The Bad Nun [tv: The Bad Nun/El convento]

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Título original: The Bad Nun

Año: 2018 (Gran Bretaña)

Director: Scott Jeffrey

Productores: Scott Jeffrey, Rebecca Matthews

Guionista: Scott Jeffrey

Fotografía: Edward Lui

Música: Lee Olivier-Hall

Intérpretes: Becca Hirani (Aesha), Thomas Mailand (Dan), Tiffany-Ellen Robison (Imogen), Lucy Chappell (Lea), Chris Kaye (Luke “Mr Superdotado”), Georgia Wood (teleoperadora de la policía), Cassandra French (hermana Cindy Lamb), Mika Hockman (Tilda), Patsy Prince (Saanvi), Bryson Dekker (Dan de niño)…

Sinopsis: Aesha se aloja en una aislada residencia que su madre le ha reservado para que pueda estudiar. Sin embargo, durante su primera noche allí, y en ausencia del casero, que ha tenido que salir de improvisto, una misteriosa monja llama a la puerta solicitando entrar al interior. A pesar de la negativa de Aesha, quien se justifica aludiendo a la circunstancia de que la casa no es suya y el dueño no se encuentra, la presunta clériga no cejará en su empeño de acceder al lugar, adoptando una actitud cada vez más amenazante…

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Puede decirse que la imitación en el séptimo arte existe desde que el cine es cine. Cabe recordar, sin ir más lejos, que en 1908 el genio turolense Segundo de Chomón escribía y dirigía Excursión a la Luna (Excursion dans la lune), la cual no era sino una copia prácticamente calcada del icónico Viaje a la Luna (Le Voyage dans le Lune, 1902) que Georges Méliès realizara seis años antes. No obstante, aunque en esta emulación de éxitos previos se encuentra la aparición de no pocos subgéneros y corrientes cinematográficas, el fenómeno no alcanzaría toda su plenitud hasta la década de los sesenta, bien fuera en un lado del Atlántico mediante las producciones de firmas como la AIP, bien fuera en el otro a través de la eclosión de subgéneros tan propios del cine popular del Viejo Continente como el péplum, el cine de euroespías o el spaghetti western. Precisamente, sería la industria italiana quien llevó estas prácticas hasta sus últimas consecuencias entre finales de los setenta y la primera mitad de los ochenta con la fabricación de descarados remedos de coetáneos éxitos de la industria hollywoodiense, tanto juntos como por separado.

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Dicha práctica se ha extendido hasta nuestros días, a tal punto que existen firmas prácticamente consagradas a la confección de este tipo de productos. Sin lugar a dudas, la más popular es la estadounidense Asylum y sus denominados mockbusters de los títulos más mediáticos de cada temporada, planteados con más cara que vergüenza. Pero, aun siendo la más conocida, no se trata, ni mucho menos, de la única. Siguiendo sus pasos, en los últimos años ha surgido un puñado de pequeñas productoras que han hecho suyo ese modus operandi, en la mayoría de los casos circunscribiendo sus propuestas dentro de los márgenes del siempre rentable (y económico) género terrorífico. Entre ellas, de un tiempo a esta parte comienza a despuntar la labor emprendida por la británica Proportion Productions, compañía fundada en el pasado 2014 por unos hasta entonces desconocidos Scott Jeffrey y Rebecca J. Mathews cuando apenas contaban con veintitrés años.

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En su corta andadura, la Proportion Productions se está revelando como una de las principales suministradoras de explotaciones de los títulos de éxito del momento. Así lo atestigua un catálogo en el que, aunque también hay cabida para un remake de la video nasty Demencial (Unhinged, 1982) ―de la que, por cierto, se encuentran actualmente preparando una secuela― así como una trilogía sobre las andanzas de un espantapájaros asesino, encontramos desde imitaciones de la franquicia  “Cincuenta sombras de Grey” con Darker Shades of Elise (2017), hasta emulaciones de la reciente adaptación de Cementerio de animales de Stephen King bajo el inequívoco título de Pet Graveyard (2019), pasando por peculiares respuestas a la saga “Annabelle” y el díptico “Un lugar tranquilo”, con, respectivamente, Mandy the Doll (2018) y Don’t Speak (2020), por poner solo algunos de los más evidentes ejemplos.

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En todos los casos se trata de producciones baratas realizadas con una plantilla estable tanto delante como detrás de las cámaras, un poco a la manera de hacer, salvando las distancias, de los antiguos estudios hollywoodienses, donde destaca la masiva presencia femenina. Y lo cierto es que no les debe estar funcionando mal el invento, a juzgar por el crecimiento exponencial que la productora está experimentando desde su nacimiento y que les ha llevado a realizar veintisiete películas en tan solo cuatro años: cinco tanto en 2017 como en 2018, nueve en 2019 y ocho previstas, de momento, para este 2020, en el que van a añadir a sus líneas productivas exponentes de subgéneros tan característicos de este tipo de cine de género de bajo presupuesto como son los films sobre tiburones y dinosaurios.

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Una muestra muy ilustrativa del estilo acostumbrado en las cintas de la Proportion Productions lo encontramos en The Bad Nun [tv: The Bad Nun/El convento, 2018]. Como no es difícil de adivinar a juzgar por este título ―que traducido al castellano sería La monja mala, lo que, bien visto, resume en más de un sentido su contenido, ya sea tanto por su posible calidad artística como por su planteamiento conceptual―, la película en cuestión se presenta como la particular versión de la firma británica de la coetánea La monja (The Nun, 2018). O, al menos, en teoría, ya que a la hora de la verdad sus parecidos con el título que supuestamente toma como modelo son más bien escasos, no pasando de su similar denominación, la presencia de la figura de una monja como villana de la función y el protagonismo en su cartel de una clériga con rasgos diabólicos, en realidad inexistente a lo largo de su metraje. Una jugada comercial en toda regla, en suma, como pone de relieve el hecho de que el proyecto fuera bautizado inicialmente como Knock Knock, para después ser rodado con el nombre de The Watcher. Por si aún quedara alguna duda a este respecto, baste comentar que, frente al atmosférico goticismo que caracteriza a la película integrante del universo de “Expediente Warren”, la configuración de The Bad Nun se encuadra dentro de los tropos del slasher, estilo este, por otra parte, bastante recurrente en la filmografía de la Proportion Productions hasta la fecha.

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Ni qué decir tiene que en la elección de dicho estilo tiene que ver, y mucho, las facilidades que representa a la hora de plantear una producción tan carente de medios como la que nos ocupa. Ello se traduce en que, a grandes rasgos, toda su configuración escénica se reduzca al empleo de una única localización, una aislada mansión en medio del campo donde su joven protagonista ―interpretada por Becca Hirani, la estrella principal de la mayoría de las producciones de la casa―, sufre el acoso en medio de la noche de una misteriosa monja empeñada en entrar al interior de la vivienda. Poco más. Lejos del ejercicio de tensión y suspense que podría esperarse en un principio a tenor de estas características, semejante configuración repercute en que la película se desarrolle bajo un aburridísimo ritmo mortecino, propio de una narración que no tiene nada que contar, por mucho que se anuncie basada en supuestos hechos reales; por el contrario, su única ambición parece ser la de dilatar las situaciones ad nauseam con el evidente objetivo de alcanzar una duración estándar. Tanto es así que incluso la aparición en escena de una amiga de la muchacha es desaprovechada con rapidez, reduciéndola básicamente a su condición de mera víctima propiciatoria. Y eso que, en su primigenia faceta de slasher, también deja mucho que desear, ya sea por el exiguo número de muertes que se dan cita en el metraje ―apenas tres, la primera de ellas, además, en el prólogo―, como, sobre todo, por el nulo grafismo con el que son escenificados los asesinatos cometidos por el disfrazado serial killer, cuya verdadera identidad, dicho sea de paso, es fácilmente adivinable desde un principio, también en parte debido a la escasa presencia de personajes que se deriva de su obligada concepción minimalista.

