De “Narcos”, tractatus, la tríada hegeliana y una sirena de Fiji

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PUNTO DE PARTIDA: El otro día, por YouTube, claro, vi como en NTMEP, – ese late night contestatario, autoproducido y presentado por Facu Díaz y Miguel Maldonado –, Nacho Vigalondo, recogiendo el guante tirado por Miguel, estuvo analizando Caro, el último vídeo de Bad Bunny para desentrañar el mensaje último y oculto del reggetonero/trapero portorriqueño. Ya sé, ya sé, algo bastante demencial.

Lo cito porque Nacho mencionó como de pasada la tríada hegeliana y, no sé si por las risas o porque estoy igual de la cabeza que ellos, me dije: “mira tú, igual me vale para darle una vuelta a ese texto de Narcos que tan claramente se me fue de las manos y aun así publiqué gracias a la infinita paciencia de mi amigo Juan Pedro Rodríguez Lazo”. Tranquilos que no os voy a meter un rollo sobre esto, la tríada hegeliana muy básicamente explicada se divide en Tesis, Antítesis y Síntesis. La tesis sería la afirmación de lo que quiera que sea que se expone, la antítesis la negación de la misma y la síntesis en qué nos queda la cosa una vez hecha la digestión de la idea principal. Ea, pues vamos a ver si esto es aplicable al fenómeno del narcotráfico en general y al fenómeno Narcos en particular.

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TESIS: El retrato del fenómeno del narcotráfico es un tema recurrente, incluso manido, en cientos de producciones audiovisuales y es el centro de la temática de Narcos. En estas producciones, de modo más alegórico o más realista, se plantea el fenómeno como el hecho innegablemente antagónico que es, dejando claro que los malos son los narcos, los buenos los de narcóticos y todos nosotros, los espectadores, tenemos claro que la droga es mala y que nuestros gobiernos luchan decididamente por acabar con ella. Narcos apuesta por hacer una presentación mezcla de realidad y ficción del fenómeno a través de sus representantes más destacados y archiconocidos, los grandes capos, y aprovechan para poner en valor los titánicos esfuerzos de los buenos, los agentes de la DEA, a los que nadie conocíamos cuando son los verdaderos héroes de esta guerra.

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ANTÍTESIS: El tema del narcotráfico es caricaturizado en estas producciones y, con demasiada frecuencia, se acaba ensalzando como figuras legendarias a verdaderos monstruos que no han hecho otra cosa en la vida que el mal gracias al cual se han pegado la vida padre. Eso es lo que, punto por punto, hace Narcos con la figura de Pablo Escobar primero y con el Jefe de Jefes, después. Aunque, un momento, bien pensado, el problema de la caricaturización ni siquiera es ese; en realidad es que se quedan en los highligths para darle acción al relato sin tocar más que con sugerencias muy someras y nunca concretas – en plan, bueno, ya sabes, con dinero de por medio, siempre habrá quien se deje corromper, además, plata o plomo, tampoco hay más alternativas, esta gente es muy chunga y muy poderosa –, la ingente cantidad de irregularidades que supone, día a día, cultivar un kilo de cocaína o de marihuana en cualquier país del tercer mundo, colocarlo en cualquier país del primero y reingresar el dinero que esto genera.

Y lo que es peor que peor, la gran GRAN omisión que todas estas producciones hacen: ¿Qué se hace con todo ese chorro de dinero que queda después de pagar, en efectivo se supone, las mansiones, los deportivos, las fiestas, las prostitutas, los sobornos, la parte que se blanquea y el resto de gastos fijos? Porque, ya os aviso, es mucho dinero el que se mueve con esta mierda. Pero mucho, mucho. Y todos los días. En Narcos se ve cuánto consiguió Pablo, sus compañeros de cártel, los del cártel rival y que eso ya acabó. Já. En la nueva entrega se empieza a atisbar cuánto consiguió en poco tiempo, el que de momento nos han contado, Félix Gallardo, aunque tampoco es que se cuente dónde fue toda esa pasta.

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SÍNTESIS. Hay miles de producciones que tocan el tema del narcotráfico pero ninguna explica el fenómeno en toda su extensión. ¿Por qué no lo hacen? ¿Quién sabe? Narcos tampoco lo hace de forma explícita pero… un momento, quizá algo sí que hay ahí. Quizá no se cuenta, pero sí se deja claro que lo que cuenta como relato cerrado, en definitiva, todo lo que cuenta, no se sostiene y que, tirando de los cientos de cabos sueltos y ordenando las historias que nos muestran con los personajes adecuados, la verdad finalmente resplandece. Sí, definitivamente, creo que Narcos es una sirena de Fiji. ¿Cómo no nos hemos dado cuenta?

Vamos a tratar de desarrollar TODO esto como si de un tractatus logico-philosophicus se tratase.

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TESIS. Premisa: Aunque nadie se haya fijado, la que es una de las series más exitosas de los últimos años, buque insignia del Netflix más latino y que en su última entrega ha trasladado su acción a México, comenzaba con un texto en el que se puede leer la siguiente definición: “magical realism is defined as what happens when highly detailed, realistic setting is invaded by something too strange to believe”, algo así como “el realismo mágico se define como lo que sucede cuando un relato muy detallado y realista es invadido por algo ‘demasiado extravagante para resultar creíble’”.

Esta frase sobreimpresa aparece una única vez y sin que vuelva a verse más a lo largo de la serie, imagino que en parte por la obligación legalista – aunque ya me desdiré también de esto – de tener que aclarar que nombres, personajes, detalles y sucesos de la producción no son al cien por cien reales por motivos dramáticos que la productora se ha visto obligada a incluir, al inicio de cada capítulo, muy probablemente en previsión de las seguras quejas de los “supervivientes”.[1]

Sin embargo, en ella está la que creo que es la clave del éxito de la fórmula de esta producción, una evidencia del mayor acierto de todo lo que tiene que ver con el universo Narcos: la apuesta decidida de sus creadores por el realismo mágico a través del cual pueden mostrar, de manera convincente y sostenible dentro de una lógica propia, todo lo que decidan mostrar de la manera más realista, más fantasiosa, más explícita o más deformada posible sacrificando, sin que importe demasiado, qué creer y qué no a cambio de que todo esté presente en su producto.

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Tesis. Desarrollo: Lo que podría ser una teoría más o menos plausible nos la confirma Murphy, la voz en off que nos sirve de guía en la etapa colombiana – una figura narrativa que será recuperada en la primera entrega de Narcos: México, sin que el personaje, es esta ocasión, participe en la trama, ni siquiera salga en cámara hasta el último tramo del último capítulo de la entrega y exclusivamente para servir de cliffhanger para la entrega que está por venir –: en el tercer capítulo de la serie, el narrador, que sí es un personaje real involucrado en la caza de Escobar y miembro de la DEA para más señas, dice algo así como: “hay una razón por la que el realismo mágico nació en Colombia”; exactamente el mismo texto que aparece también en rojo al comienzo del primer capítulo tras la definición canónica ya comentada. Un dato en parte real, en parte inventado, como el resto de lo que pasa en la serie, como todo lo que sucedía en la Colombia del momento, ese país en el que lo que sucedía a diario era tan extravagante que aún hoy cuesta saber qué parte fue verdad y qué parte fue mito[2].

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Y con esas reglas juega desde el primer momento la serie, reglas que sigue manteniendo en su cuarta entrega, mezclar realidad y ficción, aceptando desde el minuto uno que si hay una historia a la que le cabe este juego es a la Colombia de los cárteles – y a la historia de México, en esta ocasión, en general –. El propio narrador, cuya creación nos deja claro desde el principio que el relato va a ser parcial y subjetivo, nos da el mensaje de que lo que se nos cuente va a ser la narración de los hechos de un personaje inventado basado en uno real. Más subjetividad imposible, más mezcla de realismo y ficción imposible.

Este juego les permite lograr lo que pretendía la serie en sus inicios: presentar la caza de Pablo Emilio Escobar Gaviria, personaje ya de por sí mítico, a las nuevas generaciones, a los que no vivieron aquello o a los que eran demasiado pequeños para recordarlo, haciéndoles pasar un buen rato con la puesta en valor de un potentísimo antihéroe, villano protagónico o como quieran ahora definirlo sin ocultar en ningún momento el tipo de monstruo que realmente fue. Es más, cuando los guionistas detectan que se nos puede estar olvidando, le ponen un bate en la mano a Escobar para que su cara quede salpicada de sangre de una o dos de sus víctimas. Y, de paso, bueno, quien nos cuenta la historia es el agente de la DEA, el que ve cómo su vida y la de su compañero se emponzoña y destruye hasta la autodestrucción de sus familias y de ellos mismos – es más notable el caso del agente Peña en la tercera entrega, con Murphy ya retirado, cuando éste coge definitivamente el foco sin que me puede interesar menos, francamente –: el sacrificio del héroe por la causa.

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En la tercera entrega de Colombia, la peor para mi gusto, y en la primera sobre México, en la que la serie recupera todo su interés cuando no se incrementa exponencialmente, la presentación de los antihéroes es distinta – a nadie se le escapa que los perfiles de los capos del cartel de Cali y del Jefe de jefes son muy distintos y, en consecuencia, su presentación ante el gran público ha de ser también distinta –, pero la fórmula se repite y sigue funcionando. Y si la fórmula les funciona para engancharnos es precisamente por esa mezcla entre realidad y ficción: ni documental puro de difícil digestión, ni aburrido biopic al uso, ni fantasmada de acción insustancial. Una mezcla de cada, un poquito de acá y otro de allá, un producto picadito, fresco, ágil, con su dosis bien verraca de pinches expresiones guacanas y to’a la verga para que se queden clavadas en la mente de los espectadores: cien por cien recomendable.

Cierto es que en la segunda temporada alargan el chicle como si de un segundo disco del grupo prometedor del momento se tratase. Un grupo que había tenido años para componer y rodar los temas del primero y al que ahora le meten prisa porque la discográfica de turno quiere más y se le nota. Cierto también que tiene más tiros y más acción de lo que la estupenda primera temporada merece y que la tercera no ha logrado finalmente mantener el interés, aunque la serie sí funcione sin su personaje más carismático. Lo de Narcos: México, es otro nivel, otra capa de la cebolla. Todo lo que no se quiso o se evitó deliberadamente tratar en esas tres primeras entregas colombianas se aborda de una manera tan natural que en un primer visionado puede pasar hasta desapercibido.

ANTÍTESIS. Premisa. Volviendo a la tercera entrega, la primera vez que escribí sobre Narcos – en casa de mi amigo Juan Pedro Rodríguez Lazo, como os comentaba al principio –, mi gran duda era si nos contarían qué pasó realmente con la Colombia post-Escobar y, bueno, podría decirse que lo contaron, sí, pero no demasiado bien. Y lo entiendo, ¿eh? Entiendo que la impresionante repercusión mundial de la serie, sólo comparable a nivel latino al fenómeno Rosalía, y las buenas relaciones diplomáticas entre EEUU y Colombia en la actualidad hayan suavizado el relato poniéndole la sordina. El peligro se llamaba Pablo Escobar, los de Cali… digamos que colaboraron más a que la maquinaria norteamericana permaneciese bien engrasada.

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Por otra parte, igual que aprecio el valor de los productores para colar, aunque con argucias, realidades lacerantes especialmente para los gobernantes colombianos del momento, lamento profundamente que declinaran y sigan declinando afrontar el gran reto pendiente de cualquier serie, documental o película que trata el tema del narcotráfico: explicar en qué se emplea el dinero que se genera, día a día, en las calles.

Hay a quien lo que le escandaliza de estas producciones es que se convierta en héroes a verdaderos monstruos. Hay hasta plataformas en contra de esto; daros una vuelta por perfiles antibolivarianos, ultracristianos, neopuritanos, etc. que seguro que las encontráis. Argumentar mi valoración al respecto nos llevaría horas y probablemente se acabaría entendiendo como una unpopular opinion en toda regla, así que ahora soy yo quien declina la oferta.

He de reconocer, eso sí, que la cuarta entrega de Narcos, la primera en México, me ha sorprendido gratamente en algunos aspectos al hablar sin tapujos y de forma demoledora sobre el PRI, por ejemplo, y de algunas otras cosas como la inacción del gobierno gringo, no sólo frente al tráfico de marihuana, sino en el momento del secuestro de Kiki Camarena en desvelarnos sin ambages quién anima a Félix Gallardo a pasar de traficar con marihuana a ser el transportista oficial de esa misma coca colombiana que vimos producir a espuertas en las tres primeras entregas; en contarnos, muy, muy por encima, cómo la administración Reagan utilizó el fenómeno de la droga en beneficio propio y con objetivos geopolíticos vergonzantes, etc.

