“Juego de tronos” o el eterno triunfo de los lampedusianos

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Si a estas alturas no has visto el final de Juego de tronos es porque has vivido ajeno al mayor fenómeno audiovisual y comercial de los últimos ocho años. Mi más sincera enhorabuena, pero has de saber que todos los fans de la serie te odian.

Si a estas alturas has visto el final de Juego de tronos es porque has vivido inmerso en el mayor fenómeno audiovisual y comercial de los últimos ocho años. Mi más sincera enhorabuena, pero has de saber que todos los que no son fans de la serie te odian.

¿Que por qué los fans odian a los que no han visto la serie? ¿Que por qué los que no son fans odian a los que sí lo son? ¿Que por qué los fans odian la temporada final? ¿Que por qué tú lo sabes si odias esa serie que nunca viste? ¿Que por qué, en definitiva, una simple serie es capaz de generar tanto odio? Ni idea, solo sé que eso suele significar que en algo ha triunfado.

Pero pasemos a la siguiente pantalla, la hayas visto entera, no la hayas visto nunca o estés a medio camino de lo uno y de lo otro, el grupo más numeroso sin duda: esto que va a continuación te interesa saberlo aunque realmente creas que no te importa. Que decidas hacerlo antes o después de haberla visto solo dependerá de tu capacidad para digerir SPOILERS, en tu mano está. Hablemos del final de Juego de tronos.

¿La serie ha acabado mal? ¿Ha sido realmente mala la última temporada? Pues sí y no.

Sí en tanto que la serie, como éxito de los que superan todas las expectativas —conviene recordar que la serie no arrancó con unos grandes números en su estreno, apenas un par de millones de estadounidenses la vieron, y que ha acabado con diecinueve millones largos viendo su capítulo final solo en Estados Unidos durante las veinticuatro primeras horas, trece millones seiscientos mil en directo, doscientos mil más que el que hasta entonces tenía el récord, el capítulo final de Los Soprano, nada más y nada menos, amén de haberse distribuido en ciento setenta y tres países—, primero jugó a alargar su puesta en escena de manera innecesaria, estirándose acontecimientos, tramas y subtramas con una lentitud exasperante que casi duraban temporadas enteras aunque a nadie le interesase tanto nada de lo que se iba alargando.

Sí en tanto que después el producto se convirtió en un juguete tan exageradamente caro que aquellos acontecimientos y aquellas tramas que antes llevaban casi una temporada se han tenido que sintetizar reiteradamente —y desde hace varias temporadas—, en ocasiones en unos pocos minutos y en otras con unas elipsis temporales lacerantes. Y cuanto más nos acercábamos al final, más han utilizado estas herramientas de manera grosera.

Por acortarse se han ido acortando hasta el número de capítulos por temporada. De los habituales diez ya se pasó a siete en la penúltima temporada y la producción ha acabado con unos escuálidos y a toda vista insuficientes seis capítulos en la temporada final. Puede decirse sin titubear que se han hecho las dos temporadas finales con el metraje de una sola de las seis primeras. Y todo esto, obviamente, la serie y la narrativa de la misma lo han notado. Nadie entiende muy bien el motivo, ni siquiera los mastodónticos presupuestos justifican semejante estrategia; semejante decisión y a cada responsable directo que le preguntes te dará una razón aparentemente plausible pero igualmente inaceptable.

Y no en tanto que la serie, aunque pueda parecer lo contrario, ha sido fiel a sí misma y, ANTENCIÓN SPOILER, a la realidad hasta límites insospechados. Desarrollemos, porque mi única razón para hacer esta entrada es ésta.

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Si lo miramos con cierta distancia, el desarrollo de la serie es similar al de la vida de cualquiera de sus dragones, icono incontestable de la misma desde mi punto de vista: nadie esperaba que de esos huevos fosilizados naciese nada; aunque siempre quedase alguien que confiara en ello, finalmente se produjo la magia, su nacimiento fue emocionante y cuando aún eran pequeños todos teníamos unas ganas locas de que creciesen para poderlos ver en acción aunque, para entonces, aún lo viésemos muy difícil de creer. Algo, temíamos, pasaría para que no llegasen a crecer. Sin embargo, crecieron y, cuando lo hicieron, de repente resultaron ser mucho más grandes, poderosos e ingobernables de lo que nuestra imaginación nunca hubiese podido alcanzar a suponer. El dragón como alegoría dentro de la alegoría del poder y de la magnitud social de la propia serie, como alegoría de su propia ingobernabilidad y de la incapacidad manifiesta para ser dominado ni siendo la madre de dragones, como alegoría de que algo tan grande y poderoso no podría traer nada bueno y menos aún un buen final.

Pero centremos el tema: ¿cuál ha sido la premisa principal de la serie desde el capítulo uno al capítulo final? Su título epónimo. La serie va, y no de otra cosa, del juego de tronos, del poder, de cómo cada personaje de cada trama, fuese ésta principal o secundaria, se relaciona con el mismo y cuál es su capacidad de acción ante él, tuviese todo el poder o una cuota mínima de poder, fuese éste real o nominal. ¿Que va de muchas más cosas? Claro, como la vida misma, y esa es a la vez su principal virtud y su principal defecto.

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Toda la producción ha gravitado sobre la falsa premisa de los siete reinos de Poniente, sus hasta once casas y sus diferentes e innumerables ascensos y caídas en las diferentes líneas sucesorias. Y digo falsa porque, realmente, en el desarrollo de ésta, la acción ha recaído casi de manera exclusiva en cuatro de esas familias, a saber, en los Targaryen, los Lannister, los Stark y, en menor medida, en los Baratheon, aunque fuesen estos quienes ocupasen el Trono de Hierro en el arranque de la serie y tuviesen mucha presencia en las primeras temporadas.

Frente a las intrigas de estos se cernía la amenaza recurrente y siempre aparentemente lejana de los caminantes blancos y del Rey de la Noche. El invierno y la nada estaban por venir, el miedo al vacío estaba llamando a las puertas del muro guardado por los Guardianes de la Noche. La posibilidad real de la total aniquilación de la raza humana, que solo a unos pocos parecía interesarles, porque, bueno, es bien sabido que nunca llega la nieve a palacio, quedaba muy lejos, en el Norte.

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Dentro de Poniente, junto al tirano, el que fuese, los ejércitos y los leales caballeros, los consejeros, los sabios maestres y los sacerdotes de ésta o aquella confesión sosteniendo entre todos, cada uno con sus medios, el sistema, unos con la fuerza de sus leales espadas, otros con la acción de sus palabras y el intercambio de cuervos, otros con la verdad reveladora de su conocimiento y otros a través del miedo infundido por sus supercherías y sus juegos de manos. Y, a la vez, intentando todos ellos, además de mantener el Reino, medrar, interferir, influir en todo aquello que se les permitiese y en cuanto se ofreciese la ocasión.

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Bajo la bota del tirano, más o menos benevolente con ellos pero tirano al fin y al cabo, el vulgo, la plebe, los que sufren el resultado de las diferentes intrigas de unos y otros, sin que les sean tomados en cuenta o en consideración nunca, aunque sean la razón última y única de que exista el que les somete junto, eso sí, a los animales, las tierras y las demás posesiones formando un todo único, horizontal e indivisible.

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Siempre sufrientes, siempre expectantes, siempre sometidos y obedientes, incluso para ser ofrecidos como necesaria carne de cañón de la última defensa de su reino. Siempre. Salvo cuando se les presenta la posibilidad de ser tan crueles con su tirano como lo ha sido éste con ellos antes, porque otra forma de tiranía, en la que tampoco participan de manera real, se lo permite. Siempre presentes pero nunca protagonistas, tan parte del sistema como los que ostentan el poder pero nunca partícipes del mismo.

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Más allá de los Siete Reinos y muy lejos de Desembarco del Rey, el pueblo libre, los salvajes, al Norte del muro y las gentes de Essos al Este, todos formando parte de los que no importan a nadie aunque se empeñen en existir, igualmente con sus guerras de poder, la maldad genética de quien, porque puede, somete al que es menos que él pero ajenos a lo que realmente importa.

Con estos elementos era más que suficiente para desarrollar una buena historia que hiciese reflexionar o no sobre los juegos de poder, sobre porqué unos siempre mandan y otros siempre deben obedecer, sobre porqué unos siempre importan y otros nunca, sobre en qué ha de residir la legitimidad de quien tiene por destino o por derecho natural imponer su voluntad y en qué se basa realmente ésta, sobre qué hacer cuando te toca obedecer y resulta que no quieres, sobre qué te legitima a hacerlo, sobre qué posibilidades ofrece nunca tal actitud, sobre porqué los de abajo somos tan idiotas de tomar partido por un tirano en oposición a otro, porqué nos empeñamos en que el tuyo es el bueno y cuenta de alguna manera contigo cuando nunca es así, sobre si es posible o no romper la rueda de la que Daenerys habla antes de su final y sobre muchos otros temas centrados solo en el poder y la relación que todos tenemos con él.

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¿Por qué este tema y no otro? Porque es su propuesta, es el Tema. Y lo es porque llevamos siglos y siglos dándole vueltas en la vida real y nunca hemos llegado a un acuerdo que valga para todos ni que perdure. Porque no nos hemos librado, en momento alguno, de los tiranos. Quizá porque, simplemente, el poder sea así, ¿quién sabe? El poder corrompe y un poder absoluto corrompe absolutamente. Del rey para abajo.

Pero, como os decía, el dragón Juego de Tronos —como veis, estoy evitando deliberadamente hablar de los libros que forman su base porque no me interesan aún— creció tanto que se le fueron incorporando, se buscase o no de una manera deliberada, nuevos temas y nuevos debates ajenos a la premisa principal que también forman parte de la mismísima condición humana, porque no solo de poder vive el hombre. O sí, y hay otros tipos de poder que no están estrictamente relacionados con el gobierno de los pueblos.

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Por nombrar solo unos cuantos, la serie muestra de manera no forzada que existen muchas más condiciones sexuales que la normativa y que de nada sirve negarlas o censurarlas porque son tan reales y tan válidas como la única socialmente aceptada en este medievo fantástico; cualquier parecido con la realidad pura coincidencia. O muestra que la diversidad funcional, que debería definir al personaje, no influye en absoluto para que éste resulte tan válido o más, tan inválido o más, que los que no parecen tenerla. O se trata, con una normalidad inédita, tabúes tan imperecederos como el incesto o la endogamia. O se recalca la importancia del papel de la mujer, cada vez más naturalmente protagonista, más empoderada y más empoderadora en las ficciones, aunque cada una elija luchar con sus armas, unas más centradas en hacer valer sus herramientas dentro de las estructuras patriarcales tradicionales, otras rompiendo literalmente las cadenas de las mismas, aunque sin negar nunca lo que tradicionalmente las convierte a ambas en mujeres, otras “negando” su propia feminidad para mostrar que otra idea de lo femenino también es posible, caigan o no en el error de asimilar el rol tradicional del hombre. O el rol aún descaradamente preponderante de lo masculino por derecho divino, “las vergas importan, me temo”, aunque a muchos personajes, más de los que, si os fijáis, resulta común, les defina precisamente el hecho de carecer de ella sea por nacimiento, casta o castigo. Aun así, ninguno de ellos niega, en ningún momento, ni reniega de su masculinidad y sus privilegios. O del peligro de dejar nuestros actos en manos de los guardianes de la moral, de una, de la suya, de la que sea, del Gorrión Supremo o de Melissandre. Decenas y decenas de caminos secundarios, muchos de ellos pedregosos y nada amables que alimentaron a un dragón ya barrigón por sí mismo haciéndolo más y más gigantesco.

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Y cuantos más temas se sumaban más capítulos pasaban —estoy convencido de que solo para abarcar Canción de hielo y fuego, como ocurriría con una serie sobre El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, y ahora sí bajo al mundo literario creado por George R. R. Martin, haría falta que la serie hubiese tenido veinte o treinta temporadas, imaginad ir además añadiéndole temas— y cuantos más capítulos pasaban, más nos identificábamos con este o aquel personaje, más nos interesaba una u otra trama, más pasábamos a formar parte de un mundo acogedor como solo una serie de fantasía, aventura, sensualidad y dragones es capaz de hacer y, lo que ha sido creo mucho más importante y significativo, más nos asumíamos como parte de un bando en contra de todos los demás. Nos hemos obligado a tomar partido, a posicionarnos, a hacer nuestra apuesta, sin que nadie nos lo hubiese pedido explícitamente.

Y es que cuando creas un artefacto tan fantástico e irreal que se convierte en un mundo en sí mismo, que éste se convierta en un espejo de metáforas y alegorías del real es, en la práctica, inevitable. Y Juego de tronos, defiendo, se ha parecido tanto a las diferentes realidades geopolíticas, económicas —ese banco de hierro de Braavos, por favor, si es el maldito FMI—, sociales, culturales, se ha podido hacer tanta pedagogía con ella para explicar quién era quién en cada nuevo evento de nuestro convulso momento histórico a un nivel tan global y, a la vez, tan local que cuesta creer que no se hiciese con esa única intención aunque resulte, obviamente, imposible.

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Esa misma magnitud, esa continua presencia en nuestra experiencia real cercana —hasta a los que no veíais la serie os competía, aunque estuvieseis ajenos a lo que en ella iba aconteciendo, os ha ido interpelando y afectando de manera directa— esa ingente cantidad de caminos secundarios que os comentaba, con sus respectivas y acogedoras posadas de las que nunca querríamos haber salido que son las subtramas y los personajes, han hecho que el espectador, ni comentemos el ultra, haya perdido de alguna manera el camino principal.

Y es que toda la trama, toda la creación de este nuevo mundo, se sustenta sobre una única premisa, acaso la única posible, y la temporada final en general y su capítulo final en particular han sido terriblemente fieles a ésta. Por ello y en mi opinión, toda crítica que se haya hecho de esta última temporada, más o menos furibunda, con más o menos razones objetivas para argumentarla, referidas a la forma de resolver sus tramas, a la solución que se le haya dado al personaje con el que más identificado te sintieses, a la fotografía y su exceso de oscuridad, se explica, más allá de la innegable premura por matar al dragón, por todo lo que acabo de exponer: nos olvidamos de lo importante, nos quedamos con lo accesorio.

