55 Festival Internacional de Cinema Fantástic de Catalunya – SITGES

Tras dos ediciones marcadas por las restricciones derivadas por la pandemia del COVID-19, el Festival de Cinema Fantástic de Catalunya – SITGES regresó a la normalidad en este 2022. Buena muestra de ello fue la abultada nómina de invitados internacionales que visitaron el certamen, entre los que se encontraron nombres propios del cine fantástico de ayer y hoy de la talla de Dario Argento, Edgar Wright, Robert Englund, Ti West, Neil Marshall, Quentin Dupieux, Jaume Balagueró, Rodrigo Sorogoyen, Claudio Simonetti o Brigitte Lahaie, por solo citar algunos de los más destacados. Del mismo modo, después de un año y medio de ausencia, se recuperaron los tradicionales maratones y regresó Órbita, la sección dedicada a géneros colindantes como el thriller, el suspense, las artes marciales, la acción o la aventura, ausente en la pasada edición.

Estas fueron a grandes rasgos las principales novedades que presentó esta quincuagésimo quinta edición en la que, una vez más, el Festival de Sitges volvió a convertirse en el gran escaparate del cine fantástico a nivel mundial, acaparando las principales novedades del género de la temporada. En total, a lo largo de sus once días de celebración se proyectaron en sus cinco sedes y divididos entre sus diferentes secciones un centenar largo de títulos que permitieron tomar el pulso al cine fantástico actual. He aquí una selección de lo que pudimos ver:

Sisu

La historia se repite. Esta vieja máxima volvió a cumplirse una vez más en la pasada quincuagésimo quinta edición del Festival de Sitges. Doce años después de lograr el premio del jurado a la mejor película con la que fuera su ópera prima en el formato largo, Rare Exports: Un cuento gamberro de Navidad, el cineasta finlandés Jalmari Helander volvería alzarse con idéntico reconocimiento con su tercera película, Sisu, acreedora también de los galardones destinados a la mejor interpretación masculina, mejor fotografía y mejor música. Un cúmulo de reconocimientos que la convirtieron de facto en la gran triunfadora del palmarés de este año. Ambientada hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y carente de cualquier ingrediente que justifique su inclusión en un festival, a priori, especializado en género fantástico como este, a no ser por su tendencia a la exageración y la hipérbole, la historia narra la persecución a la que un batallón del ejército nazi somete en plena retirada de Finlandia a un soldado local reconvertido en buscador de oro al que el sentimiento autóctono que da nombre a la película dota de una fuerza, capacidad de resistencia, determinación y puntería que dejan pequeño al mismísimo Rambo. Con semejante punto de partida, el producto resultante provoca reacciones encontradas. Aquellos espectadores que entren en su propuesta y no se paren mucho a pensar sobre lo que ocurre en la pantalla disfrutarán con su más difícil todavía revestido de acción sangrienta. Sin embargo, los que busquen algo más, aunque solo sea una película con un mínimo de rigor en su narración, acabarán irritados ante el cúmulo de tonterías, fantasmadas e inverosimilitudes que se suceden a lo largo del metraje fotograma tras fotograma.

Irati

Y si el premio del jurado a la mejor película fue a parar a Sisu, el otorgado por los votos del público recayó en Irati, la segunda película de Paul Urkijo. Un reconocimiento que, a decir verdad, podía predecirse nada más finalizar su multitudinaria proyección en el Auditori a juzgar por la cerrada y prolongada ovación que los presentes dedicaron a los responsables del film nada más arrancar los títulos de crédito, con algunos incluso rodeando a su director, quien a duras penas podía contener las lágrimas ante tan entusiasta reacción. No era para menos tratándose de uno de los mejores títulos que nos dejó esta edición del Festival de Sitges con diferencia. Tras presentar sus credenciales hace ahora cinco años con Errementari: El herrero y el diablo, Urkijo acomete con Irati un proyecto mucho más ambicioso en todos los aspectos. Si aquella desarrollaba el grueso de su argumento en un espacio cerrado, esta lo hace a través de una trama itinerante ambientada en los majestuosos parajes naturales de Euskadi. Lo que no cambia, sin embargo, es su inspiración en el folclore local. En este caso lo hace entremezclando la supuesta historia del primer rey de Pamplona, Eneko Enekez, con la mitología vasca. Aunque es imposible negar que su introducción es tan brillante y repleta de imaginación que el resto de la película no consigue alcanzar el mismo nivel, eso no impide que su director nos brinde una historia de espada y brujería con aires clásicos y épicos que envuelve con una imaginería apabullante, conformando un conjunto que destila amor por el género a cada plano y que confirman a Urkijo como un talento único dentro del panorama actual del cine fantástico español, europeo y nos atreveríamos a decir que mundial.

Ego (Hatching)

Irati compartió el premio a los mejores efectos especiales con Ego (Hatching), una historia sobre la madurez y el enfrentamiento maternofilial en el entorno de una familia aparentemente normal que oculta disfunciones (eréctiles, suponemos). La película de la danesa Hanna Bergholm es capaz de generar interés con un universo que parece luminoso e inmenso, pero que se va transformando en un lugar muy cerrado y asfixiante, gracias a un guion, obra de Ilja Rautsi, que nos introduce en la historia con rapidez a través de los ojos de Tinja, una niña cuya vida idílica se empieza a resquebrajar tras colarse un pájaro en casa. Ego (Hatching) es una curiosa mezcla de géneros, un slice of life terrorífico, donde hay monstruos humanos y monstruos sobrenaturales, con un interesante tratamiento de personajes y donde sobresale el de la actriz Sophia HeikKilä, que interpreta a la madre de la protagonista y resulta tan odiosa como fascinante, tan real como siniestra.