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Pero no todo en The Bad Nun es tan negativo, y aunque cuente con fallos tan característicos de una producción de bajo presupuesto como aquel en el que, tras cerrarla con llave, la protagonista no da ninguna importancia al encontrarse la puerta de la casa abierta, empujándola de nuevo contra el marco, para que, en la siguiente escena, el portón vuelva a estar de nuevo cerrado con llave como si nada hubiese pasado, también presenta algunos aciertos que ayudan a elevar el interés del conjunto. Me refiero muy en especial a la idea de que la acción del mencionado prólogo sea narrado prescindiendo de diálogos, utilizando en su lugar la sobreimpresión de la conversación que el único personaje en escena mantiene en un chat telefónico con el desconocido pretendiente con el que ha acudido a reunirse en su casa. O, en otro orden de cosas y sin movernos de esta escena, el homenaje al clásico Seis mujeres para el asesino (6 donne per l’assassino, 1964) que puede deducirse de su desenlace, cuando el asesino, enmascarado con una especie de tela negra que le cubre todo el rostro, ahogue a la muchacha sumergiéndole la cabeza bajo el agua, momento que en forma y fondo recuerda mucho al asesinato más famoso del film de Mario Bava. Claro que este no es el único guiño destinado a los aficionados desperdigado en el metraje, aunque lo más correcto sería hablar de autoguiños. Así, en un momento determinado la protagonista se encuentra viendo en televisión una película que resulta ser Mother Krampus (2017), otra cinta de Proportion Productions; una autorreferencia que se repite poco después cuando su amiga la llame por teléfono para avisarla de que se encuentra cerca de su casa y le diga que le apetece ir al cine a ver Curse of The Scarecrow (2018): en efecto, otra producción de la casa, con el añadido de que la actriz que interpreta al personaje en cuestión, Tiffany-Ellen Robinson, también desempeña uno de los papeles principales en el referido film.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on marzo 18, 2020 at 9:31 am  Dejar un comentario  

El próximo sábado el Cinefórum de “La mansión del terror” proyectará el slasher “The Coroner” con entrada gratuita

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Desde hace unos meses y con periocidad mensual la madrileña tienda “La mansión del terror”, sita en la calle Alondra nº 44, local 4 (metro Vista Alegre), organiza un cinefórum de. Pues bien, el próximo sábado 28 desde las 19 a las 21 horas celebrará la sesión correspondiente a febrero, en la que se proyectará con entrada gratuita hasta completar aforo The Coroner, film dirigido por Juan A. Mas y firmado en algunas copias con el conocido seudónimo de Alan Smithee. Se trata de un slasher con asesino en serie y tufillo a telefilm “cutrona, con desnudos y muertes”, según los responsables del cinefórum que la definen como “una caspa digna de los noventa que solo dura 74 minutos”. La película se proyectará en su versión original con subtítulos en castellano y después de su finalización se celebrará un pequeño coloquio entre los asistentes como mandan los cánones.

Más información: https://www.facebook.com/events/2717562908298651/?notif_t=plan_user_invited&notif_id=1582310239969884

Published in: on febrero 23, 2020 at 9:00 am  Dejar un comentario  

Silent Night, Deadly Night Part 2 [tv/vd/dvd/bd: Noche de paz, noche de muerte parte 2]

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Título original: Silent Night, Deadly Night Part 2

Año: 1987 (Estados Unidos)

Director: Lee Harry

Productor: Lawrence Applebaum

Guionistas: Lee Harry, Joseph H. Earle, según un argumento de Lee Harry, Joseph H. Earle, Dennis Patterson, Lawrence Applebaum, basado en los personajes creados por Michael Hickey, Paul Caimi

Fotografía: Harvey Genkins

Música: Michael Armstrong

Intérpretes: Eric Freeman (Ricky Caldwell), James Newman [James L. Newman] (Dr. Henry Bloom), Elizabeth Kaitan [Elizabeth Cayton] (Jennifer), Jean Miller (Madre Superiora), Darrel Guilbeau (Ricky a los 15 años), Brian Michael Henley (Ricky a los diez años), Corinne Gelfan (Sra. Rosenberg), Michael Combatti (Sr. Rosenberg), Ken Weichert [Kenneth Bryan James] (Chip), Ron Moriarty (detective), Frank Novak (Loan Shark), Randall Boffman [Randy Baughman] (Eddie), Joanne White (Paula), Lenny Rose (perdedor), Nadya Wynd (Hermana Mary), Kenneth McCabe (guardia de seguridad), J. Aubrey Island (enfermero), Randy Post (bocazas en el cine), Kent Kopasse, Michael Marloe, Larry Kelman (policías), Stephanie Babbitt (niña en bicicleta), Traci Odom, Jennie Webb (monjas en la calle)…

Sinopsis: Ricky, el hermano menor de Billy, el asesino del hacha disfrazado de Santa Claus, durante su internamiento en un psiquiátrico, rememora los crímenes de su hermano y sigue la tradición.

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Como todo slasher que se precie, sobretodo de la década de los ochenta, no podía faltar una secuela de Silent Night, Deadly Night [tv/vd/dvd/bd: Noche de paz, noche de muerte, 1984]. O diez docenas si se ponen. A pesar de ello, en este caso la idea de una secuela no era originalmente la intención. Los productores de la primera entrega querían, al parecer, hacer un remontaje de la película donde se incluyesen un par de escenas nuevas, las cuales darían a entender que la historia eran los delirios de un paciente de un psiquiátrico. Finalmente, la cosa se les fue un poco de las manos, y escribieron escenas de la vida de ese nuevo personaje, decidiendo entonces que la idea de hacer una secuela era mejor. En cualquier caso, el material disponible no tenía la duración suficiente como para una película, e idearon una trolleada que, quienes hayáis visto la película sabéis cual es, y quienes no la hayáis visto, no quiero ser yo quien os prive de descubrirla mediante el visionado de la misma. Y aun así, como ni por esas les debía dar la duración, tanto la escena de los créditos de inicio como los créditos del final se desarrollan de la forma más lenta posible, e incluso añaden en el reparto a los actores de la primera entrega que aparecen en los flashbacks.

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Vamos a ser sinceros. La película es un delirio. Y estoy seguro de que sus responsables lo sabían. Creo que este no es un caso de comedia involuntaria, sino de comedia involuntaria voluntaria. Seguro que originalmente iban en serio, pero tras ser conscientes de lo que tenían decidieron desmadrarse. Eric Freeman, el protagonista, afirmó en la Comic Con de Londres de hace dos meses tanto que era consciente de que su interpretación estaba en un nivel de sobreactuación y comicidad horrible, como de que él nunca tuvo un guion (el absurdo de la mayoría de sus diálogos es buena prueba de ello). Rodó cinco días de los diez que, en teoría, duró el rodaje, y cada día le iban diciendo sobre la marcha qué tomas iban a filmar, cuáles eran sus diálogos, etcétera, etcétera.

