A Return to Salem’s Lot [tv/vd/dvd: Regreso a Salem’s Lot]

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Título original: A Return to Salem’s Lot

Año: 1987 (Estados Unidos)

Director: Larry Cohen

Productor: Paul Kurta

Guionistas: Larry Cohen, James Dixon

Fotografía: Daniel Pearl

Música: Michael Minard

Intérpretes: Michael Moriarty (Joe Weber), Ricky Addison Reed (Jeremy Weber), Samuel Fuller (Dr. Van Meer), Andrew Duggan (juez Axel), Evelyn Keyes (Sra. Axel), Jill Gatsby (Sherry), June Havoc (tía Clara), Ronee Blakley (Sally), James Dixon (Rains), David Holbrook (diputado), Katja Crosby (Cathy), Tara Reid (Amanda), Brad Rijn (Clarence), Janelle Webb (Sarah), Robert Burr (Dr. Fenton), Jacqueline Britton (Sra. Fenton), Gordon Ramsey (Allen), David Ardao (vendedor de automóviles), Kathleen Conway,    Edward Shils, Richard Duggan (vampiros), Stewart G. Bay (Jeremiah), Lynda A. Clark, Nancy Duggan, Ron Millkie, Ted Noose, Jim Gillis, Rick Garia (cámara), Bobby Ramsen, Peter Hock, Michael Gingold, Timothy J. Lonsdale…

Sinopsis: Joe Weber es un reputado antropólogo que por exigencia de su ex-mujer se ve obligado a hacerse cargo de su hijo adolescente. Por este motivo, decide trasladarse junto con su vástago a Salem’s Lot, una pequeña población de Nueva Inglaterra donde hace tiempo heredó una casa en la que pasó algún verano durante su infancia. Lo que no sabe es que, en realidad, la aparentemente apacible localidad está habitada por vampiros, algo que descubrirá cuando las fuerzas vivas de Salem’s Lot le hagan el encargo de escribir una Biblia que sirva para dar a conocer su existencia y forma de vivir a los humanos.

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Suele decirse que segundas partes nunca fueron buenas. A mediados de los setenta Larry Cohen recibió el encargo por parte de Warner Bros. de trabajar en la adaptación que la productora planteaba de la que fuera la segunda novela de Stephen King, La hora del vampiro/El misterio de Salem’s Lot. Fruto de ello fue la escritura de un guion de ciento cuarenta páginas destinado a la realización de un largometraje que, sin embargo, fue desechado por los responsables del proyecto. “No les gustó[1], reconocía Cohen a toro pasado. Como es sabido, finalmente la Warner acabó por decantarse en trasladar la novela a formato miniserie, confiando su dirección a Tobe Hooper en lo que significó su primer trabajo para una major. El resto es historia. El misterio de Salem’s Lot (Salem’s Lot, 1979) supuso un verdadero hito para toda una generación de espectadores, logrando tal éxito que incluso llegó a conocer estreno cinematográfico mediante una versión resumida en varios países, entre ellos España, donde los distribuidores locales la hicieron pasar con bastante caradura por una secuela de la entonces reciente Phantasma (Phantasma, 1979) de Don Coscarelli.

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Esta implicación previa de Cohen con el material originario se antoja determinante para entender los motivos que le llevaron a hacerse cargo de la realización de la secuela de El misterio de Salem’s Lot cuando una década más tarde se le presentó la oportunidad. Y es que, como no fuera por sacarse la espina que pudiera tener clavada por el rechazo que había sufrido su adaptación de la novela de King, resulta muy difícil adivinar las razones por las que el director de ¡Estoy vivo! (It’s Alive, 1974) asumió un proyecto que ya desde el principio presentaba no pocos inconvenientes. De entrada, por la dificultad que encerraba el satisfacer las expectativas que los espectadores iban a depositar en la segunda parte de tan considerado título, con el añadido de hacerlo mediante una modesta producción planteada con destino al mercado videográfico, con todo lo que ello implica. Pero, sobre todo, porque a la hora de la verdad el film resultante poco tiene que ver con lo escrito por King y filmado por Hooper.

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No se puede negar que a lo largo del metraje existan diferentes guiños y homenajes a la novela y a la miniserie precedentes. Sin ir más lejos, dos de los elementos más recordados de esta última tienen cabida en la película: el momento en el que un infante vampiro llama desde el otro lado de la ventana a una de sus víctimas y la impactante presencia física de Barlow[2] ―si bien aquí recreada mediante un sosias que porta una grotesca máscara carnavalesca que deja a las claras las carencias presupuestarias con las que fue llevada a cabo la propuesta[3]―. Tampoco faltan las continuas referencias a Maine, el estado en el que nació Stephen King y donde de forma habitual ha ambientado sus ficciones literarias, incluida la que aquí nos ocupa. Aunque quizás el ejemplo más significativo a este respecto sea el que la pariente que de algún modo provoca la llegada del protagonista al pueblo de Salem’s Lot tenga por apellido Hooper, lo que, además del evidente homenaje implícito, supone una ingeniosa forma por parte de Cohen de enunciar el carácter de secuela de la miniserie realizada por el director de La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974) que detenta su film. Pero aquí empieza y acaba toda conexión existente entre una y otras. Tanto es así que incluso el cineasta neoyorquino llegó a reconocer que, antes que en la novela de King, para dar forma a la película se había inspirado en la obra teatral de Thornton Wilder Nuestra ciudad[4].

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De este modo, las diferencias con respecto a sus teóricas predecesoras son puestas de relieve desde el mismo planteamiento argumental escogido. Si tanto la novela de King como la miniserie de Hooper situaban su acción en un pequeño pueblo que iba poco a poco sucumbiendo a la presencia de un vampiro entre sus convecinos, la Jerusalem’s Lot presentada por Cohen es una localidad habitada casi en su totalidad por chupasangres. En lo que se erige en una de las ideas más interesantes de tan desvaído conjunto, este cambio de premisa es acompañado por la descripción de tan particular sociedad, en la que los vampiros basan su dieta en la sangre de las vacas que crían como ganado, tienen sirvientes híbridos que cuidan de ellos mientras duermen durante el día e instruyen a sus pequeños congéneres sobre la maldad y crueldad del ser humano para con sus propios semejantes.

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Emerge así el subtexto de crítica tan característico de la obra de su realizador. Y es que no son pocos los autores que han querido ver en este componente una alegoría de la conservadora y cerrada sociedad prototípica de la Norteamérica profunda. Son varios los detalles que parecen apuntar en esta dirección: su fuerte clasismo social ya señalado, el que vivan de la ganadería -en este caso en el sentido más literal del termino-, el fundamentalismo de sus enseñanzas o el que su origen se remonte a los tiempos de los colonos, lo que les convierte en una especie de depositarios de las esencias de los Estados Unidos genuinos. Una crítica de lo más mordaz, por cierto, al señalar con ello que el vampirismo está inserto en el corazón del país desde antes de su propio nacimiento.

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Sin embargo, a poco que se analice, esta lectura resulta poco consistente debido a ciertos detalles. No tanto por el hecho de que el juez Axel, el jefe de los vampiros, perezca atravesado por una bandera de las barras y estrellas utilizada a modo de estaca por el protagonista, lo que al fin y al cabo puede verse como uno de esos apunte irónicos a los que tan dado era Cohen; sino por la forma despectiva con la que los chupasangres tildan de puritanos a los colonos junto a los que marcharon desde Europa al nuevo continente cuando revelen que su llegada a los Estados Unidos se produjo en un barco que viajó junto al histórico Mayflower[5] y que fue dado por hundido. Es decir, en todo caso vendrían a representar otra cara diferente del medio rural estadounidense, alejada por tanto del reaccionarismo con el que de forma común se ha asociado a aquel entorno social.

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Y es ahí donde radica el principal problema de una película que acumula buena parte de los defectos achacados al cine de su responsable, pero sin poseer a cambio ninguna de sus virtudes. Más aún; si en otras oportunidades la aparición de estas deficiencias han sido justificadas por la premura que acompañó a la realización de muchos de estos proyectos, en más de una ocasión poco menos que improvisados sobre la marcha y ejecutados en escasos días en virtud de los elementos disponibles y las circunstancias, esta vez tal coartada queda invalidada al haber dispuesto de al menos cuatro semanas de rodaje, según se deduce de varias declaraciones del cineasta, lo que hace que, en última instancia, A Return to Salem’s Lot [tv/vd/dvd: Regreso a Salem’s Lot, 1987] acabe por representar las carencias de la obra de Larry Cohen, al menos en aquellos trabajos que ejerció de director.

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Más que nunca, da la sensación de que el aquí coguionista se dedicó a incorporar al libreto todas las ideas que tenía en mente, sin preocuparse en cambio de procurarles la más mínima unión y/o desarrollo, ya no digamos articular algo parecido a un discurso. La falta de reflexión de la que adolece buena parte de su filmografía como realizador deviene así en figura de estilo de una cinta que parece empeñada en contradecirse a sí misma cada pocos minutos. Son abundantes los ejemplos que pueden ponerse en este sentido. Sirva de muestra la chocante actitud de su protagonista, un antropólogo que en su escena de presentación es mostrado como una persona fría y sin escrúpulos, capaz de presenciar sin inmutarse un sacrificio humano realizado por una tribu del Amazonas aludiendo que “es su sociedad, son sus reglas”, pero que, en cambio, llegado el momento no dudará en buscar la destrucción de la sociedad vampírica que le ha acogido. O aquella escena en la que, mientras amanece, y tras descubrir la auténtica cara de los habitantes de Salem’s Lot, este pida a su hijo que disimule a fin de huir del lugar sin levantar sospechas, para que, una vez parezca que lo han conseguido, la siguiente secuencia los muestre en la casa que ocupan en la población como si tal cosa. Eso por no hablar de los incomprensibles cambios de talante que experimenta el conflictivo vástago con su padre, quien tan pronto pasa de replicarle a obedecer sin rechistar en cuestión de segundos.

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Similares deficiencias se repiten también en un desarrollo narrativo atropellado y repleto de agujeros, en el que numerosas ideas son formuladas y abandonadas a su suerte sin que medie ningún tipo de justificación a su comparecencia. Si no, ¿cuál es la razón de la celebración de bodas entre vampiros infantes, más allá del innegable impacto que produce la estampa? ¿Quién es ese vampiro de rostro monstruoso a lo Barlow (es un decir…) al que vemos actuar en el arranque en las inmediaciones del pueblo en planos aislados? ¿Se trata realmente del juez Axel, como parece deducirse de la apariencia física que presenta este durante el clímax, o se trata en realidad de otro personaje? Nada se sabe. Y lo peor del caso es que así podríamos tirarnos un buen rato rellenando líneas con otras muchas incongruencias.

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Visto lo visto queda claro que A Return to Salem’s Lot fracasa de forma estrepitosa en todas y cada una de sus posibles vertientes. Ni funciona como secuela de El misterio de Salem’s Lot, ni lo hace como metáfora social ni tampoco como modernización, desmitificación o parodia del género vampírico. Por el contrario, durante muchos instantes planea la duda de hasta qué punto la comicidad que desprenden no pocas de sus secuencias, en especial las localizadas durante la primera mitad, es realmente buscada o consecuencia de la ineptitud de una puesta en escena ramplona, desangelada y televisiva, en la que los actores deambulan por la pantalla sin que parezcan tener demasiado claro cuál es su posición en el encuadre. Un defecto este último que puede que se deba, al menos hasta cierto punto, a ciertos problemas derivados de la participación del mítico Samuel Fuller en calidad de actor. En palabras de Cohen: “Sam no tenía tanta experiencia como actor en términos de situarse en el espacio. Quitaba la luz a los actores y daba sombra a los demás. Le decía que se moviera hacia la cámara derecha o hacia la cámara izquierda y él no estaba seguro hacia qué dirección tenía que ir. No era bueno guardando el sitio[6].

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Esto no quita para que la presencia del director de Una luz en el hampa (The Naked Kiss, 1964) resulte uno de los aspectos más destacables del film. No solo por lo que desde la mitomanía cinéfila representa su aparición en pantalla, sino por la energía y carisma que derrocha su interpretación del Dr. Van Meer, una especie de Van Helsing que pasa de buscador de nazis[7] a cazador de vampiros ―obviaremos la posible analogía subyacente en el cambio―, y que contrasta con el sorprendentemente apático rendimiento de Michael Moriarty, totalmente alejado de los registros pasados de rosca a los que tan era habituado, en especial en sus colaboraciones con Cohen. Puede que fuera por ello que, años después, el protagonista de Q, la serpiente voladora (Q, 1982) arremetiera contra Fuller con un claro resentimiento en los siguientes términos: “Era del todo amateur como actor. (…) Tenía un increíble encanto porque cuando te comportas como un niño ―que es lo que hizo en el film― el público se queda con eso porque creen que eres honesto. (…) Él robó el film a la manera que lo hacen los niños. No es un actor profesional (…) Él me robó la película claramente[8].

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Claro que no todo el mundo quedó tan desencantado con la experiencia de compartir película con el veterano cineasta. “Pasé una agradable temporada trabajando con Sam Fuller en A Return to Salem’s Lot”[9], recordaba Cohen, quien además  añadía que “su presencia daba energía a todos los demás[10]. No solo eso, sino que esta colaboración sirvió para estrechar aún más una amistad que se mantuvo a lo largo de los años entre dos cineastas hermanados por su apuesta por la independencia creativa, lo que les llevó a desarrollar una parte muy importante de su trayectoria al margen de los grandes estudios, pero también por una curiosa sincronía: la casa que Larry Cohen poseía en Beverly Hills y que fuera escenario improvisado de muchas de sus películas había sido con anterioridad la residencia de Sam Fuller.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Declaración extraída de Torres, Sara, “Entrevista”; en Cohen & Lustig, VV.AA., Donostia Kultura, San Sebastián, 1998, colección Semana de Cine Fantástico y de Terror, número 2; pág. 110.

[2] En diferentes declaraciones Cohen mantuvo que el que Barlow fuera presentado al estilo del Nosferatu de Murnau era la única idea de su guion original que se había aprovechado en la posterior miniserie.

[3] Al menos en teoría, ya que a decir de la esposa de Larry Cohen y productora asociada del film, Janelle Cohen, contó con uno de los presupuestos más elevados de la carrera de su director: “Fue la producción más cara en la que he trabajado. Teníamos un montón de gente involucrada realizando tareas que en otras ocasiones hacía yo sola (…) Después de eso me pregunté cómo podíamos haber hecho yo y Larry tantas películas con muchos menos medios y vivir para contarlo”. En Williams, Tony: Larry Cohen: Radical Allegories of an Independent Filmmaker, Jefferson: McFarland & Company, 1997; pág. 404.

[4] Así lo aseguraba en la citada entrevista realizada por Sara Torres: «En efecto, la obra de Wilder fue mi modelo. Incluso uno de mis personajes dice: “¿Se burla usted acaso de nuestra ciudad?”». Op. Nota cita 1, págs., 109-110.

[5] Mayflower es el nombre del barco que, en 1620, transportó a los llamados Peregrinos desde el Reino Unido hasta un punto de la costa este de América del Norte, hoy ubicado en los Estados Unidos. Fueron los primeros colonos anglosajones que se establecieron en la costa de Massachusetts, formando la colonia de Plymouth. (Extraído de Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Mayflower)

[6] Op. Nota cita 1, pág. 109.

[7] Sobre este personaje Cohen declararía que: “La idea del cazador de nazis y vampiros que interpreta Fuller está inspirada en El extraño (The Stranger, 1946) de Orson Welles, donde Edward G. Robinson interpreta a un perseguidor de nazis que llega a Nueva Inglaterra”. Extraído de Doyle, Michael; “Larry Cohen: The Stuff of Gods and Monsters” (BearManor Media, Albany, 2015,), pág. 401.

[8] Op. Nota cita 3, pág. 412.

[9] Op. Nota cita 1, pág. 108.

[10] Op. Nota cita 1, pág. 109.