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La serie iba de mostrar un mundo dominado por los juegos del poder, por sus intrigas, por las consecuencias que en los de abajo tenían éstas y, a tal punto se apostó por ello que, si se había de matar a un personaje principal, se le mataba, si su final tenía que ser un final tosco y desagradable, así era, si los protagonistas a los que no les tocaba aún morir tenían que sufrir vejaciones, violaciones, abusos, malos tratos, defenestraciones —incluso literales—, los guionistas los han ido escribiendo de manera inmisericorde, sin reserva alguna. Y el foco siempre se ha centrado en las tres, cuatro familias que os decía al principio y, aunque a unos se les ha mostrado como los malos y a otros como los buenos, lo cierto y verdad es que esa distinción está más en el ojo del espectador que en la forma de presentar a los personajes. Los malos siempre eran los que gobernaban, los que ambicionaban tener más poder, más control. Los buenos, por el contrario, los que declinaban la oferta o lo habían perdido de manera siempre injusta. El eterno relato de la superioridad moral, real quién es capaz de negarlo, de los perdedores que tan bien les viene a los que siempre ganan.

Así mismo, buenos o malos, especialmente los que han estado desde el principio hasta el final de la serie, han tenido posibilidades para su redención, gestos humanizadores, tramas en las que se ha puesto en valor sus buenas virtudes. Y al revés y esto es muy importante para entender bien el final: ningún personaje protagonista, en toda la serie, es objetiva y puramente bueno. La serie nunca jugó a eso, a eso jugamos nosotros, no la serie.

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Pero repasadla si no me creéis, no lo encontraréis, encontraréis alguno que se acerque a ello pero que, bien esté sirviendo al rey equivocado, bien sea un cobarde, bien demasiado sumiso, bien tome una decisión injusta, bien se equivoque en favor de sus intereses o de los de su familia… Nadie, del rey para abajo.

De la última terna superviviente, Jon Snow, el único que, a pesar de que ya había tenido más de una decisión moralmente discutible y un alto grado de pusilanimidad durante todo su periplo, empezando por la asunción sin oposición de su papel como bastardo de rey, y que siempre había permanecido más o menos justo, conciliador, equilibrado, familiar, en definitiva, virtuoso, acaba matando al amor de su vida. O a su segundo amor, porque al primero no le mata él pero sí lo expone y condena en beneficio propio. De hecho, su personaje se vuelve menos y menos consistente desde su resurrección, que quizá nunca debió producirse, aunque su final sea el que él mismo se llevase labrando desde el minuto uno.

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Siempre se sintió un desheredado ajeno a la nobleza, de hecho en los últimos coletazos de la serie les hace prometer a sus hermanas y a su hermano que no revelen al mundo lo que a él le ha sido revelado precisamente por el Cuervo de Tres Ojos, que por su linaje es más heredero al Trono de Hierro que su reina Dragón que, para colmo, ha resultado ser su tía. Si él mismo se niega su alto linaje, justo es que no acabe siendo condenado a no coger mujer ni engendrar hijos, y coherente que eluda la última guardia si ya no hay nada que guardar. Por otra parte, siento que es bueno que el personaje más humano de la serie acabe sus días junto a los descendientes de los primeros hombres, los personajes más reales de toda la trama.

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Daenerys Targaryen de la Tormenta, la que no arde, rompedora de cadenas, madre de dragones, Khaleesi de los Dothraki, Reina de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos y Protectora del Reino, a la que los guionistas le obligaron a pasarlas canutas desde el minuto cero hasta bien avanzada la acción de la serie, razón por la cual siempre fue fácil empatizar con ella y estar de su lado, actúa movida por la ambición de reclamar lo que por derecho de nacimiento considera suyo. Y, asúmelo, todo lo que sufriste por ella lo sufriste tú, no ella, que nunca se rompió. Asumió, apuntó y, en cuanto pudo, actuó, sin sentimientos ni sensiblerías, dura e implacable como sus dragones. No debemos olvidar que aunque todos nos pusimos muy contentos por ello, porque “lo merecía”, propició la muerte de su propio hermano. Se mostró inflexible, siempre, ante cualquier obstáculo que le llevase la contraria o hiciese peligrar su plan maestro.

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Dijo lo que tenía que decir cuando lo tuvo que decir sin mostrar jamás viso alguno de sentimiento, permaneciendo fría como el témpano. Si tuvo que ordenar crucifixiones las ordenó, si tuvo que encerrar y encadenar a sus hijos dragones, los encerró y encadenó, si tuvo que ejecutar al traidor no le tembló el pulso, si le convino enamorarse o encamarse con éste o aquel peón, alfil o rey de su tablero de ajedrez lo hizo con la misma firmeza y la misma frialdad que decía drakarys cuando lo estimaba oportuno. Su actitud desde que fue vendida por unos caballos hasta que llega a lomos de Drogon a Desembarco del Rey es la de una psicópata que ni siente ni padece. No está ida ni trastornada, no replica lo que soñó su padre, el rey loco, con hacerle a su pueblo, hace lo que cree que su destino le reclama de una manera consciente, científica y aséptica. Planea y ejecuta. Si te sientes engañado por los guionistas, si crees que su arco no se cierra como se anunciaba desde el principio es porque te identificaste con ella y su lucha, no porque no estuviese sembrado desde el minuto uno su fruto. El cierre es coherente con el personaje y con la premisa principal. Alcanzar el poder no te cambia, simplemente te capacita para actuar sin cadenas.

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En cuanto a Samsa Stark, es un caso similar al de Daenerys, más humana si lo queremos, pero tan ambiciosa, dura y decidida como ella o como la propia Cersei de la que no hablamos, porque todos tenemos claro que era la mala, ¿cierto? A diferencia de la Khaleesi, Samsa opta por jugar sus bazas desde su condición social y su tradicional rol de género. A lo Cersei, pero sin estar consumida por el amor carnal y romántico hacia su hermano, sin procurar la defensa animal de sus hijos como ésta, porque, sencillamente, no los ha tenido. Aun así, obtiene un premio desde luego no merecido o cuanto menos excesivo cuando es su última intriga, la de filtrar a Tyrion Lannister el gran secreto de su hermano al que juró no revelarlo nunca, la que precipita los acontecimientos que acaban dando lugar a la masacre de Desembarco del Rey.

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Arya Stark, descontada desde el minuto cero para reinar o ser una dama dicho incluso por ella misma, tampoco es un personaje blanco. Desde la muerte de su padre, siendo ella una niña, hasta el penúltimo capítulo, convertida ya en toda una mujer, su motivación es la venganza y si para conseguirla tuvo que abandonar a su familia, a su hermana cuando ésta más la necesitaba o juntarse con quien, para ella misma, eran unos indeseables para lograr convertirse en una asesina eficiente y cualificada, lo hizo. Nos vino bien con el Rey de la Noche, sin duda, pero no puede decirse que sea la bondad personificada. Ni siquiera es justa, en ocasiones su lista resulta caprichosa y arbitraria. Que su premio sea continuar el camino sola es bastante justo, aunque haber muerto al mismo hierro que ha ido matando no habría sido tan descabellado.

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King Bran, the broken, primero de su nombre, de la casa Stark, antes conocido como el nuevo Cuervo de tres ojos, la gran sorpresa final —que sí, que apenas se sostiene— preparada por los guionistas para cerrar el círculo, el rey wu wei[1] para muchos, aunque ahora vamos a esto, tampoco es un ser de luz.

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Conocedor de un gran secreto desde pequeño por una funesta casualidad, lo que para colmo le condena a ser un lisiado necesitado de asistencia de por vida, Bran es un personaje triste, amargo, en buena medida egoísta por sus circunstancias, que parece encontrar su destino cuando se encuentra de bruces con el antiguo Cuervo de tres ojos —¿o es él mismo liberado de las cadenas del tiempo y la realidad, sempiterno y siempre presente o incluso multipresente, ora encarnado en su forma mortal en una silla, ora uno con el árbol arciano?— aunque a la postre esto solo sirva como un monumental ex-machina bastante poco disimulado para hacer avanzar o virar la acción de manera mágica al antojo de los creadores.

Decisivo en la lucha contra el Rey de la Noche, su personaje debió morir ahí o, al menos, echarse a un lado. Pero, bueno, tampoco es tan descabellada su elección como rey post trono de hierro. Al fin y al cabo, tras su transformación en el Cuervo de tres ojos, su capacidad de conocer todo el pasado, el presente y probablemente el futuro de la humanidad le da una posición por encima del bien y del mal indudable. Este hecho no dulcifica precisamente su carácter, más al contrario le hace mostrarse como un perfecto tirano que de alguna manera también es, duro y frío hasta con su familia y con quien le procuran los cuidados que él necesita al ser sabedor de que, a pesar de sus limitaciones físicas, su omnisciencia le otorga un poder absoluto. Pero insisto, me reservo para el final mi opinión al respecto del cierre de su arco.

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Demostrado, espero, que no hay un solo personaje puramente bueno entre los protagonistas, que la premisa principal no se ve traicionada en ningún momento y que el final no es incongruente y, en consecuencia, que cualquier crítica a estos aspectos es interesada, subjetiva e incompleta, abordemos para terminar el final de una vez por todas.

De lo propuesto por los responsables de esta última temporada hemos de sacar la conclusión de que los seres humanos nos unimos ante la gran adversidad siempre; que quizá sea triste pero que solo cuando tenemos un enemigo común, que nos conviene a todos eliminar porque nos pone en riesgo a todos, es cuando no ponemos reparo alguno para luchar juntos por la causa. Y que esa unión suele resultar beneficiosa también siempre, aunque los guionistas decidiesen acabar con el Rey de la Noche con una argucia de Bran, The Broken, y una aparición estelar de Arya y su juego de manos.

¿Todos los humanos? Bueno, a ver, siempre hay alguna oveja descarriada aka perra de satán, tipo Cersei, que no solo se mantiene al margen para no exponerse, sino que espera su oportunidad para acabar con los héroes que han liberado al mundo del peor enemigo posible y sacar provecho. SPOILER, sale mal porque lo contrario es lacerantemente injusto.

Otra conclusión es precisamente esa: siempre va a haber uno que ansíe más el poder que nadie. Habría sido muy bonito que incluso Cersei, el ejército mercenario dorado y el cretino de Euron Greyjoy, el puritano Gorrión Supremo de la Fe y la Montaña hubiesen puesto su granito de arena en este lucha, que hubiese muerto hasta el apuntador, que también eso habría sido fiel a la serie, y que de entre los que quedasen con vida después de la gran batalla final se eligiese al sucesor al Trono de Hierro, pero, seamos sinceros, ni en Westeros, como lo llaman los latinos, ni en el mundo real habría resultado creíble. Como muestra puntual de cuanto afirmo ahí tenemos a los políticos del PP lavando su dinero negro el mismo 11-M o a los del PSOE andaluz quedándose el dinero público de los ERES a los que iban condenando a los trabajadores de distintas empresas durante la peor crisis económica de los últimos años. Menciono a ambos no porque sean opuestos en lo ideológico, sino por tener, ambos, comportamientos mezquinos en posición de poder y en posesión del poder.

Mucho más creíble resulta el verdadero final de la serie. Hagamos un último repaso a los acontecimientos previos al último capítulo. Eliminado ya el gran enemigo común, el miedo a la nada, los humanos, que somos monos idiotas con ínfulas, volvemos de manera inmediata a nuestras luchas intestinas entre bandos. Cuando la URRS de Stalin liberó Berlín y propició el hundimiento de Hitler empujándolo al suicidio, nunca está de más recordarlo, y los yankies liberaron Francia e Italia del fascismo —sí, es verdad que, por lo que sea, a unos y a otros se les pasó liberarnos a españoles y portugueses de ese yugo y de esas flechas pero, yo qué sé, se les pasaría o lo que fuera—, tardaron menos en repartirse Alemania y el resto de Europa y ponerse con la Guerra Fría que en celebrar los juicios de Nüremberg. Si somos así en la realidad, ¿qué sentido tiene negar nuestra condición en la ficción? Ninguno.

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Por eso, es coherente que, por un lado, Daenerys se proponga tomar Desembarco del Rey y terminar así su ansiada revolución, y por otro que una Cersei embarazada —no lo olvidemos— no solo se niegue a rendir la plaza, sino que se conjure con los pocos que le quedan, con lo poco que le queda, para matarle un hijo dragón a Daenerys —no se le escape a nadie que es con los únicos con los que interactúa la tirana con amor y sentimientos verdaderos, sea por su condición de madre, sea por su condición de dueña de tamaño poder real—, cortarle la cabeza a su fiel traductora, consejera y única amiga —ésta utilizará sus últimas palabras para decirle a su reina dracarys— y que, a la postre, deje expuesto a su pueblo al ya seguro baño de sangre y fuego, que no solo causa, sino que se niega a evitar para ver si con ese baño logra tener una posibilidad, por pequeña que sea, de salvar a su último vástago y con él a ella misma.

Pero hay más razones para actuar así sabiéndose derrotada, por muy optimista que necesite ser dado su embarazo. Aunque parezca un acto de maldad y egocentrismo absolutos y lo sea, si se niega a evitar el derramamiento de sangre de los suyos, además de por no aceptar su derrota, además de por tratar de salvar a su hijo, además de por buscar su salvación o morir con la corona puesta, también es porque considera a su pueblo parte de todo lo que les acontezca.