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Otras muestras de lo delirante del tema: la película nos muestra a Ricky, el protagonista, en varias etapas de su vida. Dos de ellas en concreto son las de su adolescencia a los 15 años, y la interpretada por Eric Freeman, cuando el personaje tiene 18. Lo cachondo del asunto es que Darrel Gilbeau, el actor que da vida al Ricky quinceañero, no solo tenía 24 años, sino que es tres años mayor que Eric Freeman, lo que, además, se nota. También aparece la madre superiora de la primera parte, interpretada por otra actriz, y con la cara desfigurada, sin que en la película den ninguna explicación al respecto.

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De lo absurdo de los flashbacks y de que Ricky recuerde hasta las cosas que vivió siendo un bebé, mejor ni hablar. En el primer asesinato que comete el protagonista, “salvando” a una chica con la que su novio se había puesto bastante imbécil, él le atropella con un coche, le pasa varias veces por encima, y ella, lejos de enloquecer, le da las gracias. En cambio en una futura situación similar con otros dos personajes, la chica no será tan agradecida, pese a que a esta la quería, y ella también a él. Una escena que por cierto, parece que le estén riñendo más por una parida que por lo que realmente ha sucedido. Pobre Ricky.

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Aparte de Eric Freeman, cabe destacar que en el reparto también está Elizabeth Kaitan, que aunque de nombre no será conocida por la gran mayoría, es una actriz que antes de retirarse del cine en 1999 (a excepción de una película del año pasado según IMDb), apareció en películas más o menos célebres de los 80 y 90, como Zelig, Viernes 13, 7ª parte – (La película), Los gemelos golpean dos veces o Espía como puedas.

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Tras esta entrega, la franquicia contaría con tres secuelas más, estrenadas todas ellas directamente en vídeo. Ninguna de ellas se podría calificar como continuación de las dos primeras. En la tercera aparece Ricky como personaje, pero con una aparente lobotomía o similar. Y en las dos siguientes aparece Clint Howard haciendo de un tal Ricky, en teoría el mismo, pero cuyo parecido con el de esta es entre ninguno y menos cien. Tampoco comparten dichas secuelas el mismo tipo de trama, ni siquiera ese estilo entre peli oscura y a la vez alegre y divertida. Fueron dirigidas respectivamente por Monte Hellman, Brian Yuzna y Martin Kitrosser (este último es el script de las películas de Quentin Tarantino), siendo las dos primeras bastante aburridas, y la última muy reivindicable. Hubo un remake en 2012 que, a excepción de un asesino disfrazado de Papá Noel, nada tenía que ver con la original, y que en España no ha sido estrenado.

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Si os digo la verdad, la primera vez que vi esta película me acordé bastante de los muertos de sus responsables, sobre todo a causa de la trolleada inicial. Cuando la volví a ver una segunda vez, sabiendo lo que había, la disfruté bastante, y ahora es una película con la que siempre que la vuelvo a ver me lo paso bastante bien. Lo cierto es que ver a Eric Freeman y sus cejas vivientes, o volver a revivir el “día de basura”, siempre es entrañable. Y eso que la Navidad en esta entrega no tiene tanta presencia como en la anterior.

Carlos J. Rodríguez

Published in: on enero 3, 2020 at 7:54 am  Dejar un comentario  
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Póster y tráiler de “Aquaslash”, la nueva película del canadiense Renaud Gauthier

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Seis años después de su debut en el formato largo con Discopath, la historia de un joven que se transformaba en un letal serial killer debido al influjo de la música disco en el Nueva York de mediados de los setenta que pudo verse en nuestro país dentro de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián de 2013, el cineasta canadiense Renaud Gauthier reafirma su amor por el cine explotation con Aquaslash, en la que en esta ocasión se remonta a la década de los ochenta. La película, que tuvo su estreno mundial en la pasada edición del FANTASIA Film Festival, combina todos los elementos esenciales del slasher. Es decir, sangre, chicas en bikinis y efervescencia adolescente. Y es que en Aquaslash, el gore extremo se yuxtapone con el rock de los ochenta para crear un estilo vintange ideal con el que Gauthier promete hacer con los parques acuáticos lo mismo que Tiburón hizo con las playas: ¡alejarte del agua!

Sinopsis: El parque acuático Wet Valley da la bienvenida a los estudiantes que llegan a celebrar su graduación. Con las hormonas alteradas los jóvenes desatan su libido, pero las cosas se vuelven terribles cuando un misterioso maníaco coloca cuchillas gigantes y afiladas en los toboganes de agua. El parque acuático se convertirá en un verdadero baño de sangre, y todos son sospechosos…

Published in: on diciembre 29, 2019 at 9:13 am  Dejar un comentario  

Tonight She Comes [tv: Tonight She Comes]

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Título original: Tonight She Comes

Año: 2016 (Estados Unidos)

Director: Matt Stuertz

Productores: Chris Benson, Matt Stuertz, Jamison Sweet

Guionista: Matt Stuertz

Fotografía: Chris Benson

Música: Wojciech Golczewski

Intérpretes: Nathan Eswine (James), Larissa White (Ashley), Jenna McDonald (Felicity), Brock Russell (Philip), Cameisha Cotton (Lyndsey), Adam Hartley (Pete), Dal Nicole (Kristy/la mujer), Frankie Ray (Francis)…

Sinopsis: James llega a una cabaña en mitad del bosque para entregar una carta destinada a Kristy Jordan. Sin embargo, el lugar parece desierto. Poco después llegan al lugar dos chicas que también buscan a la joven. James y las amigas de Kristy deciden entonces quedarse a esperar. Al mismo tiempo, Pete, un amigo de James, encuentra en el bosque el cuerpo de una mujer desnuda que en principio parece muerta…

Preguntado por los realizadores de cine de terror que más le han influido, Matt Stuertz, montador, director y guionista de Tonight She Comes [tv: Tonight She Comes, 2016], cita en primer lugar y por este orden a John Carpenter, Tobe Hooper y Ti West[1]. No se le puede negar la sinceridad al joven cineasta norteamericano. Y es que la sombra de estos tres nombres se proyecta de forma perceptible y a diferentes niveles en la que supone su segunda película, tras debutar un año antes con RWD (2015), film de corte minimalista y adscrito al formato found footage protagonizada por el propio Stuertz en compañía de Adam Hartley, también partícipe en la presente. Así parece deducirse de su uso de una banda sonora a base de sintetizadores, en línea, salvando las distancias, de la característica música compuesta para sus films por el director de La noche de Halloween (Halloween, 1978), o la apuesta por una narración pausada que acaba por desembocar en un estallido final durante su trepidante y prolongado clímax, siguiendo el modelo empleado por Tobe Hooper en su magistral La casa de los horrores (The Funhouse, 1981) y posteriormente repicado por West en The House of the Devil [dvd: La casa del diablo, 2009].