Project Wolf Hunting

Este año el cine surcoreano disfrutó de un protagonismo aún más pronunciado del ya de por sí habitual en las últimas ediciones. A la considerable presencia de films procedentes de aquella cinematografía en la programación, se le unió, además, una nutrida concurrencia de equipos que acudieron al certamen acompañando a sus trabajos, entre los que se encontraron alguna estrella mediática, caso de Lee Jung-jae, popular por su participación en la serie El juego del calamar, que presentó el que ha supuesto su debut como director, el thriller de espionaje Hunt, en el que también desempeña uno de los papeles protagonistas. Dentro de este desembarco surcoreano en Sitges, quizás el exponente más destacado fue Project Wolf Hunting, y no solo por hacerse con el premio especial del jurado de la sección oficial, además de una mención especial por su apartado de efectos. Es que el hiperviolento espectáculo de muerte y sangre que ofrecen sus imágenes la convirtieron en una de las grandes sensaciones del Festival. Su historia es bien sencilla. Un carguero viaja desde Filipinas a Corea del Sur con un numeroso grupo de criminales deportados y los policías que los custodian. Y, a partir de aquí, el caos. El film arranca con una rapidez adictiva, y en el minuto diez ya hemos tenido palizas, explosiones y presentación de personajes. Su catálogo de muertes es tan alto como el número de litros de sangre que recorren la pantalla. Pero aun siendo dinámica y muy entretenida, adolece de cierta autocrítica con el tono, porque le falta diversión al tomarse demasiado en serio a sí misma. O, dicho de otro modo, le sobra historia y le falta un sentido del ritmo que no dé descanso al espectador. Y es que llegado cierto punto, uno solo desea ver nuevas escenas de asesinato y no que le revelen el pasado de unos personajes cuyas circunstancias poco le importan.

Sissy

El premio a la mejor película de Midnight Xtreme, la sección del festival consagrada al cine de terror independiente más gamberro y extremo, viajó en esta ocasión hasta las antípodas. Su ganadora sería Sissy, cinta australiana que se impondría por delante a lo nuevo de directores tan consagrados como Neil Marshall, Takashi Miike, Ryûhey Kitamura o Joe Begos. Codirigida y coescrita entre Kane Senes y Hannah Barlow, quien, también se reserva el papel de la antigua mejor amiga de la protagonista que da título al film, Sissy plantea una mirada irónica sobre las nuevas generaciones, su dependencia de las redes sociales, el bullying y la necesidad que tenemos de ser amados por extraños. La película cuenta la historia de Cecilia (la Sissy del título), una veinteañera influencer con miles de seguidores a los que da consejos sobre llevar una vida sana, el control sobre las emociones dañinas y todo eso de la new age, aunque, en realidad, su vida sea un desastre. Cuando un día se cruza por casualidad con su gran amiga de la infancia, los nubarrones del pasado asomarán por el horizonte. Lo cierto es que Sissy arranca con fuerza, especialmente por el increíble trabajo en el papel principal de la actriz Aisha Dee, cuya eterna sonrisa oculta demasiadas sombras, y un negrísimo sentido del humor, pero llegado el ecuador la historia añade elementos dramáticos que no están equilibrados y hacen que la película vaya a trompicones. Así las cosas, lo más destacable, aparte del mencionado trabajo de Dee, se encuentran en las escenas de muertes en las que se mezclan CGI con efectos prácticos, capaces de despertar al mismo tiempo carcajadas y gestos de asco.

You Won’t Be Alone

Siguiendo con el repaso a las diferentes agraciadas por el palmarés de este año, la escogida por el jurado joven como la mejor película de la sección oficial fue You Won’t Be Alone, una rara avis escrita y dirigida por el cineasta de origen macedonio Goran Stolevski. Ambientada en un entorno rural centroeuropeo durante el siglo XIX, su punto de partida puede recordar al muy olvidado videojuego Messiah de hace ya veintidós años. En él, el protagonista es un querubín que puede poseer a cualquier personaje del juego, cualidad que en You Won’t Be Alone la joven convertida a su pesar en bruja comprueba en carne propia. Atmosférica, con un ritmo a ratos lento, sin que ello suponga un lastre, y con una omnipresente voz en off que recoge los pensamientos y reflexiones de su personaje principal, se trata de una película que escapa a los límites del género fantástico en los que está inscrita para abordar insólitos aspectos metafísicos. No resulta fácil definir con exactitud los contornos exactos por los que se mueve un film que invita a un segundo visionado para apreciar mejor su propuesta.