Lo de tratar como pinches gánsteres a los del PRI tampoco puede decirse que sea una gran novedad – aprovecho para recomendar con fruición La ley de Herodes de Luis Estrada que cuenta cómo se las gastaba el PRI en clave rural y de desternillante comedia negra –, ni es algo que la serie no hiciera con los casos por todos conocidos de los políticos colombianos del momento en las dos primeras entregas – a los que colaboraron a darle forma al relato no se les incluyó, claro, esos son héroes –, no así en la tercera, pero es verdaderamente notable lo descarnado del relato, en especial en lo que a las implicaciones de las autoridades mexicanas en el caso Kiki Camarena respecta. Se nota que Trump va muy loco con lo del muro y que a López Obrador no le incomoda demasiado que les pasen la factura a sus predecesores siempre que no se den nombres de manera demasiado explícita.

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Otra cosa son las implicaciones de la CIA en aquello porque, aunque en la serie está toda la información, todo el relato se muestra tan distorsionado que es imposible unir los puntos por uno mismo si te quedas sólo con lo que se cuenta en ella. Está presente el caso Irán-Contra, las malas mañas de Bush padre al mando de la CIA, incluso la inacción de los diplomáticos americanos sobre el terreno en recuperar a tiempo y con vida al pobre Kiki. Es más, se desprende incluso hasta qué punto lo impidieron. Lo que se les ha pasado, qué cosas, es explicar por qué. Está ahí, en la serie, si os pica la curiosidad os uno yo los puntos, aunque con googlear ‘Kiki Camarena CIA revelaciones’ os debería bastar para unirlos vosotros solitos. Esa también es una apuesta de la serie, sembrar y que seas tú, espectador, quien recoja pero ya volveré sobre eso. Sugerir más que mostrar.

Una pena, en realidad, porque esta serie empezó en los albores de la internacionalización definitiva de Netflix y uno pensó que serían más valientes al no depender ya de las cadenas y grandes medios de comunicación. Y es que uno, que ha asistido a ejercicios parcialmente valientes con películas como el Scarface de Brian De Palma en su momento o Matar al mensajero mucho más recientemente, que ha visto cómo se “normalizaba” que el gran capo de algún imperio de la droga fuese un blanco de clase media estadounidense y no de extracto social bajo afroamericano, italoamericano, cubano, colombiano o mexicano tanto en cine como en series – véase Breaking Bad aunque su apuesta tuviese una vis descaradamente cómica para suavizar el asunto –. Pues, oye, que me había hecho la ilusión de que, por fin, alguien haría de una vez por todas el retrato completo, real y descarnado de lo que el narcotráfico supone en el mundo y para el mundo.

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Porque si hay una historia que lo permite – como demuestra The Infiltatror, hija bastarda pero reconocida tanto de Narcos como de Breaking Bad, una suerte de autobiografía autoproducida de y por Robert Mazur, el agente infiltrado en persona–, repito, es la de los cárteles colombianos de la coca. Tal fue su impacto y su repercusión en todo el planeta y a todos los niveles. México, ya lo dice esa voz en off que nos narra la cuarta temporada en el primer capítulo, es otra cosa. Es una guerra que no ha terminado y que no se sabe si terminará aunque, como se muestra en esta primera entrega de Narcos: México, sí que es heredera directa de esa etapa colombiana.

Cuando uno ve que Scarface es de 1983, cuando todo estaba en pleno bullicio, se le perdona a De Palma y a Oliver Stone, que firma el libreto, hasta que Tony Montana sea cubano y que apenas haya norteamericanos identificables en el ajo. Pero decepciona más aún echar la cuenta y pensar que han pasado 36 años sin que nadie, pero nadie, haya vuelto a tocar así el tema de las drogas. ¿Que hay muchas películas y series con temas de drogas y de mafia de por medio? Desde luego, pero recreativas, de buenos y malos, incluso de malos buenos.

Por poner unos ejemplos: ¿de dónde sacaba exactamente los montones de dinero con los que untaba a todo el mundo El Padrino? ¿Juego ilegal? ¿Contrabando? ¿De qué? ¿Extorsión? Sí, de todo eso parecía pero de manera muy vaga y, eso sí, sin tocar las drogas, que el Padrino tenía valores. El blanqueo y la reconversión a empresarios legales de los grandes capos, sin embargo, sí están bien retratados especialmente en la injustamente denostada tercera parte, quizá la más pegada a la realidad de toda la trilogía aunque se viera ensombrecida, obviamente, por las dos gigantescas obras maestras que la precedieron – y sí, por Andy García y su nefasta actuación – ¿Los Intocables de Eliot Ness? Facilona y con las cartas marcadas: la ley seca está abolida desde hace casi un siglo y nos parece hasta pueril a nuestros ojos. ¿The Wire? Bueno, más o menos, bastante valiente como retrato social pero demasiado local y sin nombres propios y, ¿de qué color son los capos? Exacto, del correcto.

Del mismo que Denzel Washington en American Gangster, otra valiente película que profundiza en la corrupción policial pero que se queda ahí, en la corrupción de los agentes. Más allá va la ya citada The Infiltrator a la que valoro como corolario de Narcos I y II pero que, a pesar de contar con pelos y señales cómo blanqueaba el dinero el Cártel de Medellín a través del Banco Internacional de Crédito y Comercio – que montó un pakistaní, cómo son estos moros, no se puede fiar uno de ellos –, y cómo con ese dinero se acabó comprando un montón de acciones del First American Bank  –de todo esto en Narcos nada o casi nada ¿verdad? –. Siguen tirándose al agua para salir sorprendentemente secos. Son los malos colombianos compinchados con otros malos pakistaníes, panameños, luxemburgueses incluso, los que acaban haciendo el mal en los siempre inmaculados Estados Unidos de América, siendo los arriesgados agentes de la autoridad estadounidense los que descubren el pastel aun a riesgo de jugarse la vida en el intento.

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Y por último, al menos de momento, valiente como ninguna otra en este siglo en temas de narcotráfico Matar al mensajero que, como hizo en la vida real Gary Webb, periodista premiado con el Pulitzer que logró publicar sus trabajos de investigación en todos los periódicos de la cadena Knight-Ridder salvo, ¡oh, sorpresa!, el Miami Herald [3], trata los vínculos entre la CIA, los narcos cubanoamericanos y mexicanos y la Contra nicaragüense – ¿Quéééé? Lo que oyes. Ale, a googlear: ‘Irán-Contra Reagan’ – así como las terribles operaciones para inundar de crack los barrios negros de ciertas ciudades estadounidenses  – esto cosa de papá Bush de su época al mando de la CIA –, con el doble objetivo de criminalizar y aplastar los movimientos en favor de los derechos civiles de los afroamericanos y a la vez recaudar dinero para sus desmanes en América Latina y donde hiciese falta.

Siempre centrada en la óptica del trabajo periodístico y del drama personal de Webb, interpretado con solvencia por Jeremy Renner – con unas gotitas de alivio erótico-romántico a cargo de una guapísima Paz Vega para que no nos aburramos demasiado con la densidad de lo expuesto–, valiente pero no completa, como todas, habla de la CIA como si de un ente independiente de todo control político y judicial se tratase. Y asegurando, sin dejar resquicio alguno a la duda, que Gary Webb se suicidó por haber sido relegado al ostracismo profesional aunque lo hiciera, pegándose dos tiros, sí dos, en la cara. Sí, en la cara, donde, mira tú, le dispararon a Serpico. Casualidades de la vida.

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Demostrado pues que ninguna ha afrontado el gran reto de contarnos, de principio a fin, el fenómeno de la droga en el mundo y sus implicaciones de una manera creíble. Ni siquiera como ficción, menos aún en forma de documental. Nadie nos ha dicho qué pasa, punto por punto, desde la plantación de un narcótico hasta que todo el dinero que se obtiene por él es utilizado ni en qué lo es en una única entrega. Y esto último directamente ninguna producción lo hace. Algo que me desespera, amigos.

Cierto es que de lo que va de la plantación – o producción – al menudeo de las calles nos lo han contado todo o casi todo. De hecho Narcos lo hace de una manera ágil y hasta elocuente. No se incide nunca en hasta qué punto para las zonas rurales de media iberoamérica es la única salida para no morir literalmente de hambre o a balazos pero, bueno, esa realidad se muestra aunque de manera demasiado lateral. Y lo que no aparezca en Narcos lo puedes encontrar en The Wire o incluso en Breaking Bad. Siempre se pasa muy de puntillas en lo que tiene que ver con los puntos más conflictivos de esta parte del negocio. Es decir, ¿cómo se pasa de toneladas en toneladas la droga a lo largo y ancho del mundo todos los días, todos los años? ¿Cómo es que es tan fácil esconder las gigantescas plantaciones y los mastodónticos laboratorios? ¿Cómo es que hay tantos ajustes de cuentas entre bandas rivales sin que nadie parezca hacer nada al respecto incluso hoy[4], etc…? Pero, vaya, ni Narcos ni Narcos: México evitan ninguno de estos temas aunque caigan demasiado, como es de costumbre en estos productos, en el poder corruptor y en la capacidad de atemorizar de las organizaciones mafiosas. Y lo que no explica el “plata o plomo”, lo explica la consabida inoperancia de los estamentos políticos, la corrupción como hecho consustancial al género humano que decía aquella, o sus intereses partidistas o personalistas.

Como digo no es la parte del negocio que más flojea de esta serie en particular, más atrevida que otras, ni de las producciones de esta temática en general. La parte que nunca se nos explica con agallas y precisión es la que tiene que ver con qué se hace con la pasta cuando se ingresan sesenta millones de dólares en efectivo al día y dónde acaba.

Narcos sí explica qué hacía Pablo pero, claro, a su manera: con una parte se compraban propiedades, se creaban negocios ‘legales’ para blanquear otra parte, se derrochaba en cantidades exorbitantes en fiestas, prostitutas, coches, aviones, helicópteros, hipopótamos, equipos de fútbol… y cuando no se sabía qué hacer con ello se regalaba a los pobres o se enterraba. Literalmente.

Y es verdad que eso pasó. Tan verdad como que Tata compraba Boteros, Dalís, Picassos (…) dinero en mano se supone sin que nos hayan dicho a quién… Pero, ¿y con toda la demás plata qué pasó? Porque Pablo y el resto del cártel de Medellín se dedicaron a esto durante más de dos décadas. Veinte años por trescientos sesenta y cinco días por sesenta millones de dólares al día sólo de Pablo es mucho, pero que mucho dinero. Como repite sin cesar nuestro narrador Murphy, “hagan cuentas”. Ahora piensen que el billete de mayor valor que existe en EEUU desde 1963 es el de cien dólares y que no es precisamente el más frecuente en el menudeo callejero. ¿De cuántos billetes estamos hablando? ¿Dónde se mete, incluso físicamente, esa ingente cantidad de billetes?

The Wolf of Wall Street

Nada se habla de paraísos fiscales, bancos panameños, suizos o de ingeniería económica. Vale que Pablo y compañía no tenían demasiada formación, pero su inteligencia era notable. Aunque sólo sea por comparación con El lobo de Wall Street que se desarrolla en aproximadamente los mismos años, finales de los ochenta, principios de los noventa. ¿Pretende Narcos hacernos creer que nadie les avisó de que eso existía?, ¿que no era necesario cargar con toda esa plata, que bastaba con llevarla a un banco de un paraíso fiscal y abrirse una cuenta? Como ya he dicho, si no es por The Infiltrator de esto no tendríamos noticia a través de Narcos Colombia. En Narcos: México sí es cierto que se habla de que el Jefe de Jefes y sus compinches eran dueños, repito, dueños de varios bancos, pero otra vez sin dar nombres ni decir qué pasa con ellos en la actualidad. También se toca más que en la anterior trama cómo se mueve el dinero y quién se encarga de ello, pero siguen sin afrontar seriamente el asunto. Al menos, hasta el momento.

En Narcos Colombia sí se dice – de soslayo y sin nombrarlos – que algunos bancos de Miami estaban en manos de los cárteles. Pero, una vez más, las grandes respuestas no se contestan: ¿Qué se hace con esos millones? ¿A quién hay que comprar para poderlos mover?