Con semejantes referentes, ni qué decir tiene que la propuesta formal y argumental de Tonight She Comes se encuadra dentro del revival del cine de terror ochentero que viene produciéndose en los últimos años dentro de la escena de cine fantástico indie estadounidense y que de algún modo fuera iniciada por Ti West con la mencionada La casa del diablo. Tanto es así que el texto con el que se abre la cinta, en el que se recomienda oír la película a máximo volumen, remite al visto en The Mind’s Eye [dvd/bd: Poder mental, 2015], la segunda película de Joe Begos, otro cineasta que ha hecho de la emulación del cine de terror de los ochenta una de sus principales señas identificativas, y con cuya obra el título que nos ocupa mantiene innegables similitudes. De este modo, su punto de partida no puede ser más prototípico, con la reunión de un grupo de jóvenes ávidos de alcohol y sexo en una cabaña en medio del campo, donde comenzarán a ser acechados por un misterioso matarife.

A tenor de lo expuesto, lo lógico sería pensar que nos encontramos ante la enésima revisión del más formulario slasher, aunque nada más lejos de la realidad. Por el contrario, partiendo de ingredientes bien reconocibles la película de Matt Stuertz consigue escapar de ideas preestablecidas por medio de un desarrollo que, gracias a la ocultación de información sobre la realidad de lo que acontece, consigue demostrar cierto manejo del suspense. Otro punto a su favor se encuentra en la inventiva visual de la que hace gala el director y que se traduce en la creación de un buen puñado de imágenes tan atractivas como impactantes, entre las que cabe mencionar por su protagonismo la de la revivida mujer desnuda y ensangrentada a la que alude el título y que persigue impertérrita a los protagonistas. Una idea esta que, dicho sea de paso, muchos han señalado como una clara alusión a la previa (y magnífica) It follows (It Follows, 2014), comenzando por el propio trailer de la película, pero que en mi opinión, y siguiendo con las referencias retro que exhibe la cinta, diríase una trasposición en clave femenina de cierto momento emblemático de Terminator 2: El juicio final (Terminator 2: Judgment Day, 1991).

Sea como fuere, todo lo mencionado no quita para que, a pesar de sus esfuerzos, los resultados globales de la película no acompañen en su conjunto. Dividida en dos mitades, la primera parte transcurre bajo los más sobados estereotipos del mencionado slasher, entre diálogos insustanciales y situaciones cuanto menos ridículas. En cualquier caso, se trata de la calma que precede a la tormenta. De este modo, no es hasta que cae la noche y la acción se sitúa en la aislada casa en medio del bosque donde los personajes llevarán a cabo un peculiar ritual de exorcismo, que el film no levanta el vuelo, al tiempo que termina por revelar sus verdaderas cartas. A partir de este punto, Stuertz se abandona a lo escatológico y lo grotesco, con la evidente pretensión de provocar y de paso incomodar a los espectadores menos familiarizados con esta clase de propuestas, llenando la pantalla de sangre y otros fluidos, en un tramo en el que destaca un sentido del humor de lo más particular que mejor funciona cuanto más negro se vuelve.

Sin embargo, todos los indudables logros que se agolpan durante esta segunda mitad llegan ya demasiado tarde, no siendo capaces de maquillar a esas alturas las indudables carencias de las que adolece un producto simpático y merecedor de cierta estima, sin duda, pero también terriblemente desigual y fallido, a causa, entre otras cosas, de una dirección un tanto dispersa y equivocada. Véase al respecto la inclusión del instante horario en el que transcurren las escenas, un detalle que en el momento de la verdad solo parece obedecer a un capricho ornamental y no a las verdaderas necesidades narrativas de la historia. Así las cosas, tal vez el aspecto más destacable del conjunto se encuentre en el alegato feminista que se puede leer entre líneas dentro de una historia donde el sexo y la sangre menstrual juegan un papel relevante, lo cual no deja de tener su gracia viniendo de un exponente más o menos encuadrado dentro de un subgénero acusado tan habitualmente de machista y misógino como el slasher.

José Luis Salvador Estébenez

[1] En “Interview mit Matt Stuertz”, entrevista publicada el 11 de octubre de 2017 en el sitio web Kats Creepshow (https://katscreepshow.wordpress.com/tag/matt-stuertz/) Consultada el 20 de agosto de 2019.

Published in: on agosto 21, 2019 at 6:19 am  Dejar un comentario  

Editado por Applehead Team, Octavio López Sanjuán analiza las andanzas de Michael Myers en “Noches de Halloween”, su nuevo libro

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«Le conocí hace quince años, me dijeron que era un ser vacío. Sin razón, sin comprensión, sin conciencia, en el sentido más rudimentario de vida o muerte, de bien o mal, igual que un monstruo. Me encontré con un niño de seis años, con un rostro pálido, sin expresión, sin emoción. Y, unos ojos negrísimos. Los ojos del diablo»,  manifestaba el doctor Loomis acerca de la naturaleza de Michael Myers, el psicópata enmascarado protagonista del clásico de John Carpenter titulado La noche de Halloween. El impacto de la película tanto en el cine de terror como en la cultura popular trascendió de manera inimaginable, consiguiendo que después de cuarenta años, el espíritu de Michael Myers siga presente. Durante ese transcurso de tiempo, sus influencias han anidado en el terror a varios niveles, generando imitaciones por doquier y más de una decena de secuelas que abordan el mito del asesino imparable desde varias perspectivas.

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Tras ¿A Quién Vas a Llamar? La Historia de Los Cazafantasmas y Cinezoico. El dinosaurio a través de la historia del cine, Octavio López Sanjuán aborda en Noches de Halloween, su nuevo libro, la génesis del clásico de John Carpenter de 1978, así como todos los largometrajes amparados por la franquicia. Años de investigación y entrevistas han dado como resultado este volumen, donde se dan cita declaraciones exclusivas de todo tipo; directores, como John Carpenter, Rick Rosenthal, Dominique Othenin-Girard o Dwight H. Little exponen sus ideas sobre las películas que realizaron; guionistas como Tommy Lee Wallace, Daniel Farrands, Larry Brand, Robert Zappia o Michael Jacobs han elaborado amplios textos donde detallan el proceso creativo de cada uno de sus libretos; compositores como Alan Howarth, John Ottman o Danny Lux hablan de sus terroríficas bandas sonoras; editores como Patrick Lussier, Glenn Garland o Robert Ferretti desglosan los diferentes montajes de cada entrega; e intérpretes como Tyler Mane, Dick Warlock, Brad Loree  o James Jude Courtney explican qué supuso para ellos dar vida a Michael Myers. Por supuesto sin olvidar el paso de este psicópata enmascarado por el resto de cultura popular como novelas, cómics y videojuegos.

De esta manera, cada película de la saga, desde la primera de 1978 hasta la última de 2018 —sin olvidar la rara avis Halloween III: el día de la bruja— ocupa cada capítulo, ordenados de forma cronológica. En ellos, se atiende el contexto histórico en que llegaron cada una de las producciones, su desarrollo del papel a la pantalla, el rodaje y su repercusión, finalizando con la opinión del autor en cuanto a la película. Y a la vez, tratando de descifrar algo tan enigmático como la figura de Michael Myers.