Ella estuvo allí cuando le sometieron al “Paseo de la vergüenza” y fue su pueblo quien la vejó de manera pública y notoria porque entonces le pareció lo justo. ¿Por qué ahora esperan clemencia de alguien a quien cuestionaron su legitimidad hasta que no asumiese unas faltas que bien sabían que ella no reconocía como tales? ¿Por qué no la defienden hasta derramar la última gota de sangre si, precisamente porque pasó por ese lance, ellos la legitimaron como su única reina? ¿Por qué van a merecer piedad más que ella? Merecen el mismo final, merecen dracarys tanto o más que el ejército caído de las Islas del Hierro, tanto o más que el ejército Dorado que se rinde ante la evidencia, tanto o más que ella misma.

Y dracarys es la irrefutable respuesta de Daenerys para todo Desembarco del Rey con una coherencia y una legitimidad que dolerá a los papis que con su nombre bautizaran a sus retoñas, pero que no por inhumanas y despiadadas resultan menos irrefutables.

La Khaleesi, imbuida por la razón que te da estar en la posesión de una lógica no falsable, le dio la opción a la reina Lannister de rendirse a su innegable poder, muy superior al que le niega su linaje tras la gran revelación de quién es en realidad su amado. Le da la opción de proteger y salvar, en un último gesto magnánimo, ni que fuese el último, ni que fuese el único, a su pueblo y la reina Lannister se lo niega a ella misma y, por supuesto, a ellos.

Para Daenerys, cuyo poder absoluto simboliza y reside en el único hijo vivo que le queda, el majestuoso y bestial Drogon sobre el que permanecerá montada, muy por encima ya del bien y del mal, era Cersei la que tenía que decidir, la que se tenía que rendir. No un pueblo cobarde y siempre fiel a la corona. No un ejército de mercenarios que habrían rendido la ciudad también por una buena contraoferta. No el Septón Supremo de la Fe que, de haberlo querido la nueva reina, habría podido contar con su consejo espiritual con solo abrazar su credo. No, ninguno de ellos, Cersei, la reina Lannister, el último obstáculo para romper por fin la rueda.

Daenerys dirige el exterminio, Drogon lo ejecuta, Cersei les condena a él a los suyos, a los que revela con su acción como parte de esa rueda. Daenerys lo ve tan claro ahora…

Cersei no es la única que no se rinde, es el pueblo de Desembarco del Rey el que no hace nada para advertir a su reina de su error, el que aguarda callado y sin involucrarse en los acontecimientos, sin tomar partido, sin rebelarse ante su seguro destino, ni a favor, ni en contra. Demasiado tiempo debajo de la bota para entender que ellos también tenían algo que decir al respecto.

Daenerys alcanza la iluminación: el mundo nuevo que ella propone y simboliza ha de nacer nuevo y puro, formado solo por personas que acepten y entiendan que ella es la legítima reina, por encima de linajes y juegos de tronos, porque ella es la que los ha liberado de la rueda. Ahora es cuando entiende por fin que, si quiere romper la rueda, ha de acabar con todos los que la conforman y si para ello ha de matar a medio Poniente, ha de hacerlo asumiendo todas las consecuencias.

Esta revelación guiará su mano y con su mano a Drogon, base y muestra de su total y absoluto poder, si ella es la única que no arde, si solo su poder es capaz de dominar el de Drogon, ella y no otra es la única capaz de romper la rueda. Y en consecuencia merece ser la que reine por y para el pueblo al que libera y lidera. El que no esté dispuesto o preparado para entenderlo deberá morir a fuego de dragón del que solo ella es madre.

La Mano de la reina Dragón, su otra mano y a la par hermano de Cersei, Tyrion Lannister, tratará de evitar tal desenlace, hasta su egocéntrico hermano hará lo que éste le pidió antes de inmolarse junto a su hermana y al fruto no nato de ambos, como también trató de evitarlo Varys aunque de otro modo, antes de acabar merecidamente chamuscado en Roca Dragón por traidor porque los traidores no merecen estar presentes en el nuevo mundo. Ninguno podrá parar lo inevitable.

Y las campanas doblan pero no hay rendición, las campanas doblan pero es a arrebato, las campanas doblan pero es a muerto. A fuego y sangre: si no me quieren, que me teman, si no me entienden, que mueran y que sean otros quienes ocupen su lugar.

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Daenerys Targaryen es coronada y revela a su poderoso ejército de inmaculados y a sus señores vasallos la buena nueva. Tyrion, que en buena lógica ha traicionado a la reina, es apresado. Jon Snow, que aún no se ha recuperado del espanto, es convencido por éste de que la nueva reina es tan tirana o más que sus antecesores. Hay que dar muerte a la nueva tirana y solo él podrá hacerlo, si no es por el Reino, ni por él, que piense en sus hermanas, en su hermano, en todos los que van a morir hasta que entiendan que el nuevo tiempo será mejor y más justo.

Y la reina Dragón muere con la guardia baja y ante su único hijo vivo. Y si la tiene bajada no es por estar frente a un amor que se ha roto por resultar imposible, sino por estar frente al que creyó el más fiel de sus vasallos, el que por linaje es más noble que ella misma. Drogon recoge su cuerpo inerte, no sin antes arrasar también con el propio Trono de Hierro, levanta el vuelo y se va, lejos de las leyes de los hombres que, a pesar del simbólico gesto, no es capaz de entender.

Tras la conmoción, Jon Snow, ya Aegon Targaryen, es apresado primero y llevado ante el consejo de nobles, ante los reyes de los Siete Reinos, después. Es Tyrion Lannister quien le comunicará su fin. Reunido el consejo de nobles, tras la carcajada generalizada ante la idea del nuevo Gran Maestre, el bueno de Sam, de dejar en manos de la plebe quién manda y para qué, Tyrion les convence a todos, primero de cambiar el sistema para llegar al trono, del derecho de nacimiento a la decisión unánime del alto consejo, y les propone después como primer rey post Trono de Hierro a Bran, The Broken, que es elegido por unanimidad y que acepta, contra todo pronóstico, la corona de los Siete Reinos sin rechistar.

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Pero, ¿por qué es Bran el elegido? Porque todos saben o, al menos, todos a quienes importa que lo sepan, que Bran será rey pero no reinará. Aunque escenificará con diligencia los puñetazos en la mesa que estimen sus consejeros que, como rey, tenga que dar, aunque si manda, será obedecido porque, a diferencia de sus predecesores, ha sido elegido en consejo de nobles, no reinará. La escena de la reunión del nuevo consejo real es tremendamente significativa a este respecto. Quizá no pase a la posteridad en la memoria de sus seguidores, pero escenifica el cierre del círculo perfecto que es la serie. La Mano, orgulloso de volver a vicepresidir los ahora seis reinos, tras haber negociado Samsa la independencia del Norte, coloca con mimo las sillas de los consejeros para que todo esté en orden y, cuando estos lo ocupan, cada uno lo adecua a su postura natural. A continuación, el rey se persona, hace que atiende a las diferentes intervenciones de los nuevos miembros del consejo real y anuncia a su Mano que se retira a ver si da con la ubicación exacta de Drogon. Esa será su ocupación real, como la de la caza, el alcohol y las prostitutas lo fue del penúltimo rey Baratheon, el culto a sí mismo lo fue del último, la política exterior lo ha sido para los últimos Lannister, etcétera.

Mientras, los consejeros, como de costumbre, virarán el interés del reino a los intereses particulares, la Mano aconsejará, es decir, dictará al oído a su rey si aceptar o denegar las pretensiones del resto. En definitiva, gobernará, tratando de ser justo y equilibrado, tratando de no crear pueblos desafectos, perpetuar a su rey en el trono, hasta que, llegado el momento, toque cambiarlo por otro mejor.

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¿Se ha roto la rueda? ¿Es estable, siquiera, el nuevo tipo de elección del rey de turno? ¿Sería creíble que así sea? ¿Está asegurada la tranquilidad de los pueblos con esta fórmula? ¿De verdad que no volverá a haber a quien se le ocurra quererse levantar contra el rey y el orden establecido? ¿Nunca más volverá a reclamar sus derechos de sangre un descendiente?

Os avanzaba antes que hay quien llama a Bran, The Broken, el rey wu wei. No estoy de acuerdo. En mi opinión, no gobierna sin acción, simplemente no gobierna, impondrá sus caprichos sean cuales sean y, cuando estorbe o se exceda, se le cambiará. Como antes. Y el Reino será gobernado por lo que se acuerde en el consejo real y decida la Mano que su rey decida. Como antes. Y los intereses de unos y otros chocarán, y los otros y los unos tratarán, con las mismas intrigas palaciegas, ganarse el favor del rey. Como antes. Es el triunfo de los lampedusianos[2]. Todo ha cambiado para que todo siga igual.

Y llegará sin duda un día, otra vez, en el que uno de los reyes de los seis reinos incumplirá los acuerdos porque podrá hacerlo. Y el resto de los reyes levantarán su queja al rey supremo y este contentará a unos y enfurecerá a otros, y la situación se volverá insostenible y volverá la guerra. Y entonces se volverá a escuchar a los románticos, volverán las revoluciones y más guerras, y las desgracias y la vida seguirá igual, siempre igual, intentando abrirse paso ante la adversidad y la estupidez humana, la propia y la ajena.

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Y nacerán nuevos líderes con nuevas y mejores ideas que encantarán a los más desfavorecidos y se mostrarán igualmente radicales, igualmente rupturistas con la rueda y casi lo conseguirán a veces, y otras veces serán cruelmente reprendidos, pero ninguno triunfará porque la ecuación, una vez más, será balanceada. Nuevos planes, idénticas estrategias, idénticas consecuencias, añado.

Y siempre habrá reyes mejores y reyes peores, Manos más justas y Manos más injustas, Consejeros más sabios y Consejeros más egoístas, pero nada cambiará mientras haya quien ostente el poder. Porque, ¿dónde reside el poder? En quienes lo ostentan; porqué lo ostenten, quién o qué se lo otorguen es lo de menos, siempre es lo de menos. Lo de más es que habrá quien lo ostente. ¿Y quiénes ostentan el poder? Los mismos, siempre los mismos, los de siempre, que siempre son, en el fondo, lo mismo.

Visto así, el final de la ficción es demoledor y asfixiante, ¿verdad? Pero, ¿a que mejora al pensar que eso en la realidad no pasa? Al menos, yo nunca he visto volar a un dragón.

Ángel Chatarra

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[1] Wu wei, no actuar en chino, es un principio taoísta según el cual la mejor forma de enfrentarse a una situación, como puede ser la de tener que gobernar, es no actuar, que no es lo mismo que no hacer nada, aunque se le parezca mucho. (Nota el autor).

[2] “Lampedusiano” es una idea que expresó el Príncipe de Lampedusa en la famosa novela El Gatopardo: “Que todo cambie para que todo quede igual”. (Nota del Editor).

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Título original: Game of Thrones

Año: 2011-2019 (Gran Bretaña, Estados Unidos)

Fecha de estreno: 17 de abril de 2011.

Duración: 60 minutos.

Temporadas: 8 (73 capítulos)

Género: Fantástico. Aventura. Drama.

Calificación: No recomendada para menores de 18 años.

Creadores: David Benioff, D.B. Weiss.

Directores: David Benioff, D.B. Weiss, Timothy Van Patten, Brian Kirk, Daniel Minahan, Alan Taylor, Neil Marshall, David Benioff, Alex Graves, Michelle MacLaren, David Nutter, Alik Sakharov, Michael Slovis, Mark Mylod, Jeremy Podeswa, Miguel Sapochnik, Jack Bender, Matt Shakman, Daniel Sackheim, David Petrarca.

Productoras: Home Box Office (HBO), Television 360, Grok! Studio, Generator Entertainment, Bighead Littlehead, Revolution Sun Studios, George R.R. Martin

Distribuidora: HBO

Intérpretes: Mark Addy (Robert Baratheon), Jack Gleeson (Joffrey Baratheon), Stephen Dillane (Stannis Baratheon), Carice van Houten (Melissandre), Sean Bean (Eddar Stark), Michelle Fairley (Catelyn Stark), Richard Madden (Robb Stark), Sophie Turner (Samsa Stark), Maisie Williams (Arya Stark), Isaac Hempstead Wright (Bran Stark), Alfie Allen (Theon Greyjoy), Kit Harington (Jon Snow), Emilia Clarke (Daenerys Targaryen), Rory McCann (Sandor Clegane, “El Perro”), Iain Glen (Jorah Mormon), Aidan Gillen (Petyr Baelish “Meñique”), Conleth Hill (Varys), Natalie Dormer (Margaery Tyrell), John Bradley (Samwell Tarl), Nathalie Emmanuel (Missandei), Jerome Flynn (Bronn del Aguasnegras), Gwendoline Christie (Brienne de Tarth), Sibel Kekilli, Jason Momoa, Jonathan Pryce, Dean-Charles Chapman, Liam Cunningham, Michael McElhatton, Diana Rigg, Finn Jones, Ian McElhinney, Jacob Anderson, Oona Chaplin, Bella Ramsey, Natalia Tena, Kristian Nairn, Rose Leslie, Pedro Pascal, Max von Sydow, Gemma Whelan, Charlotte Hope, Kristofer Hivju, James Cosmo, Hannah Murray, Iwan Rheon, Ellie Kendrick, Peter Vaughan, Gethin Anthony, Tom Wlaschiha, Harry Lloyd, Donald Sumpter, Kate Dickie, Clive Russell, Tobias Menzies, Ciarán Hinds, Julian Glover, Mark Stanley, Esmé Bianco, Joe Dempsie, Michiel Huisman, Hafþór Júlíus Björnsson, Indira Varma, Thomas Brodie-Sangster, Richard Dormer, Miltos Yerolemou, Elyes Gabel, Rosabell Laurenti Sellers, Ian McShane, Pilou Asbæk, Ed Skrein, Joseph Naufahu, Keisha Castle-Hughes, Jessica Henwick, Jim Broadbent, Faye Marsay, Nonso Anozie, Tom Hopper, Thomas Turgoose, Freddie Stroma, Eugene Simon, Marc Rissmann, Frank Blake, Daniel Portman, Ben Crompton, Anton Lesser, Mark Quigley, Laura Elphinstone, Ed Sheeran… y así hasta más de cien, solo de los principales.