Un documento real y que apenas tiene trece años incluido como Apéndice I en la penúltima obra hasta la fecha del gigante escritor madrileño malagueño Juan Madrid, Los hombres mojados no temen la lluvia, con el membrete “COMISIÓN. Parlamentaria Antimafia. República de Italia. Documentación reservada. Fecha: SEP/2006” recoge frases como las siguientes, que merece la pena pararse a leer:

“Si la seguridad en el transporte es una obsesión para los productores de droga, el lavado de dinero es la otra. Esto se soluciona, en parte, gracias a la actuación de expertos abogados y la existencia de los paraísos fiscales, a los que añadimos la directa connivencia de grandes bancos y trusts financieros. El silencio cómplice de las instituciones bancarias fue, y es, fundamental para la distribución y venta de la droga (…) Sin ese silencio cómplice, sería prácticamente imposible el fenómeno de la droga en el mundo (…) La legislación bancaria europea exige un control de las cantidades de dinero mayores de tres mil euros que se ingresan, o se extraen, de cualquier cuenta bancaria (…)

Según fuentes de la Interpol, la cantidad de dinero que se genera al año como resultado del tráfico de sustancias estupefacientes sobrepasa los cuatrocientos mil millones de dólares (…) ¿Qué ocurre con ese dinero? ¿Se guarda en sacos? Imposible: se ingresa en bancos. (…) (Y) Ese dinero tiene que ser invertido en negocios muy rentables para desaparecer de las cuentas corrientes y ser lavado. Nadie atesora dinero. El dinero existe para gastarlo (…) Para lavar el dinero, una gran cantidad se reparte en bonos bancarios, no sujetos a inspección fiscal, talones de billetes aéreos en blanco o facturas falsas. Otra se oculta en cuentas numeradas y secretas. Y el resto, que es muchísimo, porque las ganancias de la droga se multiplican año tras año, se dedica a la diversificación empresarial. Es decir, a la compra de editoriales, productoras de cine y televisión, periódicos y revistas, supermercados, biocarburantes, compañías aéreas o agencias gubernamentales, etc., muy difíciles de detectar. Pero sobre todo, y es necesario recalcarlo, se invierte en turismo y en la especulación inmobiliaria, cuya relación entre capital aportado y ganancias sobrepasa la lógica capitalista de la tasa capital invertido/ganancia.”

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Ya que vino The Illustrator a rellenar los LACERANTES huecos sobre el blanqueo, los paraísos fiscales utilizados y los bancos afectados –no salieron todos, ¿eh?, pero, oye, un relato al menos ya hay – mi pregunta, ya que estamos con Pablo Escobar, es la siguiente: ¿Habéis visto alguna película, serie, documental o entrevista en los que se diga en qué empresas diversificó Pablo su chorro de ingresos, qué periódicos compró, qué productoras de cine, qué cadenas de supermercados, en qué negocios inmobiliarios o turísticos invirtió, las acciones de qué empresas armamentísticas compró o en la ampliación de capital de qué aseguradoras participó?

De acuerdo, es que Pablo y sus parses eran unos paletos a los que sólo se les ocurrió enterrar su dinero y el resto lo gastaron o les fue incautado cuando les pillaron con lo del BCCI. Vale, y si no es sobre Pablo, ¿sobre qué otro capo de la droga real o inventado lo habéis visto? ¿Lo habéis leído quizá? ¿Qué ocurre con esto? ¿Es que no vendería? ¿O es que nadie se atreve a hacer según qué bromas ni aun siendo inventadas por lo que pudiera pasar mañana cuando vayan a un banco a pedir un crédito, o pasado a negociar la distribución de su película, o al otro cuando necesiten una simple entrevista en televisión porque toque promocionar lo producido? ¿Quién sabe qué es lo que motiva a la gente a no hacer lo que no hace, verdad?

Pero, ¿qué pasa con los políticos? ¿Y con las autoridades en materia antidroga? ¿Por qué no arrasan con todos los capos como hicieron con Pablo Escobar? ¿Por la Carta de los DDHH? La práctica totalidad de los países desarrollados cuenta con servicios de inteligencia, ¿qué les impide utilizarlos en secreto para acabar con el narcotráfico? ¿Quién se lo iba a cuestionar? ¿Quién se lo afeó a Colombia o a EEUU con lo de Pablo Escobar? Sí, vale, los pobres a los que les construyó las casas en las que aún hoy viven. Por tanto, ¿qué le impide a la OTAN o a Naciones Unidas tomar medidas similares? Insisto, ¿quién se opondría a ello? A lo mejor el contenido del apéndice II de la obra citada y con membrete “COMISIÓN Europea Antidroga. Europol. Bruselas, Bélgica. Reservado/Secreto: Oct 2006.” nos dé una pista.

Empieza así: “Según un informe secreto de la Oficina Central de la Lucha contra la Droga de la Interpol, el cese inmediato y absoluto del comercio mundial de sustancias estupefacientes provocaría la quiebra de los más importantes bancos financieros del mundo y el desplome paulatino de la economía global, sostenida por la especulación y por la entrada masiva y constante del dinero de la droga.”

¿Vais entendiendo de qué va la cosa? Y mirad que no hemos mencionado siquiera cómo se financia u opera el terrorismo, la especulación bursátil, las fundaciones, los lobbies, los think tanks o la propia internet…

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SÍNTESIS. Premisa: Parece claro porqué resulta atractivo tratar el tema del narcotráfico en tantos productos audiovisuales y por qué no se habla de todo lo que cabría hablar sobre el mismo. 650.000 millones de razones americanas al año es la última cifra dada por la Oficina de Drogas y Crimen de las Naciones Unidas a finales de 2018 – 150.000 millones más en sólo doce años –. Contra eso hay poco que hacer salvo un sacrificio kamikaze a lo Gary Webb o apostar por la astucia para burlar la imposición del mercado. Porque es el mercado, amigos.

La apuesta de los productores de Narcos es atrevida, astuta, poliédrica y, al menos eso espero, estamos sólo al principio de la misma. Todo ello necesario para poder contar todo lo que supone el fenómeno del narcotráfico como espero haberos mostrado – si habéis llegado hasta aquí sois unos valientes –. Además, para poder afrontar este relato, es necesario hacer mucho ruido pero por los motivos adecuados. Hay que llamar mucho la atención para llegar a mucha gente. A tanta que sea imposible que te echen el negocio abajo. Para ello se necesita alcanzar el éxito y Narcos lo ha alcanzado.

Y este éxito de Narcos en todo el mundo en absoluto es casual, sino fruto de conocer a la perfección no sólo al target al que va dirigida tu serie, doble en este caso como ahora explicaré, sino la reacción del mismo.

Me explico, hagamos un ejercicio de memoria colectiva. Coincidiendo con la subida de la segunda temporada a la plataforma de Netflix, Narcos fue TT en Twitter. Recuerdo que me asomé para ver qué se cocía – porque de eso iba antes Twitter, de asomarse a los TT a ver qué se cocía, ahora…, bueno, ahora es otra cosa –, y pude observar que la cantidad de gente quejándose de los que hacían spoilers con el final de la misma sólo era superado por los que se reían a mandíbula batiente de los que, al parecer, no conocían cuál fue el final real de Pablo Escobar.

Seguramente muchos de los que se reían se habían enterado de ese final viendo el último capítulo pero, bueno, las redes estaban y están para molar muy fuerte, ¿no? Y no hay que perder una sola ocasión para hacerse el listillo. ¿Y qué mejor para ello que adelantarse a los demás viendo antes que nadie el último capítulo de la serie más ‘in” del momento?

Los aludidos hasta el momento pertenecerían a lo que yo denomino como primer grupo del público potencial de la serie, el formado por los que no conocían más que de oídas, de la letra de algún rapero, o de una camiseta o cartel random al tal Pablo Escobar, los más difíciles de interesar. El segundo grupo estaría formado por los que, como yo, sea por la razón que sea, teníamos bien claro quién fue el Patrón y qué supuso para Colombia, EEUU y el mundo entero. Con nosotros lo tenían mucho más fácil. Más tarde o más temprano, con pasión o con escepticismo, lo tuviésemos como héroe o como villano, lo cierto es que acabaríamos viéndola. Como veis, los productores de Narcos nos tienen bien calados. A todos.

Si os soy sincero, a mí lo que me hizo gracia de lo leído en esa red social no fue tanto la ignorancia de unos y otros. Lo que me apasionó fue que los comentarios demostraban que la serie la estaba viendo gente joven, muy joven y/o gente que nunca había reparado en la figura de Pablo Escobar y que, en consecuencia, no tenía por qué saber qué putas le pasó o no el malo – o bueno – de su serie favorita en la vida real. A unos porque no les había dado tiempo y a otros porque no les había dado la gana. Interesar y enganchar a este primer grupo es sin duda el mayor logro de Narcos.

Y de ahí directamente a la reflexión sobre la frase y el cartelito de marras. De ahí al reconocimiento expreso de la astucia de los creadores de la serie y al logro de enganchar a todos a quiénes se la dirigen. Logro que, como os digo, es doble y ahora es cuando me pongo de ejemplo porque, no voy a negarlo, en un primer visionado las flagrantes imprecisiones entre serie y realidad me crisparon. Me parecieron tan burdas, tan intencionadas e intencionales que casi me pongo a despotricar sobre ellas públicamente como si fuese el mismísimo Juan Pablo Escobar, hijo real de Pablo.

No había entendido nada. Mis lecturas, mis visionados de documentales y entrevistas sobre la verdadera historia me habían nublado el juicio sobre el producto que estaba viendo: los creadores estaban jugando a mostrarnos una Sirena de Fiji.

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Veréis, todos los que tuvieron noticia previa de este “hallazgo criptozoológico” del siglo XIX la tuvieron a través de un grabado que representaba una hermosa mujer con cola de pez. Cuando el propietario de la Sirena de Fiji por fin la mostró al público, ésta se parecía tan poco a la que todos esperaban ver y aun así era tan atrayente que poco importó incluso que fuera falsa.

Entonces, ¿a qué se debió su éxito? Pues mirad, el dueño, ya sabéis cómo son los yankies, se vio obligado a colocar un cartel en la entrada en la que ponía algo así como “la sirena de las ilustraciones no se corresponde con la real”, debido a que los expertos en sirenas, los primeros que la vieron y que habían presionado al dueño para que la mostrase cuanto antes, salieron indignadísimos gritando a los cuatro vientos lo poco que se parecía lo visto a la de la ilustración. “¡Es horrible!”, dijeron. “¡No es ni parecida a las de verdad!”. ¿Resultado? Las colas fueron kilométricas aun cuando se supo que la ‘sirena’ era, en realidad, medio mono cosido a la parte trasera de un salmón disecado.

Pues bien, los creadores de la serie nos cuelgan en cada capítulo el cartel – no el flotante y único del primer capítulo, sino el legalista sobre fondo negro – de “la sirena no es la de la ilustración” contando con los que, como yo, estaban dispuestísimos a gritar como expertos en la materia que “¡esa sirena no es ni parecida a las de verdad!”, porque un hype negativo, más aún, el hype que genera la discusión entre defensores y detractores, es tan efectivo o más que una promoción positiva.

Recapacité a tiempo y, gracias a la ignorancia natural de los más noveles en Pablo Escobar, me di cuenta de mi propia ignorancia respecto al juego que se traían entre manos los creadores desde el principio: el del realismo mágico de la serie, un realismo que, a diferencia del literario, cuenta con una parte real que sí que es verídica – cada vez que hay una detención, una operación o la voz en off nos da uno de los datos reales que se van soltando en aluvión tanto en las entregas de Colombia como en la de México, estos se apoyan sobre las imágenes documentales reales del momento llegando incluso a introducirse en la trama, de manera muy natural y efectiva, noticiarios de la televisión colombiana –, aunque su interpretación vaya a depender de quién nos la haya contado. Este juego les permite hacer pasar por verdadero lo que no es real y contar sin ambages ni autocensuras lo que, siendo real, parece imposible.

De hecho, desde que he tomado consciencia de este hecho, me ha aparecido esta media sonrisa bobalicona con la que ahora reviso la serie, preguntándome qué parte de la misma se creerán como real y cuál no, los neófitos en el tema. A lo que hay que añadir qué me estaré creyendo yo como conocedor de la materia y qué sería capaz de discutirles a los propios supervivientes de aquella época porque lo que me contaron como verdad no coincide con lo que ahora me cuenta la serie.

En definitiva, conocen tan bien su producto, que la fórmula elegida es tan ganadora y han previsto tan bien cómo íbamos a reaccionar los unos y los otros que no nos queda más que levantarnos y aplaudir. La realidad que recrea la serie es tan coherente y a la vez tan exagerada siendo inventada como la propia realidad de los hechos, siendo ambas too strange to believe. Y entre lo verosímil y lo inverosímil, en mil pedazos sueltos pero presentes, está toda la verdad sobre el fenómeno mundial del narcotráfico. Bueno, o casi toda, aún quedan cosas por contar. Vedla si aún no lo habéis hecho y si ya la habéis visto, investigad, leed y volved a verla, será como volver a leer Rayuela en el orden que no seguisteis la primera vez que lo hicierais, os lo prometo. Es en lo que yo ando para revisar la primera entrega de Narcos: México de la que, más allá de los narcocorridos de Los Tigres del Norte y del caso Kiki Camarena, ignoro casi todos los detalles.