Fumer fait tousser

De entre el listado de personalidades que acudieron a Sitges, la que disfrutó de una mayor presencia fue Quentin Dupieux. Además de recibir el homenaje del festival por su trayectoria dentro del género, el cineasta francés presentaría dos películas a concurso en la sección oficial, Fumer fait tousser e Incroyable mais vrai, ambas ganadoras a la postre del premio del jurado al mejor guion ex-aequo. Toda una proeza, la de recibir en la misma edición un galardón honorífico y alzarse con uno de los reconocimientos de las categorías competitivas, que el galo compartió con otro de las “Máquinas del tiempo” de este año, Ti West, acreedor del premio destinado a la mejor dirección por su trabajo en Pearl, película que también se llevó el destinado a la mejor interpretación femenina para  Mia Goth. Mientras que en Incroyable mais vrai burla burlando Dupieux reflexiona con su habitual sentido del humor absurdo sobre el paso del tiempo, la vejez y la decadencia física, adoptando un tono un tanto melancólico que remite, salvando las distancias, al cine de Woody Allen, en Fumer fait tousser reincide en dos de las temáticas más recurrentes en su obra: la narración y la metaficción, tal y como demuestran varios de sus films previos, caso de Bajo arresto o La chaqueta de piel de ciervo, por solo citar dos de los ejemplos más evidentes. En esta oportunidad, las andanzas de un grupo de superhéroes claramente inspirado en los Power Rangers denominados “La patrulla tabaquil” es el punto de partida de un film que celebra el relato oral, creando una antología surrealista que da cabida a pequeñas historias cotidianas con mordisco fantástico ambientadas en un universo alternativo en el que Dupieux se de la mano con Javier Fesser. Llena de encanto y carisma, con un ataque alegre y luminoso, Fumer fait tousser es una delicia cuyo visionado resulta de lo más placentero.

Occhiali neri

La consideración de auténtica leyenda viviente del género alcanzada a estas alturas por Dario Argento fue puesta de relieve en esta edición de Sitges con la creación por parte de la organización de un nuevo premio honorífico con que agasajarle tras haberle entregado ya en años anteriores los principales galardones de este tipo concedidos por el certamen. La concesión de este reconocimiento aprovechó la visita del veterano cineasta italiano al festival con motivo de la programación fuera de competición de Occhiali neri, película que ha supuesto su regreso a la dirección después de diez años de ausencia. Un prolongado silencio que, a buen seguro, ha estado motivado por la preocupante decadencia que acusaban sus trabajos previos y que alcanzaría su cénit con la versión en tres dimensiones de Drácula. Ya se sabe, aquello de nadar y guardar la ropa para recuperar fuerzas y refrescar ideas. De ser así, hay que decir que la medida ha causado el efecto deseado y Occhiali neri presenta una sustancial mejoría con respecto a lo ofrecido por sus más inmediata predecesoras, aunque también quede claro que los mejores tiempos del cine de su responsable son ya irremediablemente cosa del pasado. Las renovadas energías de Argento quedan claras desde los primeros instantes. Como no podía ser de otro modo, lo hace a través de la contundencia que exuda la primera escena de asesinato, cuyo impacto se ve reforzado por la potencia que le imprime la banda sonora electrónica de Arnaud Rebotini. No obstante, tras este inicio el realizador se muestra más interesado en resaltar y desarrollar la relación emocional que se establece entre sus dos solitarios protagonistas que en los mecanismos del suspense. Lo hace de manera más voluntariosa que conseguida, dando un tono especial a la película y culminando en un final un tanto agridulce a la par que pesimista que incluso queda abierto para una posible continuación y que, por una vez en su cine, hace que el espectador se quede con las ganas de saber algo más sobre el futuro de uno de sus personajes.

The Lair

Además de para recoger la honorífica Máquina del Tiempo con la que le homenajeó el Festival por su trayectoria, el cineasta británico Neil Marshall presentó en Sitges su nuevo film, The Lair, con el que continúa la senda que iniciara en la previa The Reckoning, vista en este mismo marco hace ahora dos años. Esto es, una cinta independiente realizada al margen de los grandes estudios y coescrita junto a su actual pareja en la vida real, Charlotte Kirk, quien desempeña asimismo el papel protagonista. En cuanto a su contenido, han sido mucho los que han querido ver en The Lair un regreso de Marshall a sus orígenes. Una sensación que es puesta de relieve desde su mismo argumento, centrado en las andanzas de un grupo de militares desplegados en Afganistán que tendrán que vérselas con unas extrañas criaturas cuando busquen refugio en un antiguo búnker subterráneo soviético, en el que es imposible no captar los ecos a sus dos primeras películas, Dog Soldiers, que también pudo verse este año en Sitges en una sesión doble con la propia The Lair, y a la indiscutible obra maestra particular del cineasta británico, la magnífica The Descent. Sin embargo, el fruto resultante queda lejos de tan ilustres precedentes. Por más que Marshall se deje llevar por los ecos de John Carpenter, es incapaz de crear personajes tan icónicos como el director norteamericano, especialmente porque Charlote Kirk va falta de carisma, y está respaldada por actores y actrices de segunda fila entre los que el único rostro conocido es el de Jaime Bamber con un parche en el ojo a lo Snake Plissken. The Lair se queda así en una Serie B olvidable e intrascendente, si bien pueda ser disfrutable para ciertos espectadores debido  sus estallidos de gore, pero poco más.

