Versus: «Leviathan, el demonio del abismo» de George Pan Cosmatos

 

Sinopsis: Los trabajadores de una empresa dedicada a la extracción de minerales de los fondos marinos hallan un barco soviético hundido en extrañas circunstancias. Tras unas pequeñas pesquisas, descubren que en el navío se llevaron a cabo experimentos genéticos. Pero lo más inquietante es que todo parece indicar que fue hundido por el propio ejército soviético. Pronto descubrirán el por qué…

 


Título original: Leviathan
Año: 1989 (Italia, Estados Unidos)
Director: George Pan Cosmatos
Productores: Aurelio De Laurentiis, Luigi De Laurentiis
Guionistas: David Webb Peoples, Jeb Stuart, según una historia del primero
Fotografía: Alex Thomson
Música: Jerry Goldsmith
Intérpretes: Peter Weller (Steven Beck), Richard Crenna (Dr. Glen Thompson), Amanda Pays (Elizabeth ‘Willie’ Williams), Daniel Stern (Buzz ‘Sixpack’ Parrish), Ernie Hudson (Justin Jones), Michael Carmine (Tony ‘DeJesus’ Rodero), Lisa Eilbacher (Bridget Bowman), Hector Elizondo (G. P. Cobb), Meg Foster (Martin), Eugene Lipinski (capitán del navío soviético), Larry Dolgin (piloto del helicóptero), Pascal Druant, Steve Pelot, Tom Woodruff Jr…

Comentario de Carlos Díaz Maroto

Hacia la misma fecha aparecieron diversas películas de ciencia ficción ambientadas en los fondos marinos. La principal fue Abbys – El abismo (The Abbys, 1989), de James Cameron, y de inmediato aparecieron Profundidad seis (DeepStar Six, 1989), de Sean S. Cunningham, La fosa del Diablo (The Evil Below, 1989), de Jean-Claude Dubois y Wayne Crawford, Lords of the Deep [vd: Los señores del abismo, 1989], de Mary Ann Fisher, La grieta / The Rift (1990), de Juan Piquer Simón y la presente, todas ellas, sin duda, intentando aprovecharse del esperable éxito del film de Cameron. Al final, ninguna de ellas logró gran triunfo.

En este caso, tenemos a los magnates italianos De Laurentiis detrás de este producto, que para la ocasión contratan como director al italiano de origen griego George Pan Cosmatos –que ya había realizado para ellos la simpática El puente de Cassandra (The Cassandra Crossing, 1976)–, la música corre a cargo del mítico Jerry Goldsmith y como reparto convocan a una serie de entrañables nombres de la serie B. En cuanto al equipo técnico, tenemos un grupo laudable donde sobresale la empresa de Stan Winston para diseñar al monstruo.

El guion corre a cargo del enigmático David Webb Peoples, alguien capaz de lo mejor (Blade Runner, Lady Halcón, Sin perdón, Doce monos) y de lo peor (Sangre de héroes, Cielo fatal, Soldier). Aquí se aúna con Jeb Stuart (Jungla de cristal, Encerrado, El fugitivo, En tierra peligrosa 2) para pergeñar un libreto que no es sino un clarísimo remedo del de Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), con el equipo descubriendo algo que se mete con ellos en la nave, y con el repelente Daniel Stern emulando al gran John Hurt. Inclusive durante gran parte de la cinta tenemos diálogos de reivindicación sindicalista. También se ofrece un detalle con cierto interés, como es el de un intento de crear una mutación de humano para adaptarse a la vida submarina, y conquistar los mares de ese modo.

La producción se percibe muy pobre (aunque algunas fuentes le adjudican un presupuesto de nada menos que veinte millones de dólares, que no lucen por lado alguno), así pues tenemos una primera mitad sobrecargada de charla superflua, para rellenar metraje, y una segunda parte que es incapaz de mantener la intriga ni la tensión. Para diseñar la criatura, Cosmatos y Winston consultaron diversos manuales de vida marina y de medicina, y decidieron crear un ser mezcla de seres abisales y humanos; se realizaron entre cincuenta y sesenta bocetos diferentes, y el definitivo fue una fusión de todos ellos. Sin embargo, el resultado final es una cosa vista a fragmentos, que a veces semeja una merluza mutante, otras una anguila dentuda y en otras ocasiones una mezcolanza de varias caras –elemento copiado de La cosa (The Thing, 1982), así como el detalle de traerse el peligro de una expedición ajena– con algo que semeja un besugo andante. Es evidente que esa limitación presupuestaria impide crear una criatura convincente, de ahí esos planos fragmentarios. Alien jugaba a la atmósfera y la ambigüedad, sin embargo aquí el resultado queda insatisfactorio en todos los sentidos.

Cosmatos dirige todo de un modo torpe, copiando la planificación de las más tópicas cintas de acción, así, véase el instante convencional de los planos ultra-cortos de varios personajes preparándose para la acción tomando determinadas armas, con el negrito rubricando todo con una frase contundente. Para colmo, el final copia Tiburón (Jaws, 1975) en diversos sentidos, incluida la música de Jerry Goldsmith, que en esos instantes toma ecos de uno de los temas de John Williams para el film de Spielberg (no el más famoso de todos). Y es que en esta ocasión ni siquiera Goldsmith se muestra especialmente inspirado.