Ángel Chatarra

[1] Por cierto, en el primer capítulo ese cartel tampoco es el mismo que luego aparece repetido el resto de la serie. Cosas de los episodios pilotos…

[2] Uno de los ejemplos más random de esto que digo alude al propio Gabriel García Márquez. El creador del Macondo mágico ha sido la última gran noticia del realismo mágico que también rodea la historia real de Pablo y fue revelada hace apenas un año desde la serie “en primicia mundial para Puerto Rico” por Popeye, su sicario más famoso. Según el mismo, Gabo fue el enlace entre los Castro y Escobar para cerrar los negocios que se trajeron entre manos, según él, el gobierno cubano y el narcotraficante colombiano más famoso de todos los tiempos. ¿Serían conscientes los creadores también de esto cuando decidieron incluir este género literario en su relato? Seguro que no…

[3] La cadena Knight-Ridde es la segunda cadena más grande de periódicos en papel y on line de EEUU, y edita, entre otros muchos, el Miami Herald. ¿Les suena de Narcos? ¿A que un poco sí? Pero, ¿a que no mencionan nada sobre sus vinculaciones con la mafia narcoterrorista cubanoamericana? Más bien al contrario: se le menciona como referente de la información en temas de drogas, ¿verdad?

[4] Decía Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, en una de sus últimas entrevistas que los muñecos ya no llenan las calles de Medellín, pero no porque no los haya, sino porque se han construido muchas incineradoras.

Título original: Narcos. Narcos: México

Año: 2015. 2018 (Estados Unidos)

Fecha de estreno: 28-08-2015. 16-11-2018

Duración: 52-60 minutos

Temporadas: 4 (3+1)

Género: Crimen. Policiaco. Drogas. Mafia. Basado en hechos reales. Biográfico. Años 70 – 80 – 90

Calificación: No recomendada para menores de 16 años

Creador: Chris Brancato, Doug Miro, Carlo Bernard.

Productora: Gaumont International Television / Netflix

Distribuidora: Netflix

Intérpretes: Wagner Moura (Pablo Emilio Escobar Gaviria), Paulina Gaitán (Tata Henao de Escobar), Boyd Holdbrook (Steve Murphy), Joanna Christie (Connie Murphy), Pedro Pascal (Javier Peña), Juan Pablo Raba (Gustavo Gaviria), Damián Alcázar (Gilberto Rodríguez), Francisco Denis (Miguel Rodríguez), Gustavo Angarita Jr (Fidel Castaño), Pêpê Rapazote (José “Chepe” Santacruz Londoño), Diego Cataño (Juan Diego Díaz “La Quica”), Julian Diaz (“Blackie”), Juan Sebastián Calero (“Navegante”), Mauricio Cujar (Don Berna), Gustavo Angarita Jr. (Fidel Castaño), Eric Lange (Stechner), José María Yazpik (Amando Carrillo Fuentes)…

Diego Luna (Miguel Félix Gallardo), Michael Peña (“Kiki” Camarena), Tenoch Huerta (Rafael Caro Quintero), Joaquín Cosío (Ernesto Fonseca Carrillo “Don Neto”), Teresa Ruíz (Isabella Bautista), Fermín Martínez (Esparragoza Moreno “El Azul”), Alejandro Edda (Joaquín “El Chapo” Guzmán)…

Published in: on marzo 15, 2019 at 7:12 am  Dejar un comentario  
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Generación “Mr. Robot”

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Artilugio: Creado por Sam Esmail. El mundo hace ocho años pintaba distinto, se presentaba como algo muy diferente a lo que ahora nos devuelve la imagen de los noticiarios. Precisamente por esto, la alegoría que ha pergeñado su creador de aquel instante y de los que se han ido sucediendo después no puede haber sido más oportuna. En poco tiempo puede que nos parezca que ha quedado desfasada, que ha envejecido muy rápidamente, pero estoy convencido de que en cuanto pasen un par de años más la veremos como lo que es, la crónica de un tiempo, el nuestro, el de la generación Mr. Robot.

Acción: Allá por diciembre de 2010 nos levantamos una buena mañana con la noticia de que se estaban produciendo multitudinarias manifestaciones en Ciudad de Túnez por un tal Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante, que se había inmolado en repuesta al brutal trato opresor recibido por la policía del país que, no contento con detenerlo, incautarle la mercancía y maltratarlo, le habían despojado incluso de sus cuentas corrientes.

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Nos extrañó un poco tanta presencia mediática porque todos dimos por seguro que hechos así pasaban a diario en esos países pero aquella ocasión tenía sus matices. A la gente joven del país, por lo que fuera, le pareció realmente mal ese episodio, de repente tomó consciencia – palabra clave – de hasta qué punto sus gobernantes les oprimían, despertaron y, dando por fin un buen uso a sus redes sociales, a través de sus ordenadores, sus móviles, sus tablets, en los cibers, en los edificios con acceso a wifi, etc., decidieron que igual era buen momento para quedar en la calle, para gritarlo y para hacérselo saber a su clase dirigente y, de paso, al resto del mundo.

Aquello que nació en Túnez se extendió rápidamente a Egipto, Libia, Siria, Argelia, Yemen, Omán, Barhéin, Marruecos, Sahara Occidental, Líbano, etc., etc., etc. Los medios occidentales, siempre tan preocupados de aquello del relato, decidieron bautizarlo como La primavera árabe por las reminiscencias que nos traería a todos de la Primavera de Praga, que ya venía bien para que entendiésemos de qué iba a ir la cosa y de cómo iba a acabar.

Es cierto que un año antes, en 2009, ya había habido ambientillo en Irán tras las elecciones presidenciales y en Grecia medio año antes a un chaval de 15 años, un tal Alexandros Grigorópulos, le había matado la policía griega en los disturbios anarquistas de Atenas por unas protestas contra no sé qué recortes centrados en los trabajadores a manos del gobierno del PASOK por no sé qué de una crisis mundial. Pero, claro, ¿cómo llamas primavera a algo que nace año, año y medio antes, y árabe a algo que también ocurre en países cristianos ortodoxos?

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Reacción: Demasiado lío para el público, nos dijeron que aquello a los españoles nos vendría genial porque vendrían más turistas y así capearíamos aquello de la crisis, ¿os acordáis?, que nos había caído encima por no sé qué era, no recuerdo bien, dos o tres años antes. Ah, sí, por vivir por encima de nuestras posibilidades siendo pobres. Y ya está, circulen que aquí no hay nada más que ver. Y, oye, que algo lograron, algunos sátrapas cayeron, a otros los sustituyeron, pero en el global no es que acabase la historia demasiado bien, que le pregunten a los sirios y a los yemeníes pero, bueno, al fin y al cabo era el tercer mundo, ¿no? ¿A quién podía importarle?

El problema para el primer mundo fue que a sus jóvenes, de la misma edad que los árabes, con las mismas redes que los de estos países y, sin duda, con muchos más recursos – a pesar de la crisis mundial –, más formación, más información, les dio por unir los puntos, por echar las mismas cuentas y les acabó dando el mismo resultado. Aquí el malo no era un sátrapa, eran sus gobernantes democráticamente elegidos y – ALERTA SPOILER – las empresas, la bolsa, las agencias de riesgo, los bancos, la UE, el FMI… El sistema, en definitiva, tan metódicamente globalizado.

Cierto era que el movimiento antiglobalización llevaba reventando reuniones del G-20 desde hacía una década advirtiendo de lo mismo pero, claro, ¿violentos? No podían tener razón.

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Consecuencias: Todo esto cristalizó en aquello tan histórico y tan modélicamente pacífico que se llamó 15-O, fecha que no os sonará tanto como otras aunque fuesen mucho menos importantes que ésta. Noventa países y más de mil ciudades ya no árabes, ya no en primavera, se unieron para pedir algo tan obvio como que sus gobernantes y clases dirigentes entendiesen que esto del mundo va de la gente, de no acabar con el planeta y no de los intereses de los mercados.

A esta fecha se sumaron desde las revueltas estudiantiles de media Iberoamérica, a la lucha del pueblo griego por vivir con dignidad, desde el “Occupy Wall Street” con su “We are the 99%” estadounidense, a las protestas ciudadanas del resto de Europa, Canadá, Australia, Corea del Sur, Hong Kong y el largo etcétera. Noventa países y más de mil ciudades como decía.

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No os acordaréis demasiado porque se empeñaron desde todos los medios y por todos los medios en que nos quedase claro que ese día no existió nunca y que, bueno, las protestas que hubiese habido – con tratamiento ya local, por supuesto – eran fruto de que los chiquillos del Twitter y del Facebook que, criados en la opulencia, le habían visto las orejas al lobo por primera vez en su vida. Y como el cronista del rey es el que decide qué pasa a la historia y qué no, qué rey ha muerto y qué rey goza de buena salud a pesar de las moscas, no importó que ese día muriese la mentira de la globalización a manos de la verdadera red globalizada. Nadie tomó nota.

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Fotografía del instante: No se tomó nota pero alguien sí tomó una foto. Poniendo el foco en este inmenso caldo de cultivo y utilizando el filtro de la cultura hacker y el hacktivismo, sin huir en ningún momento del uso que de éste han hecho tanto los gobiernos como los conglomerados empresariales, el tal Sam Esmail, total desconocido para el gran público, estrena, allá por 2015, en primavera, en todas las plataformas de visionado en línea bajo demanda que se le ponen a tiro, el mejor piloto sin duda del año y, probablemente, de buena parte de la década. Primera entrega de alto nivel de lo que a la postre serían cuatro temporadas, la última aún por estrenar en algún momento de este 2019. Os reto a que lo veáis hoy mismo y a que me digáis que no os interesa nada de todo lo que cuenta.

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Sí he de decir que, tomada cierta distancia, se puede notar que no iba para piloto de una serie, sino para la película que en un principio Sam Esmail pensó hacer hasta que comprobó cómo Elliot y todo su mundo había crecido y crecido y tomado vida propia hasta superar el volumen de una tetralogía. Veremos cómo de recurrente es este hecho en cantidad de series que por aquí reseñemos.

El piloto une gotas de nostalgia pop, por fin ya no tan centrada en los ochenta sino también en los noventa – su tipografía, por ejemplo, es la de Sega, la alternativa a Nintendo, el iphone de las consolas del momento –, referencias casi literales a los títulos más lúcidos e irreverentes del cine de masas de los ultimísimos noventa y primerísimos dos mil – Matrix, El Club de la lucha o V de Vendetta – y, por tanto, a las novelas gráficas y a la cultura del cómic, el fascinante magnetismo de Rami Malek, mucho del espíritu conspiranoico que también prima entre los contestarios del poder más marginales – referencia explícita a JFK, caso abierto y a su Mr. X incluida en el segundo capítulo –, mucho costumbrismo urbanita de la clase media trabajadora, de los altos ejecutivos – con su homenaje tampoco disimulado a American Psycho también desde el segundo capítulo –, con sus vicios y sus serios problemas psiquiátricos, en ambos casos, para armar un tecno-thriller que, más allá del interés de su propia trama, sirve de alegoría de un momento que, por desgracia para nosotros y para suerte del 1% del 1%, me temo, ya ha sido balanceado por la ecuación.

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A ver, que nadie se confunda, esto no es un documental ni lo pretende. Es ficción y de la buena. La premisa es clara, Elliot Alderson, con nombre y apellido para nada casuales[1] lucha contra sus problemas más psiquiátricos que psicológicos, para mayor frustración de Krisa, su psicóloga, la encargada de que no acabe a lo Travis Bickle de Taxi Driver – aunque parece que son sus soliloquios internos, que escuchamos a veces en voz en off, a veces en secuencias alternativas de su realidad, los que lo eviten–, en un mundo repleto de relaciones humanas desnaturalizadas, cargadas de pose e hipocresía, podrido y corrupto hasta el punto de que si entras en una cafetería y su wifi tiene el ancho de un tera y además su consumo es gratis, sospecha porque algo turbio hay detrás.

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Elliot que, a pesar de su ansiedad social, su depresión clínica y de ganarse la vida trabajando en ciberseguridad por ofrecimiento de su amiga de la infancia, Angela Moss – creedme es de los buenos, Elliot said –, no desaprovecha una oportunidad para hacer justicia, es reclutado por una banda de hacktivistas para atacar E Corp., donde trabaja el que a la postre será su némesis ¿o aliado?, el perturbador Tyrell Wallick – sosias sueco del Patrick Baterman de American Psycho con ¿reminiscencias del Tyler Durden de El club de la lucha? Sí, con reminiscencias del Tyler Durden de El club de la lucha, creedme –, tomarla y acabar de un plumazo con el sistema de crédito mundial. En resumen, hackear el mundo para empezar de cero.

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En un perfecto equilibrio, Sam Esmail, apoyándose ya en la pericia de Franklin Peterson, nos va dibujando inmensos personajes extraordinariamente defendidos por todo el elenco – el foco se lo lleva Malek pero no hay una mala actuación –, en el que cada papel es un retrato de las diferentes capas sociales que van participando en la trama, sin tratar de ocultar en ningún momento que estamos ante un producto comercial, con sus recursos arquetípicos de culebrón venezolano y sus epatantes giros de guion incluidos, que encontrará su acomodo en el canal por cable norteamericano USA-network aunque se siga distribuyendo en las diferentes plataformas digitales.