 

The Dungeonmaster [vd/dvd/bd: El amo del calabozo]

El amo del calabozo

Título original: The Dungeonmaster

Año: 1984 (Estados Unidos)

Directores: Dave Allen, Charles Band, John Carl Buechler, Steven Ford, Peter Manoogian, Ted Nicolaou, Rosemarie Turko

Productor: Charles Band

Guionistas: Charles Band, Allen Actor, Rosemarie Turko, John Carl Buechler, Dave Allen, Jeffrey Byron, Peter Manoogian, Ted Nicolaou

Fotografía: Mac Ahlberg

Música: Richard Band, Shirley Walker

Intérpretes: Jeffrey Byron (Paul Bradford), Richard Moll (Mestema), Leslie Wing (Gwen Rogers), Gina Calabrese (chica en sueño), Daniel Dion, Bill Bestolarides, Scott Campbell, Ed Orion (monstruo en sueño),R.J. Miller (Mr. Cahane), Don Moss (Don), Alanna Roth (chica flor), Kim Connell, Janet Welsh, Carol Solomon, Jackie Gross, Barbara Mueller, Nina Barker (bailarines), Cleve Hall (Jack el destripador), Kenneth J. Hall (hombre lobo), Jack Reed (momia), Guy Simmons (africano), Jeff Rayburn (verdugo), Lonnie Hashimoto (samurai), David Karp (cadaver de Paul Bradford), E. Lee Nation, Peter Kent, Beverly Miko, James Di Mino, Curtis Lee Garrick, James Chesnut (zombis), John Carl Buechler (rata), Blackie Lawless, Chris Holmes, Randy Piper, Tony Richards (integrantes de W.A.S.P.), Shal Fondacaro, Phil Fondacaro (gente de piedra del cañón), Eddie Zammit, Mack Ademia, Paul Pape (policías), Danny Dick (Slasher), Kurt Braun, Suzanne Lelong, Marika Zoll (bailarína en audición), Jerri Pinthus (bestia de la cueva), Diane Carter (Angel), Michael Steve Jones, Randy Popplewell, Anthony Genova (soldado del desierto), Felix Silla (bandido del desiero)…

Sinopsis: Paul es un genio de los ordenadores que una noche debe enfrentarse al diabólico Mestema, señor de la oscuridad que reina una dimensión más allá de la realidad. Paul deberá enfrentarse en una serie de pruebas a todo tipo de seres antes de afrontar el duelo definitivo con el malvado hechicero.

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The Dungeonmaster [vd/dvd/bd: El amo del calabozo, 1984, VV.AA.] se erige en una de las propuestas más curiosas, singulares, esquinadas y, si se quiere, insólitas en la amplia trayectoria de Charles Band. Vista con el tiempo, inmejorable carta de presentación de la Empire. Si bien, este film se gestó inicialmente antes de la creación de la compañía, fue asimilado, concluido y presentado como uno de los primeros esfuerzos de la recién creada productora. Como avispado hombre de su tiempo, Band ideó un peculiar proyecto donde tuviesen cabida ciertas tendencias populares de la época, especialmente el boom de los ordenadores y los videojuegos, sin olvidar los juegos de mesa y de rol. El resultado fue un extraño ómnibus en el que contribuyeron hasta siete directores y que sirvió para que muchos de ellos tuvieran su primera experiencia en tales tareas. Aclaremos que los recién llegados provenían de otros campos del mundo cinematográfico, como son los FX (David Allen, John Carl Buechler), la edición (Ted Nicolau), la actuación (Steve Ford) o la producción (Peter Manoogian). Una buena oportunidad para dar rienda suelta a sus habilidades y probarse para empeños mayores.

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Fiel a su condición del cine B contemporáneo, El amo del calabozo utiliza una ligerísima trama argumental para lanzarse a la fantasía más desbocada y, en breves ocasiones, hilarante. Un curioso viaje a los abismos de la mente donde su protagonista debe enfrentarse a todo tipo de amenazas para rescatar a su amada y, de paso, seguir con vida. Un cruce proto high-tech de mitología clásica en su esqueleto más básico y narrativa aplicada a los nuevos caminos digitales, léase los citados videojuegos. No estamos ante una antología de episodios, sino a un film global cuya estructura episódica está integrada dentro de la trama principal.

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El film se abre con la presentación en el plano “real” de nuestros protagonistas. El desarrollo sigue las pautas de un corto amateur antes que las de un film profesional, dado los contornos naive utilizados en la descripción de personajes. Paul (un Jeffrey Byron recién salido del Metalstorm de Charles Band) es un genio de los ordenadores, que vive con su celosa novia Gwen (Leslie Wing) y su computadora parlante, X-CaliBR8, todos juntos en un acomodado apartamento para tres. Una noche en plena vigilia nuestros protagonistas son transportados a otro mundo por obra y gracia del gran hermano que controla la vida de Paul; una dimensión oscura e infernal controlada por el diabólico Metesma (el gran Richard Moll) que reta a Paul a una serie de pruebas donde se decidirá el destino de Gwen. Comienza el juego.

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Hay algunos apuntes que resultan interesantes a pesar del nimio tratamiento. Paul es presentado como alguien especial, un experto informático que controla su realidad gracias al dominio que tiene sobre su materia. Aunque su paso a los territorios de Metesma se produce en un estado onírico cabe la posibilidad de considerar que todo el desarrollo posterior se produzca en el interior de su ordenador. La activación del visor de la misma (las gafas de Paul) provoca este ambiguo planteamiento. No son asimilados por la maquina pero se abre un espacio recreado según las posibilidades del juego. No olvidemos que este acontecimiento se produce con posterioridad a las dudas que Gwen presenta ante la petición de mano de nuestro protagonista. Todo resulta muy ligero, si bien es el desencadenante más lógico de la propia narración.

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El espacio regido por Metesma sigue la estética oscura y tenebrista (muy bien reforzada por el trabajo fotográfico de Mac Ahlberg) del género de “espada & brujería”: el hechicero, el guerrero y la princesa encadenada a una columna. Curiosamente, algunos momentos de la película nos retrotraen al genial film de Mario Bava Ercole al centro della Terra [dvd: Hércules en el centro de la Tierra, 1961], insólita muestra de péplum fantástico dotada de inolvidables apuntes terroríficos y una atmósfera irrepetible, que no desdeñaba entre sus fuentes cierta cercanía al citado sword & sorcery (la referencia al popular hijo de Zeus no es gratuita). Por otro lado, la cita cinéfila no nos debe nublar la evidencia real: El amo del calabozo es un pálido ejercicio de género comparado con la magna obra del maestro italiano, pero despierta simpatía gracias a las imágenes que hacen recuperar al espectador desprejuiciado y gustoso de disfrutar los guiños propuestos.

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Paul asumirá un rol nuevo en el mundo de Metesma y será ungido con el nombre de Excalibrator, guerrero y mago con un poder especial sobre las maquinas que le ayudará en su enfrentamiento con el citado demonio-hechicero. Situemos también aquí como influencia los enfrentamientos del genial Dr. Extraño y el maligno Barón Mordo. Ese espíritu de viñeta también se integra en la película dada su secuenciación y sus dos personajes centrales. Las siete pruebas que debe librar nuestro héroe son las galerías o segmentos que configuran el centro de la narración y que pasamos a detallar a continuación. Como hemos comentado, el film no es una antología de relatos pero su segmentación posibilita este acercamiento.

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1.- Stone Canyon Giant, escrito y dirigido por el finado David Allen, es una miniatura para trabajar sus habilidades con la técnica stop-motion. Dos enanos roban el brazalete a Excalibrator y lo dejan junto a un templo presidido por una gigante figura pétrea sedente. La gran mole cobra vida. Como sucede en todos los capítulos las carencias presupuestarias brillan en todo momento y el esquema a seguir es muy básico. Sin embargo, los pocos efectos logrados por el director de Puppet Master 2 [vd: Muñecos asesinos,1990] alivian las citadas carencias y dejan un poso de insatisfacción dada su brevedad. Ambientado en un espacio-tiempo imaginario de geografía pedregosa y aliento fantástico (¿un continente perdido? ¿Una isla remota?), rememora en pequeña escala los mundos mágicos del genial Harryhausen. Lo más logrado de la película.

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2.- Demons of the Dead, escrito y dirigido por John Carl Buechler. Un descenso a una cavidad infernal presidida por Ratspit, guardian de los muertos. Su condición “italianizante” es evidente. Destacan los maquillajes y la figura maléfica que preside el episodio. Excalibrator se enfrenta a algunos muertos revividos y a su versión zombi. Destaca la atmósfera tenebrosa alcanzada por esta miniatura donde sobresale nuevamente el trabajo fotográfico de Mac Ahlberg. El resto es tan esquelético como sus degradadas criaturas.

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3.- Heavy Metal, escrito y dirigido por Charles Band. Una excusa barata para integrar un escenario oscuro y a la moda de la época: el heavy californiano de la banda americana W.A.S.P. (no será su única aparición en el cine de la Empire). Un concierto es el centro de la nueva prueba mientras suena el tema “Tormentor”. En el teatro de su escenificación aparece Gwen atada mientras es amenazada por el simpar Blackie Lawless. Rayos y centellas adornan el enfrentamiento mientras el público disfruta del espectáculo. Un segmento tan burdo como su propia representación. La anterior y repetitiva perorata entre Metesma y Excalibrator que precede este segmento animada por un imaginativo duelo de dos dragones animados resulta superior a los esfuerzos de la faceta más rockera de la película.

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4.- Ice Gallery, escrito y dirigido por la desconocida Rosemary Turko. Nuestros dos protagonistas aparecen en un gabinete de figuras congeladas similar al exhibido en los museos de cera. Las criaturas cobran vida y amenazan a nuestros héroes. Simpático sketch que aboga por un tipo de terror explotado desde antaño y siempre con evidentes tonalidades retro. Sin grandes logros supone uno de los aciertos de la película. La presencia de Albert Einstein en el cubil de replicas supone un peculiar enigma.

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5.- Slasher, escrito por Jeffrey Byrom y dirigido por Steven Ford. Otro episodio contemporáneo, alargado y prescindible dado que aborda una trama y un desarrollo tan poco vistoso como agraciado. Lo más apreciable es su envoltorio nocturno gracias al trabajo de fotografía del citado Ahlberg. Por lo demás, un asesino en serie asolando una ciudad, un falso culpable, una víctima propiciatoria y un asesino de escaso empaque. Una vez más, Excalibrator vencerá salvando a la infortunada Gwen antes de ser devueltos a los dominios de Metesma. Se puede apreciar con mayor evidencia la restricción que el modelo a seguir impone sobre cada uno de los segmentos. Lo anodino se expone cuando la debilidad del desarrollo se impone, como sucede en este caso.

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6.- Cave Beast, escrita y dirigida por Peter Manoogian. El debut en la realización de uno de los colaboradores más cercanos a Charles Band no puede ser más gris y desafortunado. Mero enfrentamiento entre humano contra monstruo resuelto de la manera más ramplona y desganada que se pueda esperar. Con todo, su curioso desenlace ofrece algo de luz al resultado final. No pasa de ser una mera transición entre los diversos interludios.

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7.- Desert Pursuit, escrita y dirigida por Ted Nicolau, uno de los montadores de la película. Faltaba el escenario postapocalíptico y es el que nos ofrece este segmento. Rápido, conciso y olvidable episodio presidido por el “todo vale”. Escenario desértico, enfrentamiento con moradores de la zona entre persecuciones a cuatro ruedas y finalización accidentada. No hay más. La sombra de Metalstorm resulta evidente y alargada.

Agotadas las pruebas, el tiempo restante es ocupado por el esperado y trascendental clímax que no sorprende en cuanto a elementos, celeridad y acciones mostradas. El regreso al plano real deja el impostado happy end tan forzado como el motivo que generó la narración de la propia película.

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El amo del calabozo ofrece un curioso recorrido por distintas modalidades y temáticas dentro del cine fantástico, si bien siempre como mera coartada argumental para trazar cada uno de los sketches. Lógicamente, y ante tantas manos y perspectivas, prima la irregularidad en el conjunto dependiendo siempre de los logros y la imaginación de cada uno de sus responsables. Lo más simpático y reivindicable es su falta de complejos a la hora de romper las barreras espacio-temporales y su naturalidad al abandonar el mundo real para sumergirse en otras dimensiones más sugerentes y menos anodinas. El ya comentado trabajo de Mac Alhberg, sus artesanales efectos especiales y la banda sonora de Richard Band orquestada por Shirley Walker ayudan a elevar el nivel de la película.

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Para concluir, añadamos en lo anecdótico que su paralelismo con el universo “Dragones y Mazmorras” (juego y serie de TV) no pasa de la perspectiva oportunista muy propia de los “mogul” del cine de explotación. Charles Band conoce perfectamente el negocio y sus reclamos. Básicamente el nombre del film es lo único que los une: el dubitativo proyecto nació con el poco comercial título de “Ragewar” y mutó por el camino a The Dungeonmaster.