Venus

Tras que el año pasado tan mediática elección recayera en Mona Lisa and the Blood Moon de Ana Lily Amirpour, esta quincuagésimo quinta edición del Festival de Sitges recuperó la tradición de los últimos años de escoger a una película española, en su mayoría catalana, para inaugurar el certamen. Esta vez la encargada fue Venus, la nueva película de todo un estandarte del fantástico a nivel mundial como Jaume Balagueró, que ha regresado así al género con el que se ha labrado fama y nombre tras el paréntesis que supuso su taquillera incursión en los márgenes del cine de atracos perfectos con Way Down. Por si no fuera suficiente atractivo, Venus es la segunda película de “The Fear Collection”, el sello encabezado por Álex de la Iglesia y Carolina Bang para producir cine de terror del que el pasado año ya pudiéramos ver en Sitges su primer título, la decepcionante Veneciafrenia. Puede que sea por esta conexión que la película posea una locura festiva más propia del universo del director de El día de la bestia que de la obra precedente del cineasta catalán. Basada libremente en un relato de H. P. Lovecraft, el guion coescrito entre el propio Balagueró y Fernando Navarro, con el que vuelve a repetir tras la olvidable Musa, la historia sigue los pasos de Lucía, una bailarina que roba en la discoteca en la que trabaja una importante cantidad de droga, refugiándose en la casa en la que habitan su hermana y su sobrina en un edificio casi abandonado situado en el extrarradio. Es curioso que, siendo Balagueró un director que debe su carrera al género de terror, donde más brille su dirección en esta ocasión sea en la trama perteneciente al thriller, con unos mafiosos que parecen sacados del cine quinqui de los años ochenta, así como en la relación que se establece entre la protagonista y su sobrina, especialmente por la naturalidad de la niña Inés Fernández. En cambio, no se puede decir lo mismo de la trama puramente fantástica, a estas alturas bastante predecible.

Bodies, Bodies, Bodies

A24 se está creando imagen de productora seria y concienciada, de calidad tanto en contenido como en espíritu. Bodies, Bodies, Bodies, la película que protagonizó la sesión sorpresa de este año, responde a esa búsqueda del público de la generación Z, ese que ya retrató Sam Levinson en Euphoria y Assasination Nation: nihilismo, mucha conexión tecnológica, sexo, drogas y fachadas para ocultar la triste realidad. Lo mismo podemos decir de Bodies, Bodies, Bodies, donde un grupo de jóvenes ricachones se reúnen para pasar el tiempo durante una tormenta en la que un juego estúpido será el pistoletazo para muertes, acusaciones y peleas. La película de Halina Reijn es dinámica y agradable de ver, pero no hay personajes interesantes a los que agarrarse, más allá del de Greg, interpretado por Lee Pace, que trae cierta incomodidad consigo, ya que los traumas del resto podrían intercambiarse sin que la película se resintiera.

Monstrous

La maratón sorpresa del Auditori del último domingo tuvo como protagonistas a Barbarian y Monstrous, película que ha supuesto junto con la serie Yellowjackets el regreso al mundo del terror y lo siniestro de Christina Ricci, la inolvidable Miércoles de la versión en imagen real de La familia Addams de comienzos de los noventa. En el film que nos ocupa interpreta a una mujer que durante los años cincuenta huye del pasado junto a su hijo Cody. El director Chris Sivertson nos presenta unos cincuenta idílicos, de colores perfectos gracias al trabajo de fotografía de Senda Bonnet, para luego ir transformándolo en un entorno siniestro. Christina Ricci funciona como la atribulada madre, aunque es su hijo en la pantalla, Santino Barnard, el que realiza un trabajo más preciso. El problema de Monstrous es que su historia es ya conocida por los amantes del género y verán llegar el giro mucho antes de que ocurra, y los espectadores “normales” no se acercaran a Monstrous por ser “de terror”, cuando oculta en su interior una historia muy humana.

Halloween Ends

Si hubo un film que despertara expectación entre los aficionados de toda la programación de esta edición del Festival de Sitges, este fue, sin duda, Halloween Ends, la tercera y última entrega (en teoría) de la trilogía producida por la Blumhouse, que, además, (aún mayor teoría) da fin a la saga de Halloween y Michael Myers. Así se pudo comprobar con toda la polémica surgida en los días previos al arranque del certamen con el cambio de fecha de sus proyecciones. Y si algo puede decirse de esta nueva entrega es que es tan mala como sus dos predecesoras. Al igual que hiciera en la previa Halloween Kills, el director de la trilogía, David Gordon Green, vuelve a añadir un superficial componente crítico-social, ahora por medio del personaje de Corey, y a través del cual nos refiere cómo una buena persona, a causa de la estigmatización social, puede devenir en un criminal. Una idea interesante pero que, como es norma en el director, expone con trazo grueso, sin sutileza alguna, y subrayándola por medio de rasgos superlativos. Otro fallo de las dos obras anteriores, la dispersión narrativa, también tiene lugar aquí: existe, por un lado, la historia de Laurie y Michael Myers, y por otro la de Corey; el deplorable guion pretende interrelacionarlos, y que uno sea consecuencia o lectura del otro, pero no consigue hilvanar esas analogías y todo queda disgregado, a tal punto que parecemos encontrarnos ante dos películas diferentes, montadas de forma alternativa. Por si no fuera bastante, el diseño de personajes también es pésimo, del primero al último; el guion es torpe, deslavazado, lleno de puntos muertos que solo buscan dilatar dos exiguas anécdotas; y la puesta en escena es convencional, burda y plagada de sustos tontos.