Published in: on agosto 22, 2019 at 6:32 am  Dejar un comentario  
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Tonight She Comes [tv: Tonight She Comes]

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Título original: Tonight She Comes

Año: 2016 (Estados Unidos)

Director: Matt Stuertz

Productores: Chris Benson, Matt Stuertz, Jamison Sweet

Guionista: Matt Stuertz

Fotografía: Chris Benson

Música: Wojciech Golczewski

Intérpretes: Nathan Eswine (James), Larissa White (Ashley), Jenna McDonald (Felicity), Brock Russell (Philip), Cameisha Cotton (Lyndsey), Adam Hartley (Pete), Dal Nicole (Kristy/la mujer), Frankie Ray (Francis)…

Sinopsis: James llega a una cabaña en mitad del bosque para entregar una carta destinada a Kristy Jordan. Sin embargo, el lugar parece desierto. Poco después llegan al lugar dos chicas que también buscan a la joven. James y las amigas de Kristy deciden entonces quedarse a esperar. Al mismo tiempo, Pete, un amigo de James, encuentra en el bosque el cuerpo de una mujer desnuda que en principio parece muerta…

Preguntado por los realizadores de cine de terror que más le han influido, Matt Stuertz, montador, director y guionista de Tonight She Comes [tv: Tonight She Comes, 2016], cita en primer lugar y por este orden a John Carpenter, Tobe Hooper y Ti West[1]. No se le puede negar la sinceridad al joven cineasta norteamericano. Y es que la sombra de estos tres nombres se proyecta de forma perceptible y a diferentes niveles en la que supone su segunda película, tras debutar un año antes con RWD (2015), film de corte minimalista y adscrito al formato found footage protagonizada por el propio Stuertz en compañía de Adam Hartley, también partícipe en la presente. Así parece deducirse de su uso de una banda sonora a base de sintetizadores, en línea, salvando las distancias, de la característica música compuesta para sus films por el director de La noche de Halloween (Halloween, 1978), o la apuesta por una narración pausada que acaba por desembocar en un estallido final durante su trepidante y prolongado clímax, siguiendo el modelo empleado por Tobe Hooper en su magistral La casa de los horrores (The Funhouse, 1981) y posteriormente repicado por West en The House of the Devil [dvd: La casa del diablo, 2009].

Con semejantes referentes, ni qué decir tiene que la propuesta formal y argumental de Tonight She Comes se encuadra dentro del revival del cine de terror ochentero que viene produciéndose en los últimos años dentro de la escena de cine fantástico indie estadounidense y que de algún modo fuera iniciada por Ti West con la mencionada La casa del diablo. Tanto es así que el texto con el que se abre la cinta, en el que se recomienda oír la película a máximo volumen, remite al visto en The Mind’s Eye [dvd/bd: Poder mental, 2015], la segunda película de Joe Begos, otro cineasta que ha hecho de la emulación del cine de terror de los ochenta una de sus principales señas identificativas, y con cuya obra el título que nos ocupa mantiene innegables similitudes. De este modo, su punto de partida no puede ser más prototípico, con la reunión de un grupo de jóvenes ávidos de alcohol y sexo en una cabaña en medio del campo, donde comenzarán a ser acechados por un misterioso matarife.

A tenor de lo expuesto, lo lógico sería pensar que nos encontramos ante la enésima revisión del más formulario slasher, aunque nada más lejos de la realidad. Por el contrario, partiendo de ingredientes bien reconocibles la película de Matt Stuertz consigue escapar de ideas preestablecidas por medio de un desarrollo que, gracias a la ocultación de información sobre la realidad de lo que acontece, consigue demostrar cierto manejo del suspense. Otro punto a su favor se encuentra en la inventiva visual de la que hace gala el director y que se traduce en la creación de un buen puñado de imágenes tan atractivas como impactantes, entre las que cabe mencionar por su protagonismo la de la revivida mujer desnuda y ensangrentada a la que alude el título y que persigue impertérrita a los protagonistas. Una idea esta que, dicho sea de paso, muchos han señalado como una clara alusión a la previa (y magnífica) It follows (It Follows, 2014), comenzando por el propio trailer de la película, pero que en mi opinión, y siguiendo con las referencias retro que exhibe la cinta, diríase una trasposición en clave femenina de cierto momento emblemático de Terminator 2: El juicio final (Terminator 2: Judgment Day, 1991).

Sea como fuere, todo lo mencionado no quita para que, a pesar de sus esfuerzos, los resultados globales de la película no acompañen en su conjunto. Dividida en dos mitades, la primera parte transcurre bajo los más sobados estereotipos del mencionado slasher, entre diálogos insustanciales y situaciones cuanto menos ridículas. En cualquier caso, se trata de la calma que precede a la tormenta. De este modo, no es hasta que cae la noche y la acción se sitúa en la aislada casa en medio del bosque donde los personajes llevarán a cabo un peculiar ritual de exorcismo, que el film no levanta el vuelo, al tiempo que termina por revelar sus verdaderas cartas. A partir de este punto, Stuertz se abandona a lo escatológico y lo grotesco, con la evidente pretensión de provocar y de paso incomodar a los espectadores menos familiarizados con esta clase de propuestas, llenando la pantalla de sangre y otros fluidos, en un tramo en el que destaca un sentido del humor de lo más particular que mejor funciona cuanto más negro se vuelve.

Sin embargo, todos los indudables logros que se agolpan durante esta segunda mitad llegan ya demasiado tarde, no siendo capaces de maquillar a esas alturas las indudables carencias de las que adolece un producto simpático y merecedor de cierta estima, sin duda, pero también terriblemente desigual y fallido, a causa, entre otras cosas, de una dirección un tanto dispersa y equivocada. Véase al respecto la inclusión del instante horario en el que transcurren las escenas, un detalle que en el momento de la verdad solo parece obedecer a un capricho ornamental y no a las verdaderas necesidades narrativas de la historia. Así las cosas, tal vez el aspecto más destacable del conjunto se encuentre en el alegato feminista que se puede leer entre líneas dentro de una historia donde el sexo y la sangre menstrual juegan un papel relevante, lo cual no deja de tener su gracia viniendo de un exponente más o menos encuadrado dentro de un subgénero acusado tan habitualmente de machista y misógino como el slasher.

José Luis Salvador Estébenez

[1] En “Interview mit Matt Stuertz”, entrevista publicada el 11 de octubre de 2017 en el sitio web Kats Creepshow (https://katscreepshow.wordpress.com/tag/matt-stuertz/) Consultada el 20 de agosto de 2019.

Published in: on agosto 21, 2019 at 6:19 am  Dejar un comentario  

Five Bloody Graves [dvd: Cinco tumbas sangrientas]

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Título original: Five Bloody Graves

Año: 1969 (Estados Unidos)

Director: Al Adamson

Productor: Al Adamson

Guionista: Robert Dix

Fotografía: Vilmos Zsigmond

Intérpretes: Robert Dix (Ben Thompson), Scott Brady (Jim Wade), Jim Davis (Clay Bates), John Carradine (Boone Hawkins), Paula Raymond (Kansas Kelly), John “Bud” Cardos (Joe Lightfoot), Darlene Lucht (Althea Richards), Ken Osborne (Dave Miller), Vicki Volante (Nora Miller), Victor Adamson (Rawhide), Ray Young (Horace Wiggins), Julie Edwards (Lavinia Wade), Maria Polo (Pequeño Ciervo), Gene Raymond (narrador)…

Sinopsis: Ben Thompson, un pistolero solitario, persigue al temible piel roja Satago a través de las llanuras del Salvaje Oeste. Cuando los hombres de Satago emboscan un carromato, aquél acude al rescate de los pasajeros atrapados y les ayuda en su última batalla contra los indios.

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Entre finales de los sesenta y a lo largo de los setenta, los años de la contracultura y del Nuevo Hollywood, del western crepuscular y revisionista, fueron también los años dorados de las películas de explotación de bajo (y muy bajo) presupuesto, donde el cine del Oeste encontró acomodo en no pocas ocasiones en títulos como Brand of Shame (1968), de Byron Mabe, Hot Spur [vd: Espuela caliente; vd: Espuelas calientes, 1968] de Lee Frost, Cinco hombres salvajes (The Animals, 1970) de Ron Joy, o Grito de sangre apache (Cry Blood, Apache, 1970) de Jack Starrett[1]. Baratas producciones cargadas de sexo y violencia que venían a ser roughies trasplantadas al Salvaje Oeste americano[2].

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Al Adamson, uno de los grandes pequeños nombres del cine exploitation, también nos dejaría sus aportes dentro del género en un par de cintas como Five Bloody Graves [dvd: Cinco tumbas sangrientas, 1969] o Las cachondas en el Oeste (Lush of Lust, 1972)[3]. Sería su padre, extra en un centenar de westerns, quien le presentó al productor Sam Sherman, con el que Adamson fundaría la Independent International Pictures, en cuyo seno emprendería su carrera en la dirección con un buen puñado de títulos donde la falta de medios era solventada con mucha cara dura y altas dosis de psicotronía. De este modo, como era normal en los bajos presupuestos, para dar forma a films sería habitual que recurriera a la voz en off y a los planos de recurso para solventar algunos trances, a la música de archivo casara o no con las imágenes, a la repetición de encuadres y localizaciones para abaratar costes, a tirar de actores desconocidos y de viejas glorias para los repartos, o a darle al público sexo y violencia, acudiendo incluso al gore, siguiendo la estela marcada por Herschell Gordon Lewis y David Friedman con su trilogía compuesta por Blood Feast (1963), Two Thousand Maniacs! [vd/dvd: 2000 Maníacos, 1964] y Color Me Blood Red (1965). Echándole más morro aún, Adamson estrenó algunos de sus trabajos con diversos montajes y con distintos títulos para rentabilizar más el producto, y recurrió a reutilizar metraje de producciones extranjeras (de algún paquete de distribución de Sherman) para hacer nuevas películas remontándolas con escenas añadidas rodadas por él[4]. Se apuntó a las modas de las biker movies[5], aprovechando el buen rendimiento en las carteleras de Los Ángeles del Infierno (The Wild Angels, 1966), firmada por Roger Corman, o Easy Rider: Buscando mi destino (Easy Rider, 1968) de Dennis Hopper; de las blaxploitations, de las artes marciales –y combinaciones de éstas, rodando las cintas más descabelladas y disfrutables protagonizadas por Jim Kelly-; sin olvidarse de los géneros populares como el terror –echando mano de los monstruos clásicos de la Universal cuando el género tiraba por otros derroteros más veristas con el psychokiller como protagonista- o el western, y sin renunciar por supuesto a los personajes y situaciones prototípicas. Como tantos de sus compañeros de viaje, acudió a actores y actrices de pasado lustroso que no estaban en su mejor momento –como Russ Tamblyn, repudiado esos años por Hollywood por sus conocidos problemas con las drogas- o que se encontraban ya muy mayores, pero en el caso de Adamson se percibe una temprana cinefilia, un cariño para con estas antaño estrellas de la Meca del Cine.

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El realizador solía rodearse de un equipo técnico y artístico que se repetía películas tras película, y algunos de ellos incluso profesaban distintas funciones en diferentes apartados. Valga el ejemplo de John “Bud” Cardos, que además de actor, ejerció de stunt, asistente del director y encargado de la segunda unidad, de manager de producción, productor asociado… y lo que hiciera falta[6]. Adamson declaró que para hacer una película le bastaba con un buen director de fotografía y un buen técnico de sonido y siempre trató de tener a gente competente en estos campos; en Five Bloody Graves de la fotografía se encargó Vilmos Zsigmond, con quien colaboró un par de veces más, y en otras ocasiones llegó a trabajar con otros prestigiosos técnicos como Lásló Kovács o Gary Graver[7].

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Five Bloody Graves trata el tan traído en el western tema de la venganza y lo hace por partida doble. Por un lado tenemos a Ben Thompson (Robert Dix), que busca al responsable de la muerte de su mujer, y por otro al indio yaqui Satago, que grita venganza contra (todo) el hombre blanco por matar a los animales que suponían el sustento de su raza, por haber expulsado a él y los suyos de sus tierras y confinarles en reservas, y por engañarlos con promesas incumplidas. Ambos están destinados a encontrase y sólo uno quedará en pie. En el recurso habitual de la voz en off al que aludíamos más arriba, de forma ingeniosa es en esta ocasión la muerte quien nos comenta los acontecimientos –contando como narrador con el veterano Gene Raymond-, pues ambos antagonistas buscan la muerte de su contrario y ésta será el destino de todo aquel que se cruce en el camino de uno y otro. La muerte se alza como un personaje más, inevitable destino con viaje sólo de ida al que el sin sentido de la venganza va a llevar. Más acorde con su tiempo que con los ejemplos más canónicos del género, Adamson conduce la trama a una resolución donde, lejos del final feliz, no hay lugar para la redención ni la catarsis.

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No faltan violaciones, matanzas –con algo de gore para alegrar a la audiencia-, e incluso un cierto erotismo, aunque muy light en este caso, al contrario de como ocurre en Las cachondas en el Oeste, donde el sexo campaba a sus anchas. Pero, y aunque ambos westerns presenten el estilo rápido y desmañado característico de su responsable[8], Five Bloody Graves denota un mayor cuidado, como si Adamson estuviera más a gusto e interesado con esta historia; incluso los personajes tienen algo más de fondo y el director parece cogerles afecto a algunos de ellos, sobre todo a los interpretados por actores del Hollywood clásico como el predicador Boone Hawkins que encarna John Carradine, un religioso que esconde un oscuro pasado y aún conserva no pocos vicios –alcoholismo, voyeurismo…-, y la madame Kansas Kelly a la que da vida Paula Raymond en su penúltimo papel para la pantalla[9]. Sin olvidar al dueño del burdel, Jim Wade, interpretado por un avejentado y entrado en kilos Scott Brady[10], alejado de la figura de beefcake que le caracterizara en la década de los cincuenta pero siguiendo con su tónica de tipo duro. En el cast tenemos además, por supuesto, a los sospechosos habituales: John “Bud” Cardos, Robert Dix o Ken Osborne[11], si bien en esta ocasión se echa en falta a la que fuera musa (y esposa) del realizador, Regina Carrol.

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La muerte, ese personaje esencial en Five Bloody Graves que deparaba un trágico final a sus protagonistas, también reservaría para Al Adamson un destino aún más bizarro que los que a él se le hubieran ocurrido en sus películas. Al igual que otro de los exploiters más recordados de los setenta como fuera Michael Findlay, Adamson tuvo un prematuro óbito al más puro estilo made in Hollywood cuando en 1995, ya retirado del cine, su cadáver apareció sepultado en cemento bajo el jacuzzi de su casa en Indio, Los Ángeles. Por lo visto, un albañil de nombre Fred Fulford, al que el director había contratado para unas reformas, había robado dinero de la casa, y tras una discusión al respecto mató de un golpe en la cabeza al cineasta. Fulford ocultó el cuerpo, sustrajo tarjetas y talonarios del fallecido y estuvo gastándose el dinero en Florida hasta que las autoridades dieron con él alertadas por la hermana del realizador. Genio y figura hasta la sepultura… y nunca mejor dicho.

Alfonso & Miguel Romero

[1] Producida y protagonizada por Judy McCrea, supuso la vuelta del padre de éste, la leyenda del western Joel McCrea, al séptimo arte tras su retiro con Duelo en la Alta Sierra (Ride the High Country, 1962) de Sam Peckinpah.

[2] Dentro de la sexploitation dominante a finales de los sesenta, se conocieron con el término de roughies aquellas cintas donde la violencia y el sexo, generalmente en un entorno urbano, se descargaba sobre la mujer por parte de tipos por lo habitual no muy en sus cabales. Filmes llenos de violaciones, vejaciones y demás lindezas con un tono bien sórdido. El film pionero en estas lindes es considerado The Defilers (1965), producido por Dan Sonney y David Friedman y dirigido por Lee Frost, basado libremente en la novela El coleccionista (1963) de John Fowles, llevada por cierto de forma oficial a la pantalla por William Wyler ese mismo 1965.