Con un prólogo escrito para la ocasión por la mismísima P.J. Soles, la actriz que encarnó a la inolvidable Lynda en la película original, y seiscientas cincuenta páginas en color y blanco y negro, Noches de Halloween se erige en una pieza imprescindible para los seguidores de esa icónica máquina de matar, imparable e indestructible. Editado por Applehead Team dentro de su colección “Noche de lobos”, se encuentra ya disponible a un precio recomendado de 24,95 €.

Más información: http://nafracoleccion.com/applehead-team-creaciones/2224-noches-de-halloween-la-saga-de-michael-myers.html

Fotografía: Laura Sanjuán

Published in: on diciembre 19, 2018 at 6:56 am  Dejar un comentario  
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El Festival de Sitges 2018 conmemorará el cuarenta aniversario de “La noche de Halloween”

La 51ª edición de Sitges – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya añade dos nuevos focos temáticos que complementarán al ya anunciado leitmotiv del certamen en torno al 50º aniversario de la mítica 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, y del fantástico surgido en 1968, como la fundamental La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero. El Festival conmemorará el estreno en 1978 de La noche de Halloween, la popular película de John Carpenter que canalizó las influencias del psycho-killer, el giallo y los serial killers más aterradores creando un subgénero conocido como slasher.

Halloween-1978

El slasher –que dominó el cine de terror desde finales de los años 70 y durante toda la década de los 80–estableció unas reglas y certificó el protagonismo activo y pasivo de los adolescentes en el género, mitificando personajes como Michael Myers o Jason Vorhees a través de una serie de productos de bajo presupuesto y gran rendimiento comercial tanto en las grandes pantallas como en el incipiente negocio del alquiler de películas en VHS. Muchas de aquellas películas, en su momento poco o nada apreciadas por la crítica, se han ido convirtiendo en títulos de culto cuya revisión se produjo gracias al éxito de la saga Scream, creada por Wes Craven y que, a su vez, generó una nueva ola de slashers que, en muchos casos, fueron remakes o secuelas de los grandes éxitos de los ochenta. Sitges recuperará en una retrospectiva algunos de los mejores títulos de este subgénero, así como investigará en sus orígenes y legado.

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Por otra parte, el bicentenario de la publicación de Frankenstein también será recogido por Sitges en una retrospectiva que destacará la naturaleza femenina del mito, destacando no solo el hecho de ser la primera gran novela de ciencia-ficción y horror escrita por una mujer (Mary W. Shelley) sino también la importancia de la figura femenina en muchas de sus adaptaciones como La novia de Frankenstein, de James Whale o Frankenstein creó la mujer, de Terence Fisher.

Más información: http://sitgesfilmfestival.com/

Published in: on marzo 12, 2018 at 6:39 am  Dejar un comentario  
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Chikara

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Título original: The Shadow of Chikara (a.k.a: The Ballad Of Virgil Cane, The Curse Of Demon Mountain, Demon Mountain, Shadow Mountain, Thunder Mountain, Wishbone Cutter)

Año: 1977 (Estados Unidos)

Director: Earle E. Smith

Productores: Earl E. Smith, Steve Lyons

Guionista: Earle E. Smith

Música: Jaime Mendoza-Nava

Intérpretes: Joe Don Baker (Wishbone Cutter), Sondra Locke (Drusilla Wilcox), Ted Neeley (Amos Richmond – Teach), Joy N. Houck Jr. (Half Moon O’Brian) Dennis Fimple (Posey), John Davis Chandler, (Rafe), Grady Wyatt (Dancer), Linda Dano (Rosalie Cutter), Slim Pickens (Virgil Cane)…

Sinópsis: Un ex -capitán del ejército de la Confederación se adentra en compañía de su antiguo segundo, de origen indio, y un joven geólogo, en una inexplorada zona de montaña donde se cuenta existe una montaña con vetas de piedras preciosas. Por el camino recogen a una joven, en apariencia superviviente de una masacre india.

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Un grupo de andrajosos soldados confederados regresa a casa. Acaban de perder la última batalla de la guerra, pero todavía les va a tocar perder un poco más. En la banda sonora comienza a oírse el himno de “The Band”, The Night They Drove Old Dixie Dow.

“Like my father before me, I will work the land

Like my brother above me, who took a rebel stand”

Es la estética de la derrota del Sur, parte esencial del folklore americano, parte fundamental del gótico sureño. Chikara comienza en el dirty western, en la corriente principal que para el género creó el contexto sociopolítico y formal de la década de los 70. Lo interpreta desde formas modestas, toscas y de funcionalidad televisiva. Pero válidas. Joe Don Baker pone su físico robusto y mirada maliciosa, amenazante, mientras Slim Pickens hace una intervención que bien puede considerarse ritual como viejo sargento que lleva el nombre del protagonista de la canción de “The Band”. Baker andaba todavía  exprimiendo un estrellato a pequeña escala, convertido durante unos años en icono de un cine crudo y violento dirigido a una parte específica del público norteamericano. Películas de Serie B, por economía y espíritu, que transitaban el western en su versión contemporánea, el policial garrulo o las aventuras. Chikara es una de las más excéntricas, sino la más, al mezclar esto último como el mismo western, el fantástico y hasta el slasher en una historia centrada en aspectos de la mitología india, algo que el cine norteamericano no ha explorado demasiado.

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La película es la única que llegó a dirigir Earle E. Smith, pero sus elementos distintivos, sus intereses particulares, ya están en sus trabajos como guionistas para Charles B. Price, cultivador del cine independiente de género en los 70. Junto a Pierce había explorado las posibilidades del folklore norteamericano en distintas formas. Desde el falso documental sobre una criatura mítica de The Legend of Boogey Creek (1972) hasta el slasher rural de The Town That Dreaded Sundown [vd/dvd/bd: Pánico al anochecer, 1976], pasando por el cine de contrabandistas y hillbillys que tuvo su momento en la época con Bootlegers o dos westerns juveniles como El halcón de invierno (Winterhawk, 1976) y The Winds of Autumn, la primera trabajando también sobre la herencia y las historias indias que interesan tanto a Smith como a Pierce. Y todas ellas situadas, localistas y cercanas, en Arkansas.

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A la derrota integral sigue el paso coherente: la búsqueda quimérica, la fuga absurda de la realidad que no puede ya asumirse. Sin nada más que perder, solo queda el sueño imposible, aquí en la forma de una montaña mítica y los diamantes que esconde. El viaje es hacia antiguo territorio indio, en el corazón de Arkansas, es decir: el rechazo/abandono de una civilización que ya no se reconoce como propia, en la cual ya no puede (o merece) vivirse, sustituida por el aventurarse hacia lo salvaje/atávico.

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Chikara no deja de ser en cierto modo una variación de bajo presupuesto de aquella El oro de Mackenna (Mackenna’s Gold) que J. Lee Thompson había dirigido en 1969. Más atrás, incluso, sigue usando el modelo de El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), pero llevando su temática hacia la inmersión en lo misterioso e inexplicable. Así, el dispar grupo de desperados reunido en torno a la esperanza de una riqueza espontánea encuentran un enemigo esotérico, fuera de sus propias miserias y ambiciones; o tal vez una manifestación mágica de las mismas. A su vez, y vista desde hoy, puede encontrarse en ella un armazón para piezas weird western recientes como The Burrowers dirigida por J.T. Petty en 2008 o la excelente Bone Tomahawk (Bone Tomahawk, 2015), primera película del novelista S. Craig Zahler.