Shin Ultraman

Los primeros minutos de Shin Ultraman son prometedores. Asistimos a una suerte de montaje donde vemos que, a causa de la irrupción de varios kaijus en Japón, se ha formado una agencia que se ocupa directamente de lidiar con estas bestias. Es una manera rápida y contundente de preparar el escenario para la trama, pero, por desgracia, sirve para ejemplificar lo que supone atender a la película. Por un lado, utiliza la misma fórmula narrativa que su director, Shinji Higuchi, había utilizado hace seis años en Shin Godzilla, con planos cortos, desde lugares increíbles y desde todos los puntos posibles de vista, y con una fuerte predominancia de escenas de diálogos, para luego formalizar una especie de grandes éxitos de la primera serie de Ultraman. El resultado es un conglomerado de referencias, situaciones y monstruos destinados a los entusiastas del personaje —a quienes parece destinado el largometraje, a tenor de declaraciones de sus artífices—, pero para el espectador neófito que quiera adentrarse en esta historia la situación es diferente. El ritmo narrativo resulta insufrible, los protagonistas no destilan ningún tipo de empatía, no existe una correlación ni dinámica adecuadas entre cada uno de los segmentos de los que se compone el largometraje, y las escenas de efectos especiales, pese a presentar un leve incremento de interés con respecto al resto del metraje, tampoco son especialmente potentes ni memorables. Además, el presentar el largometraje como esa especie de pequeñas tramas que se van sucediendo conlleva que aflore cierto sentido de estancamiento entre uno y otro tramo, y de indiferencia también, conocedor el espectador que lo que está observando es circunstancial y pronto será reemplazado por un nuevo argumento. Entre todo eso, esa fórmula tan característica que Higuchi había utilizado con mucha habilidad en Shin Godzilla, con un montaje frenético y planos rebuscados, en Shin Ultraman resulta menos inspirada y original, como si de una versión de baja estofa de aquella se tratase.

The Lake

En esta edición el kaiju eiga, el cine de monstruos gigantes típicamente nipón que inaugurara a mediados de los cincuenta Japón bajo el terror del monstruo con la presentación en sociedad de su más icónico representante, Godzilla, gozó de un especial protagonismo en la oferta del Festival de Sitges. Además de la presencia en la sección oficial fuera de competición de la comentada Shin Ultraman, programaría una maratón del estilo denominada “La nit + kaiju” formada por la insoportable What to Do With the Dead Kaiju? y The Lake, la cual contaba con la particularidad de que, en lugar del País del Sol Naciente, estaba producida en la cercana Tailandia. Tan exótica procedencia daba un plus de atractivo a la propuesta, aunque a la hora de la verdad su resultado no pudo ser más decepcionante. Y ello, a pesar de que su prólogo apunta maneras, más allá de la evidente influencia que acusa del primer Parque Jurásico de Steven Spielberg. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que el film revela su verdadera cara y, llegado el primer ataque del monstruo tras los títulos de crédito, asoman sus debilidades. Gran parte de la culpa hay que atribuírsela a la torpe puesta en escena de su director, Beung Kan, plagada de temblorosos movimientos de cámara, planos de corta duración y la constante enfatización de momentos, ya sea a través de efectismos visuales como desenfoques o ralentizaciones incluidos sin venir a cuento, o por medio de la grandilocuencia que adquiere la banda sonora. Para colmo de males, Kan también falla como narrador al saltar caprichosamente de una trama a otra sin dejar reposar la historia, lo que provoca que el espectador, no ya empatice con el nutrido grupo de personajes protagonistas, sino que tenga un mínimo de preocupación por su suerte, acabando por darle lo mismo que sobrevivan o mueran.

Emergency Declaration

Perteneciente a los films de catástrofes, podríamos definir a Emergency Declaration como la versión surcoreana de Aeropuerto (Airport), la saga más popular del estilo durante su edad dorada a mediados de los setenta. No en vano, la película conjuga varios de los clichés de la franquicia que toma como referencia, caso de la falta de combustible en vuelo o la presencia entre el pasaje de un antiguo piloto que abandonó la profesión a causa de una experiencia traumática y que tendrá que hacerse con los mandos del avión una vez la situación se torne más crítica, con las constantes de la cinematografía del país asiático, como puede ser la reivindicación de la institución familiar o los arranques pretendidamente melodramáticos. En este contexto, el aspecto más novedoso se encuentra en que el hecho desencadenante de la inminente tragedia sea un tema tan actual como la propagación de un virus contagioso y letal en el vuelo por parte de una suerte de mad doctor de tendencias suicidas. Esta premisa da pie a una angustiosa carrera contrarreloj dividida en dos focos de atención: por un lado, el que la amenaza biológica no se expanda dentro del avión y, por otro, los esfuerzos de las autoridades por que los pasajeros aterricen sanos y salvos. En ambas tramas, la proximidad de la catástrofe hará aflorar lo mejor y lo peor del ser humano, tanto entre el pasaje como en tierra. Todo ello es revestido por el acostumbrado buen hacer del cine comercial surcoreano, ya sea por su sentido de la espectacularidad o la, en apariencia, sorprendente sencillez con que se entremezclan tonos y registros en principio antitéticos. Un cumulo de atributos que hacen de Emergency Declaration un espectáculo de primera magnitud pleno de tensión narrativa en el que, a pesar de su casi dos horas y media de duración, nunca decae el interés, y que arroja además un mensaje humanista y solidario que matiza el cariz nacionalista que por momentos adquiere su discurso y que contrasta con el papel negativo que se reserva a lo estadounidense. A saber: el villano pasó su juventud en el país de las barras y estrellas, la empresa farmacéutica de la que tomó el virus es también del mismo lugar, y las autoridades estadounidenses se negarán a que el avión aterrice en San Francisco cuando se les solicite a pesar de la situación de emergencia en la que se encuentra el avión.