[3] Al igual que Female Bunch [vd/dvd: Grupo secreto, 1969], Las cachondas en el Oeste fue rodada en el rancho Spahn del tristemente célebre Charles Manson, que sirviera de escenario para no pocas películas de la época, como bien lo refleja Quentin Tarantino en Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood, 2019). Los terribles asesinatos cometidos por “la Familia” llevó a que ambos filmes de Adamson retrasaran sus estrenos: Female Bunch llegaría a las pantallas en 1971, mientras que Las cachondas en el Oeste lo hacía en 1974 con su director parapetado bajo el nombre de George Sheafer.

[4] Horror of the Blood Monsters –aka Creatures of the Prehistoric Planet, aka Horror Creatures of the Prehistoric Planet, aka Space Mission of the Lost Planet, aka Vampire Men of the Lost Planet– [tv: Space Mission of the Lost Planet; dvd: Monstruos hambrientos, 1970] aprovechaba metraje de una producción filipina en blanco y negro que Adamson tintó y remontó con escenas rodadas a color por él. El resultado ha sido comparado por algunos críticos con Plan 9 from Outer Space [tv/vd/dvd/bd: Plan 9 from outer space, 1959], de Ed Wood, la considerada “peor película de la Historia”.

[5] Uno de los primeros éxitos de Adamson fue Los sádicos de Satán (Satan’s Sadists, 1969), cinta de moteros protagonizada por Russ Tamblyn y Scott Brady y cuyo esquema argumental reutilizaría el director en la posterior Girls for Rent (1974).

[6] John “Bud” Cardos inició también una carrera como director, siempre enmarcado en la Serie B y el cine de género.

[7] Graver, quien trabajara en estas labores técnicas a las órdenes de Orson Welles, fue también uno de los más importantes directores porno de los setenta a los noventa, amparado bajo el pseudónimo de Robert McCallum; y dentro del cine exploitation, aquí firmando ya como Gary Graver, realizó también un puñado de títulos contando con la producción de Fred Olen Ray.

[8] Véase como ejemplo el ataque y derribo de la carreta de los viajeros por parte de los pieles rojas, donde no hay tensión de ningún tipo y todo se resuelve en un momento y reusando material de archivo.

[9] La Raymond se retiraría con esta película y sólo volvería a colocarse frente a las cámaras en un direct to video de 1993, el thriller Mind Twister [tv: Mentes retorcidas] a las órdenes de Fred Olen Ray, a quien podemos considerar un Al Adamson de la era del vídeo.

[10] Hermano menor del también actor Lawrence Tierney, con quien no se llevaba precisamente bien, Scott Brady es recordado sobre todo por sus apariciones en Johnny Guitar (Johnny Guitar, 1954) de Nicholas Ray y Los caballeros se casan con las morenas (Gentlemen Marry Brunettes, 1955) de Richard Sale. Pronto se encasilló en los westerns de Serie B y, si bien se acomodó en el mundo de la televisión, continuaría trabajando en cintas de pequeño presupuesto, muchas veces en la más pura y dura exploitation. Entre sus últimos trabajos para la gran pantalla sobresalen cintas de mayor envergadura como El síndrome de China (The China Syndrome, 1979) de James Bridges y Gremlins (Gremlins, 1984) del cinéfago Joe Dante.

[11] También acreditado en este film en tareas de maquillaje, Osborne firmaría en 1970 el western de violación y venganza Cain’s Cutthroats [vd/dvd: El camino de Caín, 1970], donde volvían a coincidir en el reparto John Carradine, Scott Brady y Robert Dix -quien además ejercía de asistente del director-.

Wicked Stepmother [vd/tv: La bruja de mi madre]

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Título original: Wicked Stepmother

Año: 1989 (Estados Unidos)

Director: Larry Cohen

Productores: Kathryn Sermak, Larry Cohen

Guionista: Larry Cohen

Fotografía: Bryan England

Música: Robert Folk

Intérpretes: Bette Davis (Miranda Pierpoint), Barbara Carrera (Priscilla), Colleen Camp (Jenny Fisher), Lionel Stander (Sam), David Rasche (Steve Fisher), Shawn Donahue (Mike), Tom Bosley (teniente MacIntosh), Richard Moll (Nathan Pringle), Evelyn Keyes (instructora brujeril), James Dixon (detective Flynn), Seymour Cassel (Feldshine, propietario de la tienda de magia), Susie Garrett (Mandy), Laurene Landon (Vanilla), Bob Goen, Robert Frank Telfer, Richard Duggan, Ernest Harada, Ed Vandell, Maxine Elliott Hicks, Helen Shaw, Eve Smith, Rose Parenti, Mary M. Egan, Jennifer Roach, Michael Kaufman, Laurie Main, Robert Dowdell, Dawn Mazzella, Christopher James Tylor, Robert Keller, James Garrick, Tony Torn…

Sinopsis: La policía irrumpe en una villa a requerimiento de la criada de la familia, que teme que algo le haya sucedido, sospechando de una anciana que entró a trabajar como cocinera. De hecho, la ley de varios estados sigue la pista de una mujer de las características descritas. Al fin, encuentran a la familia viva… dentro de una caja de zapatos, reducida de tamaño. Poco después, el matrimonio Fisher vuelve a casa de sus vacaciones y se encuentra con que el padre de ella se ha casado con Miranda, una anciana enigmática.

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Esta es la última película que interpretó Bette Davis y arrastra no poca polémica. Todo empezó cuando la mítica actriz exigió, con justicia, que el guion se reescribiera. Sin embargo, los responsables pasaron del tema, por lo que ella amenazó con abandonar el proyecto. Como siguieron sin hacerle caso, cogió y se fue. Parece ser que la idea inicial era reemplazarla por otra actriz, como Lucille Ball o Bea Arthur —la de Las chicas de oro—, pero al final Larry Cohen tuvo una brillantísima idea: como el personaje de Bette Davis es una bruja, por arte de un encantamiento se transforma en la despampanante Barbara Carrera. El guion no fue mejorado, ni mucho menos, en todo ese tiempo. Ocho meses después del estreno, Bette Davis moría, dejando este film como lamentable legado.

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Y es que cabe decir, sin más preámbulos, que Wicked Stepmother [vd/tv: La bruja de mi madre, 1989] es un absoluto desastre. Y es que el proyecto, desde el inicio, parece que estaba abocado al desastre, o más bien a la desvergüenza, pues la naturaleza del proyecto representa la clásica tomadura de pelo al espectador, a quien se engaña por medio del nombre de una gran estrella, y todo el film se levanta por la ley del mínimo esfuerzo. Lo más llamativo de todo es que, tratándose de una comedia, la película en su totalidad carece por completo de gracia, de chispa; cabe inferir que el mejor chiste es cuando Jenny Fisher echa de menos a su fallecida madre, comparándola con la usurpadora que ha conquistado a su padre, y vamos un par de fotos de la referida: se trata de Joan Crawford[1].

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Todo, pues, resulta forzado, soso, sin alma, y algunos de los actores tienden a actuar como suele ser habitual en las comedias mediocres, sobreactuando y haciendo muecas para intentar resultar graciosos. Incluso una actriz del nivel de Colleen Camp está sencillamente insoportable. Y es una verdadera lástima ver en este engendro a artistas de la talla de Lionel Stander —el mejor de todos, en cualquier caso, y el único que demuestra haberse divertido durante el rodaje—, Helen Hayes o la propia Bette Davis.

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El guion de Cohen, por lo demás, no hay por dónde cogerlo. Todo se centra en el modo en que Miranda/Priscilla se concentra/n en complicarle la vida a la familia Fisher ­—también hay cierto toque pedófilo en las atenciones que Barbara Carrera presta al niño de la familia, Mike—, al tiempo que busca el modo de hacerles conseguir dinero para luego esquilmarles, cuando queda obvio que ella/s misma/s podría/n ganarse la vida de tal manera, sin nadie de por medio. Da la impresión de que hay momentos en que el director de ¡Estoy vivo! intenta emular el tipo del humor de Blake Edwards en la saga de la Pantera Rosa, algo que el personaje del insoportable detective privado parece confirmar, pero es incapaz de concebir un gag con un mínimo de ingenio. Su puesta en escena está a la misma altura que su lamentable guion, con una planificación fría, sin alma, con espíritu de telefilm ramplón.

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Demuestra cierta contradicción para justificar la ausencia de Bette Davis, y es que ambas brujas, Miranda y Priscilla, no pueden utilizar su cuerpo humano simultáneamente: mientras una lo emplea, la otra debe vivir dentro del gato (o gata, según dicen en el film, si bien tiene nombre de macho, Pericles); aunque eso tendría coherencia si fuera un único cuerpo humano, no dos, pero en fin… Y en un momento determinado se ve cómo Bette Davis se desintegra en el interior de su habitación, para reaparecer en la entrada de la casa como Barbara Carrera; en otro, esta última confiesa a Lionel Stander que es su esposa. Eso, por no referir que la mediocre Barbara Carrera en todo momento interpreta intentando emular el estilo de la Davis. En definitiva, en unos momentos se insinúa que se trata de un único personaje, que ha cambiado de cuerpo, y en otros que son dos personalidades distintas. El film también está saturado de fallos de continuidad debido al constante remontaje que, sin duda, ha debido sufrir para reconciliar todos estos reajustes.

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El clímax final se desenvuelve por medio de unos efectos especiales de tercera, pero al menos exhiben cierto sabor artesanal, con algunos trucos de stop motion para las raíces del árbol vivientes, y se intentan disimular las transparencias haciendo refulgir los cuerpos de Barbara Carrera y Colleen Camp.

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De todas maneras, el resultado son noventa minutos que se hacen eternos. Y es que, cuando a Larry Cohen le daba por hacerse el gracioso, era cuando resultaba más terrorífico.

Carlos Díaz Maroto

[1] Otros chistes cinéfilos, un tanto fuera de contexto, dada la naturaleza del film, se dan cita a lo largo del metraje, como cuando en la oficina del detective este tiene sobre la mesa una estatua del Halcón Maltés. O guiños a Pesadilla en Elm Street, Viernes 13, Psicosis o El mago de Oz. O un plano donde, en una pared de Los Ángeles, distinguimos grandes efigies de estrellas como Humphrey Bogart, Marilyn Monroe… y Bette Davis, tras una mención de Jenny de que ve a Miranda por todas partes.

El monstruo del terror

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Título original: Die, Monster, Die!

Año: 1965 (Gran Bretaña, Estados Unidos)

Director: Daniel Haller

Productor: Pat Green

Guionista: Jerry Sohl, según el relato “The Colour Out of Space” de H. P. Lovecraft

Fotografía: Paul Beeson

Música: Don Banks

Intérpretes: Boris Karloff (Nahum Witley), Nick Adams (Stephen Reinhart), Freda Jackson (Letitia Witley), Suzan Farmer (Susan Witley), Terence de Marney (Merwyn), Patrick Magee (Dr. Henderson), Paul Farrell (Jason), Leslie Dwyer (Potter), Harold Goodwin (taxista; versión británica), Sydney Bromley (Pierce), Billy Milton (Henry), Sheila Raynor (Miss Bailey; versión británica), Gretchen Franklin (Miss Bailey), George Moon (taxista)…

Sinopsis: El norteamericano Stephen Reinhart llega a la localidad inglesa de Arkham para reunirse con Susan Witley, a la que conoció en la universidad. Pero una vez allí es recibido con hostilidad, tanto por parte de los lugareños como por los propios habitantes de la mansión Witley, donde parece que suceden cosas misteriosas…

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Desde que la AIP alcanzara un enorme éxito comercial con la excelente La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960, Roger Corman), la distribuidora fue ofreciendo periódicamente diversas adaptaciones de relatos del gran Edgar Allan Poe. Pese a que este escribió una buena cantidad de historias, imagino que, al final, no encontraron las suficientes como para seguir alimentando el ciclo (no solo abordado por Corman, sino por otra gente, como Gordon Hessler). En 1963 ya ofrecía The Haunted Palace [tv/dvd/bd: El palacio de los espíritus], que tomaba el título original de un poema de Poe[1], aunque la base real de la historia era la novela de H. P. Lovecraft El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward)[2].

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No sería esa la única vez que la AIP abordara al genio de Providence. Después nos ofreció el título que nos ocupa, al que siguió The Dunwich Horror [vd/tv: Terror en Dunwich, 1970, Daniel Haller][3]. El presente se basa en el relato “El color que cayó del cielo” (The Colour Out of Space), escrito por Lovecraft en marzo de 1927 y publicado en el número de septiembre de ese mismo año en la revista de ciencia ficción Amazing Stories. Se trata de un texto que ha influido a otros autores; así, una estupenda imitación del mismo se encuentra en “La distorsión que vino del espacio” (“The Distortion Out of Space”, 1934) de Francis Flagg[4]; una especie de mezcla entre el presente y La guerra de los mundos de H. G. Wells aparece en la gran novela corta “El árbol de saliva” (The Saliva Tree, 1965), de Brian W. Aldiss[5]; y una secuela directa la tenemos en la novela The Colour out of Time (1984), de Michael Shea, inédita en España.

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Como guionista de la presente versión tenemos al escritor Jerry Sohl[6], que también escribió para las series de televisión Dimensión desconocida, Alfred Hitchcock presenta, Rumbo a lo desconocido, Star Trek y Los invasores. Volvería a tocar en cierto modo a Lovecraft con la película La maldición del altar rojo (Curse of the Crimson Altar, 1968, Vernon Sewell), versión muy libre de “Los sueños en la casa de la bruja” (The Dreams in the Witch House)[7]. En esta ocasión, Sohl aprovecha el fondo argumental del relato –el meteorito y sus consecuencias– y construye una nueva historia alrededor de él, con un arranque que parece remitir al Drácula de Stoker, esto es, la llegada de un forastero a una localidad y cómo los lugareños muestran su temor ante su solicitud de ser llevado a una misteriosa mansión. Después, aprovecha, literalmente, el esqueleto narrativo de La caída de la casa Usher de Corman, pues el parecido es muy similar, con la llegada del protagonista a un terreno baldío –el guion de Matheson para Corman, a mi juicio, incorporaba ciertos elementos, precisamente, de este cuento de Lovecraft– y su requerimiento de ver a su prometida, siendo recibido de no muy buenos modos.

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El guion utiliza algunos dispositivos lovecraftianos, caso de ambientar la historia en Arkham, si bien aquí la localidad es trasladada al Reino Unido. Del mismo modo, el propietario de la granja –ahora una mansión señorial– ve su nombre, Nahum Gardner, convertido en Nahum Witley; Witley suena muy similar a Whateley, personaje de otro relato de Lovecraft, “El horror de Dunwich”. Pero después la trama se aparta un tanto de su referente originario, estando más próximo, como decía, del Poe filtrado por Corman. Y desarrolla una trama perezosa, que apenas avanza, para que el film alcance su, con todo, escaso metraje, incorporando elementos de terror tan pueriles como un esqueleto o murciélagos. Stephen Reinhart, el protagonista, en lugar de coger el toro por los cuernos, y exigir una explicación, se deja conducir por los personajes –nada más llegar él, la señora de la casa, oculta en la cama tras cortinajes, le explica algo relacionado con una criada que a él debería traerle al pairo, aunque luego tiene importancia con la trama, por supuesto–. Los efectos del meteorito –que se relacionan con la radiactividad– son muy distintos en los personajes, y a algunos de la casa parecen aquejar y a otros no.

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Con todo, el film se deja ver con simpatía, por un lado por su espléndida fotografía, así como por la suntuosidad de los decorados de la mansión: Daniel Haller, el realizador, fue con anterioridad director artístico para la AIP, y sus referentes profesionales tienen reflejo aquí, en lo que es su debut en la puesta en escena. Se le nota dubitativo, y fotografía con elegancia pero sin intensidad las situaciones, faltando nervio e inquietud en los resultados. Algunos encuadres poseen inusitada fuerza, como el de Boris Karloff apareciendo de detrás de una puerta, sin duda facilitado por el picado obligatorio que exige su situación en una silla de ruedas. Pero es indudable que se trata de un realizador sin la solvencia suficiente para crear una narración con atmósfera y potencia.