Fernando Rodríguez Tapia

Hundra

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Título original: Hundra

Año: 1983 (España, Estados Unidos)

Director: Matt Cimber

Productores ejecutivos: José Truchado, Edward L. Montoro

Guionistas: Matt Cimber, John F. Goff

Fotografía: John Cabrera

Música: Ennio Morricone

Intérpretes: Laurene Landon (Hundra), John Ghaffari [Cihangir Gaffari] (Nepakin), María Casal (Tracima), Ramiro Oliveros (Pateray), Luis Lorenzo (Rothrar), Tamara (Chrysula), Victor Gans (Landrazza), Cristina Torres (Shandrom, la hermana de Hundra), Bettina Brenner (Madre de Hundra), María Vico (Partera), Fernando Bilbao [acreditado como Fred Harris] (Torente), Jorge Bosso (Gordoza), Elena Segovia (Chica joven), Hilda Fuchs (Madre de la chica), Fernando Martínez (Jefe de la gente de la cueva), Lola Peno, Julia Castellanos (Esposas de Torente), Elsa Zabala (Mujer tribal), Mario De Barros, Adolfo Heredia (Sacerdotes), Larri (Bestia), Alicia Fernández Cavada, Arrate Zubizarreta, Conchita De Grado, María Luisa Crespo, Azucena Hernández, Eva Lyberten, Sally O’Neill, Ana Gervasone, Elke Stolzemberg (Amazonas de la tribu de Hundra), Margarita Herrera, Juana Gracia, Pat Izquierdo, Catherine Basseti, Paola Matos, Berenguela Parres, María Jesús Visedo, Roxane Kingsley, Devora Howle (Chicas del templo), Ángel García, Pedro Fournier, Frank Braña, Eduardo Fajardo, Alito Rodgers, Román Ariznavarreta, Kunio Kobayashi, Guillermo Antón (Comandantes)…

Sinopsis: Hundra es una guerrera de una tribu de amazonas que vive sin contacto con varones, con una sola excepción: concebir y procrear hijos. Un día, mientras Hundra se encuentra cazando, su aldea es atacada y totalmente aniquilada. Siguiendo los designios de una sibila, Hundra parte en busca de un hombre con el que concebir una hija que sirva para fundar una nueva tribu. Sin embargo, dicha búsqueda no será nada sencilla…

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El rodaje de la maldita El monte de las brujas (1972) marcaría el inicio de una serie de colaboraciones intermitentes entre su productor y guionista, José Truchado, y su protagonista masculino, el actor de origen turco Cihangir “John” Gaffari. En total serían cinco las películas resultantes de esta unión profesional, integradas en la política de géneros y desperdigadas a lo largo de doce años. Paradójicamente, el fin de dicha asociación coincidiría con los que serían los dos proyectos más ambiciosos abordados por el dúo. Coproducidos con capital estadounidense y realizados por similar elenco técnico-artístico, cada uno de ellos surgiría como respuesta a determinada corriente de moda a comienzos de los ochenta. Así, Yellow Hair & Pecos Kid (1984) seguía las pautas impuestas por George Lucas y Steven Spielberg con En busca del arca perdida (Raiders of the Last Ark, 1981), al explicitar la influencia del serial cinematográfico, aunque trasladando su marco de acción a los terrenos del western. Hundra, por su parte, se apuntaría al carro de la oleada de fantasía heroica que trajera consigo el éxito cosechado por Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, 1981) de John Milius.

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A grandes rasgos, el título en cuestión participa de las características comunes acuñadas como estilo por la práctica totalidad de estas exploitations que trataron de exprimir el filón descubierto por la adaptación del personaje creado por Robert E. Howard. Tanto es así que no faltan elementos que delatan cierta voluntad por parte de sus responsables de equipararse al modelo originario, ya sea por la contratación como director de fotografía de John Cabrera, quien había desempeñado idénticas tareas para la segunda unidad de aquella, o la reutilización de varios de sus escenarios naturales localizados en España, tal y como oportunamente apunta Carlos Aguilar en su Guía del cine, a los que cabe añadir la similitud que determinadas melodías de la banda sonora firmada por Ennio Morricone guardan con la insuperable partitura de Basil Poledouris. Algunas fuentes van incluso un poco más allá, manteniendo que parte del attrezzo utilizado sería el mismo diseñado originalmente para la superproducción de Dino de Laurentiis. Ante tal grado de mimetismo, el único aspecto que parece alejarse del patrón acostumbrado es que esta vez el héroe musculoso que impusiera como canon Arnold Schwarzenegger es sustituido por una atractiva amazona a la que presta sus rasgos la actriz y modelo norteamericana Laurene Landon, quien brinda una interpretación no exenta de carisma y simpatía.

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En un principio, la ocurrencia de otorgar su protagonismo a una fémina bien pudiera considerarse una nota pintoresca a fin de diferenciarse de entre el aluvión de cintas de la temática producidas por aquellas mismas fechas. O quizás, siendo más agudos, un intento por adelantarse al estreno de la cercana traslación cinematográfica de Red Sonja, el equivalente femenino de Conan creado por el propio Howard (vía cómic), aunque eliminando toda connotación fantástica como, curiosamente, ocurre en la presente. Sea como fuere, de lo que no hay duda es que en este ingrediente reside toda la razón de ser de la propuesta. En una idea de lo más audaz viniendo de un film encuadrado en una corriente testosterónica y homoerótica por definición como es la “espada y brujería”, Hundra se erige en un nada velado alegato feminista, lo que, de entrada, refleja no poca ironía. Acorde a este planteamiento, son varios los lugares comunes del estilo que son reformulados bajo este punto de vista. De este modo, tras la inevitable masacre del poblado de turno, formado íntegramente por mujeres emancipadas del yugo masculino cuyo contacto con el sexo contrario se limitaba a funciones reproductivas, la búsqueda emprendida por la protagonista no tendrá como objetivo el vengarse de los responsables del genocidio de su pueblo, como ocurría en tantos y tantos exponentes del subgénero, sino que, aconsejada por una sibila, su fin será el de encontrar a un hombre que la fecunde y la permita refundar su tribu con el fruto de su vientre. Lo mismo ocurre con el carácter iniciático ineludible a este tipo de relatos, centrado en la evolución que deberá experimentar la guerrera para llevar a cabo la misión encomendada, para lo cual deberá superar el desprecio absoluto que siente hacia los hombres, motivo por el que hasta el momento aún se mantiene virgen.

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Los habituales enfrentamientos cuerpo a cuerpo que, a modo de pruebas, le irán surgiendo al héroe hasta alcanzar su destino son así sustituidos por los poco exitosos encuentros que Hundra mantendrá con diferentes especímenes masculinos, en la mayoría de los casos representados de una forma poco positiva. Salvo contadas excepciones que pueden contarse con los dedos de una mano, todos los hombres que aparecen en la historia son dibujados como una clara representación del ideal machista; es decir: groseros, autoritarios, sujetos a sus más bajos instintos y sin el menor respeto hacia las mujeres, a las que utilizan al arbitrio de su antojo. Como no podía ser de otro modo, la palma se la llevan los villanos de la función, labor que recae en los sumos sacerdotes de una secta análoga al culto de la serpiente de Thulsa Doom, dedicada a raptar a jóvenes y bellas doncellas para educarlas como esclavas sexuales de los capitanes de su ejército. Un destino que también correrá Hundra, propiciando un desenlace en el que, acaudilladas por esta, las vestales del templo se sublevarán contra la falocracia dominante, eliminando a sus dirigentes. Por si hubiera alguna duda, la naturaleza metafórica del momento es refrendada por la secuencia que cierra la cinta, en lo que se antoja una glosa a la madre soltera e independiente: cumplida su mesiánica misión, Hundra partirá hacia su destino en compañía de su hija, dejando atrás de mutuo acuerdo al padre de la criatura. Esta tendencia hacia el simbolismo brinda también otros apuntes con una evidente carga sarcástica, como el que el estandarte del culto en cuestión sea la representación de un toro, animal al que adoran, junto a otros totalmente involuntarios pero con un jugoso trasfondo, singularizados por la violación múltiple sufrida por la adolescente hermana de la protagonista, a la que da vida Cristina Torres, actriz principalmente recordada por ser Desi en Verano azul (1981-1982), brindando un momento que, en más de un sentido, supuso el final de la inocencia para toda una generación.

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Sin entrar a valorar el posible maniqueísmo y tono sexista con el que está formulado su discurso, dependiente en cualquier caso de la sensibilidad de cada espectador, es una lástima que el conjunto no alcance mejores cotas debido a los problemas de tono que acusa la realización de Matt Cimber, curtido cineasta hollywoodiense de origen italiano ex-esposo de la sex symbol Jayne Mansfield. Luego de un vibrante inicio típico del cine de espada y brujería, en el que destaca la fuerza que el uso de ralentíes imprime a la dilatada secuencia del ataque al poblado, la película cambia radicalmente de estilo, imponiéndose el tono ligero a medida que su subtexto se va haciendo más evidente, para otra vez volver a recuperar nuevos bríos durante la rebelión final de las mujeres. Una situación que tiene su mejor reflejo en el contraste que se produce entre la violencia mostrada en sus primeras escenas, y que incluye decapitaciones, apuñalamientos y todo tipo de muertes de similar ralea, y el estilo cercano al cartoon que adquiere la puesta en escena de las peleas durante el ecuador del metraje. Lo más curiosos del caso es que, vistos de forma independiente, los diferentes bloques en los que se divide la película funcionan a las mil maravillas, contando en su beneficio con una riqueza de medios bastante superior a lo que era habitual dentro del escaso cine de género que aún subsistía en Europa y que, junto al buen trabajo de su equipo delante y detrás de las cámaras, se traduce en la notable factura formal que luce el conjunto. Méritos más que suficientes para que, independientemente de la singularidad de su propuesta, Hundra sobresalga de entre la caterva de guerreros bárbaros que tomaran al asalto las pantallas de cine de medio mundo durante la primera mitad de los ochenta.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on abril 28, 2017 at 5:56 am  Comments (8)  

La espada mágica. El cine fantástico de aventuras

Título: La espada mágica. El cine fantástico de aventuras

Autor: Carlos Aguilar

Editorial: Calamar Ediciones

Datos técnicos: 256 páginas (2005)

Las películas de aventuras siempre se han considerado un cine de entretenimiento sin más coartada que la de complacer al público poco dado a la reflexión cuando se halla ante la pantalla de cine. Así, films como Simbad y la princesa (The Seventh Voyage of Simbad, 1958), de Nathan Juran y Ray Harryhausen o Hércules (La fetiche di Ercole, 1957), de Pietro Francisci, por poner dos ejemplos, son juzgados como meros divertimentos obviando sus cualidades cinematográficas.

Con el nuevo libro de Carlos Aguilar, La espada mágica. El cine fantástico de aventuras, éste nos demuestra que tras esa apariencia de entretenimiento existe un cine fantástico de aventuras que va más allá del puro divertimento, teniendo sus propios valores intrínsecos. Un género que nos ha dejado verdaderas obras maestras del cine con mayúsculas.

Carlos Aguilar, prestigioso escritor sobradamente conocido, nos cuenta la historia del cine fantástico de aventuras desde el comienzo del cinematógrafo hasta nuestros días, dividido en varios ciclos, entre ellos los mitos grecorromanos, la fantasía heroica o el cine procedente de Rusia y Asia, teniendo un apartado especial para el gran Ray Harryhausen.

Con un estilo ilustrado pero a la vez ágil, que en ningún momento se hace pesado, el escritor nos desgranada las películas que han caracterizado a este género; así, descubrimos que existe una amplia filmografía del personaje Hércules, comenzando ya en el cine mudo con Les douze travaux d’Hercule de Emile Cohl, film animado de 1910, y que Las aventuras de Ulises (Le avventure di Ulisse, 1969) es en realidad un compendio de una serie televisiva italiana de siete capítulos, uno de ellos debido a Mario Bava. O que en la cinematografía rusa, muy poco conocida por estos lares, existen verdaderas obras maestras, aquí sólo vistas en festivales de cine.

Mención aparte merece la edición del libro, en tapa dura, con marca-páginas de tela, cerca de 400 ilustraciones en color impresas en un papel de arte Todo un lujo que sin duda enriquece el estupendo texto del autor.

La espada mágica. El cine fantástico de aventuras es un libro imprescindible para todo lector interesado en ampliar su cultura cinematográfica, un ameno recorrido por este tipo de cine, donde se descubrirán rarezas ignotas o se verán con nuevos ojos obras ya conocidas. El autor nos muestras que tras las cintas de aventuras hay algo más que sólo espectáculo; también hay arte.

Luis Alboreca

Published in: on agosto 18, 2011 at 6:28 am  Comments (1)  
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La bestia y la espada mágica

Título original: La bestia y la espada mágica / Ohkami-otoko to samurai

Año: 1983 (España, Japón)

Director: Jacinto Molina

Productores: Masurao Takeda, Julia Saly

Guionista: Jacinto Molina

Fotografía: Julio Burgos

Música: Ángel Arteaga, Kenji Onuma y Sigheru Amachi (canción títulos de crédito)

Intérpretes: Sigheru Amachi (Kian), Paul Naschy [Jacinto Molina] (Waldemar Daninsky), Junko Asahina (Satomi), Yoko Fuji (Akane), Yshiro Kitamachi (Yukio Goto), Beatriz Escudero (Kinga), Gerard Tichy (Otton el Grande), Violeta Cela (Esther), Conrado San Martín (Salom Jehudá), José Vivó (Liutprando de Cremona), Sara Mora (Amese), Jiro Miyaguchi (Elko Watanabe), Elena Carret, Antonio Durán, Charly Bravo, Salvador Sainz…

Sinopsis: Europa, siglo XVI. Un hombre llamado Waldemar Daninsky padece el mal de la licantropía a causa de una maldición lanzada en el siglo XI sobre su familia por una bruja cuando un antepasado suyo dio muerte al amante de la bruja. Buscando una cura llega a Toledo, a casa del sabio judío Salom Jehudá. Todo fracasa al ser éste asesinado por una pandilla de fanáticos religiosos que acusan al sabio hebreo de brujería y pactos con el demonio. Antes de morir, Salom Jehudá confía la vida de su sobrina a Waldemar y le envía a la antigua Cipango, lugar donde habita Kian, el único hombre en la Tierra capaz de encontrar remedio al mal que atormenta a Daninsky.