Piove

Piove presenta una premisa de innegable atractivo: la existencia en el subsuelo de la milenaria Roma de una sustancia viscosa que, al salir a la superficie convertida en vapor, libera en aquel que la inhala todo su odio y su rabia reprimida. Con este punto de partida, quien más quien menos esperaría encontrarse ante un film de infectados repleto de acción. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Por el contrario, la segunda película como director de Paolo Strippoli y primera que firma en solitario tras La clásica historia de terror, se cuece a fuego lento, adoptando durante gran parte del metraje las formas de un drama familiar centrado en el conflicto paternofilial que mantienen un padre y su hijo adolescente como consecuencia de un trama relacionado con la ausente figura materna, cuya oculta naturaleza, como mandan los cánones, se desvelará en los compases finales. Tanto es así que a lo largo de su recorrido no faltan temas tan característicos de este tipo de historias como la incomunicación generacional o el nihilismo y vacío existencial propios del angst juvenil. Mientras tanto, el componente fantástico permanece en un segundo plano de la narración, hasta el punto que el relato propuesto podría haberse contado prescindiendo de su concurso sin demasiadas variaciones sustanciales, tal y como reconocen sus propios responsables. De este modo, el integrante fantástico guarda un significado alegórico, funcionando como un catalizador del drama planteado y detonante de su resolución. No es pues hasta el último acto que su presencia cobra verdadero protagonismo, orientando con ello la propuesta hacia los terrenos del terror y desplegando una atrayente imaginería que tiene una de sus mejores muestras en la caracterización de los infectados por el vapor, quienes aparecen supurando la negruzca sustancia por boca y ojos. Aunque es muy posible que este tratamiento narrativo no satisfaga a los más acérrimos aficionados al género, quienes esperarían ver una película de terror puro y duro, hay que aplaudir la valentía y el riesgo tomados por Strippoli para aportar un enfoque novedoso a un material que, de otro modo, resultaría manido y rutinario, brindando un film original e interesante que tiene una de sus bazas en la intensidad interpretativa de Fabrizio Rongione y el jovencísimo Francesco Gheghi en los dos papeles principales.

Flux Gourmet

Hay dos verdades inamovibles en el universo de Peter Strickland. La primera es que él entiende sus películas mejor que nadie y a veces se le olvida que al otro lado de la pantalla hay un espectador, y la segunda es que su cine es sensorial. Si en trabajos anteriores había jugueteado con el oído y la vista, gracias a su utilización de los efectos de sonido y a su apuesta por los colores vivos, en Flux Gourmet, su nuevo film, se lanza a conquistar nuevos sentidos, el olfato y el gusto, con una historia tan marciana como una academia que cada mes trabaja a fondo con grupos de música culinaria, con la idea de sacar lo mejor de ellos y depurar su arte antes de lanzarles a los escenarios. Este marciano crossover entre un talent show y un concurso de cocina se redondea con los problemas gástricos del personaje que ejerce de narrador, inmerso en una lucha de poderes y platos de aspecto delicioso que solo empeorarán su estado. Recomendable la abstención de todos aquellos que no comulguen con el universo del director, pero los fans de Peter Strickland la disfrutarán, entre otras cosas por la vuelta de Fatma Mohamed, la fascinante actriz que devoraba la pantalla en In Fabric.

Blood Flower

Blood Flower ofrece una versión malaya de El exorcista trufada de repelente propaganda religiosa (como, de hecho, sucedía en el film original de William Friedkin), y resuelta de manera torpe, con unos machacones Allahu Akbar asestados contra unos djinns (espíritus de la mitología árabe preislámica) que, junto a los protagonistas de la película, practican el peor y más terrorífico de los conjuros: el tedio supremo. Hay que admitir que es realmente complicado que un film con semejantes mimbres se sublime en una cesta sólida, pero el problema es que Blood Flower es más de lo mismo, con una postura de blanco o negro. Todo demasiado simple, adoctrinador y provocando además largos bostezos.

Resurrection

Resurrection es un thriller psicológico protagonizado y producido por Rebeca Hall. Este dato resulta de lo más revelador del carácter de la película como vehículo de lucimiento al servicio de las dotes interpretativas de la actriz inglesa, que el año pasado triunfara por estas mismas fechas con la película de terror La casa oscura. Y hay que reconocer que aprovecha la oportunidad para bordar el papel de una madre protectora angustiada por el regreso de un pasado que creía superado, dentro de una historia que pivota en torno a personalidades controladoras. Cuestión bien distinta es la narración de la que hacer gala el director y guionista Andrew Semans, quien en todo momento juega con el espectador curtido para, en contra de lo que este espera, tirar siempre por el camino más evidente. El problema es que cuando llegado al desenlace intenta sorprender, el giro resulta tan incongruente y su significado tan confiado a la libre y caprichosa interpretación del espectador que provoca la sensación de que no ha sabido culminar. Es una pena, porque la tensión narrativa, el sentido del ritmo y el ya comentado nivel interpretativo de Hall, acompañada para la ocasión por un, como siempre, excelente Tim Roth, merecerían un desenlace acorde a su nivel que redondeara el conjunto.