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Tal vez por defecto, por la limitación de medios/capacidades, Smith logra en esa estética adusta un vigoroso contraste entre la textura naturalista de bosques, ríos y cañadas y lo fantasmagórico del enemigo exterior del grupo. Algo compartido, por ejemplo, con la misma Bone Tomahawk, una película ejemplar a la hora de explotar las propias limitaciones. Lo misterioso, lo fantástico, no se diferencia de lo mundano entonces. Su presencia es tan real como el frío o la humedad. Es de nuevo un intérprete, Sondra Locke, quien por ella mismo transmite cierta cualidad ultraterrena. Con sus grandes ojos y su físico de cierva desvalida introduce una fragilidad fuera de contexto en la rudeza de la película, es un elemento inestable y ambiguo.

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Smith utiliza esto con inteligencia, remitiendo por igual a su arquetipo de El fuera de la Ley (The Outlaw Josey Wales, 1976) para/junto a Clint Eastwood, con el que establece una dinámica física equivalente a la que aquí puede establecer con Joe Don Baker como recordando las posibilidades perturbadoras de la actriz en otros escenarios, caso del extraño psychothriller Un reflejo de miedo (A Reflection of Fear), que dirigiese en el 72 el excelente operador de fotografía William A. Fraker. Años después, tal vez producto de una buena relación aquí establecida, Earle E. Smith participará en el guión de Impacto súbito (Sudden Impact, 1983), la única entrega de la serie “Harry el Sucio” dirigida por Clint Eastwood. Una en la cual este es un secundario al servicio de una tenebrosa historia de venganza protagonizada por el lado ambivalente de Sondra Locke.

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A través de este personaje, además, vertebra el elemento cíclico del relato, que hace pensar en La dimensión desconocida o en Ambrose Bierce con su sombra de ironía maliciosa y devuelve a la película a su condición esencial de relato, de historia legendaria/folklórika. Revelado, el personaje de Sondra Locke en el físico de la actriz tiene un aire feérico, de peligrosa hada de los bosques, de espíritu que atrae y extravía al viajero, al que no pertenece al lugar ni debe de estar allí.

Adrián Esbilla

Colegialas violadas

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Título original: Die Säge des Todes / Colegialas violadas

Año: 1981 (Alemania, España)

Director: Jesús Franco

Productores: Wolf C. Hartwig, Otto Retzer

Guionista: Erich Tomek [acreditado como Rayo Casablanca]

Fotografía: Juan Soler

Música: Gerard Heinz (canción “Love in the Shadow” compuesta por Frank Duval)

Intérpretes: Olivia Pascal (Angela), Alexander Waechter (Miguel), Jasmin Losensky (Inga), Corinna Drews (Laura), Ann-Beate Engelke (Eva), Jesús Franco (Domingo), Christoph Moosbrugger (Álvaro), Nadja Gerganoff (Manuela), Peter Exacoustos         (Antonio), María Rubio (Condesa María González), Antonia García (Elvira), Beatriz Sancho Nieto (Rita), Otto Retzer (Bueno)…

Sinopsis: Unos asesinatos en una academia de idiomas coinciden con el momento en el que Miguel sale del psiquiátrico en el que estuvo recluido debido a unos terribles crímenes ocurridos años atrás, y con la llegada al campus de un grupo de alumnas de nacionalidad alemana.

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Si algo ha caracterizado a Jesús Franco a lo largo de toda su trayectoria, al margen de sus cuestionadas estratagemas para rodar varias películas con el presupuesto de una sola, fue la variedad. Y es que pocos son los realizadores que han abordado tantos géneros (y subgéneros) diferentes en una única filmografía; pero el director madrileño se atrevió con todo o casi todo: comedias, dramas, musicales, pornografía, cine de espías, filmes de aventuras de carácter infantil, cintas encuadradas en la moda bruceploitation… Lo importante era rodar y seguir activo, algo que demostró hasta sus últimos días filmando diferentes películas de bajísimo presupuesto. En una ocasión mencionó “solo hay dos cosas a las que siempre me negué: la llamada comedia del destape y los westerns, esto último porque amo demasiado a Howard Hawks y a John Ford”1.

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Dicho esto, y siendo Franco un cineasta acostumbrado al cine de terror -son mayoría los que afirman que sus mejores obras son aquellas adscritas al horror y al fantastique-, no debe extrañarle a nadie que en plena moda del cine slasher promulgada por nombres como los de John Carpenter o Sean S. Cunningham, el director de 99 Mujeres (1969) aportara su granito de arena a tan popular e importante vertiente con el filme que aquí nos ocupa, Colegialas violadas. Pero la idea de incursionar en dicho universo no fue suya, si no de la productora Lisa Films, quienes tras ver el éxito que originó Viernes 13 (Friday the 13th, ,1980) no dudó en activar la realización de un proyecto en cierta manera parecido, pero lejos en realidad de ser un calco claro -como si lo fue La quema (The Burning, 1981) de Tony Maylam, por ejemplo-. Así, la acción de la película sucede en España, concretamente en una academia de idiomas situada en un complejo hotelero de la Costa del Sol; los personajes protagonistas son, por un lado, un grupo de estudiantes alemanas y, por otro, la familia dueña del emplazamiento con dilemas por culpa de los papeles de propiedad de las instalaciones. Bellas mujeres, hombres con la cara desfigurada y jardineros perturbados son sólo algunos de los arquetipos que podemos ver a lo largo del metraje, en una trama llena de armas blancas y planos subjetivos y que, resumiendo, no es otra cosa que un whodunit ultragore realizado por encargo por Franco. Una misión que, según el propio director2, trató de ejecutar de la manera más divertida posible, alejándose del drama y apostando por un aire festivo que invite a la jarana y al entretenimiento puro y duro. Decir, además, que cuando Franco recibió el proyecto trató de aportar algunas ideas al guion, pero según parece todas sus propuestas fueron replicadas con una negativa. Aun así siguió adelante con los planes de los productores, rodando la película en unas pocas semanas y estrenándola a principios de 1981 con relativo éxito.

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Convertida con los años en un título de culto, incluso venerado por ciertos circuitos que no dudan en catalogarlo como uno de los más destacados trabajos de su realizador, Colegiales violadas es, en cierta manera, un filme disfrutable. Y es que, aunque el despropósito se manifieste a menudo -se aprecian saltos de ejes, la mayoría de los diálogos son un disparate y algunas circunstancias son absolutamente delirantes, incluyendo un torpe y risible homenaje a Psicosis (Psycho, 1960) en un momento determinado-, y lejos de poder calificarla como una buena película, sí podemos asegurar que Die Säge des todes (así se tituló originalmente, cuya traducción literal vendría a ser “La sierra de la muerte” 3) al menos está dotada de buen ritmo (atributo loable, tal y como saben los cinéfilos más franquianos), tiene una resolución en cierto modo sorprendente y, sobre todo, unos pasajes sangrientos que, por puro delirio merecen ser vistos, y más viniendo de un cineasta que aborrecía el espectáculo sanguinolento: “creo que es mejor ver a dos personas follando que destrozándose, porque una cosa da origen a la vida y la otra a la muerte”, decía Franco4. También podemos distinguir algunas escenas ciertamente bien desarrolladas, siendo la mejor, a mi juicio, aquella en la que una mujer está tumbada en su cama leyendo una novela de misterio al tiempo que el asesino estrella entra en la casa, recreándose así, en paralelo, los textos leídos por la muchacha; Franco conjuga aquí bien todos los elementos creando una magnífica atmósfera enigmática que llega a recordar a los mejores momentos de los filmes creados por el director en la década de los sesenta. Lástima, como decimos, que tal brillantez sea efímera y pronto el realizador regrese al desastre y a las malas formas, consecuentes tal vez de la búsqueda de esa algarabía rastreada por el director. Buscada y sin duda encontrada, para bien y para mal. Y por extraño que parezca, Colegialas violadas funciona como un mero pasatiempo, un ejercicio de distracción que en el fondo logra su propósito.