“En remotos tiempos y cuando toda fantasía era posible nació la trágica leyenda de Waldemar Daninsky y su eterna maldición”. Con estas palabras da comienzo La bestia y la espada mágica / Ohkami-otoko to samurai (1983), décima película sobre las andanzas del licántropo polaco creado por Jacinto Molina – siempre y cuando contemos con la invisible Las noches del hombre lobo / Les nuits du loup-garou (1968) de René Govar -, y una de las mejores, si no la mejor, de todas las que componen el ciclo dedicado al personaje. Al contrario de lo que era habitual en la saga, en esta ocasión la historia se desarrolla bajo los cauces de la fantasía heroica, algo que en su momento supuso una bocanada de aire fresco a una franquicia que comenzaba a dar muestras de agotamiento y a lo que probablemente contribuyera el éxito obtenido en aquellas fechas por Excalibur (Excalibur, 1981) de John Boorman. Al menos, así parecen demostrar secuencias tales como la de la aparición de la katana mágica, en las que el influjo ejercido por la cinta británica resulta innegable.

Uno de los aspectos que más destacan y llaman la atención de La bestia y la espada mágica es el buen provecho que en esta ocasión logra sacar Naschy de sus conocimientos históricos, logrando hacer verosímil una historia desarrollada a caballo entre dos épocas distintas y ambientada en tres lugares bien diferentes entre sí. No obstante, su gran valor radica en la habilidad para mezclar dos estilos tan alejados en sus características como son la fantasía occidental y la oriental. Así, por un lado, hay cabida para elementos tan propios de las leyendas populares europeas como el propio hombre lobo, del cual se incluye gran parte de su imaginería tradicional a través de elementos como que la maldición se cumpla en el séptimo hijo varón, o que la cura pueda hallarse en una planta tibetana, si bien ello tampoco sea óbice para ciertas licencias, como, por ejemplo, que Kian logre repeler el ataque del licántropo formando la señal de la cruz, como si de un vampiro se tratara. Por otra parte, tampoco faltan ingredientes tan caros a la tradición nipona como las brujas y hechiceras habitantes de castillos fantasmales defendidos por ejércitos de espectros que acechan a los mortales para poder utilizarlos en su propio beneficio. Es en esta mezcolanza donde reside gran parte de la riqueza de la película; ninguna iconografía se impone a la otra, sino que, todo lo contrario, se complementan y confluyen de tal modo que llegan a parecer formar partes de un mismo todo. Claro que para conseguir este grado de unión entre ambas culturas algunos elementos son sometidos a un proceso de adaptación. Tal es el caso del maquillaje del licántropo, el cual pretende ser un guiño al kabuki japonés, pero cuya tosca factura acaba restando expresividad a las transformaciones de Daninsky, o la característica daga de Mayenza, aportación personal de Naschy al mito licántropo, que aquí es reconvertida en una katana de plata.

Pero al tratar un tema como éste, en el que se encuentran culturas tan herméticas, diferentes y, hasta cierto punto, desconocidas entre sí, a lo largo de la cinta también se deja entrever la idea del miedo a lo extraño, a lo extranjero, llegándolo a culpar de ser el portador del mal. De este modo, en el primer tramo de la película, aquél que tiene lugar en la corte de Ottón el Grande, el mal estará representado por los magiares, es decir, los invasores, de los que se rumoreara que son vampiros sedientos de sangre que de no ser matados en combate volverán de la tumba para vengarse de sus verdugos. Una vez la historia se traslade a Toledo, serán los cristianos quienes renieguen del sabio judío y de sus visitantes, amparándose en sus extrañas prácticas y ropajes, y alegando supuestos aquelarres y prácticas demoníacas. Por su parte, cuando la acción llegue a Japón y comiencen a sucederse los asesinatos, las pesquisas de los investigadores, y con ellas sus sospechas, se centrarán en averiguar quiénes son y qué hacen en el país del sol naciente los extranjeros recién llegados.

Rodada en el momento más álgido de la carrera de Molina como director, durante su metraje no es difícil hallar numerosos elementos habituales de su cine, bien sea la siempre recurrente idea del amor como liberador, el prólogo ambientado en la Edad Media, o el más común de todos, aquel que demuestra la gran influencia que la Universal y, más concretamente, sus cócteles de monstruos, marcaron en la obra del cineasta madrileño, por medio del enfrentamiento de Daninsky con una bruja. Sin embargo, otra de las constantes más características del cine naschyano, presente en mayor o menor medida a lo largo de su obra, la dualidad de la mujer como amante y como encarnación del mal, queda esta vez relegada a un segundo plano, pese a encontrar hasta cuatro papeles femeninos con bastante representatividad dentro de la trama. Quizás por ello, la tan habitual carga erótica esta vez es eliminada casi por completo.

Decíamos que La bestia y la espada mágica es uno de los mejores títulos de la saga Daninsky; no solo eso, sino que también se antoja como uno de los más conseguidos del propio Naschy y, por ende, del fantástico nacional, a pesar de que su exagerada duración acabe por provocar cierta dilatación en su clímax final. A tal valoración no es ajeno el tratarse de una coproducción con Japón, ya que es en las secuencias desarrolladas en aquel país donde mejor se muestra la película, luciendo un diseño de producción, una coreografía en las luchas y, en fin, un acabado técnico y una riqueza de medios impensables para una cinta de estas características realizada en nuestro país durante aquella época. El mejor exponente de tal circunstancia se encuentra en la escena en la que el sabio Kian se enfrenta a la bruja y a su ejército fantasmal en las ruinas de su viejo castillo, la cual parece estar sacada de cualquier clásico del fantástico nipón. Junto con lo ya señalado, otro de los aciertos del filme radica en la idea de restar protagonismo a Waldemar Daninsky, por mucho que la historia gire en torno a su figura, y con ello minimizar las apariciones de un actor tan limitado como Molinaschy, cargando así con el peso de la cinta la estrella japonesa Sigheru Amachy, un intérprete bastante más preparado y solvente que aquél, no siendo este un único caso aislado, pues, por lo general, el nivel interpretativo del elenco japonés se muestra muy por encima del de sus compañeros españoles.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on mayo 6, 2011 at 5:34 am  Comments (3)  
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Los cántabros

Título original: Los cántabros

Año: 1980 (España)

Director: Jacinto Molina

Productora: Monge Films

Guionista: Jacinto Molina sobre una idea de Joaquín Gómez Sainz

Fotografía: Alejandro Ulloa

Música: Ángel Arteaga

Intérpretes: Dan Barry [Joaquín Gómez Sainz] (Corocotta), Paul Naschy [Jacinto Molina] (Marco Vipsanio Agripa), Verónica Miriel (Elia), Alfredo Mayo (Labaro), Julia Saly (Selenia), Antonio Iranzo (Vaceo), Blanca Estrada (Turenia), Andrés Resino (César Augusto), Mariano Vidal Molina (Salvio), Jenny Llada (Auka), Pepe Ruiz (Hurón), Ricardo Palacios (Gurco), Frank Braña (Próculo), Antonio Mayans (Guerrero), Luis Ciges (Tulio Metelo), Paloma Hurtado (Calpurnia), Adriano Domínguez (Antistio), David Rocha (Legado Cayu Furnio), Manuel Pereiro (Hiparco), Antonio Durán (enviado legado), José Marco (general Estatilio), Rafael Conesa (Cástulo), Antonio Parrilla (Oficial pretoriano), Joaquín Solis, Javier Lozano (ayudante de Corocotta), Román Ariz Navarrete, Oscar Álvarez (gladiadores), Manuel Ayuso, José Peral, José María Alarcón…

Sinopsis: En el siglo I antes de Cristo, las legiones romanas tienen un feroz enemigo en su conquista del norte de la península Ibérica: el caudillo cántabro Cocorotta.

Dan Barry, seudónimo de Joaquín Gómez Sainz, otrora actor y especialista de escenas de acción, decidió a finales de los setenta realizar una serie de televisión centrada en las Guerras Cántabras y que contaría con Amando de Ossorio en las funciones de director. Desgraciadamente, el actor no contaría con los contactos necesarios para poder colocar el proyecto en televisión, y finalmente se decantaría por convertir Los cántabros en un largometraje. Pero una vez más la fortuna no pareció sonreírle y el realizador gallego, ya cansado suponemos que por la edad, pretendía rodar muchas de las tomas desde lugares llanos y más accesibles. Así pues, Dan Barry contrató a Paul Naschy para que finalmente dirigiera el film (tal y como explica en la entrevista realizada en esta propia casa por José Luis Salvador Estébenez: https://cerebrin.wordpress.com/2008/01/07/dan-barry-el-conan-espanol/).

Contando que apenas existe información al respecto de dichas guerras, – pues lamentablemente la mayor parte de los textos que recogen esa época se perdieron para colmo de los historiadores (tal es el caso de las obras Ab Urbe condita de Tito Livio del que se conservan los primeros 45 volúmenes [al parecer, a partir del libro 135 se comenzaba a narrar los hechos de la guerra], o la autobiografía del Cesar Octavio Augusto, igualmente desaparecida) -, Naschy accedió a dirigirla con la única condición de poder reescribir el guión (según la autobiografía del actor madrileño, – Paul Naschy, Memorias de un hombre lobo -, Carlos Saura le regaló un libro sobre la Conquista Cántabra que le ilustro al respecto), adornando al libreto de cierto corte fantástico que no pareció gustar al protagonista y principal ideador del film. Una vez más, nos topamos con un nuevo episodio gris que adolece de sombras la carrera de Paul Naschy, pues según Dan Barry (y de nuevo siguiendo las propias declaraciones que da en la entrevista anteriormente citada), quería que Los cántabros fuera exclusivamente un péplum histórico y no una cinta de espada y brujería. Además, y por si fuera poco, gran parte de la película se rodó en Torrelaguna (Madrid), por lo que dicho cambio en la dirección supuso, según Barry, uno de los mayores errores de su vida.

Esto, curiosamente, choca bastante con lo que Ossorio nos cuenta en el libro Cine Fantástico y de Terror Español, 1900-1983 coordinado por Carlos Aguilar para la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastían de 1999. En la entrevista realizada por Josu Olano y Borja Crespo, el propio Amando nos explica que era una película que iba a dirigir yo. El título era mío y busqué localizaciones, pero no rodé nada (1). Un par de años después la transformaron en una película de romanos, pero lo que yo quería era hacer una película de espada y brujería”.

Averiguar que ocurrió exactamente o quién tiene la razón, parece a día de hoy una labor ardua y difícil, pero de lo que no hay duda es que esta pequeña polémica sirvió una vez más para alimentar las críticas de los detractores (o simplemente no seguidores) de Naschy, algo que nuestro gran icono del fantaterror español jamás llevó demasiado bien (la última biografía escrita por Ángel Agudo entorno a la figura de Naschy, por ejemplo, no brilla precisamente por ser un documento “imparcial”, si no más bien de un instrumento ideal para lanzar dardos envenenados a sus enemigos). Así que, dejando de lado este episodio del que a bien seguro no nos pondríamos de acuerdo, centrémonos en lo que verdaderamente importa: en Los cántabros como film propiamente dicho.

Los cántabros nos sitúa en las Guerras Cántabras (del 29 al 19 a. C.). Corocotta (Dan Barry), líder de las tribus de la región, lucha por impedir que las tropas romanas invadan sus tierras muy ricas ellas gracias a sus minas de hierro. Así pues, seremos testigos de las encarnizadas luchas que se libraron en esas tierras y como, tanto de un bando como de otro, se sucedían un sin fin de deserciones y traiciones. Tal es el caso del deformado Sonanso, personaje encarnado por Antonio Iranzo, que traiciona a sus compatriotas vendiéndose cual Judas a los Romanos, o el de Gurko (Ricardo Palacios), que tras ser abatido por el propio Corocotta se une a los cántabros, convirtiéndose así en uno de sus más fieles aliados. De hecho, el principal problema del film es que casi toda la trama gira en torno a estas traiciones y algunos amoríos de lo más pintorescos, como el que se establece entre Marco Vipsanio (Paul Naschy) y Elia (Verónica Miliel), la hermana de Corocotta, que pasan de odiarse a amarse en apenas unos minutos, para más tarde descubrir que esta pequeña aventura amorosa no aporta nada al conjunto.

Y es que como ya se apuntaba anteriormente, parece ser que las intenciones de Naschy estaban más cerca del argumento folletinesco que de seguir un rigor histórico. Buena prueba de ello está en las citadas incursiones “fantásticas” de la película y que vienen dadas por el personaje de Selenia (Julia Saly), una especie de bruja que irá advirtiendo a Corocotta de los peligros que corre en su periplo por impedir la invasión romana. Como por ejemplo, cuando ésta le da a tomar Corocotta una pócima para que este pueda ver su futuro, dando paso a una escena onírica en la que vemos al guerrero cántabro luchar contra un siniestro romano con una calavera en el rostro y que, bajo el punto de vista de un servidor (y a pesar de tener claras reminiscencias con El Imperio contraataca de Irving Keshner), constituye una de las secuencias mejor rodadas por Jacinto Molina a lo largo de su filmografía.

Los cántabros es una rara avis dentro de la filmografía de Naschy, pero también lo es dentro de toda la filmografía española. En aquellos tiempos atreverse ha hacer un peplum, un género tan pasado de moda, ¡y con un presupuesto tan ajustado! no era moco de pavo. La producción, a parte de ser escasa, contó con numerosos problemas entre los cuales encontramos una huelga por parte de los extras y la muerte de varios equinos que dificultó algunas escenas. Por lo que todo apunta que el rodaje de este proyecto fue de todo menos idílico. Así que, pese a los todos los fallos que se le puedan achacar a Los cántabros, es de alabar el ímpetu con el que Jacinto Molina llevó a cabo la película. No cabe ninguna duda que la historia está adornada y ensanchada con elementos innecesarios (véase algunas escenas de “humor” o las nombradas traiciones que se dan en un bando y otro sin parar), pero, siempre que el espectador esté dispuesto y deje de lado los prejuicios, la trama avanza con fluidez y las aventuras de Corocotta no consiguen aburrir en ningún momento.