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El reparto luce con altura, con el protagonismo estelar del citado Boris Karloff, confinado ya en una silla de ruedas en las últimas películas de su carrera. El elemento norteamericano lo incorpora el simpático Nick Adams, quien había saltado a la fama con la serie del Oeste El rebelde (The Rebel; 1959-1961) y fue nominado al Oscar por su papel en Acusación de asesinato (Twilight of Honor, 1963, Boris Sagal); en su última etapa protagonizó varias películas japonesas de monstruos, y murió a los 36 años, víctima de una sobredosis de barbitúricos, que estaba tomando por un desorden nervioso. Se ofrecen roles secundarios para intérpretes tan efectivos como Freda Jackson, Terence de Marney y Patrick Magee, y cita a Suzan Farmer como “introducing”, cuando llevaba trabajando en cine y televisión desde 1958 –aparece, por ejemplo, en la hammeriana The Devil-Ship Pirates [tv/dvd: Los piratas del Diablo, 1964]–.

Carlos Díaz Maroto

[1] El poema fue publicado originalmente en el número de abril de la revista American Museum. Con posterioridad Poe lo incorporó dentro del relato “La caída de la casa Usher”.

[2] Escrita a principios de 1927, pero no se publicó hasta la muerte del escritor; de forma abreviada, en los números de mayo y julio de 1941 de Weird Tales, y completa en la antología publicada por Arkham House Beyond the Wall of Sleep (1943).

[3] Según el relato “El horror de Dunwich” (The Dunwich Horror), escrito en 1928 y publicado por primera vez en el número de abril de 1929 de Weird Tales.

[4] En la magnífica antología Legados macabros; recopilación de Michael Ashley. Buenos Aires: Lidiun, 1981. Series de fantasía y ciencia ficción; nº 12.

[5] En la recopilación El árbol de saliva; traducción de Edith Zilli. Barcelona: Edhasa, 1977. Colección: Nebulae (2ª época); nº 19.

[6] Como es norma, en España apenas se le ha publicado, teniendo solo las novelas Las haploides (The Haploids, 1952), La aguja del doctor Costigan/La aguja (Costigan’s Needle, 1953) y El hombre trascendente (The Trascendent Man, 1953), así como el relato “El séptimo orden” (The Seventh Order, 1952).

[7] Escrita entre enero y febrero de 1932, y publicada en el número de julio de 1933 de Weird Tales.

Published in: on agosto 12, 2019 at 6:20 am  Dejar un comentario  
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Critters: A New Binge

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Título original: Critters: A New Binge

Año: 2019 (Estados Unidos)

Director: Jordan Rubin

Productores: Peter Girardi, Jordan Rubin

Guionistas: Jordan Rubin, Jon Kaplan, Al Kaplan basándose en los personajes de Dominic Muir

Fotografía: Adam Sliwinski

Música: Jon Kaplan, Al Kaplan

Intérpretes: Kirsten Robek (Veronica), Stephi Chin-Salvo (Dana), Jocelyn Panton (Ellen Henderson), Christian Sloan (Holt), Joey Morgan (Christopher), Bzhaun Rhoden (Charlie), Alison Wandzura (Sheriff Miller)…

Sinopsis: Perseguidos por cazarrecompensas intergalácticos, los Critters regresan a la Tierra en una misión secreta. En el pasado dejaron a uno de sus miembros en nuestro planeta y ahora están convencidos que, tras recuperarlo, podrán dominar la galaxia. Mientras tanto, en la pequeña localidad californiana de Burbank, Chrisopher y Charlie, dos adolescentes inadaptados socialmente, se verán sin comerlo ni beberlo en medio del fuego cruzado entre los Krites y los mercenarios espaciales.

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La década de los ochenta supuso no sólo una revolución en el seno del cine comercial -los denominados como blockbusters y demás-, sino que albergó lo que un servidor suele denominar como “La edad de oro de los videoclubes”. Es verdad que mis palabras están cargadísimas de nostalgia hasta los topes por haber tenido la fortuna de vivir en primera persona aquella época, pero no es menos cierto que en el interior de dichos locales -auténticos templos consagrados al Séptimo Arte- se forjaron, además del criterio de muchos de nosotros, grandes mitos e iconos del género fantástico que han perdurado en la memoria de muchos aficionados al terror, la fantasía y la ciencia ficción a lo largo del tiempo. Algo que se reforzaba vertiginosamente con la presencia de aquellos espectaculares displays de cartón a tamaño real con Freddy Krueger, Jason Vorhees o los Payasos Asesinos del Espacio Exterior como estrellas principales, así como con los posters promocionales colgados de sus paredes. Era muy habitual también maravillarse ante la profusión de títulos que uno podía encontrar en sus estanterías. Estantes que se miraban y se remiraban con objeto de llevarse a casa la mejor película posible. Eran tiempos en los que herramientas tan habituales hoy día como internet no estaban al abasto de cualquier hijo de vecino (prácticamente eran un sueño inalcanzable más próximo a la sci-fi que a la realidad) y la forma más adecuada de atraer al futurible espectador era a través de la espectacularidad de sus carátulas. Portadas que ayudaron exponencialmente en la creación de esos mismos mitos a los que acabo de referirme y entre los cuales se encuentran los protagonistas de este texto: los Critters. En mi anterior artículo dedicado a estas voraces criaturas, primos lejanos de los divertidos Gremlins de Joe Dante, ya realicé un breve resumen del origen y trayectoria de su saga junto al análisis del último filme aparecido hasta la fecha, ¡Critters al ataque! (Critters Attack!, Bobby Miller, 2019), el cual supone el retorno de nuestros puercoespines espaciales favoritos tras un largo paréntesis de veintisiete años desde la anterior entrega. Sin embargo, no supone la única producción de los Krites aparecida este mismo año, ya que a principios de 2019 se anunció también el estreno de Critters: A New Binge (Critters: A New Binge, Jordan Rubin, 2019), una miniserie de ocho capítulos para Shudder, el servicio de transmisión de terror de AMC Networks.

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No obstante, el proyecto de una serie de televisión centrada en los Critters ya se remontaba al pasado año 2014, momento en el que saltaron los primeros rumores de un posible interés de Warner Bros de seguir las andanzas de los Krites[1], una de las muchas propiedades intelectuales que adquirió tras su fusión con New Line Cinema en 2008. Pocos detalles se publicaron salvo que dentro de las funciones de producción ejecutiva encontraríamos a Rupert Harvey y Barry Opper, quienes ya ocuparan puestos similares en la franquicia original. En cuanto al desarrollo de la serie, se dijo en primera instancia que recaería en las figuras de Michael Jelenic y Aaron Horvath, principales responsables del éxito infantil que supone la serie de animación Teen Titans Go! (2013-…). El proyecto se llevaría a cabo gracias a Blue Ribbon Content, una nueva división de la casa de los Looney Tunes especializada en el desarrollo y producción digital de series y cortometrajes. Sin embargo, nada más se supo hasta que, tras un largo silencio, la revista Variety anunció[2] que, tras cuatro años de negociaciones con Warner, Verizon llegaba a un acuerdo con Blue Ribbon para poder encargarse del proyecto, anticipando su nombre ya como Critters: A New Binge, con objeto de poder emitirlo en su servicio de streaming go90. Cuando dicha plataforma cerró definitivamente, la serie acabó recayendo en el citado Shudder de AMC Networks. “Han pasado más de treinta años desde que los Critters llegaron por primera vez a la gran pantalla y estamos increíblemente orgullosos de devolver esta saga clásica de culto a los fans. Shudder es la plataforma perfecta para esta nueva y divertida versión de esta peluda amenaza extraterrestre a la que todos gusta. Estamos comprometidos a ofrecer a los miembros de Shudder el mejor contenido de terror disponible y esta vez también estamos intentando hacer reír al público[3], afirmó Peter Girardi, vicepresidente ejecutivo de Blue Ribbon Content y vicepresidente ejecutivo de programación alternativa de Warner Bros Animation. Finalmente, la nueva aventura de los Krites tendría formato de serie de ocho capítulos de unos diez minutos de duración y los encargados de escribirla serían Jordan Rubin, Jon Kaplan y Al Kaplan, responsables de Zombeavers (Zombeavers, Jordan Rubin, 2014), una divertida y gamberra cinta Serie B sin apenas pretensiones protagonizada por unos salvajes castores zombis ávidos de carne fresca. Un producto verdaderamente loco que, teniendo sus más y sus menos, suponía una auténtica revisión de todos los tropos del género zombie. Eso sí, salpicados de un ácido humor negro, un guion absurdo a más no poder, chicas en topless, presupuesto escaso y un festival gore de sangre y vísceras al que poco más que pasar un buen rato se le podían exprimir a sus setenta y seis minutos de duración. Cabe señalar que dado a su marcado espíritu ochentero en cuanto a la mixtura de géneros en su tratamiento y el uso (eso ya debido a las limitaciones presupuestarias seguramente) de marionetas y animatronics, la elección de Rubin para dirigir un nuevo producto de los Critters no se antojaba a priori descabellada.

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En declaraciones para el portal “SlashFilm”[4], Rubin ya anticipaba muchos detalles de su nueva entrega de los Krites, tras un largo paréntesis en el cual parecían perdidos en el limbo de la nostalgia de los aficionados. De esta manera, el director de Zombeavers contaba que sus intenciones no eran las de resetear la saga, sino que su historia se enmarcaría como una posible continuación de las andanzas de tan voraces criaturas. Los Critters volverían a la Tierra debido a que en el pasado se dejaron a alguien de su especie en nuestro planeta. “Digamos que sucedió una impregnación. Hubo una cría que quedó atrás y ahora, que tal vez ha madurado, necesitan encontrarla porque creen que les ayudará a tomar el control de la galaxia”, afirmaba Rubin en tono burlón. Sin embargo, no serán los únicos visitantes ya que dos cazarrecompensas les seguirían la pista. ¿Qué es una historia de los Critters sin la presencia de los famosos cazarrecompensas espaciales? De esta forma, todos recaerían en la pequeña localidad californiana de Burbank donde cruzarían sus caminos con un grupo de adolescentes. Sin aclarar o no si todo formaría parte del mismo canon que el resto de entregas (o, cómo mínimo, de las dos últimas), el joven realizador sólo pudo jugar al despiste defendiendo que su historia es una historia independiente de unas criaturas ya existentes y que nos visitaron en el pasado. ¿Cuándo? No se sabe. Por otro lado, también desveló que no participaría nadie visto en entregas anteriores ya que no serían ni Ug ni Lee los bounty hunters tras los Krites y tampoco veríamos al sempiterno Don Opper en su papel como Charlie. Recordemos que, además de ser uno de los creadores del film original y hermano de uno de los productores, Opper apareció en los cuatro primeros filmes de los que se compone la saga.

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En lo referido a temas de producción, ofrecía una de cal y otra de arena a los fans. Es decir, para alivio de muchos confirmó que los Critters serían marionetas (sobra decir que nadie en su sano juicio quiere ver un krite realizado con CGI), pero la parte negativa (o menos positiva del asunto) es que las negociaciones con los hermanos Chiodo (padres conceptuales de nuestras criaturas favoritas) no llegaron a buen término por problemas de agenda y sobre todo presupuestarios. No se pudo llegar a un acuerdo. Una lamentable noticia ya que hubiera sido magnífico contar con ellos. Las cotas más altas de la saga fueron gracias a su don con la animatrónica. Pese a ello, las primeras imágenes de rodaje publicadas por “InfamousHorrors”[5] ratificaban no sólo la utilización de puppets, resaltando esos efectos prácticos que tanto nos gustan, sino que pintaban verdaderamente bien (verlo en movimiento después ya sería harina de otro costal) y, además de mostrarnos los props de las destructivas armas de los nuevos mercenarios sin rostro, nos desvelaban que se personalizaría a algunos de los Krites, que habría incluso un nivel de casquería aceptable y que también haría acto de presencia la popular bola de Critters que Mike Garris y compañía presentaron en Critters 2 (Critters 2: The Main Course, 1988). Dichas marionetas se confeccionarían en los SFX Studios de Vancouver por el equipo de Joel Echaller y coordinado por el marionetista Glenn Williams. “Realmente me divertí mucho dando vida a todos los Critters principales de la serie. Fue un placer trabajar con Jordan Rubin, que ayudó a que los Critters cobrasen vida. La historia es muy divertida y emocionante, con giros de guion imprevistos y personajes increíbles con los que los fans, los veteranos y los recién llegados, realmente disfrutarán. Joel Echaller y su increíble equipo de SFX Studios Inc han creado unos bichos que cautivarán a la audiencia, ya sea con sus nuevos personajes y el resto del reparto[6], afirma en su página web.

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Naturalmente, el reparto de una producción de estas características, es decir, de bajo presupuesto para una plataforma digital (a lo que un servidor añadiría que responde a lo que mandan los cánones de la saga), es prácticamente desconocido. Sobresale la presencia del cómico y actor de doblaje Gilbert Gottfried. Profesional de dilatada carrera, que comenzara en el mítico show Saturday Night Live (auténtica cantera del humor creada por Lorne Michaels en 1975 y de la que salieron grandes figuras como Chevy Chase, Dan Aykroyd o John Belushi, entre muchísimas más) y al que hemos podido ver en comedias familiares como Este chico es un demonio (Problem Child, Dennis Dugan, 1990) o en filmes de culto como Las aventuras de Ford Fairlane (The Adventures of Ford Fairlane, Renny Harlin, 1990) interpretando al zafio locutor de radio Johnny Crunch. Su frase “Gano el guarro con qué guarro”, en su versión doblada al castellano, es una de las frases más recordadas de la cinta del director de La isla de las cabezas cortadas (Cutthroat Island, Renny Harlin, 1996). Gottfried posee en su haber una larga trayectoria como doblador en títulos tan llamativos como la versión animada de Disney Aladdin (Aladdin, Ron Clements & John Musker, 1992), poniendo voz al sarcástico loro del malvado Jafar, Iago, tanto en el filme como en sus secuelas de “directo a video” y posterior serie de televisión. Presó su voz también a Mister Mxyzptlk, el villano del Hombre de Acero procedente de la quinta dimensión, en la serie de animación dedicada a Superman a mediados de los 90, participando también en multitud de productos televisivos de “La Casa del ratón Mickey” o programas para la MTV como Beavis and Butthead o The Ren & Stimpy Show.  Sin duda, la única cara reconocible en un cast conformado por actores de segunda o tercera como Joey Morgan (Zombie Camp [Scouts Guide to the Zombie Apocalypse, Christopher Landon, 2015]), Stephi Chin-Salvo (iZombie [iZombie, 2015-2019]), Bzhaun Rhoden (Van Helsing [Van Helsing, 2017-2018]), Kirsten Robek (Sobrenatural [Supernatural, 2008-2015]) o Thomas Lennon (Puppet Master: The Littlest Reich, Sonny Laguna, Tommy Wiklund, 2018). Sinceramente, una pena el no contar con alguna de las caras vistas en el transcurso de la saga original, a diferencia del proyecto paralelo de los Krites que se rodaba en Sudáfrica, ¡Critters al ataque!, que sí contaba con el retorno de una musa del fantástico como es Dee Wallace, la cual participó en la seminal Critters (Critters, Stephen Hereck, 1986) y que, en los últimos tiempos, parece cada vez más ligada a este tipo de producciones.