El resultado, más que una producción de serie B norteamericana recuerda a una italiana de serie Z, en especial en el clímax final. En resumen, muy poquita cosa, tirando a aburridilla, y con solo un instante que ha pasado a las antologías: cuando Peter Weller atiza un rotundo puñetazo a Meg Foster.

Comentario de José Luis Salvador Estébenez

Coincidiendo con el final de la década de los ochenta, el cine fantástico vivió una auténtica oleada de películas que exploraban los hasta entonces poco explotados misterios abisales de los fondos marinos. A caballo entre el cine de terror y la ciencia ficción, el título más importante que legaría esta corriente y, a su vez, aquel que marcaría su devenir, fue el film de James Cameron Abyss – El abismo, aquella cinta de revolucionarios efectos especiales en la que un grupo de militares y obreros aunaban esfuerzos para localizar los restos de un navío hundido en extrañas circunstancias, topándose en su búsqueda con lo desconocido.

De entre los distintos productores que se apuntaron al carro de la moda del momento, sería el clan familiar encabezado por el veterano Dino De Laurentiis el que más ahínco puso en aprovechar el filón recién descubierto. Para ello, confeccionaría dos cintas dirigidas por otros tantos nombres propios de la Serie B mundial. Así, mientras que Francesca De Laurentiis producía la modesta y voluntariosa La grieta de nuestro Juan Piquer Simón, Aurelio y Luigi De Laurentiis hacían lo propio con esta Leviathan, el demonio del abismo (Leviathan, 1989), cinta que se adelantaría unos meses al estreno del film de Cameron, recayendo su realización en el cineasta italiano de origen griego George Pan Cosmatos.

A pesar de contar con unos medios productivos a la altura de cualquier superproducción hollywoodiense coetánea, la propuesta argumental de Leviathan, el demonio del abismo se limita a seguir los esquemas imitativos imperantes dentro del cine italiano de género de la época. En este caso, la película toma como modelo a tres, por entonces, cercanas monster movies de la popularidad e influencia de Alien, el octavo pasajero, La cosa y Tiburón. De entre ellas, su principal referente se encuentra en el film de Ridley Scott, del que repite a grandes rasgos y sin demasiadas sorpresas toda su estructura narrativa. Si en el original los protagonistas son una tripulación obrera que tras una falsa llamada de auxilio llegan hasta a una abandonada nave donde habita el mal parasitario que más tarde los irá diezmando, en este caso la historia se centra en las desventuras de un grupo de mineros subacuáticos que accidentalmente se encuentran con los restos de una embarcación soviética hundida en la que se han llevado a cabo experimentos genéticos que han dado lugar a peligrosas mutaciones.

Pero no solo su trama es el único elemento que la cinta toma prestado de la franquicia protagonizada por Sigourney Weaver; las maquinaciones empresariales o el costumbrismo laboral de sus personajes protagonistas son otros ingredientes fácilmente reconocibles a lo largo del metraje. Y es que era tal la obsesión de los De Laurentiis de asemejar al proyecto a aquel que tomaba como principal fuente de inspiración que incluso llegaron a contar con varios profesionales que habían participado en el mismo. De este modo, como diseñador de producción y compositor de su banda sonora contratarían, respectivamente, a Ron Cobb y Jerry Goldsmith, quienes habían hecho lo propio en la inaugural entrega de Alien, mientras que sus efectos especiales correrían por cuenta de Stan Winston, a su vez responsable de los de Aliens, el regreso.

La participación de semejantes talentos, a los que hay que añadir el concurso de David Webb Peoples, guionista entre otras de Blade Runner o 12 monos, así como un plantel de famosos secundarios estadounidenses encabezados por Richard Crenna y un Peter Weller recién salido de Robocop, acaban por lograr que los resultados de la cinta sean cuando menos aceptables y entretenidos. Su manida trama se desarrolla con suficiente fluidez, y sus personajes, si bien no sobrepasan en ningún momento el estadio de meros estereotipos, al menos están bien definidos desde un principio. Y aunque la puesta en escena del director de Rambo 2 peque de cierta linealidad, el acabado general de la cinta resulta bien digna, destacando la lograda fotografía de sus tomas acuáticas. En este sentido, quizá el único aspecto reprochable que presenta su factura técnica esté en la pobre caracterización de las monstruosas criaturas de turno, circunstancia esta que es solventada por su director limitando sus apariciones y mostrándolas solo de forma fugaz.

Pero aunque el fruto resulte satisfactorio dentro de un orden, Leviathan, el demonio del abismo no logra evitar dejar en el paladar un sabor agridulce. Bien es cierto que logra aparentar ser y conseguir funcionar como un producto norteamericano, objetivo este tan pocas veces alcanzado por el cine transalpino de explotation en el que se encuadra la propuesta. Pero no menos cierto es que una película con semejante equipo técnico-artístico y poderío económico como se le adivina – algunas fuentes cifran su presupuesto en veinte millones de dólares de la época -, a lo mínimo que debería aspirar es a ser algo más que un título simpático y rutinario como es el caso. 

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