La paradoja de Antares

La paradoja de Antares supone el primer largometraje de Luis Tinoco, un especialista en efectos especiales que ya había dirigido varios cortos en la intimidad. La película es un auténtico tour de force al desarrollarse en una sola habitación de una estación de radiofrecuencia que dedica parte de sus recursos a buscar señales extraterrestres. La protagonista es Alexandra Baeza, interpretada por una impresionante Andrea Trepat, una joven obsesionada con encontrar respuesta a la pregunta de si estamos solos en el universo. Pero la misma noche en que parece llegar una señal desde Antares, toda su vida personal se pone patas arriba. Y aquí surge la paradoja: ¿qué es más importante, la relación con sus seres queridos o el descubrimiento que cambiará la historia de la humanidad? Narrativamente, La paradoja de Antares es impecable, y el sentido del ritmo impuesto por Tinoco funciona como un reloj respecto al suspense, gracias a varias cuentas atrás que se convierten en una sola; pero el director fuerza demasiado la máquina con los personajes. Es cierto que la protagonista es un poquito seca, y es muy probable que, como le achacan sus compañeros y familiares, lo suyo no sea la diplomacia, pero Tinoco crea un universo de personajes repelentes, chantajistas emocionales de libro, desidiosos que gruñen por ser molestados y que parecen disfrutar poniendo palos en las ruedas de Alexandra. Las trampas de guion que plantea Tinoco le estallan en la cara en sus momentos finales, muy repletos de emoción, pero insostenibles debido a que la protagonista sea incapaz de hacer dos cosas a la vez cuando se ha pasado toda la película corriendo de un lado a otro. Con La paradoja de Antares descubrimos así a un director que sabe manejarse con escasos recursos, pero cuyo debe se encuentra en la construcción de personajes.

The Night of the Bastards

Hay películas cutres, hechas con pocos medios y muchas ganas, que se olvidan con facilidad, y otras, como esta noche de los bastardos de Erik Boccio, que se mantienen en la cabeza gracias a lo simple de su propuesta –unos quieren entrar para acabar con los de dentro, y los de dentro intentan sobrevivir–, la roña sórdida y polvorienta que salta de la pantalla pero, sobre  todo, ese gran personaje central de Reed, coescrito e interpretado por London May, cuya presentación es maravillosa y su rostro resulta entre fascinante y de máscara creepy de Victoria Goodhart. Se notan las costuras del escaso presupuesto manejado por Boccio y las interpretaciones son bastante malas, pero ese plan satanista, el prólogo de los años setenta y el personaje de Reed, hacen que esperemos más productos del dueto formado por Boccio y May.

[•REC] Terror sin pausa

Coincidiendo con el quince aniversario del estreno de la entrega inaugural de la franquicia, [•REC] Terror sin pausa, el nuevo trabajo de Diego López-Fernández en el campo documental, explora la realización y el impacto de tan ya mítico film, contando con el testimonio de muchos de sus implicados y varias voces externas. El documental se focaliza en especial en el diálogo que mantienen Jaume Balagueró y Paco Plaza sentados en el hueco de la escalera del edificio que sirvió de escenario para la película. Ambos comentan anécdotas y rememoran la preparación del film, complementándose con las declaraciones de técnicos y actores que trabajaron en aquel primer [REC], así como de determinados estudiosos o cineastas que sitúan la obra en un contexto más amplio. Con más de hora y media hora de duración, y con los entrevistados como protagonistas absolutos, el film se hace cautivante y embelesador, y mantiene el interés en todo momento. Las conversaciones son intercaladas con ocasionales imágenes del film, o también de diversas parodias, como las que aparecían en Spanish Movie, o en un especial televisivo de año nuevo de José Mota dirigido por Koldo Serra. Así nos enteramos de que la película se iba a titular originalmente Bomberos, que el final fue variado y que la niña Medeiros no iba a ser en principio el monstruo final. Plaza y Balagueró, dos amigos al fin y al cabo, comentan todo con profusión de datos, pero también con simpatía y humor, dando la sensación de que el espectador esté sentado en una tercera silla con ellos, escuchando con atención.

The Fifth Thoracic Vertebra

Ante propuestas como la película del coreano Park Sye-young, uno debe quitarse el sombrero porque estamos ante un tipo de historia que cada vez encontramos menos debido a la estupidez hacia la que se dirige la humanidad. Con muchos ecos del J-horror, con un enfoque más cercano al cine pedante de Terrence Malick que al cine asiático, y un guion críptico –coescrito entre Park Sye-young y Ham Sye-young-,  su protagonismo absoluto recae en un colchón en cuyo interior crece un ser que da cierto asco. Pese a lo delirante de su punto de partida, la película funciona en sus diferentes niveles. Por un lado está el terror provocado por un ser que crece y daña a los humanos, pero también hay reflexiones sobre el amor, la soledad, la enfermedad y el futuro visto por los “ojos” de un ser a quien entrevemos. El epílogo es de una gran belleza y deja muchas preguntas. Esta quinta vértebra torácica es una rara avis que puede producir rechazo, estupor o llenar la cabeza de cuestiones filosóficas. Cada espectador debe tomar su camino.

Unicorn Wars

Siete años después de lograr el Goya a la mejor película de animación con la que fuera su ópera prima, Psiconautas, los niños olvidados, el gallego Alberto Vázquez regresa al formato largo con Unicorn Wars. Basada en el corto previo de su director Sangre de unicornio, el film ofrece una historia tremenda con un muy necesario mensaje antibelicista, arramblando de paso contra la religión. Caos y corrupción cortan en transversal toda la película, abocando a un final que en modo alguno busca complacer a nadie, solo ser coherente y consecuente con respecto a lo mostrado previamente. Y todo vehiculado con una maravillosa animación que emplea a ositos contra unicornios, lo cual funciona igual de bien que en el imprescindible cómic Maus de Art Spiegelman, donde los gatos/nazis persiguen a los ratones/judíos. No importa el antropomorfismo de los personajes, sino su mensaje. Y el de Vázquez es claro, sencillo y contundente. Unicorn Wars es una gozada, hasta el punto de que sus ochenta minutos de metraje vuelan. Estamos ante una animación valiente cuya gran fuerza disruptora en el panorama actual bien merece un reconocimiento creciente. Como espectadores tenemos que sentir una gran gratitud ante propuestas así.