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Centrándonos ya en el producto final, como se ha comentado antes, la serie comienza con el regreso de nuestros bichos carnívoros favoritos a la Tierra. En lo que ellos denominan como “misión de rescate”, aterrizarán en la pequeña localidad californiana de Burbank con tal de encontrar a ese miembro que “dejaron olvidado” en el pasado. Sin embargo, no todo será un camino de rosas ya que la nave de unos cazarrecompensas intergalácticos los persigue. Afortunadamente logran deshacerse de ellos y éstos se ven forzados a aterrizar de emergencia en la lejana Australia. En mitad de esto, ignorando todo peligro, Christopher y su amigo Charlie son dos nerds, dos inadaptados sociales, que acabarán cruzándose en el camino de nuestros visitantes. A priori, la esencia de la saga está presente; es decir, nuestro planeta recibe la visita de unas peligrosas criaturas, otra especie extraterrestre las persigue con tal de aniquilarlas y ambas acaban en una pequeña localidad estadounidense irrumpiendo como una apisonadora en la vida de individuos anodinos que tendrán que hacer acopio de valor para salir bien parados de tal situación. Al respecto, Rubin y los hermanos Kaplan han realizado bien sus deberes. De hecho, ya no es sólo de agradecer que intenten darles un background a los personajes principales describiendo con cuatro pinceladas, más bien rasgos únicos, sus propias idiosincrasias, sino que han personalizado a muchas de las marionetas dándole a los Krites su intransferible personalidad. De esto modo tenemos al presidente de los Critters (ataviado con una corbata y sus espinas engominadas hacia atrás), a su esposa (con vestido de Primera Dama y todo) o al piloto con unas gafas de aviador a juego. Incluso hablan entre ellos, como ya ocurría en las películas originales, y sus interacciones dan lugar a momentos cómicos. El recurso del Krite como alivio cómico no se queda aquí, ya que, por un lado, es recurrente el gag en el que el presidente intenta mantener a raya el hambre de sus compañeros (algo que acabará siempre de forma tragicómica, sobre todo para la víctima de estas hambrientas criaturas) y, por el otro, algunos de estos bichos protagonizan escenas que parodian a filmes míticos de ciencia ficción, al más puro estilo de las spoof movies de antaño, como Matrix (The Matrix, Lana Wachowski, Lilly Wachowski, 1999) o Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984). Sin embargo, y pese a que los efectos son prácticos y la famosa bola de gigante de Critters acaba apareciendo, la animación, el movimiento de los Krites es más bien pobre y se limitan a ser marionetas de mano manipuladas por un operador fuera de plano. En realidad, no difiere demasiado, en cuanto a la técnica, a cómo se veían los bichejos en la película de 1986, pero claro, estamos en 2019 y ciertamente se esperaba algo más. Pero no todo es negativo al respecto ya que las marionetas, de las cuales se ven una gran variedad, están realmente bien esculpidas y muy logradas. ¡No hay duda de que son Krites y que muerden! No podemos decir lo mismo de los FX empleados para los cazarrecompensas cambia-caras porque el uso del chroma key, tanto para las transformaciones como para algunas de sus escenas, es realmente cochambroso siendo amables.

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A nivel argumental la cosa no mejora. Pese a ser una miniserie, Rubin afirmó que la había rodado como si de una película se tratase. Todos los capítulos, del tirón, no alcanzan siquiera la hora y media de duración. El final de cada episodio acaba con un cliffhanger que invita a seguir avanzando, lo cual le otorga ese aire pulp que, en mi opinión, parece que se persigue. Sin embargo, a semejanza de lo que ocurría en su ópera prima, Zombeavers, la historia discurre desde una trama tópica y típica, tanto para la saga en cuestión como para cualquier producto de esta índole, para acabar virando hacia un desenlace nada reñido con lo absurdo y lo bizarro. Incluso el terror se deja de lado -aunque bien pensado, ¿ha sido alguna vez Critters una franquicia de terror?– y vira directamente hacia la comedia negra con aires surrealistas. Básicamente, Critters: A New Binge es un cómic en el que nos hartaremos de ver malas actuaciones de su elenco, personajes estereotipados definidos con esos rasgos únicos que he mencionado antes con objeto de que los podamos reconocer y unos efectos prácticos y escenarios de saldo que finalmente comportan un entretenimiento muy básico, pero muy alejado de las cotas de calidad de la última entrega de los Krites, Critters 4: They are Invading Your Space [vd/dvd/bd: Critters 4, Rupert Harvey, 1992], teniendo en cuenta de que ésta es la peor de las películas de la franquicia clásica hasta la llegada de ¡Critters al ataque! y la miniserie de la que estamos hablando. Lo cual me lleva a afirmar, siempre bajo la humilde opinión de quien suscribe estas palabras, que los Critters de Jordan Rubin no dejan de ser un subproducto que posiblemente la saga no merezca. Si a ello sumamos la mencionada última cinta, y teniendo en cuenta de que Warner Bros (bajo diferentes divisiones) está tras ambos proyectos, un servidor no entiende cómo no se ha realizado una producción más potente con un material tan atractivo. Un material que a priori cuenta con el interés de muchos aficionados a las cintas de los ochenta y noventa y con las ganas del fandom más generalista de poder ver una entrega de estos carismáticos puercoespines intergalácticos que se ganaron a pulso los corazones de muchos de nosotros. Critters: A New Binge desgraciadamente es un producto hecho con prisas, con cuatro duros, que sólo podrá gustar a aquellos fanáticos de los Krites, porque para el resto de posibles espectadores fuera de ese nicho es más que probable que les decepcione. Sobre todo, si llegan atraídos por el factor nostalgia. En definitiva, me resisto a denominarlo como producto fallido (o totalmente fallido) ya que encontramos ideas buenas e interesantes, pero que al llevarlas a la pantalla puede que no funcionen como debían creer sus responsables que funcionarían. Una serie con un ritmo verdaderamente trepidante, no paran de pasar cosas, pero que se queda a medias. Realmente una pena. Lo positivo del asunto es que los Critters han vuelto y parece que para quedarse. Planes de futuro hay para la franquicia. Sólo resta que aprendan de los errores y podamos disfrutar en un futuro de una buena cinta de los Krites. ¿Quién se apunta?

José Manuel Sarabia

[1] https://bloody-disgusting.com/home-video/3318203/critters-returning-earth/

[2] https://variety.com/2018/tv/news/critters-series-conan-obrien-go90-1202659582/amp/?__twitter_impression=true

[3] https://bloody-disgusting.com/tv/3548904/trailer-brand-new-series-critters-new-binge-taking-bite-shudder-march/

[4] https://www.slashfilm.com/critters-the-new-binge-interview/

[5] https://www.infamoushorrors.com/2018/12/17/critters-a-new-binge-is-still-happening-we-have-the-very-first-behind-the-scenes-photos/

[6] http://www.glennwilliams.ca/index.html

It’s Alive III: Island of the Alive [vd/dvd: La isla de los vivos]

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Título original: It’s Alive III: Island of the Alive

Año: 1987 (Estados Unidos)

Director: Larry Cohen

Productor: Paul Stader

Guionista: Larry Cohen

Fotografía: Daniel Pearl

Música: Laurie Johnson

Intérpretes: Michael Moriarty (Stephen Jarvis), Karen Black (Ellen Jarvis), Laurene Landon (Sally), James Dixon (teniente Perkins), Gerrit Graham (Ralston), Macdonald Carey (juez Watson), Neal Israel (Dr. Brewster), Art Lund (Dr. Swenson), Ann Dane (Dr. Morrell), William Watson (Cabot), C.L. Sussex (Hunter), Patch Mackenzie (Robbins), Rick Garia (Tony), Carlos Palomino, Tony Abatemarco (cubanos), Gladys Portugues, Joanne Lara (camareras), Bobby Ramsen, Jill Gatsby, Kevin O’Connor, John Woehrle, Lauri Riley, Marilyn Staley, Mitchell Edmonds, Elizabeth Sanders, Richard Duggan, Steven Alan Green, Kathleen Conway, Lynda Clark, Dan Rycerz, Edward Shils, Charles Vandergrift III, Jackie Swanson, Katja Crosby, Paul Stader Jr., Michael Reingold, Dawn Wildsmith…

Sinopsis: Por orden judicial, todos los bebés mutantes nacidos por el empleo de un producto anticonceptivo son enviados a una isla desierta. Años después, Stephen Jarvis, el padre de uno de los niños, es contratado por un grupo de científicos que deciden cazar a uno de ellos en la isla para analizarlos, estudiarlos y ver cómo evolucionan.

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Larry Cohen había conocido al veterano André de Toth (1913-2002) durante la colaboración de ambos en El cóndor (El condor, 1970, John Guillermin), en la cual Cohen era el guionista y De Toth el productor. Desde entonces ambos hombres se mantenían en contacto y en muy buena relación, y a mediados de los 80 andaban juntos tramando un remake de la película más famosa del cineasta de origen húngaro: Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953). En esta ocasión, André de Toth iba a ejercer (de nuevo, como en El condor) de productor, y la dirección y el guion iban a ser de Cohen, que proponía una historia muy parecida a la de la película original que protagonizó Vincent Price, solo que añadiendo elementos de meta-cine, ya que en esta ocasión el escultor de las figuras de cera fabricaba muy realistas figuras de grandes estrellas de Hollywood, como Marilyn Monroe o Humphrey Bogart, según contaba el propio Cohen en su biografía en forma de entrevistas Larry Cohen: The Stuff of Gods and Monsters (BearManor Media, 2015). Intentaron venderle la idea a Warner Bros, propietaria de los derechos de la película de 1953, pero el estudio no estuvo interesado, con lo que éste pasó a la larga lista de proyectos nunca realizados. En cambio, los ejecutivos de la productora de Burbank le propusieron a Cohen una colaboración con Warner Home Video, su división de producciones directas para el mercado doméstico a la que le interesaba sobre todo distribuir secuelas. Cohen aceptó, a condición de que le financiasen no una, sino dos películas, que rodaría prácticamente en paralelo. Y de ese acuerdo surgieron tanto A Return to Salem’s Lot [vd/dvd: Regreso a Salem’s Lot, 1987] como It’s Alive III: Island of the Alive [vd/dvd: La isla de los vivos, 1987]. No era la primera vez que Larry Cohen mutualizaba dos rodajes, ya en 1984 lo había hecho con Special Effects [tv/vd/dvd: Efectos especiales] y Sin salida (Perfect Strangers). En palabras del cineasta: “con lo que estaban pagando por película, la única manera de que te salieran los números era venderles dos procurando que a ti te costase hacerlas solo como una y media[1]. Así que ambas duplas coinciden en la reutilización de buena parte de reparto, equipo técnico e incluso localizaciones.

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Si iba a volver al mundo de bebés mutantes, tenía que ser para darle a la historia una conclusión”, dice Cohen en la antecitada biografía, y eso es exactamente La isla de los vivos. Retomamos la historia unos años después de donde la dejamos en It Lives Again [vd/dvd: Sigue vivo, 1978]. Las medidas de “contención” al fenómeno del nacimiento de bebés monstruosos no han funcionado, se entiende que las feroces criaturas han continuado viniendo al mundo, y que la opinión pública ya está perfectamente al corriente. El prólogo de la película, que es una de sus mejores escenas, lo resume estupendamente: una mujer va a dar a luz en un taxi con ayuda de un policía, que nada más ver al recién venido al mundo, justo antes de morir, grita con horror: “¡Es uno de ellos!”. El miedo se ha extendido entre la población, las familias afectadas se sienten señaladas, y salen acusatoriamente en televisión como si fueran culpables de un pecado. Mientras tanto, un caso ha llegado ya a los Tribunales: frente al Estado representado por la fiscalía (Gerrit Graham, el inolvidable Beef de El Fantasma del paraíso) que pide sacrificar a los mutantes como animales rabiosos, Stephen Jarvis (Michael Moriarty), el padre de uno de estos niños mutantes, defiende su inocencia y su derecho a la vida como bebés. El juicio es con diferencia la mejor escena de la película, la más icónica, la única que realmente recuerdas cuando han pasado muchos años desde que viste la película. El fiscal trata de valerse de un cruel ardid: trae al propio hijo de Jarvis a la sala, y le reta a que “si es su inocente bebé”, que lo coja. Pero el tiro le sale por la culata, ya que Jarvis, en un momento de claro entendimiento y compenetración con la criatura, consigue manejarla y convencer al juez (experimentado, excelente y muy característico secundario Macdonald Carey) de su inteligencia e indefensión, y consigue que éste dictamine su derecho a la vida: en lugar de matarlos, se les transportará a un islote desierto en donde vivan y crezcan en libertad, sin que nadie se meta con ellos, pero sin que puedan hacer daño tampoco.

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El 2 de octubre de 1985 había muerto Rock Hudson, convirtiéndose en la primera estrella internacional que moría víctima del SIDA, y aquello había puesto la enfermedad en la portada de todos los medios, que hasta entonces lo habían tapado, en cierta medida, por ser una enfermedad que parecía afectar solo al “submundo”. Lo que muestra la primera media hora de La isla de los vivos es el comentario de Larry Cohen acerca de lo que está viendo a su alrededor. Los padres de los bebés mutantes representan a los enfermos de SIDA, sobre los que la sociedad, temerosa al no saberse todavía demasiado sobre la enfermedad y su contagio, aplica un cordón sanitario a base de discriminación y hostilidad. Hay un momento en que Stephen Jarvis entabla una relación con una prostituta (la scream queen Laurene Landon). Todo va bien, ella está disfrutando de la compañía del hombre, su cara le resulta familiar, pero él es actor de comerciales, por lo que tal vez se deba a eso. Entonces, de pura casualidad averigua que él es el Stephen Jarvis “padre del monstruo”, y su actitud cambia. Aterrada, se desespera al pensar que ha mantenido sexo con él (¿puede acaso lo de tener hijos monstruosos ser contagioso?), y le acusa de degenerado. “Degenerado”, la acusación que se les lanzaba a las víctimas del SIDA cuando todavía había sectores ultracatólicos que pensaban que se trataba del castigo ideado por dios para sodomitas y viciosos.

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La salomónica solución judicial en sí, carente de espíritu jurídico verosímil, asemeja a la práctica histórica de aislar a los enfermos en leproserías. En una encuesta realizada en los Estados Unidos a mediados de los 80, casi el 50% de la población creía conveniente que los enfermos de SIDA tuvieran tratamientos en alas aparte en los hospitales. Y porcentajes muy similares señalaban que tendrían serias reticencias si tuvieran que trabajar con alguien enfermo con este síndrome. Como alegato en favor de aquellas personas, diré que por entonces aún no se conocía el grado de dificultad exacto de propagación de la enfermedad, y había toda clase de leyendas sobre contagios por besos, por compartir vasos o por haber rozado la herida de un enfermo con la piel desnuda. Hoy sabemos que nada de eso contagia el SIDA, pero el ser humano es tan peligroso cuando no sabe que cuando es vil. En La isla de los vivos Stephen Jarvis lo ha perdido todo, marcado como un apestado, proscrito para siempre. No falta tampoco el comentario crítico sobre la mercantilización del sufrimiento y la vida privada, tanto en los programas televisivos de tipo talk show (no es difícil imaginar los carteles sobreimpresos, tan típicos de estos formatos, que le pondrían desde producción a un hombre con la historia de Stephen Jarvis) como en el mercado editorial que busca las memorias con salseo o carnaza.

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Lamentablemente, todo esto que merece la pena de It’s Alive III tiene lugar en sus primeros veinticinco minutos de metraje, el tramo que sigue la línea sucesoria sobre lo visto en Estoy vivo y Sigue vivo, con sus subtextos sociales y escenas tan emblemáticas como el prólogo, el juicio o Jarvis con la prostituta. A partir de ese momento, la película entra en barrena y no vuelve a recuperarse, resistiéndose a cualquier intento por mi parte de rescatar alguna idea que pudiera resultar de interés, o alguna escena que pudiera suscitar emoción.

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Los bebés crecen en su particular “Parque Jurásico”, no en vano ambas películas se filmaron en la misma isla del archipiélago hawaiano: Kauai. Unos tipos pagados por la farmacéutica y encabezados por el siempre característico William Watson, actor especializado en villanos que además vivía por entonces en Hawai, tratan de buscar a las abandonadas criaturas con muy malas intenciones, en la que es una de las peores y más tontas escenas de toda la película. Naturalmente, encuentran una muerte merecidamente atroz. A continuación, nos enteramos de que el juez que puso a salvo a los mutantes ha fallecido, y a raíz de eso también desde el gobierno se plantean una expedición a la isla, solo para comprobar cómo va todo. A este viaje se apunta nuestro protagonista, por supuesto. Una vez allí, en otra escena nuevamente muy tonta, los mutantes acaban con la expedición y les roban el barco, con papá Jarvis (no olvidemos, uno de los monstruos es su hijo) de prisionero/invitado. Los mutantes se dirigen a Florida, cuando lleguen a la costa sin duda habrá un baño de sangre, y solo el protagonista podrá evitarlo, con alguna ayuda totalmente inesperada.