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Como curiosidad, mencionar que en la ficha técnica de la película nos topamos con dos nombres imprescindibles en la filmografía de Franco. Por un lado, en el equipo de producción se encontraba Antonio Mayans, esta vez sin aparecer frente a la cámara, pero sí gestionando diferentes asuntos concernientes al rodaje; de igual modo, la musa Lina Romay trabajó en el filme pero sin desempeñar un papel, colaborando con el equipo de ayudantes de dirección. “Siempre procuro trabajar con el mismo equipo porque así les tengo que explicar menos cosas”, le declaró Franco a Augusto M. Torres en una entrevista5. Siguiendo con aquellos que obraron en la cinta, podemos mencionar una anécdota  referida al apartado musical y es que cuando a Franco le ofrecieron encargarse del filme, los productores le prometieron que en la banda sonora contaría nada menos que con los británicos Pink Floyd. “Todo fueron mentiras…Pink Floyd nunca apareció, en cambió contamos con un músico austriaco que era más o menos bueno ¡pero evidentemente no era Pink Floyd, ya que en ese momento Pink Floyd eran los reyes!”6

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En la misma década de Colegialas violadas hubo otros acercamientos nacionales al subgénero slasher, como es el caso de la fallida Atrapados en el miedo (1985) de Carlos Aured -curiosamente producida por Karl Heinz Mannchen, hombre que estuvo detrás de multitud de títulos de la filmografía de Franco, Necronomicon [1969] o El muerto hace las maletas [1972], por ejemplo), aunque sin duda fue Mil gritos tiene la noche (1982) de Juan Piquer Simón la mejor aportación patria a la corriente. Acabado el periodo de los ochenta, el movimiento casi desapareció de las carteleras hasta su resurgimiento y, por lo tanto, renacimiento mundial a mediados de los noventa  gracias principalmente a Wes Craven y su excelente Scream: vigila quién llama (Scream, 1996); así, España aportó nuevos largometrajes, entre otros Tuno negro (2001), School Killer (2001) o Más de mil cámaras velan por tu seguridad (2003), ninguno de ellos, por cierto, poseedor de la gracia y encanto de Colegialas violadas. Por su parte, Franco no regresaría jamás a la fórmula del slasher, al menos de manera tan nítida, pero si volvió a trabajar con los mismos productores alemanes poco después en películas como Orgía de ninfómanas (Linda, 1981), un filme posiblemente más representativo en el conjunto de la obra del director encuadrada en el decenio de los ochenta.

Javier Pueyo

1 Declaración extraída de la entrevista realizada a Franco por Javier Bustos para el portal Factory Vips (www.factorymag.es); publicada el 5 de abril de 2009.

2 Ver la entrevista confeccionada por David Gregory aparecida en los extras de la edición en DVD de la película, publicada por Severin Films en 2008.

3 Tal vez el título más conocido del filme sea el inglés Bloody Moon, pero el más llamativo probablemente fuese el que tuvo en Italia, Profonde tenebre, en un intento de conectar la película con la moda del cine giallo de Argento y compañía. Aclarar, además, que Jesús Franco nunca estuvo contento con el título español, ya que, al contrario de lo que pueda parecer, a lo largo de la trama no hay ninguna violación, tratándose pues de una ridícula artimaña de los distribuidores nacionales.

4 Declaración extraída de la entrevista realizada por Juan Cruz para el reportaje “Jesús Franco: el cineasta feliz”, aparecido en El País Semanal en el verano del año 2000.

5 Página 20 del libro “Cineastas insólitos: conversaciones con directores productores y guionistas españoles”; escrito por Augusto M. Torres, editado por Nuer Ediciones en el año 2000.

6 Op. cit. 2

El día de los inocentes

Título original: Slaughter High

Año: 1986 (Gran Bretaña, Estados Unidos)

Directores: George Dugdale, Mark Ezra, Peter Mackenzie Litten

Productores: Stephen Minasian, Dick Randall

Guionistas: George Dugdale, Mark Ezra, Peter Mackenzie Litten

Música: Harry Manfredini

Intérpretes: Caroline Munro (Carol), Simon Scuddamore (Marty), Carmine Iannaccone (Skip), Donna Yeager (Stella), Gary Martin (Joe), Billy Hartman (Frank), Dick Randall (Manny)…

Sinopsis: Marty, un muchacho de extraño carácter, tiene una cita con la chica más guapa del colegio. Sin embargo, después de haberse quitado su ropa, Marty se encuentra cara a cara no sólo con Carol, si no con todos los compañeros del instituto que se están riendo del éxito de su broma y que se burlan despiadadamente de él. Años más tarde ocho de estos compañeros son invitados a su viejo instituto con el propósito de asistir a una reunión de antiguos alumnos. Allí Marty se cobrará al fin su venganza.

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Se podría decir sin temor a equivocarnos que de un tiempo a esta parte la realidad que vivimos se ha convertido en una especie de versión cutre y absurda de la de Desafío total, en la cual los recuerdos implantados parecen ser la norma y, más específicamente, los relacionados con los años 80. Y es que pareciera que todos los que nacimos y crecimos durante esa década tuviéramos que compartir forzosamente las mismas experiencias, dentro de una especie de memoria colectiva, impostada y artificial, empeñada además en anular todo recuerdo individual que se salga mínimamente de la norma. Es decir, que si tienes entre treinta y cuarenta años resultará prácticamente obligatorio haber visto ciertas pelis y series de televisión, haber coleccionado determinados cromos, así como haber escuchado ciertas canciones. Sin embargo, es reconfortante saber que aún queda espacio para la memoria personal, privada e intransferible, aquella en la que tienen cabida todos esos recuerdos de nuestra infancia relacionados con la cultura popular que, de momento y afortunadamente, no han sido ni serán etiquetados, comercializados y/o banalizados en ningún volumen de fenómenos editoriales de la ralea de Yo fui a EGB y derivados.

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Una de las muchas consecuencias negativas de esta simplificación de la memoria de toda una generación es la errónea suposición de que en aquella época los niños consumíamos estrictamente material infantil y/o juvenil, cuando la realidad es que gracias a la televisión, al VHS o al video comunitario teníamos mucha más libertad de acceso a imágenes perturbadoras, sexuales y/o violentas de lo que hoy en día se pudiera suponer. En retrospectiva, si algún valor tiene un formato tan sobrevalorado como el del video doméstico es por su condición de inmejorable generador de recuerdos singulares e individuales (algunos traumáticos, la mayoría placenteros) que, como apuntábamos antes, pretenden ser erradicados por la salvaje estandarización a todos los niveles de la década de los 80.