Por otro lado, y a pesar de que la copia que he podido ver no es muy boyante (¿para cuando una edición en DVD en condiciones?), en Los cántabros se intuye una excelente fotografía del siempre eficiente Alejandro Ulloa, mientras que, por otro lado, las escenas de acción, aún siendo algunas de una construcción muy pobre, cuentan con una ralentización a lo Sam Peckinpah  que contrarrestan la falta de medios y las dota de algo de espectacularidad.

En definitiva, Los cántabros no es una de las mejores o más recordadas películas dentro de la filmografía del actor y director madrileño, pues está demasiado alejado de los cánones fantásticos-terroríficos que le hicieron famoso. Pero de todos modos es una película agradable de ver, entretenida y con una puesta en escena que incluso llega a dotar a este pequeño film de cierto aspecto épico. Un aspecto épico para una película con espíritu pulp. ¿No les parece maravilloso?

Juan Pedro Rodríguez Lazo

(1) También resulta curioso como en dicha entrevista, Barry asegura que Ossorio llegó a dirigir algunas escenas de la película.

Ator el poderoso

Título original: Ator l’invincibile

Año: 1982 (Italia)

Director: Joe D’Amato [Aristide Massaccesi] [acreditado como David Hills]

Productoras: Alex Susmann

Guionistas: Joe D’Amato [Aristide Massaccesi] [acreditado como David Hills], José María Sánchez [acreditado como Sherry Russel], Michele Soavi [sin acreditar], Marco Modugno [sin acreditar]

Fotografía: Joe D’Amato [Aristide Massaccesi] [acreditado como Fredrerick Slonisco]

Música: Carlo Maria Cordio

Intérpretes: Miles O’Keeffe (Ator), Sabrina Siani (Roon), Ritza Brown (Sunya), Edmund Purdom (Griba), Dakar (Gran sacerdote de la araña), Laura Gemser (Bruja Indun), Alessandra Vazzoler (Mujer de la taberna), Nello Pazzafini [acreditado como Nat Williams] (Bardak, padrastro de Ator), Jean Lopez (Nordya, madrastra de Ator), Olivia Goods (Reina de las Amazonas), Ron Carter, Brooke Hart, Warren Hillman…

Sinopsis: Una antigua profecía predijo que el hijo de Thor liberara al mundo de las garras del Arcano. Por ello, cuando éste nace en una tempestuosa noche, es entregado a una familia de campesinos para que lo críen en el anonimato. Ya de adulto y justo el día de su boda, su novia Sunya es secuestrada y su pueblo aniquilado. En ese momento, le es revelado su origen y la misión a la que está llamado…

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Pese a que vistos hoy en día la gran mayoría solo destaque por su nula calidad artística y su falta de escrúpulos a la hora de tomar prestadas ideas y argumentos de los films imitados, muchos de los subproductos de explotation realizados por la industria italiana entre finales de la década de los setenta y comienzos de los ochenta gozaron de cierta repercusión comercial que les convirtió durante un corto espacio de tiempo en negocios muy rentables. Baste como ejemplo las que quizás sean sus dos muestras más paradigmáticas: la aquí estrenada bajo el apócrifo título de Tiburón 3 (L’ultimo squalo, 1981) de Enzo G. Castellari, cuya recaudación en España llegaría a superar a la de la autentica tercera entrega de la hollywodiense franquicia iniciada por Steven Spielberg, y Ator el poderoso (Ator l’invencibile,1982) de Joe D’Amato, una de las más tempranas y, sin duda, la más famosa de las spaghetti-fantasys surgidas a la sombra de Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982), que solo en nuestro país consiguió reunir la nada despreciable cifra de casi seiscientos cincuenta mil espectadores.

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Tal sería la popularidad alcanzada por esta última, que incluso originaría una especie de saga en torno a su personaje protagonista, formada por Ator el invencible (Ator l’invencibile 2, 1982), rodada tan solo un par de meses después que su predecesora; Iron Warrior / Ator il guerriero di ferro [tv / vd: El guerrero de hierro, 1987], secuela bastarda a cargo del inefable Alfonso Brescia; y, Quest for the Mighty Sword [vd: Ator, la leyenda de la espada de Graal, 1989], de nuevo dirigida por D’Amato, pero ya sin la presencia del inexpresivo Miles O’Keeffe en su rol protagonista. Sin embargo, siendo objetivos, el referido éxito cosechado por la película en su momento no se corresponde en absoluto con los posibles valores artísticos que ésta pudiera atesorar. Más al contrario, Ator el poderoso pasa por ser una película demasiado sosa, carente de alma y personalidad, e incapaz siquiera de poseer la sordidez – pese al surrealista conato de incesto -, el descaro y/o el desparpajo que se daba en otros títulos trasalpinos construidos sobre semejantes planteamientos.

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Visto como producto imitativo se antoja un título de lo más rutinario, no difiriendo en demasía con lo visto en cintas coetáneas como Gunan el guerrero o Thor el conquistador, con la única salvedad de que al contrario de lo que era norma, su actor protagonista, el ya mentado Miles O’Keeffe, sí era en realidad norteamericano, habiendo protagonizado un año antes la lamentable versión de Tarzán perpetrada por John Derek. En esencia, su esquemático argumento no es más que una especie de relectura del de Conan el bárbaro, cambiando el culto a las serpientes de aquel por uno dedicado a las arañas, al que le son añadidos ciertos ingredientes sacados de la más defendible de las imitaciones del título que lanzara al estrellato a Arnold Schwarzenegger, El señor de las bestias (The Beastmaster, 1982) de Don Coscarelli – cf. el habilidoso osezno que el protagonista tiene como mascota -, así como unos sorprendentes paralelismos bíblicos presentes en los orígenes de Ator – al igual que Jesucristo, éste es el Mesías revelado en una antigua profecía, al que su enemigo intentará asesinar una vez sepa de su nacimiento; mientras que, como Moisés, será adoptado por una familia que no es la suya -. Por lo demás, no faltan en la cinta algunos de los rasgos comunes de la fantasía heroica italiana, como la sempiterna destrucción del poblado del héroe de turno, o el concurso de la ubicua Sabrina Siani, auténtica reina del subgénero, dentro de un reparto que se completa con dos rostros tan característicos del cine de género italiano como los de Laura Gemser y un Edmund Purdom con peluca y bigote postizos.

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Atendiendo pues a sus posibles virtudes cinematográficas, sus resultados son los de un film demasiado endeble, ya sea por la patente falta de medios que evidencia cada uno de sus fotogramas – gran parte de la película está rodada en un bosque, consistiendo la guarida del villano en una especie de ruinas -, por las atroces interpretaciones de su elenco artístico, o por un montaje psicotrónico carente, además, de cualquier sentido del ritmo. Así las cosas, los únicos elementos que revisten algo de interés dentro de tan mediocre conjunto lo constituyen algunos aspectos referentes a la fotografía del propio D’Amato – cf. la ingeniosa, aunque por otro lado confusa, escena del enfrentamiento contra la sombra -, la música de Carlo Maria Cordio – según parece, compartida con el porno Messalina orgasmo imperiale (1983) -, y el apreciable sentido de la fantasía que arroja su tebeística y artrítica segunda parte, con mención especial para la secuencia de la tela de araña, por todo lo que de homenaje pudiera tener a un título menor del cine gótico italiano como es la pulp Il boia scarlatto / Bloody Pit of Horror [vd: El verdugo escarlata, 1965] de Massimo Pupilo.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on octubre 23, 2009 at 12:08 pm  Comments (10)  
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She

Título original: She

Año: 1982 (Italia)

Director: Avi Nesher

Productor: Renato Dandi

Guionista: Avi Nesher según la novela de H. Rider Haggard

Fotografía: Sandro Mancori

Música: Rick Wakeman. Temas adicionales: Justin Hayward, Mötorhead, Bastards, Ingmar Wallen

Intérpretes: Sandahl Bergman (She), David Goss (Tom), Quin Kessler (Shandra), Harrison Muller Jr. (Dick), Elena Wiedermann (Hari), Gordon Mitchell (Hector), Laurie Sherman (Taphir), Andrew McLeay (Tark), Cyrus Elias (Kram), David Brandon (Pretty Boy), Susan Adler (Pretty Girl), Gregory Snegoff (Godan), Mary D’Antin (Eva), Mario Pedone (Rudolph), Donald Hodson (Rabel), Maria Cumani Quasimodo (Moona), David Traylor (Xenon), Nello Pazzafini…

Sinopsis: Veintitrés años después del acontecimiento conocido como “la cancelación”. Tom, Dick y Hari son tres jóvenes que sobreviven vendiendo sus mercancías en “el otro lado”. Un día mientras trabajan, el mercado donde llevan a cabo sus negocios es atacado por los terribles Norks, llevándose con ellos a Hari. Tras varios incidentes, Tom y Dick llegan a los dominios de la terrible diosa She, quien, contra todo pronóstico y junto a su lugarteniente Shandra, acabará acompañándoles a rescatar a la cautiva Hari al territorio de los Norks.

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Aparecida tan solo dos años después de la primera y más conocida obra de su autor, Las minas del rey Salomón (King Solomon’s Mine, 1885), la novela Ella (She, 1887) del británico H. Rider Haggard se erige como uno de los puntos culminantes de la novela de aventuras decimonónica. Exitosa desde su misma publicación, sería el origen de una tetralogía en torno a su personaje protagonista, Ayesha, la que debe ser obedecida, mientras que su influencia se plasmaría en multitud de obras posteriores, siendo en este sentido significativo el caso de La Atlántida (L’Atlantide, 1919) del francés Pierre Benoît, novela que en su época fue acusada de plagiar el libro de Haggard debido a sus numerosos e innegables puntos en común.

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Pero no solo su influjo se ha dejado notar en los terrenos de la literatura. Como todo buen referente literario que se precie de serlo, Ella también ha sido objeto de numerosas revisitaciones por parte del séptimo arte, la primera de las cuales llegaría en 1899 con La colonna de feu, cortometraje dirigido por el legendario George Méliès. Con ese título se daba el pistoletazo de salida para más de una decena de adaptaciones que alcanzan hasta prácticamente nuestros días – la más reciente data de 2001 -, siendo una de las pocas obras que puede enorgullecerse de haber sido llevada a la gran pantalla en cada uno de los tres siglos en los que ha existido el cinematógrafo. De entre todo este ramillete de versiones, sin duda las más destacadas las constituyen la norteamericana de 1935 dirigida por Lansing C. Holden e Irving Pichel, y la inglesa de 1965 producida por la mítica Hammer, en la que su papel protagonista recaía en la escultural anatomía de la suiza Ursula Andress.

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En las antípodas de estos dos títulos en cuanto a su consideración se encuentra la presente adaptación italiana de 1982, tanto por su calidad cinematográfica, como por su nula fidelidad para con el texto de Haggard. Y es que, pese a que se mencione como tal en sus títulos de crédito, todo  parecido que la referida cinta guarda con la novela en la que dice inspirarse no pasa de ciertos aspectos implícitos en su rol protagonista, una autoproclamada diosa llamada She – en lugar de la Ayesha original -, poseedora del secreto de la eterna juventud y regente de una remota civilización, en la que también convergen ciertos rasgos de la Antinea de la anteriormente citada obra de Benoît o, más en concreto, del de un sucedáneo suyo, la Onfalia que la malograda Sylvia Lopez interpretara en Hércules y la reina de Lidia [dvd: Hércules encadenado] (Ercole e la Regina di Lidia, 1958) de Pietro Francisci; al igual que ésta, dirige una sociedad matriarcal, y emplea a los hombres como meros juguetes sexuales de usar y tirar.

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Más al contrario, si por algo pasa esta She (She) es por ser una especie de híbrido, tanto en la forma como en el fondo, de dos de las variantes más explotadas por la industria italiana de género de la época: el cine post-apocalíptico y el de espada y brujería. Como tal, y pese a ser concebida con ciertas aspiraciones dentro de su modestia – su banda sonora fue encargada al músico Rick Wakeman, ex-teclista del grupo de rock progresivo Yes, mientras que para su papel protagonista se contrató a Sandahl Bergman, actriz que venía de interpretar aquel mismo año el papel de Valeria en la magistral Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982) de John Milius -, la cinta no se libra de caer en muchos de los vicios endémicos de esta clase de films, tales como la habitual ración de diálogos de besugos, los premeditados parecidos de algunos de sus pasajes con el de los títulos más populares de la época, la abundancia de situaciones cogidas por los pelos – el por qué She acaba por acompañar de forma voluntaria a Tom y Dick resulta toda una incógnita -, la ausencia total de personajes como tales, o una elección de su casting interpretativo que, siendo piadosos, resulta cuanto menos poco inspirada.

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Sirva como ejemplo del paupérrimo nivel de la cinta su confusa e incoherente narración, basada en una esquemática estructura episódica itinerante más propia de un videojuego que de una obra cinematográfica, en la que para poder avanzar en su viaje el grupo protagonista debe ir superando uno a uno a los diferentes enemigos que van cruzándose en su camino de entre una fauna de lo más estrafalaria y bizarra que comprende a bandas de leprosos armados con motosierras, una congregación de monjes comunistas, un monstruo de Frankenstein robótico, o una culta y hedonista sociedad de hombres-bestias, entre muchos otros.

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A la vista pues de todos estos esperpénticos ingredientes, no resulta muy difícil afirmar que los resultados de esta She distan mucho de ser lo que desde un punto de vista académico se consideraría aceptable. Sin embargo, gracias a su demencial mezcla de elementos psicotrónicos, a su extravagante sentido del humor, y a lo poco en serio que parece tomarse a sí misma, su visionado acaba por convertirse a ojos del espectador más curtido en una desquiciada locura de lo más divertida; uno de esos casos de buena-película-mala ideal para disfrutar junto a compañía predispuesta: las risas están garantizadas.