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Mientras la primera temporada se centra en armar el ataque, en irnos presentando los diferentes personajes y en mostrarnos cómo los chicos de F-Society dan el golpe, la segunda lo hace en mostrar las consecuencias y las diferentes formas que las partes implicadas tienen de asumirlas. La tercera, en comprender, como Neo en su visita al arquitecto en la muy maltratada por público y crítica Matrix Reloaded, que el sistema ya contaba con ellos y que, bueno, al final les dejaron crecer para hacer los cambios que de otra manera ni siquiera Evil Corp. se habría atrevido a llevar a cabo. ¿La vida misma? Otra vez sí, la vida misma.

Y la cuarta… pues la cuarta la estamos viviendo en el mundo real y de la de la serie os daré cumplida cuenta cuando en ese “algún momento a lo largo de 2019” que nos han anunciado llegue y pueda verla gracias a mi suscripción a Amazon Prime Video si es que Movistar+ me lo permite, claro. Ironías del mercado, amigos. Sociedad de mierda. A Elliot Anderson le gusta esto.

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Personajes: Si algo caracteriza a Mr. Robot es el crecimiento exponencial, capítulo a capítulo, temporada tras temporada, de su mundo hasta convertirla en esa clase de ficciones en las que te quedarías a vivir, si es que no vives ya en ella. Además del interés que despiertan sus tramas y subtramas principales, unas pueden engancharte más, otras menos, el gran acierto de sus responsables es la forma de ir incorporando nuevos y cada vez más fascinantes personajes a las mismas.

Mr. Robot - Season 2

La primera temporada, como ya he comentado, sirve para presentarnos la historia, a sus protagonistas y mostrarnos un poco de sus rutinas diarias – con una entrada algo atropellada de la trama Elliot- Shayla-Fernando Vera-, sin embargo, ya desde la segunda parte de ésta Mr. Robot marca lo que para mí es su elemento diferencial respecto al resto de las series, su arriesgada apuesta por incorporar nuevos personajes en las tramas – normal hasta ahí – que son universos en sí mismos, con color propio, su propio sonido y su propio olor.

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Si en la primera el escalofriantemente real personaje de Terry Colby – su acting en la secuencia del falso noticiario de su detención es más auténtico que el del propio Bernard Madoff en el mundo real – y una a priori legendaria White Rose hecha carne acaparan la atención de los espectadores, en la segunda los mundos del diabólico Phillip Price, de la atormentada agente Di Piero y los del oscuro Zhang por un lado; y los del ensoñador poeta-filósofo-criminal Ray y los de me-jode-muchísimo Leon – no se puede tener más flow – por el otro, son los encargados de robarte los ojos. La tercera, obviamente, es para los de Irving y, en menor medida, para los de Grant, pero es que los de Irving son gigantes. Tan gigantes como para protagonizar su propio spin off. Los de la mayoría dan para spin off pero lo de Irving es otro nivel.

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Un capítulo, una cadena de palabras: Otra seña de identidad propia de la serie, otra más, es el nombre de sus capítulos, cadenas de palabras y caracteres, cada uno con una extensión falsa propia, al más puro estilo hacker, algo en lo que Mr. Robot, por su retrato realista y precisión técnica, también se ha ganado el reconocimiento de los expertos. Vamos con algunos que brillan con luz propia por su temática, su formato o sus hallazgos.

Temporada 1

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Ya lo hemos desgranado lo suficiente, paro en el él para volver a recomendarlo y para que prestéis atención a cómo empieza esta noria. Hola, amigo.

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Por si a estas alturas aún no sabes hasta dónde puede crecer la serie, espérate a que Elliot sufra su síndrome de abstinencia. Eso sí, recuerda que no todo es Lost, ¿vale? A veces uno alucina y ya está, no le busques tres pies a Qwerty que sólo tiene aletas.

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Antes del espectacular y epatante, como deben ser estos siempre, doble capítulo desenlace de la primera temporada hay tiempo para más cosas, por ejemplo, para que conozcas a White Rose. Cuidado que te hackea el tiempo, no dejes que te pegue su paranoia. Tic, tic.

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Temporada 2

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En un cambio de paso arriesgadísimo, como lo es la apuesta de la serie continuamente, se nos presenta al nuevo Elliot, uno que ha dejado todo lo digital atrás, vive con su odiada madre, sigue escrupulosamente su nueva rutina y… le da igual porque de la cabeza mejorar no es que mejore, el pobre.

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El mejor capítulo de largo de la serie por méritos propios y, precisamente, por hasta qué punto resulta extemporáneo. No lo verás venir. Palabra clave: Alf.

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Lo traigo a esta lista por sus últimos cuatro minutos que, en realidad, son los primeros cuatro del siguiente, el eps2.7_init_5.fvees que es, a su vez, el eps2.0_umm4sk-pt1.tc sin máscara. ¿Tramposo? Claro, y ¿qué? Es mágico y en esos cuatro minutos está la verdadera esencia de la serie. Todo empieza y acaba en Elliot. Además, sólo por ver cómo juegan los responsables de los VFX arquitectónicos a quitar los VFX arquitectónicos, por ese retirar el velo del constructo para mostrar la realidad que, realmente, tampoco es del todo la real, sólo por eso, insisto, ya valdría la pena el engaño. Master class de montaje y planificación de planos en cuatro minutos, por cierto.

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Temporada 3

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Segundo capítulo de la tercera temporada y tercer intento de Elliot de reescribir su historia, de afrontar su paso por el mundo. Convencido por fin de que el camino no es asaltar los cielos sino hacer los cambios desde dentro -¿de qué me suena esto?- vuelve a medicarse y a tratar de cambiar al enemigo utilizando sus propias reglas. SPOILER: sale mal.

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Por si no te ha quedado claro de qué va la tercera temporada o te habías desubicado un poco con la trama principal con tanto ir y venir, este es tu capítulo. Esto es todo lo que ha pasado desde el capítulo final de la primera y todo lo que va a venir de aquí al final de la tercera desde el reflejo, eso sí, de otro espejo. Todavía le doy vueltas a cómo puede caber todo eso en un capítulo sin ser de Los Simpsons. Magia. Tan espectacular como el que va a continuación de esta lista pero sin tanta repercusión en crítica y público. Máster acelerado para creadores.

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Muy poco antes de esto, menos de tres años antes, Cary Fukunaga había marcado el paso luciéndose con un plano secuencia de cinco minutos y cincuenta y cuatro segundos en un capítulo de True Detective a toma única y sin cortes – eso jura él y corroboran los implicados –. Eso no son maneras, son alardes. Un hito en la historia de las series que dejó en mera filigrana técnica de autor aburrido del éxito a aquel doble plano secuencia de Chris Carter, sincronizado y a pantalla partida, cuidado, en Triángulo de Expediente X. Vale, éste no es a toma única, como no lo fue el de La soga de Hitchcock pero es que dura ¡cuarenta y dos minutos! ¡El capítulo entero!

Ángel Chatarra

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[1] El nombre es el de un niño que ya ha crecido aunque conserva su capucha con la que una vez conoció la verdad gracias a un empático extraterrestre; y el apellido es sospechosamente parecido, una letra los separa, al del mundo real de Neo, el del elegido de la saga de los entonces hermanos y ahora hermanas Wachowski, ¡cómo pasa el tiempo! Toda una declaración de principios.

Coming soon:

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Título original: Mr. Robot

País: Estados Unidos (2015)

Fecha de estreno: 24 de junio de 2015

Duración: 43-49 minutos

Temporadas: 4 (la cuarta pendiente de estreno)

Género: Criminal, Drama. Tecno-Thriller

Calificación: No recomendada para menores de 16 años

Creador: Sam Esmail

Productora: Anonymous Content, Esmail Corp., Universal Cable Productions

Distribuidora: USA Network

Intérpretes: Rami Malek (Elliot Alderson), Martin Wallström (Tyrell Wellick), Portia Doubleday (Angela Moss), Christian Slater (Mr. Robot), Carly Chaikin (Darlen), Stephanie Corneliussen (Joanna Wellick) , Krista (Gloria Reuben), Frankie Shaw (Shyala), Michael Cristofer (Phillip Price), Michel Gill (Gideon Goddard), Bruce Altman (Terry Colby), Grace Gummer (Dominique DiPiero), Leon (Joey Badass), Craig Robinson (Ray), Bobby Cannavale (Irving), BD Wong (White Rose/Zhang), Grant Chang (Grant)…

Published in: on febrero 20, 2019 at 7:07 am  Comments (1)  
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AMC estrenará en 2019 la nueva serie de terror “NOS4A2”, adaptación de la novela homónima de Joe Hill

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AMC ha anunciado esta semana que estrenará en España a lo largo de este año su nueva serie de terror sobrenatural NOS4A2, protagonizada por el actor y productor nominado a los Emmy Zachary Quinto (Star Trek, American Horror Story) y la actriz Ashleigh Cummings (The Goldfinch, Hounds of Love). La directora Kari Skogland, nominada a los Emmy (El cuento de la criada, Sons of Liberty), dirigirá los dos primeros episodios de la serie, que se basa en la exitosa novela de Joe Hill del mismo nombre. La producción, compuesta por diez episodios de una hora de duración cada uno, se llevará a cabo en Rhode Island (Estados Unidos).

Zachary Quinto interpreta a Charlie Manx, un seductor inmortal que se alimenta de las almas de los niños y deposita lo que queda de ellas en Christmasland, un pueblo de Navidad helado y enrevesado, producto de la imaginación de Manx, donde todos los días son Navidad y la infelicidad está considerada como un delito. Pero Manx ve todo su mundo amenazado cuando una joven de Nueva Inglaterra (Cummings) descubre que posee un peligroso don.

Ashleigh Cummings encarna a Vic McQueen, una joven artista de clase obrera cuya creatividad despierta en ella una capacidad sobrenatural de rastrear a Charlie Manx. Vic compensa su falta de seguridad en el trato con los demás con valentía, humor y una determinación dura como el acero. Se esfuerza por derrotar a Manx y rescatar a sus víctimas sin perder la cordura en el intento ni caer ella misma en sus redes.

NOS4A2 es una producción de AMC Studios en asociación con Tornante Television. El equipo de producción ejecutiva estará compuesto por Joe Hill, Jami O’Brien (Fear The Walking Dead, Infierno sobre ruedas), quien creó la serie para la televisión y trabajará como showrunner, y Lauren Corrao, copresidente de Tornante Television. Además de Quinto y Cummings, el reparto incluye los nombres de Olafur Darri Olafsson (Lady Dynamite) como Bing Partridge; Virginia Kull (The Looming Tower) como Linda McQueen; Ebon Moss-Bachrach (The Punisher) como Chris McQueen; y Jahkara Smith (también conocido como Sailor J) en la piel de Maggie Leigh.

 

Published in: on febrero 9, 2019 at 8:38 am  Dejar un comentario  

Y la revolución no fue televisada

Decía la letra de aquella canción recitada de Gill Scot-Heron que “the revolution will not be televised” y, al menos en lo que se refiere a la propia televisión, al cine en salas y de alquiler y a la muerte del formato físico de discos, películas y series así parece haber sido. La revolución no se ha televisado, está disponible en streaming.

The Revolution Will Not Be Televised

YouTube, el vector primigenio que nos inoculó este virus, que sigue mutando y que cada vez está más vivo, llegó al mundo en 2005 con un vídeo de uno de sus creadores en el zoo; Netflix, que había nacido en 1998 fruto de la pereza de tener que ir al videoclub para devolver una peli, se pasó al streaming hacia 2007, produjo su primera serie, nada menos que House of Cards, en 2010 –apostando desde el principio por el modelo binge watching[1], quizá su gran aportación– y desembarcó definitivamente en España en 2015. Antes de ayer. Después de esto nada ha vuelto a ser igual y, amigos, ya no hay vuelta atrás.

Nadie puede negar que, hoy por hoy, aunque haya canales de la tele por cable, más concretamente los americanos, que sigan gozando de buena salud, los USA Network, Show Time, Fox, AMC, CBS, ABC y el largo etcétera, el referente absoluto en este negocio es Netflix, el YouTube de pago, entre otras cosas, porque además de los contenidos propios, acaba incorporando a su catálogo los mejores productos de buena parte de los canales citados y de otros muchos que alcanzan incluso a los de las televisiones públicas europeas.

Pero no todo es Netflix, a estas alturas tenemos a un click – ¿o debería decir a un tap? – otro buen montón de plataformas tan interesantes o más que ésta dependiendo de nuestros gustos.