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Lo primero que pierde el tono en la película es el género, que deriva vagamente hacia el cine de aventuras ligeras con ráfagas gore cuando atacan los monstruitos, y abrazándose a un sentido del humor negro que permanece exacerbado todo el metraje, mucho más que en las anteriores películas. Este sentido del humor descansa esencialmente en el personaje protagónico de Jarvis y su continuo sarcasmo, sustanciado en una interpretación de Michael Moriarty muy pasado de rosca, lejos de su excelente papel en La serpiente voladora (Q, 1982). Michael Moriarty sería la mejor encarnación del héroe “coheniano”, llegando a colaborar con el director hasta en cinco ocasiones. A La serpiente voladora le había seguido In Natural (The Stuff, 1985), y también estaba en Regreso a Salem’s Lot, la película hermanada con La isla de los vivos. La quinta colaboración ya fue mucho después, en el episodio de la serie Masters of Horror que dirigió Cohen: Trayecto al infierno (Pick Me Up, 2005). Dice Moriarty que le gustaba trabajar con Larry Cohen sobre todo por su sentido del humor, que era al parecer muy parecido al suyo. En La isla de los vivos, Cohen le deja hacer lo que quiera, incluso cantar sin venir a cuento (Michael Moriarty tiene como principal afición, o como segunda carrera, la música), y el actor abusa, seguramente consciente de que el material que tiene entre manos es malo, y tratando al menos de sacarle diversión. El resultado dista mucho de lo que probablemente era su idea, y su personaje acaba resultando un tanto cargante.

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La isla de los vivos falla estrepitosamente justo en todas las escenas en la susodicha isla. El pulso aventuresco no lo tiene, y tampoco funciona como monster movie, ya que los mutantes parecen extras de un capítulo de la serie original de Star Trek. Aunque en el primer tramo de la película se conserva el diseño de Rick Baker para los bebés de las anteriores películas, cuando éstos crecen son reemplazados por enanos culturistas con prótesis y mucho maquillaje. Cuentan siempre la misma anécdota, de cómo uno de estos especialistas casi se ahoga en la escena en que uno de los mutantes ataca a Neil Israel (que aquí es actor, pero al que conocíamos como director de “clásicos” como Loca academia de conductores o guionista de Escuela de genios o Loca academia de policía) mientras se baña en una catarata: el peso de las prótesis bajo el agua tiró del hombre hacia abajo, y al final fue el propio Israel quien en lugar de víctima, tuvo que bucear para rescatarlo. Respecto a las escenas en las que las criaturas son bebés, por otro lado, aquí están resueltas mediante secuencias en stop-motion, de un nivel técnico muy dudoso, más bien burdo, pero no exento de (involuntaria) gracia.

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Imperdonablemente no mencioné todavía a la estrella más importante de la película: Karen Black (La trama de Hitchcock, Pesadilla diabólica, Invasores de Marte versión Hooper, Trilogía de terror, etc). Este descuido mío se debe a que en realidad aquí su papel es meramente secundario. Seguramente porque era la que tenía el caché más caro (más que Moriarty, por ejemplo), tiene pocas escenas en toda la película. Y todavía existe un montaje de la película en el que aún falta una de ellas (y la escena de Moriarty con Laurene Landon también es más corta). Aquí, de rubia, interpreta a la ex mujer de Stephen Jarvis, madre por lo tanto de uno de los monstruos. Personaje poco elaborado, entendemos que está en una especie de bloqueo, entre el dolor y la culpa, del que no sale hasta la escena final. Otros actores cuyas caras pueden sonarnos (y recuerden que ya mencioné a Macdonald Carey) es el de James Dixon, el único actor que sale en las tres películas de la serie interpretando al mismo policía. Y como anécdota, tiene un cameo Elizabeth Sanders, la esposa de Bob Kane, el creador de Batman.

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El final es un correcalles, con mutantes no tan malos como cabría esperarse, y un desenlace insólitamente feliz (dentro de lo que cabe), que rompe con la tendencia de las anteriores películas y nos deja con una imagen de esperanza. El papel que juega Cuba en cierto momento de la trama, por cierto, todavía no me lo explico. Según el propio Larry Cohen: “La película habla de cómo juzgamos y decidimos quién es el enemigo. Este es bueno, ese es malo. (…) Esta idea está alineada con la intervención de los cubanos, que se supone que son los malos, son peligrosos. A los estadounidenses nos cuentan todo el rato que son nuestros enemigos.” Hasta cierto punto, compro la idea: el gobierno cubano vendría a ser una suerte de analogía de aquello que, como los propios bebés mutantes o como sus familiares, nos hacen sentir amenazados por meros prejuicios. Pero al mismo tiempo, el mismo hombre que en sus películas pone en duda al sistema y sus agentes, parece venir a indicar que tal vez estamos siendo injustos respecto a esos mismos agentes precisamente en el caso totalitario de un régimen como el cubano. ¿O es que, señor Cohen, solo tiene críticas y escepticismo con los sistemas democráticos?

En conclusión: La isla de los vivos da perfectamente la medida de lo mejor de Larry Cohen en su primer tercio, y de lo peor en el resto; pero en cualquier caso cierra una historia que habíamos empezado a conocer trece años antes.

Javier Ludeña Fernández

[1] Todas las declaraciones del presente texto están sacadas del citado Larry Cohen: The Stuff of Gods and Monsters.

Un, dos, tres… al escondite inglés

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Título original: Un, dos, tres… al escondite inglés

Año: 1970 (España)

Directores: Iván Zulueta, José Luis Borau

Productor: José Luis Borau

Guionistas: Iván Zulueta, Jaime Chávarri

Fotografía: Luis Cuadrado

Música: Antonio Pérez Olea, Carmen Santonja, Gloria Van Aerssen

Intérpretes: Patty Shepard (Patty), Judy Stephen (Judy), Mercedes Juste (Justa), Tina Sáinz (Tina), José María Íñigo (Rosco/él mismo), Antonio Drove (Antonio), Ramón Pons (Gasset), Carlos Garrido (Carlos), María Isbert (Isberta), Los Pop Tops, Los Ángeles, Los Beta, Los Buenos, Fórmula V, Henry y Los Seven, Los Íberos, Ismael, Los Mitos, Shelley y Nueva Generación, The End…

Sinopsis: Un grupo de jóvenes que se reúnen en una tienda de discos y son amantes del pop británico intentan boicotear el famoso festival internacional Mundo Canal. Su objetivo es que ningún grupo moderno español del momento participe como concursante…

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Si bien es cierto que el cine pop español -nos referimos a aquellos filmes que versen durante gran parte de su metraje sobre la también denominada música moderna- no tiene un alto cupo de títulos destacables, no es menos verdad que ese mismo panorama sirvió para allanar el camino a otras propuestas que, ya fuera por lucir una factura técnica notable, o simplemente por evitar la habitual vergüenza ajena que producen tantos otros de sus exponentes, han quedado perfectamente visibilizados para un público no familiarizado a priori con este tipo de psicotronías cinéfilas. Este último podría ser el caso de Un, dos, tres… al escondite inglés (Iván Zulueta, 1970). Si a todo ello le unimos la popularidad por encima de la media de su director -aunque solo sea por ese Arrebato (1979) fílmico incontestable-, ya tenemos la clave del por qué esta curiosa película musical suele aparecer como una de las gemas del cine pop español. Al menos en esos estudios donde solo se presta atención a lo superficial en detrimento del conjunto.

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Posiblemente estemos ante la película que más grupos y canciones del momento consigue aglutinar; no solo en cantidad, también en calidad, pues la selección musical es impecable y la mezcla del sonido exquisita (tomando como vara de medir los estándares tecnológicos de 1970 en España, año de su estreno). Tampoco le puede negar nadie el mérito de contar con una extensa sucesión de videoclips musicales muy imaginativos y mejor rodados. No seré yo quien saque a colación la escasa sensibilidad pop del multidisciplinar artista Iván Zulueta; algo impensable a tenor de lo demostrado en su amplia experiencia como cartelista de cine –sin ir más lejos, Zulueta fue el encargado de construir los warholianos decorados que aparecen en Un, dos, tres… al escondite inglés– o su aportación como director y guionista en un programa televisivo de/para jovencitos españoles de finales de los sesenta como Último grito (1968-1970). Ahora bien, de ahí a clasificarla como la única cinta destacable de este tipo de cine creo que es errar en gran parte la valoración de sus cualidades. Si de guiones incoherentes, delirios cercanos a la risa involuntaria o pastiches que no llegan a cuajar del todo es de lo que estamos hablando, esta película del malogrado director donostiarra lleva muchas papeletas para poder incluirla dentro del saco.

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La premisa argumental parte de una feliz idea: en un popular programa de televisión se presenta la canción “Mentira, mentira” que ha de representar a España en el festival de Mundo Canal. La carrera por elegir al artista que la interprete no ha hecho más que comenzar. Pisa terreno firme Zulueta para este comienzo; un plató televisivo no muy distinto al de Último grito, un festival de la canción tan caro a este periodo como podría ser el de Eurovisión, o el de San Remo, o el de Benidorm… eso sí, con un nombre bastante más divertido. Al conocer la noticia, un grupo de jóvenes que frecuentan una tienda de discos en bancarrota (Patty Shepard, Judy Stephen, Mercedes Juste, Tina Sáinz, José María Íñigo, Antonio Drove, Ramón Pons) se marcan como objetivo boicotear la elección del artista, llegando al extremo de atentar contra los posibles candidatos mediante la explosión de unos extraños globos envenenados. Este radical grupo de frikis musicales, amantes a ultranza de la British Invasion, a ratos parecen tener más que ver con la juventud maoísta que retrató Jean-Luc Godard en La Chinoise (1967) que con la naíf y ye-yé muchachada española de estos años, aunque, en el fondo, el argumento no está exento de un tono marcadamente tebeístico en la frontera de la comedia más absurda y gratuita.

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Este tipo de historieta admite sin embargo gran cantidad de perlas musicales, set pieces musicadas donde el director de Arrebato despliega un gusto por la planificación arriesgada y la experimentación virtuosa sin parangón en la industria audiovisual del periodo. Se podría decir que Zulueta realizó alguno de los mejores videoclips que nunca llegaron a tener esas bandas. No solo eso, el atento visionado y escucha activa de dichos fragmentos pone al descubierto que la escena del easy-listening hispano iba mucho más allá de Los Bravos, Fórmula V o Los Íberos -por citar solo tres de los más populares que aparecen en Un, dos, tres… al escondite inglés-; de la misma manera podemos (re)descubrir a otros menos populares como Los Beta, Los Buenos, Henry y Los Seven, Los Mitos, Shelley y Nueva Generación… todos ellos de una calidad sonora fuera de toda duda, amén de unas influencias que se mezclan con desparpajo entre el pop, el soul, el folk o la psicodelia. En el caso de Los Bravos y Los Íberos, eran grupos que ya habían quedado retratados con dignidad en la pantalla; previamente los de Mike Kennedy, en sus aventuras con Aguirre/Macián/Forqué; y en ese mismo año 1970, los malagueños liderados por Enrique Lozano, que tuvieron una más que positiva experiencia en el cine con esa perla que les regaló el director Ramón Masats: Topical Spanish, posiblemente la joya de la corona del cine pop patrio.

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José María Íñigo -interpretando un doble papel; uno de los frikis de la tienda musical y, por otro lado, a él mismo- y Judy Stephen, presentadores ambos de Último grito, junto a la dirección de Iván Zulueta, hacen que todo quede en casa, pues el espíritu de la película no dista mucho del mítico programa de TVE, uno de los más esforzados en conectar con los modernos musicales de la época. Jaime Chávarri, futuro creador de reconocibles títulos musicales del cine español, firma junto al director donostiarra el guion de Un, dos, tres… al escondite inglés, en lo que supone su primer trabajo de argumentista tras salir de la Escuela Oficial de Cinematografía donde había coincidido con Zulueta y, a buen seguro, con José Luis Borau, otro de los artífices principales de esta película[1]. Patty Shepard, en un papel de modelo que parece estar hecho especialmente a su medida, encabeza un reparto casi amateur (Drove, Íñigo) donde brilla con luz propia la gracia natural de Tina Sáinz y su personaje de chica pueblerina que se sale del tiesto y quiere montar un cabaret por su cuenta. La escasa música incidental corre a cargo de Antonio Pérez Olea y hay incluso otro momento en el que los actores llegan a interpretar un número de teatro musical a lo Broadway. Algunas canciones y música de fondo del legendario dúo Vainica Doble, formado por Gloria van Aerssen y Carmen Santonja, cierran una completa banda sonora.

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Funciona la película de Zulueta bastante mejor como film de sketches que como un completo puzle y aunque está más que justificado su renombre dentro del género, pues no hay duda del regio talante como experimentador que vuelca en ella su director, no escasean los momentos de escaso interés: véanse al respecto las interminables secuencias con saturación de colores blancos que nadie dudaría en tildar de antiestéticas, sobre todo si a algún sesudo crítico le diera por analizar otro film musical español muy pop en espíritu como es El vendedor de ilusiones de José María Zabalza; extraña pieza firmada por el más kamikaze de nuestros directores, producida en 1967 pero estrenada en 1971 y que ya contenía numerosas escenas usando ese mismo recurso técnico desaliñado.

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Aparte de, por supuesto, la banda sonora, destacaría positivamente de Un, dos, tres… al escondite inglés sus cualidades como transgresora parodia de los mediáticos y encorsetados festivales de la canción. Buena muestra de ello es el último de los “atentados” perpetrados por los protagonistas durante el transcurso del festival Mundo Canal: una falsa concursante para representar a nuestro país, que no llega a cantar ni una nota, destroza parte del decorado y da paso al grupo Los Pop Tops para que “ellos interpreten lo que les dé la gana”. Todo lo que hemos visto no deja de ser el eterno dilema de la comercialidad frente a la ética personal, presente en el mundo musical desde tiempos remotos.

                                                                                                               Francisco Arco

[1] José Luis Borau, aparte de un pequeño papel en la película, aparece acreditado junto a Iván Zulueta como director de la misma. Al parecer, se trataba simplemente de una maniobra legal que hubo que orquestar ya que Zulueta no estaba sindicado como director. Borau ejerció mayormente labores de producción en Un, dos, tres… al escondite inglés y el contacto con Zulueta y Jaime Chávarri (guionista) posiblemente vendría de su etapa como profesor en la EOC, donde ambos eran alumnos.

Robocroc [tv: Robocroc]

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Título original: Robocroc

Año: 2013 (Estados Unidos)

Director: Arthur Sinclair

Productores: Jeffery Beach, Phillip J. Roth, Thomas P. Vitale

Guionista: Berkeley Anderson

Fotografía: Alexander Krumov

Música: Claude Foisy, Thomas Andrew Gallegos

Intérpretes: Corin Nemec (Jim Duffy), Dee Wallace (Riley), Lisa McAllister (Jane Spencer), Steven Hartley (coronel Montgomery), Owen Davis (soldado), Vlado Mihailov (cocinero), Florence Brudenell-Bruce (Sydney), Atanas Srebrev (sheriff), Christian Hammerdorfer (novio de Sydney)…

Sinopsis: Stella, un enorme cocodrilo, ingiere un cargamento que cae por accidente en su jaula del zoo. Se trata de un experimento del gobierno que irá convirtiendo al animal en un engendro mecánico.