José Luis Salvador Estébenez

El guerrero y la hechicera

Título original: The Warrior and the Sorceress / Kain del planeta oscuro

Año: 1984 (Estados Unidos, Argentina)

Director: John C. Broderick

Productores: John C. Broderick, Frank K. Isaac

Guionistas: John C. Broderick, William Stout

Fotografía: Leonardo Rodríguez Solís

Música: Luis María Serra [acreditado como Louis Saunders]

Intérpretes: David Carradine (Kain), Luke Askew (Zeg), María Socas (Naja, la hechicera), Anthony De Longis (Kief), Harry Townes (El prelado), Guillermo Marín [acreditado como William Marin] (Bal Caz), Arthur Clark (Burgo), Daniel March (Blather), John Overby (Gabble), Richard Paley (Scar-face), Marcos Woinsky [acreditado como Mark Welles] (Lugarteniente de Burgo), Cecilia [Narova] North (Danzarina), Dylan Willias, Joe Cass, Michael Zane, Herman Cass, Arturo Noal [acreditado como Arthur Neal], Herman Gere, Gus Parker (Guardias de Zeg), Ned Ivers, Lillian Cameron, Eve Adams, Noëlle Balfour…

Sinopsis: Kain, el último superviviente de una tribu de grandes guerreros, vaga por el planeta Ura como una espada mercenaria. Pero en la pequeña aldea de Yam-A-Tar encontrará más que una simple lucha entre aldeanos, debiéndose de enfrentar a todo el poder de la magia negra y la traición, acompañado por los bellos y demandantes ojos de una joven hechicera.

La espectacular respuesta de público suscitada por el estreno de Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982) de John Milius, fue el pistoletazo de salida para la producción en serie de un buen número de subproductos que, facturados desde casi todas las partes del mundo, trataban de sacar tajada del éxito del momento. Serían los italianos los que, como de costumbre, exprimieron el  nuevo filón con mayor ahínco, alumbrando durante los dos años siguientes alrededor de una decena de cintas a este género conocido popularmente como de espada y brujería.

Tampoco se quedaría atrás alguien con un sentido del oportunismo tan afilado como Roger Corman, quien a lo largo de la década pondría en marcha un buen número de films de esta índole, la mayoría de ellos rodados en Argentina con el nada disimulado objetivo de abaratar los costes de sus ya de por sí paupérrimas producciones. De toda esta serie de cintas de espada y brujería que el rey de la serie B realizara en el país de los tangos, quizás el ejemplo más rescatable se encuentre en The Warrior and the Sorceress / Kain del planeta oscuro [vd: El guerrero y la hechicera, 1984] de John C. Broderick, segunda de sus producciones sobre el tema en orden cronológico tras El último guerrero (Deathstalker / El cazador de la muerte, 1983) de James Sbardellati, y, significativamente, la que a buen seguro disfrutó de un mayor presupuesto, tal y como ejemplifica el hecho de que, a diferencia del resto de la serie, su protagonismo recayera en un actor con el tirón mediático de David Carradine (1), ya para entonces reconvertido en todo un icono de la serie B (y Z).

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En ella, Corman repite el modelo que años antes había empleado en otro producto de explotation de similares características a éste, la simpática Los siete magníficos del espacio (Battle Beyond the Stars, 1980) de Jimmy T. Murakami, modesta respuesta de la New World a la moda de las space operas de finales de los setenta; si aquella se trataba de un remake inconfeso de Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960) de John Sturges, film que a su vez era una adaptación en clave western de Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) de Akira Kurosawa, El guerrero y la hechicera hace lo propio con otra película del maestro nipón, Mercenario (Yojimbo, 1961), y la seudo versión que de ésta realizara Sergio Leone en clave westerniana con Por un puñado de dólares/Per un pugno di dollari (1964) (2).

De este modo, el argumento de la cinta repite a grandes rasgos el de tan emblemáticos títulos, iniciándose con la llegada de un mercenario a un remoto poblado donde dos facciones enfrentadas luchan por el poder en el lugar, el cual es representado en esta ocasión por un pozo situado a medio camino de las guaridas de ambos clanes. A partir de este punto de partida, el resto de los acontecimientos se desarrollan según lo esperado. Aprovechando la situación, el mercenario irá alternando lealtades a uno y otro bando, e incluso a ambos al mismo tiempo, mientras va acumulando un buen número de riquezas por sus servicios.

Sin embargo, no acaban aquí las similitudes entre el film que nos ocupa y las dos cintas que toma como referencia, puesto que la configuración de su rol protagonista se muestra asimismo deudora de la de los personajes principales de aquéllas. Así, con respecto al Sanjuro Kuwabatake de Yojimbo, el personaje interpretado por Carradine comparte su pertenencia a una mítica e ilustre casta de guerreros, mientras que del papel que lanzara al estrellato a Clint Eastwood toma dos de sus rasgos más representativos: su icónico poncho, y el carecer de nombre conocido, a pesar de que se le acredite como Kain –de idéntica sonoridad a su mítico personaje en la serie Kung Fu, Caine- y el resto de personajes se dirijan a él como “el oscuro”, debido al color de sus ropajes. Empero, como era habitual en esta clase de productos imitativos, no son estas las únicas influencias que podemos percibir a lo largo de su metraje, la más reconocible de las cuales se encuentra en el personaje del orondo jefe de una de las bandas en conflicto, una especie de clon del Jabba the Hutt de El retorno del Jedi, (Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi, 1983) al que ni siquiera le falta una repugnante mascota como acompañante.

Por lo demás, la película abunda en lugares comunes del cine de fantasía heroica, con sus mundos imaginarios plagados de autosuficientes guerreros y espadas de poder. Dentro pues de tan rutinario contexto, es de destacar el alto grado de desnudez femenina de su puesta en escena (hasta el punto de que todas las mujeres que aparecen a lo largo de la historia lo hacen con los senos al descubierto), estando su concepción más en sintonía con las ilustraciones que sobre el tema dibujaran gente como Frank Frazetta o Boris Vallejo (3) que con la acostumbrada en las distintas representaciones cinematográficas del subgénero.

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Más allá de sus evidentes carencias técnicas, caso de sus torpes coreografías de lucha, un moroso tempo narrativo que se contradice con su escasa duración de poco más de setenta minutos, o una acusada estética de telefilm (no en vano, parece ser que no conoció estreno en salas de cine, siendo distribuida directamente en video), el resultado es un cinta que, dentro de sus posibilidades, depara un aceptable producto de entretenimiento, siempre y cuando sea visto desde una perspectiva consecuente con las modestas aspiraciones con las que fue creado.

José Luis Salvador Estébenez

(1)  Durante el rodaje Carradine protagonizaría una curiosa anécdota. Según parece, uno de los dueños de los estudios donde se llevaba a cabo la filmación de la película era un gran aficionado a la hípica, por lo que invitó a la que por entonces era la pareja del protagonista de Kung Fu a montar a caballo como distracción, mientras que el actor se encontraba trabajando. Sin embargo, la mala fortuna quiso que la mujer acabara sus clases de equitación de forma inesperada, dando con sus huesos en el suelo. A pesar de que el incidente no tuvo mayores consecuencias, cuando la noticia llegó a los oídos de Carradine provocó que éste montara en cólera, golpeando la pared de su roulotte con tanta fuerza que acabaría con la mano derecha rota por cinco partes distintas. Tan importante lesión motivaría el que tuviera que ser escayolado, algo que sería disimulado en pantalla ocultando el miembro accidentado con una especie de guantelete negro y haciendo que el finado actor tuviera que acostumbrarse a manejar la espada durante todo el rodaje con su siniestra.

(2)  Pese a lo dicho, ambas películas son, en realidad, sendas adaptaciones apócrifas de la novela Cosecha roja (Red Harvest, 1929) del norteamericano Dashiell Hammett, la cual ha servido como inspiración para un sinfín de obras cinematográficas, entre las que encontramos, junto a las ya apuntadas, títulos de la valía de El último hombre (Last Man Standing, 1996) de Walter Hill. La novela conoció traslación al medio con la cinta Roadhouse Nights (1930), de Hobart Henley, y el eurowestern La ciudad maldita / La notte rossa del falco (1978) de Juan Bosch, y se considera que la película de los Coen Muerte entre las flores (Miller’s Crossing, 1990) debe bastante a la misma; su adaptación también fue un proyecto largamente acariciado por el realizador italiano Bernardo Bertolucci.

(3)  Precisamente, algunas de estas películas de fantasía heroica producidas por la New World serían comercializadas con carátulas realizadas por el ilustrador peruano.

Published in: on julio 21, 2009 at 11:28 am  Comments (4)  
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Gunan el guerrero

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Título original: Gunan il guerriero

Año: 1982 (Italia)

Director: Franco Prosperi [acreditado como Frank Shannon]

Productor: Pino Buricchi

Guionista: Piero Regnoli [como Meter Lombard]

Fotografía: Pasquale Fanetti [acreditado como Pasqualino Fanetti]

Música: Roberto Pregadio

Intérpretes: Pietro Torrisi [como Meter McCoy] (Zukahn), Sabrina Siani (Lenny), Malisa Longo [como Melisa Lang] (Marga), Emilio Messina [como Emil Messina] (Nuriak), Rita Silva (Reina de Kuniat)…

Sinopsis: En el cuarto milenio de la tercera iluminación el hombre pobló la Tierra, sembrando el terror y la muerte a su paso. Este periodo finalizará cuando se cumpla la profecía sagrada: la llegada de un elegido que será nombrado como jefe supremo y traerá la paz al planeta. El problema surgirá cuando la mujer elegida de a luz gemelos.

La lucha de dinosaurios extraída de otro filme.

La lucha de dinosaurios extraída de otro filme.

No hace falta reseñar que tras el éxito obtenido con Conan el Bárbaro (John Milius, 1982) surgiría un nuevo género, el de espada y brujería, hoy en día algo olvidado, pero que dio lugar a multitud de filmes con grandes dosis de batallas, aventuras y fantasía. En Italia se hicieron gran número de ellas, desde Ator, el poderoso (Joe D’Amato, 1982), Yor, el cazador que vino del futuro (Antonio Margheriti, 1982) o Thor, el conquistador (Tonino Ricci, 1982): la mayor parte de ellas, de bajo presupuesto y realizadas de manera acelerada para su pronta explotación. En éste caso sería Franco Prosperi el encargado del proyecto, artesanal director que para entonces tenía en su haber títulos como el giallo La séptima mujer (1978).

Este contrapicado al menos sale tres veces durante la cinta.

Este contrapicado del malvado Nuriak sale al menos tres veces durante la cinta.

En la presente se nota enormemente dicha falta de presupuesto, tanto desde su comienzo, a través de una interminable introducción que se remonta a los orígenes del universo, apoyado por imágenes de archivo – la lucha entre dinosaurios creada con la técnica stop motion-, como por una raquítica puesta en escena o la constante repetición de planos. Por si esto fuera poco, incluso se aprovechó gran parte del equipo para filmar una cinta más, El trono de fuego, estrenada el mismo año, con el único afán de estirar el filón al máximo.

La metamorfosis de Rita Silva

La metamorfosis de Malisa Longo.

Aunque sin duda, el principal problema reside en un guión poco elaborado, que desaprovecha enormemente el concepto inicial del que parte – la idea de que los elegidos sean gemelos-, centrándose más en la venganza llevada a cabo por Gunan hacia Nuriak, el despiadado jefe de los Ungat que asesinó a sus padres y arrasó el poblado donde nació – por otro lado, un nuevo punto en común con su predecesora-. La narración se disgrega posteriormente con la aparición de Lenne (Sabrina Siani) en la tribu de las Kuniat, integrado por mujeres guerreras que acogieron a Gunan de pequeño. Allí se enamorarán, pero ésta será secuestrada por los Ungat como señuelo para derrotar al elegido.

Sabrina Siani emergiendo cual Diosa Venus.

Sabrina Siani emergiendo cual Diosa Venus.

La irrupción de Siani en el filme – la reina del género si contamos sus intervenciones en la anteriormente mencionada Ator, el poderoso, La espada salvaje de Krotar (Michele Massimo Tarantini, 1982), donde vuelve a coincidir con una buena parte del plantel de actores de los aquí presentes, o la magnífica La conquista de la tierra perdida (Lucio Fulci, 1983) -, ofrece momentos de lo más delirantes: desde su encuentro con Gunan, en el que el contacto carnal surge de manera inmediata – un aquí te pillo, aquí te mato-, a los vanales e irrisorios diálogos que se establecen entre ellos, o su posterior intento de violación por salvajes, eso sin contar las (escasas) veces en las que sale vestida.

Escena romántica entre Pietro Torrisi y Sabrina Siani.

Escena romántica entre Pietro Torrisi y Sabrina Siani.

Mención aparte merecen las escenas de acción, rodadas a cámara lenta y sin un mínimo de espectacularidad, o la casi ausencia de aventuras y elementos mágicos, únicamente representado por las Kuniat y sus poderosos escudos o por la secuencia de la tortura, que proporciona un tardío pico de tensión al desangelado conjunto.

Disputa entre hermanos.

Disputa entre hermanos.

Con todo lo anteriormente expuesto, podemos confirmar que el filme se gestó a la sombra de Conan el Bárbaro, coincidiendo incluso en el nombre, fonéticamente muy similar, a través de una rápida producción, un guión escrito casi sobre la marcha, una pobre puesta en escena y apostando por el reciclaje de material para poder completar un metraje decente y estrenar así rápidamente en las salas, adelantándose incluso a la cinta de Milius.

A punto de recibir una buena sesión de acunpuntura.

A punto de recibir una buena sesión de acupuntura.

Por tanto, consideremos a Gunan el guerrero como un mediocre exponente de este sub- género, que se ve aquejado tanto de su oportunista y descuidada producción como de un fallido guión, aunque sin embargo, sea en todo ello donde reside su rancio encanto feísta.

Jesús Palop

Pietro Torrisi como Gunan

Peter McCoy cuando era Pietro Torrisi.

Sabrina Siani en una portada de la época.

Sabrina Siani en una portada de la época.

Malisa Longo como la hechicera Marga.

Malisa Longo como la hechicera Marga.

Published in: on abril 2, 2009 at 12:16 pm  Comments (36)  
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