Por orden de preferencia, de la mía claro está, tenemos HBO, el Netflix de los ricos que, aunque sea tan barato o caro como ésta, se le viene llamando así porque todo el mundo que la contrata lo hace por el capricho de ver una, dos series y poco más si lo comparamos con la fidelidad que sus usuarios le muestran a Netflix, de la que se lo ven todo –hasta esa cosa loca de esa japonesa pequeñita que te ordena la casa– hasta convertirlo en TT en Twitter; tenemos Filmin, el Netflix de los gafapastas, esa maravillosa suerte de filmoteca nacional virtual, el Sundance en la nube, que lleva ya más de una década en el mercado y que se sigue reinventando para permanecer a flote; o Sky, el Netflix de Hacendado, una apuesta un poco frankenstein a medio camino entre los nostálgicos del vídeo club, del ppv de Canal + Digital y de la televisión en línea, que parecía condenada a una rápida quiebra pero que aún sigue ahí gracias, en parte, a ofrecer parte del fútbol y parte de los canales que ofrecen los operadores sin los inconvenientes que supone contratar con estos, así como un buen puñado de estrenos de cine por precios razonables.

Más recientemente, gigantes de la distribución como Amazon con su Prime Video y Rakuten, reinventando aquel primer Wuaki, se han querido subir a este carro y prometen, por potencial económico, convertirse en apuestas muy serias. Que consigan la implantación de la que goza Netflix no lo veo tan claro pero, ¿quién sabe?

Finalmente tenemos el verdadero YouTube de pago, el Netflix del tercer mundo, que quizá en España no se acabe de entender bien pero que en Iberoamérica, por ejemplo, sí tiene una presencia muy importante, entre otras cosas, por la falta de reflejos de la propia Netflix para desembarcar allí a tiempo y por la endémica incapacidad de extender por provincias la mastodóntica infraestructura necesaria para la tele por cable.

Y, cómo no, contamos con el mayor operador de telecomunicaciones del país, de rancio abolengo –sobre todo por lo de rancio–, Movistar+, el Netflix Diamond Premium VIP plus, que a base de acaparar todo el deporte, quedarse con las mejores series americanas del modelo clásico de la televisión por cable, meterle un montón de pasta a la producción propia y hacer la que será, en mi opinión, la última apuesta –atractiva, eso sí– por crear un canal de televisión en línea de la historia, pretende que pagues no se sabe muy bien cuánto –ni cuándo vas a tener que pagar aún más de nuevo– para disfrutarlo todo, desde la fibra, al móvil hasta al propio Netflix con el que, al fin, han entendido que tenían que llegar a un acuerdo al que al principio se negaron rotundamente, además gozando de las ventajas que da poderlo ver todo –¿o casi todo?– bajo demanda.

Para este que escribe, su modelo de negocio y el del resto de operadoras, los Movistar+ de Hacendado, está obsoleto porque las generaciones más jóvenes ya no quieren tenerlo todo, quieren tener lo que les gusta y pagar sólo por eso. Sí, sí, las nuevas generaciones quieren pagar por ver, algo impensable hace apenas una o dos décadas en las que la opción preferida era, a qué engañarnos, emule primero y torrent después, amén del millón y medio de páginas ilegales, verdadero precedente de Netflix, que siguen ahí, cada vez con menos presencia pero ahí, entre otras razones socioeconómicas, por modelos como el de Movistar+. Como ejemplo de cuanto digo está el hecho de que en las listas de lo más descargado de manera ilegal en España se encuentran, hoy por hoy, los programas completos de Late Motiv o La Resistencia de la mismísima Movistar+. ¿Quién nos lo iba a decir, verdad?

Aun así, el modelo de Movistar+ aún permanecerá, claro está, por su posición de poder. Eso sí, que hayan tenido que pactar con Netflix y que tengan que utilizar YouTube para llamarnos a sus filas a base de píldoras da muestras de hasta qué punto se han quedado atrás.

El streaming manda, amigos, y suyas son las nuevas reglas.

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Pero centrémonos. Si el dueño de esta confortable mazmorra me lo permite, yo a lo que me asomaré por aquí realmente será a iros contando cosas de esto de las series*. Puestas las bases de dónde estamos en cuanto a la forma de cómo nos llegan ahora los contenidos, y aunque hayamos pasado deliberadamente por alto el dónde nos llegan, en cuántos dispositivos distintos podemos seguir lo que vemos y de quién fue la idea, tema bien interesante para entender del todo el fenómeno, pasemos al cómo hemos llegado hasta aquí.

Empecemos, si me lo permitís, haciendo un pequeño resumen del fenómeno televisivo en general y del serial en particular, así os cuento cuál va a ser mi intención cuando venga de visita a casa Berzano.

Cuáles fueron las primeras series* os lo habrán contado mil veces, todo eso de las soap opera, las radionovelas de la radio trasladadas con mejor o peor fortuna a la televisión, las comedias de situación, etc. No perdamos el tiempo con esto, si queréis saber más del jurásico serial, me lo decís y le dedicamos unas entradas pero ya pasó. Hace mucho tiempo además. Esta época abarca los años cincuenta, los sesenta y buena parte de los setenta del siglo XX. Aunque, bueno, como siempre es interesante saber de dónde venimos, vosotros mandáis. Ya me diréis si me tengo que marcar un Series* del Cretácico de vez en cuando. Ya me iréis contando.

Ball & Vance In 'I Love Lucy'

Cómo empezó el fenómeno de lo que ahora entendemos por series* lo habréis leído también en mil sitios; que si la primera edad de oro empezó con ésta o esta otra serie, que si esto lo explica el modelo americano de la televisión por cable que tenía que crear contenido que se mantuviese en antena y a la que la gente se enganchase para querer mantenerlo contratado, que si era la mejor forma imperialista de vender el american way of life… Ese modelo que aquí nunca ha tenido una gran implantación y que para cuando por fin parecía haber llegado para quedarse se lo ha llevado por delante el streaming, como os comenté en su momento, sigue gozando de buena salud en EEUU pero no aquí.

A este periodo que abarca, más o menos, los últimos veinte años del siglo pasado y los primeros de éste, si os parece, sí que podemos dedicarle una entrada cada cierto tiempo, lo llamaremos Series* Vintage e iré recuperando series clásicas de la televisión lineal gratis o de pago, esa que, hoy por hoy, ha muerto y que si sobrevive sólo lo hace por su extensión digital.

Hill Street Blues

Y, por último, lo que más tiempo nos va a llevar, a lo que más entradas vamos a dedicarle es a las series* actuales, esas series que aún están vivas, entendiendo como tal, si me lo permitís, todas las series de este siglo independientemente de dónde procedan. ¿Que nos llegan de la televisión convencional? Perfecto ¿Que nos llegan por los diferentes canales de la televisión por cable que aún gocen de buena salud? Bien también. Al fin y al cabo la mayoría de ellas las vais a poder ver antes o después en alguna plataforma digital, así que todo estará en la nube.

Mad Men

Tampoco está en mi ánimo ser la vanguardia del último estreno. No es mi intención pegarme las noches en blanco a base de café para poderos hacer el primer spoiler de lo que vosotros mismos podréis ver, repito, antes o después. En eso, de hecho, está el verdadero cambio de paradigma: lo tenemos todo a un zap, a un click, a un tap mientras nos alcance el wifi.

Precisamente por esto último, mi intención es otra. Va más encaminada a recordaros unas, descubriros –ojalá que muchas– otras o poneros en valor otras. Al final, contaréis con una buena selección de entre la ingente cantidad de series* que ya existan o que nos vayan llegando.

En algunas nos detendremos más y volveremos a ellas de forma recurrente, otras apenas las sobrevolaremos y de otras, por muy exitosas que sean, es posible que no encontréis nada.

True Detective

Ya lo habréis notado pero, para los despistados, lo que os venga a contar a esta santa Abadía no es la verdad revelada de la seriefilia. Es una versión subjetiva de la misma, la mía, sobre aquello que una vez llamamos televisión, aquello que se llamó cine alguna otra y que ahora, bueno, llamamos contenidos, cine de plataforma, experiencias multimedia o la etiqueta que pongamos de moda en ese momento porque otra forma más precisa de referirnos a esto* aún no tenemos.

Black Mirror

Y esto* cambia tanto que quizá nunca haya una más redonda que llamarlo así, series*, y con eso nos entenderemos.

Bienvenidos a Series*.*

Ángel Chatarra

[1] Netflix eligió desde el principio subir todos los capítulos de una temporada el mismo día de su estreno. Salvo con Black Mirror que tiene sus propias reglas, lo cumple siempre. Esto ha cambiado en buena medida la forma que teníamos de ver las series ya que, si los tienes todos ahí, ¿quién se resiste a meterse un atracón de su serie favorita? A esa forma de consumir contenidos es a lo que llamamos binge watching, literalmente, borrachera de ver. HBO, por ejemplo, elige el modelo contrario, pautarnos la dosis.

Published in: on febrero 7, 2019 at 6:55 am  Comments (1)  
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Disponible en canal ARTE la segunda temporada de “Nanaroscope”, serie documental centrada en el cine de serie B y Z

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Desde la semana pasada ya se encuentra disponible en la web del canal ARTE subtitulada en castellano la segunda temporada de Nanaroscope, serie documental a cuyos directores, Régis Autran y Régis Brochier, entrevistáramos hace unos meses aprovechando su visita a la pasada edición de CutreCon, donde la primera temporada de Nanaroscope fue proyectada dentro de la sección “Documentrash”. Bajo el formato documental y con piezas que no superan los diez minutos, la serie analiza diversas corrientes, nombres propios y títulos emblemáticos del cine de género de serie B/Z, contando para ello con el testimonio de sus propios protagonistas, así como de diversos especialistas cinematográficos. Star Crash, choque de galaxias, Megaforce, el Superman turco o Año 225, después del holocausto son algunas de las películas que son tratadas en esta segunda temporada de Nanarascope, en la que también hay cabida para el cine español, con el capítulo dedicado a la cinta de artes marciales rodada en canarias Karate contra mafia.

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Bautizada en su versión española con el título de “B-Movies”, la segunda temporada de Nanaroscope puede visionarse online y de forma gratuita en la web del canal ARTE en español a través del siguiente enlace: https://www.arte.tv/es/videos/RC-016831/b-movies/
En cuanto a la primera temporada, está disponible en esta dirección: https://www.arte.tv/es/videos/RC-014230/nanaroscope/

Published in: on diciembre 10, 2018 at 6:50 am  Dejar un comentario  

Se anuncia una nueva versión de la mítica serie de televisión “El pulpo negro”

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En el marco de la 71 edición del Festival de Cannes se ha anunciado la realización de una nueva versión de El pulpo negro, la miniserie de suspenso que protagonizara el “Maestro del Terror” Narciso Ibáñez Menta en la década de los 80 y que rompiera todos los récords de audiencia en su emisión en Argentina.

Elpulponegro2De izquierda a derecha: Ralph Haiek (Presidente del INCAA), Nicolas Onetti (Director), Luis Murillo Arias (Guionista), Ángel Sala (Director Festival de Sitges) y Javier Fernández Cuarto (Blood Window) durante la presentación del proyecto en el Festival de Cannes.

El proyecto es una co-producción entre Argentina, España y Nueva Zelanda que prevé una versión en largometraje cinematográfico y otra en formato de serie. El guion será escrito por los españoles Luis Murillo, autor original de El pulpo negro, y su hijo Luis Murillo Arias (guionista de El internado, la exitosa serie de Antena 3), quienes mantendrán el espíritu de la legendaria serie original actualizándola a los tiempos actuales.

En palabras de Luis Murillo: “La nueva versión, que estamos escribiendo mi hijo Luis Murillo Arias y yo, entroncará con la de 1985. Es decir, habrá misterio, golpes de terror, giros inesperados y, por supuesto, un cerebro criminal privilegiado como era el personaje del gran Ibáñez Menta. De momento no podemos adelantar nada más, pero habrá numerosas sorpresas.”

El pulpo negro será dirigido por los hermanos Luciano y Nicolás Onetti (Los olvidados, Francesca), quienes en el pasado SITGES – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya recibieron el premio “Best Promising Directors” y han sido denominados por la prensa internacional como los nuevos “wonder boys” del cine de terror argentino.

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El proyecto será producido por 16:9 Cine y Black Mandala, contando en esta área con Hernán Moyano (Sudor frío, Penumbra), uno de los principales referentes del cine de género latinoamericano, junto a Roberta Sanchez, quienes también llevan adelante la inminente Bajo tus piés, coproducida por Warner Bros., Haddock Films y Tornasol Films.

El pulpo negro contará con el apoyo de SITGES – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, el festival de cine fantástico y de terror más importante del mundo, y de Blood Window, la plataforma de promoción de talentos Latinoamericanos especializados en cine de género fantástico.

Para más información: www.facebook.com/elpulponegrocine

Published in: on mayo 21, 2018 at 5:52 am  Comments (1)  

El hombre invisible

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INTRODUCCIÓN: EL MITO

Pocos autores se han mostrado tan influyentes a lo largo de la historia de la literatura como el inglés Herbert George Wells (1866-1946), considerado el padre indiscutible de la novela moderna de ciencia ficción, siendo su talento solo equiparable en este campo al del francés Jules Verne. Autor de obras tan populares y prestigiosas como La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895), La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1897) o Los primeros hombres en la Luna (The First Men in the Moon, 1901), su obra ha sido tantas veces adaptada a diferentes medios de expresión artísticos, tanto de forma directa como indirecta, y en disciplinas tan dispares, y al mismo tiempo, tan ligadas entre sí, como el cine, la radio, la televisión o los comics, que sería casi imposible llevar la cuenta de las ocasiones en que esto ha sucedido.