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Pese a que el nombre de The Asylum salga a relucir en tantas ocasiones al hablar de mogbusters y de películas –cutres- con monstruos gigantes –y cada vez más retorcidos-, no podemos olvidarnos de la gente de UFO, quienes llevan ya un buen puñado de años -desde 1995 que la crearan Phillip Roth y Ken Olandt, para ser más exactos- facturando cintas de temática fantástica de bajo presupuesto, con el público juvenil como target y destinadas al mercado del DVD y –sobre todo- del medio catódico, donde tantas veces han sido estrenadas en el especializado Syfy Channel. Producciones de ciencia-ficción, de fantasía, de catástrofes y, por supuesto, de bichos descomunales. Fueron ellos quienes se hicieron con la franquicia –más próximas a las exploitations descaradas de saldo que a continuaciones legítimas- de aquella Mandíbulas (Lake Placid, 1999) de Steve Miner, título que, en cierta manera, ayudó, junto a la vilipendiada –pero exitosa- Anaconda (Anaconda, 1997) de Luis Llosa, a recuperar para las pantallas la moda de las monster movies en tiempos de auge por los FX digitales[1].

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Dentro de las combinaciones extrañas y rebuscadas de cara a llamar la atención del público tan usuales en estos productos, Robocroc [tv: Robocroc, 2013], pese a recordar fonéticamente al Robocop (Robocop, 1987) de Paul Verhoeven, mezcla la típica película de animales gigantes enloquecidos, tan cara a la casa, con nada menos que el Terminator (Terminator, 1984) de James Cameron[2]. ¿Y cómo se las ingenian para acometer tan tamaña locura? Pues con el pretexto de que un enorme cocodrilo australiano de ocho metros se traga una sustancia experimental del gobierno que cae del cielo (de un cohete) a la jaula de la bestia en el zoológico, metamorfoseándola a un nuevo estado ahora cibernético[3].

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Sin lugar para mucha sorpresa y acomodándose a los cánones de este tipo de producciones, Robocroc plantea los arquetípicos personajes, situaciones y soluciones vistas en tantas ocasiones, empantanado en la resaca de la repetición para darle al público aquello que espera ver. Entre los primeros, no falta la pareja protagonista bienintencionada, compuesta en esta ocasión por el jefe de seguridad del zoo, Jim Duffy -encarnado por Corin Nemec[4]-, y una bióloga en prácticas, Jane Spencer -Lisa McAllister-, a los que secundan el jefe del recinto, que sabemos caerá pronto en las fauces de la bestia, y por la parte gubernamental tenemos a la agente Riley, encargada del caso –una Dee Wallace que no se pierde una-, y el coronel Montgomery –Steven Hartley- al mando de las tropas que tratan de detener los avances del monstruo. En una subtrama, tenemos también una pandilla de adolescentes donde se encuentra el hijo de Duffy y que sirve para llevar a la película la parte de jovenzuelos con ganas de fiesta en un complejo acuático, tan propia de las monster movies con amenaza acuática, pero reforzada en el Piraña 3-D (Piranha 3-D, 2010) de Alexandre Aja[5], aunque –hay que recordar que el aquí comentando es un film destinado a la televisión- sin los desnudos ni los excesos hemoglobínicos del remake perpetrado por el francés. En este sentido, llama la atención entre el reguero de cadáveres que va dejando en dicho recinto de ocio el cocodrilo-terminator que sus víctimas están llenas de sangre pero no presentan mordisco alguno (¡!).

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Como decíamos, la película, firmada por Arthur Sinclair -a quien, por cierto, no se le conoce ningún otro crédito-, es un paseo por las directrices más trilladas en este tipo de cintas, y ni siquiera falta la socorrida escena de la bestia destrozando un helicóptero –más corriente, todo sea dicho, de las películas con escualos-. Mas junto a los lugares y situaciones comunes y propios en estas producciones, Robocroc se permite en su recta final guiños -o plagios[6], tanto da- a un par de referentes con gigantescos y voraces reptiles que, de tan descaradas, no pueden ser casuales: el monstruo termina refugiándose en las alcantarillas, aludiendo a La bestia bajo el asfalto (Alligator, 1980) de Lewis Teague –aunque sin sacar provecho de los laberínticos recovecos que le brinda dicho escenario-; o ese trío de teenagers con el colega chistoso del chaval protagonista que se encuentra herido en una pierna y tienen que cargar con él, como ya viéramos en el Crocodile [tv/vd/dvd: Cocodrilo] de Tobe Hooper[7]. Un par de apuntes que se presentan como señales cómplices para con el espectador encallecido de las monster movies.

Alfonso & Miguel Romero

[1] Honor o culpabilidad, según se mire, que le corresponde a Steven Spielberg y su Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993), recuperando para los tiempos digitales la fiebre por los depredadores gigantes que él mismo avivó dos décadas antes con la imprescindible Tiburón (Jaws, 1975).

[2] No sería el único mecha, usando la nomenclatura del kaiju eiga japonés, de la casa. Entre otras podríamos citar Roboshark (2015), dirigida por Jefferey Scott Lando. Los malabares de UFO con las mezcolanzas en busca de un título llamativo les ha llevado a fusionar elementos de Alien: el octavo pasajero (Alien, 1979), de Ridley Scott, con otros de El imperio del fuego (The Reign of Fire, 2002), de Rob Bowman, en Dragon Fighter [tv/dvd: La amenaza del dragón, 2003], de Phillip J. Roth.

[3] El film arranca con un cohete saliendo hacia el espacio y que, al poco de elevarse, tiene problemas, cayendo la sustancia que portaba en la jaula de un cocodrilo que acaba comiéndosela y produciéndole cambios monstruosos. Idea harto parecida a la que posteriormente usará también en su comienzo el blockbuster Proyecto Rampage (Rampage, 2018), de Brad Peyton.

[4] Habitual en las producciones de UFO en general, y de sus cintas de bichos grandotes en particular, Corin Nemec se las vería un par de años después de Robocroc con otro enorme cocodrilo en Lake Placid vs. Anaconda [dvd: Mandíbulas contra Anaconda, 2015], dirigida por A.B. Stone.

[5] Robocroc guardaría más relación en este sentido con la secuela del film de Aja, Piranha 3DD [tv/dvd: Piraña 2 3D, 2012] de John (hijo de Clu) Gulager, al tener en común un parque acuático con toboganes y demás como escenario para la matanza de los bañistas a cargo del monstruo de rigor.

[6] Aparte de los guiños a otras monster movies, se permiten copiar aquella conocida escena entre Martin Riggs (Mel Gibson) y Lorna Cole (Rene Russo) presumiendo de sus cicatrices en Arma Letal 3 (Lethal Weapon 3, 1992), de Richard Donner.

[7] Producción de la Nu-Image -que vendría a ser la hermana pequeña de la Millenium, orientada a cintas de bajo presupuesto-, otra compañía que apostó pronto por las monster movies en la era digital. Al film de Hooper le seguiría una secuela, Crocodile 2: Death Swamp [tv/dvd: Cocodrilo. Aguas sangrientas, 2002], de Gary Jones, responsable también de Spiders [tv/vd/dvd: Spiders, 2000], otra que tendría su inevitable continuación en Spiders II: Breeding Ground [tv/vd/dvd: Criaturas asesinas, 2001], de Sam Firstenberg. Por no enrollarnos mucho, citar sólo un par de ejemplos más: la más convencional Larva [tv/dvd: Larva, 2005], de Tim Cox, o la desmadrada Hammerhead [tv/dvd: Sharkman, 2005], realizada por Michael Oblowitz.

¡Critters al ataque!

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Título original: Critters Attack!

Año: 2019 (Estados Unidos)

Director: Bobby Miller

Productores: Peter Girardi, Bobby Miller

Guionista: Scott Lobdell basado en los personajes de Dominic Muir

Fotografía: Hein de Vos

Música: Russ Howard III

Intérpretes: Tashiana Washington (Drea), Dee Wallace (Tía Dee), Jack Fulton (Jake), Jaeden Noel (Phillip), Ava Preston (Trissy), Vash Singh (Kevin Loong), Leon Clingman (Ranger Bob), Ho Chow (Chef Loong)…

Sinopsis: Drea vive junto a su hermano Phillip en una pequeña localidad del medio oeste americano. Tras ser rechazada por segunda vez en la Universidad en la que desea cursar sus estudios, acepta a regañadientes un trabajo como canguro de los hijos de la profesora de la facultad que se encarga de las admisiones. Con objeto de entretener a los chavales, decide llevarlos de excursión sin saber que sus caminos se cruzarán con una hostil especie extraterrestre devoradora de carne humana, los Critters.


Es muy probable que para las nuevas generaciones de aficionados al terror y al fantástico de hoy en día la película Critters (Critters, Stephen Herek, 1986) poco o nada pueda evocarles salvo alguna sonrisa. Sin embargo, para aquellos que tuvimos la fortuna de poder vivir en primera persona aquella “edad dorada de los videoclubes” en la década de los ochenta (siempre desde el cargadísimo de nostalgia punto de vista de quien suscribe estas palabras), aquellos voraces puercoespines venidos del espacio exterior tuvieron la capacidad de fascinarnos desde el primer momento en el que oteamos su atrayente e icónica carátula de la caja de su cinta VHS. No puedo negar que me encante esa ilustración del desconocido (al menos para mí) Soyka con uno de esos simpáticos bichejos en primer término. Amor a primera vista lo suelen denominar. Es por ello que, como acérrimo fan de los mortíferos Krites, no pude apenas reprimir mi alegría al enterarme de que este mismísimo 2019 se estrenarían dos proyectos diferentes con ellos como protagonistas. Dos productos humildes, de bajo presupuesto, como dictan los cánones de la saga. El primero se materializó con la serie Critters. A New Binge para Shudder, el servicio de transmisión de terror de AMC Networks, y el segundo acaba de aterrizar hace muy poco en formato de largometraje bajo el título ¡Critters al ataque! (Critters Attack!, Bobby Miller, 2019), una TV movie destinada al formato doméstico realizada por el canal SyFy bajo el amparo de la major Warner Bros y que se consolida como la quinta entrega oficial de la franquicia que comenzó New Line Cinema hace más de treinta años.

Sin embargo, antes de ponernos en faena y hablar de esta nueva película de los Critters, me es difícil obviar tanto la historia de dicha saga como sus orígenes y el contexto en el que Stephen Hereck, Domonic Muir y Don Opper, creadores -junto a los celebérrimos hermanos Chiodo- de estas seductoras criaturas, dieron rienda suelta a este fantástico microcosmos de ficción. Para ello, y sin extendernos demasiado, no queda más remedio que mencionar a quien se ha considerado durante mucho tiempo como el Rey Midas de Hollywood, es decir, al mismísimo Steven Spielberg, puesto que los carnívoros Krites son una presunta consecuencia directa de dos de sus proyectos más recordados por el fandom más generalista -entre muchísimos más, por supuesto- de los primeros años de su recordadísima, con mucho cariño, Amblin Entertaintment. El primero de ellos es, sin lugar a dudas, su primera colaboración con otro gran artesano del Séptimo Arte, el magnífico Joe Dante. Gremlins (Gremlins, Joe Dante, 1984) no sólo fue un éxito más en el marcador del director de Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975), sino que supo encontrar su hueco en el coranzoncito del espectador convirtiéndose en un fenómeno social hasta el día de hoy. La notoriedad conseguida por Gizmo, Stripe y compañía procuró la aparición de otros productos que siguieron de cerca su estela, convirtiendo en protagonistas a otros bichos de procedencias más dispares. Dejando de lado la referencialidad cinéfila del director de Aullidos (The Howling, Joe Dante, 1981), las alusiones caprianas de la cinta o el objetivo puramente mainstream de aquellos diablillos verdes que asolaron la pequeña localidad de Kingston Falls, esta suerte de primos lejanos -procedentes de esa “Serie B” que los Gremlins homenajeaban- intentaron como mínimo arañar algunas de las migajas de su éxito y, por supuesto, ganar unos dólares independientemente de la calidad del producto ofrecido. Los primeros en aparecer fueron los Ghoulies en el film homónimo Ghoulies (Ghoulies, Luca Bercovici, 1985), unos demonios del averno que poco o nada aportaban a la trama de su cinta, pero que el popular productor Charles Band supo sacarles rédito comercial. Roger Corman tampoco quiso dejar escapar su oportunidad y produjo la baratísima Munchies [vd/dvd: Munchies, Tina Hirsch, 1987). Pero los que de verdad nos interesan, los Critters, intentarían darle un bocado a la taquilla y al video-club de barrio solamente un año antes que la cinta de Corman.

La trama de la primera de las aventuras de los Krites me lleva a mencionar el segundo proyecto spielberiano mencionado antes. Este no es otro que el guion nunca filmado escrito por John Sayles “Night Skies”. Pese a que dicho libreto no ha sido nunca publicado, sí que pasó de mano en mano entre críticos, productores y otros cineastas contando la leyenda -sabemos con certeza que con Steven Spielberg por medio, siempre hay mucha leyenda- que a principios de los ochenta Spielberg tenía varios proyectos simultáneos y de entre todos ellos se encontraba la dirección o producción de una cinta de Serie B que venía marcada por la presión que ejercía la Columbia Pictures para la realización de la secuela de otro de sus grandes éxitos: Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977). Para ello, el rey Midas de Hollywood encargó el mencionado guion a John Sayles. Ahora reputado cineasta independiente, Sayles por aquel entonces se había granjeado cierto éxito gracias a la escritura de los libretos de otros productos de bajo presupuesto como Piraña (Piranha, Joe Dante, 1978) y La bestia bajo el asfalto (Alligator, Lewis Teague, 1980). Aquello que escribió bajo el título de “Night Skies”, basándose en presuntos hechos reales y tomando Perros de paja (Straw Dogs, Sam Peckinpah, 1971) como principal referencia, nos contaba cómo unas criaturas llegadas del espacio exterior asolaban una granja del medio oeste americano acosando a la familia que la habitaba. Este clan familiar, desestructurado como fuera habitual en el cine de Spielberg, sería rescatado por otra raza de alienígenas que llegaría a nuestro mundo para dar caza a los primeros. Dicho tratamiento acabaría desechándose, además del avanzado trabajo para la película del genial especialista de efectos especiales Rick Baker, favoreciendo la reescritura de Melissa Mathison. Al leerlo durante una estancia en el set de rodaje de En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981), la desaparecida guionista vio el potencial en una de sus subtramas, concretamente aquella en la que uno de los hostiles extraterrestres crea una especie de vínculo afectivo con el hijo menor autista de la familia hostigada, dando pie a otro mega éxito de la época: E.T. El extraterrestre (E.T. The Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982). Pero eso forma parte de otra historia.

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Si nos centramos en el esquema principal del relato de Sayles, es decir, una familia atrapada en un espacio cerrado, amenazada por un peligro exterior (algo que realmente viene de lejos desde los tiempos de la novela “Soy Leyenda” de Richard Matheson, el filme La noche de los muertos vivientes [Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968] o incluso Posesión infernal [Evil Dead, Sam Raimi, 1981] por poner algunos de los muchísimos ejemplos y sin entrar a hablar de lo recurrente que resulta esta situación dentro del western clásico) y salvada in extremis por una suerte de protector venido de otra galaxia, tenemos básicamente el guion de la primera entrega de los Krites que pergeñaron Stephen Hereck, Domonic Muir y Don Opper. Una primera entrega que fue lo suficientemente rentable para que la New Line Cinema y su mandamás, Robert Shaye, pusieran de su parte para intentar convertirla en una rentable franquicia. A partir de ese momento, la saga ofrecería tres películas más. En 1988 llegaría la considerada como mejor entrega de la saga de la mano de un primerizo Mike Garris, recién llegado de la cantera que suponía la mítica serie Cuentos asombrosos (Amazing Stories, 1985-1987). Critters 2 (Critters 2: The Main Course, 1988) era un “más de lo mismo, pero mejor”. Con un presupuesto más holgado que los exiguos dos millones de dólares con los que contó la primera peli se daba la oportunidad a los míticos hermanos Chiodo (Stephen, Charles y Edward), padres conceptuales y artísticos de estas carismáticas criaturas devoradoras de carne, a poder construir más puppets y a perfeccionar sus animatronics con objeto de dar aquello que la audiencia demandaba: mostrar el máximo número de Critters posible y que quedaran lo suficientemente atractivos en pantalla. Por otro lado, la historia demandaba un asedio a mayor escala que el precedente a la granja de los Brown, por lo que en esta ocasión sería el pequeño núcleo rural de Grover’s Bend el que sería sitiado por tan viles bichejos dando lugar a las imágenes más icónicas de la franquicia como el desnudo de la fallecida “Conejita Playboy” Roxanne Kernohan, la enorme bola formada por multitud de Critters o la escena del conejito de Pascua. Una auténtica gamberrada muy simpática, cuyo objeto no iba más allá del entretenimiento por el entretenimiento, a la que siguieron la decepcionante Critters 3 (Critters 3: You Are What They Eat, Kristine Peterson, 1991) -una cinta que se suele recordar más por la presencia de un jovencísimo Leonardo DiCaprio en su reparto que por su calidad- y la infame Critters 4: They are Invading Your Space [vd/dvd/bd: Critters 4, Rupert Harvey, 1992]. Esta última aventura de los Krites dejaba un cierto sabor amargo pese al cambio de escenario -ahora la asediada sería una nave espacial al más puro estilo, salvando las largas distancias, de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979)- y contar en su reparto con respetables figuras del fantástico como Brad Dourif (la voz del popular Chucky) o Anders Hove (conocido principalmente por su papel como el vampiro Radu Vladislas en las cuatro entregas de la saga “Subspecies”). Esta cuarta película marcó un largo punto y aparte de casi tres décadas en las que todo fan de los Critters esperaba con verdaderas ansias cualquier cosa -película, corto, serie- dedicada a sus criaturas favoritas.