Watcher

La ópera prima de Chloe Okuno es la demostración de que la juventud no está reñida con el clasicismo. Una historia que se acerca a Lost In Translation de Sofia Coppola, pero cambiando a dos paletos que se ríen de la cultura japonesa por Julia, quien intenta hacerse un hueco en Rumania donde ha acompañado a su marido; Okuno juega con la soledad y la barrera idiomática para aislar a la protagonista frente a una posible amenaza. El cineasta nos lleva, con un ritmo suave –que no lento– y ciertos ecos de Alfred Hitchcock, a lo largo de una historia que sube de tensión peldaño a peldaño y se beneficia de la interpretación de Mayka Monroe y Burn Gorman, un actor que cada vez es más grande. Un muy buen debut.

Glorious

Independientemente de su resultado, hay que defender la película de Rebekah McKendry por su capacidad de llevar adelante y hacer dinámica una película desarrollada en un cuarto de baño con tan solo con un personaje físico y otro siempre oculto. Glorious oculta sorpresas en su interior, sobre todo la sorpresa de su tema central, con un diseño de producción adecuado y una gran fotografía de David Matthews. J .K. Simmons está tan bien como siempre, aunque solo escuchemos su voz, pero Ryan Kwanten sostiene la película sobre sus hombros con un personaje tan vulgar como deprimente, un perdedor cuya resaca da dolor de cabeza. El duelo entre ambos funciona como un reloj. Mención aparte merecen los giros cósmicos/creepys del guion escrito por Joshua Hull y David Ian Mckendry

The Harbinger

Cada nueva película de Andy Mitton es una alegría para sus fans, ya que es el reencuentro con un terror que parece pequeño y sin embargo está repleto de talento. Mitton no es para todos los públicos debido a sus apuestas por historias de pocos personajes, casi íntimas, donde el vínculo familiar es importante y la frontera entre lo natural/sobrenatural es muy fina. En The Harbinger, Andy Mitton vuelca en el guion sus pensamientos sobre todas las vidas que se perdieron durante la pandemia del Covid 19 con una historia que funciona a la hora de generar atmósferas oníricas y un villano repleto de interés. Tal vez no sea la mejor película de Andy Mitton –The Witch in the Window continua siendo su must–, pero es una propuesta diferente, personal y llena de hallazgos.

Unidentified Objects

La ópera prima de Juan Felipe Zuleta es una película que combina el tono “gente que habla” de las películas indies de los años noventa con una suerte de road movie con ecos a David Lynch gracias a un dúo protagonista formado por un intelectual gay con enanismo y una joven excéntrica que se anuncia sexualmente en internet. Pero Zuleta no se fija en el Lynch desatado de Corazón salvaje, sino en el intimista de A Straight Story, ya que Unidentifierd Objects trata sobre curar heridas y alcanzar un destino; un viaje en el que tienen cabida un coche rosa y una travesía a través de bosques con guiños al Stalker de Andrei Tarkowski. Aunque el tema de las abducciones extraterrestres se plantea con rapidez y desparpajo, es cierto que aparece y desaparece caprichosamente a lo largo de la historia para dejar paso a esos objetos no identificados humanos con un interesante duelo interpretativo entre Matthew Jeffers y Sarah Hays. Aunque Unidentified Objects es irregular, sorprende la madurez visual y narrativa de su director, el uso de los colores y la contención narrativa en tiempos de óperas primas que buscan llamar la atención del espectador con golpes de efecto visuales.

We Might as Well be Dead

En varias declaraciones la cineasta Natalia Sinelnikova afirma que la historia de We Might as Well be Dead llevaba muchos años queriéndola contar y que no había encontrado el camino hasta ese momento. Tal vez Sinelnikova podría haber esperado unos años más y seguramente su película hubiera resultado menos predecible. En un lugar y tiempo indeterminados, aunque posiblemente tras un apocalipsis, la sociedad teóricamente civilizada se ha refugiado en un edificio donde cuentan con todos los lujos, y cuyas vidas protege con celo la jefa de seguridad, Anna Wilczynska. Pero este orden artificial empezará a romperse tras desaparecer un perro. La propuesta de Sinelnikova es una variación de esa locura que fue High Rise de Ben Wheatley, la cual a su vez adaptaba un texto de J. G. Ballard. Pero mientras que Wheatley ofreció una película brillante y excesiva, la directora de origen ruso no es capaz de hacer evolucionar la historia más allá de tirar de tópicos. Bien rodada e interpretada, el guion hace aguas con unos personajes que deambulan de un lado a otro, donde se busca la rareza con la hija de la protagonista a la que dan ganas de matar, y cuyo desenlace se ve venir pasado el ecuador.

Artículo formado por textos de Javier S. Donate & José Luis Salvador Estébenez & David Cortaberria Arregui & Carlos Díaz Maroto & Octavio López Sanjuán & Fernando Rodríguez Tapia

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