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H. G. Wells

Junto con las arriba indicadas, una de sus novelas más famosas es El hombre invisible (The Invisible Man). Publicada originalmente en 1897 en forma de serial dentro de las páginas de la revista Pearson’s Magazine y editada como novela el mismo año, su historia sigue los pasos de Griffin, un científico que, tras varios experimentos, logra el secreto de la invisibilidad, utilizando dicho hallazgo accidentalmente sobre su propio cuerpo, sin que después sea capaz de encontrar la manera de volver a gozar de visibilidad. Dicha transparencia total acaba por tener un efecto secundario que convierte a Griffin en víctima de sí mismo, sumiéndole en la desesperación y la locura. Poco a poco, esta circunstancia le llevará a dar rienda suelta a su otro yo más siniestro, del que solo se librará al morir, momento en el que volverá a recobrar su apariencia original, esto es, ser de nuevo visible, lo cual emparentaría a la presente, en cierta manera, con El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1886) del escocés Robert Louis Stevenson.

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Pese a que el tema no era nuevo en literatura, ya que había sido planteado previamente por uno de los discípulos de Edgar Allan Poe, el irlandés afincado en Estados Unidos, Fitz James O’Brien, en “¿Qué era aquello?” (“What Was it?”, 1859) —relato que, según parece, pudo servir de inspiración a Guy de Maupassant para crear “El Horla” (“Le Horla”, 1887)—, el éxito obtenido por el libro, unido al hecho de que el incipiente nuevo arte de la época, el cine, en su vertiente de caja mágica, comenzaba a producir pequeñas películas donde el tema de la invisibilidad cobraba protagonismo, en mayor o menor medida, solo era cuestión de tiempo de que tarde o temprano dicho texto fuera llevado a la gran pantalla. Esto ocurriría en 1933 de manos de la Universal, en un momento en el que por aquellas mismas fechas la Paramount se encontraba también adaptando otra novela de Wells, en este caso La isla del doctor Moreau (The Island of Doctor Moreau, 1896) con la maravillosa La isla de las almas perdidas (Island of Lost Souls, 1933). De esta forma se daba el pistoletazo de salida a las andanzas cinematográficas de su inapreciable protagonista, si bien algunas fuentes señalen dos versiones silentes anteriores, una francesa rodada por Pathé en 1909 y una italiana realizada tan solo un año después.

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Sea como fuere, el caso es que la cinta que sentó las bases de las futuras versiones de la novela de Wells, y por extensión las de su icónico personaje, fue El hombre invisible (The Invisible Man, 1933) de James Whale. Gran parte de su tremendo éxito se basaría en sus revolucionarios efectos especiales, obra de John P. Fulton, para los que tuvo que retocar a mano nada menos que 64.000 fotogramas, y el talento innato de su director, quien venía de hacer lo propio tan solo un par de años antes con la obra más famosa de Mary Shelley en El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931), con resultados absolutamente memorables. Al igual que ocurriera con otros títulos coetáneos de terror de raíces literarias producidos por la Universal, la película daría inicio a una saga sobre las peripecias de su “monstruo” protagonista, iniciada por El hombre invisible vuelve (The Invisible Man Returns, 1940) de Joe May, a la que seguirían La mujer invisible (The Invisible Woman, 1940) de A. Edward Sutherland, The Invisible Agent (1942) de Edwin L. Marin, La venganza del hombre invisible (Invisible Man’s Revenge, 1944) de Ford Beebe, hasta llegar a la inevitable parodia para el lucimiento de la pareja cómica de la casa en Abott and Costello Meet the Invisible Man [tv/DVD: Abott y Costello contra el hombre invisible, 1951] de Charles Lamont, si bien el personaje ya había aparecido con anterioridad haciendo un pequeño cameo en Abott y Costello contra los fantasmas / Bud Abott y Lou Costello contra los fantasmas (Abott y Costello Meet Frankenstein, 1948) de Charles T. Barton.

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El hombre sin sombra

Tras la fundacional película de Whale, muchos han sido los títulos que, con resultados desiguales, han versioneado este mito terrorífico, aunque ninguno haya sido capaz de lograr llegar a su nivel. Y eso, a pesar de que cineastas del prestigio e interés de Paul Verhoeven con El hombre sin sombra (Hollow Man, 2000) o John Carpenter con Memorias de un hombre invisible (Memoirs of an Invisible Man, 1992), por un lado, y cinematografías tan diferentes y dispares como la turca, con la ignota Görünmeyen adam Istanbul’da (1955) de Lutfi Akad, la rusa, con Chelovek-nevidimka (1984) de Aleksandr Zakharov, la japonesa, con Tomei Ningen (1954) de Motoyoshi Oda, la mexicana, con El hombre que logró ser invisible (1957) de Alfredo B. Crevenna, la alemana, con El hombre invisible (Der Unsichtbare, 1963) de Raphael Nussbaum, la trasalpina, con Flashman contra el hombre invisible (Flashman, 1967) de Mino Loy, o la española, bien en coproducción con Italia como en El hombre invisible / L’inaferrabile, invincibile Mr. Invisibile (1970) de Antonio Margheriti, o con Francia, caso de Orloff y el hombre invisible / La vie amoureuse de l’homme invisible (1971) de Pierre Chevalier, han aportado su punto de vista sobre el personaje, abordándolo desde tratamientos cómicos hasta terroríficos, pasando por la ciencia ficción o el erotismo, aprovechando de este modo la cantidad de posibilidades y variantes a las que se presta la naturaleza de esta figura del imaginario fantástico.

Tampoco la pequeña pantalla ha sido inmune a los encantos del personaje, y multitud de series y telefilmes han retratado las andanzas de este, siendo una de las pioneras la serie británica de la I. T. C. (Incorporated Television Company), El hombre invisible (H. G. Well’s Invisible Man).

LA SERIE

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Emitida originalmente en Gran Bretaña entre el 14 de septiembre de 1958 y el 5 de julio de 1959 por Associated TeleVision y en Estados Unidos entre el 13 de junio de 1959 al 19 de diciembre de 1959 a través de la CBS[1], la serie permaneció inédita en España hasta la llegada de las plataformas digitales, siendo programada por el canal especializado Calle 13 y más tarde editada en formato DVD en su versión íntegra por parte de Suevia Films.

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Creada por el australiano Ralph Smart[2], quien contó para el desarrollo del proyecto con Ian Stuart Black —autor posterior de varios capítulos de Doctor Who, concretamente de “The Savages” y “The War Machines” para el Doctor de William Hartwell y “The Macra Terror” para Patrick Troughton—, encargado a su vez de la coordinación del trabajo de los demás guionistas, El hombre invisible narra las peripecias del doctor Peter Brady, un científico que, tras un accidente de laboratorio mientras experimentaba con la densidad óptica y la refracción, se vuelve invisible junto con parte de su vestimenta. A partir de ese momento, y mientras busca la manera de encontrar una cura, se ve envuelto en mil y una aventuras a favor de la ley y el orden, ya sea en solitario o en compañía de su familia, compuesta por su hermana viuda y de la hija de esta.

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Sin embargo, el camino hasta alcanzar el formato final de la serie no fue nada fácil. El primer capítulo piloto, donde el actor canadiense Robert Beatty ponía la voz a Peter Brady, no fue del agrado de Smart, alegando este un resultado demasiado juvenil y unos FX demasiado toscos y poco creíbles. Pese a que este piloto nunca fue emitido íntegramente, algunas de las escenas rodadas fueron aprovechadas para el siguiente piloto, llamado “El experimento secreto” y para los capítulos “Asalto al banco” y “Picnic con la muerte”.

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Así las cosas, se rodó un segundo piloto, que dio como resultado “El experimento secreto”, consiguiendo la aprobación de Smart y marcando el camino a seguir por el resto de la serie. En dicho piloto ya se encuentra la definitiva voz de Brady, la del actor Tim Turner[3], a pesar de que no apareciera acreditado desempeñando tal función —aunque sí lo hará en el episodio titulado “Detrás de la máscara”, donde interpreta físicamente a uno de los villanos—, al igual que Johnny Scripps, actor que presta su cuerpo para el personaje protagonista. Tal circunstancia responde a una jugada comercial de Smart con el objeto de conseguir una publicidad extra, guardando así en secreto el nombre de los actores que daban vida a Brady, algo similar, en cierto sentido, a la realizada por la Universal en los años treinta en El doctor Frankenstein, en la que también se ocultaba la verdadera identidad del actor que interpretaba a la criatura, es decir, Boris Karloff, acreditado al final como una interrogante.

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A pesar de que en el título original se acredita la autoría de H. G. Wells, pocos son los puntos en común que la serie mantiene con la creación de este, por no decir ninguno. Si en la novela original, como ya se ha dicho, la invisibilidad conducía a su protagonista a una especie de locura que lo empujaba a la criminalidad, en este caso el personaje de Brady utiliza sus nuevas habilidades para convertirse en una especie de agente secreto, más bien un superhéroe adalid de la justicia, lo cual emparenta a la presente serie con The Invisible Agent, una de las mencionadas integrantes de la serie dedicada al personaje por la Universal, en la que el nieto de Jack Griffin se hacía inocular el suero de la invisibilidad para infiltrarse en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, con el fin de poder colaborar en lograr la victoria de los aliados.

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Así, durante los 26 capítulos auto conclusivos de 25 minutos de duración divididos en dos temporadas que conforman la serie, Brady se enfrentará, bien sea por voluntad propia o por intercesión de la administración británica, a gobiernos árabes, soviéticos, ladrones, mafiosos y terroristas, en pos de su lucha por el bien (sic) —salvo raras excepciones, caso del, sobre el papel, interesante “Sombra explosiva”, bajo un esqueleto argumental bastante similar y simple, algo que se deriva parcialmente de la escasa duración estándar de cada episodio, desempeñando por lo general un personaje secundario dentro de la trama, para en los minutos finales acabar desbaratando los planes del villano de turno, y sentando de esta forma las que serían las bases de la mayoría de las futuras series que tratarían el personaje, con quizás la única excepción de la producción de la BBC de 1984 The Invisible Man, esta sí fiel al espíritu del texto que adaptaba.

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Si argumentalmente la serie bebe de la citada The Invisible Agent, su estética remite a las pautas marcadas por la fundacional El hombre invisible, por la que habían transcurrido todas las versiones del mito aparecidas hasta la fecha. De esta manera, la apariencia visible del hombre invisible, valga la redundancia, es idéntica a lo visto en la película de Whale; esto es, manos enguantadas, cabeza vendada con gafas de sol y sombrero y un largo abrigo cubriendo el resto del cuerpo. Como novedad, las ropas que lleva puestas Brady durante el accidente que le vuelve invisible corren la misma suerte que él al ser de algodón, lana u otro material de origen animal, por lo que las veces que vemos, mejor dicho, no vemos a Brady, no es porque vaya desnudo, sino porque lleva dichos ropajes.

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Asimismo, los efectos especiales de nuevo se encaminan a lo visto en la saga de la Universal y, pese a que hubieran pasado más de veinte años entre el título fundacional de aquella y la presente serie, en ningún momento el trabajo del encargado de los trucajes de la serie, Jack Whitehead, responsable a su vez de este apartado en títulos como Hamlet (Hamlet, 1948) de Sir Laurence Olivier o Devil Girls From Mars [dvd: Devil Girls From Mars, 1954] de David MacDonald, llega a superar el trabajo realizado por John P. Fulton, sino, en el mejor de los casos, a igualarlos, si bien en su descargo habrá que decir que a buen seguro el presupuesto destinado para tales menesteres en una y otra producción no sería equiparable.

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De este modo, los efectos derivados del movimiento de objetos están recreados a través de cables o de la mímica de los actores, siendo las menos en las que dichos trucos están realizados mediante transparencias. Cuando esto ocurre, caso del plano en el que el hombre invisible se quita las vendas de la cabeza para mostrar su no rostro, la secuencia es repetida en infinidad de capítulos, produciendo al mismo tiempo un error de continuidad con los decorados en donde se desarrolla el resto de la escena, fallos estos, los de racor, por otra parte bastante recurrentes a lo largo de la serie.

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Por otro lado, las ocasiones en que Brady conduce su coche sin ningún atuendo visible esta realizado gracias al trabajo de los especialistas, quienes se ocultaban agachados en el interior de los vehículos, guiándose gracias a alguna pequeña rendija habilitada a tal efecto. Lo mismo ocurre cuando solo es visible el largo abrigo de Brady, fruto del trabajo de un actor de pequeña estatura, el cual veía a través de dos agujeros realizados a tal propósito en los botones del gabán. En la segunda temporada de la serie, tal vez con el objeto de simplificar y ahorrar costes, la cámara a menudo adoptaría la vista subjetiva de Brady, reduciendo así el número de planos donde fueran necesarios la utilización de efectos especiales.