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En lo que a experiencias traumáticas de la infancia se refiere ninguna supera a la que viví, con 8 o 9 años, cuando me tocó quedarme unas horas en casa de un familiar. Éste había decidido pasar la tarde visionando El día de los inocentes, la cual había alquilado el día anterior y, aunque pudiera pensarse lo contrario, mi eventual presencia allí, así como mis súplicas de que por favor viéramos otra cosa, no lograron hacerle desistir en su empeño. El caso es que este tardío slasher británico podría haber pillado con el pie cambiado hasta al más curtido de los cinéfagos. Y es que, y a pesar del inquietante tema carnavalesco compuesto por Harry Manfredini (Viernes 13), la película comienza como una más de las comedias sexuales adolescentes que se manufacturaban por docenas a mediados de la década.

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Producida por Dick Randall y Stephen Minasian, artífices asimismo de la también inglesa No abrir hasta Navidad y de la divertidísima Mil gritos tiene la noche, El día de los inocentes se diferencia de las anteriores principalmente en el hecho de que su humor es totalmente consciente y voluntario, el cual sirve además de perfecto contrapunto con respecto al especial ensañamiento y brutalidad con el que están planteadas las escenas de muertes. Aquí el contraste es la clave: cuando aún tenemos la sonrisilla dibujada en los labios pensando en lo cabritos que son los compañeros de Marty, éste recibe en pleno rostro un chorro de ácido nítrico para, a continuación, ser quemado vivo por culpa de una broma que ha sido llevada demasiado lejos.

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En este sentido, ejemplos de extrema crueldad no faltan en El día de los inocentes. Así, a lo largo de su metraje podemos asistir a lindezas tales como evisceraciones, abrasamientos, descuartizamientos, ahorcamientos, crucifixiones y electrocuciones, todas ellas presentadas por el trio de directores de la manera más tosca y cazurra posible. Rodada en plena decadencia del subgénero, la película revela además una consciente voluntad posmodernista en la presencia de pequeños y gozosos detalles para el fan como pudieran ser la referencia a La noche de Halloween que hace unos de los personajes, o la máscara de hockey que, en un momento dado, se pone otro para gastarle un bromazo a sus compañeros. Y es que, a diferencia de No abrir hasta navidad o Mil gritos tiene la noche (de la cual, por cierto, se muestra un póster), aquí no tenemos detrás de las cámaras a un cincuentón oportunista que, con más oficio que talento, intenta aprovecharse del boom de los films de pycho-killers enmascarados. Por el contrario, en El día de los inocentes encontramos en todo momento una autoconsciencia y un respeto hacia el género del que los otros títulos adolecen. De igual manera, el film de los debutantes Dugdale, Litten y Ezra también triunfa sin paliativos en su intento de llevar un paso más allá al slasher en lo que a explicitud gráfica se refiere.

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Siguiendo esta pauta se alcanza en ocasiones unos niveles de humor negro y salvajismo tales que, de alguna manera, podríamos emparentar sin mayor problema su peculiar concepto de la violencia con la obra de los primerizos Sam Raimi, Peter Jackson o Stuart Gordon. Para ser más concretos, esta particularidad se hace evidente sobre todo en el enfoque casi de cartoon con el que se desarrollan escenas como la de la pareja que muere electrocutada en plena cópula.

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Sin embargo, y a pesar de la brutalidad de determinadas escenas, lo que más perturba en primera instancia de El día de los inocentes, o, al menos, lo que más me chocó hace casi treinta años en aquel primer visionado, es la forma insensible y despiadada en la que se portan sus protagonistas, lo que acarrea que resulte casi imposible hallar algún personaje por el que sintamos un mínimo de empatía. Mucho menos en el caso de Marty, el cual, y aunque esté cargado de razones para actuar de la forma en que actúa, su forma de comportarse en el prólogo es demasiado retarded como para llegar a merecer en momento alguno nuestro apoyo durante el resto del metraje. A fin de cuentas, en este film todo el mundo recibe lo que merece: uno por ser extremadamente imbécil; los otros por canallas.

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Dentro de un plantel de desconocidos actores americanos destaca como el rostro más conocido el de la británica Caroline Munro, aunque su protagonismo a lo largo de la cinta, y excepto en el último tramo, sea más bien discreto. Compaginando su labor como actriz con la presentación de la versión inglesa de nuestro Un, dos, tres la escueta filmografía de la protagonista de Star Crash durante la primera mitad de los 80 está formada principalmente por un terceto de películas (Maniac, Fanático, de nuevo con Joe Spinell, así como la antes mencionada No abrir hasta Navidad) que, además de encasillarla en el género hasta prácticamente nuestros días, evidenciaron asimismo su nula versatilidad como actriz. Así las cosas, tanto en las tres películas citadas como en El día de los inocentes la Munro se interpreta básicamente a sí misma: una modelo/cantante/actriz que, ya sea casualidad o no, se muestra en todos estos títulos como una diva caprichosa, de pocas luces y excesivamente vanidosa.

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Me permito hacer un paréntesis para señalar el curioso vínculo de la protagonista de El viaje fantástico de Simbad con el cine de terror patrio, así como con algunos de sus máximos exponentes. Así, además de colaborar con los mismos productores de Piquer Simón y de presentar la translación británica del mítico concurso ideado por Ibáñez Serrador, tras el rodaje de El día de los inocentes la Munro se puso a las órdenes de Paul Naschy en El aullido del diablo) y de Jesús Franco en Los depredadores de la noche; además, una de sus últimas intervenciones en la gran pantalla ha sido, precisamente, en Vampyres, el remake de Las hijas de Drácula de José Ramón Larraz. Es una lástima que no llegara a colaborar con Amando de Ossorio (en cuya obra se inspiró José Luis Salvador Estébenez para bautizar este blog que ahora cumple diez años): la relación de la intérprete británica con el fantaterror hubiera sido entonces completa.

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Justamente la condición de actriz de Munro en El día de los inocentes propicia que encontremos ciertas similitudes entre el argumento y su vida real. De este modo, el representante de Carol (no por casualidad interpretado por el propio Dick Randall, en la arquetípica caricatura del empresario grasiento y fumador de puros), le urge que acepte rodar un guión que incluye una escena de desnudo, a lo cual ella se niega. Curiosamente la propia Munro, reluctante desde siempre a desnudarse en pantalla, había rechazado anteriormente la proposición del propio Randall de interpretar una escena de ducha, la cual finalmente accedió a realizar pero completamente vestida (¡¿?!).

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Sin ser tampoco una maravilla, y contando con ciertos problemas de ritmo en su tramo final, El día de los inocentes se revela vista hoy como un slasher  de cocción algo lenta pero constante y, de este modo, mucho más entretenido e imaginativo que la mayoría de las pelis de la época con las que comparte género. Por si esto fuera poco, cuenta además con uno de los finales más escalofriantes y potentes del cine de la época: Marty, con cara de enajenado y travestido de enfermera, mira directamente a cámara mientras se arranca un jirón de carne quemada de la cara, mientras de fondo suena la estridente música de Manfredini como acompañamiento.

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Sin duda, este es el material del que están hechas las pesadillas infantiles: al menos, las mías.

José Manuel Romero Moreno