenden las imágenes, peca de no pocos encuadres torpes y de abusar de muchos planos -algo por otro lado normal en el cine actual- en secuencias que piden a gritos lo contrario. Aunque, y es de ley decirlo, el principal defecto de la película, en lo que concierne a las emisiones que podemos ver en nuestro país, no es culpa del bueno de Robert Conway, sino del horroroso doblaje del que hace gala. Algo, por desgracia, más frecuente de lo que nos gustaría en los títulos del género hechos para televisión.

Con todos sus defectos y carencias, es gratificante encontrar un título como Eminence Hill y un director como Robert Conway que, pese a tratar el género para formatos domésticos, se aleja del esquematismo, buenrollismo y tono moralizante y familiar de tantos y tantos wésterns televisivos para abrazar sin prejuicios los pilares más básicos del cine de explotación (sexo y violencia, más de lo segundo que de lo primero)[7], ofreciendo de este modo una película que se antoja una versión para nuestros días de las películas del Oeste de serie B (y Z) que exploiters como Al Adamson, Lee Frost o Jack Starrett rodaron, con destino los autocines y un puñado de salas de mugrientas, durante los sesenta y setenta.

Alfonso & Miguel Romero


[1] Aunque perteneciente a ligas mayores (y de más probado talento, todo hay que decirlo), otro director especializado en el cine de terror que también ha transitado ocasionalmente el wéstern ha sido Ti West, quien en 2016 estrenaba para la Blumhouse In a Valley of Violence [tv/dvd: El valle de la venganza], film del Oeste (con cierta mirada/guiño a Sergio Leone en ocasiones) para el que contó con Ethan Hawke y John Travolta en los papeles principales y antagónicos.

[2] Como tantas otras producciones del género, Eminence Hill se rodó en los Old Tucson Studios, situados al oeste de Tucson (Arizona). Fueron construidos en 1939 para la película Arizona (Destry Rides Again), dirigida por George Marshall para Universal Pictures. Se reconvertirían en parque temático, abriéndose al público en 1960.

[3] Barry Corbin ha intervenido en muchos títulos del Oeste y films de temática afín, preferiblemente catódicos, y en múltiples ocasiones encarnando al sheriff del lugar. Por citar alguno más o menos reciente podríamos nombrar Shadow on the Mesa [tv: Amenaza en la sombra/Sombras en la meseta, 2013], dirigido por David S. Cass Sr., en cuyo reparto encontramos a otro intérprete que frecuenta los wésterns para televisión, Kevin Sorbo, al que muchos recordarán por interpretar al mitológico Hércules en la popular serie de televisión producida por Sam Raimi a finales del pasado siglo.

[4] Junto a estos nombres más ilustres también tiene cabida en el reparto, en un pequeño rol, Brinke Stevens, una de las scream queens por antonomasia de las décadas de los ochenta y noventa.

[5] Como ocurría igualmente en otro wéstern catódico del mismo año, Hell on the Border [tv: Infierno en la frontera], realizado por Wes Miller y basado en la historia real de Bass Reeves, el primer Marshall negro de los Estados Unidos al oeste del río Misisipi, quien operó en Arkansas y Oklahoma y se estima que arrestó a más de tres mil malhechores. David Gyasi es en la ficción un estirado (y algo cargante) Bass Reeves, resultando mucho más atractivo el papel de Ron Perlman, el borracho que a la fuerza tendrá que prestar a aquél su ayuda para detener a un peligroso criminal, interpretado por el tan ocupado Frank Grillo.

[6] Los encargados de las ejecuciones lucen durante estas ceremonias unas capuchas que los emparentan tanto con los verdugos medievales europeos como con las organizaciones supremacistas blancas estadounidenses tipo Ku Klux Klan.

[7] A continuación de la que aquí tratamos, Conway rodaría otra del Oeste, Skinwalker (2021), esta vez con un tono más fantaterrorífico.

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