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Todo ello, en suma, hacen de El hombre invisible una serie de un nivel bastante discreto, al que el transcurrir de los años no ha ayudado en absoluto, acrecentando aún más sus defectos, pero que puede resultar interesante, siempre y cuando se vea con los ojos adecuados y acompañados de cierta perspectiva histórica.

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Dejando a un lado su intrínseco valor como producto audiovisual, si hay un aspecto en el cual destaca El hombre invisible es en el número de talentos que intervinieron en su génesis. Si leemos detenidamente las fichas técnicas de los distintos capítulos que la conforman, aparte de los citados Smarth y Stuart Black, en la sección de realizadores nos encontramos a C. M. Pennington-Richards, operador de fotografía en la versión dirigida en 1956 por Michael Anderson de la novela homónima de George Orwell 1984, y a su vez director de la simpática cinta de aventuras de la Hammer A Challenge for Robin Hood [dvd: Un desafío para Robin Hood, 1967], o Quentin Lawrence, director de El hombre que murió dos veces (The Man Who Finally Died, 1963), o de The Trollenberg Terror, tanto de la desaparecida serie televisiva de 1956 como de la versión en 1958 para la gran pantalla a la que dio lugar, esta última con libreto de Jimmy Sangster.

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Douglas Hickox dando instrucciones a John Wayne durante el rodaje de Brannigan

En muchos capítulos, como director de la segunda unidad hallamos que a Douglas Hickox, responsable de la coproducción entre AIP y la Amicus protagonizada por Vincent Price Matar o no matar, ese es el problema (Theater of Blood, 1973), o de Amanecer Zulú (Zulu Dawn, 1979), la precuela de la magnífica Zulú (Zulu, Cy Endfield, 1964), para la que contaría con un reparto impresionante en el que se dan cita actores de la talla de Burt Lancaster, Peter O’Toole o Bob Hoskins, entre otros. Aparte, también dirigiría en 1983 una versión catódica de la novela de Sir Conan Doyle El perro de los Baskerville, siendo en el terreno personal padre de Anthony Hickox, irregular cineasta cuya trayectoria se ha enfocado a los terrenos del fantástico, destacando su opera prima Waxwork [vd/bd: Waxwork, la casa de cera, 1988].

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Brian Clemens

Entre la marabunta de guionistas que conforman el plantel de la serie, la gran mayoría eminentemente televisivos, también encontramos varios nombres familiares, caso de Michael Pertwee, que, entre otros trabajos, intervino en la traslación del musical de Brodway A Funny Thing Happened on the Way to the Forum que daría lugar a la desternillante Golfus de Roma (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, 1966) del gran Richard Lester; Stanley Mann, especializado en la adaptación de textos literarios a la pantalla, bien de forma directa, caso de Viento en las velas (A High Wind In Jamaica, Alexander Mackendrick, 1965), El coleccionista (The Collector, William Wyler, 1965), El ojo en la aguja (Eye of the Needle, R. Marquand, 1981), u Ojos de fuego (Firestarter, Mark L. Lester, 1984), según las novelas de Richard Hughes, John Fowles, Ken Follet y Stephen King, respectivamente; o bien, de forma indirecta, caso de la citada Matar o no matar, ese es el problema, Conan el destructor (Conan the Destroyer, 1984) de Richard Fleischer, o La maldición de Damien (Damien: Omen II, 1978) de Don Taylor. Sin embargo, si un nombre destaca dentro de este apartado este es, sin duda, el de Brian Clemens, entre otras muchas cosas creador de las famosas series Los vengadores (The Avengers; 1961-1969) y Los profesionales (The Professionals; 1977-1983), y que aquí aparece acreditado con el nombre de Tony O’Grady.

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A la izquierda André Morell y a la derecha Andrew Keir en una escena de la serie

El reparto de actores tampoco se queda atrás, y así, a lo largo de los 26 capítulos de la serie, podemos ver a Desmond Llewelyn, Q en la saga de James Bond, Joan Hickson, Miss Marple en la serie de telefilmes sobre el personaje producidos por la BBC en los años ochenta, Peter Sallis, voz de Wallace en la versión original de los dibujos animados Wallace & Gromit, Irene Handl, Honor Blackman, Patrick Troughton, Ian Hendry o varios nombres relacionados con el fantástico. En este apartado podemos mencionar a los habituales de la Hammer Michael Ripper, André Morell y Andrew Keir, el inolvidable doctor Quatermass de ¿Qué sucedió entonces? (Quatermass & the Pit, Roy Ward Baker, 1967); el flemático Dennis Price, o Hazel Court, reina del grito a los dos lados del charco durante finales de los cincuenta hasta mediados de los sesenta, gracias a su participación en títulos como La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death, 1964), La obsesión (Premature Burial, 1962) y El cuervo (The Raven, 1963), todos ellos dirigidos por Roger Corman, y La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1958) y The Man Who Could Cheat Death [dvd: El hombre que podía engañar a la muerte, 1959], estos últimos con Terence Fisher a los mandos.

José Luis Salvador Estébenez

[1] El número de episodios emitidos en Estados Unidos varía dependiendo de las fuentes consultadas. Mientras unas sostienen que fue emitida de forma íntegra, otras afirman que solo fueron trece los capítulos vistos en Norteamérica, variando también las fechas de emisión de los mismos.

[2] Nacido en Sydney (Australia) en 1908, Ralph Foster Smart fue un productor, guionista y director especializado en televisión. Comenzó trabajando en Gran Bretaña al lado del director Michael Powell en la producción de pequeñas cintas de serie B para rellenar la “cuota quickies”. Después de la Segunda Guerra Mundial, donde se unió a las Fuerzas Aéreas Reales australianas, trabajó para la Rank Organisation y los famosos estudios Ealing, regresando a su país natal para dirigir varias películas, entre ellas su considerada obra maestra, Bitter Spring (1950), sobre el maltrato sufrido por los jóvenes aborígenes. De vuelta a Gran Bretaña se hizo muy influyente dentro de la televisión, medio por el cual es hoy en día recordado gracias a su trabajo al frente de series como The Adventures of Robin Hood, o, especialmente, Cita con la muerte (Danger Man; 1959-1960), germen de la famosa El prisionero (The Prisoner; 1967). Falleció en 2001 a los 93 años de edad en Bowen, en el estado de Queensland, Australia.

[3] Años después volvería a ceder su voz, de nuevo sin ser acreditado, para esa pequeña joya llamada Jasón y los argonautas (Jason and the Argonauts, Don Chaffey, 1963).

Published in: on marzo 28, 2018 at 6:00 am  Dejar un comentario  

La primera temporada de “Westworld” disponible en Blu-ray y DVD el 7 de noviembre

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El próximo 7 de noviembre de 2017 Warner Bros. Home Entertainment lanzará al mercado la primera temporada de la exitosa serie de HBO Westworld en formato Blu-ray y DVD, a un precio recomendado de 34.95€ y 44.95€, respectivamente. Además de los diez episodios que componen la primera temporada de la serie, las respectivas ediciones incluirán extras inmersivos nunca antes vistos, como tres nuevas piezas especiales y tomas falsas.

¿Qué sucede en un mundo sin reglas, límites y consecuencias? Basada en la homónima película escrita por el autor superventas Michael Crichton y conocida en nuestro país con el título Almas de metal, Westworld propone un oscuro viaje a los orígenes de la conciencia artificial y la evolución del pecado. Situada en una intersección entre un futuro cercano y un pasado reimaginado, la serie explora un mundo en el que cualquier deseo humano, sin importar lo noble o depravado que sea, puede satisfacerse.

Creada por por Jonathan Nolan (Interstellar, El Caballero Oscuro) y Lisa Joy (Burn Notice, Pushing Daisies), y producida por Bad Robot Productions de J.J. Abrams (y Kilter Films, la primera temporada de Westworld cuenta con un reparto plagado de estrellas encabezado por el ganador del Oscar Sir Anthony Hopkins, el ganador del Globo de Oro Ed Harris, la nominada al Globo de Oro y Emmy Evan Rachel Wood y la también nominada al Globo de Oro Thandie Newton.

Cabe destacar, por último, que la edición en Blu-ray incluirá las pistas de audio en Dolby Atmos especialmente remezcladas para entornos de cine en casa, situando así el audio en cualquier parte de la habitación, incluyendo la parte superior. Para experimentar el Dolby Atmos, se necesita un receptor AV Dolby Atmos y altavoces adicionales, o una barra de sonido Dolby.

Published in: on octubre 17, 2017 at 5:43 am  Dejar un comentario  

Sitges 2017 acogerá el estreno mundial de “La Zona”, una serie original de Movistar+

Un año más, Movistar+ va a convertir el Festival de Sitges en su mejor escaparate de cine y series de género, con una programación que se desvelará próximamente. De este modo, el cincuenta aniversario del certamen acogerá el estreno mundial de La Zona, un proyecto original de Movistar+ firmada por Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo –creadores de la aclamada serie Crematorio– y protagonizado por Eduard Fernández, Álvaro Cervantes, Alba Galocha, Alexandra Jiménez, Manolo Solo y Emma Suárez, entre otros.

El argumento de La Zona se sitúa tres años después del accidente del reactor nuclear que devastó una región del norte de España, cuando el inspector Héctor Uría vuelve al servicio tras ser el único superviviente del primer grupo que acudió en socorro de la central. La aparición de un hombre brutalmente asesinado en la Zona de Exclusión le arrastrará a una investigación que pondrá en cuestión el nuevo orden establecido en el mundo surgido tras la catástrofe.

“Podríamos decir que La Zona plantea un presente distópico en el que la acción es contemporánea y transcurre en un entorno hiperrealista, cercano a nuestra realidad”, comenta Jorge Sánchez-Cabezudo. “Nos planteamos traer el mundo de Chernóbil o Fukushima a un escenario local. Un entorno cotidiano en el que, después de un accidente, las reglas y los roles sociales se dan la vuelta. Sobre ese universo que se genera, planteamos un thriller policiaco”.

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La serie, rodada en su totalidad en localizaciones exteriores de Asturias y Madrid, se estrenará en Movistar+ el próximo 27 de octubre, con una primera temporada formada por ocho capítulos de cincuenta minutos de duración cada uno.En Sitges se estrenará el piloto.

Más información: www.sitgesfilmfestival.com

Published in: on agosto 24, 2017 at 5:38 am  Dejar un comentario  
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A la venta el libro “Winter is coming. El mundo medieval en Juego de tronos” de Carolyne Larrington

La editorial Desperta Ferro Ediciones publica Winter is Coming. El mundo medieval en “Juego de tronos, un riguroso pero desenfadado ensayo con el que Carolyne Larrinton, profesora de literatura inglesa de la Universidad de Oxford, reflexiona sobre el trasfondo histórico en el que se inspira la popular ficción.

El mundo medieval, con sus mitos y sus leyendas, su fanatismo y su violencia, su orden y sus contradicciones, ha sido una indiscutible fuente de inspiración para la literatura popular de todos los géneros y de todas las épocas, desde Walter Scott hasta Ken Follet, pasando, por supuesto, por los grandes autores de literatura fantástica como J. R. R. Tolkien, Robert E. Howard, Michael Moorcock y, por supuesto, George R. R. Martin.

La obra de este último ha trascendido las fronteras tradicionales del género para calar hondo en la cultura popular. Esto la convierte en un vehículo inmejorable para acercar la historia medieval, tan deformada en ocasiones, al público de masas a través de un trabajo como Winter is Coming. El mundo medieval en Juego de tronos, que pretende poner de relieve los fundamentos históricos de que bebe la ficción.

Porque, ¿no nos recuerda la Guerra de los Cinco Reyes que asoló Poniente a la Guerra de las Dos Rosas, que desgarró la Inglaterra bajomedieval? ¿No tiene el Muro reminiscencias del Muro de Adriano, y la Guardia de la Noche rasgos comunes con las órdenes de caballería? ¿Acaso las Islas del Hierro, pobladas por sanguinarios guerreros tan expertos en el saqueo como en la navegación, no tienen paralelismos con la Escandinavia vikinga? ¿No hallamos en Braavos, ciudad comercial por antonomasia, sede del inclemente Banco de Hierro y famosa por sus espadachines, similitudes con la Venecia de los dogos? ¿O es que no corre la sangre de Gengis Khan por las venas de los dothrakis? ¿Historia o ficción?

Eunucos, justas, honor, sexo, ordalías, esclavitud, fanatismo y guerra, todo ello tiene cabida en Winter is Coming. El mundo medieval en Juego de tronos. Y sí, también dragones.

Más información: http://www.despertaferro-ediciones.comhttps://www.despertaferro-ediciones.com/

Published in: on agosto 10, 2017 at 5:57 am  Dejar un comentario