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Veintisiete largos años en los que los Krites parecían condenados a pervivir simplemente en la memoria (y la nostalgia) de los aficionados hasta que a principios de este mismo año saltase la noticia de los dos nuevos proyectos ya mencionados al principio e independientes entre sí: la serie Critters. A New Binge y la quinta película de la saga Critters Attack!. En lo concerniente al título que nos ocupa, las noticias al respecto aparecían de una forma muy dosificada. Poco a poco se fueron revelando nuevos detalles, pero no fue hasta el lanzamiento del tráiler de la miniserie A New Binge que el fandom pudo saber que paralelamente canal SyFy filmaba en secreto una nueva película de la franquicia en Sudáfrica[1] que para esas alturas se encontraba ya en fase de postproducción. Entre los detalles más destacables de este nuevo proyecto podemos resaltar varios. Entre ellos que el director del filme es Bobby Miller, responsable de The Cleanse (2016), una producción de bajo presupuesto, pero con un espíritu totalmente ochentero, en la que se nos cuenta como un tipo (Johnny Galecki, popular por su papel como Leonard Hofstadter en la no menos popular serie Big Bang Theory [The Big Bang Theory, 2007-2019]) que sigue una dieta formada prácticamente por zumos diuréticos, expulsa algo más que toxinas de su organismo. Una cinta con cierta gracia, aunque también olvidable, de la que sorprende la presencia de una veterana como Angelica Houston en su reparto. Miller también es conocido por estar casado con Daron Nefcy, animadora conocida por ser la creadora de la serie Star contra las fuerzas del Mal (Star vs. the Forces of Evil, 2013-2019) para Disney XD. Miller, de hecho, es el modelo para el personaje protagónico masculino, Marco Díaz.

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Otro detalle destacable -sobre todo para todo aquel lector de cómics de “La Patrulla X” y el popular cosmos mutante de los años noventa- es el autor del guion. Desde la segunda génesis mutante, es decir, desde el “Giant Size X-Men nº1”, fechado en julio de 1975, Lein Wein presentó a un equipo diverso de nuevos mutantes que representaban un marcado contraste con la alineación adolescente de los primeros “X-Men”. Hablamos de mutantes adultos, maduros, procedentes de todas partes del mundo y de entre los cuales destacaban personajes que acabarían siendo muy populares como Lobezno, Tormenta o el mutante metálico de origen ruso Coloso. A partir de entonces, el timón de esta nueva generación de mutantes recaería en la figura del escritor Chris Claremont, auténtico patriarca del “Universo X-Men” hasta que, por discrepancias editoriales, decidiera poner tierra de por medio y abandonar Marvel Comics. Entre aquellos que tuvieron que asumir la difícil tarea de sustituirle, se encontraba un joven guionista que podemos ver acreditado en Critters Attack! Su nombre es Scott Lobdell. Pese a estar estrechamente vinculado al mundo del cómic, donde ha trabajado para las grandes editoriales norteamericanas, no es la primera vez que el estadounidense firma el libreto de una película. Recordemos que suyo es el guion de una rentable producción de Blumhouse Productions, el slasher Feliz día de tu muerte (Happy Death Day, Christopher B. Landon, 2017).

Sin embargo, y de cara al goce del aficionado, dos detalles más son totalmente reseñables. El primero tiene que ver con la vuelta a la franquicia de una de las actrices que participó en la primera entrega de 1986 y una de las musas del género fantástico por excelencia. A imagen y semejanza de otras grandes figuras como la veterana Jamie Lee Curtis en su regreso a la saga de Michael Myers (La noche de Halloween [Halloween, David Gordon Green, 2018]), Dee Wallace se enfrenta de nuevo a los voraces Krites. Sobran las presentaciones para esta gran actriz, pero por si alguien no logra ponerle cara podemos decir que protagonizó una de las, para un servidor, mejores películas de licántropos, la ya citada Aullidos, sufrió los ataques de ese San Bernardo psicótico llamado Cujo (Cujo, Lewis Teague, 1983), aunque sin duda pasará a la posteridad por interpretar a la madre de Michael, Gertie y Elliot en E.T. el extraterrestre. En primeras instancias, Dee Wallace insinuó su participación en una entrevista para el canal BionicFuzz[2]. Incluso unas imágenes en su perfil de Instagram -borradas al saltar todas las alarmas- la situaban en Ciudad del Cabo. Toda suerte de rumores que se acallaron una vez salió a la luz el primer avance en forma de tráiler del filme. El visionado del mismo eliminaba de un plumazo uno de los mayores miedos que pudiera tener el aficionado, es decir, en las primeras imágenes de Critters Attack! saltaba a la vista de que los Krites serían animados de forma tradicional. Indicio alguno de uso de CGI para alivio de aquellas mentes más agoreras. De hecho, la propia Dee Wallace afirmaría que esa era una de las principales razones que la llevaron a aceptar participar en este nuevo reinicio de la saga tantos años después de su papel como Helen Brown, la histérica madre de la familia Brown asediada por los Critters en el filme homónimo:

Me sentí muy feliz cuando me invitaron a participar en el reinicio de Critters. Mi primera pregunta fue: ‘¿Esto se va a hacer con CGI?’ Y dijeron que no, que iban a usar gran parte del diseño original de las marionetas. Y dije: ‘Oh, déjame leer el guion’. Me gustó el guion y me gustó mi parte, mi personaje es una auténtica luchadora. Pero mi principal preocupación era el CGI, porque en una película como esta los verdaderos fanáticos insisten en que no quieren ver a los Critters de una manera diferente. Están realmente convencidos de la pureza del material original”, declaraba la actriz[3].

Es totalmente motivo de alabanza el hecho de que, en una producción de estas características -es decir, de bajo presupuesto y bajo el amparo de un canal como SyFy, dedicado casi en exclusiva a la gestación de subproductos de escualos de diversa índole generados por ordenador- se haga uso de efectos prácticos y de marionetas y/o animatronics para “dar vida” a las criaturas que dan nombre a la saga. Los efectos tradicionales son normalmente más caros y llevan mucho más trabajo que el CGI, pero a su favor tienen que resultan mucho más verosímiles en cámara y envejecen como el buen vino. El propio director de la película, Bobby Miller, en declaraciones en la reciente Comic Con de San Diego, estuvo de acuerdo con tal afirmación. Según él mismo, nadie quiere ver un Critter realizado con CGI y es por ello que se construyeron unas veinte marionetas para la producción. “Crecí con películas como Critters, Gremlins y otras películas de iniciación al terror que no deberías ver cuando eres niño. Critters fue la primera película que me jodió de verdad”, declaraba el realizador. El especialista en efectos especiales Werner Pretorius (de larga trayectoria y con un currículum en el que podemos encontrar series como Las escalofriantes aventuras de Sabrina [Chilling Adventures of Sabrina, 2018-2019] o Falling Skies [Falling Skies, 2011-2015] y películas como Elysium [Elysium, Neill Blomkamp, 2013] o Star Trek: Más allá [Star Trek: Beyond, Justin Lin, 2016]) sería el encargado de la supervisión en la creación de dichos puppets que, si se me permite añadir, se ven magníficos en prácticamente todas sus apariciones. Como novedad, y ya anticipada en el primer tráiler de la cinta, aparece un nuevo tipo de Critter que responde al nombre de Bianca. Una criatura con rasgos a caballo entre los del Krite clásico con los Mogwais de Gremlins que acabará formando parte del triunvirato femenino protagonista de la película junto al personaje de Dee Wallace y el principal encarnado por la actriz Tashiana Washington.

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En cuanto al argumento, la acción transcurre en una pequeña localidad del medio oeste de los Estados Unidos. Allí vive Drea (Tashiana Washington) con su hermano Phillip, aficionado a la ufología. Ambos son huérfanos y viven con su tío, un jefe de policía local un tanto alcohólico. La joven, rechazada por la Universidad en la que desea cursar sus estudios, acepta a regañadientes hacer de canguro de los hijos de la profesora encargada de las admisiones de dicha facultad. De esta forma, al más puro estilo Elisabeth Shue en Aventuras en la gran ciudad (Adventures in Babysitting, Chris Columbus, 1987) se verá inmersa junto a aquellos a los que tiene que cuidar en una verdadera pesadilla en la que cruzarán su camino con la Krite Bianca, la tía Dee (el personaje de Dee Wallace) y, por supuesto, los Critters. Es cierto que la cinta toma elementos característicos de la saga, es decir, la ambientación en una remota localidad rural, el humor negro de las criaturas o la presencia de un cazarrecompensas al rescate. Se nota que tanto Miller como Lobdell son fans de los Critters. Sin embargo, la película adolece de muchísimas taras. Sin necesidad de que nos lo expliquen, sabemos perfectamente que todo personaje que no pertenezca al grupo protagonista o sea Dee Wallace es carne de cañón. De hecho, las escenas con estos roles que son meramente carnaza son las más divertidas de todo el filme. Estos son los momentos en el que los Krites hacen alarde de su apetito y mala baba. Pese a que se intenta emular algunas de las muertes o chanzas vistas en otras entregas de la saga, hay que reconocer que la falta de presupuesto las empobrece aún más si cabe. Los Krites, de una mayor envergadura que los aparecidos hasta el momento, están muy conseguidos y algunas de las animaciones están muy logradas. Uno de los mejores momentos es el que protagoniza un guarda forestal que, al ducharse, confunde un Critter con una esponja de baño. Quizá, desde la humilde opinión de quien suscribe estas palabras, es la mejor muerte de toda la cinta. Pero, como siempre hay un “pero”: sus apariciones son verdaderamente escasas y entre las escenas de terror y gore (muy light cabe añadir) hay multitud de tiempos muertos en los que se intenta dar profundidad a unos protagonistas con los que apenas logras empatizar (a pesar de que Tashiana Washington intenta dar algo de corazón a su personaje) y que restan ritmo a la película. Esa falta de ritmo provoca que los poco menos de noventa minutos de metraje se eternicen. Ni siquiera la incorporación de la Krite hembra o el mayor reclamo del producto, es decir, la aparición de la veterana Dee Wallace como nueva cazarrecompensas, logra salvar los muebles. De hecho, Dee Wallace aparece incluso menos que los Critters y sus apariciones, salvo excepciones, son totalmente anodinas. Incluso se desconoce si interpreta el mismo rol de Helen Brown ya que no se menciona en ningún momento. Al respecto, la actriz declaró en la reciente edición del Fantasia International Film Festival de Montreal, sede del estreno mundial de la película:

Se supone que es el mismo personaje [el de la seminal Critters], aunque ahora la llaman ‘tía Dee’. ¡Qué original!”. Continúa Wallace: “Toda mi familia ha muerto y me he convertido en un cazador de recompensas muy macarra”. Algo que no aparece ni se menciona en la película, pero que tal vez sí estuviera en los primeros borradores del guion de Lobdell. “Cuando le pregunté a Bobby Miller, el director, me dijo que ese el trasfondo del personaje. Le dije: ‘Bueno, me alegro de haberlo preguntado, porque nada de eso sucedió en la película original’. También creo que tuvieron algún tipo de problemas legales con el nombre o el mismo personaje, no estoy segura. Pero, de todos modos, ahora soy la tía Dee, ¡y soy muy fuerte, baby![4]

Critters al ataque-3

En definitiva, Critters Attack! puede dejar cierto sabor agridulce en el espectador que esperaba con ganas nuevas andanzas de los Krites. Cabe destacar que, para ser una producción destinada al ámbito doméstico (ya sea en formato físico o servicio streaming), rinde un sentido y más que digno homenaje a las películas originales. Sobre todo, a sus dos primeras entregas. Los responsables de la cinta son también fans de la saga Critters y no cabe resquicio de duda al respecto. La esencia está ahí y el hecho de que las criaturas sean marionetas dice mucho a su favor. Sin embargo, la película hace aguas en el sentido de que entretener, entretiene bien poco. Hay un esfuerzo en moldear a los personajes con sus interrelaciones y trasfondo dramático que poco o nada tiene que ver con una película de los Critters. El aficionado sabe perfectamente lo que quiere de este tipo de productos y no es drama precisamente. Cuando uno se sienta frente a la pantalla de su televisor, dispositivo móvil o pantalla de cine y se dispone a ver una nueva aventura de los Krites lo que realmente desea es ver a estos simpáticos bichejos morder, desgarrar y cercenar a cuantos más individuos sean susceptibles de ser devorados mejor. Quiere humor negro y quiere ver la bola gigante de Critters que tarda lo suyo en aparecer. El fan principalmente tiene la necesidad de vivir en primera persona ese tono gamberro que caracteriza la saga. Y cierto que lo hay, pero en pequeñas proporciones. El elenco, salvo la citada Dee Wallace, es joven, prácticamente desconocido e inexperto exponencialmente. Actores malos y backgrounds irrelevantes de sus personajes que ni siquiera se aprovechan. Se mencionan o sugieren muchas cosas, pero apenas se profundiza en ello. Lamentablemente estamos ante un producto aburrido y falto de ritmo que logra sus mejores momentos solamente cuando aparecen las criaturas para darle un bocado a cualquiera de los incautos personajes dispuestos para ser carne de cañón. Eso si el ataque que le da muerte no ocurre fuera de plano, como pasa con algunos de ellos. En realidad, nos encontramos ante uno de esos productos para fanáticos y completistas. Si el espectador se encuentra dentro de ese nicho de mercado, mejor para él porque puede salir mejor parado. Sin embargo, si por el contrario se llega a su visionado atraído por la nostalgia, es más que posible que se acabe tildando como infumable. La parte positiva de todo este asunto se queda en el hecho de que los Critters han vuelto y parece que para quedarse ya que el productor de esta cinta, Peter Girardi, ha adelantado recientemente nuevos planes para la franquicia entre los cuales se incluyen nuevas películas y un especial de Navidad con el sugerente título de Merry Crit-mass Holiday Special[5]. ¿Se comerán los Critters a Santa Claus? Yo pagaría por verlo.

José Manuel Sarabia

[1] https://www.joblo.com/horror-movies/news/syfys-critters-movie-has-already-finished-filming-might-star-dee-wallace

[2] https://www.youtube.com/watch?v=LF-KkCle4WA&feature=youtu.be

[3] https://movieweb.com/critters-attack-dee-wallace-returns/

[4] https://birthmoviesdeath.com/2019/07/12/fantasia-2019-critters-attack-and-dee-wallace-is-back

[5] https://www.syfy.com/syfywire/critters-attack-sdcc-panel